‘Wayward Pines’ cambia cromos pero mantiene problemas en su 2ª T.


Jason Patrick es uno de los nuevos rostros de la segunda temporada de 'Wayward Pines'.Algo se ha tenido que hacer realmente mal cuando una serie cambia la mayoría de sus elementos de una serie a otra. Tono diferente para la trama, nuevos actores, etc. Y lo cierto es que la primera temporada de Wayward Pines tuvo mucho de eso (de errores, me refiero), hasta el punto de que los nuevos 10 episodios han tratado de hacer borrón y cuenta nueva al cambiar el thriller por una suerte de drama con dosis de acción, y al reclutar nuevos actores eliminando poco a poco a los supervivientes de la anterior. El problema es que este cambio de cromos no ha supuesto una mejora dramática.

Y no lo ha hecho por dos motivos básicos. Para empezar, el desarrollo de la trama carece de consistencia. Con una historia tan rica en matices y con posibilidades infinitas para convertirse en una lectura apocalíptica de la sociedad, la serie creada por Chad Hodge (The Playboy club) con la supervisión de M. Night Shyamalan (El sexto sentido) se limita a ser un producto superviviente, más o menos como los personajes que pueblan el futuro en el que se enmarca el argumento. Con un desarrollo sumamente lineal y unos personajes unidimensionales, la ficción deambula por conflictos no solo previsibles, sino tópicos y con conclusiones limitadas que, para colmo, no tienen continuidad en forma de consecuencias para los protagonistas.

Dicho de otro modo, Wayward Pines propone, narra y resuelve sin que ello haga mella en los roles más importantes de su trama esta segunda temporada. La presencia de un nuevo héroe interpretado por Jason Patrick (Cavemen)  resulta cuestionable. Para empezar, su confusión inicial se elimina de forma directa sin que exista un desarrollo dramático de su nueva situación; además, no se profundiza en los conflictos con la que fuera su esposa, amén de que la presunta lucha por el poder es cuanto menos cuestionable.

El otro gran problema es el reparto elegido. Eliminar a los actores iniciales debe servir, al menos en teoría, para presentar un elenco que mejore la labor realizada en la primera temporada. Al menos que sea equiparable. Pero ni una cosa ni la otra. Los nuevos personajes unidimensionales cuentan con unos actores limitados, ya sea por el poco recorrido de los roles que interpretan o por sus propias deficiencias como actores. A esto se suma una realización correcta en los momentos dramáticos pero excesivamente caótica en las secuencias de acción.

¿Futuro prometedor?

Todo ello, desde luego, no convierte a la segunda temporada de esta serie basada en las novelas de Blake Crouch en algo memorable. Y si tenemos en cuenta el final elegido para la historia (habrá que ver si es definitivo o temporal), da la sensación de que la solución adoptada es la de borrón y cuenta nueva… literalmente, abriendo la posibilidad de que Wayward Pines tenga un mejor reinicio en todos los sentidos.

Pero no todo ha sido negativo, o al menos han existido elementos y episodios lo suficientemente interesantes como para mantener a los espectadores un poco más semana tras semana. Para empezar, algunas secuencias que narran el modo en que se produjo la creación del pueblo y cómo ese grupo de personas supo que estaban preparados para volver. En el que sin duda es uno de los episodios más interesantes, el personaje interpretado por Djimon Hounsou (La leyenda de Tarzán) es el encargado de asistir durante décadas a la destrucción del planeta y la evolución del ser humano, afrontando asimismo su soledad y la dura realidad de que sus seres queridos han muerto.

A esto se suma un villano que resulta mucho más interesante que el resto de conflictos dramáticos juntos. De hecho, se convierte de lejos en el personaje más interesante de la ficción, y eso que apenas abre la boca (salvo para gritar) y aparece a mitad de temporada. Se trata del rol interpretado por Rochelle Okoye, que ha fraguado su carrera como doble de acción en infinidad de series y películas. Es curioso cómo este personaje tiene una definición mucho más compleja, más atractiva y enriquecedora que el resto de personajes. De hecho, y aunque se puede decir que también es un poco arquetípica, la líder de las criaturas a las que se enfrentan los habitantes de este pueblo, la falta de información sobre ella y cómo se descubre la convierte en un ser enigmático y tremendamente interesante, al menos para los parámetros establecidos por la propia ficción.

Pero ninguno de estos aspectos es capaz de evitar la sensación de que Wayward Pines no es capaz de librarse de las debilidades que arrastra de su primera temporada. Y eso es porque son innatas. Los personajes poco definidos, las tramas arquetípicas y lineales, y los conflictos previsibles se han convertido en seña de identidad de una serie que pretende ser algo que no es. Y ni siquiera saca provecho de aquello que realmente resulta interesante. La solución estaría en hacer borrón y cuenta nueva. Como he mencionado, el borrón ya ha tenido lugar. Ahora hay que ver si se considera necesaria una cuenta nueva.

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‘Fear the Walking Dead’ avanza lastrado por sus problemas en su 2ª T.


Los personajes se adaptan poco a poco al mundo de los zombis de 'Fear the Walking Dead' en su segunda temporada.Es muy llamativo comprobar cómo una serie como Fear the Walking Dead puede ser tan diferente en todos los aspectos a su serie matriz The Walking Dead. Bueno, en todos tal vez no, porque los zombis son los mismos. Pero tanto el desarrollo dramático como la gestión del mundo en el que se desarrolla la acción son como la noche y el día. Y es curioso, porque ambas producciones han surgido de la mente de Robert Kirkman, autor del cómic original. Sin embargo, en esta especie de secuela en la que también colabora Dave Erickson (serie Canterbury’s Law) como creador los problemas narrativos que pudiera presentar el producto original están sobredimensionados hasta definir por completo el carácter de la serie.

Los 15 episodios de su segunda temporada son buena muestra de ello. Mientras que dramáticamente hablando la serie trata no solo de avanzar, sino también de madurar, sus personajes siguen anclados a una concepción un tanto inocente de la realidad en la que viven. Da la sensación de que existe un miedo inherente a dejar que los protagonistas se adapten a su entorno, ya sea por no poder controlar sus acciones y, en consecuencia, llevarles hasta extremos no deseados, o porque si ocurriera se parecerían demasiado al grupo de Rick Grimes que protagoniza la serie original. Sea como fuera, el contraste entre personajes y acción es tan evidente, tan llamativo, que crea una fractura dramática más que notable.

Y esto, en sí mismo, es una incongruencia. ¿Puede ser que los personajes no estén en consonancia con la acción? Desde un punto de vista dramático, es evidente. La prueba más palpable es el personaje interpretado por Cliff Curtis (Resucitado). Más allá de su capacidad como actor, que personalmente me parece un poco limitada, lo cierto es que su personaje es irregular en sus acciones y sus decisiones, tratando de ser de una forma en un mundo que exige otro tipo de comportamiento. Y lo mismo ocurre con otros protagonistas, que en mayor o menor medida parecen no ser conscientes de la realidad que les rodea. Tan solo el personaje de Frank Dillane (En el corazón del mar) vuelve a demostrar, como ya hizo en la temporada anterior, que es digno de la evolución que está teniendo la trama. Tal vez por eso se haya decidido separarle del grupo y explorar con él el amplio mundo de muertos vivientes.

Pero esta desconexión de los personajes con la trama deja, en muchos casos, otras consecuencias más graves que la mera falta de coherencia dramática. En realidad, genera una incongruencia un tanto alarmante en lo que a diálogos se refiere, amén de lógica narrativa en muchas escenas que parecen obligadas por las circunstancias, derivadas a su vez de esa falta de unión entre dos aspectos del tratamiento dramático de la serie. Dicho de otro modo, los protagonistas (y con ellos los actores) no parecen tener claro lo que deben decir o cómo deben actuar ante determinadas situaciones. De hecho, no es extraño comprobar cómo una sensación agridulce se apodera de nuestras emociones al ver que un personaje actúa de forma diferente ante dos sucesos similares, sin seguir un patrón claro de comportamiento, ni siquiera en base a su evolución dramática.

Conflictos sociales

La mejor prueba de que Fear the Walking Dead no parece tener claro hacia donde avanza está en el personaje de Lorenzo James Henrie (Almost Kings), cuya evolución dramática es tan radical como poco explicada, introduciendo pautas de comportamiento que, incluso bajo el paraguas del cambio que experimenta su rol, resultan cuanto menos cuestionables, por no decir abiertamente incongruentes. Su periplo al final de la temporada sirve de justificación de una serie de situaciones a cada cual más dramática, es cierto, e incluso se puede decir que genera un punto de inflexión, pero la realidad es que los creadores parecían más interesados en buscar una excusa para eliminarlo de la ecuación que una forma de darle salida a este protagonista.

Ahora bien, junto a todos estos problemas conviven una serie de ideas prometedoras en esta segunda temporada, la más destacable los conflictos sociales a los que se enfrentan los protagonistas. Mientras la primera temporada se limitó a exponer cómo se afronta el comienzo de un apocalipsis zombi, en estos 15 episodios el arco dramático ofrece una serie de situaciones a cada cual más dramática y agresiva, evolucionando hacia ese mundo caótico y salvaje en el que conviven los héroes de la serie original. Dichos conflictos, que tienen su máxima expresión en un apasionante final de temporada, derivan a su vez en diversos pilares dramáticos sumamente interesantes, desde el que se plantea en el hotel en el que la plaga comienza con una boda (muy al estilo REC[3]: Génesis) hasta el que vive el personaje de Dillane en la comuna a la que llega, incluyendo un líder de dudoso ejemplo, pasando por una especie de adoración de los muertos vivientes.

Lo cierto es que estos momentos, unos cinco a lo largo de toda la temporada, es lo que mantiene a flote a unos personajes que hacen aguas por todas partes. Sin duda, la definición de los protagonistas no soportaría una estructura narrativa como la de la serie original, en la que durante varios episodios se abordan los conflictos internos de cada personaje. En este sentido, los creadores han sabido dar a la serie lo que necesita, algo que es de agradecer, pero siguen fallando en lo que, a priori, es más importante en producciones de este tipo. De ahí que la irregularidad sea la tónica general no solo del arco dramático general, sino de cada episodio en particular.

Decir que la segunda temporada de Fear the Walking Dead es mejor que la primera tal vez sea demasiado osado. Decir que es peor sería injusto. Pero tampoco es igual. Simplemente, se ha intentado ofrecer algo diferente al espectador fruto de la evolución de la trama. El problema es que esa evolución de los acontecimientos, lógica por otro lado, no está acompañada por un cambio necesario en los personajes. Que algunos sigan actuando como si el mundo se hubiera vuelto loco es simplemente incoherente. Hay una línea muy fina que separa la bondad en tiempos difíciles de la mera estupidez. Y ahí se encuentran muchos de los protagonistas, sin atreverse a dar el paso necesario a pesar de que los hechos les golpean en la cara una y otra vez. A juicio del espectador queda si son buenos o estúpidos.

La 2ª T. de ‘Tyrant’ mejora a pesar de los problemas que arrastra


Adam Rayner vuelve a luchar por el poder en 'Tyrant'Cuando una serie apuesta por un tipo de estructura y por, digamos, un nivel dramático concreto, es muy difícil que pueda desprenderse de esos límites auto impuestos. Los casos más evidentes de éxito suelen coincidir en un golpe de efecto en la primera temporada o, al menos, en la introducción paulatina de cambios a lo largo de los primeros episodios. Por eso el caso de Tyrant es un buen ejemplo de un querer y no poder, de tratar de profundizar en la idea pero manteniendo al mismo tiempo un tratamiento ligero, casi telenovelesco.

La segunda temporada de esta serie creada por Howard Gordon, Gideon Raff (autores ambos de Homeland) y Craig Wright (serie Greenleaf) evidencia los intentos de la trama por dar el paso a la edad adulta y abordar temas como las dictaduras, el terrorismo islamista o la traición de forma más profunda, más seria. Lo cierto es que el final de la anterior etapa daba pié a ello, y hasta cierto punto eso ha sido lo que ha permitido que en muchos momentos del desarrollo de estos 12 capítulos la serie haya alcanzado notables resultados, sobre todo cuando se ha centrado en el conflicto interno de un país árabe con el ISIS.

Es en esta guerra, con todas las decisiones que conlleva, lo que realmente acapara la atención en la segunda temporada de Tyrant, pues permite diversificar los efectos dramáticos de los acontecimientos. Dicho de otro modo, es el catalizador para que la trama adquiera un verdadero significado dramático, alejado de conceptos que habían sido poco o nada explicados en los anteriores episodios. Se puede decir que se ha producido una simplificación de la historia, poniendo el foco en un tema de actualidad que, además, genera a su vez otras ideas que se abordan, con mayor o menor fortuna, en las tramas secundarias.

El problema de esto es que el intento de madurar se queda a medio camino. Vaya por delante que ninguno de los actores, ninguno, tiene el carisma suficiente como para cargar sobre sus hombros con el tratamiento dramático que podría esperarse para esta historia, pero en este caso el problema no es el reparto, sino el arco narrativo y su desarrollo. A lo largo de toda esta temporada la serie deambula entre dos aguas, entre el cariz más melodramático y el más maduro, y eso termina por generar una indefinición inconveniente para el resultado final y para la resolución de esta etapa, tan impactante como inesperada.

Familia feliz

Quizá el mejor ejemplo de esta dualidad está en el cisma que se genera en la presunta “familia feliz” del protagonista. Mientras que el personaje de Adam Rayner (The task) adquiere un tono más sombrío de un hombre capaz de todo por lograr lo que considera justo y salvar a los que le importan, el resto de su núcleo familiar (mujer e hijos) se convierte casi en una rémora de la trama general. Poco interés tiene el fallido affair de la mujer con un abogado. Y mucho menos lo que ocurre con la hija, que directamente desaparece de la trama de forma tan brusca como calculada. El único que parece salvarse de la quema es el hijo interpretado por Noah Silver (Los últimos caballeros), que parece tener algo más de relevancia como futuro heredero.

El tiempo que Tyrant dedica en su segunda temporada a abordar la paulatina destrucción de esta familia es tiempo perdido que no se destina a conceptos mucho más interesantes, como la locura y la obsesión que se adueñan poco a poco del rol de Ashraf Barhom (Ágora), posiblemente uno de los mejores de la serie pero que, al no ahondar en su evolución hacia la locura conspiranoica, queda desdibujado y, en muchos casos, injustificado en sus decisiones. Una lástima, porque habría sido muy interesante poder comparar con solvencia los caminos tan diferentes que toman los dos hermanos protagonistas, sugeridos pero poco trabajados.

Y en medio de todo esto, una guerra, mujeres y el mundo islámico. Lo cierto es que posiblemente lo mejor de estos episodios sea precisamente ese contexto, a medio camino entre la opulencia de un palacio y las polvorientas calles de los pueblos. A pesar de que el tratamiento visual deja que desear (iluminación con poco contraste, planificación estándar incluso para las secuencias bélicas, etc.), el mundo árabe, con los problemas de terrorismo islámico que llegan en cada telediario, encuentra un notable reflejo en esta trama, lo que a su vez ayuda a mejorar la imagen algo alicaída de la primera temporada.

El mejor resumen de esta segunda temporada de Tyrant es que mejora respecto a la primera, pero todavía tiene mucho camino por recorrer. Por ahora, una tercera etapa en la que deberá solventar muchos problemas, algunos de ellos congénitos, para poder convertirse en un producto sumamente interesante. Puede que no sea ese su objetivo, y eso es tan loable como cualquier otra apuesta dramática, pero lo cierto es que algunos de sus pilares narrativos indican lo contrario, sobre todo si tenemos en cuenta el final de su último episodio, tan inesperado como impactante y que abre todo un mundo de posibilidades para ese futuro más inmediato. El futuro de este tirano al que hace referencia el título está, más que nunca, en el aire.

‘The last ship’ intenta mejorar manteniendo su simpleza en la 2ª T.


La tripulación del barco tendrá de su parte al Presidente de Estados Unidos en la segunda temporada de 'The last ship'.No es la primera vez que me ocurre, y desde luego no será la última, pero siempre me resulta curioso cómo en un producto, una serie habitualmente, la segunda parte puede parecer mejor que la primera si esta es decididamente mediocre. Digo esto porque la segunda temporada de The last ship es, cuanto menos, entretenida, y en algunas ocasiones hasta interesante. Y comparando con los primeros 10 episodios, es todo un adelanto para esta ficción creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro).

Tal vez sea porque, al durar 13 episodios, existe más tiempo para desarrollar determinadas tramas, para abordar mejor las motivaciones de héroes y villanos, y para aportar una mayor complejidad a una idea original que, en si misma, es bastante simple. Sea como fuere, la evolución de esta segunda etapa es diametralmente opuesta, pasando de un conflicto a otro con cierta naturalidad y obligando a los personajes, al menos a algunos de ellos, a modificar sus conductas siempre bajo el marco definitorio que se estableció en los primeros compases de la trama. Dicho de otro modo, la segunda temporada permite al espectador asistir a un entorno diferente en el que ya no es simplemente buenos contra malos en medio del océano, sino en el que juegan un papel importante la manipulación, las comunicaciones y la sociedad que ha sobrevivido a ese letal virus.

A esto se suma, además, el protagonismo que han adquirido personajes secundarios que en la primera temporada de The last ship eran mero contexto dramático. Dado que las expediciones a tierra firme son más habituales, la presencia de los personajes de Jocko Sims (Dreamgirls) y Travis Van Winkle (Mantervention) es consecuentemente más constante, derivando a su vez en un mejor y mayor tratamiento de los mismos. Asimismo, roles como el de Adam Baldwin (Gospel Hill) también evolucionan. En la mayoría de los casos ello es debido a un hecho tan aparentemente sencillo como determinante: la llegada al continente del destructor. Más allá de curas o de conflictos, más allá de héroes y villanos, la posibilidad de que el espectador conozca más a los protagonistas a través de sus relaciones personales y de su contacto con personajes ajenos a su entorno enriquece la historia.

Es por ello que esta nueva etapa tiene un tono más serio, al menos en el tratamiento de la historia y de los personajes. El desarrollo dramático del conjunto se ramifica en una suerte de abanico que ofrece muchas más posibilidades de explorar el mundo creado por Kane y Steinberg, amén de incorporar a unos villanos que ya no buscan la cura. Ni siquiera buscan un conflicto directo. Son villanos cuyo objetivo es autónomo, propio, y que no por casualidad entra en conflicto con el de los héroes. Dicho de otro modo, no dependen de los protagonistas para avanzar, lo cual les hace mucho más interesantes, sobre todo si se introduce al Presidente de Estados Unidos en la ecuación.

Problemas arrastrados

El resultado de este cambio (tal vez sea mejor llamarlo huída hacia adelante) es una mejoría notable en la impresión general de The last ship. Pero nada de ello impide que la serie sea lo que es, un producto propagandístico a mayor gloria de Estados Unidos y con momentos realmente obligados que no hacen sino reducir la credibilidad del conjunto. En otras palabras, sigue siendo una ficción mediocre, con unos actores que hacen lo que pueden con los personajes que tienen (algunos de ellos bastante unidimensionales) y que, en muchas ocasiones, se deja llevar por un desarrollo dramático cuanto menos cuestionable.

Aunque es cierto que esa mayor seriedad en el conjunto se filtra hasta los problemas que arrastra de la segunda temporada, no es menos cierto que simplemente es un lavado de cara para la serie. Es más, se pueden contar con los dedos de una mano los episodios que realmente son capaces de mantener un nivel correcto, sin obligaciones dramáticas absurdas y con diálogos coherentes en los que se aprecie un subtexto interesante. Por regla general, cuando esto se produce el espectador se encuentra a continuación con un giro forzado, encajado en la historia con calzador y que es obligado a aceptar por el bien de la ficción.

Y este es, en realidad, el gran problema de este tipo de producciones. Ninguna de ellas, y por supuesto esta tampoco, es capaz de renunciar a los elementos que reducen su calidad. Y claro está, tampoco logra cambiar su formato para acercarse a ficciones más sobrias, más adultas. Para muestra un botón: la muerte del villano de esta segunda temporada es tan patriota y heroica como  infantil y cómica. Que el capitán de un submarino grite de miedo cuando es derrotado después de todo lo que ha ocurrido a lo largo de 13 episodios es un intento algo burdo de convertirle en una parodia de si mismo.

Pero si algo hay que reconocer a The last ship es su capacidad para generar ganchos dramáticos, lo que sumado a determinados momentos más oscuros en la trama han convertido a esta segunda temporada en un producto superior a su predecesora. Sin ir más lejos, la actitud de la doctora interpretada por Rhona Mitra (Vidas robadas) ante un personaje un tanto odioso es simplemente brillante (no tanto la resolución del conflicto que eso crea), y las muertes en el bando de los héroes han supuesto giros argumentales interesantes, aunque habrá que ver cómo se aprovechan. Y no cabe duda de que el final es tan inesperado como impactante, lo que provoca un futuro prometedor siempre y cuando se decida por arriesgar en terreno desconocido.

La 2ª T de ‘Ray Donovan’ pierde fuerza mientras desarrolla su pasado


Liev Schreiber vuelve a ser 'Ray Donovan' en la segunda temporada.Parece bastante evidente que sin un héroe con carisma y una moral muy bien definida, toda historia se vuelve menos interesante. Y lo mismo ocurre con los villanos, aunque a este elemento dramático los guionistas y realizadores actuales parecen darle menos importancia. Pero tan fundamental como esto es situar a los personajes en una historia con cierta relevancia. La primera temporada de Ray Donovan fue un soplo de aire fresco por la elegante combinación de todos estos elementos, sobre todo gracias a la aportación de Liev Schreiber (El mayordomo) al protagonista creado por Ann Biderman (Enemigos públicos). Esta segunda parte, sin embargo, pierde algunos de sus atractivos debido en buena medida a la ausencia de una trama tan sólida como la primera.

Y todo ello pasa, aunque no lo parezca, por el auténtico villano de la función: Jon Voight (Cuestión de honor). Su personaje, verdadero quebradero de cabeza de Donovan y articulación de muchas de las tramas en los primeros episodios, pierde algo de peso en estos nuevos 12 episodios, lo que a la larga crea un cisma dramático en el desarrollo. No quiere esto decir que no tenga interés o que sus apariciones sean más esporádicas. En realidad, su presencia en la serie sigue siendo la misma, incluso mayor. El problema reside en que el personaje adquiere una independencia perjudicial para el conjunto. Su propia trama secundaria camina por derroteros que poco o nada tienen que ver con el aluvión de problemas que le caen encima al protagonista, lo que divide la historia en dos.

De hecho, cuando Ray Donovan adquiere mayor relevancia en esta segunda temporada es en aquellos momentos en que las historias de ambos personajes se cruzan: el comienzo de la temporada, la fiesta de cumpleaños, el robo final, … Es en estos momentos, que no por casualidad coinciden con un tratamiento más en profundidad de las complicadas relaciones familiares de los Donovan, cuando la ficción adquiere gravedad dramática y profundidad emocional, recuperando las magníficas sensaciones que dejó la primera entrega. En concreto, todo aquello relacionado con la relación entre las tres generaciones que integran la familia (abuelo, hijo y nieto), algo que es heredado de la anterior etapa y que encuentra ahora una cierta resolución.

Pero al igual que arrastra muchas cosas positivas de la primera temporada, la serie también ahonda en algunos problemas que presentaba en su debut. Tal vez mejor que problemas haya que hablar de irregularidades. La más clara es la que representa el personaje de Paula Malcomson (Los Juegos del Hambre: En llamas), que en estos episodios adquiere un histrionismo desmedido. El exceso emocional de este rol sobre el papel choca frontalmente con el carácter introvertido de Donovan, algo muy interesante, pero muchas de sus reacciones resultan algo incongruentes, llevando a esta mujer que parece vivir en la ignorancia más absoluta a situaciones un tanto extremas. Es cierto que ello permite abrir una serie de vías dramáticas interesantes y con futuro, sobre todo aquellas relacionadas con sus infidelidades, pero el riesgo adquirido es muy alto. Tensar tanto la cuerda con un personaje tan relevante puede provocar dos situaciones: eliminarlo de la ecuación o caer en la repetición de patrones.

Heredando problemas

Entre esas cosas positivas que Ray Donovan hereda de su anterior temporada destacan sobre todo los problemas derivados de sus propias decisiones, sobre todo aquellos relacionados con el personaje que encarnó James Woods (Asalto al poder). Las numerosas ramificaciones que esto tiene, y que en cierto modo influyen en algunas tramas secundarias aunque sea de manera tangencial, genera un trasfondo dramático para el protagonista que Schreiber aprovecha espléndidamente para dotar de mayor gravedad a un personaje ya de por sí atormentado. La presencia de la periodista interpretada por Vinessa Shaw (Efectos secundarios) supone todo un revulsivo para la trama, que se renueva con un trasfondo romántico tan interesante como bien elaborado. La relación de amor-odio entre ésta y el protagonista deriva en una serie de decisiones que abren la puerta a una tercera temporada prometedora.

Claro que este no es el único problema que hereda. Quizá la trama más interesante sea la que involucra a la hija, interpretada por Kerris Dorsey (Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso), y el mundo del rap y la violencia en el que poco a poco se ve envuelta. La forma de afrontar la protección familiar por parte de Donovan recupera al personaje que impactó al comienzo de la primera temporada, capaz de hacer lo que sea por lo que considera correcto y necesario. Frío, calculador y totalmente inexorable, la resolución de la temporada por parte del protagonista deja un buen sabor de boca en este sentido, aunque igualmente deja algunos flecos abiertos que podrían ser abordados en los próximos episodios.

Empero, en este intento por mantener diversas tramas Biderman no logra compaginar con éxito algunas historias secundarias, sobre todo la relacionada con el personaje de Ambyr Childers (2 Guns), cuya historia trata de dotar al protagonista de una especie de conciencia simbólica cuyo desarrollo es algo irregular. Del mismo modo, los respectivos conflictos de los hermanos Donovan encuentran una evolución un tanto intermitente, aunque en este caso es debido sobre todo a la necesidad de abordar tramas más importantes. En cualquier caso, estos últimos ofrecen interesantes cambios que sin duda marcarán las pautas para las próximas apariciones, sobre todo en lo que respecta al rol de Eddie Marsan (Sherlock Holmes), al que determinadas revelaciones le afectan de forma directa en todos los sentidos.

Tal vez puede dar la sensación de que Ray Donovan ha empeorado en esta segunda temporada. Eso no es del todo cierto, aunque sí hay que reconocer una cierta pérdida de interés en algunas etapas de la temporada. El tono general de la serie se mantiene, sobre todo cuando el protagonista decide actuar como debe, y desde luego es de lo mejor que puede encontrarse en la televisión. Pero hay varios elementos que lastran el buen desarrollo de la trama. La separación de los roles de Schreiber y Voight es, sin duda, lo que más perjudica al resultado final, aunque no es lo único. Sin estas irregularidades la temporada habría sido, sin duda, espectacular. En cualquier caso, muchos de estos aspectos allanan el camino y abren interesantes vías dramáticas para la tercera temporada.

‘Nashville’ mejora sus personajes pero mantiene problemas en su 2ª T


Connie Britton vuelve a ser Rayna Jaymes en la segunda temporada de 'Nashville'.Hay ocasiones en que es complicado encontrar la evolución dramática de una producción. Su ritmo y su desarrollo suelen ser tan entretenidos que apenas dejan tiempo al espectador para asimilar el contenido último de lo que se cuenta en pantalla. La primera temporada de Nashville se sostenía fundamentalmente de la reiteración de conflictos y de las magníficas composiciones musicales que aderezaban el conjunto. Su segunda entrega, que terminó hace unos meses en Estados Unidos, puede parecer similar a la anterior, con problemas ya vistos y con música por doquier. Sin embargo, si uno se para a pensar en lo narrado durante estos nuevos 22 episodios no es difícil encontrar nuevos planteamientos dramáticos, aunque ello no implique necesariamente que la serie creada por Callie Khouri (Algo de que hablar) mejore en lo que a intensidad dramática se refiere.

Dichos planteamientos nuevos, distintos si se prefiere, tienen mucho que ver con la conclusión de la anterior temporada. El accidente sufrido por los personajes de Connie Britton (serie American Horror Story) y Charles Esten (serie Iluminada) en aquel último episodio no solo puede entenderse como un gancho de final de temporada, sino como un auténtico punto de inflexión a nivel general para redefinir las bases de la serie. Las consecuencias de ese acontecimiento, directas e indirectas, determinan el devenir de la práctica totalidad de los personajes, que interiorizan la idea del cambio de actitud como suya. De este modo, Khouri reconstruye las relaciones personales en clave diferente, lo que en definitiva permite a la serie avanzar y no anclarse en una serie de conflictos que, a todas luces, podían arrastrar la producción hacia un dramatismo excesivo.

Esta idea, además, permite que los protagonistas de Nashville encajen de forma más natural y lógica. Su cambio respecto a la temporada anterior es notable, sobre todo en algunos personajes como el interpretado por Jonathan Jackson (Viaje a las tinieblas), Avery en la ficción. Su papel, uno de los que más interés han adquirido, es el reflejo de esa evolución dramática que ha tenido la serie, que dicho en pocas palabras ha pasado de ser engreída a trabajar con humildad. Incluso roles como los de Hayden Panettiere (serie Héroes) o Clare Bowen (The clinic), los más flojos del conjunto, parecen ganar fortaleza y peso específico. La primera porque encuentra una senda algo más coherente en su papel protagonista, y la segunda porque su ñoñería choca con la cruda realidad. Como consecuencia, el final de sus respectivos arcos dramáticos de esta temporada es bastante más interesante que lo visto con anterioridad.

Y dado que la serie busca esa imagen de renovación, nada mejor que la incorporación de nuevos personajes y nueva música. Este último aspecto, por cierto, vuelve a ser lo más atractivo de la ficción, que incluye algunos números musicales realmente espléndidos, amén de canciones y letras que perfectamente podrían pertenecer a un artista de éxito. No ocurre lo mismo con los nuevos roles incorporados a la trama, que se limitan a representar el papel correspondiente sin demasiados contrastes. El músico amante, el productor despiadado, un nuevo triángulo amoroso, … Ninguno de ellos representa en sí mismos un auténtico reto en el desarrollo de la trama, más bien al contrario: se limitan a sostener algunos de los conflictos presentes y pasados.

Esto ya lo he visto

Pero como decía al comienzo, Nashville no termina de librarse en su segunda temporada de las irregularidades de su debut en la televisión. Unas irregularidades que tienen su origen en la presencia constante de conflictos, dramas y errores que se repiten de forma cíclica e intercambiando sus protagonistas. Si en la primera temporada el personaje de Panettiere tenía problemas con su madre, en esta ocasión es el rol de Bowen. Si en la primera temporada había un número determinado de parejas, en la segunda dichas parejas siguen siendo las mismas, pero intercambiando sus miembros. Todo ello, al final, mina la integridad del conjunto, que termina por verse como un entretenimiento previsible y sin complicaciones que puede disfrutarse gracias a su música.

En este sentido hay que destacar que algunas tramas secundarias tienden a reincidir en una idea una y otra vez. A pesar de que los personajes han evolucionado (algunos más que otros, todo hay que decirlo), sus historias no logran dar el paso definitivo. Esto lleva a que muchos de estos roles cometan el mismo error una y otra vez, abocados a un fracaso absoluto en aquellos aspectos de sus vidas en los que son más vulnerables. Se dice que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pero en el caso que nos ocupa son unas cuantas más. De hecho, parece que dan vueltas en círculos para volver a caer en el mismo punto por el mismo motivo. El resultado es la incredulidad de algunas situaciones, que son forzadas para poder aportar dramatismo pero que, en definitiva, tienen un efecto disuasorio.

Con todo, sería injusto calificar a la serie como una mala producción. Gracias a ese ritmo del que hablaba antes su segunda temporada es bastante más entretenida que la primera, abriendo algo más el abanico de posibilidades dramáticas e introduciendo nuevos aspectos de la producción musical que todos aquellos aficionados podrán apreciar. Tal vez el género country no sea de los más conocidos fuera de Estados Unidos, pero la letra y la música son universales. La mejor prueba del éxito y la buena salud de la serie a pesar de sus debilidades es el hecho de que uno de los episodios, el penúltimo concretamente, cuenta con la participación de la Primera Dama, Michelle Obama, aunque no hay que obviar el hecho de que es un capítulo que enaltece el papel del ejército norteamericano. Sea como sea, su presencia supone un importante espaldarazo a la serie, cuya tercera temporada ya ha comenzado.

En cierto modo, Nashville ha sabido mejorar en su segunda temporada. Los pequeños ajustes realizados con brocha gorda han tenido el efecto necesario para que los protagonistas de este lienzo evolucionen a mejor. Algunas de sus situaciones dramáticas, como la crisis de ansiedad del personaje de Bowen, confirman esta mejora. Empero, sigue arrastrando algunos problemas, fundamentalmente por su empeño en volver sobre dramas y errores ya cometidos, como si la insistencia creara un mayor dramatismo. El efecto es el opuesto. La duda que se plantea ahora es si, una vez mejorados los personajes, la trama abandonará definitivamente sus bucles y se centrará en un desarrollo más directo.

‘Defiance’ sustituye unos problemas por otros en su 2ª temporada


Grant Bowler y Stephanie Leonidas vuelven a 'Defiance' en la segunda temporada.Algo realmente malo tenía que ocurrir para que la serie Defiance no mejorara en su segunda temporada todo aquello que debilitó la primera etapa. Parece que sus creadores, Kevin Murphy (serie Caprica) y Rockne S. O’Bannon (serie Revolution) son conscientes de ello a tenor de lo que se puede ver en estos nuevos 13 capítulos. El problema es que en ese intento de reconducir los problemas de desarrollo que planteaba su primera temporada se han creado otros que, de un modo u otro, dejan en el conjunto la misma sensación de impotencia, de querer ser algo que no puede llegar a ser. Aunque lo verdaderamente preocupante es que estas nuevas irregularidades se deben a elementos de fondo, a diferencia de lo que ocurría en la anterior entrega.

Era lógico que todo aquello que resultaba confuso durante los primeros episodios de la serie sería subsanado conforme el espectador y la trama se acomodaran a las necesidades naturales de esta space opera. Sus personajes, las relaciones entre ellos, las características de las razas, … todo ello adquiere en esta temporada un aspecto renovado gracias al conocimiento previo. Como consecuencia, la necesidad de plantear casos autoconclusivos desaparece, lo que sus creadores aprovechan para abordar tramas más complejas, más profundas y, sobre todo, más desarrolladas. Ahí está, por ejemplo, la trama principal centrada en esa especie de inteligencia artificial empeñada en destruir el planeta para reconstruirlo a su antojo. Murphy y O’Bannon manejan con soltura e inteligencia la difusión de información, creando un suspense que aumenta con el paso de los episodios y, lo más importante, concluye con un clímax de pura ciencia ficción.

La otra gran trama, la que se centra en la familia encabezada por Tony Curran (El buen alemán) y Jaime Murray (serie Dexter), es si cabe mucho más interesante. Lo cierto es que en la primera temporada de Defiance estos personajes, maniatados por sus férreas tradiciones en un mundo donde la diversidad y la tolerancia son las principales señas de identidad, ya apuntaban a un amplio desarrollo, cumpliendo las expectativas a medida que se suceden los episodios de esta continuación. Personalmente, los componentes que nutren esta línea argumental son los que dotan a la ficción de verdadero interés gracias a las traiciones, las intrigas y los recelos que definen a cada uno de los roles. Eso por no hablar del hecho de que son los caracteres con mayor recorrido de la serie, muy por encima de los protagonistas interpretados por Grant Bowler (Asesinos de élite) y Stephanie Leonidas (La fiesta del chivo).

Pero la poca necesidad de mostrar el mundo de la serie y las relaciones entre razas que sustentan su trasfondo dramático no solo ha permitido una profundización en el drama y en la intriga, sino que ha fomentado la aparición de nuevos personajes. Independientemente de su relevancia en el conjunto, es importante señalar cómo su incorporación abre el abanico de posibilidades en lo que a desarrollo de la fantasía se refiere. Su llegada propicia la presencia de nuevas costumbres, nuevos hábitos y nuevos secretos, lo que a la larga amplía la visión que puede tener el espectador sobre el complejo entramado de la ficción. Todo ello permite, además, la introducción de nuevas líneas argumentales que, presumiblemente, tendrán una mayor trascendencia en la ya confirmada tercera temporada.

Debilidades inherentes

Aunque como decía al comienzo, Defiance sigue teniendo problemas. Incompatibilidades dramáticas si se prefiere, aunque sería más exacto denominarlas como debilidades en el desarrollo de los aspectos secundarios de esta segunda temporada. Y curiosamente, la mayoría de ellos vienen determinados por la aparición de los nuevos secundarios. Me explico. Su presencia, aunque insufla aire fresco a la serie (incluso permite al departamento de efectos digitales especular con una Nueva York rediseñada como si de una operación con láser se tratara), nunca adquiere el grado de relevante. Muchos de estos roles, aunque interesantes, no encuentran un buen desarrollo dramático, limitándose a interpretar un papel que les viene dado casi desde antes de su aparición. El jefazo insufrible con un pasado que esconder y motivaciones oscuras; la agente dispuesta a cumplir con su obligación pero de buen corazón; la prostituta capaz de todo por lograr su meta. Todos ellos, no cabe duda, aportan cierto dinamismo, pero en ningún caso logran traspasar la frontera de los meros secundarios arquetípicos. Mucho menos si tenemos en cuenta las influencias nazis de los que se suponen villanos.

Del mismo modo, estos nuevos personajes que reclaman su espacio en la trama obligan a los responsables a restar importancia a otros secundarios que en la primera temporada sí tuvieron una más que evidente relevancia en la trama. El resultado es evidente. Sus arcos argumentales pierden fuerza, los roles se quedan en un plano muy secundario, limitando su participación a meros puntos de inflexión de algunos aspectos de la trama principal, y el desarrollo del conjunto se vuelve algo confuso al no encontrar los mismos referentes de los primeros episodios. Quizá la mejor prueba de ello es que el personaje interpretado por Graham Greene (Cuento de invierno) ha sido incorporado a la trama familiar de Curran y Murray, lo que a su vez ha permitido que se genere un gancho de final de temporada. Empero, la independencia de la que gozaba aquel ha desaparecido, lo cual por cierto elimina, al menos de momento, una línea argumental que podía aportar bastantes cosas a la serie.

Lo más peligroso de estas debilidades es que son inherentes a la propia producción. Ya sea por la complejidad de su planteamiento (muchas razas, mucho trasfondo social y muchos efectos) o por la simplicidad de muchos personajes, la serie parece abocada a no superar sus problemas narrativos. Sí, sus tramas son atractivas. Y sí, la idea de base ofrece innumerables alternativas narrativas y de desarrollo dramático. Pero al final, este tipo de series se basan fundamentalmente en sus personajes, y salvo los principales el resto se antojan demasiado arquetípicos, tanto en sus objetivos como en sus diálogos, lo que termina por restar peso específico a lo expuesto episodio tras episodio. Dicho de otro modo, se conocen las debilidades y fortalezas de cada rol desde el principio, lo cual no debería ser necesariamente malo, pero sí nocivo para las expectativas del conjunto.

Al final, la segunda temporada de Defiance deja un sabor agridulce. Es mucho más entretenida que otras producciones para la pequeña pantalla, y desde luego es algo distinto y fresco. Gracias a unas tramas algo más elaboradas y a la madurez que adquieren algunos personajes la serie supera algunos problemas iniciales, pero no es capaz de mantenerse. La necesidad de complicar la estructura dramática lleva a sus responsables a caer, de nuevo, en algunos problemas de difícil solución. Sin ir más lejos, uno de ellos se resuelve al final de esta temporada de la forma más radical posible. Pero es evidente que eso no puede funcionar siempre, tanto por la credibilidad como por la propia salud de la ciencia ficción. Parece que el interés generado permite extenderla, al menos, una temporada más, pero a menos que empiece a tomarse algo más en serio a sí misma puede que las debilidades terminen imponiéndose a las fortalezas.

‘The americans’ supera sus problemas familiares en la 2ª temporada


Keri Russell y Matthew Rhys tendrán en Lee Tergesen un peligroso enemigo en la segunda temporada de 'The Americans'.Hay veces que cuesta distinguir si una serie mejora por iniciativa propia o si, por el contrario, la percepción del espectador mejora simplemente porque sabe lo que le espera. Cuando The americans presentó su primera temporada las expectativas puestas en esta intriga de espías en plena Guerra Fría no terminaron de cubrirse. Sí, el thriller tenía todos los componentes y su desarrollo era muy completo, pero algo no terminaba de encajar: la tapadera de los dos protagonistas, con una familia por la que se preocupaban y un matrimonio de conveniencia que hacía aguas por todas partes, temblaba cada vez que su creador, Joseph Weisberg (serie Falling skies), trataba de incidir en ella. Era algo a solucionar, y lo cierto es que su segunda temporada ha logrado enderezar la serie para convertirla en lo que se esperaba de ella en su debut: un thriller enriquecido por el drama familiar.

En cierto modo, la trama familiar ha desaparecido como línea argumental independiente para integrarse en el desarrollo del arco principal, que esta vez se centra en un único proyecto que parte, además, del asesinato de dos espías soviéticos a los que los personajes de Keri Russell (El amanecer del Planeta de los Simios) y Matthew Rhys (serie Cinco hermanos) consideraban amigos. Este brutal acontecimiento deriva en una enrevesada trama política y militar cuyas ramificaciones afectan al resto de tramas secundarias, que devuelven el favor aportando numerosos matices que enriquecen la venganza de los dos protagonistas. Como puede apreciarse de este repaso general, la práctica totalidad de los argumentos que se desarrollan en estos 13 episodios están relacionados con el espionaje. De ahí que no quede espacio para los conflictos familiares, salvo cuando influyen en la trama principal como agente activo.

Esto no implica, sin embargo, que Weisberg se olvide por completo de ello. De hecho, buena parte del desarrollo dramático de la trama principal posee, en mayor o menor medida, una influencia familiar notable. Ya sea de forma explícita o como simple referencia, la pareja protagonista debe afrontar los problemas de una hija adolescente que empieza a sospechar de su actitud con el día a día de su labor como espías. Y si bien la evolución del personaje interpretado por Holly Taylor (Ashley) puede resultar algo irritante en algunos momentos, su presencia es tan relevante que se vuelve incluso imprescindible, sobre todo teniendo en cuenta la sorprendente resolución de la temporada, que por cierto enfoca el futuro de The americans en una dirección de lo más interesante por lo poco trabajada que ha estado en el cine y la televisión.

La fusión entre familia y espionaje, algo que fallaba en la primera temporada, es lo que hace crecer a esta segunda parte hasta convertir la serie en un producto atractivo y complejo. Pero como toda buena ficción, debe tener un villano acorde al nivel dramático de los protagonistas. Y ese rol corre a cargo de Lee Tergesen (serie Generation kill), quien compone un personaje violento e inteligente que representa una auténtica amenaza, a diferencia de lo que podría entenderse que hacía Noah Emmerich (Super 8) en los anteriores episodios. La influencia de Tergesen va en aumento a la par que la complejidad de la trama, hasta convertirse en un catalizador de los acontecimientos durante los últimos episodios, dando rienda suelta a una amenaza para la que no están preparados ninguno de los implicados. Una amenaza, por cierto, que permite al espectador asomarse un poco más al entramado de las comunicaciones soviéticas, lo que a todas luces mejora el resultado.

El FBI y los rusos

Durante sus primeros episodios The americans trató de ofrecer una especie de imagen global del espionaje entre Estados Unidos y la URSS. En principio, dicha imagen tenía su máximos representantes en los personajes de Russell, Rhys y Emmerich, este último como agente del FBI. Sin embargo, el thriller que se intuía no terminaba de cuajar, lo cual a su vez debilitó esa primera parte. Dado que el villano adquiere otros rasgos en estos nuevos capítulos, el FBI en su conjunto pasa a un segundo plano para convertirse en protagonista absoluto de la trama secundaria principal, adquiriendo con ello una relevancia que, de algún modo, no tenía anteriormente. Gracias a esta nueva “libertad”, la serie logra desarrollar toda una intriga política y tecnológica en torno a la creación de Internet, en sus orígenes ARPANET.

Ya he mencionado que esta segunda temporada posee una mejor y mayor integración de todos sus elementos, ofreciendo al espectador una imagen más completa. Prueba de ello es el hecho de que esta línea argumental secundaria nace de la trama principal, o mejor dicho del brutal asesinato inicial, cuyo desarrollo se bifurca para dar vida a todos y cada uno de los personajes. Así, toda la lucha entre el FBI y la URSS tiene sus consecuencias en la investigación de la pareja protagonista, y viceversa. En este sentido hay que destacar la evolución que sufre el personaje de Emmerich al ser menos dependiente de la familia de espías. Su papel en la trama, sobre todo la relación que mantiene con el personaje de Annet Mahendru (Escape from tomorrow), se convierte en uno de los procesos dramáticos más interesantes de la serie al convertirle en un títere en manos soviéticas.

Esto, unido a nuevos personajes llamados a adquirir un mayor peso dramático y a la situación en la que quedan otros secundarios, ofrece una amplia gama de posibilidades para esta trama desarrollada en las altas instancias del espionaje. Se establecen así dos niveles narrativos que discurren de forma paralela pero que tienen numerosos puntos en común, además de consecuencias inolvidables en cada uno de los entornos. Todo ello cambia sustancialmente el panorama de la serie y la otorga una madurez necesaria, así como una oscuridad que se intuía en la primera temporada, pero que ahora adquiere una mayor relevancia gracias, entre otras cosas, a la evolución de los dos protagonistas en lo que su forma de entender la lucha se refiere.

Todo esto convierte a esta nueva temporada de The americans en un producto superior a lo que se conocía hasta ahora. Puede que sea porque las expectativas a raíz de la primera temporada estaban un poco bajas, pero en cualquier caso es indudable que la serie ha sufrido un lavado de cara interesante, centrándose en el frágil equilibrio entre la dinámica familiar y los encargos de espionaje. Y lo mejor de todo es que gracias a ese equilibrio la serie ha podido encontrar nuevas vías dramáticas y ha desarrollado varios niveles narrativos que, aunque propios, son dependientes uno de otro. La conclusión de la temporada, con una serie de revelaciones inesperadas, deja en el aire un futuro muy atractivo que, esperemos, siga las indicaciones iniciadas a lo largo de estos episodios.

‘Los amos del barrio’: combatir una invasión y los problemas del sexo


La comedia norteamericana actual está dando un giro muy definido hacia un humor basado en el sexo y en la repetición extenuante de gags. Y lo más llamativo de todo es que suelen ser películas protagonizadas por un grupo de amigos actores surgidos normalmente de la televisión estadounidense. La última en subirse al carro es lo nuevo de Ben Stiller (Algo pasa con Mary), que como suele ocurrir en este tipo de propuestas, no deja de ser un vehículo de lucimiento personal para cuatro actores cómicos que aprovechan la ocasión para desplegar las armas y carencias mil y una veces vistas. Pero a pesar de todo, entretiene y, tal vez lo más importante, no insulta al espectador.

Porque lo peor de este tipo de producciones suele ser su entrega sin condiciones a la mayor bajeza humorística posible, como es el caso de Desmadre de padre. El film podría haberse desviado de su intención inicial (un grupo de vecinos que descubre una invasión alienígena en su barrio) para entregarse a una retahíla sin sentido de referencias sexuales y gags visuales con poca gracia. En cambio, y aunque dichos elementos están presentes en más de una ocasión, están integrados de forma natural en una trama por lo demás algo hilarante.

En este sentido es importante señalar que el desarrollo del argumento peca en algunos momentos de una pesadez que distrae al espectador del alma del relato. La innecesaria historia del matrimonio del personaje de Stiller y la obligación de desarrollarla ante el riesgo de quedar en punto muerto lleva a los responsables a romper la línea cómica para introducir un elemento dramático que, en realidad, no lleva a ningún sitio. Con todo, es un mal menor ante el despliegue cómico de algunos de sus actores y secuencias, entre los que destaca Jonah Hill (El canguro). Su personaje, un joven algo desequilibrado que vive con su madre, es posiblemente lo mejor del conjunto. Su forma de afrontar algunas situaciones (como el encuentro con un alienígena en el sótano de otro de los personajes) es hilarante y, en muchas ocasiones, el único elemento que salva los muebles a la película.

Puede que Los amos del barrio no se encuentre a la altura de otras comedias de Ben Stiller y sus amigos, pero sí está muy por encima de las producciones que, por desgracia, estamos acostumbrándonos a ver en las salas de cine. ¿Podría haber dado más de sí? Sin duda. Pero eso no impide que se disfrute la hora y cuarenta de metraje gracias a la naturalidad de unos personajes que, en el fondo, tienen muchos de los fallos y actitudes que todos, en un momento u otro de nuestras vidas, hemos tenido.

Nota: 6/10

‘Spider-Man 2’, un superhéroe marcado por los problemas de la vida privada


El éxito sin discusión que obtuvo Spider-man (2002) a nivel mundial, unido a la fama del personaje y al hecho de que los principales implicados en el film habían firmado para participar en una trilogía, hicieron realidad una segunda entrega dos años después. Lo cierto es que Spider-man 2 responde a todos los cánones que cualquier continuación debe tener, pero al mismo tiempo posee varios elementos que la convierten en algo más, en un título independiente capaz, más o menos, de mantener una coherencia sin necesidad de conocer el antecedente, y en una historia mucho más compleja emocionalmente que la primera parte.

Desde luego, la clave para lograr ese equilibrio perfecto fue el guionista, Alvin Sargent, que junto a Miles Millar, Alfred Gough y Michael Chabon, autores de unas primeras versiones de la historia, introdujo un elemento que muy pocas veces se ha visto en este tipo de historias: la comunicación entre los problemas personales y la labor de héroe. En efecto, el arco narrativo principal, el más interesante y decisivo, es el que involucra las emociones del protagonista en su papel de estudiante y fotógrafo, no vestido con las mallas azules y rojas. Sus dudas, sus sentimientos encontrados, los problemas económicos, una carrera universitaria pendiente de un hilo, … todos esos problemas, en fin, influyen en diferentes aspectos de la vida de un individuo, y que aquí toman forma como pérdida de poderes.

Claro que la trama es mucho más compleja. A lo largo de sus aproximadamente dos horas de metraje las tramas secundarias viajan de forma paralela hasta encontrar un punto común a través de las necesidades de todos sus personajes. Las búsquedas de cada secundario parecen viajar en líneas independientes hasta un final provocado por uno de ellos donde la diatriba entre monstruo y genio, una constante en el mundo de Marvel, toma forma. Y, como no podía ser de otro modo, la precipitación de los acontecimientos viene provocada por el odio y la venganza de los acontecimientos ocurridos en la primera entrega, y que aquí se repiten en un alarde de coherencia y respeto para con el espectador.

Pero esta historia no se olvida de los seguidores más fieles. Si bien es cierto que la trama es comprensible gracias a la universalidad de sus componentes, no es menos cierto que existen muchos detalles capaces de deleitar a los fans. Sin ir más lejos, el detalle de introducir la reproducción en imagen real de una de las portadas más famosas del cómic (en la que Spider-Man deja su traje en una basura y se aleja) es todo un acierto. Además, los guionistas juegan con la idea de introducir a un futuro villano, el Dr. Curt Connors/Lagarto, profesor del protagonista y un rostro con el que se especuló como posible antagonista de la tercera entrega (al final será en el reinicio).

El resultado de todo ello es un film mucho más sólido que la primera película, marcado en todo momento por el dramatismo de un personaje que podría tenerlo todo pero que se ve golpeado por la realidad una y otra vez. No es de extrañar la decisión. Una vez inventado el mundo visual en su predecesora, era necesario algo más, y eso solo cabía encontrarlo en el texto, en el mayor protagonismo de los secundarios… y en su villano.

Más efectos, más espectacularidad

Siguiendo con la idea iniciada en Spider-Man, Raimi eligió para el villano de turno, el Dr. Otto Octavius (o Dr. Octopus), a un actor que suele ser ajeno a las grandes superproducciones. Alfred Molina, visto en Chocolat (2000) fue el encargado de dotar de emoción a este científico enloquecido tras un accidente en el que unos brazos metálicos se quedan adheridos a su espalda. Y, al igual que ocurrió con Willem Dafoe (Arde Mississipi), su trabajo supera con creces el texto en el que se basa, plagando de sutilezas, de detalles y de emociones a un personaje marcado por la locura y el dolor, obsesionado por recrear el experimento fallido. La maldad de sus miradas y las conversaciones silenciosas que mantiene en su mente con los tentáculos convierten a este villano en el mejor de toda la saga.

Más allá del apartado artístico, empero, Spider-Man 2 también destaca en su apartado técnico muy por encima de su predecesora. Si bien se beneficia de lo desarrollado dos años antes, el uso de los efectos digitales aumenta considerablemente, entre otras cosas por la presencia del antagonista. Sin embargo, Sam Raimi se mantiene fiel a esa idea de utilizar, en la medida de lo posible, los elementos reales, tangibles. Así, diversos momentos del Dr. Octopus (principalmente los planos más cercanos) son recreados con brazos reales movidos mediante cuerdas, mecanismos, etc.

Con todo, los combates exigían mucho más en todos los sentidos, y visto el resultado en la pantalla, no podría haber sido mejor. Además del orgánico movimiento de los tentáculos, los combates, sobre todo el que transcurre sobre un metro que viaja sin control por una vía que termina en el mar, suponen todo un reto narrativo en lo que a planificación se refiere. A diferencia del villano de la primera entrega, ahora hay dos personajes capaces de escalar paredes, lo que abre todo un mundo de posibilidades pero también de complejidades visuales.

El éxito del film deja claro que tanto Raimi como los actores (a destacar la labor de James Franco, todo un viaje hacia la oscuridad emocional) abordaron esta historia con una fuerza y una creatividad inusitadas, ofreciendo no solo todo un espectáculo visual, sino una de las mejores historias del hombre araña que se han hecho hasta la fecha.

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