‘Mud’: el río se lleva la inocencia de la juventud


Matthew McConaughey es el protagonista de 'Mud', de Jeff Nichols.Con tan solo tres películas el director y guionista Jeff Nichols, cuyo anterior trabajo fue la espléndida Take Shelter (2011), ha demostrado ser una de las conciencias creativas más profundas del actual panorama cinematográfico. Su última propuesta, todo un estudio acerca de la madurez humana y el despertar de la inocencia infantil, no solo mantiene la calidad ya atesorada, sino que descubre al espectador la complejidad de la naturaleza humana, de los sentimientos y, casi por encima de todo, la calidad interpretativa de sus protagonistas.

Sí, la historia es simplemente brillante. Sí, la forma de narrar la idea central de la trama es hermosa en su forma y enternecedora en su fondo. Pero con todo y con eso, cuando se encienden las luces de la sala el espectador solo puede pensar en una cosa: ¿de verdad que el protagonista es Matthew McConaughey (Sahara)? El cambio ha sido drástico pero acertado. El actor, encasillado desde hace tiempo en una cara bonita ideal para protagonizar cintas de dudosa calidad (salvo honrosas excepciones), ya lleva algún tiempo eligiendo meticulosamente los papeles a interpretar, y en Mud simplemente lo borda. Su forma de afrontar un personaje ambiguo, capaz de mentir incluso cuando se trata de sus sentimientos pero guiado siempre por un amor malsano, es magistral. Las miradas, sus constantes dudas y esa falsa voluntad que le mueve en la consecución de su objetivo son las herramientas con las que el actor logra componer un personaje complejo, una especie de versión adulta de la otra sorpresa del film, Tye Sheridan, uno de los chicos en El árbol de la vida (2011).

Y es que ambos personajes se mueven por un mismo ideal: el amor. Da igual que sea correspondido o no; da igual que les introduzca en una caótica espiral de la que nunca tendrán el control. Ambos personajes actúan impulsados por sus respectivos enamoramientos, y por eso conectan tan bien en pantalla. Y ambos sufren, del mismo modo, un despertar emocional de una forma algo cruel. En este sentido hay que reseñar que el film no trata, en el fondo, acerca del amor o del romance. Esta es una historia sobre la madurez, sobre la pérdida de todo aquello que nos ata a una etapa de nuestra vida que hay que dejar atrás. Todo lo que acontece remite indudablemente a la infancia, que queda plasmada en esa casa en el río que es destruida al final del film, y en ese propio río que arrastra todo a su paso como si del caudal de la vida se tratara. Un simbolismo tan sencillo como bello.

No hay que tener miedo a decirlo. Mud es un film excepcional, muy completo y complejo. Tal vez este sea su mayor defecto (si no contamos lo desaprovechado que está Michael Shannon), pues obliga al espectador a prestar atención a todas las sutiles miradas, a todos los elocuentes silencios que hay en el relato. No es una película intimista, sino emotiva. No busca remover la conciencia del espectador, sino sus recuerdos. Es, en definitiva, una historia de madurez, de evolución humana. Una historia universal en la que poco importa la edad que se tenga, pues antes o después es necesario dejar ese idealismo romántico y utópico para aterrizar en el mundo real.

Nota: 8,5/10

‘Todos tenemos un plan’: navegando por un río indefinido


Hay películas que dejan una sensación extraña, una combinación entre desazón, interés e indiferencia que deja las dos horas de metraje en tierra de nadie. Es fácil identificarlas: basta con preguntarse “¿qué tal?” cuando se encienden las luces de la sala. El debut en el largometraje de Ana Piterbarg (hasta ahora especializada en televisión), a pesar de contar con un nombre de tanto peso como el de Viggo Mortensen (Appaloosa), una historia muy atractiva y un escenario que se convierte a todos los efectos en un personaje más, deja ese sinsabor tan característico de esas primeras obras que tratan de abarcar muchos temas sin llegar a definir ninguno.

Y es una lástima, pues la premisa inicial de un hombre que decide suplantar la identidad de su hermano gemelo en un intento de escapar de una vida que no desea es de lo más interesante, más si se tiene en cuenta que la acción transcurre en un lugar tan salvaje como El Tigre, en Argentina. Sin embargo, ya desde este primer punto de giro la película queda herida gravemente en su credibilidad, principalmente por la falta de información del pasado de los protagonistas. En este sentido, las acciones del principal personaje resultan inverosímiles casi desde su nacimiento, provocando una serie de acontecimientos que no terminan de definir ni las motivaciones del protagonista, y viceversa.

Esto no quita, empero, para que no se pueda disfrutar de los actores, muchos de ellos rostros conocidos por el público y que se integran en la historia como si nunca hubieran salido de ella, en especial un Mortensen cuya dicción en español dista mucho de aquel Alatriste (2006) que levantó bastantes ampollas y en la que apenas se entendían algunas frases. Pero no es solo él. Soledad Villamil (El secreto de sus ojos), a pesar de tener un papel menor, representa con solidez la incomprensión de las acciones del protagonista, mientras que Daniel Fanego (Vaquero) y Sofía Gala (Paco) terminan por revelarse como los otros dos pilares interpretativos de la función.

Con todo, es evidente que la historia no termina por definir claramente sus intenciones, y eso termina por volverse en su contra. Comienza como un drama, gira extrañamente hacia la intriga y termina por convertirse en una historia de amor imposible donde la fatalidad campa a sus anchas hasta hacerse dueña y señora tanto de la trama como de los sentimientos de los espectadores. No es un mal debut en el largometraje, pero podría haber dado mucho más de sí.

Nota: 6/10

‘La pesca de salmón en Yemen’: remontando un río artificial


Ver a un jeque árabe, con sus atuendos blancos e impolutos, introducirse en un río y coger una caña de pescar para atrapar a un salmón es una imagen que no se ve normalmente. En cierto modo, la obra del director Lasse Hallström es así: sus películas ofrecen casi siempre un aspecto fuera de lo común, al menos sus films más celebrados. Este es el caso de La pesca de salmón en Yemen, romántica historia con peces, ingeniería y vidas artificiales de por medio. Y como también es norma implícita en sus relatos, el contenido de la historia es más bien sencillo, previsible incluso, pero queda engrandecido por esa originalidad formal y narrativa.

El marcado carácter cómico del relato queda patente desde su comienzo, con una representante (Emily Blunt) de un jeque de Yemen (Amr Waked) escribiendo un surrealista aunque serio correo a un doctor especializado en peces (Ewan McGregor), y proponiéndole utilizar sus conocimientos para crear un río en el país árabe donde practicar la pesca deportiva del salmón. Y aunque él se lo tome a risa, una serie de acontecimientos que nada tienen que ver con su trabajo le obligan a aceptarlo. Unos acontecimientos, por cierto, que son la verdadera carne del conjunto, en los que se puede apreciar no solo la mano maestra del director de Chocolat, sino la sutileza de un guión adaptado de la novela de Paul Torday.

No en vano, mientras esta especie de cuento de hadas transcurre ante los ojos del espectador, la guerra en Afaganistán, los intereses políticos y el hastío de una convivencia convertida en prisión se introducen poco a poco hasta generar todo un mundo que termina por resultar casi más interesante que la propia historia, en parte porque provocan buena parte de los acontecimientos, en parte porque al arco argumental protagonista se puede prever con cierta antelación.

Al buen resultado contribuye, y de qué manera, un reparto que supera muchas de las expectativas, destacando la labor de McGregor (Amelia) como un hombre ahogado por una vida anodina en la que la relación con su mujer es de todo menos sana. Con una frialdad que define en extremo a los ingleses, sus vidas se vuelcan en el trabajo; la de ella, por pasión, pero la de él es casi por necesidad y consuelo a un matrimonio coartado por una rectitud científica que resulta tan cómica como trágica. Resulta irónico pensar que, mientras el protagonista desarrolla el macroproyecto, la falsedad de su vida marital deja paso a una existencia más plena y feliz.

En este sentido, tanto McGregor como Blunt (La reina Victoria) componen personajes similares. Ambos se encuentran solos, aunque por motivos diferentes, y es precisamente la oportunidad de crear algo artificial lo que provoca un sentimiento real. Algo a lo que contribuye, por cierto, la constante discusión entre ciencia y fe, entre el doctor amante de los peces y el jeque árabe que quiere crear el río, entre otras cosas, en honor a su dios.

Pero si hay un elemento que destaca sobre los demás es el personaje de Kristin Scott Thomas (Misión: Imposible). Los pocos minutos que aparece en pantalla son suficientes para componer un personaje único, tan extravagante como los demás pero mucho más cómico y ridículo. Su desprecio hacia el resto de personajes, a los que manipula para sus propios fines, queda más que evidente en las originales conversaciones con su jefe, el Primer Ministro inglés, todas ellas a través de mensajería. Todo un acierto de Hallström, quien demuestra una vez manejar la comedia y el romance con una originalidad inusitada en el género. Que la historia sea más o menos conocida termina por quedar en un segundo plano.

Nota: 6,5/10

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