‘Abracadabra’: hipnótico costumbrismo


He de confesar que la última película de Pablo Berger, Blancanieves (2012) no me impactó tanto como parece que ocurrió con crítica y público. Es cierto que la reflexión a la que invitaba era interesante, pero algo tuvo que no llegó a conmoverme como esperaba. Y lo mismo ocurre con su nueva historia, un drama costumbrista con el machismo y un cierto grado de violencia como telón de fondo y la fantasía como vehículo para una historia que cuenta más de lo que a primera vista podría parecer.

Porque Abracadabra tiene muchas interpretaciones, desde la social a la puramente humana, pasando por la ironía de muchos de sus personajes e incluso por una suerte de terror que en algún que otro momento parece querer llevar la trama por derroteros muy diferentes a los que podría preverse. Todas estas formas de analizar esta cinta se traducen en un guión sólido, plagado de tantos momentos cómicos como dramáticos, con un final simbólico y a la vez esperanzador, y con un reparto que, en pocas palabras, está insuperable, en especial el trío protagonista formado por Maribel Verdú (15 años y un día), Antonio de la Torre (Caníbal) y José Mota (Ekipo Ja). Todo ello conforma una obra que se mueve por escenarios físicos y dramáticos conocidos, pero que a través del objetivo de Berger parecen adquirir un aroma diferente, a veces más rancio y a veces más surrealista.

Entonces, ¿qué hay de malo? En realidad nada. El problema radica en la narrativa de Berger, tan sobria como inexpresiva. Salvo en su tramo final, y en alguna secuencia puntual, el director lleva la cinta con pulso firme pero sin demasiada personalidad en lo que a propuesta visual se refiere. Tal vez se deba al hecho de que la historia, a pesar de sus elementos originales, no deja de ser en el fondo algo que ya ha sido contado en otras ocasiones con una mayor fuerza dramática. Y tal vez se deba también a que en ningún momento parece apostar por ninguno de los géneros a los que pertenece, quedándose en tierra de nadie e impidiendo una conexión más profunda con lo que ocurre en pantalla. Sí, entretiene e invita a la reflexión, sobre todo con su mensaje final, pero todo transcurre como si de un mero relato inocente se tratara. Y eso no concuerda con la sensación que deja en el espectador.

Al final, Abracadabra se pierde ligeramente en su indefinición. El toque cómico de Mota, cuya labor en la cinta se aprecia más allá incluso de su propio personaje, contrasta de forma radical con la violencia y el embrutecimiento del rol de De la Torre. Y en medio de todo eso, una Verdú a ratos divertida, a ratos aterrada, a ratos dramática. Esta amalgama no logra funcionar, o al menos no a la altura del contenido del relato, muy superior en conceptos, desarrollo de personajes y trasfondo moral y social, de lo que la puesta en escena sugiere. Es, en resumen, una película que hace reír, que siempre se ve con una sonrisa incluso en sus momentos más dramáticos, y que arroja un mensaje que tiende a olvidarse demasiado rápido, sobre todo por la gravedad y la importancia del mismo en la sociedad en la que vivimos.

Nota: 6,5/10

‘Expediente Warren: El caso de Enfield’: el terror más documentado


'Expediente Warren: El caso Enfield', más terror en el caso más documentado.La segunda parte de estos casos paranormales basados en las aventuras del matrimonio Warren deja claras dos cosas. Uno, que se puede hacer un cine de terror alejado de sustos fáciles, de efectos de sonidos y con una historia profunda y sólida. Y dos, que James Wan (Saw) es posiblemente el mejor director de terror de esta generación. Y no lo es porque conozca las claves del género, que también, sino por un lenguaje visual tan fresco y diferente que resulta fascinante.

Así, esta nueva aventura deja en evidencia que lo fundamental en cualquier película, sea del género que sea, es contar con una coherencia narrativa y unos personajes que, aunque sea por poco, no sean unidimensionales. La trama, ambientada en Reino Unido, enfatiza en todo momento los conflictos personales y matrimoniales de la pareja a la que dan vida Patrick Wilson (Zipper) y Vera Farmiga (La huérfana), siendo determinantes en la forma de afrontar el caso de ambos investigadores y en las diferencias de las que hacen gala, sutiles pero justificadas. Son ellos, junto a las situaciones que vive la familia protagonistas, los que aportan más dramatismo a una trama, por otro lado, notablemente previsible, con elementos ya vistos en otras cintas de similares características y con un final tan agradable como verídico.

Precisamente ese halo de realismo que imprime el hecho de que sea el caso paranormal más documentado de la historia es lo que genera un escalofrío aún mayor. Más allá de levitaciones y de fantasmas, más allá de demonios y monstruos, la estructura narrativa del conjunto adquiere una coherencia inusitada que se ve acrecentada por la magnífica labor de Wan, quien vuelve a recurrir a la profundidad de campo y a los naturales movimientos de cámara para dejar claro que el miedo está en los espacios mundanos, en los detalles cotidianos. La forma de narrar el primer encuentro entre el matrimonio Warren y el poltergeist es simplemente brillante, y algunos hallazgos visuales de la trama, detalles sin demasiada relevancia a priori, no hacen sino consolidar la idea de que estamos ante un producto notable.

Producto que, para muchos, es sensiblemente mejor que su primera entrega. Expediente Warren: El caso de Enfield es todo lo que se le puede y debe pedir a una secuela: más de todo, pero sobre todo más historia, más trama. Y es por ello que la cinta eleva el terror a un estado casi subconsciente en el que el espectador se sumerge en la historia para hacerse partícipe de la investigación, y no tanto del drama familiar. Aunque parezca banal, este detalle en el punto de vista es crucial para entender que la cinta genera un terror que cala hasta los huesos, pero en ningún momento pone al espectador en el centro de las posesiones, sino que le sitúa en el limbo de creer o no creer lo que ven sus ojos. De él depende que esa noche no duerma.

Nota:7,5/10

[REC], o la apuesta por el suspense en una historia de zombis


Manuela Velasco vive una pesadilla en [REC].Cuando en 1999 se estrenó El proyecto de la bruja de Blair nadie, o casi nadie, podía ser consciente de la corriente formal y narrativa que se iniciaba. Y no precisamente porque la película fuera buena o generase una serie de momentos inolvidables para el espectador. El motivo por el que ha pasado a formar parte de la Historia del cine no es otro que su estilo amateur, su forma de transmitir la sensación de que estamos ante un documento veraz y, sobre todo, por la forma en que supo aprovechar las por entonces incipientes técnicas digitales de promoción y difusión. Unos años después, en 2007, llegaba la que es, sin duda, una de las mejores representantes de dicho estilo, denominado en Estados Unidos ‘found footage‘. Se trata de la española [REC], dirigida por Jaume Balagueró (Frágiles) y Paco Plaza (Romasanta, la caza de la bestia), título que supuso el pistoletazo de salida para una de las mejores sagas que ha dado el género de terror español en años (hasta tuvo su remake americano, Quarantine) y que llega a su fin en su cuarta entrega estrenada estos días.

Su argumento, como suele suceder con estos falsos documentos audiovisuales, comienza de forma inocente e incluso tediosa. Una reportera de una canal de televisión realiza un trabajo de corte social siguiendo la vida de un grupo de bomberos durante una noche. La rutina se interrumpe cuando reciben el aviso de acudir a un edificio. Al llegar allí vecinos y policía alertan de unos gritos en uno de los pisos en el que vive una anciana. La situación cambia radicalmente cuando la anciana les ataca. Será a partir de entonces cuando el caos se adueñe poco a poco de los inquilinos del edificio, que pronto es sellado por las autoridades ante la alerta de un brote químico o biológico que pueda infectar la ciudad. A medida que pasa la noche los inquilinos se irán infectando con un extraño virus que les mata y les resucita convirtiéndoles en seres rabiosos. La única solución parece encontrarse en el ático donde, según los vecinos, no vive nadie.

Dejando a un lado el carácter fantástico y terrorífico de la propuesta, una de las mejores bazas de [REC] fue el realismo que supo imprimirle a su historia, contada casi siempre a través de la cámara de televisión que acompaña a la protagonista, una por entonces poco conocida Manuela Velasco (El club de los suicidas) que se convirtió de este modo en una de las reinas del terror español. Un realismo que puede apreciarse en el desarrollo de la trama ajena por completo al carácter puramente fantástico de la propuesta. La forma en que los personajes afrontan su ignorancia de los acontecimientos es lo que realmente permite un crecendo en la tensión dramática que se apodera de las secuencias, generando mayores conflictos entre los personajes y, por extensión, una mayor angustia que, todo hay que decirlo, se nutre de acontecimientos como el aislamiento o los pocos y confusos momentos en que se ve a los infectados.

El manejo del suspense por parte de Plaza y Balagueró es lo que convierte al film en un modelo dentro del género, y sin duda es lo que lo distingue del resto de secuelas, que inciden en otros aspectos de este artificial microcosmos menos dramáticos y más visuales. En este sentido es importante señalar que el uso de la cámara en mano y de ese estilo subjetivo y poco académico potencia notablemente el sentido de la película. El espectador solo ve lo que la cámara permite ver, por lo que los acontecimientos que se suceden en otras localizaciones solo pueden llegar a oírse o suponerse. Esto remite, una vez más, a esa idea ampliamente analizada de que el mayor terror lo produce aquello que no podemos ver, o lo que es lo mismo, la imaginación es la mejor forma para meter el miedo en el cuerpo. Por supuesto, en este caso la imaginación tiene una inestimable ayuda en forma de infectados que, aunque entre penumbras, gritos y movimientos de cámara bruscos, logran verse lo suficiente como para impactar al espectador.

La clave Medeiros

Decir que [REC] es una película de zombis se ajustaría poco a la realidad, tanto por el tratamiento de los infectados como por el propio estilo audiovisual del film. Y es que a diferencia de otros films modernos del género, su apuesta decidida por generar una atmósfera opresiva, malsana y notablemente angustiosa a medida que avanza la trama recuerda más a los inicios de este tipo de cine, si bien es cierto que los componentes de denuncia social desaparecen casi en su totalidad. Más que los ataques de esos zombis, lo realmente relevante del film reside en los conflictos que se crean entre los que sobreviven, condenados a estar encerrados en el vestíbulo de su propio edificio. Los recelos que surgen entre ellos, los problemas derivados de los roces de la convivencia y la molesta presencia de una cámara que, como siempre se la ha definido, es un testigo que refleja lo mejor y lo peor del ser humano, hacen que la película se olvide en muchos momentos de la verdadera amenaza, que adquiere un papel secundario o, si se prefiere, de ambiente.

Ya he dicho antes que la película es un constante viaje en el que la tensión va en aumento, motivado tanto por los acontecimientos narrados como por la visión única y limitada de una cámara al hombro. Empero, la verdadera clave del éxito de la película estriba en un clímax tan impactante como indescriptible. Prueba de ello es que la criatura que lo protagoniza, la niña Medeiros (Javier Botet, quien también se puso bajo el maquillaje de Mamá en 2013), ya forma parte del imaginario colectivo. Su papel, limitado prácticamente a los últimos minutos del relato, da un giro fundamental a la trama, que hasta ese momento especulaba siempre con una infección de origen animal. Las revelaciones que se encuentran en el ático, escenario de dicha conclusión, revierten por completo el sentido de la historia, lo que no hace sino consolidar la idea de suspense que se había mantenido a lo largo de los minutos anteriores.

Pero es que además Balagueró y Plaza se reservan para ese clímax el que es el momento más impactante del film; una de esas secuencias con mucho ruido y muchas nueces que en su momento hizo a muchos saltar de sus butacas, yo entre ellos. Y la forma de lograrlo es de lo más sencilla: dar el siguiente paso en el estilo que hasta ese momento se venía trabajando. Esto quiere decir que si la cámara había sido la única ventana que el espectador tenía a lo que estaba sucediendo dentro del edificio, ahora dicha cámara se veía limitada por la ausencia de luz, recurriendo a la visión nocturna que, ya de por sí, genera inquietud suficiente aunque lo que se vea sea una película de dibujos animados. Ese final en verde, con ojos brillantes y un foco mucho más concreto en el centro de la cámara dota a todo, escenario y protagonistas, de un cariz antinatural, como si los personajes se adentrasen en un mundo distinto regido por esa niña Medeiros cuya primera aparición deja sin aliento. Este giro formal al más difícil todavía otorga al film un carácter distinto, más tétrico e indudablemente más trágico, sobre todo por el modo en que termina la historia.

Desde luego, [REC] puede y debe ser considerada como un film imprescindible dentro del cine de género en España, y no por convertirse en un film de zombis nacional, sino por su capacidad para llevar más allá ese nuevo estilo de found footage gracias al uso inteligente de la cámara y de la iluminación, manejando en todo momento las claves del suspense por encima del terror más visceral. Lo que realmente sobrecoge no son los infectados o quien muere antes o después, sino la situación que viven los personajes encerrados en ese edificio y condenados a vivir juntos para sobrevivir, algo que como deja clara la película es harto complicado. El giro formal de su último cuarto es la prueba más palpable de esa apuesta por el suspense, que adquiere su máxima expresión al nutrirse del miedo más visual posible. Tal vez sea pronto para considerarla un clásico, pero su influencia sobre el imaginario colectivo y el cine posterior es innegable.

Demasiados subgéneros impiden el desarrollo narrativo de ‘American Horror Story: Asylum’


La locura, la religión y los extraterrestres, protagonistas de 'American Horror Story: Asylum'.Uno de los conceptos más interesantes de la primera entrega de American Horror Story, y por lo que será recordada en el marco televisivo, fue la capacidad de los creadores, Brad Falchuk y Ryan Murphy (responsables de la serie Glee), de hilar a la perfección diferentes historias en el marco de una casa encantada. Todos los personajes, vivos o muertos, estaban relacionados entre ellos por un nexo único más fuerte que cualquiera de ellos y, lo que es más importante, existía un equilibrio entre el aterrador presente y el trágico pasado de cada uno de ellos. El problema del extremo detalle de una trama como esta es que, siendo como era autoconclusiva, una segunda temporada de la serie se antojaba complicada y planteaba varias preguntas: ¿nuevo o idéntico escenario? ¿similar trama o una radicalmente distinta? El resultado, por desgracia, no consigue mantener las expectativas generadas, principalmente por una falta total de objetivo.

No quiere decir esto que sea una mala serie, ni mucho menos. Simplemente, no llega a la perfección que sí tuvo su predecesora y, tal vez lo más importante, abre demasiadas vías narrativas diferentes que nada tienen que ver entre ellas. Por supuesto, cumple con creces su intención primordial, que no es otra que la de generar ansiedad, miedo y cierto rechazo en el espectador. Su factura técnica, en este sentido, tiene poco que envidiar a la primera temporada, sobre todo en ese afán por mostrar la decadencia de ese manicomio regentado por un cura y numerosas monjas a mediados del siglo pasado en el que una monja ejerce con mano de hierro un poder absoluto. Es reseñable, además, la labor de los guionistas por dotar de un rico pasado a cada uno de los personajes, teniendo como denominador común la tragedia, bien personal, bien comunitaria. Analizar cada una de dichas historias daría para rellenar varios artículos.

El problema es el nexo de unión de dichos pasados y, lo que es más importante, de sus presentes. Si en los primeros 12 episodios las diferentes circunstancias personales se encontraban irremediablemente unidas por el espacio del caserón encantado, en esta ocasión trata de ser un tenebroso manicomio el denominador común, aunque con poco éxito. Estos nuevos 13 capítulos abordan tantas temáticas y tan diferentes que resulta muy complicado unirlas con coherencia. Sin ir más lejos, la primera ficha es la presencia de un asesino en serie al más puro estilo Cara de Cuero de La matanza de Texas (1974), pero rápidamente se abandona para centrar la atención en un joven acusado de ser dicho asesino y que, en realidad, ha sido abducido por extraterrestres. A esto habría que sumar la presencia de un miembro del partido nazi que, bajo una identidad falsa como doctor del psiquiátrico, realiza experimentos de lo más truculentos. Y, para completar el cuadro, la presencia del demonio en el cuerpo de una virginal monja.

Todos y cada uno de dichos arcos narrativos necesitan, claro está, su espacio para ser desarrollados. Y dado que todos ellos poseen una carga de interés elevada (generada a partir de la ambientación y del magnífico trabajo de los actores), la consecuencia es que la serie oscila de una a otra sin encontrar un auténtico cauce capaz de aunar esfuerzos en una sola dirección. Por otro lado, y aunque parezca un motivo menor, el hecho de combinar tantas historias de corte fantástico y/o terrorífico impide al espectador identificarse con alguna de ellas de forma completa, lo que a la postre genera cierta insatisfacción. El miedo, por tanto, no proviene de las historias en sí (aunque cada una tiene sus momentos), sino del ambiente claustrofóbico, oscuro y recargado de un manicomio donde las técnicas más invasivas de la terapia de choque estaban a la orden del día.

Mismos actores, nuevos personajes

Antes mencionábamos la labor de los actores, y la verdad es que si no fuera por ellos posiblemente esta segunda temporada se habría diluido hasta ser casi irreconocible. A pesar de contar otra historia en otra época y en otro entorno, los responsables han querido con buena parte del reparto original, algo que ha beneficiado mucho tanto al dinamismo de la trama como a la complicidad de los personajes. Sin duda, el principal atractivo vuelve a ser Jessica Lange (Heredarás la tierra), quien se mete esta vez en la piel de la monja al frente del psiquiátrico. La evolución de su personaje, desde un pasado marcado por el alcohol y la muerte hasta un presente en el que rige con mano férrea (muchas veces excesivamente brutal) el centro psiquiátrico, es ejemplar, sobre todo teniendo en cuenta la situación en la que termina viviendo. Y a pesar de todas las etapas por las que pasa, la entereza y dignidad que siempre aporta a esta mujer es encomiable, creando un personaje tan fuerte y desagradable al principio como capaz de generar compasión al final.

Junto a ella destacan tanto Evan Peters (Rompiendo las reglas), esta vez en un rol mucho menos deprimente aunque igualmente marcado por la tragedia, como el siempre inquietante Zachary Quinto (Sylar en Héroes), quien en esta ocasión se convierte en un psiquiatra de día y asesino en serie de noche. Tal vez sea este el personaje más carismático de todos, no tanto por la dualidad de su personalidad como por el trasfondo psicológico de su psicopatía, que en todo momento retorna al seno materno como origen de sus males personales. La labor del actor, aportando siempre el carisma que le caracteriza aunque sin dejar de generar un cierto grado de inseguridad en su entorno, es sencillamente brillante.

Tal vez una de las mejores pruebas de la reputación que obtuvo American Horror Story es la cantidad de actores conocidos que han decidido participar, tanto de protagonistas como de secundarios, en la compleja y derivativa trama principal, que podríamos identificar con la del asesino en serie. Así, Joseph Fiennes (Enemigo a las puertas), Lily Rabe (Sin reservas), Sarah Paulson (Martha Marcy May Marlene), James Cromwell (Yo, Robot), Chloë Sevigny (American Psycho), Clea DuVall (The Fculty) o Franka Potente (Corre Lola Corre) son algunos de los nombres, a los que habría que sumar los de Dylan McDermott (En la línea de fuego) o Frances Conroy (El aviador), que repiten en la serie con dos personajes bastante secundarios pero de especial relevancia.

Pero todo este carrusel de caras conocidas no impide que, con la conclusión del episodio 13, se tenga la sensación de haber pasado de puntillas por un manicomio del que podría haberse exprimido mucha más tensión narrativa. Es una lástima, pues tanto el comienzo, con esa pareja en luna de miel realizando un recorrido por lo lugares más terroríficos y trágicos de Estados Unidos, como la ambientación, insana y asfixiante como pocas, prometían horas de auténtica lírica terrorífica. En lugar de eso, lo que nos encontramos es un compendio de buena parte de los elementos que conforman el cine fantástico y de terror, desde las posesiones demoníacas a los extraterrestres, pasado por los asesinos en serie o los experimentos monstruosos. Demasiadas líneas narrativas que, por desgracia, impiden centrar la atención en algo concreto.

‘Posesión infernal’, lo grotesco a través de la comedia


Hace unos días comenzó el remake de una película que, para muchos fans del terror, supone un punto y aparte en el desarrollo del género. La nueva versión de Posesión Infernal contará con la presencia de Sam Raimi como productor y estará dirigida por el debutante uruguayo Fede Alvarez. Pero además, se baraja la posibilidad de continuar la saga iniciada en 1981 con una cuarta entrega tras Terroríficamente muertos (1987) y El ejército de las tinieblas (1992). Parece ser que las posesiones demoníacas de Raimi van a volver a estar de moda, por lo que no está de más recordar el clásico original rodado casi sin medios y que supuso el trampolín para un director que ha aportado un estilo fresco y desenfadado a muchos de los géneros que ha abordado.

Tal vez fuese esa falta de medios lo que le aporta la originalidad al film. Con un argumento de lo más simple con algunos elementos sacados del escritor H. P. Lovecraft (como ese Libro de los Muertos con piel humana y escrito en sangre), Raimi y su equipo componen una sinfonía de terror que sorprende a propios y extraños, da igual la época. Sin duda, su exceso de violencia, sangre y vísceras es lo que más atrae a los seguidores y lo que genera el mayor rechazo, pero en cualquier caso la película ofrece mucho más para los estudiosos del cine, entre otras cosas un aspecto de película casera que, quién lo diría, mejora el largometraje a medida que pasan los años.

Comenzando por los efectos visuales, carentes por cuestiones evidentes del toque digital que actualmente tienen todas las posesiones y zombificaciones del cine y la televisión. Lo más característico de la cinta, que hay que dejar claro que nunca se toma en serio a sí misma, es el diseño de los monstruos/poseídos que aparecen poco a poco en la cabaña donde el grupo de jóvenes decide pasar unos días tras desenterrar una vieja profecía escondida en un libro. Mientras que hasta ese momento las criaturas similares habían sido más “de carne y hueso”, el director de Spider-man opta por el maquillaje y los personajes de látex, permitiendo una degradación de los rasgos faciales, los ojos y la boca que, en ese momento, parecían impensables, y aportando al mismo tiempo un cierto tono ridículo a todo el producto.

Esto, claro está, permitía al mismo tiempo explorar mil y una forma de acabar con ellos, algo que se muestra en todo su esplendor. Pero aunque esto sea el grueso del film, este posee momentos verdaderamente aterradores, a medio camino entre el miedo más primario y el suspense más elaborado. Todo gracias a unos movimientos de cámara subjetivos al más puro estilo Tiburón (1975) adaptados para la ocasión, lo que confiere al conjunto un aura sobrenatural y, al mismo tiempo, voyeur.

Comicidad e innovación

Aunque pueda parecer extraño, la cinta de Sam Raimi fue innovadora en casi todos sus ámbitos. La capacidad de realizar un producto de tal magnitud con un presupuesto muy limitado, unido a la visceralidad de sus imágenes y al desarrollo del terror a través de una planificación cuidada convirtieron a esta historia en un referente casi instantáneo. De hecho, unos años después llegó una especie de remake italiano titulado Demons.

Dicha visceralidad, empero, no surge solo de la muerte de las criaturas, sino del concepto fílmico en sí. A pesar de que la historia muestra cómo todo parece nacer de una cita que invoca a los demonios, el recurrente plano subjetivo que ronda a los amigos confiere al relato de una inquietud incómoda que se hace más insoportable a medida que adquiere protagonismo, primero con la violación de un personaje en el bosque, y luego con las técnicas para impedir la huida de los protagonistas, hasta el aciago desenlace final.

Otro de los elementos innovadores es su comicidad. Si hasta la fecha los títulos similares ofrecían una visión seria y apocalíptica de las posesiones y los zombis (con su consabida crítica social), Posesión Infernal resta importancia a todo esto para introducir el elemento cómico. Una comicidad que, no nos engañemos, no recurre a la risa fácil, sino a situaciones inverosímiles que arrancan una sonrisa. Incluso los momentos más trágicos de la trama son planificados con algo de autoparodia, recordando en todo momento que ni siquiera el film se toma en serio a sí mismo.

De hecho, el carácter cómico implícito de la película es explotado de forma mucho más evidente en la posterior Terroríficamente muertos, una especie de secuela/remake donde el superviviente de la primera, Ash (interpretado por el mítico Bruce Campbell), retorna a la cabaña. Sin duda, los mejores medios y un guión más complejo permitieron crear efectos especiales más elaborados. Todo ello tuvo su clímax en la tercera entrega, El ejército de las tinieblas, un auténtico delirio que combina aventura, terror y comedia como pocos títulos son capaces de hacerlo, y que se distancia de sus predecesoras para erigirse como una historia nueva con personajes ya conocidos.

Pero de las secuelas, igualmente icónicas, ya habrá tiempo de hablar. Y aunque poseen elementos que han influido poderosamente en el imaginario colectivo, lo cierto es que es su primera parte la que originó todo un fenómeno que sigue hasta nuestros días, y que tiene un sitio entre los grandes títulos del género y, por tanto, de la historia reciente del cine.

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