‘2 guns’: dinero, traición, disparos… y Peckinpah


Denzel Washington y Mark Wahlberg en un momento de '2 guns', de Baltasar Kormákur.Hay que reconocerle a Baltasar Kormákur la agilidad para rodar secuencias de acción. Su más reciente película, ese homenaje a las buddy movies y el western de Sam Peckinpah (sobre todo a Grupo Salvaje) protagonizado por Denzel Washington (American Gangster) y Mark Wahlberg (Tres reyes), demuestra una visión directa y sencilla, sin grandes excesos visuales y unos cuantos hallazgos interesantes. El problema es que, por muy distraída que sea en sus momentos de acción y por muy buena química que tengan sus protagonistas, 2 guns no tiene ni el ritmo ni el interés que cabría esperar de una cinta de estas características.

Cierto es que el principal atractivo es ver y escuchar a los protagonistas, sus contradicciones y su forma de “salvarse el culo” el uno al otro. Pero por desgracia no es suficiente. El guión de Blake Masters, especialista en series que debuta en el largometraje, es simple y llanamente una sucesión de episodios, convirtiendo el formato de largo en una pseudo temporada de cualquier producción televisiva de policías. La consecuencia de esto es que la trama posee numerosos altibajos, repitiendo informaciones y diálogos que hacen avanzar muy poco la acción. Lo más claro en este sentido es la forma de abordar las presentaciones de cada protagonista. Desde que el espectador descubre la identidad de cada uno hasta que ellos se presentan formalmente pasa todo un mundo en la gran pantalla, una especie de capítulo si hablásemos de la televisión.

Con esta premisa, ni la visión de Kormátur ni la labor de los actores, todos ellos a muy buen nivel, consiguen evitar que echemos alguna que otra mirada al reloj ante un desarrollo perezoso de los conceptos dramáticos que enriquecen la trama, que por cierto son más que interesantes. A esto contribuye también que todos los secundarios terminen siendo corruptos, en una especie de carrera por hacerse con varias decenas de millones de euros provenientes de la extorsión a los cárteles de la droga mexicana.

En realidad, la trama de 2 guns debería importar más bien poco. Un film de este tipo, pensado para el verano y el entretenimiento puro y duro, utiliza el argumento como excusa para un festival de persecuciones, tiroteos y diálogos divertidos. Esta película, empero, coge dicha base argumental y la retuerce y estira hasta límites innecesarios, obligando a rellenar los huecos con diálogos y, consecuentemente, ralentizando mucho el devenir de los protagonistas y complicando innecesariamente algunas líneas argumentales secundarias que podrían haberse resuelto en menos tiempo.

Nota: 6/10

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Se va Ernest Borgnine, el gran secundario de ‘Grupo Salvaje’


La muerte de Ernest Borgnine el 8 de julio a los 95 años ha dejado un hueco importante en uno de los sectores más necesarios y menos reconocidos por parte del gran público: el del actor secundario. Con unos rasgos físicos inconfundibles, este estadounidense ganador de un Oscar al Mejor Actor por Marty (1955) agrandó su figura como intérprete acompañando a las estrellas de las historias o siendo un nombre más en los repartos corales más famosos. De aquí a la eternidad (1953), Johnny Guitar (1954), Los vikingos (1958) o Doce del patíbulo (1967) son algunos de dichos títulos, pero para recordar su figura vamos a abordar otra gran película que tuvo la suerte de contar con él: Grupo salvaje (1969), de Sam Peckinpah (Duelo en la Alta Sierra).

Al igual que muchos otros papeles, la dureza de su rostro, a medio camino entre la bondad más absoluta y la agresividad consumada por una vida de golpes y supervivencia, permitió al actor de La aventura del Poseidón (1972) interpretar papeles que, aunque solían estar a la sombra de otros actores más carismáticos, presentaban una complejidad moral y emocional fuera de lo común. En cierto sentido, ese es uno de los rasgos más identificables de Dutch Engstrom, su personaje en este western crepuscular de Peckinpah que sigue a cuatro forajidos en su último golpe y la consecuente huída a México mientras el Far West que ellos conocían desaparece a su alrededor.

Fiel compañero del principal miembro del grupo, interpretado por William Holden (El puente sobre el río Kwai), la presencia de Borgnine en el reparto de Grupo salvaje aporta una mayor consistencia a un equipo marcado por la violencia y la constante persecución. Y es aquí donde se esconde el principal secreto del actor y de su papel en el film. Mientras que el resto del reparto transmiten una presencia de peligrosidad elegante, de hombres hastiados de una vida sin ley, el actor de Barco a la vista (1962) genera inquietud y respeto en parte por un carácter algo extremo, pero sobre todo por su facilidad para la violencia usada con inteligencia y sin miedo alguno.

Uno de los actores más expresivos que ha dado Hollywood en su historia, Borgnine aporta al personaje, sin embargo, un toque amable gracias a su mirada. Muy consciente de los límites de su rostro, el intérprete norteamericano era capaz de pasar de la seriedad a la risa enloquecida, de la calma a la agresividad, en un abrir y cerrar de ojos. Lo demostró durante toda su carrera (1997: Rescate en Nueva York es buena muestra de ello), y Grupo salvaje no es una excepción. Incluso los momentos en los que el personaje cavila y planea los pasos a seguir con el resto de compañeros existe algo en su rostro, en su mirada, que invita a la desconfianza si se tiene la desgracia de pertenecer al bando equivocado.

Antes mencionábamos la complejidad moral y emocional. En efecto, aunque puede que lo más llamativo de su interpretación en esta violenta película sea su forma de afrontar al personaje en ese mundo, también hay cabida para la tolerancia y la injusticia. Es en este punto donde también se aprecia el gran secundario que siempre fue. Sus miradas ante lo que considera una injusticia al llegar a un pueblo y su lucha por unos valores que considera inquebrantables le convierten en lo que, muchas veces, parece no existir en el cine del oeste; le convierten en un ser humano.

Afortunadamente para sus compañeros de reparto, Grupo salvaje es una cinta coral donde todos tienen, en mayor o menor medida, una presencia similar. Su carisma y su presencia permitía a los directores gozar de una baza segura, de un elemento sólido en tramas que podían tambalearse en algún momento dado. Los protagonistas, sin embargo, podían verse eclipsados por su labor. Eso, a hoy en día, lo logran muy pocos actores. El fallecimiento de Ernest Borgnine deja este grupo salvaje aún más reducido.

El western crepuscular se traslada a Inglaterra en ‘Perros de paja’


Hay veces en que uno se pregunta qué ha ocurrido para que, después de varios años, haya podido ver aquella película, aquella serie que tantas ganas tenía de poder disfrutar. Cosas del destino, de la falta de tiempo o de la prioridad de otros títulos, lo cierto es que hasta ayer no pude ver y disfrutar con tranquilidad esa obra maestra llamada Perros de paja (1971) dirigida por Sam Peckinpah y protagonizada por un irreconocible Dustin Hoffman. La trama, de la que se hizo un remake hace relativamente poco, narra la espiral de violencia a la que se ve sometido un matemático norteamericano que se muda con su mujer a un pueblecito inglés. Lo que comienza como una tensa relación con algunos vecinos del lugar se torna en una auténtica lucha por la supervivencia y por los principios morales.

Peckinpah es considerado como el director de la violencia, y es un calificativo que no pasa de moda. A pesar de los realities, el nuevo cine de terror o la brutalidad de algunos thrillers actuales, las obras de este director mantienen intacto un carácter frío, calculadamente tenso y un gusto por los momentos violentos que no existe ahora mismo. No hay que confundir, empero, con la cantidad de sangre por plano que se puede ver en sus relatos. Más bien al contrario, la sangre es la justa y necesaria. Es la sensación de predestinación, de saber que al final todo va a tener que resolverse por la fuerza, lo que aporta la carga dramática y una violencia intelectual implícita a todos sus films.

La mayor parte de los cinéfilos conoce a este director por dar forma al western crepuscular, un subgénero en el que los pistoleros viven sus últimos años de vida en medio de la revolución que supuso el ferrocarril. En este sentido, Perros de paja puede considerarse un título más dentro de esta categoría, trasladado a la Inglaterra de los años 70 del siglo XX y sin unas figuras en el ocaso de su vida como protagonistas. Momentos como los silencios en el bar del pueblo, los desafíos al más puro estilo western, o la secuencia final de asedio a la casa recuerdan poderosamente al desarrollo de un relato de vaqueros y forajidos.

Pero lo que más llama la atención es el cambio que experimenta el personaje principal. Si en títulos como Grupo salvaje (1969) o Pat Garrett y Billy el niño (1973) la violencia es un rasgo esencial en los personajes, el interpretado por Dustin Hoffman (quien ha confesado más de una vez aceptar el papel exclusivamente por dinero) es un hombre pacífico, un intelectual que trata de resolver todo por la vía diplomática. En efecto, dado lo poco que Hoffman se prodiga en la violencia (incluso su participación en la serie Luck la evita a toda costa) sorprende el cambio que se produce en él, casi hasta volverle irreconocible.

Renunciar a los principios

 Ese es, precisamente, una de las cuestiones más interesantes de todas las que plantea el film. El protagonista sufre humillaciones y amenazas que soporta estoicamente en un intento por acercar posturas con sus nuevos vecinos. En todo momento, su objetivo es mantenerse fiel a sus principios, a la idea de que en el mundo civilizado no tiene cabida la violencia. Pero… ¿qué hacer cuando dicho camino no tiene salida? ¿Cómo defender la vida de aquello que queremos sólo con palabras? Peckinpah arroja la idea de que, para salvaguardar la integridad física y moral de cada uno es necesario renunciar a dicha moralidad y entrar en el juego de la violencia, la fuerza y la agresividad. Claro que, en este caso, lo hace con la inteligencia propia de un matemático, otorgando ventaja frente a la inferioridad física y numérica.

Esta quinta película de Sam Peckinpah supone una vuelta de tuerca al concepto de acoso social. Con unas interpretaciones sobresalientes, el film estructura los momentos de tensión y drama con una capacidad de atracción que no logran muchos thrillers actuales. Algunas secuencias, como el momento en el que todo el pueblo se reúne en una fiesta de la iglesia (y donde uno de los personajes revive una traumática situación producida un momento antes), se marcan a fuego en la retina del espectador, evidenciando la brutalidad sin parangón que encubre la actual sociedad, donde algunos siguen tomando aquello que quieren mientras el resto… se queda cazando.

La filmografía del director de Quiero la cabeza de Alfredo García (1974), vista en su conjunto, es toda una reflexión sobre la violencia, los valores que genera y la forma en que cambia a los hombres. En este sentido, es significativo el aspecto tanto visual como emocional de Hoffman en la última secuencia del film, una vez cumplido su propósito. El personaje es otro totalmente distinto, más decidido, seguro de lo que quiere y cómo pretende conseguirlo, al que poco o nada le importa lo que le ocurra a la gente que deja atrás o que le ha traicionado.

Sam Peckinpah es conocido por haber redefinido el género western, y en este sentido Perros de paja no es una excepción. Si La guerra de las galaxias es considerada un western intergaláctico, la película protagonizada por el actor de El graduado es un western social, por decirlo así. Y aunque sus personajes se encuentren en la flor de la vida, en cierto modo también están al final de un ciclo vital, pues después de lo visto a lo largo de las casi dos horas que dura el film, el antiguo yo de los protagonistas ha desaparecido de forma irremediable.

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