‘Z, la ciudad perdida’: lo que esconde la obsesión con el Amazonas


Después de seis películas, el director James Gray (Two lovers) se ha convertido en uno de esos autores de Hollywood capaces de sacar adelante proyectos complejos en lo dramático y en lo técnico. Y desde luego, su último proyecto no se aparta de esta idea. Incluso si solo atendemos a la duración de la historia, que transcurre a principios del siglo XX, y a los numerosos acontecimientos por todo el mundo que la nutren, la película ya recuerda a las grandes épicas del Hollywood clásico. Pero por suerte, hay mucho más.

Z, la ciudad perdida es una obra mastodóntica en todos los sentidos. Visualmente incomparable, con unos escenarios tan variopintos como la selva amazónica, la Inglaterra de principios de siglo o las trincheras de la I Guerra Mundial, el film explora, más que la simple búsqueda de aventuras, el constante equilibrio entre el deber y la familia, entre una obsesión y el deber con aquellos que son más cercanos a nosotros. En este sentido, Gray compone con un puñado de protagonistas todo un cosmos en el que, incluso los secundarios, abordan de algún modo esta dualidad, esta confrontación dramática que termina convirtiéndose en el motor de una historia cuyo final, por cierto, es de los más elegantes y bellos que se podían realizar teniendo en cuenta el desenlace de la historia real que relata.

Posiblemente el mayor problema del film sea su duración. A pesar de que la obra es capaz de mantener el interés durante buena parte de su metraje, sobre todo cuando la selva es la protagonista, es inevitable que el ritmo decaiga en numerosas ocasiones, lo que le hace flaco favor, además al reparto. Y es que, aunque la labor del director con los actores es espectacular, no impide que sus carencias interpretativas se perciban a lo largo de las casi dos horas y media de duración, fundamentalmente en aquellos momentos más dramáticos. Con todo, es de justicia reconocer su trabajo en un film que abarca décadas, y en el que los personajes pasan por diferentes etapas de su vida. En este sentido, el tratamiento del guión, que presenta de forma diferente a los protagonistas dependiendo del momento, es formidable.

Pero a pesar de sus debilidades, Z, la ciudad perdida es una de las aventuras épicas más atractivas e interesantes de los últimos años. Gray es capaz de crear un universo fascinante, un mundo con el que demuestra que lo inexplorado todavía tiene cabida en una sociedad que tiene cualquier rincón del mundo al alcance de un clic. Con una puesta en escena elegante y sobria, el director explora las pasiones de un hombre obsesionado no solo con un descubrimiento, sino con el honor, su familia y la reparación de su nombre. En realidad, y aunque la ciudad perdida sea el Mcguffin, lo verdaderamente relevante son las motivaciones que llevan a estos hombres a volver a la selva amazónica hasta en tres ocasiones. Es ahí donde la obra alcanza su mayor expresividad, y donde el espectador puede encontrar todo lo que esconde el film.

Nota: 7,5/10

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‘La leyenda de Tarzán’: el regreso del rey de la selva


Margot Robbie y Alexander Skarsgård protagonizan 'La leyenda de Tarzán'.La carrera de David Yates como director ha estado estrechamente ligada a la saga Harry Potter. Por eso, tanto para lo bueno como para lo malo, su nueva incursión en un cine, digamos, más adulto y con un claro componente clásico, generaba cierta intriga. Y aunque en líneas generales sale bien parado de la propuesta, eso no significa que esta nueva aventura de Tarzán sea necesariamente una cinta inolvidable.

Más bien, La leyenda de Tarzán es lo que cabría esperar de las aventuras del rey de los monos, esto es, dinamismo, una trama con cierta elaboración y un componente social, moral y ecológico muy marcado. En este sentido, la película no solo cumple, sino que se revela como un entretenimiento más que digno, cuyo ajustado metraje impide además que el espectador pierda el interés en ningún momento, incluso en aquellos minutos en los que el ritmo decae en beneficio de un desarrollo dramático de la trama y los objetivos de los personajes. Por cierto, y hablando de personajes, todos los actores, sin excepción, brillan en sus respectivos roles. Que se quiera comparar con las anteriores encarnaciones de este mítico personaje de Edgar Rice Burroughs es otro cantar.

Con todo, la película es víctima de su propia naturaleza. La necesidad de introducir un personaje como Samuel L. Jackson (Caza mayor) resta agilidad a la trama principal y elimina la posibilidad de más secuencias de acción que ayuden a mostrar las capacidades de Tarzán. Por supuesto, la presencia de este acompañante aporta muchos otros alicientes que hacen de este film algo diferente, pero el problema es que al mismo tiempo que suma en un sentido resta en el otro, lo que al final no permite crecer a la trama en todos sus aspectos. Asimismo, tanto los villanos como los protagonistas son excesivamente similares a lo visto en anteriores aventuras, lo que resta fuerza a una historia, por otro lado, que presenta matices interesantes, como su original arranque.

En definitiva, La leyenda de Tarzán es una aventura en estado puro, una película dinámica, fresca y apasionante en algunos momentos que, sin embargo, no logra traspasar la línea que separa a un film corriente de otro espléndido. Lo cierto es que nadie debería pedir más a este tipo de aventuras, pero en un mundo como el actual todo parece poco. Evidentemente, no es una película perfecta, tiene sus fallos (más de detalles que de estructura dramática), pero en cualquier caso permite disfrutar de casi dos horas de diversión. Y eso nunca debería considerarse algo malo.

Nota: 7/10

‘Jumanji’, un juego de mesa del que Robin Williams pudo escapar


Robin Williams sobrevivió a los peligros de la selva de 'Jumanji'.El actor Robin Williams, famoso por sus papeles en Good Morning, Vietnam (1987) o El club de los poetas muertos (1989) moría ayer a los 63 años tras lo que parece ser un suicidio motivado por una depresión. El mundo del cine llora su pérdida de muy diversas maneras, y desde Toma Dos vamos a homenajearle recordando uno de sus films más interesantes. La verdad es que en una filmografía tan abultada como la del actor de El indomable Will Hunting (1997) es difícil escoger un solo título. Lo más normal sería recordar sus grandes clásicos o sus roles más cómicos, pero en lugar de eso voy a tratar una de las obras que más han marcado la juventud de miles de niños, amén de recuperar la pasión por los juegos de mesa: Jumanji (1995).

 Dirigida por Joe Johnston (Capitán América: El primer vengador) y basada en el libro de Chris Van Allsburg, la película narra las aventuras de dos niños que encuentran un viejo juego de mesa con la capacidad de convertir en realidad todo lo que ocurre en el tablero. Leones, arañas gigantes, plantas venenosas o cazadores implacables son algunos de los peligros a los que deben enfrentarse, aunque no lo hacen solos. Décadas atrás, un niño quedó atrapado en el juego. Ya adulto, es liberado, debiendo terminar la partida si quiere que todo su mundo vuelva a la normalidad. Como puede apreciarse, la trama es una aventura familiar, aunque conviene realizar una serie de matices que la distinguen notablemente de otros títulos que se encuentran bajo la misma categoría.

El primero de ellos, y que tiene que ver con Williams, es que el espectador asiste a la transformación del personaje protagonista. Y me explico. La película utiliza el mágico juego de mesa para cambiar por completo el rol de Robin Williams, convirtiéndole en un personaje casi tan cruel como las criaturas a las que debe enfrentarse. Su posterior evolución, motivada por su contacto con la realidad y el afecto del resto de personajes, es quizá uno de los trabajos menos vistosos y más notables del actor, quien es capaz de transmitir los distintos matices que identifican a este niño obligado a madurar en una selva salvaje. El miedo a volver a jugar, el individualismo o la frialdad con la que trata a los niños (uno de ellos, por cierto, es una jovencísima Kirsten Dunst), en los que ve un pasado que nunca pudo disfrutar, ofrecen al intérprete una serie de herramientas con las que compone un personaje bastante más complejo de lo que podría considerarse en un primer momento.

Otro de los aspectos a destacar de Jumanji, y muy relacionado con el anterior, es la simetría que se establece entre los adultos y los niños. Viendo la imagen que acompaña este texto uno podría pensar que se trata de una familia bien avenida, pero nada más lejos de la realidad. Los niños no tienen relación alguna con los adultos, quienes por cierto iniciaron el mismo juego cuando tenían la edad de los chicos. Se establece así una especie de paralelismo entre generaciones alrededor de un elemento atemporal cuyo valor, tanto positivo como negativo, es igual para los cuatro personajes. Cabe destacar la relación que se establece entre Williams y el joven Bradley Pierce (Los Borrowers), dos caras de una misma moneda. Los momentos de frustración del adulto volcados en el niño retoman esa idea de un niño en un cuerpo de adulto que ha crecido sin infancia.

Una historia con efecto

Aunque lo más positivo del film es sin duda su capacidad para aunar trama y efectos. Con un desarrollo dramático notable, la película marca los tiempos para convertir la historia en algo más que una aventura. Sin llegar nunca a generar miedo, sí es capaz de crear inquietud y momentos de cierto calado dramático, lo que al final termina por impregnar todo el conjunto. Y es que lejos de ser una obra desenfadada, la película protagonizada por Williams posee un tono algo oscuro, alejado por completo de la característica general del cine familiar. Gracias a la estructura del arco dramático Johnston compone un viaje emocional y físico que cambia a los protagonistas, pero que también permite al espectador sumergirse en un mundo que nunca aburre, y tan solo en algunos momentos hace concesiones.

En este sentido, los efectos especiales y digitales están a las órdenes de las necesidades dramáticas de Jumanji. Y eso que existen varios momentos en los que el exceso podría adueñarse del desarrollo. Empero, el director opta en todo momento por el toque físico, por convertir esta aventura en algo que los propios actores puedan sentir y tocar. Esto, evidentemente, genera algunos momentos en los que se nota el truco, pero en líneas generales enriquece el sentimiento que desprende en todo momento este clásico, algo a lo que contribuyen las reacciones de Williams, quien se mimetiza con ese mundo selvático que surge del tablero hasta el punto de confundir realidad y ficción. Como toda aventura, la presencia de efectos va en aumento a medida que avanza la trama hasta esa conclusión en la que el juego acaba y todo vuelve a la normalidad, pero incluso en este final los trucajes siguen siendo parte de la historia, y no al revés.

No cabe duda de que el film no es únicamente Robin Williams, pero al igual que en otros títulos protagonizados por el fallecido actor, su presencia se convierte en parte fundamental de la trama. Su facilidad para aunar en un único personaje humor y drama, ironía y amenaza, aporta a la película el equilibrio necesario para no considerar al protagonista un modelo de héroe, humanizando el rol para hacerlo cercano al espectador, natural y accesible. Se podría considerar esto como su carta de presentación, y sin duda es el motivo por el que muchos de sus grandes personajes no son cómicos, sino dramáticos. El hecho de que nunca se entregue al drama y de que sea capaz de encontrar ciertos rasgos humanos y divertidos en sus papeles es lo que permite al espectador ser más accesible a lo que ve en pantalla.

Desde luego, en Jumanji lo logra. Gracias a Williams el protagonista puede moverse por el terreno movedizo de su trágico y oscuro pasado, su personalidad modificada como consecuencia de la supervivencia en solitario, y su deseo de recuperar la vida que le fue arrebatada. Aunque por supuesto, la película no sería el clásico que es si solo contase con el actor. Esta reflexión sobre la falta de infancia, unido a la defensa de la imaginación y los juegos de mesa, es lo que convierte al film en una aventura atemporal, única y capaz de hacer disfrutar a generaciones enteras. Un título del que han pasado casi 20 años, pero por el que no pasan los años. Y un título por el que Robin Williams siempre será recordado, pasen los años que pasen.

Disney aporta sus señas de identidad a ‘Tarzán’ pero deja su esencia


Disney logró combinar en su 'Tarzán' la filosofía del personaje y la de la productora.No cabe duda de que uno de los personajes más conocidos e icónicos de la literatura es Tarzán, el hombre criado por simios que se convierte en el rey de la selva. Creado por Edgar Rice Burroughs, sus adaptaciones al cine comienzan en 1918, siendo las más conocidas las interpretadas por el que, personalmente, creo que ha sido, es y siempre será Tarzán: Johnny Weissmuller (Tarzán de los monos). Sin embargo, vamos a abordar otra de las adaptaciones que, por el momento en que se hizo y la técnica utilizada, posee matices interesantes. Nos referimos a Tarzán (1999), la versión Disney del personaje.

Es inevitable recordar este film dirigido por Chris Buck (Frozen: El reino del hielo) y Kevin Lima (102 dálmatas) ahora que otra adaptación de inminente estreno utiliza también la animación como medio (aunque en este caso es 3D). Con todo, la cinta que aquí tratamos se ha ganado con los años el derecho a estar entre lo mejor que se ha hecho sobre el personaje, principalmente porque supo encontrar el equilibrio entre el espíritu infantil y soñador de la productora y el tono serio y algo más sombrío de la historia. Puede que la mejor muestra de ello sea el hecho de presenciar una de las primeras muertes de la historia de la compañía, aunque sólo sea de forma sonora. En este sentido, el guión encuentra un equilibrio perfecto entre ambos mundos gracias, entre otras cosas, a dividir la trama en dos partes bien diferenciadas incluso en su paleta cromática: la infancia y la edad adulta. Gracias a esto el desarrollo evoluciona de menos a más en todos los aspectos, ofreciendo un viaje en el que los conflictos se suceden casi sin tregua, si bien es cierto que unos son más físicos que otros. Así, los minutos en los que el protagonista es pequeño se presentan despreocupados, vivos y coloridos, mientras que en la edad adulta los tonos oscuros se entremezclan con los más claros, aportados en este caso por los secundarios.

Aunque lo realmente interesante es que Tarzán no se entrega a la aventura o la acción sin sentido. Ni mucho menos quiere esto decir que sea una reflexión filosófica sobre el ser humano. Al fin y al cabo, es Disney. Pero con todo y con eso, el film recoge numerosas reflexiones que acompañan a los orígenes del personaje. Desde la soledad por sentirse rechazado entre aquellos a los que considera semejantes sólo por ser diferente, hasta la búsqueda de la identidad una vez se encuentra con otros humanos, la película trata con notable sentido dramático los conflictos internos a los que se enfrenta el protagonista, sobre todo aquel que tiene que ver con su lugar en el mundo. Y como suele decirse, lo importante está en los detalles. Que el protagonista descubra su pasado a través de imágenes, que se civilice (otro término que ofrece muchas connotaciones) o que se debata entre su amor por la hermosa protagonista y su responsabilidad con su familia son elementos que, en mayor o menor medida, siempre han estado.

Empero, la cinta la expresividad corporal del personaje para narrar su evolución y esos conflictos que nutren el desarrollo de la trama. El uso de los nudillos para caminar, o el mero hecho de que camine a cuatro patas, son algunos de los detalles a los que hacía referencia. Esto, unido a cualidades del personaje como su curiosidad o su sentido de la moral inculcado por la vida salvaje terminan definiendo mejor que cualquier otro aspecto las diferentes caras del protagonista, sin duda el mejor representado si tenemos en cuenta que los secundarios son, en líneas generales, bastante arquetípicos (sus rasgos físicos les definen casi antes de que digan una sola frase).

Dinamismo en plena crisis

Como no podía ser de otro modo, la adaptación está marcada por una magistral banda sonora compuesta por Phil Collins en varios idiomas y que fue premiada con un Oscar. La capacidad del artista para narrar con canciones lo que se ve en imágenes recuerda a la labor de Elton John en El rey león (1994), salvando las evidentes distancias. Sin embargo, si hay algo que define a esta película es el momento en el que apareció y la técnica utilizada para llevarla a cabo, a medio camino entre la animación por ordenador y la tradicional.

Se puede considerar a este Tarzán el eslabón entre el nuevo rumbo que dio Disney con el cine de animación por ordenador y la animación que hasta entonces venía haciendo. El descenso continuado en la calidad de las tramas y de los personajes llevó a las técnicas tradicionales a desaparecer, o al menos a ser consideradas marginales. La adaptación del personaje de Burroughs evidenció que cualquier técnica es válida siempre y cuando esté sustentada en sólidos pilares narrativos, ya sean a nivel de guión o en el plano visual. La película, en este sentido, recupera conceptos muy tradicionales que pueden encontrarse en los grandes clásicos de la productora, pero no los utiliza para contar su propia historia, sino que los adapta a las necesidades del protagonista.

La película incorporó, además, un estilo nuevo al personaje, limitado hasta entonces por las capacidades físicas de actores de carne y hueso. Y eso que algunos de ellos eran auténticos atletas, como es el caso de Weissmuller. Me estoy refiriendo, como muchos se imaginarán, a ese estilo surfista para trasladarse por las ramas de los árboles, posiblemente la única concesión, digamos, moderna. Independientemente de que sea más o menos acertado, es indudable que aporta un dinamismo diferente y propio, que aleja al conjunto lo suficiente de sus predecesores como para no ser considerada una adaptación más. Por supuesto, habría que añadir aquí los personajes, que basculan entre la comicidad y el dramatismo, y una trama que en ningún momento pierde de vista lo que está contando.

La versión Disney de Tarzán puede incluirse, por tanto, entre las mejores adaptaciones del personaje. Es cierto que hay momentos en los que el tono infantil se impone y que tiene algunas concesiones algo innecesarias. Es cierto que sus personajes, a excepción del protagonista, son algo tópicos, sin apenas matices y con una función demasiado clara y evidente en la trama. Pero en líneas generales aúna todos los elementos que definen al personaje (aventura, exclusión, pertenencia a un grupo, supervivencia, respeto, …), y lo logra gracias a una evolución en el tono dramático. Su forma de afrontar los conflictos emocionales de un personaje que se enfrenta a una realidad desconocida no tiene nada que envidiarle a algunas de las mejores versiones, y su uso del color y la banda sonora para ayudar a narrar esta historia son espléndidos. Una película, en definitiva, que fue capaz de demostrar la calidad de la animación en 2D siempre y cuando esta sea adecuada.

Hay magia alrededor de un Amazonas sobrenatural y poco terrorífico en ‘The River’


Puede que sea porque ha dejado de ser una novedad. Puede que tenga algo que ver el hecho de que cada vez más películas y producciones de terror se realicen imitando un formato casero. El caso es que The River, la última propuesta de terror sobrenatural para televisión, como se ha promocionado, y rodada en dicho formato, tiene mucho de sobrenatural y poco de terrorífico. Su primera temporada (con un piloto dirigido por el español Jaume Collet-Serra, el de La casa de cera) se plantea como un programa de ocho entregas en el que un grupo de personas va en busca del Dr. Emmet Cole (Bruce Greenwood), quien había desaparecido en el Amazonas realizando un programa de televisión, enfrentándose a mitos, leyendas y misterios relacionados con la cultura más tradicional de la zona, incluidos demonios, fantasmas y barcos malditos.

La serie producida por Steven Spielberg (Tiburón), con todo, se revela como un buen producto dentro de su género, con algunos capítulos realmente conseguidos y muchos momentos que quedan en la memoria del espectador varios días después. El principal problema, sin embargo, es la falta de unidad narrativa del conjunto. Si bien es cierto que la búsqueda de esta especie de Jacques Cousteau de lo sobrenatural es la premisa inicial, la serie tarda demasiado en utilizarlo como auténtico nexo de unión de los fenómenos paranormales que viven los tripulantes del Magus, barco en el que se trasladan. Durante la primera parte de la serie cada episodio supone un fenómeno diferente, sin ninguna relación entre sí, pero que al final deja una pista del posible paradero del Dr. Cole.

Una estructura que, de tanto repetirse, termina por derrotar el interés que genera cada caso. Un interés, como decimos, puramente fantástico y carente de la chispa de terror que, por ejemplo, sí tiene American Horror StoryThe Walking Dead. Da la sensación de que con cada capítulo se alarga una búsqueda que, de otro modo, habría terminado en el segundo episodio, en un intento de completar un mínimo de entregas para su primera temporada. Los episodios finales, con todo, ofrecen la coherencia argumental que parecía fallar al comienzo, revelando más y más de esa zona del Amazonas llamada Boyuna en referencia a un mito amerindio de tintes demoníacos.

Personajes misteriosos

Uno de los elementos más atractivos y, al mismo tiempo, menos explotados de la serie es el crisol de personalidades que se dan cita en el barco para encontrar al desaparecido. Por un lado, la mujer y el hijo del susodicho, auténticos protagonistas del producto y que cargan a sus espaldas el peso de la narración, ayudados en muchas ocasiones por los cámaras, el productor del programa y el resto de personajes. A pesar de tener todo a su favor para generar conflictos dentro del grupo, estos siempre parecen quedar relegados con la llegada de lo sobrenatural, por lo que no terminan de evolucionar. Por ejemplo, no se conoce hasta el final una relación ilícita entre dos personajes, a pesar de que se plantea en numerosas ocasiones; igualmente, es evidente que el joven protagonista y la chica que viaja a bordo del barco se quieren desde pequeños, pero dichos sentimientos no parecen tener interés para el devenir de la trama.

El caso más llamativo es el del encargado de la seguridad, un hombre misterioso, poco hablador y armado hasta los dientes que, en numerosas ocasiones, parece involucrado en algo similar a una conspiración. Ni siquiera en el desenlace de la trama se llega a conocer su verdadera identidad, aunque se deja entrever. Se puede decir que el misterio que rodea a los protagonistas y que casi nunca se ve (es curioso cómo muchas veces se gira la cámara en el momento idóneo, impidiendo ver con claridad lo que ataca al grupo) envuelve también las relaciones entre los miembros, impidiendo la identificación clara con alguno de ellos o la comprensión de algunos detalles que, es de suponer, se revelen en la segunda temporada.

Una segunda temporada, por cierto, que al igual que ha ocurrido con Terra Nova, se encuentra en el limbo. Desde luego, el final de la primera temporada es toda una declaración de intenciones de que hay algo más que agua y selva en el Amazonas. Con un auténtico tour de force en el que se dan cita posesiones, zombis y ritos maléficos para invocar a demonios, la imagen con la que se cierra esta primera entrega del falso programa de televisión es, en pocas palabras, impactante, apoyando la idea de la selva laberíntica. Una nueva entrega de capítulos que se revela necesaria para comprender un poco mejor el papel de cada personaje en la historia y conocer más en profundidad la mitología del Amazonas.

Como dice el Dr. Emmet Cole a lo largo de los capítulos, frase que ya se ha convertido en lema de la serie, “hay magia alrededor”. Sí, en efecto, hay magia, mucha magia, pero poco terror.

Diccineario

Cine y palabras

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