1ª T. de ‘This is us’, así somos, así éramos y así se hace una serie


En mayor o menor medida, todas las generaciones han tenido una serie de televisión que las define, una producción que habla sobre el modo en que afrontan los problemas y en que se relacionan los diferentes miembros que integran la familia. Suelen ser series que han pasado a la historia y han dejado grabadas a fuego en el imaginario colectivo algunas de sus escenas.Creo que todavía es pronto para considerar a This is us como el miembro más reciente de este grupo, pero desde luego va camino de convertirse en una gran producción. Su primera temporada, desde luego, ha dejado algunos de los mejores episodios de televisión gracias a su perfecta combinación de drama y comedia cortesía de su creador, Dan Fogelman (Crazy, Stupid, Love.).

Para aquellos que todavía no se hayan podido acercar a la historia de esta gran familia narrada de forma paralela en dos épocas muy diferentes, sus primeros 18 episodios son dignos de estudio para cualquier amante o estudiante del guión cinematográfico. Sobre todo si está interesado en los juegos temporales y en cómo manejar la información que el espectador conoce y la que saben los personajes, que no siempre tiene que ser la misma. Es más, aquí radica uno de los elementos más originales, interesantes y apasionantes de esta ficción, pues durante este debut en la pequeña pantalla asistimos a una evolución dramática con la que no solo evolucionamos también, sino a la que intentamos anticiparnos sin conseguirlo, al menos en los giros dramáticos más importantes (en concreto, en el último y fundamental punto de inflexión de la temporada).

Gracias al desarrollo de dos líneas temporales, This is us ofrece una visión panorámica de los acontecimientos. A pesar de que la historia de los padres (interpretados magistralmente por Milo Ventimiglia -serie Mob city– y Mandy Moore –A 47 metros-) no apoya necesariamente la narración de sus hijos en edad adulta, el transcurso de ambas líneas argumentales permite al espectador comprender a unos y a otros en sus respectivas decisiones, acentuando de este modo los conflictos paterno-filiales, los conflictos internos de cada rol y, sobre todo, por qué son como son y a qué se deben las relaciones que tienen entre ellos. Todo ello, al estar narrado de una forma, digamos, “objetiva”, hace crecer no solo el carácter de comedia dramática en el que enmarca el conjunto, sino que permite explorar, de un modo casi orgánico, la sociedad de cada una de las épocas y los retos a los que se enfrentan los personajes.

Sin ir más lejos, los problemas raciales durante la infancia del hijo adoptado interpretado por Sterling K. Brown (Spaceman), que parecen mantenerse en algunos aspectos incluso en su etapa adulta. O los problemas de sobrepeso de Kate, a la que da vida Chrissy Metz (Loveless in Los Angeles) y que, aunque se desarrollan desde que es pequeña, parecen tener algún tipo de relación con su padre. Y eso por no hablar de los intentos por convertirse en actor de carácter de un joven triunfador por una serie más bien cutre. Los tres personajes componen un mosaico tan interesante como nutrido capaz de reflejar buena parte de la sociedad. De ahí posiblemente provenga el éxito de la serie, amén de otros elementos puramente cinematográficos o audiovisuales que hacen de esta producción una de las más atractivas de los últimos años.

Cómo hemos cambiado

En efecto, cómo hemos cambiado… o tal vez no. Esa es una de las múltiples reflexiones que This is us realiza a lo largo de sus primeros capítulos. O al menos intenta trasladar al espectador. Porque en efecto, las décadas que transcurren entre una y otra línea temporal obligan a destacar las inevitables diferencias entre ambas, pero también arrojan determinadas similitudes entre ellas. Miedos similares, problemas parecidos y soluciones abiertamente familiares son algunos de los aspectos que el espectador puede encontrar entre ambas historias, tan independientes como relacionadas. Y ahí está, precisamente, la magia de Fogelman. El primer episodio, sin ir más lejos, juega con el desarrollo en paralelo de las dos historias sin tener constancia de su relación, y aunque elementos como el vestuario, el decorado o la peluquería pueden sugerir la distancia temporal entre ambas, en realidad todo parece desarrollarse al tiempo. Y dado que se desconoce la relación entre todos los personajes, se crea la falsa ilusión de estar ante un mosaico de historias sin relación entre ellas salvo, tal vez, por algún nexo de unión. Nada más lejos de la realidad, claro está, y de ahí que la conclusión del episodio piloto genere esa sensación de sorpresa, ternura e intriga que se mantiene a lo largo de la temporada.

Y a partir de aquí, una reflexión sobre la familia, los sacrificios que hacemos por aquellos que queremos y las mochilas que todos arrastramos con el paso de los años. Resulta sumamente enriquecedor el modo en que su creador articula la acción de tal modo que los personajes se definen no solo por sus actos, sino por los actos de los demás. Volviendo al desarrollo paralelo de las dos líneas temporales, estas permiten apreciar una innumerable cantidad de matices en las decisiones y las reflexiones de los protagonistas, sobre todo de esos tres hermanos a los que, presumiblemente, veremos crecer para comprobar cuáles son sus rencillas, sus traumas y sus pasiones. Lo cierto es que la primera temporada ya ha dejado pinceladas de lo que ocurre en el seno de esta familia, o al menos de lo que podría ocurrir, pero a tenor de cómo se ha desarrollado todo a lo largo de estos 18 episodios, lo cierto es que cuesta imaginar por dónde irán los tiros en el futuro.

Este es el otro gran pilar de la serie. Sí, sus actores son todos brillantes. Sí, la narración en dos momentos diferentes es sencillamente inmejorable. Pero a todo ello se suma un desarrollo bastante inesperado, movido ante todo por la coherencia de unos personajes muy humanos, muy bien definidos tanto por ellos mismos como por el entorno en el que conviven. El modo en que se transmite la información y los momentos elegidos para ello marca una diferencia notable con otras series. Dicho de otro modo, la serie sugiere a lo largo de varios momentos vínculos a través de diálogos y planos que el propio desarrollo narrativo se encarga de destruir minutos después. En lugar de frustración, lo que provoca es un interés añadido al que ya puedan tener de por sí los personajes en base a su calidad. En pocas palabras, la serie puede, y debe, leerse en varios niveles, cada uno de ellos más complejo que el anterior, componiendo un puzzle en el que las piezas no solo encajan a la perfección, sino que dibuja una figura que siempre se vislumbra pero que, al menos por ahora, no llega a comprenderse del todo.

Con esta estrategia, This is us logra un doble objetivo (al menos) en su primera temporada. Por un lado, componer un fresco vivo, dinámico y único sobre la sociedad, sobre la familia y sobre la evolución de sus miembros a lo largo de las décadas. Pero por otro, rompe con la monotonía o la rutina que puede generar este tipo de formato, huyendo en todo momento de las claves de una sitcom o de una producción tragicómica. Es, simple y llanamente, This is us, y en efecto así somos. Verse reflejado en una u otra familia, en este o en aquel personaje, es cosa de cada uno, del mismo modo que elegir una línea argumental y temporal por delante de otra (porque sí, todos tenemos una favorita), pero lo que está claro es que esta extraordinaria primera temporada deja con un dulce sabor de boca y pidiendo a gritos más detalles de la familia Pearson.

‘True Blood’, contagio y enfermedad en una previsible temporada final


La enfermedad de los vampiros centra la séptima y última temporada de 'True Blood'.He de confesar que, a pesar de haber visto las siete temporadas de True Blood, nunca me he acercado a las novelas de Charlaine Harris que se encuentran en la base de la serie creada por Alan Ball (serie A dos metros bajo tierra). Tal vez debería haberlo hecho para tener una visión más completa de este fenómeno televisivo, pero lo cierto es que la producción es lo suficientemente sólida como para tener entidad propia. Sin embargo, a lo largo de las temporadas ha habido ciertas concesiones al dramatismo adolescente que los guionistas no han sabido, o no han querido, eliminar. La conclusión de esta magnífica serie en su séptima temporada es la guinda de ese pastel dramático que empaña un poco el desarrollo de toda la ficción, aunque no lo hace por los acontecimientos en sí, sino por el enfoque previsible de su desarrollo.

Si algo ha caracterizado a la serie a lo largo de estos años es su capacidad para abordar polémicas sociales. Lo que comenzó siendo una suerte de crítica al racismo, en contra de la homofobia y a favor de la diversidad ha derivado con el paso del tiempo en todo un arte interpretativo de las claves religiosas, fanáticas e incluso neonazis. Como colofón la trama se centra en una enfermedad que solo afecta a los vampiros, una especie de hepatitis que envenena sus cuerpos y sus mentes hasta volverles sádicos animales como paso previo a la verdadera muerte. Planteado en la temporada anterior, el tema podría haber dado mucho juego si se hubiese enfocado con la seriedad de la primera temporada. Sin embargo, lo que comienza siendo una reflexión sobre la actitud ante la muerte de unos seres que se consideran inmortales, poco a poco da paso a un enfoque trágico de la enfermedad, entregándose al más puro drama lacrimógeno en sus dos últimos episodios.

A esto habría que añadir el factor conclusivo de True Blood, que en este caso hace mucha mella en el resultado final. Los guionistas suelen aprovechar las temporadas finales para dejar todas las líneas argumentales cerradas, tratando de dotar de sentido a todos y cada uno de los personajes. Lo que hace Ball y su equipo en esta ocasión, empero, es algo tosco y previsible. Puede que durante los primeros compases de la temporada, sobre todo en ese primer episodio que comienza de forma salvaje y brutal, la confusión sorprenda al espectador, pero a medida que se avanza en los 10 episodios que dura esta última entrega las intenciones de los responsables se intuyen hasta volverse completamente visibles. Que mueran determinados personajes no es sino una de las formas más antiguas de eliminar un obstáculo hacia un fin mayor. Y traer de vuelta a roles como el de Hoyt , al que da vida Jim Parrack (El último deseo), con una novia del brazo puede generar no pocas sospechas, que sin duda se tornarán certezas antes del último fundido a negro.

Pero más allá de su aspecto narrativo, esta séptima y última temporada deja una serie de ideas notables en la mitología vampírica, manteniendo así la sintonía con etapas anteriores. La propia enfermedad, sin ir más lejos, es un caldo de cultivo perfecto para mostrar, por ejemplo, la fragilidad de estos seres que se antojan todopoderosos. Sus febriles recuerdos de su vida humana, sus pesadillas o su “sentimiento humano”, como se menciona en la serie, ofrecen al espectador una reinterpretación de los estados más críticos de una enfermedad grave. Del mismo modo, es la enfermedad la que provoca el frente común entre humanos y vampiros, y es también la responsable de la locura y la intransigencia de los sectores más fanáticos de la sociedad. Todo ello ofrece un marco perfecto que deja una serie de premisas interesantes en el aire que rodea al drama que antes mencionaba.

El final feliz de unos personajes sufridores

Sin duda, lo más chocante de este final de True Blood es el hecho de que todos los personajes, al menos los principales, logran su final feliz tras temporadas y temporadas de dolor, sufrimiento y miedo. La imagen final de los protagonistas sentados a una larga mesa para compartir una comida es buena muestra de que existía la necesidad de dar a los roles de Anna Paquin (El piano) y compañía algo de sosiego en medio de todo este caos. Eso sí, un final feliz que llega después de uno de los momentos más dramáticos de toda la serie, visceral y sangriento tanto visual como conceptualmente, y que aquí no desvelaremos. En general, todos consiguen lo que quieren, aunque algunos lo hacen de una forma más natural que otros.

Entre los primeros están, sin duda, Eric y Pam, los personajes de Alexander Skarsgård (The East) y Kristin Bauer van Straten (Life of the party). Tal vez porque son los mejores personajes de la serie, tal vez porque han sido los que han recibido un trato más sincero a lo largo de las temporadas, el caso es que su evolución a lo largo de estos 10 capítulos es una de las mejores bazas de la temporada. Su obsesiva búsqueda de una cura para la enfermedad y su natural tendencia a dominar a aquellos que tienen más cerca les lleva a convertirse en dueños y señores de un final tan irónico y estremecedor como ellos mismos, y que incluye una Sangre Nueva que bien podría ser la excusa para otra producción. Puede que algunos acontecimientos se precipiten en exceso, pero en líneas generales poseen la mejor línea argumental.

No solo es mejor que otras secundarias, como la que protagonizan Ryan Kwanten (Mystery road), Deborah Ann Woll (Ruby Sparks) y el ya mencionado Parrack, sino que es incluso mejor que el drama que vive la protagonista, cuyo periplo en esta última entrega es incluso más caótico que en etapas anteriores. En efecto, lo que acontece en la trama principal que gira en torno a Paquin es una sucesión de situaciones previsibles que se encaminan a dejar su futuro en perfecta situación de felicidad, aunque para ello deba llorar unas cuantas veces. Hay que incidir aquí en el hecho de que lo visto en pantalla no es, en sí misma, una mala propuesta. El problema surge por la debilidad de su presentación. Más o menos como le ocurre al trío romántico de Kwanten, Ann Woll y Parrack, que puede saborearse casi desde el primer momento en que el último hace acto de presencia de nuevo en la serie tras unas cuantas temporadas alejado.

True Blood termina de forma agridulce. Los intentos de Alan Ball por dotar a la serie de una conclusión madura y seria son loables, y la trágica imagen previa a la dicha absoluta así lo confirma. Del mismo modo, los ecos socioculturales de esa hepatitis vampírica, que pueden identificarse con varias enfermedades reales, dotan al conjunto de ese aire oscuro y sobrio que tan buenos resultados ha dado a esta ficción. Sin embargo, la sensación de estar ante una tragedia romántica en la que los buenos siempre acaban bien y los malos acaban mal nunca desaparece. Que determinados personajes cambien su forma de ser casi por arte de magia es algo que no encaja con el sentido general de la trama. Asimismo, la falta de pulso en el desarrollo de algunas líneas argumentales resta interés a los personajes, que se antojan más como herramientas para el final feliz. Pero como reza el último episodio, ante una serie como esta solo cabe decir: “gracias”.

El Oeste más gamberro se bate en duelo por dominar la cartelera


Estrenos 4julio2014Poco a poco el verano cinematográfico va tomando forma. Si el pasado mes de junio fue un poco flojo en lo que a grandes estrenos se refiere (lo que se ha acusado, y mucho, en la taquilla), este julio se prevé algo más interesante, con propuestas variadas que tienen posibilidades de convertirse en reyes de la cartelera. Hoy, 4 de julio, Día de la Independencia norteamericana, llegan una serie de novedades que sin duda poseen los alicientes necesarios para convertirse en las más taquilleras. Humor gamberro, drama romántico adolescente, thriller, … Prácticamente todos los géneros se dan cita en estos 8 films en los que participan, además, desde actores consagrados a actrices porno que buscan consolidar su papel en la industria más tradicional.

Si comenzamos por los títulos más importantes es indispensable hablar de Mil maneras de morder el polvo, nueva divertida y gamberra propuesta de Seth MacFarlane (Ted) quien no solo dirige y escribe, sino también protagoniza esta disparatada historia ambientada en el Lejano Oeste, un peligroso lugar donde, como reza el título original, hay un millón de maneras distintas de morir. La trama comienza cuando un cobarde ovejero es abandonado por su novia después de renunciar a un duelo. Será en sus horas más bajas cuando conocerá a una hermosa y misteriosa mujer que le devolverá la ilusión, pero que también le traerá la desgracia, pues su marido es ni más ni menos que un violento y famoso forajido, al que tendrá que derrotar si quiere salvar la vida y a la chica. Junto a MacFarlane encontramos un puñado de actores tan conocidos como Charlize Theron (Blancanieves y la leyenda del cazador), Liam Neeson (Non-Stop), Amanda Seyfried (Los miserables), Giovanni Ribisi (Contraband), Neil Patrick Harris (serie Cómo conocí a vuestra madre) y Sarah Silverman (Escuela de pringaos).

Una alternativa muy distinta, también procedente de Estados Unidos, es Bajo la misma estrella, drama adolescente de corte romántico basado en la novela de John Green que narra la relación amorosa que entablan dos jóvenes con cáncer. Ambos lucharán por convertir el tiempo que les queda en algo inolvidable, y para ello llegarán a viajar a Ámsterdam para conocer al escritor favorito de uno de ellos. Dirigida por Josh Boone (Un invierno en la playa), la cinta cuenta en su reparto con Shailene Woodley y Ansel Elgort, ambos protagonistas en Divergente (2014), como pareja principal, a los que se suman Nat Wolff (Paz, amor y malentendidos), Laura Dern (Parque Jurásico), Sam Trammell (serie True Blood) y Willem Dafoe (El gran hotel Budapest), entre otros.

Los adolescentes también son protagonistas en The kings of summer, comedia dramática norteamericana del 2013 que aborda el sueño de un grupo de jóvenes de independizarse. Hartos de convivir con sus padres se fugan sin rumbo fijo hacia la naturaleza con el único plan de construir una casa y vivir dueños de su propio destino. Sin embargo, ese mismo destino les deparará un sinfín de sorpresas. Jordan Vogt-Roberts, director habitual de series de televisión, debuta de este modo en el largometraje, contando para ello con Nick Robinson (serie Melissa & Joey), Gabriel Basso (Super 8), Moises Arias (El juego perfecto), Nick Offerman (Somos los Miller), Megan Mullally (Tocando fondo) y Alison Brie (Eternamente comprometidos) como principales intérpretes.

Dejamos Estados Unidos para centrarnos en Un largo viaje, una coproducción angloaustraliana de 2013 que adapta el best seller homónimo y autobiográfico de Eric Lomax. La trama comienza cuando Lomax, oficial británico fascinado desde su infancia por los trenes, es capturado durante la II Guerra Mundial y enviado a un campo de trabajo para construir la línea férrea entre Birmania y Tailandia. Durante su cautiverio deberá soportar condiciones inhumanas y un amplio abanico de torturas. Años después, y una vez finalizada la guerra, la vida tranquila de Lomax se verá alterada cuando descubra que un joven oficial encargado de su tortura sigue vivo. Dirigida por Jonathan Teplitzky (Burning man), uno de los elementos más destacados de este drama es su reparto, encabezado por Colin Firth (Un plan perfecto), Nicole Kidman (Stoker), Jeremy Irvine (Grandes esperanzas) y Stellan Skarsgård (El médico), a los que se suman Jeffrey Daunton (Servicios muy personales), Michael MacKenzie (Night people), Hiroyuki Sanada (Lobezno inmortal) y Tanroh Ishida (Sennen no yuraku).

La gran representante española es Open Windows, nueva película de Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes) que, enmarcada en el thriller, experimenta con diferentes cámaras y formatos audiovisuales para contar una historia que arranca cuando un joven es rechazado por una importante y deseada actriz después de que el primero ganara un concurso cuyo premio era una cita con la estrella. Cuando todo parece perdido un hombre le propondrá seguir todos los pasos de la mujer, incoándose un macabro juego de acoso, terror y misterio en el que ambos personajes serán solo piezas prescindibles. El director cántabro cuenta para la ocasión con Elijah Wood (Grand piano) y la ex actriz porno Sasha Grey (The girlfriend experience) como principales protagonistas del reparto, que se completa con Neil Maskell (serie Utopía), Ivan González (El borde del tiempo), Adam Quintero (Propios y extranos) y, como es habitual, el propio Vigalondo.

Otro nombre propio de este fin de semana es el de Jean-Pierre Jeunet (Amelie), quien regresa tras cuatro años de ausencia con El extraordinario viaje de T.S. Spivet, una aventura familiar con toques dramáticos que, como es habitual en el cine del francés, está plagada de personajes y situaciones de lo más surrealistas. La trama de esta producción francocanadiense del 2013 narra el viaje realizado por un pequeño genio de 12 años que vive en un rancho en Montana. Su pasión por la cartografía y los inventos le llevará a ganar un premio otorgado por una importante institución científica, por lo que el joven se armará con su maleta dispuesto a recorrer Estados Unidos de una punta a otra. El reparto está encabezado por Helena Bonham Carter (El llanero solitario), Kyle Catlett (serie The following), Judy Davis (A Roma con amor), Robert Maillet (Pacific Rim), Callum Keith Rennie (serie La tapadera) y Dominique Pinon (Micmacs).

España también está presente en la producción de El secreto del cofre de Midas, cinta de aventuras de 2013 que también cuenta con financiación del Reino Unido y que se ambienta en la época victoriana. En concreto, la trama sigue a un joven londinense cuyos padres desaparecen misteriosamente. Responsable de un hermano menor, su vida cambiará cuando unos desconocidos secuestren al pequeño, lo que le llevará a iniciar un viaje a una remota isla acompañado de un aventurero que persigue intereses similares. Jonathan Newman (Hogar de acogida) es el encargado de dirigir a un puñado de actores conocidos, entre los que destacan Michael Sheen (serie Masters of sex), Lena Headey (serie Juego de Tronos), Sam Neill (Plan de escape), Ioan Gruffudd (Los 4 fantásticos), Aneurin Barnard (The facility) y Keeley Hawes (El robo del siglo).

Finalizamos el repaso a los estrenos con Omar, drama palestino con tintes de thriller del 2013 escrito y dirigido por Hany Abu-Assad (The courier). Su argumento, marcado por la situación política y social de la zona, se centra en los riesgos a los que se enfrenta un joven que todos los días trepa el muro para ver a la chica de la que está enamorada. Sin embargo, cuando un día sea capturado su forma de entender el mundo y las relaciones con sus amigos y vecinos cambiará. Los debutantes Adam Bakri, Leem Lubany, Samer Bisharat e Iyad Hoorani conforman el reparto principal.

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