‘Borgen’ aborda las consecuencias familiares de la política en su 2ª T


La familia tiene un papel fundamental en la segunda temporada de 'Borgen'.Hace poco leía un reportaje sobre el incremento de las ficciones televisivas en los últimos años, reflejo de la importancia que están adquiriendo en la sociedad. Pero entre tantas tramas, tantas temporadas y tantos episodios algunas veces perdemos de vista, yo el primero, que la base de toda buena narración es que los personajes evolucionen a medida que la historia avanza. En algunas series esto es más evidente que en otras, pero es un requisito fundamental si la ficción no quiere quedarse anclada. La segunda temporada de Borgen, serie danesa sobre las relaciones políticas, las tensiones en el poder y el papel de la prensa en todo ello, es una muestra fehaciente de la necesidad de dicha evolución, lo que no quiere decir que siempre sea adecuada.

En efecto, estos segundos 10 episodios abordan un aspecto que había sido tratado en la temporada anterior de forma secundaria, adquiriendo solo cierta relevancia hacia el final del arco dramático. Estoy hablando del impacto que la política tiene en el entorno más íntimo de los personajes. Es cierto que esta línea argumental ya se había abordado durante varios episodios de la primera temporada, pero mientras que la historia se centraba en las relaciones entre política y periodismo (el inicio de la serie es toda una declaración de intenciones), en esta segunda parte la relevancia la adquieren las consecuencias de los actos políticos de prácticamente todos los protagonistas, desde la primera ministra interpretada por Sidse Babett Knudsen (Después de la boda) hasta el jefe de prensa al que da vida Pilou Asbæk (Lucy).

De este modo, Borgen evoluciona hacia un plano más dramático que relega a un segundo plano los conflictos entre política y periodismo que surgen y que, de hecho, se solucionan con relativa facilidad sin ahondar en las consecuencias de muchas de las decisiones. El hecho de que el grueso de la trama lo centren acontecimientos como el ataque al corazón de un colaborador, la ansiedad que sufre la hija de la protagonista o el pasado del rol de Asbæk, marcado por los malos tratos, evidencian un giro dramático que, lejos de convertir la serie en un folletín sin contenido, dota al conjunto de un interés añadido gracias a que, y esto es algo que sí se mantiene de la primera temporada, todas estas tramas secundarias influyen en el devenir de la historia principal, es decir, del día a día de la política.

Posiblemente una de las mejores cartas de presentación de la serie sea, precisamente, su capacidad para encajar todas las tramas y para adaptar la historia a los nuevos acontecimientos de forma fluida y creíble. Las constantes luchas que debe afrontar el personaje de Knudsen se suceden de este modo en base a los acontecimientos que se producen en las tramas dramáticas secundarias, culminando el proceso con su propia retirada temporal de la política. En el fondo, y siguiendo con el análisis puramente narrativo, se logra enfrentar a la heroína ante retos cada vez más complejos que exigen de ella un esfuerzo mayor, llegando al extremo de tener que decidir entre la política y su propia hija. Es en ese momento cuando el personaje queda mejor definido, y desde luego cuando la serie alcanza su clímax.

Personajes relegados

No en vano se produce en el tercio final de la temporada, lo que equivaldría al tercer acto de cualquier guión cinematográfico. Pero no es oro todo lo que reluce en Borgen. Si bien es cierto que el componente dramático adquiere una relevancia especial que nutre a la serie de una forma que la primera temporada no logró, en ese proceso existen daños colaterales que desnivelan el delicado equilibrio de fuerzas que se logró en la temporada anterior.

Dichos daños colaterales se identifican, intencionadamente o no, con la oposición política. Debido en buena medida a que el desarrollo dramático ocupa la mayor parte del arco argumental, Borgen relega a meros instrumentos de conflicto a los partidos políticos en la oposición, así como a muchos personajes que tuvieron cierto peso narrativo en los primeros episodios y que ahora apenas son justificaciones en la trama. Salvo un pequeño protagonismo en los primeros episodios, personajes como los de Peter Mygind (Flame y cirtrón), quien da vida al propietario del periódico crítico con el gobierno, sirven únicamente para ahondar en los conflictos o como vehículo para generar alguno nuevo, sin más desarrollo que el estrictamente necesario para el momento, y en algunos casos ni siquiera eso.

Esto provoca una sensación de vacío que, aunque cubierta con pátinas de efectos dramáticas en los entornos familiares y personales, no logra eliminarse por completo. La consecuencia más directa es que, una vez vista la temporada, el sentimiento de haber perdido intensidad política es notable, incluso cuando objetivamente los acontecimientos desarrollados en esta segunda temporada tienen peso y relevancia por sí mismos. En el fondo, y tal y como termina la temporada, da la sensación de que la intención inicial era destinar una temporada al estudio del sistema político danés, y otra al trasfondo humano del poder.

Pero esto no debe ser excusa para una serie de la calidad de Borgen. Lo cierto es que, a pesar de sus muchas cualidades, la evolución en esta segunda temporada deja por el camino una serie de pilares que no debería haber olvidado. Es por eso que la evolución no siempre es adecuada. Una tercera temporada confirmará si finalmente la serie danesa es una reflexión política o una exposición dramática de los entresijos del gobierno. Lo mejor sería que combinara todos sus elementos. Sea como fuere, eso no quita para que estemos ante una de las series europeas más interesantes de los últimos años.

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La 1ª T de ‘Borgen’ crece a base de política, periodismo y moralidad


Sidse Babett Knudsen da vida a la presidenta de Dinamarca en la primera temporada de 'Borgen'.Están llegando con algo de retraso, al menos en lo que se refiere a la televisión en España, pero poco a poco las series del norte de Europa están logrando hacerse un hueco. Y lo logran gracias a la calidad no solo de sus guiones, sino de todos sus elementos en líneas generales. Contrariamente a lo que pueda pensarse, series como Borgen han adoptado un cierto estilo narrativo y visual europeo basado en el dinamismo, alejándose de interpretaciones más conceptuales. Si a esto añadimos temáticas tan interesantes como el thriller policíaco o la política, se obtienen productos que crecen en interés a medida que se suceden los episodios.

Es lo que ocurre con la primera temporada de esta ficción creada por Adam Price (serie Anna Pihl) que sigue el ascenso al poder de la líder del partido moderado y sus esfuerzos por mantener un gobierno de coalición durante el primer año de mandato al tiempo que lidia con sus propios problemas personales. La relación con los medios, los principios morales y políticos, y los efectos de la política en la vida familiar son los tres pilares fundamentales sobre los que se sustentan sus primeros 10 episodios, emitidos en Dinamarca, país de origen, en 2010. Tal vez lo más interesante es comprobar cómo esas tres patas del trípode que sustenta la trama no solo afectan a la protagonista, muy bien interpretada por Sidse Babbett Knudsen (Después de la boda), sino a la totalidad de los personajes principales.

Desde luego, el aspecto más destacado de Borgen es la visión de la política que plantea. A pesar de que la trama se desarrolla a lo largo de toda la temporada, cada capítulo se centra en uno de los aspectos del gobierno de Birgitte Nyborg, desde escándalos de corrupción hasta conflictos con los otros partidos de gobierno, pasando por rumores, filtraciones, etc. Aunque algunos de los planteamientos pueden parecer un poco idealistas, lo cierto es que el tratamiento de los conflictos en el seno del gobierno permiten apreciar no solo la forma en que se aborda la política en un país como Dinamarca, sino la tolerancia con los delitos, los escándalos y la corrupción… y lo diferente que resulta la forma de encarar esos mismos problemas en los países del sur de Europa. En este sentido, y retomando un poco la idea de la trama de temporada, cada historia episódica posee notables influencias en el desarrollo posterior de los personajes y de la propia trama, lo que termina por convertir al espectador en cómplice de las decisiones, sabiendo que nada de lo que ocurre terminará olvidándose por necesidades del guión.

Del mismo modo, y muy relacionado con los principios morales, el modo en que la vida familiar de la protagonista se derrumba progresivamente desprende una inteligencia y una sutileza notables. A pesar de que en su comienzo dicha relación no termina de mostrarse en todo su esplendor, Price aprovecha los resquicios que le otorgan el resto de tramas principales para minar poco a poco la confianza entre la presidenta y su marido, utilizando para ello la propia política como arma. Así, a medida que la política se inmiscuye en su relación ellos van separándose, alcanzando el clímax cuando es la política la que obliga a uno a supeditarse al otro. Este último momento, sin duda el más dramático de esta línea argumental, adquiere especial significación por lo vivido anteriormente, algo que refuerza la idea de que la serie se construye con las decisiones de los personajes, y no con golpes de efecto al final de cada episodio.

Tramas orgánicas

Aunque sin duda el aspecto más característico de Borgen es el modo en que aborda la relación entre política y periodismo. Es un concepto que pocas veces se ve en pantalla tal y como lo muestra Adam Price. En cierto modo, mientras que la política y las relaciones familiares tienden a situarse del lado de la protagonista (no mucho, pero sí lo suficiente como para empalizar con ella), este aspecto dramático se inclina más bien por la vertiente deontológica y moral de la profesión periodística, planteando de forma sucesiva diversos dilemas profesionales que ayudan a ofrecer una visión bastante realista del día a día de unos informativos de televisión.

Al comienzo afirmaba que estos tres pilares sobre los que se sustenta la serie afectan a todos los personajes. Puede parecer exagerado o excesivamente complicado de desarrollar, pero es así. Esta idea hay que entenderla desde el punto de vista de cada personaje, claro está. Así, el jefe de prensa de la presidenta, al que da vida Pilou Asbæk (Lucy) debe enfrentarse a una vida solitaria marcada por su entrega a la política mientras oculta un pasado que le avergüenza. Por su parte, la periodista interpretada por Birgitte Hjort Sørensen (Autómata) solo entiende las relaciones en las que la política y la actualidad son protagonistas, todo ello mientras lucha por unos valores que parecen haberse perdido. Y así sucesivamente.

Todo ello permite al desarrollo dramático construir de forma orgánica un mundo en el que cada personaje, si bien es cierto que resulta un poco arquetípico, debe hacer frente a sus propias decisiones, a su pasado y a su futuro. Durante el año que transcurre en la primera temporada el espectador es capaz no solo de asimilar las diferentes posturas políticas, morales y profesionales de cada personaje, sino que obtiene una visión en conjunto de una mecánica que no ensalza ni demoniza a ningún personaje, sino simple y llanamente les define por su naturaleza. Claro está que unas naturalezas son más agradables que otras. Dicho de otro modo, no existen buenos o malos, héroes o villanos. Es, simple y llanamente, una radiografía del sistema político danés. Y en esa sencillez nutrida con personajes bien construidos y tramas inteligentes es donde reside lo mejor de la serie.

Está claro que Borgen es un drama político para los amantes de este género. Posiblemente aquellos que busquen acción ni siquiera sean capaces de superar el episodio piloto. Puede que ni los amantes de este tipo de historias tengan demasiada fe a tenor de ese primer episodio, que puede resultar algo flojo si se compara con el resto de la temporada. Pero un voto de confianza a esta primera entrega revela una serie sumamente interesante, con personajes a la altura de la trama y con unas líneas argumentales capaces de nutrirse entre ellas y de crecer de forma conjunta. Una producción muy recomendable que confirma el buen momento de las series del norte de Europa.

‘Matar al mensajero’: los mismos héroes y villanos sobre el papel


Jeremy Renner da vida a Gary Webb en 'Matar al mensajero', dirigida por Michael Cuesta.Hay algo muy curioso en los thrillers ambientados en la corrupción política y el mundo del periodismo: todos ellos son, en esencia, iguales sobre el papel, pero todos ellos dejan un buen sabor de boca una vez que los títulos de crédito hacen acto de presencia. Es cierto que algunos son mejores que otros; que algunos directamente son soporíferos; y que muchos otros son directamente inverosímiles. Pero la base de verdad que suele acompañar este tipo de historias hacen que sus guiones posean una fortaleza única que lleva a los espectadores a estremecerse, indignarse y compadecerse con lo ocurrido en la trama. Lo nuevo de Michael Cuesta (Roadie) no es distinto, para bien y para mal.

Desde luego, si alguien acude a ver Matar al mensajero con la esperanza de encontrar una isla en un océano, mejor será que desista. Nada en la película interpretada por Jeremy Renner (En tierra de hombres), quien por cierto vuelve a un terreno dramático que maneja muy bien, supone una novedad. En este sentido, el desarrollo dramático puede preverse con varios minutos de antelación, pues las situaciones y los lugares son comunes a los que han presentado muchas otras películas (mejores películas) antes que esta. La puesta en escena de Cuesta, además, tampoco opta por una visión más transgresora de esta lucha quijotesca contra unos gigantes que, en esta ocasión, son gigantes de verdad. De hecho, es en el apartado visual donde más flojea el film.

Entonces, ¿no hay nada en ella digno de mención? No hay nada… y todo. Tal vez sea por la época de corrupción que vivimos; tal vez influya el hecho de que determinados aspectos del Gobierno de un país siguen siendo ajenos al gran público; o simplemente que este tipo de thrillers apasionan. Sea como fuere, la película entretiene gracias precisamente a no salirse del guión establecido, a presentar una lucha imposible de un hombre contra el sistema. Una lucha que, todo sea dicho, le otorga una victoria pírrica. Pero el resultado es lo de menos. Lo más interesante reside en el viaje personal y destructivo que vive el protagonista y el modo en que aquellos que le rodean reaccionan al desarrollo de los acontecimientos. Eso y la reivindicación de una profesión, el periodismo, que necesita más hombres como Gary Webb.

La conclusión de Matar al mensajero, por tanto, es que es una aportación más a este tipo de historias. No tiene nada de original, pero aun así entretiene. No tiene pretensiones de ningún tipo, y a pesar de ello logra generar una cierta incomodidad en el espectador al mostrar la espiral en la que se introduce sin red de seguridad. Posiblemente en otras circunstancias esta historia no habría pasado de un mero telefilm, pero gracias al espectacular reparto y a algunas secuencias bastante impactantes (la primera amenaza al protagonista, el final ideal que contrasta con el real, …) la película alcanza un nivel medio. Una prueba más de que a veces es mejor no experimentar y dejar las cosas como están.

Nota: 6/10

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