‘Molly’s Game’: El póker no es un juego de azar


Aaron Sorkin, creador de series como El ala oeste de la Casa Blanca y guionista de películas como La red social (2010), nunca ha sido un autor fácil. Más bien al contrario, su forma de narrar historias, con personajes complejos, cargados de matices y un bagaje cultural, social y político interminable, obliga a mantener una inusitada atención a lo que se narra, incluso aunque esto pueda parecer una tontería. Su primera película como director no es diferente, y aunque en este caso la realidad no supere a la ficción, su sello sigue dejando algunos momentos realmente extraordinarios.

Momentos que superan, con mucho, la propia historia. Porque más allá de un guión estándar y un desarrollo bastante lineal, sin grandes giros argumentales, el argumento de Molly’s Game, basado en la vida de Molly Bloom, tiende a perderse en su propio juego. El juicio al que se enfrenta la protagonista se convierte en una mera excusa para narrar la vida de esta ‘princesa del póker’, como se la llegó a denominar, una vida rodeada de personalidades y nombres (y hombres) importantes que, más allá del glamour y la sensación de estar siempre en el límite de la legalidad, aporta más bien poca profundidad dramática. Ese es el gran problema del film, que su base argumental, aunque pueda tener interés en un primer momento por los orígenes de la protagonista (magistralmente narrados, por cierto), pierde fuerza a medida que se adentra en la trama y no se generan los conflictos necesarios para que pueda crecer dramáticamente hablando.

El resultado es un film correcto, sin grandes giros pero que es capaz de ofrecer algo en compensación, y es la labor de Sorkin como guionista y unos actores extraordinarios. Curiosamente, es hacia el tercio final cuando todos ellos ofrecen lo mejor de sí mismos. El director y guionista compone un tour de force espléndido para mostrar la vulnerabilidad de un personaje aparentemente fuerte y abordar los orígenes de sus decisiones, en un diálogo entre Jessica Chastain (La casa de la esperanza) y Kevin Costner (Lo mejor para ella) que deja sin palabras. Aunque posiblemente el momento cumbre sea la defensa que hace Idris Elba (100 calles) de la protagonista, en uno de los mejores y más intensos monólogos de los últimos años. Posiblemente el final del film sea lo más atractivo del excesivo metraje, pero hay que reconocer que a lo largo de las dos horas y 20 minutos de duración hay momentos que juegan con la ironía, con el drama y sí, con el póker, que aderezan la por otro lado lineal historia.

En cierto sentido, Molly’s Game es un claro ejemplo de que una historia más bien sencilla puede adquirir peso dramático si los nombres encargados de contarla ofrecen su mejor versión. Claro que esta película, como todo lo que toca Sorkin, no es apta para todos los gustos. Diálogos densos, cargados de información, irónicos y rápidos, muy rápidos. Secuencias complejas, con argot del póker que a los profanos les sonará a chino. Y una duración innecesaria. Habrá quien no acepte estas premisas, pero aquellos que sí lo hagan disfrutarán de unos actores extraordinarios, de un desarrollo dramático sin grandes giros pero cargado de momentos interesantes, algunos brillantes. Como se menciona en un momento de la película, “el póker no es un juego de azar”. El cine tampoco, y el primer film dirigido por Aaron Sorkin es la prueba.

Nota: 6,75/10

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‘Runner Runner’: el buen jugador sabe cuando retirarse


Ben Affleck y Justin Timberlake en un momento de 'Runner Runner', de Brad Furman.Hay ocasiones en que una película, a pesar de su aparente atractivo, envía señales inequívocas de que algo no funciona, de que posiblemente decepciones una vez haya sido vista. Más o menos como la nueva película de Brad Furman (The take) afirma que ocurre en el póquer, en el que el buen jugador se define como aquel que sabe cuándo retirarse. Eso implica que hay mucha gente que no se ajusta a dicha categoría, y por extensión que hay muchos espectadores que tampoco saben cuándo deben escuchar a su instinto. Seguramente más de uno y más de dos se sentirá así una vez se enciendan las luces de la sala en la que proyecten Runner Runner.

La palabra que mejor define este thriller ambientado en el juego online es, aunque parezca un juego de palabras, la indefinición. Sí, la historia está bastante bien montada. La ambientación es tan idílica como cabría esperar, y hasta cierto punto la corrupción y el lujo desenfrenado que rodea este mundo quedan retratados de forma creíble. Pero ya. Si la trama es más o menos acertada, su desarrollo es un ejemplo de mala escritura, con diálogos simplemente absurdos y secuencias que lejos de aportar impiden una visión panorámica del conjunto, pues proponen vías de tratamiento que finalmente se solucionan apresuradamente.

Si los decorados y la ambientación se ajustan a lo que se espera de ellos, los personajes juegan al siempre peligroso juego del gato y el ratón… pero con el espectador. Y en esta ocasión la casa no gana. Es más, sale muy mal parada. El villano de turno queda retratado como un mafiosillo de tres al cuarto cuyas amenazas se identifican como tales únicamente porque utiliza más clichés que insultos. La supuesta jugada maestra, que consiste en ocultar sus verdaderas intenciones hasta el final (menuda novedad, ¿no?), se identifica casi desde el principio, convirtiendo el suspense en una espera un poco interminable para el espectador. Por no mencionar la floja relación sentimental, que más que una motivación o un escollo es una forma de rellenar minutos en pantalla.

Y no hablemos ya de los actores, ninguno de ellos cómodo en su papel y alguno demostrando que se le da mejor estar detrás de las cámaras que delante de ellas. Al final, Runner Runner dura hora y media, y parecen dos horas. La premisa inicial, interesante aunque algo manida, se pierde en una maraña de ideas y viajes a ninguna parte que lo único que hacen es entorpecer lo realmente interesante: la forma en la que el malo va a tratar de atacar al bueno. Un caos indefinido y previsible que, como decimos, demuestra que, como en todos los ámbitos de la vida, hay jugadores buenos y jugadores malos.

Nota: 4,5/10

‘Las chicas de la sexta planta’: póker de criadas españolas


El franquismo y los numerosos exilios forzosos que provocó suele ser tratado por el cine, sobre todo el español, como una consecuencia inevitable, trágica y, hasta cierto punto, humillante que tuvieron que vivir aquellos que perdieron ese terrible acontecimiento que fue la Guerra Civil española. Pocas, empero, ofrecen la visión de aquellas mujeres que, en busca de una vida mejor para sus familias, se vieron obligadas a emigrar a Francia para trabajar al servicio de la alta burguesía y ganar algo de dinero que enviar a sus maridos e hijos. Una idea que se encuentra en el trasfondo de esta nueva película de Philippe Le Guay, la cual comparte alguna que otra similitud con uno de los éxitos del año pasado, Criadas y señoras.

Y al igual que la cinta protagonizada por Emma Stone, la película francesa se nutre excepcionalmente bien de sus intérpretes femeninas, sobre todo las españolas, aunque la soberbia que emanan las mujeres del país vecino es tan marcada que uno puede llegar a coger algo de manía a unos personajes cuya máxima preocupación es mantener un horario y reírse de las ideas de sus criadas españolas. En cualquier caso, son Natalia Verbeke (Nadie conoce a nadie), Carmen Maura (Tetro) y Lola Dueñas (Yo, también) las que llevan el peso de la narración, y lo hacen con una facilidad y naturalidad sublimes. Sus tareas diarias al servicio de unos señores franceses indiferentes se cruzan siempre con sus anhelos, con los sueños de un regreso a su tierra donde un marido, un hijo o, simplemente, una vida mejor les espera con los brazos abiertos.

Pero aunque el film se vuelve entrañable a medida que evoluciona la relación entre la sirvienta interpretada por Verbeke y su señor, el cual se implica poco a poco con todas las chicas de esa sexta planta donde viven casi hacinadas, el guión peca de excesiva sencillez. Sin una buena base de inicio que permita comprender el cambio que se produce en el hombre, el texto se mueve por escenarios relativamente comunes, por situaciones algo conocidas y por diálogos que, en algunos momentos, carecen del dramatismo o la comicidad que se podría esperar. Es hacia el final cuando tal vez adquiere más relevancia la trama, aunque sea demasiado tarde para desarrollar ese nuevo panorama que se presenta.

En cualquier caso, la historia entretiene, y tampoco se le pide mucho más. Quizá si no contara con el reparto que tiene otro gallo habría cantado. Pero eso también es la magia del cine. De hecho, Maura recibió el César por su trabajo, y eso que es menor que el de otras secundarias. Un premio simbólico al plantel de magníficas intérpretes españolas de este film francés y que convierten algunas de las secuencias en auténticas comedias individuales.

Nota: 6/10

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