La 3ª T. de ‘Gotham’ consolida a sus villanos para crear a Batman


Hay una ley no escrita que establece que toda buena película debe tener un extraordinario villano. Evidentemente, no todas las grandes historias cuentan con grandes villanos… o con villanos propiamente dichos. Pero desde luego, un gran villano sí eleva de categoría cualquier historia. Y partiendo de esa base, la tercera temporada de Gotham ha optado por hacer avanzar la trama a pasos bastante agigantados para confirmar el giro dramático que está dando la serie y convertirla en una historia de superhéroes más que detectivesca. Para ello se ha apoyado en su cartera de villanos, dotándoles de una mayor entidad y aprovechando eso para desarrollar, a su vez, a un joven Bruce Wayne magníficamente interpretado por David Mazouz (serie Touch).

En efecto, estos 22 episodios de la serie creada por Bruno Heller (serie Roma) ahonda notablemente en la personalidad de todos y cada uno de los villanos que a lo largo de los episodios anteriores han ido apareciendo en la trama, amén de incorporar otros nuevos. Con más o menos acierto según sea el caso, el resultado final es que la complejidad que han adquirido no solo estos antagonistas, sino también su forma de relacionarse con el resto de personajes, hacen que la serie haya dejado de ser una original producción policíaca ambientada en la ciudad que da nombre a la ficción para convertirse en un mosaico criminal de intereses contrapuestos, de motivaciones enriquecidas por el odio, la venganza y el poder. Todo eso convierte a Gotham en esa ciudad del crimen que necesita de un salvador, de un héroe al margen de una limitada ley que no puede hacer frente a todas esas amenazas.

Se puede decir, en este sentido, que Gotham (la serie) empieza a ser realmente Gotham (la ciudad). Más allá de la impecable ambientación, el escenario en el que se desarrollan todas las tramas toma forma y se prepara para recibir al caballero oscuro, que en cierto modo hace acto de presencia en el plano final de esta tercera temporada. Y todo ello, como decimos, es gracias precisamente a que los villanos comienzan a tomar conciencia de sí mismos, a dejar de ser meros secundarios para dar un paso al frente y ser protagonistas de historias que no solo discurren paralelas a la principal, sino que influyen de un modo más o menos notable en la misma. A pesar de los errores, que los tiene principalmente en la construcción de algunas tramas, el resultado final es el de una composición de intereses, antagonistas, violencia y caos que resulta de lo más sugerente. Y ante esa amenaza, apenas dos nombres.

El arco argumental del detective Gordon, interpretado de nuevo por Ben McKenzie (El marido de mi hermana), ha ido perdiendo interés en favor no solo de los villanos, sino del propio Mazouz y su viaje para encontrar a Batman. A pesar de seguir llevando sobre sus hombros el principal peso de la historia, su personaje en esta etapa realiza un recorrido cuanto menos cuestionable, que le hace ser detective privado, policía, infiltrado en una organización secreta, superar una droga que nadie más es capaz de controlar y salvar una ciudad. El hecho de que su trayectoria de redención no le convierta en el principal atractivo de la serie debería ser argumento suficiente para comprender que no está funcionando, que se está convirtiendo en un secundario, en un nexo de unión entre otras historias más interesantes. Si a esto añadimos el espléndido crecimiento del personaje de Bruce Wayne, con un prometedor futuro por delante como auténtico protagonista, lo que tenemos es un cambio de foco dramático sabiamente elaborado y disimulado con un contexto cada vez mejor.

Porque sí, porque hay que hacerlo

Todo ello no impide, sin embargo, que esta tercera temporada de Gotham no presente algunos puntos débiles. Y como es lógico, si son los villanos los que más crecen en esta serie, también son ellos los que registran algunas de las mayores flaquezas. Los problemas de estos últimos episodios podrían resumirse en un Deus ex machina constante a lo largo de la trama, si bien en esta ocasión ni hay un dios ni hay una máquina. Es más bien, el poder puntual de la ciencia. Eso y las conspiraciones que se desarrollan a lo largo del arco argumental. Pero vayamos por partes. Los aspectos más “mundanos” de la serie, aunque estructurados correctamente (lo que da facilidades para el desarrollo de personajes), han necesitado en no pocas ocasiones de giros argumentales cuanto menos cuestionables. No por su falta de coherencia; no por ser algo inconexo con el resto de la historia. Más bien, porque se han forzado situaciones que para crear conflictos que de otro modo habrían sido difíciles de explicar.

Desde el hecho de que el personaje de McKenzie sea capaz de vencer una droga que ningún otro personaje es capaz de controlar, hasta el camino oscuro que emprende el joven Bruce Wayne, las tramas han tenido un recorrido algo accidentado. Cabe pensar que en algunos casos, como el de esa especie de conspiración para acabar con la ciudad y utilizar el rol de Mazouz como arma, las incógnitas se resolverán poco a poco en los siguientes episodios de la cuarta temporada. Pero otros casos son más llamativos. La incorporación de nuevos secundarios cuya única función es la de ser detonante de un elemento desequilibrante en la historia es alarmante, lo que genera un doble problema. Por un lado, la proliferación de personajes relativamente insustanciales complica la posibilidad de estar atentos a todas las ramificaciones que posteriormente se desarrollan. Y por otro, su presencia resta tiempo y espacio al desarrollo de otras tramas, lo que obliga a condensar motivaciones, decisiones y acciones en un periodo más corto, derivando en esa sensación de que en los arcos argumentales hay momentos en los que todo ocurre casi “porque sí”.

Aunque no cabe duda de que uno de los casos más sonados es el de Ivy Pepper, que ya va camino de convertirse en Poison Ivy. Y en esta ocasión sí que es la ciencia la que tiene mucho que ver con esa idea de que todo ocurre “porque tiene que ser así”. Ya sea por cuestiones narrativas, ya sea por cuestiones dramáticas, el cambio de actriz, crecimiento del personaje incluido, genera más dudas que certezas. Partiendo de la base de que se produce casi por un accidente científico, queda plantearse porqué logra los poderes y conocimientos sobre plantas que logra, amén de los motivos para ese crecimiento en cuestión de segundos del personaje, que ahora está interpretado por Maggie Geha (¿Cómo se escribe amor?). En efecto, y según lo visto en esta tercera temporada, parece que hay dos motivos para esta evolución. Por un lado, dramático: el personaje no se estaba desarrollando adecuadamente y era necesario explicar sus poderes. Por otro, narrativo: es necesario sumar a un villano de esta categoría al plantel de adultos de la trama y darle un mayor protagonismo del que tenía hasta ahora.

El problema es el modo en que se ha hecho. Y eso se puede aplicar a muchos aspectos de la tercera temporada de Gotham. Es cierto que son aspectos secundarios, al menos respecto al desarrollo principal y al modo en que ha terminado esta etapa, pero sí desvelan algo arriesgado: el uso de recursos poco o nada narrativos que no tienen justificación alguna en el resto de las tramas. A priori no debería de ser motivo de alarma teniendo en cuenta la sólida construcción de los principales personajes, sean héroes o villanos, pero el hecho de que el rol de McKenzie haya perdido parte de su interés y que se estén introduciendo más y más villanos invita a pensar que esos detalles secundarios podrían adquirir la categoría de relevantes. Por suerte Batman también está empezando a hacer acto de presencia, y si eso se trabaja como hasta ahora, es garantía de éxito.

 

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‘Gotham’ explora la oscuridad de Batman en su 2ª temporada


La locura y la oscuridad han protagonizado la segunda temporada de 'Gotham'.La primera temporada de Gotham fue un soplo de aire fresco en el subgénero de superhéroes. Primero porque ofrecía una visión diferente sobre personajes ya conocidos, y segundo porque exploraba las complejas relaciones entre los principales héroes y villanos en el mundo de Batman creado en las páginas de los cómics de DC. Pero la segunda temporada ha ido un paso más allá (como cabría esperar, por otro lado) y se ha revelado como una auténtica reinterpretación del mito, en clave adolescente pero con un notable sentido dramático que la aleja de productos sensibleros o tendentes al dramatismo más teatralizado.

Lo que ha logrado su creador, Bruno Heller (serie El mentalista) con estos 22 episodios es ampliar el mundo de la ciudad del murciélago hasta límites insospechados. Mientras la primera etapa se centró más en la relación entre Bruce Wayne y James Gordon, esta segunda apuesta por separar a estos personajes para enfrentarlos a sus propios miedos, a sus propias limitaciones. Por supuesto, esto es un análisis excesivamente genérico, pero en líneas generales, y teniendo en cuenta el final de temporada, la impresión que deja la serie es la de tratar de abarcar más conceptos, tramas y personajes conocidos por los fans.

Esto tiene algo bueno y algo malo. Lo bueno, y lo desarrollaré más adelante, es que los personajes han evolucionado de forma más que notable. Lo malo, y no es algo menor, es que la serie ha perdido parte de la esencia que tuvo en su comienzo, cuando se anunció que Gotham abordaría los orígenes de Batman. El hecho de que la mayor parte de los villanos más famosos del personaje (Joker, Enigma, Dr. Strange, Mr. Freeze, Pingüino, etc.) aparezcan en la historia sembrando el caos y el terror da al traste con esa idea, fundamentalmente porque desecha la línea argumental seguida en los cómics, películas y series de televisión anteriores. Esto siempre es peligroso, y me explico.

Mientras el peso de la historia siga cayendo sobre los hombros de Ben McKenzie (El marido de mi hermana) y la serie se mantenga como un thriller policíaco con dosis de ciencia ficción tiene capacidad para crecer. Sin embargo, si se opta por dirigir el argumento hacia un tono más adolescente, menos oscuro y trágico, la ficción podría derivar en algo tópico, carente del atractivo con el que comenzó y obligada a ofrecer algo más para suplir esa carencia. A priori, todo apunta a que Heller mantendrá el espíritu inicial, pero ya se han visto algunas concesiones en esta segunda temporada. Concesiones menores, es cierto, y algunas incluso necesarias, pero en cualquier caso sintomáticas.

Más oscuridad, más adulto

Con todo, lo más destacable de la segunda temporada de Gotham es la oscuridad que ha adquirido en todos sus aspectos. Gracias a algunos villanos, pero sobre todo al tratamiento de los principales personajes, la serie ha evolucionado en un sentido casi inesperado, y desde luego imprevisto para una segunda temporada. En cierto modo, la serie tiene un punto de inflexión a mitad de temporada (más o menos como toda serie que se precie hoy en día) con la decisión tomada por el personaje de McKenzie. Su James Gordon, figura de la integridad policial y de la justicia por encima de cualquier otro valor, se quebranta ante un enemigo que logra sacar a relucir el carácter más violento y, en cierto modo, corrupto (al menos de sus valores) de su personalidad. Esto, que podría parecer secundario, permite ofrecer otra visión del personaje, más acorde con lo que se conoce de él en el mundo de los cómics que con la imagen de héroe que tenía en la primera temporada.

Aunque sin duda el giro más interesante es el de Bruce Wayne/David Mazouz (serie Touch). Mostrado como un niño en los primeros compases de la trama, en esta segunda etapa, sobre todo en su tercio final, se ha convertido en un personaje que empieza a mostrar todo aquello que le convierte en Batman. Y no me refiero al desarrollo de sus habilidades físicas, que también, sino al carácter y el razonamiento que definen a este superhéroe. Por primera vez el espectador ve cómo toma la iniciativa para sonsacar información; por primera vez, el miedo a la muerte desaparece de su rostro. Todo ello, unido a una impecable actuación del joven Mazouz, da un giro al niño algo mimado y traumatizado por la muerte de sus padres que se presentó en la primera parte. Y es una decisión que, en el fondo, define todo el sentido de la producción a partir de ahora, sobre todo si se quiere que el peso termine cayendo sobre sus hombros.

Este carácter más oscuro que tanto reitero en el análisis viene acompañado de una visión más adulta de la trama. Es cierto que hay varias decisiones enfocadas a los adolescentes; y es cierto también que de repetirse en el futuro pueden convertirse en un punto débil. Pero en líneas generales la historia, héroes, villanos y secundarios incluidos, ha dado un paso más hacia la madurez de su argumento. El arco dramático de cada personaje está marcado, más que nunca, por sus propias dualidades. Cierto es que uno de los que mejor representan este cambio es Cory Michael Smith (Carol) y su Enigma, pero todos han hecho gala de esa dualidad entre locura y cordura, entre lo correcto y lo incorrecto.

Se puede decir, en este sentido, que la segunda temporada de Gotham es la temporada de la dualidad. Y eso es algo que, en el caso que nos ocupa, resulta todo un acierto, pues permite a los responsables ofrecer un drama marcado por las dudas personales, por la traición a los que nos rodean y a nosotros mismos. Esa capacidad de la serie de trasladar la problemática moral a los conflictos externos (que al fin y al cabo es lo que debería ser todo buen conflicto) convierte a este thriller policíaco en un rara avis dentro de las producciones de superhéroes. El final de esta etapa, además, abre la puerta a un futuro aún más aciago, con poca o ninguna esperanza para una ciudad consumida por el crimen. ¿Veremos en la próxima los primeros pasos de un joven murciélago?

1ª T de ‘Gotham’, o cómo desarrollar unos personajes ya conocidos


Ben McKenzie y David Mazouz protagonizan la primera temporada de 'Gotham'.Nunca he sido partidario de las producciones que abordan el pasado de superhéroes icónicos. Su tendencia a adaptar las aventuras de los cómics a las necesidades de unos personajes jóvenes suele generar tramas sin demasiado peso, con personajes que no solo no responden a lo que se espera de ellos, sino que caen en una serie de contradicciones insalvables. Por eso tenía cierto recelo a lo que pudiera encontrar en la primera temporada de Gotham, cuya acción transcurre en la infancia de Bruce Wayne/Batman. Pero la mejor conclusión que se puede sacar tras 22 episodios es que es una producción espléndida en todos los sentidos.

Algo que, por cierto, confirma que DC está apostando por las historias y los personajes más que la espectacularidad, territorio que por ahora posee Marvel. Bajo esta consigna, Bruno Heller, creador de la serie Roma, conforma un escenario brillante en el que los personajes más conocidos de los cómics de Batman se desarrollan en base a lo que serán en el futuro. Dicho de otro modo, los roles no son una versión infantil o adolescente de sus versiones en papel, sino que realmente abordan sus respectivas tramas desde un punto de vista complementario al conocimiento popular que se tiene de ellos. El episodio piloto, en este sentido, es sumamente revelador. A pesar de que no tiene el impacto o la fuerza de otros pilotos, sí sienta las bases de lo que posteriormente se desarrollará, permitiendo además una mayor libertad para explorar la ciudad que da nombre al título tanto dramática como estéticamente hablando.

Desde luego, quien espere una serie de superhéroes al estilo de ArrowThe Flash debería abandonar antes de que sea tarde. Gotham es algo diferente en ese aspecto, aunque igualmente atractivo y, para los seguidores del Caballero Oscuro, plagado de guiños a los personajes. Desde la obsesión de un joven Bruce Wayne (magnífico David Mazouz, visto en Touch) por encontrar al asesino de sus padres, hasta un Pingüino simplemente brillante gracias a la labor de Robin Lord Taylor (En el frío de la noche), por sus episodios se van dando cita algunos de los más conocidos personajes del superhéroe. Mención especial merecen el nacimiento de villanos como Enigma (Cory Michael Smith, visto en Camp X-Ray) o Catwoman, a la que encarna una Camren Bicondova (Battlefield America), quien por cierto tiene un notable parecido con Michelle Pfeiffer, que dio vida al personaje en Batman vuelve (1992).

Si bien es cierto que la necesidad obliga a relacionar a muchos de estos personajes, el éxito narrativo de la serie se basa precisamente en que todos ellos son secundarios de una trama principal que tiene como protagonista a Ben McKenzie (Junebug), que da vida al detective James Gordon. La apuesta decidida por obviar el carácter fantasioso de los superhéroes y centrar la acción en un thriller de acción policíaco (con sus guiños a los cómics, claro está) convierten la producción en un producto diferente, más interesado en crear líneas argumentales que puedan tener repercusión antes que encasillarse en las necesidades de los héroes y villanos de turno.

Personajes únicos

Y aunque las tramas tienen interés, lo que mejor define a Gotham son sus personajes, más concretamente sus secundarios. Es cierto que la presencia de numerosas tramas crea una red que se nutre de forma autosuficiente para crear una sólida estructura cuyo desenlace en el episodio final es tan caótico como espléndido. Y es cierto que la búsqueda personal del joven Bruce Wayne aporta un interés añadido a las corruptelas de una ciudad dominada por el crimen. Pero son roles como el Pingüino, el compañero de Gordon (genial Donal Logue, de la serie Vikingos) o las luchas entre mafiosos lo que realmente termina por dominar el panorama general de la serie.

Desde luego, la definición sobre el papel es espléndida, quizá porque ninguno de los roles son arquetípicos, algo que podría esperarse de una serie basada en personajes de cómic. Todos estos secundarios, ya sean héroes o villanos, tienen una notable variedad de capas que les hacen más complejos de lo que cabría esperar. Evidentemente, los héroes siempre serán héroes y los villanos siempre serán villanos, pero la necesidad de colaborar entre ellos difumina en muchas ocasiones la línea que les separa y nutre los conflictos que se plantean en cada capítulo. Salvo la pareja formada por los personajes de McKenzie y Mazouz, cuya rectitud es, en cierto modo, el contraste a toda una ciudad corrupta, el resto de roles parecen tener algo que esconder, lo cual no hace sino aportar un notable grado de sorpresa al desarrollo.

Aunque mención aparte merece el rol de Jada Pinkett Smith (Bajo la piel). Es el único personaje creado expresamente para la serie, y quizá por eso, por la libertad que ofrece la inexistencia previa, su importancia es mucho mayor. Sibilina, inteligente, manipuladora, violenta, superviviente. Todos estos calificativos, y todos los que se quieran añadir, se pueden aplicar a una mujer que marca en todo momento el desarrollo de las principales tramas. En buena medida, sin ella no podría entenderse la serie, pues más allá de su entidad propia es el mejor enemigo que podría encontrar un Pingüino tan manipulador e inteligente como el que se define en la serie. Y desde luego sin ella no se producirían algunas de las mejores conversaciones de toda esta primera temporada.

Pero esto son solo algunos de los mayores aciertos de Gotham. La verdad es que esta primera temporada requeriría de varios análisis que permitieran apreciar la calidad en el diseño de producción, la evolución narrativa de muchos de sus personajes y, cómo no, el proceso de transformación en Batman que se produce en el joven Bruce Wayne, y que en la serie queda definido por los acontecimientos del episodio piloto y del episodio 22. Pero en cualquier caso todo eso se puede resumir en que Bruno Heller, creador de esta espléndida serie, ha apostado por los personajes y el desarrollo dramático en lugar de la acción. La influencia de los cómics, más allá de ofrecer las pautas para la definición de algunos personajes, es prácticamente nula, lo que deja libertad total para ahondar en una época desconocida. Una época de la que esta primera temporada deja con ganas de más.

‘Elementary’ se alarga sin sentido con tramas episódicas en su 2ª T


Rhys Ifans se incorpora a la segunda temporada de 'Elementary' como Mycroft Holmes.Cuando una serie repite fórmulas es que algo falla. Puede que sea simplemente falta de originalidad. Puede que lo que ocurre es que la historia trata de centrarse en otros aspectos, dejando el conjunto con una cierta sensación de vacío. Sea como fuere, la repetición en cualquier producción televisiva, incluso en aquellas que son más tolerantes con este tema, tiende a reducir la calidad del producto. En cierto modo, la segunda temporada de Elementary peca de dicha reiteración de modelos, dejando la originalidad de la primera temporada en un mero recuerdo para convertirse, en muchos momentos de su desarrollo, en otra ficción policíaca con protagonistas un tanto extravagantes y casos un poco fuera de lo común.

Todo ello está propiciado por dos elementos que, aunque parezca lo contrario, no son independientes ni excluyentes. Por un lado, quizá el más importante, está la ausencia del impacto que supuso la anterior entrega en su reinterpretación de los personajes del mundo de Sir Arthur Conan Doyle. Que John Watson sea ahora una mujer y que Sherlock Holmes viva en Nueva York pierde el interés desde el momento en que el espectador conoce los antecedentes de los episodios previos en esta serie creada por Robert Doherty (serie Medium). Es por eso que la dinámica entre los dos protagonistas pierde algo de fuerza, aunque en ningún caso se deba a la labor de los intérpretes, unos más que correctos Jonny Lee Miller (Trainspotting) y Lucy Liu (El caso Slevin). De hecho, de no ser por el reparto en general y las relaciones que se establecen entre sus personajes muchos de los 24 episodios que dura la temporada carecerían por completo de un interés meramente narrativo de cara a otros casos más relevantes.

Esto me lleva al otro aspecto importante. Mientras que el comienzo de la temporada se antoja interesante al introducir personajes nuevos como el de Sean Pertwee (Equilibrium) y el de Rhys Ifans (The Amazing Spider-Man), ambos personajes de los relatos de Conan Doyle (Lestrade y Mycroft, respectivamente), el desarrollo de la trama da un giro hacia una corrección innecesaria, introduciendo historias episódicas que no llevan a ningún sitio al personaje, no digamos al espectador. Y de esto surge la pregunta más interesante de Elementary. ¿Realmente son necesarios tantos episodios por temporada? Lo cierto es que esta segunda entrega es una especie de montaña rusa en la que las emociones fuertes se hallan al inicio y al final, teniendo un reposo dramático y narrativo en el grueso de su arco argumental. De hecho, son los dos nuevos personajes los que aportan un mayor interés a la historia y los que, en definitiva, hacen crecer la vida de este Sherlock Holmes en Nueva York que, todo hay que decirlo, se estanca demasiado en un intento de alargar innecesariamente sus aventuras.

Sin embargo, hay que reconocer interés que suscitan muchos de los casos policiales que se deben investigar, así como el drama que pueden generar algunas tramas secundarias cuya duración de dos o tres capítulos permite cubrir buena parte de los vacíos dramáticos que deja la ausencia de una trama de temporada sólida. Sin ir más lejos, la relación entre Holmes y los personajes de Aidan Quinn (Sin identidad) y Jon Michael Hill (Falling overnight) sostiene algunos de los momentos más débiles de la temporada, así como el tira y afloja entre Watson y Holmes, este último cada vez más consciente de la necesidad de tener a la primera en su vida. Sin ellos la producción reduciría notablemente su dinámica.

Londres gana fuerza

Pero como se puede entender de la introducción, no todo en esta segunda temporada de Elementary son casos policiales que requieren de una cierta atención. La incorporación de Lestrade y Mycroft, así como el trasfondo dramático que el pasado común con Holmes les aporta, es un soplo de aire fresco a la historia, que adquiere una mayor relevancia y se desarrolla hacia un sentido algo más consistente que el mero argumento episódico. Gracias a ellos, sobre todo al segundo, la serie recupera las sensaciones que ya aportó en la primera temporada el personaje de Natalie Dormer (serie Juego de tronos), al que por desgracia solo se recurre en un episodio de esta entrega. La labor de Ifans como el odiado hermano de Sherlock no solo está a la altura del papel que desempeña Miller, sino que supone una vuelta de tuerca al trasfondo clásico del personaje literario.

Tal vez sea por esto que su incorporación es lo mejor que aporta esta nueva etapa. Frente a la ausencia de esa frescura que sí tenía la primera temporada, la aparición cada vez más constante de Mycroft Holmes, sobre todo en la recta final de esos 24 capítulos, da al conjunto otro aspecto, abriendo nuevas alternativas narrativas y dramáticas que permiten a sus responsables explorar territorios que Conan Doyle nunca pudo conseguir. Relaciones románticas, traiciones fraternales, espionaje, terrorismo. Todo ello y mucho más es lo que presentan los últimos episodios de la temporada, lo cual rompe por completo con lo visto anteriormente y se acerca algo más al espíritu original del personaje. En cierto modo, se podría decir que los casos episódicos que debe investigar, a pesar de la complejidad que puedan tener, reducen al protagonista a un simple investigador normal y corriente, eliminando el componente aventurero y suficiente que siempre definió al personaje.

El principal problema de la serie no se halla, por tanto, en que los crímenes a investigar carezcan de interés. Ni siquiera en la definición de personajes. Es más bien una cuestión de ver los diferentes aspectos en su conjunto. Al fin y al cabo, esta reinterpretación de Sherlock Holmes no debería de anular las características que definen al famoso investigador inglés. La necesidad de una estructura de tantos episodios lleva a convertirle en un reflejo de otros investigadores que ahora mismo nutren las ficciones de la pequeña pantalla, lo que pone en tela de juicio la necesidad de mantener otra serie policíaca basada en la tensión entre los dos protagonistas de sexos opuestos y en casos con una cierta base original.

Por supuesto, no tengo conocimiento de cómo será la próxima temporada de Elementary, pero a tenor de la conclusión de esta segunda etapa todo apunta a una renovación de aires que, sin duda, le hará mucho bien al arco dramático del personaje y de la propia serie. El devenir de los conflictos entre Watson y Holmes crea un recorrido narrativo nunca antes planteado, y sitúa a ambos personajes en una encrucijada de lo más interesante que perfectamente podría permitir a la futura tercera temporada recuperar el espíritu de la primera temporada. De ser así ni siquiera la excesiva duración de 24 episodios debería ser un impedimento. En realidad, tampoco lo es en su segunda temporada, pero de uno siempre espera algo más de Sherlock Holmes.

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