‘Fast & Furious’ amplía su universo para seguir ‘Alcanzando tu sueño’


El mes de agosto comienza de un modo muy distinto al final de julio. Un gran blockbuster destinado a reventar la taquilla lidera un buen puñado de novedades este viernes día 2, entre las que destaca una comedia española y numerosos títulos internacionales.

Pero comenzamos el repaso con Fast & Furious – Hobbs & Shawspin off de la famosa saga de acción que centra su mirada en los dos personajes que fueron presentados en la séptima entrega, y que adelanta su estreno al día 1. La trama les sitúa como los únicos hombres capaces de detener a un anarquista mejorado ciber-genéticamente que se hace con el control de un arma biológica, por lo que deberán aparcar su mortal enemistad para evitar el fin del mundo. Acción, espectaculares efectos visuales y notas de humor son los ingredientes de esta superproducción con capital norteamericano y británico que dirige David Leitch (Deadpool 2) y protagonizan Dwayne Johnson (El rascacielos), Jason Statham (Los mercenarios 3), Idris Elba (Thor: Ragnarok), Vanessa Kirby (serie The crown), Eddie Marsan (serie Ray Donovan), Eiza González (Baby driver), Helen Mirren (El cascanueces y los cuatro reinos) y Cliff Curtis (Resucitado), entre otros.

Estados Unidos y Reino Unido también colaboran en Alcanzando tu sueño, ópera prima como director del actor Max Minghella (serie El cuento de la criada), quien también es autor del guión de este drama musical de 2018 que tiene como protagonista a una adolescente británica que sueña con convertirse en una estrella del pop. Para ello, y con la ayuda de un mentor, se inscribe en un concurso de canto que pondrá a prueba no solo su talento, también su integridad y su ambición. El reparto está encabezado por Elle Fanning (Mary Shelley), Rebecca Hall (Una relación abierta), Millie Brady (Rey Arturo: La leyenda de Excalibur), Elizabeth Berrington (Golondrinas y amazonas), Zlatko Buric (Comic Sans) y Archie Madekwe (Midsommar).

El último de los estrenos en los que participa Estados Unidos es Remember Me (Recuérdame), comedia dramática de tintes románticos que cuenta con capital español y francés. La historia arranca cuando un viudo de 70 años que vive solo y está desencantado con su única hija se entera de que la mujer que fue su primer amor tiene Alzheimer y está ingresada en una residencia. Dispuesto a acercarse a ella, finge la enfermedad para ingresar en la misma residencia. Pero ella no se acuerda de él, por lo que tendrá que luchar para conseguir cambiar la situación. Todo ello con la colaboración de su nieta y de un vecino, y sin que el resto de su familia sepan de su paradero. Dirigida por Martín Rosete (Money), la cinta está protagonizada por un elenco internacional encabezado por Bruce Dern (El escándalo Ted Kennedy), Caroline Silhol (Liebesleben), Sienna Guillory (El portal del guerrero), Brian Cox (La sonrisa etrusca), Verónica Forqué (Tenemos que hablar) y Brandon Lacurrente (serie Por 13 razones).

En lo que a estrenos puramente europeos se refiere destaca Padre no hay más que uno, comedia española dirigida y protagonizada por Santiago Segura (Las grietas de Jara), quien también participa en el guión de esta trama que gira en torno a un hombre que, sin ayudar para nada a su mujer en el cuidado de la casa y de sus cinco hijos, parece saber siempre lo que hay que hacer. Pero deberá afrontar la cruda realidad cuando su esposa decida irse de viaje y dejarle a él al cuidado de los menores. Un caos que terminará derivando en el desastre más absoluto, pero que también estrechará lazos entre padre e hijos. El reparto se completa con Toni Acosta (Sin rodeos), Silvia Abril (El año de la plaga), Leo Harlem (El mejor verano de mi vida), Anabel Alonso (9 meses), Pepa Charro (Presentimientos), Goizalde Núñez (Villaviciosa de al lado) y Fernando Gil (serie Hospital Central), entre otros.

España y Costa Rica colaboran en El despertar de las hormigas, drama que tiene como protagonista a una modista que vive con su familia en un pequeño pueblo de Costa Rica. Su marido, a pesar de contar ya con dos hijas, quiere un tercer hijo varón. Pero la mujer no quiere otro embarazo. A medida que la situación entre ambos se vuelva más tensa la protagonista deberá asumir que si el hombre persiste en su idea de tener otro pequeño, ella tendrá que motivar un cambio en la vida de la familia y el rol que cada uno juega en ella. Escrita y dirigida por Antonella Sudassasi Furnis, quien debuta en el largometraje, la cinta tiene como principales protagonistas a Daniela Valenciano, Leynar Gómez (Presos) y Adriana Álvarez (Atrás hay relámpagos).

Sin duda la cinta más internacional es El peral salvaje, drama con capital turco, francés, alemán, bosnio, búlgaro, sueco y macedonio que dirige Nuri Bilge Ceylan (Érase una vez en Anatolia) y cuyo argumento arranca cuando un hombre apasionado de la lectura y que siempre ha soñado con ser escritor logra reunir el dinero suficiente para publicar su novela al tiempo que regresa a su pueblo natal. Sin embargo, allí se verá atrapado por las dudas de su padre. Entre los principales actores encontramos a Doug Demirkol (Ölümlü Dünya), Murat Cemcir (Yeralti), Bennu Yildirimlar (Agustos böcekleri ve karincalar), Hazar Ergüçlü (Snow), Serena Keskin (Yok artik) y Tamer Levent (Suda Balik).

También cuenta con capital de varios países el thriller dramático Rojo, en concreto de Argentina, Brasil, Francia, Países Bajos, Alemania, Suiza y Bélgica. La historia, premiada con varios galardones en San Sebastián en 2018, arranca cuando un hombre extraño llega a una tranquila localidad de provincias en los años 70. Sin mediar palabra, agrede a un reconocido abogado en un restaurante. Todos los presentes apoyan al agredido y obligan a irse al agresor. Más tarde, de camino a casa, el abogado y su esposa se encuentran con este hombre, que parece dispuesto a cobrarse una venganza. Será entonces cuando el abogado entre en un camino sin retorno de muerte y secretos. Escrita y dirigida por Benjamín Naishtat (El movimiento), la cinta está protagonizada por Claudio Martínez Bel (3 minutos), Darío Grandinetti (Despido procedente), Mara Bestelli (El invierno), Alfredo Castro (Severina), Rudy Chernicoff (Noches sin lunas ni soles), Diego Cremonesi (Penumbra) y Rafael Federman (Sinfonía para Ana).

Terminamos el repaso con el documental El gran Buster, producción estadounidense escrita y dirigida por Peter Bogdanovich (Lío en Broadway) que, a través de la mirada de diversos directores y actores de Hollywood, aborda la influencia de Buster Keaton, autor de El maquinista de la General (1926), El héroe del río (1928) o El moderno Sherlock Holmes (1924), más allá de la comedia, analizando su impacto en toda la historia del cine hasta la actualidad.

1ª T. de ‘El cuento de la criada’, una colorida distopía gris


Ha sido sin lugar a dudas una de las series de este año 2017. Y méritos no le faltan. The Handmaid’s Tale, o El cuento de la criada en español, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Margaret Atwood, es un interesante trabajo visual, interpretativo y conceptual, de obligado visionado tanto para estudiantes del lenguaje audiovisual como para aquellos que quieran entender, aunque sea mínimamente, cuáles pueden ser los sentimientos de la mujer en una sociedad dominada por los hombres. Y aunque es evidente que esta distopía no deja de reflejar una situación llevada al extremo, este tipo de historias siempre suelen reflejar aspectos de la sociedad actual, lo que añade un elementos realmente inquietante a la trama de esta primera temporada de 10 episodios creada por Bruce Miller (serie Los 100).

Una trama que comienza cuando una mujer es capturada para convertirse en criada de un matrimonio. Lo que comienza siendo un acto atroz pronto se desvela simplemente como el comienzo de algo más brutal. Y es que en un futuro la Humanidad se ha vuelto estéril, y solo un grupo de mujeres son fértiles. En este contexto, la sociedad norteamericana ha sido tomada, en su mayoría, por una autocracia religiosa que somete a las mujeres a diferentes tareas; la de las criadas contempla, entre otras cosas, la de tener hijos para los líderes de la comunidad, que una vez al mes las violan bajo la excusa de realizar un rito contenido en las escrituras. La serie se centra en la historia de una de estas criadas.

Si el argumento de The Handmaid’s Tale ya es de por sí sumamente interesante, lo más llamativo, y al mismo tiempo más sutil, es el tratamiento visual de esta sociedad. Basado en un código de colores, el lenguaje visual utilizado explota al máximo las posibilidades expresivas de dicho código. Planos cenitales que muestran cómo el rojo de las criadas se mueve en bloque; movimientos de cámara que combinan rojo, verde, gris y negro de un modo casi armónico; y así sucesivamente. Sin embargo, lo más llamativo es que toda esta gama cromática se muestra ante el espectador de un modo apagado, sin el brillo que cabría esperar y siempre con una tonalidad gris en el ambiente, cuando no directamente oscura. Este contraste de colores vivos con la frialdad y la tristeza que transmiten los tonos grises viene a reflejar, en última instancia, el contraste interno de una sociedad presuntamente ordenada en la que las mujeres son sometidas, en la que la apariencia de felicidad y tranquilidad esconde una verdad mucho más atroz. En definitiva, el contraste que esconde una distopía.

La combinación de la apuesta visual con el contenido dramático de esta primera temporada conforma un todo extraordinario. Y es que más allá de la fuerza narrativa, el trasfondo de la serie es sin duda uno de los elementos más perturbadores de la pequeña pantalla. No me refiero tanto al diseño de la sociedad en sí; ni siquiera a la influencia religiosa o a determinados momentos de la trama, como aquellos en los que se planean los atentados terroristas que dieron lugar a esa nueva sociedad. No, lo perturbador es cómo todo ello no deja de ser una excusa para someter a las mujeres, para violarlas y utilizarlas como complace a los hombres, algunas para tener hijos, otras para ser sus cocineras, sus siervas o sus esclavas. Escenarios como el burdel al que solo tienen acceso los hombres y, sobre todo, el modo en que se va descomponiendo la careta de perfección de muchos personajes son sin duda los mayores hallazgos del relato.

Actrices y actores ante todo

Claro que todo ello no sería lo mismo sin un reparto en estado de gracia. Sobre todo de unos secundarios que sostienen, en buena medida, todo el contexto político, social y religioso que convierte a The Handmaid’s Tale en lo que es. Curiosamente, tanto Elisabeth Moss (serie Mad Men) como Joseph Fiennes (Hércules) resultan los menos atractivos del conjunto, al menos analizados de forma separada. Ella se convierte en el vehículo narrativo para exponer el mundo en el que vive, mientras que él representa, con todos sus matices, los contrastes de esa sociedad distópica, que se muestra de un modo pero que, de puertas adentro, es de otro totalmente diferente. Sin embargo, los momentos que ambos comparten juntos se convierten en los más reveladores del relato, evidenciando que ambos roles se necesitan el uno al otro no solo para crecer dramáticamente, sino para establecer la dinámica que necesita la serie.

Asimismo, es importante señalar el uso de la narrativa paralela que se establece con la voz en off del personaje de Moss. A través de esta especie de proyección de sus pensamientos sobre los acontecimientos que vive el espectador se adentra no solo en su personalidad, sino en el corazón de una sociedad corrupta, lo que ayuda a comprender mejor la dinámica de clases y la hipocresía de los líderes.

Mencionaba antes a los secundarios. En verdad, todos ellos son capaces de componer, por un lado, un mosaico clasista bajo un código de colores que enriquece la ya de por sí interesante historia del personaje de Moss. Pero es que, además, cada uno de forma individual define maravillosamente el estamento al que pertenece y los contrastes que en él se producen a medida que avanza la trama. Desde Yvonne Strahovski (serie Dexter) hasta Max Minghella (Ágora), todos los personajes son un reflejo de los debates morales y éticos que provoca la doble vara de medir de una sociedad creada solo para el dominio del hombre sobre la mujer. En este sentido, resulta especialmente destacable la labor de Madeline Brewer (serie Orange is the new black), cuyo rol como criada llevado a sus últimas consecuencias se puede considerar el detonante de un futuro apasionante para esta serie. La evolución de este rol es cuanto menos aplaudible, y desde luego es un modelo en el que fijarse para crear y hacer evolucionar un personaje.

No cabe duda de que The Handmaid’s Tale es una de las series del año, y si se mantiene el tono dramático y visual de esta primera temporada, terminará siendo una de las producciones más complejas e interesantes de los últimos años. Todo indica que así va a ser, pues el final de estos primeros 10 capítulos deja abiertas las líneas argumentales necesarias para desarrollar lo que cabe esperar de una historia como esta, es decir, profundizar más en las miserias y corruptelas de un sistema social y político aparentemente perfecto, y desarrollar la rebelión de estas criadas que una vez al mes son violadas para intentar dejarlas embarazadas. Una serie con muchas capas, a cada cual más compleja, que crean una historia capaz de atrapar al espectador en un mundo tan increíble como plausible.

‘Power Rangers’: Go Go Power Rangers


Es evidente que un remake como el que nos ocupa está enfocado casi en exclusiva a aquellos jóvenes que en los años 90 se maravillaban con un grupo de adolescentes enfundados en coloridos trajes que luchaban contra criaturas alienígenas con artes marciales y con robots que, en aquella época, parecían más unos muñecos articulados que otra cosa. Y bajo este prisma debe entenderse la cinta de Dean Israelite (Project Alamanac), cuya labor tras las cámaras se limita, casi en exclusiva, a no empañar el recuerdo de todos esos niños que, ahora adultos, acuden a las salas.

Y en este sentido, Power Rangers es todo un espectáculo a disfrutar. Con las dosis de humor justas repartidas a lo largo del metraje, el tratamiento que el film hace de esta conocida historia incorpora una serie de elementos que dotan al conjunto de un contexto dramático al menos más elaborado que la sencillez de los episodios que comenzaron a emitirse allá por 1993. Más adulta y, en cierto sentido, oscura, la cinta profundiza, aunque solo sea por las necesidades del formato cinematográfico, en la personalidad de cada uno de los héroes, en sus conflictos internos y externos y en el modo en que deben encontrar aquello que les une. Y si a esto se suman los homenajes a la serie original, ya sea con cameos de los actores o con la sintonía en momentos clave de la trama, el resultado es una obra enfocada claramente para los fans.

Ahora bien, ¿y el resto de espectadores? Bueno, ahí radica el problema. El film, a grandes rasgos, es un episodio largo que, como decimos, permite explorar algunos aspectos dramáticos menos elaborados en la serie, pero es un capítulo al fin y al cabo. Su desarrollo dramático es lineal, posiblemente demasiado, plagado de lugares comunes y con algunos personajes, sobre todo los secundarios, definidos con brocha gorda en un intento de tapar las carencias de una historia que solo sabe mirar en una dirección. De ahí que a muchos espectadores no demasiado familiarizados con el mundo de estos guerreros la cinta les pueda resultar algo tediosa, lenta incluso.

Como suele ocurrir con todas las películas, que Power Rangers guste más o menos depende en buena medida del grado de aceptación previo y del grado de afición a la serie original. Puede que su calidad dramática sea cuestionable, que su desarrollo sea previsible y que sus protagonistas no pasen de demostrar que han disfrutado enfundándose en sus llamativos trajes de colores. Pero es que no creo que la cinta pretenda nada más que ofrecer a los fans una revisión de esta historia con nuevos y mejorados efectos, adaptada a los modernos tiempos de la riqueza interracial, y en un intento de mantener el espíritu con el que debutó en la pequeña pantalla. Y eso se consigue con creces.

Nota: 6/10

‘Marte’: Robinson Crusoe espacial


Matt Damon debe sobrevivir en 'Marte' solo con su ingenio.Cualquier proyecto de Ridley Scott (Black rain) relacionado con la ciencia ficción siempre genera expectación por motivos más que evidentes. Tal vez sea por eso que lo que se espera siempre de sus films es poco menos que la genialidad. Su última incursión en el género, aunque no alcance ese grado, sin duda es uno de los mejores ejercicios de entretenimiento, drama y fascinación por el planeta rojo de los últimos años. Y lo más interesante es que no recurre a grandes artificios ni a complejas historias, todo lo contrario.

Si algo hace atractiva a Marte es, precisamente, su sencillez. Sencillez en el desarrollo dramático, sencillez en su lenguaje narrativo y sencillez en sus personajes. El guión, aunque previsible, tiene la fuerza suficiente para estremecer, conmover y hacer reír a partes iguales. Nada en la historia hace pensar en un desenlace diferente al que todo el mundo tiene en mente, pero eso no impide que la tensión sea más que palpable en muchos momentos, sobre todo en el clímax. La narrativa utilizada por Scott acentúa este carácter natural, casi habitual, como si los paseos por Marte fueran algo de andar por casa.

Pero el reparto es, sin lugar a dudas, el principal responsable. Con la cantidad de nombres importantes que figuran lo normal sería que la historia tendiera hacia una suerte de cinta heroica en la alguien terminara sacrificándose. Nada de eso está presente, ni remotamente. Las decisiones, frías, calculadas y sopesadas de cara a la opinión pública, se toman en un marco muy diferente al de la típica cinta de aventuras. Y los actores, sin excepción, no solo conocen el alcance de sus roles, sino que los dotan de una vida sobria, sin estridencias patrióticas o enaltecedoras. Son, simple y llanamente, hombres en una situación extraordinaria.

Todo ello convierte a Marte en una obra diferente, curiosa en su forma y en su contenido, no tanto porque ofrezca algo novedoso, sino porque dentro de la comodidad de lo previsible es capaz de lograr el entretenimiento serio e inteligente que respeta al espectador. Ridley Scott recupera un buen tono narrativo, respetando los límites de su relato y aprovechando al máximo lo que le ofrecen sus actores. Un notable drama de un náufrago en un mar de polvo y tierra en el que nada crece y nada vive. Bueno, casi nada.

Nota: 7/10

Snyder va mucho más allá del cómic en su adaptación de ‘300’


Un momento de '300' en el que los espartanos fabrican un muro de cadáveres.El reciente estreno de 300: El origen de un imperio ha devuelto a la actualidad la película de 2006 de la que toma nombre: 300. Este tipo de acontecimientos son perfectos para echar la vista atrás y poder analizar, con la perspectiva que da la distancia temporal, un film de las características del dirigido por Zack Snyder (El hombre de acero), pero en esta ocasión se revela incluso imprescindible dada la enorme deuda que aquella película tiene con el original. Una deuda formal, por supuesto, pero también narrativa y argumental, hasta el punto de que se puede considerar un complemento. Que sea un producto necesario o no es algo discutible, pero de lo que no cabe duda es del enorme impacto que tuvo hace 8 años el film basado en la novela gráfica de Frank Miller (Sin City).

Para aquellos que no hayan visto el film o no sepan qué historia narra, la película de Snyder es una recreación de la batalla de las Temópilas, uno de los conflictos enmarcados dentro de las II Guerras Médicas, en las que el dios rey persa Jerjes trató de invadir lo que hoy conocemos como Grecia. Dicha batalla enfrentó en un angosto paso flanqueado por dos grandes muros de piedra el enorme ejército persa contra un grupo de espartanos liderados por su rey Leónidas. La fiereza en el combate de los soldados espartanos y las ventajas del terreno les permitieron aguantar los ataques, pero finalmente fueron derrotados cuando Jerjes les rodeó gracias a las confidencias de un traidor. Su sacrificio, sin embargo, permitió al resto de pueblos aunarse y prepararse para repeler al enemigo.

Esto, narrado de forma tan genérica, puede dar pie a pensar en un tradicional peplum. Nada más lejos de la realidad. Sin duda, el mayor acierto de Snyder a la hora de adaptar el cómic de Miller fue seguir a pies juntillas el estilo del dibujante, cargado de contraluces, contrastes entre blancos y negros, trágicas siluetas y un uso del color muy particular. La genialidad del director de Amanecer de los muertos (2004) fue lograr que las viñetas del papel cobraran vida propia, conformando un film único hasta entonces y capaz de erigirse como independiente a pesar de no olvidar sus orígenes. Gracias a los numerosos cambios de ritmo entre las cámaras lentas y rápidas las batallas, sangrientas donde las haya, adquieren un grado superlativo de dramatismo, apelando al mismo tiempo a la tragedia y el sadismo de este tipo de conflictos. A este estilo formal contribuyó de forma determinante el uso de escenarios ficticios que pudieran recrear todo el mundo imaginario plasmado en la novela gráfica.

Porque sí, el mundo al que Snyder da vida en 300 es de todo menos histórico. Tampoco se pretende, la verdad. Una de las principales críticas que se le hizo al film es el alegato tan descarado en favor de la testosterona y el machismo generalizado de sus secuencias (de ahí que algunas secuencias hayan quedado para la posteridad como irónicas, como la conversación entre Jerjes y Leónidas). Puede que algo de todo eso exista en el film, pero lo cierto es que la película va mucho más allá en todos los sentidos. Entre su acción desmesurada, el uso y abuso de efectos visuales (algo que le ha pasado factura al propio director) y de sangre digital, y las frases que ya forman parte de la historia del cine, existen muchos conceptos que convierten a esta película en todo un ejercicio narrativo que supera su propia condición de entretenimiento.

Músculo rojo

El principal es la predominancia de una paleta cromática cálida liderada por el rojo. Salvo escenas nocturnas (y alguna que otra también se antoja bañada por ese color), la tendencia del film es impregnar de rojos, amarillos y naranjas todo el entorno en el que se desarrolla la acción. Gracias a esto, el espectador percibe con mayor claridad la pasión de una cultura entregada al combate cuya máxima en la vida era morir en la batalla. Unos colores, por cierto, asociados tradicionalmente no solo a la pasión, sino a la sangre. Este último elemento muy presente, incluso sin tener en cuenta la presencia explícita. Ese último plano de los espartanos caídos y atravesados con flechas es muy significativo. Si uno lo ve tiene la sensación de estar ante un cuadro en el que la sangre baña todos y cada uno de los recovecos que dejan los cuerpos. Empero, apenas existe sangre como tal. Todo, absolutamente todo, esta provocado por las capas de los soldados, colocadas de forma muy concreta.

Una paleta cromática que, no por casualidad, está en el polo opuesto a la utilizada en 300: El origen de un imperio, en la que la predominancia de azules no solo permite diferenciar a espartanos de atenienses, sino que define los diferentes caracteres de ambas sociedades. Pero más allá de todo esto, 300 destaca por una banda sonora excepcional (de la que hablaremos en otro momento) y por unas interpretaciones que, dentro de los parámetros de la propia historia, son sencillamente perfectas. Gerard Butler (Objetivo: La Casa Blanca) resulta, con los años, un Leónidas único, capaz de captar la dicotomía entre el guerrero que no acepta una retirada y el padre y marido cariñoso en un mundo definido por la violencia. Igualmente, Snyder logra que el grupo de espartanos enviados a su sacrificio no sea únicamente un conjunto de músculos y cuerpos perfectos (que, dicho sea de paso, sufrieron un entrenamiento bastante duro). Todos y cada uno de ellos, al menos los principales protagonistas, muestran las diferentes caras de unos hombres formados para la guerra pero humanos al fin y al cabo.

La épica del film, lograda como hemos dicho por esa combinación de velocidades de cámara, la estética cromática y los efectos visuales, se completa con un ritmo que no decae prácticamente nunca. En comparación con la novela gráfica, además, la película introduce una trama secundaria tan interesante como es la de la traición en el propio seno de Esparta, que corre de forma paralela a la traición del ejército por Efialtes (aquí un espartano deforme que clama venganza interpretado por Andrew Tiernan) y que enriquece más el, por otro lado, algo insulso personaje de Jerjes (Rodrigo Santoro), presentado como un simple villano que no hace más que destruir todo a su paso. El hecho de que sus estrategias ofrezcan algo más que la acción directa no solo se antoja lógico y plausible, sino que incluso refleja las intrigas y conspiraciones entre la élite de los pueblos de la Grecia antigua.

Desde luego, 300 no es un film que busque una aproximación histórica a la batalla de las Termópilas. Ni siquiera lo intenta. Es un entretenimiento, es cierto, pero más allá de todo eso, de su parafernalia y de su épica, de su estética digital y de la anunciada tragedia, es una película que ha creado un punto de inflexión en la forma de entender la narrativa audiovisual. Su legado, más allá de su continuación, puede verse en la serie Spartacus. Pero a diferencia de todas ellas, la película de Zack Snyder es capaz de narrar en diferentes planos, desde el cromático hasta el sonoro, desde el dramático hasta el cómico. Un relato completo en todos los sentidos que, con los años, ha adquirido más y más peso, siguiendo su camino hacia el estatus de imprescindible en la tradición cinematográfica.

‘Tenemos que hablar de Kevin’: culpabilidad materna


Hacía mucho, mucho tiempo, que no me enfrentaba a una historia como la que relata Tenemos que hablar de Kevin. Familias disfuncionales ha habido muchas; niños rebeldes o siniestros están prácticamente a la orden del día. Pero la película de Lynne Ramsay (Morvern Callar) va mucho más allá, ahondando en las relaciones materno filiales y en los sentimientos más primarios e instintivos que convierten al relato en una de las mejores propuestas de las últimas semanas.

La historia, que cuenta con un elenco de actores sencillamente perfecto, narra la difícil relación de una madre (Tilda Swinton –Quemar después de leer-) con su hijo, el cual muestra desde pequeño un rechazo hacia ella que evolucionará y derivará en un acontecimiento terrible. Una relación que está marcada por un embarazo no deseado y una falta de cariño de la madre al bebé desde el primer momento, fenómeno que desarrolla en el joven un rechazo y un odio no sólo hacia ella, sino hacia el resto de su familia y de la sociedad, en lo que participa sin duda una sociopatía que sus progenitores son incapaces de ver, uno por alejarse (ella) y otro simplemente por la venda que lleva en los ojos (él, interpretado por John C. Reilly -Chicago-) en lo referente a su hijo.

Desde luego, la actuación de los actores es la clave de la película. Con un diálogo cuidadosamente escogido, la película avanza gracias a miradas, a silencios, a sentimientos de culpa que se reflejan en incómodas situaciones y en algunos diálogos casi monosilábicos. Poco a poco, y a medida que crecemos con el niño que da nombre a la película, comprendemos que la relación madre-hijo roza lo enfermizo, primero por una culpabilidad de ella hacia los actos de su hijo, y después por una falta de rechazo hacia lo que termina haciendo, una abominación que ella responde con un sentido abrazo y preparando la habitación del adolescente.

A este elemento se suma otro de mucho interés que marca el devenir de la historia casi desde el principio: el color rojo. Como si de una premonición se tratara, el camino del personaje de Swinton está marcado por continuas manchas, ropas y situaciones donde el color rojo es predominante. En la memoria queda, por ejemplo, el trabajo de quitar las manchas de pintura roja de su casa, o su escondite junto a los botes de tomate en un supermercado. Un color que siempre transmite pasión y emociones fuertes, preludio de la atrocidad cometida por su hijo.

Una de las cosas más fascinantes es el montaje, que alterna el presente con diferentes momentos del pasado utilizando para su identificación únicamente el corte de pelo de la protagonista, un detalle elegante que, al mismo tiempo, muestra la evolución del tiempo y la deformación de la relación materno filial. Una relación, por cierto, marcada por la inteligencia de un joven que maneja a su familia como títeres de una obra, utilizando el chantaje emocional, el dolor o el amor a su antojo para desgastar a los demás miembros de su familia.

Eso sí, la historia no está pensada para todos los gustos. Sin contener escenas repulsivas o violentas, las trazas que definen a Kevin le convierten en un personaje desagradable pero fascinante, y provocan una mezcla de ira y compasión hacia sus progenitores, sobre todo hacia la madre, que sufre hasta el último momento el odio que el joven siente hacia ella. Su montaje, su estética y la deliberada decisión de contar con pocos diálogos pueden llevar a muchos espectadores a elegir otro título. Pero no hay que engañarse: Tenemos que hablar de Kevin es una muy buena reflexión sobre la culpabilidad de los padres por los actos de los hijos.

Nota: 7/10

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: