1ª T. de ‘Legión’, o cómo lograr una serie inusual basada en cómics


El mundo de las adaptaciones de cómics a la pequeña pantalla está siendo tan exitosa como repetitiva. La estructura narrativa de las diferentes series que han surgido a lo largo de estos últimos años comparten la base de enfrentar al héroe contra un enemigo externo, salir derrotado varias veces, replantearse sus propios miedos y motivaciones y, finalmente, vencer la mencionada amenaza en un heroico acto que represente su cambio psicológico y emocional. Es por eso que un producto como Legión, surgido de la mente de Noah Hawley (serie The unusuals), no solo es un soplo de aire fresco en este mundo superheroico, sino que aprovecha al propio protagonista para ofrecer una historia completamente diferente en su forma, compleja y retorcida, que obliga al espectador a prestar una inusual atención a la historia y los personajes, habitualmente de lo más flojo en estas ficciones.

Para aquellos que no conozcan la historia, un breve resumen. El protagonista es un joven y poderoso mutante encerrado en un psiquiátrico por considerar que está enfermo. Sin embargo, un grupo formado por mutantes y no mutantes decide rescatarle junto a otra mutante para que se una a su grupo, explicándole que lo que muchos consideran una enfermedad (incluso él mismo lo ha llegado a creer) es en realidad un increíble poder telépata. Sin embargo, sí existe algo dentro de él que trata de poseerle y robarle su poder, una entidad que ansía vengarse del padre del joven, al que este nunca llegó a conocer.

Narrado así, el argumento de esta primera temporada de 8 episodios puede resultar algo sencillo, e incluso similar al de series ya vistas. Pero Legión dista mucho de ser una serie convencional. Hawley aprovecha las posibilidades que ofrece el mundo de la mente, los recuerdos y los poderes mutantes para construir una narrativa tan fragmentada como la mente del protagonista, con constantes saltos en el tiempo dramático y con numerosas líneas argumentales paralelas que vienen a explicar lo que ocurre en el mundo real y lo que ocurre en el plano psíquico. La combinación es tal que, salvo por algunos tratamientos formales con sutiles diferencias (en algunos casos mucho más evidentes), puede llegar a confundirse el espacio en el que se desarrolla la acción.

Y aunque esto pueda considerarse una debilidad, pues sin duda muchos espectadores pueden dejar de lado la serie, en realidad es su mayor fortaleza. La serie es sumamente compleja, es cierto, pero al mismo tiempo copa todas las expectativas. De hecho, las supera. El que la trama se articule de un modo más o menos lineal, con el héroe luchando contra una amenaza externa y una interna, dota al conjunto de una coherencia que, de otro modo, se perdería. Por otro lado, el caos que puede parecer a simple vista su tratamiento formal termina, una vez superados los primeros capítulos, por ser algo enriquecedor, pues permite apreciar una amplia variedad de matices que aportan una mayor profundidad dramática a los personajes, sobre todo al protagonista, del que se desvelan poco a poco aspectos que deberán ser tratados en las siguientes temporadas.

Más allá de los poderes

De hecho, y aunque a priori es una serie sobre mutantes con extraordinarios poderes, Legión logra su máximo esplendor precisamente en el tratamiento de los personajes y en el modo en que presenta el enfrentamiento entre el bien y el mal dejando esos poderes a un lado, y recurriendo a ellos únicamente como herramienta para desarrollar aspectos de la trama mucho más profundos desde un punto de vista dramático. Esto hace que la primera temporada se distancie, y mucho, de producciones similares, convirtiéndola por ende en algo casi único en su forma y su contenido. Asimismo, la aportación cromática del diseño de producción es simplemente brillante, abordando la evolución del protagonista a través de una paleta de colores enriquecedora en todos los sentidos posibles.

Por su parte, el reparto, espectacular del primero al último, aporta a los personajes una entidad y una sobriedad sin igual. Incluso aquellos definidos más por su ironía logran engrandecer sus respectivos papeles gracias a una apuesta por llevar todo al extremo, siempre considerando unos límites. Evidentemente, esto convierte en muchas ocasiones a los protagonistas en arquetípicos, limitando en cierto modo la versatilidad y los diversos rostros que todos ellos tienen. Sin embargo, estas debilidades, que en realidad son puntuales, se compensan con el tratamiento argumental, con esa apuesta por los mundos de la mente, los recuerdos y la psicología, que ponen a los héroes ante situaciones tan complejas como peligrosas.

Y por si el camino recorrido en esta primera temporada no fuese lo suficientemente interesante, el episodio final deja en el aire muchas preguntas y tramas secundarias abiertas, amén de dar a la principal una futura segunda oportunidad que, esperemos, llegue más pronto que tarde. El hecho de que Hawley explore durante estos capítulos el pasado del protagonista interpretado por Dan Stevens (La Bella y la Bestia) enriquece los matices de este joven acusado de estar loco. De nuevo, sus poderes son algo casi secundario, dando más relevancia a sus todavía desconocidos orígenes (al menos para aquellos que no conozcan su trayectoria en los cómics) y generando la expectación necesaria para demandar más sobre él en la siguiente temporada.

El mejor resumen de Legión podría ser que es una serie de superhéroes muy, muy inusual. Alejada de formatos tradicionales y recurriendo a un personaje relativamente poco conocido entre el gran público, esta primera temporada absorbe todas las potencialidades de las capacidades y las explota al máximo, generando un universo único, colorido y fragmentado en el que realidad y ficción, mente y espacio físico se confunden para contar una compleja historia de miedos internos, amenazas externas y remordimientos arrastrados durante décadas. Una serie, en definitiva, en la que los mutantes son más bien personajes que deben afrontar sus problemas como cualquier otro. Una serie en la que los poderes no tienen el protagonismo. El problema es que esto puede cambiar a medida que se desarrollen esas capacidades sobrehumanas, pero esperemos que eso tarde en llegar, si es que llega alguna vez. Por lo pronto, solo se puede disfrutar de este debut.

1ª T. de ‘Stranger things’, homenaje a una forma de entender el cine


Los chicos de 'Stranger things' buscarán a su amigo cueste lo que cueste.Hablar de series y cine por regla general es hablar de dos conceptos narrativos y visuales muy diferentes. Pero hay casos en los que ambos mundos, con sus particularidades, tienden a confundirse. Y uno de ellos es ese fenómeno titulado Stranger things, una de las obras maestras de la pequeña pantalla que homenajea un concepto de cine perdido hace ya muchas décadas pero que ha sentado las bases de mucho de lo que vemos hoy en día. Pero esta ficción de fantasía, amistad, valentía y amor creada por los hermanos Duffer (Matt y Ross, autores de algunos episodios de Wayward Pines) es más, mucho más que un mero homenaje, y eso es precisamente lo que la convierte, casi de forma automática, en uno de los referentes clásicos de la televisión moderna.

En efecto, los 8 episodios de la primera temporada están plagados de referencias a los años 80 y a las obras de Steven Spielberg (Tiburón) y Stephen King, autor de ItEl Resplandor. De hecho, los propios creadores han reconocido la influencia de ambos. Pero gracias a esas referencias los hermanos Duffer construyen todo un mundo en el que la inocencia deja paso a la madurez en unos personajes que todavía sueñan con juegos de rol, con llevarse a la chica o con salir con el “más guay” del instituto. En definitiva, sueñan con un mundo diferente al que viven. Ese trasfondo dramático dota a la trama de numerosos niveles interpretativos que, aunque tienen como nexo de unión la desaparición de un personaje y la presencia de una criatura de otro mundo, permiten enriquecer un mundo tan familiar como fascinante.

Las numerosas tramas secundarias que se dan cita a lo largo de esta primera etapa de Stranger things tienen, por otro lado, un notable desarrollo enfocado en todo momento a un único objetivo. Si bien la desaparición de un niño es el detonante de la historia, en muchos casos no deja de ser una sencilla pero eficaz justificación para mostrar aspectos mucho más humanos e íntimos de personajes que, a priori, nada tienen que ver con esa historia. Puede llegar a parecer, incluso, que sus historias poco tienen que ver con lo verdaderamente importante de la trama, pero nada más lejos de la realidad. En esta ficción todo cuenta, todo tiene un porqué y todo, absolutamente todo, está relacionado. ¿Y cuál es ese objetivo? Lo he mencionado antes: la madurez.

Las aventuras que viven los jóvenes protagonistas no dejan de ser un forma de abordar la desaparición de la niñez. Los problemas a los que deben enfrentarse para encontrar a su amigo desaparecido les lleva a experimentar el miedo, la rabia, la desconfianza o ese sentimiento de ruptura con lo que hasta entonces habían conocido. Todo ello enriquece un viaje aderezado con aventuras, con poderes mentales y con criaturas de otros mundos envuelto en una factura técnica simplemente impecable y con una coherencia narrativa aplastante, hasta el punto de que el último episodio, a pesar de tener un final feliz, deja un extraño sabor de boca al insinuarse que la realidad tras esa felicidad no es tan ideal como pudiera parecer.

Personajes fundamentales

En realidad, el final de la primera temporada de Stranger things es el broche de oro para una serie que asienta sus pilares sobre dos conceptos fundamentales. Por un lado, y como hemos analizado, el trasfondo dramático más allá del carácter fantástico, de criaturas o poderes psíquicos. Pero por otro, y no menos importante, están los personajes que habitan el mundo creado por los hermanos Duffer. Vaya por delante que los niños protagonistas, todos sin excepción, se han hecho un hueco en el imaginario colectivo de forma instantánea. Pero dado que este es el análisis habitual, me centraré en los personajes adultos, sobre todo en Winona Ryder (serie Show me a hero) y David Harbour (Caminando entre las tumbas). La labor de ambos es tan espléndida como ajustada al contexto general de la serie, sobre todo en el caso de Ryder.

Aunque nunca he rechazado su trabajo, Winona Ryder siempre me ha parecido una actriz menor, con cierto talento pero que necesitaba trabajar mucho varios aspectos para poder mejorar sus papeles. En el caso que nos ocupa, sin embargo, logra algo complicado: llevar a su personaje más allá de lo estrictamente recogido sobre el papel. La desesperación de la que hace gala la actriz, el punto de locura que imprime a las acciones de esa madre que ha perdido a su hijo pequeño, al que todos dan por muerto menos ella, es sencillamente magistral. Todo sin llegar a parecer neurótica o rozar el ridículo, lo cual es más difícil si cabe en un papel como el que afronta en la serie. El caso de Harbour tiene, si cabe, más contenido, pues el sheriff al que interpreta evoluciona con la propia serie, pasando de ser un borracho a recuperar la persona que era antes, narrando por el camino un pasado que ayuda no solo a comprenderle, sino a identificarse con él en la investigación del caso.

Y a pesar de que preferiría no hablar de ellos, analizar esta primera temporada sin mencionar, aunque sea brevemente, a los más pequeños de la ficción sería un trabajo incompleto. Los cinco personajes interpretados por los jóvenes Fin Wolhard, Millie Bobby Brown (serie Intruders), Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin (serie Shades of blue) y Noah Schnapp (El puente de los espías) son el mayor atractivo que se encuentra en la serie a primera vista. No solo por sus interpretaciones, todas ellas más que notables, sino por las relaciones tan naturales que parecen establecer entre sus personajes y que, dicho sea de paso, se antojan algo más que obligadas por un guión. Son ellos, con su interpretación de lo que ocurre y su pasión por la fantasía sin temer a lo que ocurra los que logran que el espectador vuelva a sentirse niño, al menos aquellos que ya tienen una cierta edad.

Personalmente creo que hay pocas series que puedan considerarse verdaderamente imprescindibles. Sí, algunas son recomendables, otras entretenidas y otras dignas de ver. Pero Stranger things entra en esa categoría superior en la que solo hay títulos que definen la forma que está tomando la ficción en la televisión actual. Diferente, fresca, dinámica y compleja, la serie de los hermanos Duffer es prácticamente perfecta. Habrá quien arranque defectos, y de hecho alguno tiene, pero no solo se pueden pasar por alto, sino que entran dentro de la lógica narrativa de cualquier historia, lo que en la práctica convierte a este regreso a los años 80 en un producto impecable.

1ª T. de ‘Jessica Jones’, thriller de superhéroes sin mostrar poderes


'Jessica Jones' deberá derrotar a Kilgrave en la primera temporada.Si hace no demasiado tiempo se hablaba del diferente trato que Marvel daba a sus superhéroes en el séptimo arte, ya fuera en cine o televisión, respecto al que estaba dando DC Cómics, ahora el sentido de esa reflexión ha cambiado. Como si de vasos comunicantes se tratara, el tratamiento juvenil y despreocupado de personajes como Spider-man, Capitán América o Iron Man está pasando a superhéroes como Flash o Supergirl, mientras que la madurez y el tono oscuro de las historias está llegando a producciones como Daredevil o la que ahora nos ocupa, Jessica Jones. La primera temporada de esta última es el claro ejemplo de que se pueden hacer producciones serias, descarnadas y con un ácido sentido del humor a pesar del componente fantástico que inevitablemente tienen que tener.

Los primeros 13 episodios de esta ficción creada por Melissa Rosenberg, guionista de la saga Crepúsculo, utilizan una estrategia narrativa que viene usándose desde los orígenes de la Humanidad. La trama aborda a la protagonista en mitad de una crisis personal marcada por un pasado turbulento que, alcoholismo y personalidad aparte, está definido a su vez por un trauma psicológico tan profundo como imposible de olvidar. Y es esta base emocional la que define todo un arco dramático espléndido que extiende sus raíces a todas las tramas secundarias que se dan cita en la temporada. En cierto modo, es la definición perfecta de que el pasado no solo nos define como personas, sino que siempre vuelve para atormentarnos.

Todo ello convierte a Jessica Jones en algo más que una entretenida serie de superhéroes capaces de hacer cosas extraordinarias. De hecho, y eso parece ser marca de la casa Netflix, los efectos son más bien sencillos, limitándose en su mayoría a elementos tangibles que aportan, si cabe, más veracidad al relato. Esta primera etapa convierte a esta investigadora privada en víctima de malos tratos, de un acoso psicológico que genera una agresividad y una especie de ansiedad por la autodestrucción que impregnan todo lo que se puede ver en las imágenes, incluyendo los decorados. En cierto modo, los poderes de la protagonista, que interpreta notablemente bien Krysten Ritter (Big eyes), quedan en un segundo plano en el tratamiento argumental, que se centra más en las emociones y en la lucha contra un pasado representado por un extraordinario David Tennant (serie Gracepoint).

Este interés por el aspecto más introspectivo del personaje de Ritter, unido a la ausencia en muchos episodios de muestras de fuerza o de violencia destructiva, convierten a la serie en un producto fresco, diferente, más cercano al thriller o al género policíaco que a la aventura o la acción. Por supuesto, el tratamiento de los personajes está unido a un diseño de producción impecable, capaz de diferenciar en todo momento los diferentes ambientes en los que se mueven los personajes, amén de la incomodidad que sugieren cuando se mezclan entre ellos. Dicho todo esto, la serie también deja espacio para los fans, pero el hecho de que ofrezca algo más para el público en general la convierte en una de esas producciones dignas de ver.

Crudeza superheróica

Así que sí, Jessica Jones se acerca más a un thriller policíaco que a una “peli de superhéroes”. Su tono oscuro y la ausencia de poderes en muchos de sus tramos la convierten en una producción atípica, casi tanto como su protagonista. Y aportan al conjunto, además, una crudeza conceptual pocas veces vista en televisión, y no digamos ya en un producto de este tipo. Crudeza que está ligada, por otro lado, a la presencia del villano. A medida que éste adquiere más protagonismo, la dureza de las escenas va en aumento, hasta el punto de mostrar algunas imágenes sencillamente escalofriantes, muertes incluidas.

Y eso es algo que no solo no suele verse en este tipo de cómics o en este tipo de series, sino que es difícil encontrarlo en productos ajenos al terror o al thriller más violento. No quiere esto decir que la ficción creada por Rosenberg sea una especie de salvaje intriga en clave superheróica, pero sí es indicativo del cariz que se ha querido imprimir al desarrollo dramático, ajeno a concesiones románticas o adolescentes y más entregado a un pesimismo y derrotismo que conduce a los personajes hasta sus propios límites, empujándoles en muchas ocasiones hacia un vacío del que tratan de huir constantemente.

Pero como decía antes, la serie también tiene espacio para el fenómeno fan. La presentación en sociedad de un personaje como Luke Cage, interpretado por Mike Colter (Brooklyn Lobster), es posiblemente la mejor prueba de que se pretende construir un universo similar al que ya existe en la gran pantalla. Su participación en la historia deja, además, interesantes aspectos no solo de cara al futuro, sino también para comprender mejor el desarrollo dramático de la protagonista. De nuevo, el personaje de Colter aúna ese carácter puramente superheróico con un trasfondo dramático notable, y cuyas consecuencias solo se comprenden a medida que se desarrolla la historia.

En definitiva, lo que ofrece Jessica Jones es una historia, un elaborado desarrollo dramático de los personajes para sustentar una historia tan oscura y trágica como los propios protagonistas. No se trata de crear un entretenimiento; ni siquiera de adaptar un nuevo cómic. Es más bien la necesidad de tomar como excusa a estos roles con poderes para abordar problemas reales con los que los espectadores se identifican. De ahí la ausencia de un despliegue de efectos especiales al uso, optando más por el minimalismo. Y de ahí también que vengan a la cabeza conceptos como violencia psicológica, autodestrucción personal o conflictos morales. Todo ello está ahí, y está narrado de tal modo que traspasa la frontera del clásico superhéroe. Es cierto que Jessica Jones es una antiheroína, pero es que su serie tampoco es tópica.

‘Heroes Reborn’, un producto víctima de su propia leyenda


Robbie Kay y Danika Yarosh son los héroes destinados a salvar el mundo en 'Héroes Reborn'.Desde que Toma Dos inició su andadura he analizado todo tipo de producciones, ya sean cinematográficas o seriadas. Pero creo que nunca había afrontado una ficción que fuera víctima de su propio mito, de la leyenda creada a su alrededor. Y es lo que le ha ocurrido a Heroes Reborn, una especie de reinicio/secuela del producto que allá por 2006 creó toda una corriente fan a su alrededor. Su creador, Tim Kring (serie Touch), ha tratado de recuperar el espíritu de aquella primera temporada (que no las siguientes, donde la trama descarriló notablemente), pero en su empeño ha cometido errores similares a los que presentaba aquella historia.

El primero y más relevante es que estos 13 episodios vuelven a contar con un amplio repertorio de personajes con poderes, todos ellos estratégicamente relacionados para un final apocalíptico en el que todo lo acontecido previamente encuentra un significado final. Más allá del mejor o peor desarrollo dramático de la historia, que analizaré más adelante, la historia ofrece pocos, por no decir ninguno, incentivos originales. En realidad, Kring aprovecha los mejores personajes de la trama original para que se conviertan en una suerte de mentores, en aquellos que entreguen el testigo a una nueva generación que, casualidad o no, tienen unos poderes similares, algunos incluso idénticos.

A esto se suma una estructura argumental parecida. Una misión para salvar el mundo, las visiones que sirven de guía, los protectores casi involuntarios de estos salvadores, los villanos de turno con poderes de todo tipo, etc. La combinación de unos y otros elementos convierte a Heroes Reborn en un reflejo demasiado nítido de aquella primera temporada, con la salvedad de que carece del halo de clasicismo que ya ha adquirido, a pesar de los pocos años transcurridos, esa historia. La pregunta que cabe hacerse es ¿por qué un reinicio de este tipo? La respuesta parece evidente, a tenor de los fans que siempre ha tenido este universo, pero el modo de responder es lo que ya no es tan lógico.

Si algo han demostrado las actuales series de superhéroes es que, en líneas generales, lo que funciona es una construcción de pirámide invertida, es decir, pivotar la acción sobre un único individuo, cuya trama se desarrolla sólidamente durante varios episodios (incluso temporadas) y, posteriormente, introducir otros roles que complementen y antagonicen con el héroe de turno. Así ha ocurrido en Arrow, en Flash, en Daredevil y en un sinfín de producciones. Y es este, precisamente, el conflicto irresoluble al que se ve abocada esta nueva serie y/o continuación. Dado que el universo ya es conocido, y que los poderes son tan variados, se puede realizar una apuesta por mostrarlos todos juntos, en una especie de festival de imaginación. El problema es que esto conlleva la presencia de muchos, posiblemente demasiados, personajes con cierto peso en la trama, lo que a la larga termina por generar el mismo número de tramas secundarias con una importancia similar y, en consecuencia, una pérdida del interés real de la historia.

Más efectos, menos desarrollo

La principal consecuencia que sufre Heroes Reborn de todo esto, además del constante paralelismo con el original, es que el desarrollo dramático de los personajes es excesivamente plano, y con ello la historia pierde fuerza de forma gradual. A pesar de la presencia de personajes como los de Jack Coleman (Beautiful loser), Greg Grunberg (Speed asesino) o Masi Oka (Jobs), todos ellos recuperados de la trama inicial, la historia cuenta con tantos roles nuevos y desconocidos, y con un bagaje dramático a sus espaldas tan complejo, que es imposible lograr un desarrollo adecuado de todos ellos. Y dado que la historia no se centra en ninguno en particular (al menos no en lo que a tiempo de metraje se refiere), el resultado es que sí, el espectador conoce el papel de cada uno en la historia, pero no les llega a conocer lo suficiente como para comprender algunas de sus reacciones, por mucho que posteriormente pretendan explicarse.

De hecho, dicha explicación, que llega a mitad de temporada, es posiblemente lo mejor de toda la serie, un giro argumental que ayuda no solo a comprender toda la historia, sino a los personajes con los que se lleva conviviendo durante tantos episodios. Y aunque es un buen recurso, su impacto en el desarrollo posterior de la historia es prácticamente nulo, por no decir inexistente, pues el único impacto aparente (esa mariposa de la que tanto hablan en la trama) termina siendo más bien un simple efecto dramático sin mayor trascendencia. En resumen, unos episodios que podrían haber servido para dar un nuevo punto de vista a la trama se utilizan, simple y llanamente, para explicar al espectador algo que debería haberse desarrollado a lo largo de los 13 capítulos en una estructura quizá más tradicional, pero posiblemente más efectiva.

Esto no quiere decir que la serie no esté bien estructurada, al contrario. Las diferentes tramas que presenta poseen un manifiesto atractivo, sobre todo la protagonizada por Robbie Kay (serie Érase una vez). Y desde luego la historia aprovecha el vertiginoso avance en efectos digitales para crear algunos poderes espectaculares, incluida la referencia a los videojuegos que tanta relación tiene en los últimos años con el mundo de los superhéroes. Pero el problema es la ficción en su conjunto. Dicho de otro modo, las partes tienen una solidez que no tiene el todo, lo cual debería ser motivo de análisis por parte tanto de la productora como de su creador, que tiende a reincidir en una propuesta que parece abocada al fracaso a tenor de las cancelaciones anticipadas de sus últimos productos.

Posiblemente si Heroes Reborn hubiera sido una serie original, sin el bagaje cultural y social que ya tiene el universo creado por Tim Kring, habría logrado un efecto similar al de aquella primera temporada de 2006. Similar, que no igual, pues el tono oscuro de aquella no lo tiene esta, y la complejidad moral de muchos de sus personajes aquí brilla por su ausencia. Pero a lo problemas propios de la historia se les añade otro, en parte ajeno. El mito que rodea a la serie hace inevitables las comparaciones, o al menos tener presente en el recuerdo las sensaciones que ya ha dejado en los fans, sean buenas o malas. Y ya se sabe, las comparaciones son odiosas.

‘Batman v Superman: El amanecer de la Justicia’: de Dioses y Hombres


Henry Cavill y Ben Affleck se ven las caras en 'Batman v Superman: El amanecer de la Justicia'.Roma no se construyó en un día. Y si los romanos no pudieron, los de DC Cómics, Warner Bros. y todo el equipo que ha trabajado en este entretenido film de superhéroes no pueden construir todo un universo en una sola película, por muy larga que esta sea. Es por ello que esta continuación de El hombre de acero es también una precuela de lo que está por llegar. Y esa dualidad le resta capacidad para definirse en uno u otro sentido, lo que sin duda perjudica al conjunto.

Porque sí, como secuela Batman v Superman: El amanecer de la Justicia es digna sucesora. A las dudas sobre el carácter todopoderoso del hijo de Krypton se suma la atormentada personalidad del murciélago de Gotham, muy bien encarnado por un Ben Affleck (Ases calientes) hipermusculado para la ocasión. Si bien es cierto que sus historias corren de forma paralela durante casi todo el metraje, la forma en que se entrecruzan y se integran poco a poco representa un buen ejemplo de construcción dramática creciente para alcanzar un inevitable clímax en forma de enfrentamiento. A esto se añade la pieza que, posiblemente, es lo más interesante de la trama: Lex Luthor (sensacional Jesse Eisenberg –El amor es más fuerte que las bombas-).

Su presencia como agente caótico es sublime. Su intervención en la historia como catalizador que dinamiza y, poco a poco, se desvela como un marionetista nato, es brillante, tanto por su actuación como por el modo en que los guionistas desvelan con cuenta gotas su participación en el desarrollo dramático del film. Gracias a él y a Batman el tono oscuro que ya tuvo la primera película se acrecienta hasta encontrarnos con un substrato emocional que apunta directamente a la infancia y a los traumas que todos los personajes cargan a sus espaldas. Y desde luego, la estética formal utilizada por Zack Snyder (Watchmen) es el envoltorio idóneo.

Pero algo falla en este conjunto. Más allá del hecho de que las historias de ambos superhéroes se muevan en paralelo durante buena parte de la historia (lo que pone de manifiesto que Batman es más interesante, en general, que Superman), el problema es que la cinta necesita minutos, mucho minutos, para presentar personajes que deberían haber tenido espacio en otros films y de forma mucho más distribuida. Lo que Marvel ha logrado en varios años a través de secuencias extra, de cameos y de películas independientes, DC parece querer hacerlo en una cinta, en unos minutos y en una sola historia. Y el resultado es que, literalmente, sobra. Aporta poco, por no decir nada, al conjunto de la trama, lo que rompe el ritmo narrativo.

En cualquier caso, Batman v Superman: El amanecer de la Justicia es una película para disfrutar. El poderío visual de Snyder vuelve a estar presente de forma abrumadora, sobre todo en su tercio final y en esa monstruosa batalla que vuelve a destruir media ciudad. Y la forma de integrar las historias de los dos superhéroes principales en una única trama a través de un villano común que maneja los hilos de forma notable representa una construcción dramática más que interesante. Pero en mucho momentos la historia se va por las ramas, perdiendo la perspectiva de lo que narra para introducir lo que está por llegar. Y lo que está por llegar, por cierto, es una nueva era de Dioses y Hombres. Por si a alguien le quedaba alguna duda, tenemos superhéroes (o meta-humanos, según se mire) para rato.

Nota: 7,5/10

2ª T. de ‘Agentes de S.H.I.E.L.D.’, más superpoderes a la trama


El mundo alienígena adquiere protagonismo en la segunda temporada de 'Agentes de S.H.I.E.L.D.'.Cada vez resulta más evidente que para determinados géneros y determinadas tramas televisivas el formato episódico es infructuoso. La serie Agentes de S.H.I.E.L.D. lo experimentó en sus propias carnes durante la primera temporada, salvando los muebles como sus protagonistas, es decir, en el último momento. Pero una vez superado el bache, lo que nos encontramos en esta segunda etapa es un producto consciente de su dimensión, de sus posibilidades y de sus fortalezas. Y de nuevo como el grupo de protagonistas, ha sabido aprovecharlas en beneficio propio para evolucionar de forma espléndida.

Desde luego, lo más interesante de estos nuevos 22 episodios creados por Maurissa Tancharoen, Jed Whedon y Joss Whedon (serie Dollhouse) es la facilidad con la que entrelazan los diferentes arcos dramáticos de los personajes para conformar una historia fluida que salta de una trama a otra sin altibajos, sin excesivos sobresaltos y, lo más importante, de forma orgánica. Si bien es cierto que la perspectiva general es la de abordar el pasado del personaje interpretado por Chloe Bennet (serie Nashville), en la práctica esto ha permitido desarrollar el trasfondo del resto de roles a través de sus respectivas historias.

Esto no quita para que no existan momentos de cierta zozobra narrativa, como esa primera parte de esta temporada en la que Agentes de S.H.I.E.L.D. parece regodearse en exceso en la búsqueda de una localización a través de la obsesión de una escritura alienígena. Pero incluso ese aspecto, que gira sobre sí mismo en demasiadas ocasiones, debe ser visto dentro de una imagen mucho mayor que ayuda a comprender otros aspectos que posteriormente se desarrollarán en los capítulos. De hecho, es gracias a eso que el espectador puede llegar a comprender buena parte del mundo que se presenta en la segunda mitad de la temporada, que al igual que ocurrió en la primera entrega, es sensiblemente mejor.

La incorporación de nuevos personajes, además, ha generado un extraño equilibrio. Por un lado, no han logrado quitar el protagonismo al equipo principal, ya sean héroes o villanos, como es el caso del personaje de Brett Dalton (Beside Still Waters); por otro, han aportado el dinamismo y el contexto necesario para enriquecer la trama y crear una serie de historias paralelas que ayudan a la trama principal a desarrollarse libremente, sin la presión de tener que presentar conflictos constantemente y sin la necesidad de giros argumentales artificiosos. Dicho de otro modo, estas historias han ayudado a cubrir los huecos que invariablemente deja toda trama principal en su desarrollo, ofreciendo al espectador una imagen global del mundo Marvel que aborda la serie.

Más allá de los superhéroes

Una imagen global, por cierto, que se completa con algo que la casa responsable de superhéroes como Spider-Man o Iron Man ha sabido hacer mejor que nadie. Así, a lo largo de esta segunda temporada de Agentes de S.H.I.E.L.D. no solo se dejan ver algunos actores que encarnan a personajes relevantes en las películas que cada año llenan salas de cine en todo el mundo. También tienen especial relevancia los propios acontecimientos de dichas películas, que influyen en mayor o menor medida en el desarrollo de la propia serie.

Todo ello crea un gran fresco que los fieles seguidores de estas películas encontrarán sumamente interesante. Que el personaje de Ruth Negga (Guerra Mundial Z) sea capaz de ver lo que ocurrirá en Los Vengadores: La era de Ultrón, o que los acontecimientos de Capitán América: El soldado de invierno (2014) determinen algunas historias secundarias de esta temporada son solo algunos ejemplos de cómo cuida los detalles la Casa de las Ideas y de la importancia que le da a la retroalimentación entre todos sus productos.

Aunque desde luego uno de los aspectos mejor abordados de esta segunda temporada es cómo ha evolucionado hacia los superhumanos, o mejor dicho los Inhumanos. Una de las máximas de la serie siempre ha sido la de presentar a un equipo sin superpoderes que es capaz de funcionar y resolver conflictos sin superhéroes, pero en esta tanda de episodios la trama ha evolucionado para presentar un mundo en el que hombres y superhombres, humanos y “mejorados”, conviven de diversos modos. Por supuesto, y como ocurre siempre en cualquier cómic, la transición ha sido dolorosa e incluso mortal para muchos personajes, pero el resultado no podría ser mejor, y sobre todo, dejar la trama en un mejor punto de arranque para la tercera temporada.

En definitiva, Agentes de S.H.I.E.L.D. no solo logra mantener el nivel en esta segunda temporada, sino que ha sabido evolucionar hasta encontrar un equilibrio entre el mundo de los superpoderes y el “mundo real” en el que en teoría se enmarcan los principales personajes. Como si de un cómic se tratara, y ese es uno de sus mayores logros, ha sabido encauzar todas las tramas para resolverlas en un doble episodio final que no solo deja la trama preparada para la siguiente etapa, sino que cierra un ciclo enriquecido por la naturalidad con la que se han sucedido y se han nutrido entre ellas las tramas. Un entretenimiento puro que no deja lugar para el aburrimiento. Poco más se le puede pedir.

‘Los Vengadores: La era de Ultrón’: doble de acción, mitad de drama


'Los Vengadores. La era de Ultrón' supone para los héroes la prueba más dura de sus vidas.Cada uno a su modo, MarvelDC Cómics han cambiado el modo de entender el cine de superhéroes. El primero ha redefinido el concepto de entretenimiento; el segundo ha elevado este género a cotas que parecían inimaginables. Pero si algo ha hecho la casa de héroes como Spider-Man o Iron Man es crear un mundo cinematográfico que traslada de forma magistral el mundo de los cómics. Esto implica que, aunque para disfrutar de una película no hace falta ver el resto, todas y cada una se nutren entre ellas. Y en esto ha tenido buena parte de responsabilidad Joss Whedon (serie Buffy Cazavampiros), quien con la continuación de Los Vengadores (2012) vuelve a demostrar su habilidad para el dinamismo visual.

Porque lo cierto es que Los Vengadores: La era de Ultrón es un constante movimiento. Las peleas, los momentos irónicos, e incluso los momentos más dramáticos, contienen una agilidad narrativa fuera de toda duda. Es, al igual que le ocurría a su predecesora, un cómic en movimiento, algo que queda patente con la declaración de intenciones de la primera secuencia y ese plano en el que aparecen todos los superhéroes en formación de ataque. A partir de ese momento poco margen existe para la reflexión, lo cual no quiere decir que no exista un cierto desarrollo dramático. No mucho, pero existe. Si a esto se suma la comodidad de unos actores que disfrutan de sus personajes lo que obtenemos es un relato entretenido como pocos que invita al espectador a evadirse de todo lo que le rodea.

Ahora bien, la película se encuentra con un escollo relativamente importante que no logra solventar, y es el hecho de tener que luchar contra su propia naturaleza. Sin los conflictos personales que poblaron la primera entrega lo que queda es un arco dramático algo plano, sin grandes giros argumentales y, desde luego, con pocas o ninguna sorpresa. Se puede decir que la película es lineal, una carencia que se suple, y muy bien, con el dinamismo de sus secuencias y el ritmo desenfrenado de la narración, que apenas deja tiempo para la reflexión. Plagada de efectos visuales a cada cual más espectacular (los planos generales de combate son simplemente brillantes), la película cojea en el plano emocional al no existir las fricciones entre los héroes que sí se vivieron en el film original. Incluso el intento de incorporar la vida secreta de uno de los protagonistas, que en un principio parece dotar de mayor gravedad a la trama, se diluye entre rayos y puñetazos.

Algo ayuda, además de la continua sucesión de luchas y persecuciones, la presencia de un villano como Ultrón, al que da vida un James Spader (serie Boston Legal) cuya labor solo podrá apreciarse en todo su esplendor en la versión original. El resto de nuevos personajes suponen una distracción de las irregularidades del film, es cierto, pero su introducción en un film tan repleto de personajes impide que se desarrollen como es debido, lo que les convierte en meros testigos de lo que ocurre en pantalla. Sí, tienen ciertos momentos de protagonismo y gloria, pero su presencia queda lejos de la que tienen el resto de héroes, algo motivado principalmente porque éstos han tenido la oportunidad de brillar con luz propia en sus respectivas sagas. Tratar de presentar en sociedad nuevos héroes en un film tan saturado termina por diluirlos en un maremagno de poderes.

Lo que no cabe duda es que Los Vengadores: La era de Ultrón cumple con lo que promete, y lo hace con nota. Tal vez haya perdido el factor sorpresa de la primera entrega; tal vez su aspecto dramático no tiene la misma fuerza. Pero todo eso queda eclipsado por una agilidad visual y narrativa innegables, y que convierten a Whedon en uno de los nombres de peso en esta segunda etapa de Marvel, que terminará este año. Dos horas y media de acción en estado puro, humor irónico para los momentos más relajados y poca profundidad dramática que se pasan con bastante velocidad. Ahora toca esperar al próximo villano, que para aquellos que no puedan aguantar las ganas de conocerlo será… el que aparece en la secuencia post títulos de créditos.

Nota: 7/10

‘Falling Skies’ dirige su futuro hacia la ciencia ficción en su 4ª T


Noah Wyle debe afrontar los poderes de su hija en la cuarta temporada de 'Falling Skies'.Renunciar a la esencia de una producción siempre es un proceso delicado y complejo. Si se hace bien puede abrir vías narrativas insospechadas, pero si se hace mal es muy probable que se pierda el interés del público. Falling Skies se halla, en su cuarta temporada, en un punto intermedio, en una encrucijada que inevitablemente llevará a la serie hacia un panorama nuevo. La cuestión es si dicho giro será a mejor o a peor. Estos nuevos 12 episodios de la ficción creada por Robert Rodat (Salvar al soldado Ryan) mantienen el espíritu de temporadas anteriores, es cierto, pero su evolución en el tercio final de la etapa deja una impresión muy distinta.

Aquellos que sigan la serie con asiduidad tal vez se sorprendan un poco con esta afirmación. Desde luego, decir que una guerra contra alienígenas desarrollada ahora en el espacio tergiversa el sentido original de una producción de ciencia ficción es cuanto menos contradictorio. Sin embargo, si algo ha caracterizado siempre a esta obra apadrinada por Steven Spielberg (Parque Jurásico) es su marcado carácter histórico. En efecto, y como ya señalamos en Toma Dos con motivo de la tercera temporada, los principales acontecimientos bélicos de la Historia nutren en mayor o menor medida el grueso del arco dramático. La verdad es que no es de extrañar teniendo en cuenta los dos nombres propios que acabo de señalar. Y lo cierto es que esta nueva temporada comienza de forma idéntica, utilizando en esta ocasión los guetos y los campos de concentración como motivo argumental.

Durante sus primeros episodios, la nueva temporada de Falling Skies reinterpreta lo que podría considerarse una resistencia dentro de dichos guetos, con un Noah Wyle (serie Urgencias) convertido en un líder de los presos después de que su grupo haya sido dividido. Esto, unido a la presencia de campos de adoctrinamiento para los más jóvenes humanos, dota a la serie de un aire histórico notable a la vez que interesante, sobre todo si tenemos en cuenta que el tercer pilar del planteamiento es la experimentación con humanos (evidentemente, para convertirlos en una abominación medio alienígena). Bajo este paraguas la producción se permite el lujo de introducir nuevas criaturas y máquinas sin necesidad directa de presentación formal, lo que genera una cierta confusión pero nutre la visión global del conflicto narrado de forma inigualable.

Por supuesto, los dramas familiares no faltan en esta etapa. La contundencia con la que comienza el primer episodio, que apenas deja tiempo para situar a los personajes, ofrece un marco incomparable para explorar nuevas vías dramáticas, como un triángulo amoroso con hermanos de por medio o los bandos enfrentados por la presencia de la hija híbrida del protagonista (medio humana, medio alienígena), presentada en la temporada anterior y que ahora adquiere especial relevancia. Como suele ser habitual, buena parte del desarrollo dramático de la temporada se apoya en las relaciones humanas de la familia protagonista, que ahora adquieren una especial relevancia al tener que enfrentarse a una traición interna que mina la confianza mutua que siempre había existido. En este sentido, los personajes continúan la evolución que ya comenzaron en la etapa anterior, destacando aun más la ausencia de una línea que separe lo que está bien de lo que está mal.

Viaje a la Luna

Todo ello hace que la cuarta temporada de Falling Skies tenga un arranque prometedor, entre otras cosas porque la dinámica de sus primeros episodios, en los que predomina la acción por encima de cualquier otro elemento, no dejan tiempo para la reflexión, obligando al espectador a seguir la historia casi sin tener en cuenta lo ocurrido con anterioridad y sin tiempo para asumir la posición de cada uno de los personajes. Pero como decía al inicio, su posterior evolución no sigue los parámetros planteados inicialmente. A medida que la trama adquiere una mayor complejidad las decisiones de los personajes se tornan más extremas, hasta el punto de olvidar sus influencias históricas para entregarse a un desarrollo puramente fantástico.

Posiblemente sea porque la serie empieza a repetirse; tal vez tenga que ver el hecho de que es necesario introducir nuevos personajes en la partida. El caso es que la obra creada por Rodat encuentra en estos nuevos capítulos una desviación notable de sus bases argumentales. Que el protagonista termine involucrado en una guerra en el espacio con motivo de un viaje a la Luna es un claro indicador de que algo en la ficción ha cambiado. Uno de los aspectos más positivos que posee la serie es su humanidad, su capacidad para mostrar la lucha de los humanos contra los alienígenas en clara desventaja de los primeros. Ahora, y tras el giro de timón realizado en su último episodio, la balanza se equilibra, con lo que se abre un nuevo panorama que tendrá que convencer de la misma forma en que lo hizo el anterior.

En todo este proceso de cambio destaca el papel de Scarlett Byrne (Harry Potter y el misterio del príncipe). Su personaje medio alienígena es al mismo tiempo detonante y freno en la evolución de la serie. Detonante porque gracias a sus poderes es capaz de situar la guerra en otro nivel; freno porque sus dudas sobre su verdadera identidad ralentizan significativamente el desarrollo del arco argumental, obligando a la trama a dedicar esfuerzos para mostrar los errores de sus decisiones. Su destino en el episodio final, aunque aparentemente claro, deja abierta la puerta a varias alternativas, lo que también da una idea del cambio de sentido de la ficción, hasta ahora relativamente seria en este sentido. Del mismo modo, recuperar el recurso del engaño psicológico al personaje de Wyle que ya se utilizó en etapas anteriores evidencia una cierta fatiga creativa.

Falling Skies tiene ante sí un reto interesante e importante. Su cuarta temporada ha sabido mantener el nivel formal y dramático en líneas generales, pero también ha dejado en evidencia una serie de puntos débiles generados por la necesidad de hacer avanzar la serie hacia otro nivel. La imagen final, que aquí no desvelaré, es un interesante gancho argumental que genera las expectativas necesarias para dar una oportunidad a los cambios que se avecinan. El futuro es incierto, como el de la Humanidad que lucha contra la raza alienígena invasora. Solo queda esperar que los nuevos episodios retomen, aunque sea de forma testimonial, la idea de que incluso en las situaciones más inversosímiles podemos aprender de nuestra Historia.

‘Lucy’: los excesos de utilizar el 100% del cerebro


Scarlett Johansson es 'Lucy', el siguiente paso evolutivo según Luc Besson.Luc Besson es uno de esos directores europeos cuyo cine se aleja de lo que se conoce como cine europeo. Su sentido de la espectacularidad y su agilidad narrativa, vistas en en películas como El profesional (Léon) (1994) o El quinto elemento (1997), se aproximan más al formato hollywoodiense que a los estándares del viejo continente. Esto puede ser visto por algunos como una virtud, y por otros como un defecto. En realidad, Besson ha logrado encontrar el equilibrio entre ambos extremos, y su última película es un claro ejemplo de ello, pues su desarrollo va de más a menos para sacar a la luz todos los aspectos positivos y negativos del cine espectáculo con toques reflexivos.

Lucy juega con la idea de que el ser humano solo utiliza un 10% de su capacidad cerebral. Independientemente de que esto sea cierto o no, el director lo convierte en una sólida base para arrancar unos primeros minutos simplemente brillantes en los que un diálogo entre un hombre y una mujer se intercala con imágenes del mundo animal que inciden en el carácter peligroso y traicionero de dicha conversación. Con la frescura que le caracteriza Besson da paso a un thriller intenso en el que brillan con luz propia tanto Scarlett Johansson (Las hermanas Bolena) como Choi Min-sik (Sympathy for Lady Vengeance), este último disfrutando del sadismo de su personaje. Es durante esta primera mitad que tanto guión como lenguaje visual conjugan un interesante equilibrio entre intriga y ciencia ficción, haciendo partícipe al espectador del despertar del ser humano a un mundo completamente nuevo gracias a ese desarrollo cerebral que antes mencionaba.

Pero al igual que le ocurre a la protagonista cuando alcanza el 100% de su capacidad mental, el devenir de la película se vuelve caótico y, en pocas palabras, escapa del control de su creador. A medida que los poderes del personaje de Johansson son cada vez más grandes las posibilidades de exageración son mayores. Para ello, y como no podía ser de otro modo, el film solo explica lo que podría ocurrirle al ser humano con una capacidad de, digamos, el 40%. De ahí en adelante es pura especulación dentro de la propia ciencia ficción, lo cual es rizar el rizo innecesariamente, además de crear una serie de vacíos teóricos que dan lugar a dudas razonables. El resultado se ve abocado, por tanto, a repetir teorías y esquemas vistos en otros films, dando al personaje principal un destino que trasciende su propio cuerpo, en un final que mezcla tantas referencias cinematográficas que es inútil enumerarlas todas.

De este modo, Besson convierte a su Lucy en un producto que termina siendo excesivo. Entretiene como pocas películas de géneros similares, y sus actores demuestran que se puede realizar una notable labor incluso con personajes que tienen pocas caras. Sin embargo, dicho entretenimiento excede sus propios límites, convirtiéndose en una especie de reflexión sobre la necesidad de un cuerpo humano una vez que la mente alcanza su plenitud. Reflexión que, por cierto, viene a ser la misma que la de otras películas de ciencia ficción, lo que a la larga provoca la sensación de estar ante algo conocido. En cualquier caso, y mientras el thriller y la acción se imponen a las sesudas reflexiones evolutivas, la película es un logro narrativo y visual notable.

Nota: 7/10

‘Believe’, o la incredulidad de una serie mal planteada en su 1ª T


Jake McLaughlin y Johnny Sequoyah protagonizan 'Believe', creada por Alfonso Cuarón.Hace no demasiados meses una serie que llevaba por título Touch tuvo que ser cancelada tras su segunda temporada. Evidentemente, cuando esto ocurre suele ser por una confluencia de motivos que dan como resultado una pérdida alarmante de espectadores. Sin duda uno de los motivos fue un desarrollo circular al que le costaba avanzar y, lo más alarmante, no desarrollaba como debería la relación paternofilial protagonista, convirtiendo al adulto en una especie de pelele a las órdenes de un niño cuyo misterio, en cambio, sí se desarrollaba. Traigo a colación esta fallida serie porque prácticamente todo lo que le ocurrió es lo que ha vuelto a pasar en Believe, producción anunciada como uno de los pesos pesados de la temporada que apenas ha logrado cubrir los 12 episodios de su primera entrega.

La serie, creada por Alfonso Cuarón (Gravity) y Mark Friedman (Regreso al infierno) y con el respaldo de J.J. Abrams (serie Perdidos), narra la persecución que sufre una niña con habilidades especiales por parte de un científico que la ha criado en sus primeros años de vida y que ve en ella el siguiente paso en la evolución. Para evitar que la capturen un grupo encabezado por un psicólogo que ha estado con la pequeña desde su nacimiento decide sacar de la cárcel a un hombre que afirma ser inocente para que la proteja. En líneas generales, ésta es la premisa inicial del argumento, y por desgracia es el desarrollo de la temporada. En efecto, el gran problema del arco dramático es que no logra avanzar hasta sus instantes finales, momento en el que resulta del todo innecesario. Muchos de los episodios se pueden entender casi como fotocopias en las que lo único que cambian son las personas a las que la pequeña, interpretada por una casi desconocida Johnny Sequoyah, trata de ayudar con sus poderes.

El hecho de que los villanos de turno estén siempre a rebufo de lo que ocurre en la trama principal, así como el fenómeno (y este sí que es inexplicable) de que la relación entre el hombre encargado de proteger a la niña (interpretado por Jake McLaughlin, visto en El invitado) y la pequeña se atasque siempre en el mismo punto (ella quiere ayudar; él no; él termina cediendo) terminan convirtiendo Believe en un producto sin intriga con algunas secuencias de acción y fantásticas más o menos notables. La falta de solidez dramática, que en esta ocasión se genera por la combinación de argumento y personajes, es su principal handicap, derivando en un bucle del que sus responsables no son capaces de sacarla. El principal efecto de dicho bucle es la sensación de estar ante una serie de incongruencias en la definición de los personajes, en sus decisiones y en sus actos. Que los protagonistas siempre terminen siendo descubiertos por un error suyo no hace sino confirmar que no evolucionan, condenados a cometer una y otra vez las mismas acciones, lo que a su vez lleva a que el desarrollo de cada episodio sea siempre igual.

El otro gran problema de la serie es la deriva que vive el desarrollo de la trama. A lo largo de estos capítulos el argumento queda salpicado por la presencia de una serie de secundarios que aparecen con visos de una relevancia notable y, posteriormente, se quedan en meras presencias testimoniales para, supuestamente, dar fe de la bondad de los buenos y la maldad de los malos. Roles como el de la agente del FBI encargada de perseguir a la niña y su protector o el del asesino que busca a la pareja como si de un sabueso se tratara nacen con la intención de aportar nuevos matices a la historia, o al menos dotar de nuevos puntos de vista a los fenómenos que en principio deberían sucederse en cada episodios. Solo la primera tiene algo más de relevancia, pero en líneas generales ni el papel interpretado por Trieste Kelly Dunn (serie Banshee) ni el interpretado por Nick Tarabay (serie Spartacus) alcanzan dichas cotas, limitándose a rellenar algunos minutos y protagonizar alguna secuencia de transición.

Sin efectos no hay gloria

Y hablando de los fenómenos que la joven protagonista es capaz de realizar, es imprescindible señalar la ausencia casi total de dichos efectos a lo largo de la serie. Salvo episodios muy concretos, el desarrollo del arco dramático se traduce en una especie de intriga por descubrir la forma en que el papel interpretado por Sequoyah va a lograr salvar las vidas de los personajes que centran la atención en cada episodio. Sí, hay momentos muy conseguidos, sobre todo en el episodio piloto y en su espectacular clímax del episodio final, pero en líneas generales Believe debería ser eso mismo, una producción en la que creer. Y eso, a falta de una solidez dramática y narrativa solvente, debe suplirse con unas situaciones que potencien los motivos por los que la pequeña es perseguida y protegida. Si lo comparamos con la ya mencionada Touch, esta jugaba con la idea de que todo está conectado, lo cual es, por su propia definición, intangible; en el caso de la serie de Cuarón los poderes de la pequeña Bo Adams son, o al menos eso se deja entrever, físicos.

El efecto de esa falta de espectacularidad en los efectos redunda en la idea de estar ante una persecución cuanto menos irreal. Los personajes, sobre todo el villano interpretado por Kyle MacLachlan (serie Sexo en Nueva York), hacen hincapié a través de sus diálogos en que la protagonista es especial y única. Empero, las imágenes no terminan de definir claramente dicha singularidad. Es más, a medida que se va conociendo algo más de ese mundo en el que sus responsables quieren que creamos la conclusión a la que puede llegar el espectador es diametralmente opuesta. Existe en este sentido una cierta indefinición en cuanto a los poderes que unos y otros personajes poseen, lo que a la larga provoca una cierta desubicación del espectador, que no sabe a qué atenerse ante determinadas situaciones. A esto habría que sumar la presencia de un reparto que no aporta demasiado a sus personajes, tanto por la definición de los mismos como por la labor de los actores.

Todo esto me lleva a plantear una duda que cada vez es más constante y que, creo recordar, ya ha aparecido en Toma Dos. He de confesar que considero a J.J. Abrams uno de los directores con más potencial de los últimos años. Su aportación a la televisión y al cine es indudable, y ha sabido desarrollar un estilo formal y narrativo propio. Dicho esto, las producciones que avala para la pequeña pantalla tienen, en líneas generales, el mismo problema: un prometedor comienzo y un final desastroso. Algunas logran solventarlo, pero aquellas que no son capaces de sobreponerse evidencian una ausencia total de criterio a la hora de plantear una historia. Casos como el de esta serie son la mejor prueba. Si uno lee su sinopsis general es evidente que la historia tiene potencial, pero no así su desarrollo. El resultado de todo esto está siendo el de estar ante un productor/creador con ojo clínico para historias frescas y novedosas pero que no es capaz de desarrollarlas, lo que redunda en su propio perjuicio.

Posiblemente si Believe no contara con nombres como el de Cuarón o el de Abrams su fiasco (porque no hay otra palabra) no habría pasado de una reseña en algún medio especializado. En realidad, sus errores (muchos) y sus virtudes (pocas) son comunes a un alto número de producciones, por lo que tampoco debería ser noticia que no logre superar su primera temporada. Pero los padrinos son los que son, y uno de ellos con un Oscar bajo el brazo, ni más ni menos. Es por eso que todo el mundo esperaba algo más de este producto. Algo más que unos personajes sin demasiados claroscuros; algo más que una trama con un desarrollo escaso y plagado de tópicos; y algo más que una serie incapaz de desarrollar líneas dramáticas básicas como las relaciones entre los personajes. Desconozco si a la hora de plantear el proyecto se conocían los precedentes de series similares, pero lo que está claro es que los errores han sido los mismos. Ver para creer.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: