La primera película de… Juan Antonio Bayona: ‘El orfanato’


Puede que su repercusión no sea tan visible como la de otras películas de la última década del siglo XX, pero El sexto sentido (1999) es, en el ámbito del terror psicológico y la intriga, uno de los títulos más importantes, hasta el punto de haber dado lugar a una estructura narrativa que gusta de utilizar elementos cotidianos para, poco a poco, introducir la incertidumbre, el terror y la ambigüedad, terminando por mostrar una temática totalmente diferente. Una de las películas que beben de dicha influencia es El orfanato (2007), primera película de J. A. Bayona, que acaba de presentar su segundo largometraje, Lo imposible.

La historia gira en torno a una madre que vuelve al orfanato en el que se crió tras comprarlo con la intención de volver a ponerlo en marcha como residencia para niños con Síndrome de Down. Sin embargo, pronto empieza a notar que algo raro pasa: su hijo asegura tener amigos imaginarios, una mujer husmea en las calderas del recinto, y ella misma empieza a ver niños que no deberían de estar en la casa. Para colmo, su hijo desaparece tras descubrir que es adoptado y discutir con ella.

Y hasta aquí contaremos de la trama, pues al igual que ocurre en la película protagonizada por Bruce Willis (Jungla de cristal 3. La venganza), el final contiene un giro argumental inesperado y sobrecogedor, por lo que desvelarlo sería eliminar buena parte del encanto del film. Lo que sí cabría decir es que, a diferencia de la norteamericana, la producción española transcurre por senderos más mundanos. Y eso, en cierto modo, es el mayor acierto de la película de Bayona: un guión que juega al desconcierto con el espectador para revelarle una verdad aterradora en su forma y en su fondo.

Con todo, el film, que sirvió para consolidar a Belén Rueda (Mar adentro) como una musa del moderno cine de terror y suspense, puede pecar para muchos de un exceso de vueltas a una historia que podría ser mucho más sencilla y directa en su desarrollo. Si bien es cierto que el guión trata de evitar a toda costa mostrar sus intenciones antes de tiempo (lo cual es imprescindible en una producción de este tipo), no lo es menos que la profusión de decorados y la introducción de algunos personajes secundarios desvían la atención del drama principal que se centra en la difícil relación de madre e hijo (de hecho, el padre queda en un segundo plano a medida que avanzan los minutos).

Bayona, el gran artífice

Si El orfanato logró el reconocimiento que logró en su momento fue, empero, gracias a la labor de su director. J. A. Bayona firma un trabajo fascinante e impecable que bebe, y mucho, de Los otros (2001), tanto a nivel visual como dramático, pero que cuenta con una personalidad propia basada en una agresividad y una intranquilidad que impregnan cada fotograma.

La fotografía de Óscar Faura, también responsable de iluminar Lo imposible, se mueve en unos tonos grises y apagados que potencian ambas emociones, la agresividad y el desasosiego de un caserón vacío y abandonado donde cualquier esquina parece susurrar horrores del pasado. Su papel, clave en algunos de los momentos más recordados del film, permite ir más allá del guión para acompañar en el viaje dramático a la protagonista incluso en aquellos momentos en los que el libreto decide centrar la atención más en las historias secundarias.

Por supuesto, para que estas historias funcionen se necesita un guión sólido en su estructura básica, y El orfanato lo tiene a pesar de algunas irregularidades de ritmo. Pero al final, lo que termina quedando en la memoria es la agilidad del director para no estancarse en su lenguaje y en su ingenio para contar el film de una forma original y diferente. Y Bayona lo consigue a lo largo de todo el metraje, llegando incluso a contar con algunas imágenes que formarán parte de la moderna historia del cine español.

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La primera película de… David Fincher: ‘Alien 3’


Cuando David Fincher, director de Seven (1995), llegó a la saga de Alien no era nuevo en esto de la dirección. Su larga trayectoria como director de videoclips, algunos de ellos para nombres tan importantes como Madonna, le avalaban como un realizador dinámico, original y capaz de generar un impacto visual digno de la saga alienígena. Su estreno en el largometraje, empero, se vio manchado por elementos ajenos a su control, es decir, por el guión. Y no es que éste fuera malo, pero carecía de la fuerza dramática que sí tuvieron sus dos predecesoras, además de desarrollar algunos conceptos ya iniciados en Aliens, el regreso (1986).

Se puede considerar a esta tercera entrega la más emocional de las cuatro realizadas. Los componentes románticos, amorosos o protectores parecen planear sobre toda la trama tratando de introducir en la misma un punto de vista diferente a la ya conocida historia de Ripley y las criaturas con sangre ácida. Sin embargo, la baza termina jugando en su contra, y lo hace por un elemento que desaparece en la película de Fincher: la supervivencia de unos pocos. En efecto, mientras que en los anteriores films un grupo reducido se enfrentaba a algo desconocido, aquí no solo se conoce ya perfectamente, sino que el grupo es lo suficientemente grande como para tener que estar encerrado en una cárcel… y todos terminan, claro está, muertos a manos del Alien.

En este sentido, mientras que en la película de James Cameron (Terminator 2: El juicio final) la compasión por la niña se desarrolla gracias a un sentimiento materno perdido, aquí el componente romántico parece quedar fuera de lugar, con un Ripley ruborizada en medio de los presos más sanguinarios de la galaxia. Atrás queda la supervivencia por túneles angostos, cámaras a oscuras o nidos repletos de huevos para presentar una historia más bien facilona en la que el monstruo debe quedar patente en buena parte del film.

El problema de Alien 3, por tanto, cabe encontrarlo en el desarrollo dramático de su trama principal y en algunos arcos narrativos que pueden desencajar del conjunto. Con todo, la premisa básica que subyace a lo largo de la trama no es solo original, sino coherente con el resto de las historias, llegando a un final apoteósico en el que el sacrificio personal logra la protección de la raza humana (o al menos eso quiere hacerse pensar). Si en Aliens la raza extraterrestre funcionaba como una colmena, aquí parece hacerlo más bien como una manada, protegiendo al portador del embrión reina de todo mal.

La buena mano de Fincher

Es en este punto, realmente el más llamativo de la historia y el que debería importar al final de la misma, en el que David Fincher da rienda suelta a su particular estilo sobrio y perturbador para narrar un dilema, un trastorno personal marcado por una revelación demoledora, que no es otra que la de saberse portador del mayor monstruo posible.

El particular uso de sombras, como ya hizo, por ejemplo, en Seven, permite al director crear algunas secuencias realmente incómodas, que si bien no alcanzan el grado de perfección de sus dos predecesores, sí dan una idea de lo que podría hacerse con un guión más sólido y, lo más importante, dejan grabado en la mente algún que otro momento inolvidable.

Alien 3 es, en definitiva, un intento por dar una vuelta de tuerca a la historia al mismo tiempo que hacer de broche de oro a la vida de Ripley (magnífica Sigourney Weaver con rapado al cero incluido). El problema es que dicha vuelta de tuerca trata, por un lado, de combinar elementos y referencias de películas anteriores y, por otro, de aportar nuevas ideas que se desarrollen más adelante. Al final, se queda en tierra de nadie. Da la sensación de que podría haber sido mucho más, y ese sentimiento lo produce el trabajo de Fincher sobre un guión que, en muchas ocasiones, transita por la indefinición que provoca el temor a lanzarse a por una idea.

La primera película de… Johnny Depp: ‘Pesadilla en Elm Street’


Han tenido que pasar casi tres décadas para que Johnny Depp, actor muy de moda gracias a Los diarios del ronSombras tenebrosas (Dark Shadows), sea considerado como uno de los profesionales más polifacéticos y mejor valorados por crítica y público del séptimo arte. Casi tres décadas desde que, en 1984, tuviera la ocasión de debutar a las órdenes del maestro del terror, Wes Craven, en uno de los iconos del género, Pesadilla en Elm Street.

El papel de Depp, sin embargo, no fue excesivamente largo. Algo similar a lo que ocurría con Kevin Bacon y su aparición en otro título legendario, Viernes 13. Dado que el protagonismo recaía en una veinteañera Heather Langenkamp (Shocker, 100.000 voltios de terror) y, por supuesto, en el asesino de los sueños Freddy Krueger interpretado por el mítico Robert Englund (el lagarto bueno de la serie V), el resto de personajes se convertían en una excusa como otra cualquiera para mostrar diferentes formas de matar, a cada cual más sangrienta. Si de algo puede enorgullecerse el protagonista de Eduardo Manostijeras es de que su personaje tuvo una de las muertes más atroces del film.

Pero más allá de todo esto, Pesadilla en Elm Street se ha convertido con los años en todo un referente cultural. Cierto es que al igual que actualmente el cine de terror pasa por el falso documental y el torture porn, durante las décadas de los 80 y 90 hubo una obsesión por los ‘serial killers’, los asesinos en serie de carácter más o menos sobrenatural cuyas actividades siempre iban contra la vida de unos jóvenes que les atacaban, bien de forma directa o indirecta.

Sin embargo, la obra maestra de Craven da un paso más para revelarse como una cinta sobre la venganza, sobre el peso de los errores del pasado y cómo estos afectan tanto a los padres como a sus hijos. En efecto, el modus operandi de Krueger, que ha hecho del mundo onírico su fortaleza, consiste en asesinar a los hijos para hacer sufrir a los padres que un día le quemaron ante las sospechas de que abusaba de niños. Mientras que otros asesinos de la época se movían por puro instinto asesino (sus motivaciones fueron cambiando con los años), el criminal quemado de Elm Street sólo vive para hacer sufrir a los que le asesinaron.

Trasfondo onírico

Desde luego, uno de los elementos claves y más originales de la película es el mundo onírico en el que se producen los asesinatos, y que fue explotado y desarrollado hasta la extenuación en posteriores entregas (hasta cinco continuaciones y un remake). Un mundo que, además, bebe de diferentes ideas que también se han desarrollado en diversos relatos, incluyendo otra obra de referencia como es Matrix: si mueres en los sueños, mueres en la realidad.

Y aunque lo que trasciende de esta primera aparición de Johnny Depp (por cierto, uno de los mejores del reparto) en la pantalla grande son, por supuesto, los crímenes, la película se engrandece gracias a los mitos de los que se nutre, y a las diversas ideas morales y psicológicas que plantea la historia. El asesino de la garra es un monstruo, pero… ¿quién le convierte en lo que es? En el fondo, ¿quienes son los responsables de que clame venganza? Y sobre todo, ¿está justificada la decisión de los padres de encerrar a un hombre en una nave y prenderla fuego?

Aun con el lastre de ser considerada como “una más de terror”, Pesadilla en Elm Street es una de las pocas cintas que se elevan por encima de otros productos de la época (no digamos ya de secuelas o títulos nacidos bajo el ala de ellos) gracias principalmente a un personaje principal creado por Craven pero engrandecido por Englund. Es más, hasta el remake parecía difícil imaginarse a otro actor dando vida a un ser tan maléfico como irónico, tan cruel como sádico, que no duda en hacer sufrir a sus víctimas a través de una persecución sin sentido en la que tanto gato como ratón saben cuál va a ser el resultado final.

Con todo, es evidente que la película no es apta para todos los estómagos. Todos los elementos ya citados no evitan que la trama camine por la senda del terror y la violencia, y en esto también fue una de las pioneras. El mundo onírico en el que se producen las muertes (y donde, por cierto, Krueger es inmortal) da pie a unos momentos verdaderamente impactantes en el mundo real, con jóvenes que se despiertan con heridas, camisones que se desgarran solos o, como le ocurre a Johnny Depp, desapareciendo literalmente dentro de una cama para salir convertido en un chorro de sangre.

Pocas películas provocaron el efecto de Pesadilla en Elm Street. Y es que en su momento (y, posiblemente, a más de un adolescente que se considere inmune a sus efectos) muchos chicos y chicas tuvieron problemas para dormir durante algunos días. Al fin y al cabo, buena parte de la trama transcurre en las aulas, donde las posibilidades de dormirse eran altas y las de sobrevivir realmente bajas.

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