‘Arrow’ une pasado y presente en una 5ª T. con un futuro prometedor


Cinco años. Ese es el tiempo que la serie Arrow lleva entre nosotros. El mismo que su protagonista, interpretado por Stephen Amell (Ninja Turtles: Fuera de las sombras) estuvo presuntamente en una supuesta isla desierta sobreviviendo y adquiriendo sus habilidades. Y fruto de esa conexión es esta quinta temporada creada por Greg Berlanti (serie Political animals), Marc Guggenheim (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Andrew Kreisberg (serie Supergirl), cuyos 23 episodios podrían interpretarse como un repaso emocional, dramático y argumental de la serie que, nos guste o no, ha abierto las puertas de una nueva edad dorada para los superhéroes en televisión. Lo que cabe preguntarse es si, más allá de todo esto, la trama es correcta.

La respuesta debería ser ‘sí’, aunque con matices. Después de una cuarta temporada en la que se quiso llevar a los personajes a los rincones más oscuros y dramáticos, en algunos casos recurriendo a herramientas un tanto cuestionables que llevaron la trama por senderos poco acertados, esta etapa se revela como algo más serio, narrativamente mejor estructurado, con giros argumentales elaborados a fuego lento desde el comienzo de la temporada. Para empezar, el nuevo equipo del arquero esmeralda es toda una declaración de intenciones, una suerte de reinicio tanto del apartado visual como de la definición dramática del héroe, dispuesto a abandonar una forma de ser y de abrazar una nueva filosofía. Este punto de partida permite a sus creadores trabajar en un villano excepcional, una némesis idónea que trata de destruir dicha imagen, convirtiéndose en una representación física de esa lucha interna del héroe entre su violento y asesino pasado, y su salvador presente.

Esta idea del bien y del mal que subyace en el ADN de Arrow tiene en esta quinta temporada un discurso aún más reiterativo si cabe que en temporadas anteriores gracias a la presencia de más personajes y a que cada uno, en su trama particular, afronta esa dualidad interna. El caso más evidente, y posiblemente el más arquetípico, sea el de Felicity Smoak, de nuevo con los rasgos de Emily Bett Rickards (Brooklyn). Su presunto paso al lado oscuro para atrapar al villano resulta cuanto menos cuestionable, por no decir risible, teniendo en cuenta sobre todo que en estos años ha participado en decisiones y actos mucho más ilegales. Con todo, sí permite sentar las bases para una evolución del ‘love interest’ y poder salir de un callejón sin salida que parecía atisbarse en un futuro no muy lejano relacionado con este pilar narrativo. Dicho esto, su caso es solo uno de los muchos que nutren la imagen general que estos episodios transmiten, dotando entre todos de una solidez formal a esta temporada mucho mayor.

Comenzaba hablando de los matices a esta correcta y por momentos interesante trama. En efecto, aunque el desarrollo dramático termina resultando coherente y, hasta cierto punto, apasionante, a lo largo del camino el argumento se ha encontrado con varios escollos que ha salvado más o menos bien. Por ejemplo, varios personajes secundarios han entrado y salido sin ofrecer demasiado al conjunto de la historia, lo que lleva al espectador a olvidarlos con relativa facilidad, sobre todo en una temporada tan larga. A esto se suma la necesidad de conectar los diferentes universos seriéfilos creados a partir del arquero de Star City, y que ha llevado a introducir capítulos totalmente independientes que rompen el desarrollo natural de la acción, si bien es cierto que hay que reconocer que lo ocurrido en ellos ha tenido cierta influencia en algunos detalles posteriores. Sin embargo, esto no es suficiente como para que se produzca una integración natural, generando la sensación de estar ante imposiciones comerciales más que ante una apuesta dramática real.

De nuevo en la isla

Lo más destacado de la quinta temporada de Arrow es, sin embargo, esa especie de conjunción de pasado, presente y futuro que se plantea a lo largo de toda la temporada y que tiene su resolución acelerada en los últimos episodios. El hecho de llegar al quinto cumpleaños obligaba a sus creadores a estructurar la trama de modo que, por un lado, pudiera unir el tiempo que pasó (o no pasó, mejor dicho) en la isla con el comienzo de la serie, aprovechando esa circunstancia para abordar la evolución dramática del protagonista y acentuar más si cabe la diferencia entre el primer Oliver Queen y el presentado en estos episodios.

Guste más o menos, esté mejor o peor realizado, lo cierto es que se consigue, y aunque en ese logro tiene buena parte de responsabilidad tanto el villano como el tratamiento de los secundarios, como ya hemos mencionado, también es fundamental el escenario elegido para un final de temporada que deja un gancho dramático como pocos se han visto en esta serie. Posiblemente el último episodio sea el mejor de esta etapa, y lo es porque aúna en menos de 45 minutos todos los elementos ya mencionados: traiciones, la dualidad entre el bien y el mal en el interior del protagonista, un villano sádico hasta decir basta y, sobre todo, unos secundarios cuyas vidas quedan literalmente en interrogante. Es de suponer cuál será el desenlace una vez comience la sexta temporada, pero a pesar de todo genera la suficiente expectación.

Evidentemente, el hecho de que la conclusión se desarrolle en la isla de Lian Yu no es casual, pero incluso dejando a un lado las necesidades narrativas o dramáticas de la trama principal, el escenario tiene un marcado carácter simbólico y un significado que abarca absolutamente todo lo que la serie ha expuesto y explorado a lo largo de estas temporadas. Para empezar, el reencuentro de pasado y presente, tanto físico como psicológico. Y para continuar, la traducción al castellano del nombre es ‘Purgatorio’, muy apropiado para definir lo que vive el héroe en esta etapa. El análisis puede profundizar más si tenemos en cuenta que mientras que durante sus años desaparecido estuvo preocupado de salvarse a sí mismo, en esta ocasión todo lo que hace es por los demás, lo que de paso consolida la evolución del arquero. Si tenemos en cuenta que para derrotar al archienemigo de turno tiene que recurrir a aquellos a los que se enfrentó en ocasiones anteriores, el círculo se completa. Y así sucesivamente con la cantidad de detalles y matices, narrativos y dramáticos, que pueden apreciarse durante ese episodio 23 de la temporada.

Es cierto que Arrow había perdido algo de fuerza en las últimas temporadas. A pesar del dinamismo y la acción espléndidamente elaborada, la trama parecía haber caído en una suerte de bucle sin avanzar demasiado, salvo para presentar a un villano cada vez más difícil de derrotar. Puede que se deba, precisamente, a que era necesario rellenar el espacio hasta llegar a esta quinta temporada, una de las mejores en lo que va de serie. Esa sería una excusa un tanto débil, es cierto. Sea como fuere, la realidad es que las aventuras de Flecha Verde han vuelto a estar en un alto nivel, estructurando la trama desde el principio en un plan orquestado por un villano tan odioso como inolvidable. El significado moral, simbólico y dramático de lo visto en estos capítulos no solo eleva a la ficción a un nuevo nivel, sino que cierra una especie de ciclo narrativo que deberá ser sustituido por otra cosa, por otro ser. Ese interrogante, unido al gancho dramático del último episodio, es una de las cosas que sin duda ha dejado a los fans reclamando más.

‘Almas de metal’, un referente del presente y el futuro de la tecnología


Un fallo lleva a los androides a matar a los huéspedes de 'Westworld'El estreno de la serie Westworld ha vuelto a poner de actualidad un clásico de la ciencia ficción que, para una buena parte del público, había quedado olvidado. El estreno en 1973 de Westworld, titulada en España Almas de metal, supuso toda una revolución en muchos aspectos, y aunque su narrativa puede resultar algo confusa en algunos momentos, amén de una resolución algo tosca en determinadas ocasiones, la cinta escrita y dirigida por Michael Crichton, autor de las novelas ‘Parque Jurásico’, ‘Acoso’ o ‘Esfera’, es uno de los mejores ejemplos de la ciencia ficción que aborda los riesgos de una tecnología que apenas se controla y que se utiliza para el entretenimiento social.

Para aquellos que no conozcan la cinta original y no han visto la serie, la trama se centra en dos amigos que acuden a un parque de atracciones para ricos. El parque está dividido en tres ambientes muy diferentes: el Oeste, el Medievo y la Época Romana. En cada uno de ellos los huéspedes pueden hacer lo que quieran y vivir las aventuras que deseen interactuando con androides tan sofisticados que parecen humanos. Pero algo falla, y el centro de control pierde el poder sobre los robots, que incumplen el mandato de no herir a los visitantes, iniciándose una masacre en la que los dos amigos se verán perseguidos por un implacable vaquero.

Visualmente interesante, sobre todo para su época, posiblemente el mayor atractivo del film sea precisamente el concepto sobre el que se construye el resto de la historia. La idea de un parque exclusivo en el que la tecnología ha alcanzado tal grado de sofisticación que los técnicos apenas llegan a comprenderla sienta las bases de buena parte de la cultura fantástica posterior, incluyendo la propia Parque Jurásico (1993). La incapacidad del ser humano para poder hacer frente a lo que crea se convierte en esta cinta en un aviso de los riesgos de nuestra propia naturaleza, de nuestra seguridad mal entendida que nos impide muchas veces comprender los riesgos reales de tratar con máquinas más fuertes e inteligentes que nosotros.

A esto se suma, además, el uso por primera vez de efectos digitales en un film. Cierto es que era en 2D, con píxeles y de un modo algo tosco, pero supuso el primer paso para una tecnología que, aunque controlamos, ha terminado por invadir el mundo cinematográfico hasta límites que pocos habrían previsto en aquellos años 70. Visto así, Almas de metal habría traspasado su propia dimensión para convertirse en un reflejo de la sociedad, que por cierto cada vez introduce más las máquinas en el día a día del ser humano. Y a pesar de la narrativa, que abordamos a continuación, el final resulta tan inquietante como reflexivo. El hombre es incapaz de acabar con las máquinas por sí mismo, o al menos casi le cuesta la vida, lo que arroja un sombrío futuro para una Humanidad que debe encomendarse a que las baterías de las máquinas se acaben para tener una oportunidad.

Fondo y forma

Todo lo que convierte a Westworld en el clásico que es hoy en día queda enturbiado, sin embargo, por una narrativa algo irregular. La estructura de su guión queda algo descompensada, con un planteamiento más o menos largo, un desarrollo que no termina de enlazar de forma correcta las diferentes ideas que se plantean, y una resolución un tanto apresurada. Así, mientras la exposición de argumentos en los primeros minutos es sólida, el posterior tratamiento de los mismos, con dosis de comedia que no encajan del todo bien, no logra unificar la parte conceptual y la parte narrativa, dejando algunas secuencias inconexas que, aunque permiten clarificar ciertos pilares argumentales, parecen mal encajadas en el puzzle.

Y dado que la forma en que se desarrolla la narrativa es similar a la de Parque Jurásico, es inevitable comparar, o al menos recordar por encima, el modo en que ambas obras tratan su arco dramático y el de los personajes. No se trata de analizar paso a paso el modo en que ambos films abordan el caos de la tecnología y cómo esta termina volviéndose en contra del hombre, sino más bien en la estructura secuencial de cada una de las obras. Y es aquí donde este mundo del oeste habitado por robots cojea en tanto en cuanto la película no presenta una amenaza hasta bien avanzada la trama, sin que las pinceladas que Crichton ofrece sobre los peligros o los problemas que poco a poco se van produciendo puedan implantar de forma contundente el suspense o la intriga.

Dicho de otro modo, hasta prácticamente el segundo punto de giro, que da lugar al tercer acto y a la rebelión de las máquinas, la película es presentada como una aventura casi inocente en la que los protagonistas ríen y disfrutan sin preocupación. La apuesta por unas historias secundarias con marcado tono cómico no ayuda, desde luego, a la gravedad que más adelante adquiere el film, produciéndose un giro conceptual y narrativo tan brusco y tan tardío que apenas deja espacio para que el espectador pueda adaptarse a la nueva realidad, salvo que la conozca de antemano, claro está. En este sentido, y volviendo al film sobre el parque de dinosaurios, Crichton aprendió de sus errores a la hora de plantear la narrativa de su novela, ofreciendo un viaje que pivota sobre una sucesión constante de conflictos.

Con todo, es innegable que Westworld es un referente de la ciencia ficción y el uso de la tecnología en el cine. Más allá de los avances en efectos especiales y digitales, lo realmente atractivo del film de Michael Crichton es su propuesta argumental y el modo en que se abordan los problemas que pueden crear los aparatos tecnológicos y el desconocimiento por parte de la sociedad de su funcionamiento. La labor del escritor como director y guionista sea más o menos convincente puede restar cierto atractivo a determinados momentos del film, que posiblemente habría ganado en las manos más expertas de algunos directores de la época. Sin embargo, eso no debería ser óbice para disfrutar del mensaje que lanza el film y de algunos hallazgos visuales realmente interesantes y, por supuesto, de algunos logrados momentos del film, sobre todo de su tercio final.

‘The Flash’ crece en la 1ª T gracias a su estructura dramática


Grant Gustin es el hombre más rápido del mundo en la primera temporada de 'The Flash'.El ‘boom’ superheroico que hace unos años invadió las salas de cine (y que ha provocado toda una mega estructura narrativa que durará varios años) se ha trasladado de forma definitiva a la pequeña pantalla. A los exitosos experimentos de ArrowAgentes de S.H.I.E.L.D. se suman muchos otros personajes que no solo tienen sus propias historias, algunas mejores que otras, sino que conforman un universo particular que, a menos que algo o alguien lo estropee, se terminará fusionando con el del cine. Pero no adelantemos acontecimientos. Por ahora, analicemos otro de los productos que más éxito han tenido, y cuya segunda temporada ya está emitiéndose. Me refiero a The Flash, personaje cuya presentación tuvo lugar, precisamente en la serie protagonizada por Stephen Amell (Cerrando el círculo).

Creada por Greg Berlanti, Geoff Johns y Andrew Kreisberg, responsables de la construcción del universo televisivo de DC Comics, la primera temporada de esta entretenida serie ejemplifica como pocas los problemas y las virtudes que suelen tener este tipo de producciones, así como las herramientas necesarias para superarlos o aprovecharlas, según sea el caso. Los primeros compases de estos 23 episodios son, en pocas palabras, una apuesta episódica cuyo valor no supera la simple presentación de personajes y sus respectivas tramas, así como una retahíla de villanos a cada cual más original que sirven al espectador para crecer junto al protagonista, al que da vida de forma notable Grant Gustin (serie Glee). De este modo, el trasfondo dramático de la historia, que no desvelaré por aquello de los spoilers, queda en un segundo plano.

O al menos eso puede parecer. Porque lo cierto es que es aquí donde se aprecia la elaboración dramática de la historia. En prácticamente cada episodio se dejan una serie de píldoras narrativas que aportan un nuevo grano de arena a la senda que conduce al espléndido final que tiene la temporada. Pequeñas dosis dramáticas, algunas como ganchos de final de episodio y otras como parte de la historia del capítulo, que permiten al espectador completar un puzzle y entender, al fin, lo que se trata de contar en esta primera etapa. Esta táctica, si bien no es novedosa, sí es el soporte fundamental para que The Flash no caiga en la autocomplacencia, limitándose a una sucesión de villanos. De hecho, y a medida que se acerca al final, los enemigos del velocista de Central City son cada vez menores, dejando más espacio para la auténtica e interesante trama principal.

A esta estrategia se suma un tono divertido, en algunos casos casi infantil, que ayuda a quitar mucha gravedad a lo visto en la pequeña pantalla. A diferencia de la ficción del arquero verde, los primeros episodios del rojo corredor son simplemente entretenimiento y diversión, sin grandes dramas y con mucha ironía. La gravedad que desprende Arrow, y que ha sido uno de sus éxitos, aquí brilla por su ausencia en la mayor parte del desarrollo dramático. Contrariamente a lo que pueda pensarse, esta apuesta se ajusta más tanto al carácter del personaje como a la propia dimensión de la serie, más fantástica. Dicho de otro modo, es un producto para pasar el rato más que para identificarse con los problemas y dudas morales del protagonista. Y si eso se entiende desde el principio, no debería haber ningún problema.

Pasado, presente y futuro

En este sentido, y que me disculpen los más fervientes seguidores de The Flash, la serie tiene más de una producción Marvel que de una producción DC. La primera siempre se ha caracterizado por productos más inocentes, con más acción y menos oscuridad en sus tramas, mientras que la segunda… bueno, no hay más que ver lo que representa la trilogía del Caballero Oscuro. De ahí que esta primera temporada pueda resultar un cuerpo extraño dentro de la estructura dramática que DC imprime a sus historias. Sin embargo, es solo una impresión. La resolución final de estos primeros 23 episodios deja claro que no estamos ante una producción al uso. Asimismo, la introducción de personajes de Arrow, que generan un flujo entre ambas series de lo más enriquecedor, dotan a la trama de la seriedad que podría faltarle en algunos momentos.

Aunque lo que mejor define a esta ficción es la unión entre pasado, presente y futuro que se mantiene a lo largo de todo el arco dramático, y que afecta a todos los personajes en mayor o menor medida. Ese juego entre ciencia, fantasía y superhéroes genera una serie de conexiones entre los diferentes espacios temporales que siempre influyen en el desarrollo de la trama, lo que a su vez crea una mayor complejidad en la narrativa. Nada ocurre por azar, y desde luego ninguna trama, por secundaria que sea, queda sin explicación, que es más o menos sólida. Esta complejidad y el humor que desprenden muchos de sus personajes logran ese delicado equilibrio que permiten a una serie no caer en la autoparodia o en la soberbia, y que la convierten en una producción a disfrutar.

Pero esta unión va más allá. A comienzos de los años 90 se produjo otra serie en torno a este personaje. Aquella ficción estaba protagonizada por John Wesley Shipp (serie Dawson crece) en el papel que ahora interpreta Grant, cuyo padre en la ficción es… el propio Shipp. Pero no es la única conexión. En aquella serie de hace 20 años Mark Hamill, el inolvidable Luke Skywalker de la saga ‘Star Wars’, daba vida al mismo villano que interpreta en esta nueva versión, y que ha pasado estas dos décadas en la cárcel preparando su “obra maestra”, como él mismo dice en un episodio. Y esos son solo dos ejemplos de la relación que los guionistas han tratado de establecer entre aquel Flash del pasado y el que ocupa nuestro presente y nuestro futuro más inmediato.

Lo que se desprende de la primera temporada de The Flash es puro entretenimiento. Sin las pretensiones dramáticas de Arrow, la serie busca en todo momento divertir sin preocupaciones, aunque contando para ello con una sólida trama principal y una cartera de villanos interpretados por rostros conocidos de la pequeña pantalla, desde Wentworth Miller y Dominic Purcell (protagonistas de Prison break) hasta Liam McIntyre (serie Spartacus). Desde luego, es una serie que va de menos a más hasta un clímax notable que deje una buen sabor de boca y que permite pensar en un futuro prometedor para esta producción, sobre todo si tenemos en cuenta que las flujos narrativos entre el arquero y el velocista de DC son cada vez más sólidos.

‘Terminator: Génesis’: el presente de un pasado alterado por el futuro


Arnold Schwarzenegger vuelve a ser el T-800 en 'Terminator: Génesis'.A primera vista la saga ‘Terminator’ puede ser entendida como un mero entretenimiento de viajes en el tiempo, robots de última tecnología y la ya tradicional guerra entre la Humanidad y las máquinas. Pero esta historia creada por James Cameron (Mentiras arriesgadas) va mucho más allá: es una reflexión sobre el destino, sobre la fútil lucha del hombre contra algo que ocurrirá irremediablemente. Por eso esta entrega/reinicio/remake dirigida por Alan Taylor (Mi Napoleón) deja con un sabor de boca tan agridulce, pues combina lo mejor y más tradicional de la saga pero trata de dar un final que no solo no concuerda, sino que además rompe por completo con todo lo visto a lo largo de las dos horas de metraje.

La verdad es que toda película con viajes en el tiempo es un ejercicio de funambulismo muy peligroso. Exige por parte de director y guionista un control de todo lo que ocurre y de todo lo que se dice para que concuerde no solo con el presente, sino con el futuro que todavía está por llegar y con el pasado que todo el mundo conoce. Dicho de otro modo, ofrecer un final que no mantenga intacto el pasado, el presente y el futuro rompe por completo con el desarrollo dramático de la historia. Por ello no tiene mucho sentido la secuencia final de Terminator: Génesis, y por eso no parece muy coherente el giro que da el film hacia su tercio final.

Y es que la película va de más a menos. Con un comienzo espectacular y brillante, la cinta se anuncia como una especie de homenaje a los dos primeros títulos de la serie, ambos clásicos indiscutibles. La presencia de los robots de ambas cintas, algunos guiños a momentos inolvidables y ciertos diálogos cargados de ironía parecen convertir a esta nueva entrega en una referencia constante a lo mejor de este universo. Pero es cuando debe tomar las riendas de su propia historia cuando la cosa empieza a torcerse. Su objetivo de rizar el rizo lleva a sus responsables a crear una trama que no aguanta ni siquiera una mínima reflexión, no digamos ya una “sesuda” discusión sobre la viabilidad de lo visto en pantalla. A esto tampoco ayuda demasiado el reparto, no tanto porque no sean los actores idóneos sino porque sus personajes tienen un punto autoparódico que no termina de encajar bien en el mito de Sarah Connor y Kyle Reese.

Todo ello por no hablar de algunas preguntas sin respuesta que plantea la película. Es cierto que Terminator: Génesis aborda una línea temporal diferente, y como tal tiene libertad para desarrollar la trama a su antojo. Y hasta cierto punto, sale victoriosa del intento. Pero el problema es que está planteada como una historia tradicional y estándar, en la que el final feliz es de obligado cumplimiento y en la que los héroes logran el objetivo completo, esto es, acabar con la amenaza en el pasado, en el presente y en el futuro. Y eso, más que le pese a alguno, no es Terminator.

Nota: 5,5/10

‘Arrow’ logra superarse en su 2ª T uniendo pasado, presente y futuro


'Arrow' deberá enfrentarse a su mayor enemigo en la segunda temporada de la serie.Hace poco afirmaba en este espacio que las adaptaciones de cómics, novelas gráficas y superhéroes están viviendo una época dorada. Uno de los principales culpables de este fenómeno es la serie Arrow, cuya segunda temporada ha terminado hace menos de 15 días. La forma en que esta ficción ha abordado el tema de los héroes enmascarados recuerda mucho a la trilogía de El Caballero Oscuro, es cierto, pero en esta nueva tanda de episodios ha sabido ir más allá. Ha sabido encontrar un sentido propio, una identidad que la define no solo como un entretenimiento en estado puro, sino como una producción de calidad ajena a sus propias circunstancias.

Puede que muchos detractores no encuentren grandes diferencias entre la primera temporada y estos nuevos 23 capítulos. Y en cierto modo, la estructura narrativa es similar, con esos viajes al pasado del protagonista en una isla desierta o las investigaciones eventuales contra villanos arquetípicos. Pero quedarse en eso sería muy injusto para la serie, además de tremendamente parcial. Si algo define (y definirá a largo plazo) a esta temporada es su capacidad para superar sus propias barreras. La dramatización episódica ha dado paso, sobre todo a partir de la mitad de la temporada, a una concepción seriada, a una mayor continuación en las tramas principales y secundarias, y a una mayor profundización en los personajes. Esto, evidentemente, ha tenido sus pros y sus contras, de los que hablaremos más adelante, pero en líneas generales la serie ha sabido evolucionar notablemente, sobre todo en personajes y entramado emocional, lo que sin duda ha beneficiado al conjunto.

En efecto, la segunda temporada de Arrow ha ahondado más en los traumas del pasado del personaje de Stephen Amell (Cerrando el círculo) y cómo esto afecta a sus relaciones familiares, que encuentran en la tragedia uno de los momentos más impactantes y soberbios de la serie en general. Igualmente, la necesidad de ampliar el marco superheróico de la producción ha obligado a incorporar nuevos personajes, ya sean villanos y héroes, que lejos de restar fortaleza a lo visto hasta ahora han logrado consolidar la nueva estructura dramática, gracias fundamentalmente a que sus tramas secundarias han sabido encontrar nexos de unión con la trama principal, que para colmo tiene sus orígenes en los propios orígenes del personaje protagonista, un Oliver Queen del que Amell, por suerte o por desgracia, no va a poder desprenderse en mucho tiempo.

Pero la importancia de estos nuevos capítulos no se limita a una mayor complejidad dramática y emocional (siempre dentro de los marcos propios de una producción de estas características, no lo olvidemos). Ni siquiera tiene que ver con la espectacular puesta en escena y el elegante estilo visual de sus luchas cuerpo a cuerpo, cuya máxima expresión se alcanza en un episodio final simplemente apoteósico y perfecto. No, su verdadera importancia, aquello por lo que ha superado sus propias dimensiones, es el hecho de influir notablemente en el pasado, el presente y el futuro de todo un mundo ficticio generado a su alrededor. Al igual que ha hecho Marvel con sus películas y la serie sobre S.H.I.E.L.D. (y que está haciendo el director Zack Snyder con su Batman vs. Superman: Dawn of Justice), la serie creada por Greg Berlanti (serie Political Animals), Marc Guggenheim (serie Eli Stone) y Andrew Kreisberg (serie Boston legal) ha sido el entorno en el que nuevos superhéroes ha surgido con la intención de tener sus propias series, como es el caso de Flash, al que dará vida Grant Gustin (serie Glee) y cuya propia producción contará con el arquero enmascarado como modelo a seguir.

Grandes villanos

Aquellos que sigan la serie con asiduidad sabrán que uno de los pilares conceptuales de Arrow es que los errores del pasado siempre regresan al presente para ajustar cuentas. Esta temporada ha sido, en ese sentido, un modelo de estructura narrativa, sobre todo si atendemos a la forma en que los secretos y las consecuencias de los actos de los protagonistas se han desarrollado a lo largo de la trama. Para poder analizarlo, sin embargo, es necesario revelar algunos detalles que siempre intentamos ocultar en Toma Dos, por lo que sugiero que si usted, lector, no ha terminado de ver la serie, no siga leyendo. Una vez hecho el correspondiente aviso, retomamos el análisis para abordar esa idea que comentábamos antes acerca del pasado, el presente y el futuro.

Hay muchas teorías cinematográficas que afirman que toda gran película (léase serie o ficción audiovisual) debe tener un gran villano. La primera temporada contó con la inestimable presencia de John Barrowman (serie Torchwood), quien por cierto todavía tiene mucho que decirle al arquero verde, pero en líneas generales presentaba a un villano diferente en cada episodio, lo que a la larga hacía entretenida a la serie pero sin llegar a convertirla en nada más que un entretenimiento de alta calidad. Empero, la reconversión en villano del personaje de Manu Bennett (serie Spartacus), actor que parece haber nacido para este tipo de roles, ha aportado a las aventuras del superhéroe un grado más de complejidad, enlazando una vieja rivalidad con temas como la venganza, el odio o el dolor. Gracias a su aportación, la cual no parece que vaya a terminar con estos 23 capítulos, la serie alcanza un nivel superior al logrado en su presentación en sociedad, erigiéndose como un producto más cuidado en su arco dramático y en su factura técnica. La concepción de Bennett de Deathstroke eleva al personaje pro encima de los demás, incluido el protagonista, dotándole de numerosos matices que generan al mismo tiempo atractivo e inquietud.

Ni qué decir tiene que su sangre fría para torturar psicológicamente al protagonista es de lo mejor que aporta a la serie (el momento del asesinato de la madre es imprescindible), además de ese suero capaz de crear un ejército de superhombres cuyo resultado no es otro que un apocalíptico final por las calles de la ciudad. Su presencia, como decimos, eleva el tono general de la producción, permitiendo al resto de personajes, además, desarrollar algo más sus posibilidades. Claro que si hay una cara tan luminosa siempre tiene que haber una cruz algo más sombría, y esta la representa el personaje de Katie Cassidy (Pesadilla en Elm Street), no tanto por la actriz como por los guionistas, que relegan al rol a una evolución inconstante y carente de objetivo durante buena parte de la temporada. Sus problemas personales nunca logran encajar como deberían en el contexto de los acontecimientos a pesar de los intentos de integrarla, y eso se debe fundamentalmente a que nunca parece existir una utilidad para su presencia, sobre todo cuando el resto de personajes, en mayor o menor medida, aportan algo a la trama, aunque solo sean complicaciones.

De todo esto se desprende que Arrow es una serie magnífica. Y estos nuevos episodios lo son en su gran mayoría. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de una serie de superhéroes. Si alguien pretende poner al mismo nivel a esta producción con, por ejemplo, True detective, que ni lo intente. Las aventuras de este arquero enmascarado han alcanzado un nivel singular, es cierto, pero siempre dentro de los márgenes que acotan el mundo de los superhéroes y los cómics. Por supuesto, ambas características no son antagónicas. La serie ha sabido sobreponerse a su propia imagen de producto distraído para ser la punta de flecha de una estrategia mucho mayor: la creación de un universo en la pequeña pantalla que, al menos en esta producción, tiene todas las papeletas para dejar huella.

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