El uso del individuo por el poder en ‘1997: Rescate en Nueva York’


Le pese a quien le pese, hay que reconocer que John Carpenter es más bien un director de serie B. Es cierto que buena parte de sus películas han pasado a la historia del cine como auténticos clásicos de la ciencia ficción, el terror y el thriller, pero no por ello dejan de tener una factura técnica y dramática propia de un cine de segunda categoría que se nutría del buen hacer de sus intérpretes, de unas historias tan originales como irreales, y de la pasión y ganas de sus responsables técnicos. 1997: Rescate en Nueva York (1981) está impregnada de este aroma a película barata y de puro entretenimiento, y tal vez sea por eso por lo que es considerada uno de los clásicos de Carpenter.

Un clásico del que, por cierto, el propio director hizo una especie de secuela/remake con 2013: Rescate en Los Ángeles (1996) que no fue, ni con mucho, tan interesante como la primera de las aventuras de Plissken el Serpiente, uno de los personajes más importantes de Kurt Russell, quien adopta en físico, andares y hasta en la voz los rasgos de un criminal obligado a introducirse en la más peligrosa de las cárceles para salvar al Presidente de Estados Unidos (o lo que queda del país): Nueva York. Y es esta una de las ideas más sólidas del relato. La Gran Manzana se ha convertido, con los años, en el centro de todas las desgracias cinematográficas. Si algún director quiere destruir el mundo o reflejar la situación postapocalíptica que vive el protagonista, Nueva York es el escenario perfecto.

Pero nunca antes sus calles se habían convertido en una cárcel sin paredes, barrotes ni guardias. En efecto, el mayor atractivo del film es comprobar cómo las calles de Nueva York han quedado convertidas en vertederos y patio de juegos de los más peligrosos, sanguinarios y sádicos criminales, que se ven abocados a permanecer en la isla debido a las minas ocultas en los puentes de salida y a los altos muros que se hallan al final de los mismos. Una ciudad donde, curiosamente, siguen manteniéndose los barrios y los nombres de las calles, aunque en la historia poseen un significado mucho más tétrico. Incluso edificios tan emblemáticos como las Torres Gemelas son utilizados como escenario de momentos importantes en el desarrollo de la trama.

Con todo, y como ya hemos mencionado, son los actores los que dan vida a una historia que podría haber tenido otro devenir. A Russell, convertido automáticamente en un icono de la acción y la ciencia ficción (algo que consolidó con La cosa un año después), se le suma un buen grupo de secundarios, todos ellos grandes nombres del cine clásico, que engrandecen unos personajes tal vez excesivamente planos o, si se prefiere, con poco espacio en la trama para desarrollar algunos de los aspectos que sí dejan entrever. De entre todos ellos, destacan con luz propia un Ernest Borgnine (Grupo salvaje) como el taxista que intenta sobrevivir por todos los medios, o el jefe de seguridad que inicia toda la trama, interpretado por Lee Van Cleef (El bueno, el feo y el malo).

Solo ante las circunstancias

Pero como suele ocurrir en los clásicos de la ciencia ficción, la trama permite criticar algunos de los errores o de las miserias del ser humano en la sociedad. En el caso de 1997: Rescate en Nueva York, Carpenter aborda la idea de una sociedad que rechaza a los asesinos y a los violentos pero que no duda en utilizar sus “cualidades” cuando se trata de rescatar a uno de sus miembros más importantes. Poco importa si su destino final es la muerte o la salvación (al fin y al cabo, les consideran poco más que animales) siempre y cuando cumplan con las expectativas puestas en ellos.

Y, como es habitual, la puesta en riesgo de una vida para salvar otra no es por un bien mayor, y me explico. A lo largo del film se deja claro que el rescate del Presidente de Estados Unidos no es por salvar la vida de la persona; ni siquiera por demostrar que la cabeza visible del país es intocable e inviolable. No. Lo primordial es que de un discurso a la hora indicada que, supuestamente, mejorará las relaciones con otros países. En el fondo, y si no existiera dicho evento, da la sensación de que su secuestro sería ocultado o, directamente, ignorado.

Una idea que refuerza el concepto de que ninguna vida vale más que otra aunque conlleve un importante cargo político o social. Es por eso que el criminal escogido para introducirse “entre los de su calaña” necesita un incentivo personal. En una sociedad donde la corrupción de los estamentos es tal que lo único importante es la imagen hacia el exterior, ningún individuo, violento o pacífico, está dispuesto a dar su vida por esos conceptos. Aquí es donde entra el veneno que introducen en el protagonista y la resolución final, que provoca la satisfacción en el espectador al comprobar que todavía hay personajes que se aprovechan de la situación, por muy contraria a sus intereses que pueda parecer.

Anuncios
Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: