2ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo triunfar en Internet siendo un primo


Los protagonistas de 'Silicon Valley' deben hacer frente a su propia inocencia en la segunda temporada.He de confesar que me he rendido casi desde el principio a Silicon Valley, esa pequeña joya del humor creada por John Altschuler, Mike Judge y Dave Krinsky, autores de la ficción televisiva El rey de la colina. Su primera temporada, a medio camino entre la ilusión de los proyectos que empiezan y el carácter crítico con el mundo de las grandes marcas de la tecnología e Internet, fue un soplo de aire fresco, algo similar a lo que sucedió con The Big Bang Theory en sus inicios. Por eso la segunda etapa, aunque mantuviera la diversión, debía ser capaz de aportar algo diferente, algo que fuera capaz de hacer crecer a los personajes. Y por suerte, lo consigue, confirmando a esta producción como una de las más originales de la parrilla.

Curiosamente, ese “más difícil todavía” ha llegado de la forma más sencilla posible: explotando aún más las debilidades de sus protagonistas, sobre todo del personaje interpretado por Thomas Middleditch (Search party), verdadero líder del reparto y el personaje más pardillo que puede encontrarse en la televisión. Es precisamente esa inocencia, esa incapacidad para moverse en un mundo plagado de tiburones, lo que hace más irónico el desarrollo dramático de la temporada, que cuenta con 10 episodios. Así, a los problemas propios de cualquier empresa que empieza a crecer (económicos, de personal, etc.) se suman las piedras en el camino generadas por el propio personaje, ya sea en forma de inversor megalómano o de conflictos con competidores a los que se da sin querer el secreto de la empresa.

A esto se suma, sin lugar a dudas, la dinámica interna de los personajes, algo ya planteado en la anterior temporada y ahora mucho más explotado. Más allá de la diferencia de caracteres, lo que mejor funciona del conjunto son los contrastes que cada uno de los protagonistas parece desarrollar de forma paralela cuando está en compañía de los demás. Por ejemplo, el rol de T.J. Miller (Transformers: La era de la extinción) tiende a ser egocéntrico y en cierto modo despectivo, pero siempre deja entrever la necesidad de formar parte de un grupo al que considera algo más que trabajadores. Algo similar ocurre con Martin Starr (Veronica Mars) y Kumail Nanjiani (Loaded), sin duda la pareja más dinámica de Silicon Valley, y cuya competitividad se ve compensada por la fuerza que ambos tienen cuando colaboran.

Con este análisis puede parecer que la serie abandona la trama en favor de unos personajes bien construidos y mejor interpretados, pero nada más lejos de la realidad. Manteniendo el desarrollo iniciado en la primera etapa, esta segunda temporada ahonda en los conflictos ya planteados e incorpora otros nuevos para dotar de una mayor complejidad (aunque tampoco excesiva) a las desventuras de los cinco protagonistas. Y lo consigue fundamentalmente con tramas secundarias que, aunque a simple vista no parecen tener demasiada relevancia, terminan por complementar la trama principal de tal modo que el resultado final en una estructura bien armada, sin cabos sueltos dejados por el camino y con nuevos retos para el futuro.

Ascender por la cara

Pero al comienzo mencionaba que la primera temporada de Silicon Valley tenía en la parodia y la crítica a las grandes compañías como Apple o Microsoft uno de sus mejores bazas. Quizá lo más interesante, o al menos aquello que aporta una mayor riqueza, sea el hecho de que entre tanta desventura, entre tantos problemas a los que se enfrentan los personajes, sigue habiendo hueco para la denuncia. Y esto, para aquellos que sigan la serie, está ejemplificado en la figura de Hooli, esa compañía medio Apple medio Microsoft en la que su “visionario” líder se desquicia porque un grupo de jóvenes en el salón de su casa han logrado superar toda su poderosa y rica estructura de desarrollo.

Aunque es cierto que adquiere más relevancia hacia la segunda mitad de la temporada (y esto puede ser algo que perjudica el desarrollo fluido de la trama), lo que aporta toda esta historia secundaria es sumamente revelador a la par que divertido e irónico. Sin ir más lejos, la forma en que asciende el personaje de Josh Brener (Los becarios), cuyo único mérito ha sido ser amigo del protagonista, es tan surrealista como creíble, sobre todo viendo los méritos que hacen algunos dirigentes para llegar a donde están. En este sentido, el lanzador de patatas que desarrolla es revelador. Pero dentro de esta gran compañía hay mucho más: los equipos de desarrolladores que se van pasando los problemas de uno a otro, las “magníficas ideas” que no se podrán desarrollar hasta dentro de 20 años, los aduladores que solo buscan su propio beneficio.

El final de la temporada es el mejor ejemplo de lo que significa la serie en esta segunda tanda de episodios. La amarga victoria que logra el protagonista es directamente proporcional a la derrota que sufre el antagonista. Curiosamente, y aunque el segundo pierde más que el primero, la sensación que resta en el espectador es la de que ninguno sale ganando, quizá porque ambos han perdido mucho por el camino, quizá porque los siguientes retos se plantean mucho más complejos. Sea como fuere, esa imagen del vencedor derrotado resume con detalle el modo en que la serie debe interpretarse. Todos los reveses y las pírricas victorias en el mundo digital no hacen sino acrecentar esa idea de que los protagonistas se mueven constantemente en un mundo que no terminan de comprender.

La segunda temporada de Silicon Valley, por tanto, responde a esa idea de más y mejor de cualquier saga cinematográfica (y por qué no, de la tecnología). Lejos de desarrollar únicamente la trama principal ya planteada, la ficción decide apostar por añadir capas dramáticas en forma de tramas y lograr así un enriquecimiento del mundo en el que viven los protagonistas. Lo más satisfactorio es que la serie logra dejarse muy pocas cosas en el tintero, salvo claro está aquellas que deben mantener la historia una tercera temporada ya confirmada. Los personajes crecen, aunque sea a golpe de escarmiento; las tramas evolucionan, y el humor nunca desaparece del todo, ni siquiera en los momentos más dramáticos. Esta nueva temporada confirma que es una producción que no debe ignorarse.

Matt LeBlanc centra todas las risas en la 4ª temporada de ‘Episodes’


Matt LeBlanc es el gran protagonista de la cuarta temporada de 'Episodes'.Tras un pequeño intento de dirigir la serie hacia el drama, David Crane (serie Friends) y Jeffrey Klarik (serie Half & Half), creadores de Episodes, han optado por afrontar el futuro con humor. Con mucho humor. Por ello la cuarta temporada de esta ácida crítica al mundo de la televisión en Los Ángeles ha explorado mantenido la línea iniciada en la tercera temporada, explorando ahora la delicada situación de guionistas y actores cuando deben afrontar no solo la transición de un proyecto a otro, sino los intereses personales de los directivos de las cadenas. Eso sí, estos 9 episodios se ríen de si mismos como no lo habían hecho hasta ahora ninguna de las anteriores temporadas.

Y eso se debe, sobre todo, a la capacidad de situar a los personajes en contextos, digamos, surrealistas. Si durante las anteriores etapas se abordaban situaciones relativamente más habituales (infidelidades, fracasos profesionales, amistades, etc.), en esta todo se pone a prueba para testar, entre otras cosas, el grado de solidez que tienen los propios personajes. El resultado es espléndido, lo que da buena cuenta de la definición de los protagonistas, en especial Matt LeBlanc (Perdidos en el espacio), quien supera con creces las expectativas de la temporada en comparación con el resto de roles. Así, el arco dramático por el que pasan todos los personajes en esta “temporada de transición”, lejos de cambiarles, lo que permite es llegar a conocerles mejor, lo que en última instancia mejora el carácter general de toda la serie.

Pero como decía al comienzo, la clave de esta cuarta temporada de Episodes está en el humor. Y personalmente creo que es el humor más inteligente que se ha podido ver en esta ficción. Quizá el mejor ejemplo sea el propio comienzo, con el desfalco que ha sufrido LeBlanc y que perfectamente podría haber dirigido la trama hacia un terreno algo más dramático. En lugar de ello, los creadores optan por dar rienda suelta a todas las características que definen al personaje. La comparación entre lo que le han robado y lo que tiene, entre lo que tiene que perder y lo que desea mantener, es simplemente hilarante, demostrando además que, al final, son los que menos tienen los que peor parados salen.

El arco dramático del protagonista de Friends (por cierto, que la temporada incluye un cameo de David Swichwimmer, ‘Ross’ en la famosa serie) es sin duda el más completo. A ese comienzo se suman los intentos por recuperar a su ex mujer (con motivaciones poco románticas, dicho sea de paso) y el orgullo herido de su condición de conquistador y de estrella de televisión. En este último aspecto destaca sobremanera la relación con la otra línea argumental, la de la pareja de guionistas protagonista, que da lugar a una de las situaciones más cómicas de la serie… en la que apenas se media palabra.

Errores del pasado

Claro que no todo es sentar las nuevas líneas de trabajo para la próxima temporada de Episodes. Estos 9 capítulos también saben nutrirse, y de qué modo, del pasado de los personajes. Sin duda el mayor atractivo lo presentan, en este sentido, los personajes de Tamzin Greig (El nuevo exótico hotel Marigold) y Stephen Mangan (Rush), los sufridos guionistas británicos que ven cómo el pasado que creían haber dejado atrás vuelve en forma de amenaza de demanda por propiedad intelectual. Esta línea de trabajo, quizá la más intermitente de toda la temporada, es sin embargo la que más diversión aporta a estos personajes.

Al menos, y no es un detalle menor, si la relacionamos con la “tercera pata” narrativa de la temporada, y que es la relación lésbica entre los personajes de Kathleen Rose Perkins (Perdida) y Andrea Savage (La cena), este último de nueva incorporación que, hasta cierto punto, es el auténtico punto de inflexión en la serie. En efecto, es gracias a ella que el personaje de LeBlanc termina donde termina. Y es gracias a ella que los roles de Greig y Mangan terminan como terminan. Su presencia, que crece a medida que se desarrolla el personaje, es el punto de partida para una serie de acontecimientos que hacen temblar los cimientos narrativos lo suficiente como para cambiar la situación.

No se trata, por tanto, de haber modificado los parámetros de esta ficción, sino de moldear su contexto para enfocar la trama hacia un nuevo futuro. Lo cierto es que el desarrollo de la temporada ya se preveía con el final de la tercera etapa, pero a pesar de ello la forma en que se ha desarrollado, que podría resumirse como ruptura en casi todos sus aspectos, ha sido muy gratificante. Es cierto que se pierde algo de frescura en muchas de las secuencias (algo que debe ser cuidado), y que en este proceso algunos secundarios parecen perder protagonismo, pero el resultado es más que notable, ofreciendo al espectador un viaje hilarante por los egos, las envidias y las ambiciones de un mundo tan irreal que resulta creíble.

Así las cosas, la cuarta temporada de Episodes logra mantener el ritmo narrativo y el nivel de anteriores temporadas, aunque en cierto modo es una temporada de transición, una temporada que entre la antigua serie de ‘Discos’ y la nueva producción, que ya nace con dificultades e inconvenientes. En medio de este proceso de cambio, el humor hace gala de todo su esplendor, lo que no deja de ser un reto. La pérdida de protagonismo de algunos personajes se compensa con el inmenso trabajo de LeBlanc, que demuestra una vez más por qué es el alma de esta producción. La quinta temporada promete risas sin descanso.

‘Exodus: Dioses y reyes’: las lagunas de Egipto


Joel Edgerton y Christian Bale dan vida a Ramsés y a Moisés en 'Exodus: Dioses y reyes', de Ridley Scott.Ridley Scott, director de joyas como Blade Runner (1982) es víctima de su propio legado. Sus primeros films han alcanzado tal grado de grandeza que prácticamente todo lo que hace actualmente es mirado bajo ese mismo prisma. Lo que los espectadores parecen olvidar es que aquellos films que tanto impactaron no lo hicieron por unos sólidos guiones (que también), sino por una puesta en escena y un diseño de producción apabullantes. Y esto, sobre todo esto, es lo que su última película deja en el recuerdo.

En efecto, si algo destaca de Exodus: Dioses y reyes es el cuidado diseño de producción, sobre todo en lo referente al mundo egipcio. El vestuario y la recreación de los templos y carros trasladan al espectador a un Egipto faraónico que, aunque con sus errores históricos, algunos provocados por auténtica desidia, fascina y dota al conjunto de una magia única. La apuesta por la tonalidad grisácea, una seña de identidad de las grandes superproducciones de Scott, crea además un nexo de unión con la imagen que se tiene hoy en día de ese mundo antiguo que, todo hay que decirlo, era más colorido de lo que se presenta en el film.

Y si el diseño de producción es hermoso, su condición de blockbuster hace que la cinta tenga algunos momentos simplemente espectaculares. Momentos todos ellos que, por cierto, se apartan en cierto modo de la intervención divina para dotarlos de un cierto realismo teológico. En realidad, todo el guión contiene una interesante carga política y social, revolución incluida, que trata de restar relevancia a la presencia de un Dios vengativo y, hasta cierto punto, infantil. Sin embargo, la mayor debilidad reside, precisamente, en el texto de base. El desarrollo dramático se antoja intermitente, plagado de secundarios que aparecen y desaparecen como por arte de magia y con unos protagonistas estereotipados en exceso, sobre todo el faraón interpretado por Joel Edgerton (Warrior), quien hace lo que puede con un rol maniqueo, odioso y débil.

Al final, la sensación que deja Exodus: Dioses y reyes es la de un film con una puesta en escena espectacular que trata de abarcar demasiado y que no se define mucho. Su evidente vocación política (el Moisés de Christian Bale –El maquinista– es un hombre que organiza una revolución) y su poco afán por defender la obra de Dios hacen que el film resulte interesante desde un punto de vista meramente interpretativo. Ahora bien, la cinta peca en exceso de irregularidad, tanto en su ritmo como en su definición de los personajes, demasiado estereotipados incluso para el tipo de relato que es. Entretiene, desde luego, pero da la sensación de que podría haber sido algo mucho mejor en su contenido, que no en su forma. En definitiva, Scott dota de vida un guión con muchas lagunas.

Nota: 5,5/10

‘La isla mínima’: la magnífica visión de unos secretos mínimos


Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo protagonizan 'La isla mínima', de Alberto Rodríguez.Si hubiera que indicar alguna seña de identidad dentro del cine de Alberto Rodríguez, sin duda sería su lenguaje audiovisual. Ya lo hizo en su anterior trabajo, Grupo 7 (2012), y en este nuevo thriller repite esa mezcla de clasicismo y simbolismo en cada plano. De hecho, es gracias a su particular visión de las historias lo que lo convierte en el notable creador que es, capaz de dotar de fuerza tramas que, de otro modo, tal vez serían menos interesantes. No quiere decir esto que su nuevo trabajo sea mediocre, al contrario, pero es conveniente no olvidar que detrás de las poderosas imágenes se esconde un guión. Y es en este donde se esconden los pocos punteos débiles del film.

Porque sí, La isla mínima es una obra notable que se ubica entre lo mejor del cine español del último año. Su trama, profundamente marcada por la vida en los primeros años de la transición, se nutre de unos personajes muy bien definidos en sus ideales pero confundidos por un entorno acostumbrado a la violencia y el abuso de autoridad de una larga dictadura. Todo ello en un entorno rural donde los secretos marcan el pasado y el futuro de generaciones enteras. Gracias a estos aspectos el film adquiere un mayor peso dramático en su intriga principal, cuyo desarrollo genera unas expectativas de resolución que no quedan del todo satisfechas y, por tanto, crean algo de frustración al plantear preguntas cuyas respuestas son demasiado obvias o tienen demasiadas posibilidades.

Pero como decía al comienzo, la sencillez del suspense, en el que básicamente no existe un giro argumental interesante, queda totalmente eclipsada por la mano de Rodríguez. Su apuesta por los planos aéreos para mostrar la orografía de un territorio que se asemeja a la superficie del cerebro invitan a pensar en los aspectos más psicológicos de trama y personajes, así como en todos los elementos que esconden la mayoría de ellos. Las composiciones geométricas, la apuesta cromática fría y apagada, e incluso ese final lluvioso en el que la verdadera naturaleza de los protagonistas sale a relucir son algunos de los ejemplos que confirman al director como uno de los más personales del cine español. Si a esto añadimos una banda sonora a cargo de Julio de la Rosa (Primos) que, aunque parezca mínima y secundaria, envuelve de un cierto halo de misterio la investigación policial de los protagonistas, lo que nos encontramos en un tándem (imagen y sonido) que no solo van de la mano, sino que entre los dos crean algo distinto e incluso hipnótico.

La isla mínima se le podría pedir algo más, como a casi todas las películas. Su trama, aunque bien estructurada y desarrollada, peca de ingenuidad en su resolución, presentando a los villanos casi desde la mitad del film. Para colmo, las motivaciones de los mismos son demasiado sencillas. Pero en el fondo es un detalle que solo empaña el gran viaje que supone embarcarse en esta investigación criminal de los años 80 con unos actores impecables, una realización sobria y espléndida, y un diseño de producción que saca el máximo partido a los escenarios.

Nota: 7,5/10

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