‘The last ship’ intenta mejorar manteniendo su simpleza en la 2ª T.


La tripulación del barco tendrá de su parte al Presidente de Estados Unidos en la segunda temporada de 'The last ship'.No es la primera vez que me ocurre, y desde luego no será la última, pero siempre me resulta curioso cómo en un producto, una serie habitualmente, la segunda parte puede parecer mejor que la primera si esta es decididamente mediocre. Digo esto porque la segunda temporada de The last ship es, cuanto menos, entretenida, y en algunas ocasiones hasta interesante. Y comparando con los primeros 10 episodios, es todo un adelanto para esta ficción creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro).

Tal vez sea porque, al durar 13 episodios, existe más tiempo para desarrollar determinadas tramas, para abordar mejor las motivaciones de héroes y villanos, y para aportar una mayor complejidad a una idea original que, en si misma, es bastante simple. Sea como fuere, la evolución de esta segunda etapa es diametralmente opuesta, pasando de un conflicto a otro con cierta naturalidad y obligando a los personajes, al menos a algunos de ellos, a modificar sus conductas siempre bajo el marco definitorio que se estableció en los primeros compases de la trama. Dicho de otro modo, la segunda temporada permite al espectador asistir a un entorno diferente en el que ya no es simplemente buenos contra malos en medio del océano, sino en el que juegan un papel importante la manipulación, las comunicaciones y la sociedad que ha sobrevivido a ese letal virus.

A esto se suma, además, el protagonismo que han adquirido personajes secundarios que en la primera temporada de The last ship eran mero contexto dramático. Dado que las expediciones a tierra firme son más habituales, la presencia de los personajes de Jocko Sims (Dreamgirls) y Travis Van Winkle (Mantervention) es consecuentemente más constante, derivando a su vez en un mejor y mayor tratamiento de los mismos. Asimismo, roles como el de Adam Baldwin (Gospel Hill) también evolucionan. En la mayoría de los casos ello es debido a un hecho tan aparentemente sencillo como determinante: la llegada al continente del destructor. Más allá de curas o de conflictos, más allá de héroes y villanos, la posibilidad de que el espectador conozca más a los protagonistas a través de sus relaciones personales y de su contacto con personajes ajenos a su entorno enriquece la historia.

Es por ello que esta nueva etapa tiene un tono más serio, al menos en el tratamiento de la historia y de los personajes. El desarrollo dramático del conjunto se ramifica en una suerte de abanico que ofrece muchas más posibilidades de explorar el mundo creado por Kane y Steinberg, amén de incorporar a unos villanos que ya no buscan la cura. Ni siquiera buscan un conflicto directo. Son villanos cuyo objetivo es autónomo, propio, y que no por casualidad entra en conflicto con el de los héroes. Dicho de otro modo, no dependen de los protagonistas para avanzar, lo cual les hace mucho más interesantes, sobre todo si se introduce al Presidente de Estados Unidos en la ecuación.

Problemas arrastrados

El resultado de este cambio (tal vez sea mejor llamarlo huída hacia adelante) es una mejoría notable en la impresión general de The last ship. Pero nada de ello impide que la serie sea lo que es, un producto propagandístico a mayor gloria de Estados Unidos y con momentos realmente obligados que no hacen sino reducir la credibilidad del conjunto. En otras palabras, sigue siendo una ficción mediocre, con unos actores que hacen lo que pueden con los personajes que tienen (algunos de ellos bastante unidimensionales) y que, en muchas ocasiones, se deja llevar por un desarrollo dramático cuanto menos cuestionable.

Aunque es cierto que esa mayor seriedad en el conjunto se filtra hasta los problemas que arrastra de la segunda temporada, no es menos cierto que simplemente es un lavado de cara para la serie. Es más, se pueden contar con los dedos de una mano los episodios que realmente son capaces de mantener un nivel correcto, sin obligaciones dramáticas absurdas y con diálogos coherentes en los que se aprecie un subtexto interesante. Por regla general, cuando esto se produce el espectador se encuentra a continuación con un giro forzado, encajado en la historia con calzador y que es obligado a aceptar por el bien de la ficción.

Y este es, en realidad, el gran problema de este tipo de producciones. Ninguna de ellas, y por supuesto esta tampoco, es capaz de renunciar a los elementos que reducen su calidad. Y claro está, tampoco logra cambiar su formato para acercarse a ficciones más sobrias, más adultas. Para muestra un botón: la muerte del villano de esta segunda temporada es tan patriota y heroica como  infantil y cómica. Que el capitán de un submarino grite de miedo cuando es derrotado después de todo lo que ha ocurrido a lo largo de 13 episodios es un intento algo burdo de convertirle en una parodia de si mismo.

Pero si algo hay que reconocer a The last ship es su capacidad para generar ganchos dramáticos, lo que sumado a determinados momentos más oscuros en la trama han convertido a esta segunda temporada en un producto superior a su predecesora. Sin ir más lejos, la actitud de la doctora interpretada por Rhona Mitra (Vidas robadas) ante un personaje un tanto odioso es simplemente brillante (no tanto la resolución del conflicto que eso crea), y las muertes en el bando de los héroes han supuesto giros argumentales interesantes, aunque habrá que ver cómo se aprovechan. Y no cabe duda de que el final es tan inesperado como impactante, lo que provoca un futuro prometedor siempre y cuando se decida por arriesgar en terreno desconocido.

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‘The last ship’ halla entretenimiento en la simpleza de su 1ª T


Eric Dane y Rhona Mitra protagonizan la primera temporada de 'The last ship'.Escuchar la frase “la serie más vista del año en Estados Unidos” o alguna similar puede dar lugar a equívoco. A priori debería ser una buena señal para la producción, pero en muchas ocasiones lo que oculta es una suerte de dibujo de los valores norteamericanos en una trama cuanto menos cuestionable. Ya le ocurrió a Rehenes, thriller dramático que no duró más de una temporada, y demasiado fue. Ahora le llega el turno a The last ship, thriller apocalíptico con el sello Michael Bay (Transformers) que, a diferencia del anterior, sabe encontrar en sus defectos las virtudes necesarias para ser un producto distraído y hasta irónico en muchos momentos.

Basada en la novela de William Brinkley, esta serie creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro) centra la trama en un futuro no demasiado lejano en el que la Humanidad ha sido asolada por un virus que mata en cuestión de días. Ninguna de las vacunas han surtido efecto, por lo que los gobiernos son incapaces de hacer frente a su avance. La única esperanza se deposita en un destructor naval norteamericano en el que viaja una científica cuya misión es desarrollar una cura a partir de una veta primigenia del virus. Pero incluso en esta situación, los tripulantes no son ajenos a los ataques de otras naciones… o de lo que queda de ellas.

Todos aquellos que sepan leer entre líneas, o que hayan tenido oportunidad de ver los 1o episodios de esta primera temporada de The last ship, se habrán percatado de que el conflicto básico de esta ficción es buenos contra malos, o lo que es lo mismo, norteamericanos contra el resto del mundo. En efecto, la serie no apuesta por la complejidad dramática o narrativa. Los tripulantes del barco son los buenos, los únicos héroes en un mundo donde la gente, desesperada, toma lo que quiere por la fuerza. Son, en definitiva, el último reducto de la rectitud, la moralidad y la democracia. Y con esto queda definida buena parte de la problemática de la temporada. A todo esto acompañan, por supuesto, los personajes, con el capitán interpretado por Eric Dane (serie Anatomía de Grey) y la doctora a la que da vida Rhona Mitra (Vidas robadas) a la cabeza. Apenas existen matices entre ellos, siendo todos héroes capaces de sacrificar su integridad por salvar al de al lado, e incluso por salvar a quien no conocen en aras de la buena moral.

En el lado opuesto, como no podía ser de otro modo, están los villanos, primero los rusos y luego todo tipo de personajes secundarios. La serie sirve, en este sentido, para hacer un repaso de todos los demonios que han ocupado las pesadillas norteamericanas durante las últimas décadas, a excepción de Oriente Medio y el terrorismo islamista. Rusos que parecen intentar ganar una carrera armamentística (en este caso sanitaria), dictadores de tres al cuarto que viven en selvas, e incluso el enemigo dormido dentro de sus fronteras, son algunos de los temas que aborda esta primera temporada, cuyo viaje por todo el globo terráqueo sirve al espectador para desarrollar una cierta simpatía por la simpleza de la propuesta.

Mal que nos pese

Y llegamos así al meollo de la cuestión. The last ship es una producción que no engaña, que a pesar de su evidente ausencia de tensión dramática sabe lo que es y lo explota. Y eso es digno de admirar, sobre todo porque otras producciones similares tratan de dotar de gravedad una historia que no tiene ni pies ni cabeza. Y no me refiero con esto a su premisa básica, sino a su desarrollo. Este último barco que queda en el mundo se convierte en un microcosmos donde todo viene determinado por acontecimientos externos, no internos. Si un día están a punto de quedarse sin combustible, otro deben encontrar agua; si en un episodio son atacados por los rusos, en otro deben salvar a toda una comunidad. Paso a paso, heroicidad a heroicidad, los personajes se definen, o mejor dicho el conjunto de protagonistas.

Porque como decía antes, apenas hay diferencias entre ellos. Tan pocas que ni siquiera hay conflictos entre ellos, salvo para demostrar que las dudas las solventa el capitán con su ejemplo. Ante tal propuesta, parece más que obvio pensar en todo aquello que ha gustado en Estados Unidos, y que básicamente es lo que han sabido exportar más allá de sus fronteras. No solo son los encargados de encontrar una cura, sino que su rectitud en una situación en la que ni siquiera existe el Gobierno norteamericano está fuera de toda duda, lo que termina por engrandecer a unos personajes diminutos en lo que a definición dramática se refiere.

Eso sí, hay que reconocer que el golpe de efecto de su último episodio da un giro cuanto menos interesante al conjunto de la primera temporada. Sin desvelar nada relevante, básicamente se pasa del enemigo externo al interno, y del mar a la tierra. Un giro que, en cierto modo, era de esperar, aunque eso no impide que abra la puerta a una nueva vía de desarrollo dramático que, esperemos, ofrezca algo más de complejidad a la historia. Personalmente lo dudo, pero la esperanza es lo último que se pierde, y de eso saben mucho los protagonistas de esta serie. Es más, puede que aquellos que hayan empezado a verla y no hayan apagado la pantalla a los cinco minutos estén interesados en ver cómo evolucionan todos los conflictos que ya se pueden prever. Habrá que esperar al 2015 para eso.

Así que sí, The last ship es una serie que puede disfrutarse, aunque para ello debe cumplirse una condición sine qua non: hay que tomársela como lo que es, un producto mediocre que sabe reírse de sí mismo y de sus propias limitaciones. Que nadie espere un intenso drama o una especie de thriller con tensión en cada esquina. Es entretenimiento que no obliga a pensar, e incluso mata alguna que otra neurona en algún momento. Permite pasar unos minutos sin pensar en nada más que en lo buenos que son los buenos, y en lo malos que son los malos. Quien quiera eso encontrará en la serie un producto que incluso disfrutará. Pero no nos llevemos a engaño: no es una buena serie.

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