‘Valerian y la ciudad de los mil planetas’: aventuras galácticas


Si hay un director que merece ser considerado como uno de los pilares de la ciencia ficción moderna es Luc Besson. Su estilo podrá gustar más o menos, sus historias podrán ser más o menos interesantes, pero muchos de sus films ya se han hecho un hueco en la cultura popular, y han traspasado la barrera del entretenimiento para convertirse en iconos. Uno de los más claros ejemplos es El quinto elemento (1997), y con el tiempo puede que Valerian y la ciudad de los mil planetas siga esta estela, pues no solo cuenta con los elementos necesarios para ello, sino que es una de las cintas más completas del director en lo que a ciencia ficción se refiere.

Besson aprovecha al máximo las posibilidades narrativas y visuales de los cómics creados por Pierre Christin y Jean-Claude Mézières no solo para narrar una épica cinta de aventuras en la que el ritmo rara vez se detiene, sino para introducir al espectador en todo un universo en constante creación. Para ello, el director francés monta, a través de planos idénticos pero con diferentes protagonistas, una secuencia inicial sencillamente brillante, capaz de explicar en pocos minutos y sin necesidad de diálogos el origen y la relevancia de esa ‘ciudad de los mil planetas’ a la que hace referencia el título. A partir de esta puerta de entrada, todo un mundo de color, diversidad de especies y secuencias de acción, algunas de ellas rodadas con la característica habilidad del creador de El profesional (León) (1994) que, como todo buen relato de ciencia ficción, alberga un interesante reflejo de la sociedad actual y un mensaje a tener en cuenta sobre el comportamiento humano.

Posiblemente el mayor problema de este entretenidísimo film sea precisamente su duración, excesivamente larga y con momentos que podrían haberse resuelto de forma mucho más breve, por no decir que se podrían haber eliminado directamente. Esto afecta, además, a la dinámica de los protagonistas. Si bien es cierto que la labor de Dane DeHaan (Condenados) y Cara Delevingne (Ciudades de papel) es impecable, demostrando una química insuperable entre ambos, la duración lleva a los personajes a caer en una constante repetición de todo aquello que define su dinámica romántica, perdiendo algo de fuerza ese juego que se establece entre ambos. Asimismo, dicha duración obliga a alargar el misterio de la trama principal de forma algo innecesaria, sobre todo teniendo en cuenta que a partir de un determinado punto es fácil intuir quién es el villano en la trama, por lo que alargar posteriormente el misterio resulta inútil.

Y a pesar de estos problemas, Valerian y la ciudad de los mil planetas es, sin duda, una de las propuestas más frescas, interesantes y entretenidas de la ciencia ficción actual. Con un guión bien estructurado que es capaz de introducir de forma progresiva la trama principal y que combina con inteligencia comedia, acción e intriga, Besson compone una épica fantasía gracias a una narrativa que potencia los aspectos más positivos de la cinta y trata de contrarrestar las evidentes deficiencias de la misma, sobre todo las referidas a su duración. Una narrativa que deja momentos inolvidables como la secuencia en un mercado de otra dimensión, la persecución a través de los diferentes mundos de la ciudad o un curioso baile de la cantante Rihanna. Hay películas que simplemente distraen y otras que son capaces de alimentar la imaginación, y esta pertenece a la segunda categoría.

Nota: 7/10

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‘Legend’: locura por partida doble


Tom Hardy da vida a los gemelos Kray en 'Legend'.Dentro de la historia del crimen, los hermanos Kray tal vez no serán tan conocidos como los grandes nombres de Estados Unidos. Pero la locura de estos gemelos londinenses y lo que lograron en el Londres de los años 60 es, sin duda, equiparable a los más conocidos capos de la mafia norteamericana. O al menos eso se desprenden de la nueva película de Brian Helgeland (Payback), una obra irregular en su ritmo pero cuyos valores la convierten en un film a tener en cuenta, sobre todo gracias a la labor de su principal estrella, Tom Hardy (Sin ley), que vuelve a cargar sobre sus hombros una tarea compleja.

Posiblemente lo más interesante de Legend sea el análisis que realiza de la relación de los hermanos, uno clínicamente desequilibrado y el otro… bueno, se podría decir que su inteligencia superaba a su locura. Pero más allá de sus personalidades, a priori diferentes pero en el fondo parecidas, lo verdaderamente atractivo es la conexión entre ambos, ese amor-odio que genera un delicado equilibrio incapaz de mantenerse ante las adversidades del exterior, ya sean en forma de esposa, ya sea por encarcelamiento. En este sentido, los momentos protagonizados por los gemelos, que centran el grueso de la trama, dejan algunas de las secuencias más memorables de la trama. Y es aquí donde Hardy demuestra una vez más el gran actor que es, afrontando sin miedo alguno la difícil tarea de dar vida a dos personajes tan dispares, con reacciones tan diferentes y con lenguajes físicos únicos.

El problema del film, sin embargo, es la carencia de ritmo en su tramo final. Y no es un problema menor. Narrada por el personaje de Emily Browning (Plush), quien dicho sea de paso no termina de estar a la altura de las circunstancias, la historia pierde fuelle precisamente cuando se centra en la relación de pareja de uno de los hermanos y el rol de Browning. La forma de afrontar la decadencia de su matrimonio no termina de cuajar, en buena medida porque la actriz no logra dar una réplica sólida a Hardy, aunque también tiene mucho que ver el desvío de la atención del meollo del argumento, es decir, del mundo del crimen londinense.

Pero a pesar de todo, Legend termina revelándose como una cinta sumamente entretenida, por momentos divertida y por momentos dramática, que tiene a su máximo valedor en un Tom Hardy espléndido. Es cierto que posee numerosos talones de Aquiles, tanto en su base dramática como en la labor de algunos actores, sobre todo secundarios. Y aunque esto resta valor a la impresión final que deja el film, las reflexiones que arroja sobre los lazos familiares y las lealtades resultan muy interesantes. Una producción muy recomendable.

Nota: 7/10

‘The last ship’ halla entretenimiento en la simpleza de su 1ª T


Eric Dane y Rhona Mitra protagonizan la primera temporada de 'The last ship'.Escuchar la frase “la serie más vista del año en Estados Unidos” o alguna similar puede dar lugar a equívoco. A priori debería ser una buena señal para la producción, pero en muchas ocasiones lo que oculta es una suerte de dibujo de los valores norteamericanos en una trama cuanto menos cuestionable. Ya le ocurrió a Rehenes, thriller dramático que no duró más de una temporada, y demasiado fue. Ahora le llega el turno a The last ship, thriller apocalíptico con el sello Michael Bay (Transformers) que, a diferencia del anterior, sabe encontrar en sus defectos las virtudes necesarias para ser un producto distraído y hasta irónico en muchos momentos.

Basada en la novela de William Brinkley, esta serie creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro) centra la trama en un futuro no demasiado lejano en el que la Humanidad ha sido asolada por un virus que mata en cuestión de días. Ninguna de las vacunas han surtido efecto, por lo que los gobiernos son incapaces de hacer frente a su avance. La única esperanza se deposita en un destructor naval norteamericano en el que viaja una científica cuya misión es desarrollar una cura a partir de una veta primigenia del virus. Pero incluso en esta situación, los tripulantes no son ajenos a los ataques de otras naciones… o de lo que queda de ellas.

Todos aquellos que sepan leer entre líneas, o que hayan tenido oportunidad de ver los 1o episodios de esta primera temporada de The last ship, se habrán percatado de que el conflicto básico de esta ficción es buenos contra malos, o lo que es lo mismo, norteamericanos contra el resto del mundo. En efecto, la serie no apuesta por la complejidad dramática o narrativa. Los tripulantes del barco son los buenos, los únicos héroes en un mundo donde la gente, desesperada, toma lo que quiere por la fuerza. Son, en definitiva, el último reducto de la rectitud, la moralidad y la democracia. Y con esto queda definida buena parte de la problemática de la temporada. A todo esto acompañan, por supuesto, los personajes, con el capitán interpretado por Eric Dane (serie Anatomía de Grey) y la doctora a la que da vida Rhona Mitra (Vidas robadas) a la cabeza. Apenas existen matices entre ellos, siendo todos héroes capaces de sacrificar su integridad por salvar al de al lado, e incluso por salvar a quien no conocen en aras de la buena moral.

En el lado opuesto, como no podía ser de otro modo, están los villanos, primero los rusos y luego todo tipo de personajes secundarios. La serie sirve, en este sentido, para hacer un repaso de todos los demonios que han ocupado las pesadillas norteamericanas durante las últimas décadas, a excepción de Oriente Medio y el terrorismo islamista. Rusos que parecen intentar ganar una carrera armamentística (en este caso sanitaria), dictadores de tres al cuarto que viven en selvas, e incluso el enemigo dormido dentro de sus fronteras, son algunos de los temas que aborda esta primera temporada, cuyo viaje por todo el globo terráqueo sirve al espectador para desarrollar una cierta simpatía por la simpleza de la propuesta.

Mal que nos pese

Y llegamos así al meollo de la cuestión. The last ship es una producción que no engaña, que a pesar de su evidente ausencia de tensión dramática sabe lo que es y lo explota. Y eso es digno de admirar, sobre todo porque otras producciones similares tratan de dotar de gravedad una historia que no tiene ni pies ni cabeza. Y no me refiero con esto a su premisa básica, sino a su desarrollo. Este último barco que queda en el mundo se convierte en un microcosmos donde todo viene determinado por acontecimientos externos, no internos. Si un día están a punto de quedarse sin combustible, otro deben encontrar agua; si en un episodio son atacados por los rusos, en otro deben salvar a toda una comunidad. Paso a paso, heroicidad a heroicidad, los personajes se definen, o mejor dicho el conjunto de protagonistas.

Porque como decía antes, apenas hay diferencias entre ellos. Tan pocas que ni siquiera hay conflictos entre ellos, salvo para demostrar que las dudas las solventa el capitán con su ejemplo. Ante tal propuesta, parece más que obvio pensar en todo aquello que ha gustado en Estados Unidos, y que básicamente es lo que han sabido exportar más allá de sus fronteras. No solo son los encargados de encontrar una cura, sino que su rectitud en una situación en la que ni siquiera existe el Gobierno norteamericano está fuera de toda duda, lo que termina por engrandecer a unos personajes diminutos en lo que a definición dramática se refiere.

Eso sí, hay que reconocer que el golpe de efecto de su último episodio da un giro cuanto menos interesante al conjunto de la primera temporada. Sin desvelar nada relevante, básicamente se pasa del enemigo externo al interno, y del mar a la tierra. Un giro que, en cierto modo, era de esperar, aunque eso no impide que abra la puerta a una nueva vía de desarrollo dramático que, esperemos, ofrezca algo más de complejidad a la historia. Personalmente lo dudo, pero la esperanza es lo último que se pierde, y de eso saben mucho los protagonistas de esta serie. Es más, puede que aquellos que hayan empezado a verla y no hayan apagado la pantalla a los cinco minutos estén interesados en ver cómo evolucionan todos los conflictos que ya se pueden prever. Habrá que esperar al 2015 para eso.

Así que sí, The last ship es una serie que puede disfrutarse, aunque para ello debe cumplirse una condición sine qua non: hay que tomársela como lo que es, un producto mediocre que sabe reírse de sí mismo y de sus propias limitaciones. Que nadie espere un intenso drama o una especie de thriller con tensión en cada esquina. Es entretenimiento que no obliga a pensar, e incluso mata alguna que otra neurona en algún momento. Permite pasar unos minutos sin pensar en nada más que en lo buenos que son los buenos, y en lo malos que son los malos. Quien quiera eso encontrará en la serie un producto que incluso disfrutará. Pero no nos llevemos a engaño: no es una buena serie.

Diccineario

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