1ª T de ‘Wayward Pines’, el misterio de corto recorrido de Shyamalan


Carla Gugino y Matt Dillon protagonizan el misterio de 'Wayward Pines' en su primera temporada.Cualquiera que haya visto una amplia mayoría de la filmografía de un director sabrá que existen características comunes en todos ellos. Tal vez no visualmente hablando, pero sin duda sí en los temas abordados. Y eso se está trasladando a los títulos televisivos que apadrinan. No es casualidad que Steven Spielberg (E.T., el extraterrestre) esté detrás, por ejemplo, de Falling Skies, o que Martin Scorsese (Uno de los nuestros) haya apoyado una obra como Boardwalk Empire. Por eso aquellos que hayan terminado de ver la primera temporada de Wayward Pines, cuyo último episodio se ha emitido esta semana, habrán encontrado puntos comunes con la obra de su nombre estrella: M. Night Shyamalan, autor de El Sexto Sentido (1999) o El bosque (2004). Para bien y para mal.

Precisamente con esta última tienen bastante que ver estos primeros 10 episodios creados por Chad Hodge (serie The Playboy club). Adaptación de las novelas de Blake Crouch, la trama arranca cuando un agente secreto en busca de unos compañeros desparecidos despierta en un pequeño pueblo después de sufrir un accidente. Poco más se puede decir de su argumento para no desvelar los giros narrativos claves, salvo tal vez que el protagonista pronto comprende que en esa pequeña localidad nada es lo que parece, y que todo el mundo está controlado por cámaras, micrófonos y microchips. Desde luego, con esta premisa inicial el episodio piloto se convierte en un notable ejercicio de intriga que, aunque se desarrolla de forma más o menos previsible, sí deja lugar para numerosos detalles que posteriormente pueden, y deben, ser contrastados con la verdadera historia que se esconde detrás de esta serie.

A grandes rasgos, el desarrollo narrativo de Wayward Pines en esta primera temporada cumple con los objetivos marcados. La ficción, a través de numerosos ganchos episódicos, logra mantener al espectador pendiente de la explicación que aclarará el misterio planteado unos minutos antes. De este modo, el arco dramático avanza de forma más o menos fluida y exigiendo una única condición: cuadrar mentalmente todo lo visto para que la explicación tenga sentido. Así, la producción se revela como un delicado ejercicio de equilibrio en el que todo está muy medido, en el que las cuestiones (al menos las más evidentes) tiene su porqué. El éxito radica, precisamente, en un consistente armazón firmemente asentado y con una coherencia interna que no siempre se logra en productos de este tipo.

Por desgracia, a medida que el misterio se va desvelando las debilidades narrativas también van apareciendo, algo que no por casualidad también ocurre con frecuencia en el cine de Shyamalan. La revelación a mitad de temporada del secreto mejor guardado de la serie obliga a sus responsables a virar el sentido original de la producción para pasar de un thriller bien medido a una suerte de producto de acción y conspiranoico en el que, en cierto modo, se pierde el norte de muchos personajes. En realidad, este fenómeno se debe a dos motivos. Por un lado, tras conocerse el sentido real de la trama son necesarios algunos capítulos que ayuden a consolidar la nueva información y sienten las bases para el nuevo dogma dramático. Por otro, la corta duración de la temporada impide que haya tiempo suficiente para desarrollar correctamente diversos aspectos, entre ellos el anterior. El resultado es una aceleración de los acontecimientos que no termina de encajar en lo que propone la producción desde un principio.

El sacrificio de los personajes

Aunque desde luego los mayores damnificados de este fenómeno son los personajes. Resulta sorprendente comprobar cómo son sus propios responsables los que destruyen todo lo construido en los primeros episodios de la temporada con su apuesta por virar hacia otro formato en los últimos capítulos de Wayward Pines. Esto genera un fenómeno cuanto menos curioso. Mientras que en los inicios la serie establece las bases de los diversos conflictos que se desarrollarán, todos ellos quedan literalmente olvidados a raíz de los acontecimientos finales. Ni el posible triángulo amoroso, ni las dudas morales del protagonista cuando conoce la verdad. Nada de lo visto hasta ese momento parece tener interés, cuando precisamente debería ser todo lo contrario.

Una posible explicación es el carácter arquetípico de todos sus roles, que no logran desarrollarse más allá de sus características básicas. La mejor evidencia de su carácter se encuentra en los últimos episodios, cuando se produce el ataque al pueblo. A modo de Apocalipsis selectivo, solo son salvados por Dios (léase, los creadores de la trama) aquellos personajes que han mostrado un cierto atisbo de redención, ya sea enfrentándose a aquellos a los que hasta ahora habían ayudado, ya sea apoyando a los protagonistas de forma más explícita. Pero otra explicación, que no es necesariamente excluyente, es que el desarrollo queda totalmente interrumpido. Salvo roles como el de Melissa Leo (Prisioneros) o Carla Gugino (San Andrés), ésta en menor medida, los demás quedan eclipsados por el impacto narrativo de su punto de giro intermedio, dejando a un lado sus propias naturalezas para convertirse en meras herramientas al servicio de un objetivo último.

La pregunta que hay que hacerse es cuál es ese objetivo. La respuesta se encuentra en el apéndice del último episodio, cuando el pueblo vuelve a la normalidad después del ataque… o casi. El diálogo mantenido entre los personajes de Charlie Tahan (Lazos de sangre) y Sarah Jeffery (serie Rogue), que podrían cargar con el peso de la serie en una hipotética segunda temporada, revela un futuro dramático que plantea en principio repetir estructuras narrativas con personajes más jóvenes, dejando a los más veteranos como complemento, apoyo dramático o recurso narrativo. Esto permitiría, una vez conocidos todos los secretos, mejorar el desarrollo de los arcos dramáticos de cada personaje, aprovechando asimismo para enriquecer la historia con tramas secundarias que, todo sea dicho, darían un carácter completamente diferente a la serie.

Pero por ahora, lo que ofrece Wayward Pines en su primera temporada es, a grandes rasgos, lo que ofrece M. Night Shyamalan en sus películas: un planteamiento sumamente atractivo, un desarrollo algo irregular y un desenlace totalmente diferente. Que esto guste o no depende de cada uno. Lo que sí puede percibirse es un arco dramático que no logra aprovechar todas las posibilidades que ofrece no solo el misterio que centra los primeros episodios, sino “la verdad” contada a mitad de temporada. Ni los personajes ni la historia son capaces de levantar el vuelo con un desarrollo que parece empeñado en constreñir las posibilidades del producto, tal vez porque todo se reserva para una futura continuación que, por ahora, no se ha confirmado. Sea como fuere, este pueblo y sus habitantes reclamaban una mayor profundización en sus relaciones y en los conflictos que generan.

‘Bates Motel’ ahonda en Norman pero se olvida del resto en su 2ª T


Freddie Highmore y Vera Famiga vuelven al 'Bates Motel' en la segunda temporada.Abordar un personaje tan icónico como Norman Bates siempre es una tarea complicada. Pero si se hace de forma tan solvente como la que llevó a cabo Anthony Cipriano (El fin de la inocencia) en la primera temporada de Bates Motel, la complicación se duplica. Los responsables corrían el riesgo de estancar su desarrollo en una fórmula repetitiva que narrase unos orígenes en los que el joven psicópata se iniciaba en sus crímenes mientras su sobreprotectora madre los ocultaba. Y aunque en cierto modo la segunda temporada mantiene esta idea, su progreso, y sobre todo su conclusión, llevan la mente de este asesino a un nivel diferente.

Desde luego, lo mejor de estos nuevos 10 episodios es la capacidad que tienen los personajes de afrontar sus propios secretos y naturalezas. El trasfondo dramático de Norman y Norma Bates (de nuevo unos espléndidos Freddie Highmore –Descubriendo nunca jamás– y Vera Farmiga –Expediente Warren: The conjuring-) adquiere una tensión magistral gracias a la acumulación de mentiras que se produce no solo a lo largo de la temporada, sino que cuenta con las que ya cargaban antes de iniciarse la serie. Dos personajes íntimamente relacionados que tratan de independizarse pero que están condenados a depender uno del otro. Esta relación que roza lo enfermizo adquiere, sin embargo, una nueva dimensión a medida que avanza esta segunda entrega, encontrando un clímax idóneo en la conclusión del último episodio.

En líneas generales, el argumento de Bates Motel en esta nueva etapa bebe mucho de lo ocurrido en su anterior entrega. No podía ser de otro modo. Con todo, lo que se consigue en estos episodios es una mayor elaboración de los conflictos, pues estos encuentran muchas más fuentes de las que nutrirse. De este modo, ya no se trata únicamente de un pueblo en el que la droga y el cultivo de marihuana sean el negocio principal, sino que se existe un delicado equilibrio de fuerzas que se rompe en buena medida a raíz de los actos del protagonista, desencadenando un desenlace un tanto excesivo en lo visual pero profundamente necesario en lo psicológico (el secuestro de Norman Bates da lugar a una serie de revelaciones muy interesantes).

Todo ello, además, acompañado como digo del trasfondo dramático que persigue a la familia Bates. Si en la primera temporada asistíamos a la idealización de la madre de Norman a través de la psicopatía del protagonista, en esta segunda parte el espectador puede ver, por primera vez, cómo el joven asume la identidad de su madre en una de esas lagunas que sufre cada vez que se estresa o es sometido a mucha presión. Un momento que no tiene desperdicio y que, además, tiene una mejor y más sólida explicación en ese final con el polígrafo de por medio. No se trata, por tanto, de que Norman dependa mucho de su madre; tampoco que una imagen idealizada de la mujer le induzca a actuar de una determinada manera. Simple y llanamente, las personalidades del hombre y la mujer conviven en su cuerpo, siendo la segunda la que toma el control cuando el primero se acobarda.

El sacrificio de los secundarios

Se puede decir, en resumidas cuentas, que Bates Motel crece notablemente en intensidad dramática durante su segunda temporada. Cipriano ahonda más en la personalidad del rol de Highmore, dotando al personaje de una mayor complejidad y asumiendo que no es un joven inconsciente de lo que hace. Sin embargo, la serie peca de un problema que ya tuvo en la primera temporada, pero que pudo ser ignorado por el interés que despertaba ver la adolescencia del protagonista de Psicosis (1960): sus secundarios son, realmente, secundarios. Es decir, que muchos de los personajes ajenos a la historia de la pareja protagonista (y algunos muy ligados a ella) entran y salen de la trama con el simple pretexto de sacar a relucir un aspecto nuevo de dicha relación.

Esto provoca, en última instancia, una sensación de abandono, de ausencia total de tramas secundarias que puedan nutrir el conjunto. Si la primera temporada tuvo unas cuantas historias que daban color a la relación principal, en esta ocasión apenas existe una única historia, muy ligada al desarrollo principal y con un enfoque cuanto menos limitado. Personalmente, creo que es positivo haber eliminado de la ecuación el personaje de Nicola Peltz (Transformers: La era de la extinción), al menos durante esta temporada, pues su presencia para la siguiente ya está confirmada. Pero a partir de su ausencia, se suceden una serie de roles cuya relevancia en la historia es muy cuestionable. Personajes como el de Paloma Kwiatkowski (Percy Jackson y el mar de los monstruos), el de Kathleen Robertson (serie Boss) o el de Kenny Johnson (serie Hijos de la anarquía) solo encuentran utilidad en un desarrollo de los roles principales, y no en su propia historia.

Y eso que muchos de ellos tienen una historia más que determinante, como es el caso del personaje de Johnson, el hermano de Norma Bates en la ficción. La falta de presencia de todos ellos, sobre todo de este último, debilitan el desarrollo dramático del conjunto, principalmente porque se genera la sensación de estar ante una mera excusa argumental, siendo su presencia puramente testimonial. Lejos de provocar un mayor conflicto y una necesidad de resolución, su salida de la trama se produce casi como si de un deus ex machina se tratara, impidiendo a la serie (y en última instancia al espectador) disfrutar de una complejidad mayor que, dado el tono general de la ficción, habría sido muy positivo.

Pero no debería ser esto un impedimento para disfrutar de Bates Motel y del proceso que sufre el protagonista. Su cada vez mayor conciencia de sus propios actos, su necesidad de encontrar sentido a lo que ocurre a su alrededor y, sobre todo, su relación con su madre, es suficiente motivo para adentrarse en los recovecos de esta serie. Al menos de momento. La última secuencia de la temporada, con esa conversación imaginaria tan inquietante como reveladora, es el resumen perfecto que puede tener esta temporada. Y por si alguien todavía tiene dudas de que Freddie Highmore ha hecho algo más que coger el testigo de Anthony Perkins y su papel más importante, solo hay que ver la mirada a cámara y ese atisbo de sonrisa con los que se cierra la temporada.

‘Futbolín’: los valores de un equipo


El protagonista y sus compañeros de 'Futbolín', dirigida por Juan José Campanella.Si por algo se caracteriza el cine de Juan José Campanella (Luna de Avellaneda) es por su elevada carga emotiva, no solo en sus historias sino también en su planificación, en su uso de la música y en su forma de dirigir actores. Su primera incursión en el cine de animación es otra muestra más de que estamos ante un director especial, ante un hombre que sabe aprovechar los recursos que le ofrece una historia para explotar al máximo sus aspectos más entrañables. Por supuesto, la base para conseguir todo esto sigue siendo un buen guión y, en el caso que nos ocupa, una factura técnica y artística muy elevada.

Futbolín es, en pocas palabras, una fábula sobre el trabajo en equipo, sobre la importancia de valores como la amistad, el esfuerzo o el sacrificio por encima del individualismo, el reconocimiento personal o los ídolos de barro en los que se han convertido muchos futbolistas. A través de estos pequeños jugadores de fútbol metálicos, que cobran vida con motivo del sufrimiento del joven protagonista, Campanella ofrece todo un recital de lo que debería de ser el fútbol más allá de managers o de megaestrellas cuya vida en lo más alto dura poco. Y lo hace con la magia de unos personajes entrañables, más o menos arquetípicos pero divertidos como pocos (la rivalidad entre ellos o el carácter argentino de uno de los jugadores son imprescindibles). Son ellos en realidad los que llevan el peso de la historia que, por lo demás, posee un desarrollo bastante previsible salvo su tramo final y su resolución, toda una lección de que un film no necesita tener un final feliz para terminar felizmente.

Pero si la historia y los personajes son entrañables, la forma de abordar la historia por parte del director no es menos apasionante. En la retina se quedan momentos como el primer entrenamiento y posterior partido en el futbolín, secuencias en las que las figuras, todavía inertes, parecen cobrar vida gracias a una vertiginosa cámara capaz de captar y potenciar el dinamismo de este juego. Empero, el mayor éxito reside en el diseño de estos futbolistas en miniatura, no tanto en su forma de moverse como en los detalles de sus cuerpos magullados y con zonas donde el color se ha perdido. Elementos todos ellos que aportan realismo a una fantasía cuya moraleja reside en el partido final jugado en un campo de verdad, y que como decimos tienen mucho que ver con la fama y la ausencia de compañerismo.

No cabe duda de que estamos ante una de las mejores películas de animación de este 2013 que ya termina. Futbolín es, en todos sus aspectos, un film divertido y familiar, una historia con moraleja que engancha al espectador desde esos primeros momentos mágicos hasta un final enternecedor en el que la mencionada magia se impone en un mundo cada vez más dominado por la incredulidad y la necesidad de estar conectados a la realidad y a la tecnología. En este sentido, el relato es un homenaje a una forma de entender la diversión sin ordenadores, videojuegos o tabletas. Es un homenaje a una época, a unos valores y a una forma de entender la vida. Y es un maravilloso homenaje.

Nota: 7,5/10

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