‘Piratas del Caribe: La venganza de Salazar’: abandonen el barco


Construir una saga sobre una primera película sencillamente brillante es difícil. Muy difícil. Pocos son los casos en los que una segunda parte supera a la primera. Y lo más normal es que la calidad evolucione inversamente proporcional a la espectacularidad de las historias. La serie ‘Piratas del Caribe’ es uno de los mejores ejemplos modernos, pero su última entrega ofrece, además, una curiosa visión de lo que significa abandonar el barco, nunca mejor dicho.

Y no porque sea una mala película… al menos no la peor de las cinco. Sin embargo, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar emana despedida en cada fotograma. Su propia historia viene a terminar con un concepto recurrente en prácticamente todas las cintas, y es la maldición que suele afectar al villano de turno. Historia, por cierto, que cada vez es más repetitiva, utilizando una estructura que no por insistir resulta igualmente efectiva. Existe un cierto hastío en ver cómo Jack Sparrow (un Johnny Depp que está perdiendo la gracia) pierde su barco, lo recupera, logra vencer al malo contra todo pronóstico y se embarca en una nueva aventura, todo ello botella en mano y con un equilibrio un tanto desequilibrado.

Los problemas de esta entrega dirigida por Joachim Rønning y Espen Sandberg (Kon-Tiki), cuya marca tras las cámaras se limita casi a las escenas en tierra firme, no se ciñen exclusivamente a la estructura dramática. Los personajes veteranos parecen estar de paso en un guión con toques cómicos pero que pierde fuerza por momentos, y los nuevos roles, llamados a tomar el testigo, no terminan de encajar en su pálido reflejo de lo que un día fueron Orlando Bloom (Zulu) y Kaira Knightley (Laggies). Y aunque Javier Bardem (El consejero) consigue hacer interesante un personaje pintado con brocha gorda, lo cierto es que su mera presencia no es suficiente para cargar sobre su espalda todo el peso narrativo y dramático.

Al final, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar (que alguien me explique el porqué de este nombre cuando el original –Los muertos no cuentan cuentos– es mucho más atractivo y se menciona en la propia película) se convierte en una simple y llana aventura, incapaz de ofrecer nada más que un broche final más o menos digno a muchos de los personajes que durante años han surcado las salas de todo el mundo haciéndose con un botín que todavía sigue aumentando. Espectáculo, por supuesto. Diversión, bastante asegurada. Interés, poco. Originalidad, más bien nada. Y a pesar de todo, parece que la Perla Negra seguirá surcando los mares.

Nota: 6,5/10

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‘Black Sails’ evoluciona con el pasado de los personajes en su 2ª T


Los protagonistas de 'Black Sails' afrontan nuevos retos en la segunda temporada.Posiblemente lo mejor de una historia que combina ficción y realidad es comprobar cómo los narradores son capaces de adecuar los tiempos para que los personajes ficticios evolucionen en función de los acontecimientos históricos que se conocen. La primera temporada de Black Sails consiguió ir de menos a más gracias a esta pericia, y la segunda entrega, de 10 episodios, ha confirmado que estamos ante uno de los productos más originales de la parrilla. Con un conflicto de fondo como es el de la piratería en el Caribe, la serie ha sabido evolucionar mucho más allá para narrar algo mucho más grande que la mera aventura pirata, al tiempo que ha empezado a dar forma a los principales personajes de La isla del tesoro, relato de Robert L. Stevenson que se encuentra en la base de la serie.

En efecto, lejos de limitarse a desarrollar los personajes que fueron presentados en la primera parte, los responsables de la trama, con Robert Levine y Jonathan E. Steinberg (serie Escudo humano) a la cabeza, han optado por dar un golpe de timón y abordar una historia más compleja, con mayores matices y, sobre todo, con consecuencias para los protagonistas más interesantes. Partiendo de la base de que el rol de Toby Stephens (The machine) no es quien dice ser, la ficción adquiere un cariz totalmente distinto que permite al espectador analizar los acontecimientos desde una perspectiva nueva. Desde luego, lo más interesante es comprobar cómo la serie, sin necesidad de dar un giro a su historia, es capaz de transformarla lo suficiente para que renueve el interés. A esto se suma, por supuesto, la calidad de algunos personajes como el de Charles Vane (de nuevo con los rasgos de Zach McGowan, visto en Snapshot), cuya evolución le ha convertido en uno de los grandes atractivos de la serie, o el del propio John Silver (Luke Arnold –The tunnel-), que ya empieza a desvelar algunas de las características descritas en la novela de Stevenson.

Esto no quiere decir que todas las decisiones de la segunda temporada de Black Sails hayan sido acertadas o, si se prefiere, adecuadas. Baste decir que la revelación en el pasado del personaje de Stephens, si bien es un giro dramático muy impactante, resulta extremo, como si se intentara ofrecer al espectador un dato que aleje al personaje aún más de su leyenda. No se trata, por tanto, de la credibilidad del oscuro secreto que guarda, sino más bien de cómo eso encaja en la trama y lo que realmente aporta a ella. Por lo pronto, y a la espera de lo que pueda ocurrir en sucesivas temporadas, no ha generado el impacto esperado (de hecho, queda más bien como una anécdota), por lo que cabe preguntarse si tal detalle era necesario. Asimismo, algunos personajes como el de Hannah New (Maléfica) no terminan de consolidarse, posiblemente porque las dudas de su personaje se lo impiden.

A pesar de ello, los problemas que presenta esta tanda de episodios no trascienden demasiado al conjunto del arco dramático, permitiendo a la serie desarrollarse sin mayores dificultades y explorando nuevos planos narrativos a través de diversas tramas secundarias. Uno de los más interesantes, salvo por el detalle antes mencionado, es el pasado del protagonista, que permite al espectador no solo conocer mejor sus intenciones, sino ubicar en la trama a varios personajes, sobre todo al de Louise Barnes (Critical assignment). Y es precisamente este rol el que protagoniza uno de los giros narrativos más inesperados, desencadenando una ruptura absoluta con el pasado de la serie y encaminándola hacia un futuro en el que la diferencia entre piratas y gobiernos será absoluta, si es que no lo era ya.

Más violencia

No seré yo quien diga que Black Sails no es una serie con momentos realmente violentos, pero en comparación con otras producciones de similares características hay que reconocer que esta ficción apadrinada por Michael Bay (Dolor y dinero) tendía más a la aventura que a las vísceras. Hasta esta temporada. La aparición de un personaje, un nuevo pirata, en el primer episodio es toda una declaración de intenciones de lo que será esta nueva etapa. Y desde luego que cumple con las expectativas. Si bien la presencia de este catalizador no es duradera, tanto su final como los acontecimientos que se desarrollan después están marcados por una violencia notable, quizá no tanta como cabría esperar pero a todas luces mayor que la vista hasta ahora.

Y eso es algo de agradecer. No quiero hacer con esto una especie de apología de la violencia, pero un mundo tan salvaje como el mostrado en la serie, en el que los hombres luchaban y morían casi a diario, la ausencia de sangre era un dato a tener en cuenta. Por ello, el viaje hacia posturas más radicales que algunos personajes como el de Vane realizan en estos episodios es tan bienvenida. Sobre todo porque encuentra una sólida justificación en las motivaciones y los objetivos asociados a cada uno de ellos. Esto no provoca, además, que la trama pierda intensidad dramática, más bien al contrario. El punto de giro protagonizado por el personaje de Barnes que antes mencionaba es una buena prueba de ello.

Aunque personalmente el giro dramático más importante lo protagoniza el personaje de Arnold, ese joven John Silver que ya empieza a demostrar sus cualidades. A diferencia de lo que ocurría en la primera temporada, la capacidad de este rol para dominar a sus semejantes se hace patente en todos y cada uno de los episodios de la segunda parte. La conciencia que toma Silver de su poder no pasa desapercibida, y de hecho se convierte en uno de los motores dramáticos más importantes. Pero es la forma en que concluye la temporada lo que debería marcar un punto de inflexión imprescindible, acercándole más al personaje que todos los lectores de La isla del tesoro conocen. Su mayor protagonismo es uno de los grandes aciertos de la temporada, y lo más probable es que sea aprovechado en la tercera entrega.

La impresión general que Black Sails deja en su segunda temporada es la de una serie que no quiere anclarse, que busca en todo momento ofrecer al espectador algo más que la aventura de piratas. Desde luego, la fusión entre ficción y realidad ayuda mucho a esto, pero son los personajes los que parecen que van a poder sostener en el futuro todo el peso dramático. Es cierto que existen algunos aspectos que podrían ser mejorados, pero por suerte para la serie  son menores que las virtudes que presenta. Lo que en cualquier caso parece claro es que el viaje a la isla del tesoro cada vez está más cerca.

‘Black Sails’ crece entre personajes históricos y ficticios en su 1ª T


'Black Sails' narra la relación entre John Silver y el capitán Flint.Si una producción está apadrinada, digamos, por Martin Scorsese (Uno de los nuestros), los prejuicios, buenos y malos, son inevitables. Del mismo modo, si una serie tiene como nombre de peso el de Michael Bay (Transformers) sobran las palabras. Espectacularidad, grandes planos y pieles brillantes es lo que mejor define su cine en el plano visual. Por eso a nadie debería extrañarle que la primera temporada de Black Sails sea, en este sentido, todo un producto made in Bay. Pero más allá de su envoltorio, más allá de sus espectaculares batallas navales o de sus violentas peleas, se esconde una trama interesante y original que combina inteligentemente personajes históricos con ficciones narrativas. Todo en el incomparable marco de la piratería en el Caribe.

Para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de acercarse a esta aventura con dosis de intriga, traición y picaresca, estos primeros 8 episodios creados por Robert Levine y Jonathan E. Steinberg, colaboradores desde la serie Jericó, se centran en la vida de un joven John Silver, quien años más tarde se convertirá en el pirata más famoso de la literatura gracias a ‘La isla del Tesoro’ de Robert Louis Stevenson. Concretamente, la acción comienza cuando éste, por un azar del destino, se cruza en el camino del capitán Flint, otro personaje mencionado en la novela, quien para encontrar un inmenso tesoro español necesita una ruta descrita en un papel que está en manos de Silver. Bajo esta premisa se desarrolla un complejo mundo de intrigas, conspiraciones, rebeliones y traiciones en la que se citan famosos piratas como Charles Vane (Zach McGowan), Jack ‘Calico’ Rackham (Toby Schmitz) o Anne Bonny (Clara Paget), una de las pocas mujeres que optaron por este estilo de vida. Y como digo, lo más interesante de la serie es comprobar cómo Historia e historia van de la mano.

Un proceso, por cierto, que va de menos a más, lo cual es algo a tener en cuenta a la hora de acercarse a Black Sails. Si bien es cierto que sus títulos iniciales son espectaculares y prometedores, el desarrollo dramático del episodio piloto no es todo lo que cabría esperar de este tipo de producciones, sobre todo viendo el resultado de los últimos compases de la temporada. A pesar de que muestra un mundo muy distinto al que estamos acostumbrados a ver (los piratas son organizados y responden ante una jefa… sí, una mujer), el hecho de centrar la atención en el protagonista y en secundarios que tienen, al menos en este instante, poco o ningún interés, resta fuerza al conjunto. Silver, interpretado con bastante soltura por Luke Arnold (Dealing with destiny), es definido como un rol irritante, capaz de salir de cualquier situación gracias a su labia. Si bien es cierto que esto no es necesariamente malo (es más, genera algunas situaciones a posteriori realmente notables), hay que decir que durante los primeros minutos puede parecer poco creíble.

De algún modo, con los secundarios ocurre lo contrario. Su presencia en la primera parte de la temporada, teniendo algunos episodios con más relevancia que el capitán Flint (un Toby Stephens espléndido), lleva a la serie a plantear una serie de líneas argumentases secundarias de lo más interesantes, pero otorga protagonismo a unos roles de los que apenas se conoce nada y que es evidente que tendrán un papel secundario en la serie, sobre todo si se tiene en cuenta que los protagonistas son Flint y Silver. Todo ello puede llevar a la errónea conclusión de estar ante una producción menor de piratas en la que lo único que importa son las secuencias de acción y cuya trama es un compendio de situaciones a modo de excusa para unir batallas navales y terrestres. Pero superados estos primeros episodios lo que el espectador se encuentra es algo bastante diferente.

Urca de Lima

Si se analiza el arco dramático de estos primeros episodios de Black Sails la conclusión es que el primer acto, que abarca más o menos los dos primeros capítulos, es algo confuso, tal vez de poco interés, obligado en cierto modo por las necesidades derivadas de presentar a los personajes y sus posiciones de partida en la historia. Pero a medida que se avanza hacia el segundo acto, y sobre todo cuando los acontecimientos se precipitan en el tercer acto, la serie gana enteros en todos los sentidos, desde el drama de unos hombres que marchan a la aventura sospechando de su capitán, hasta la espectacularidad de los combates entre galeones en los mares del Caribe. Todo ello tiene un único leit motiv, o como diria Alfred Hitchcock (Psicosis) un “McGuffin”, aunque en este caso sí tiene relevancia: el Urca de Lima, nave capitana de la Flota española que transportaba el tesoro de la corona y que encontró su destino en las costas de Florida en los primeros años de 1700.

Su presencia es la que logra aunar bajo una única bandera negra los diferentes aspectos de la trama principal, como son la relevancia del personaje de Silver, el motín que sufre el capitán Flint o las distintas muertes que se suceden en el barco. El viaje que emprende la tripulación se convierte así en un fresco de intereses personales, de traiciones e intrigas que bien podrían enmarcarse en cualquier serie dramática que transcurra en las calles de una ciudad norteamericana. El hecho de que el trasfondo sea un barco pirata en pleno siglo XVIII no hace sino acentuar los conflictos internos de algunos roles, además de ofrecer al espectador una visión bastante más adulta, seria y compleja de la mecánica y el funcionamiento de una tripulación pirata. No hay que dejar pasar en este sentido algunas de las reflexiones morales sobre el sentido de la piratería o las verdaderas motivaciones de estos hombres. El desenlace de esta trama principal, a medio camino entre la ansiedad del combate y la tragedia de la rebelión, no podría ser más adecuado, pues no solo representa esa fusión entre Historia y ficción, sino que pone toda la carne en el asador para la segunda temporada ya planteada.

La importancia de este barco español es tal que no solo articula y consolida la trama principal, sino que da forma a las diferentes tramas secundarias de los piratas “históricos”. Gracias al Urca de Lima las historias de Vane y Rackham se desarrollan en unas direcciones mucho más interesantes de lo que en un principio cabría esperar. De convertirse en meros antagonistas de los roles principales evolucionan hacia posiciones propias alimentadas por sus propios objetivos que poco o nada tienen que ver con la venganza hacia el capitán Flint y los suyos (es de suponer que este sea un aspecto a retomar en un futuro no muy lejano). El hecho de que tengan entidad propia les convierte en roles a tener en cuenta, capaces de crear situaciones y tramas por sí mismos, y con una definición tan rica en matices que termina redundando en el balance general de la serie.

Estamos, por tanto, ante una producción que ha sabido sobreponerse a sus limitaciones iniciales. La primera temporada de Black Sails es una buena muestra (otra más) de que se pueden hacer cosas diferentes, frescas y entretenidas en televisión. Es cierto que no es de las mejores producciones históricas que ahora mismo se emiten por la pequeña pantalla, pero eso no impide que no esté uno o dos peldaños por encima de otras ficciones de aventuras. El hecho de que introduzca personajes reales en una historia que toma como punto de partida unos roles de la ficción literaria es algo admirable, sobre todo por la forma en que lo hace. Quizá la mejor prueba de su calidad sea su último episodio, cuyo desarrollo está plagado de intriga, drama y acción. Su batalla final es Michael Bay en estado puro. Solo queda esperar que su continuación mejore el camino emprendido.

‘Capitán Phillips’: historia de un secuestro


Tom Hanks es la estrella indiscutible de 'Capitán Phillips', de Paul Greengrass.Cuando en 2009 el secuestro y posterior rescate del buque con bandera norteamericana ‘Maersk Alabama’ dio la vuelta al mundo no fueron pocos los que auguraron una adaptación cinematográfica de la vida del valiente capitán del barco, que arriesgó su vida para salvar a su tripulación del abordaje de un reducido grupo de piratas somalíes. Y cuando poco tiempo después se supo que Tom Hanks (The Wonders) iba a ser el encargado de ponerse al frente de la producción, todo parecía indicar que el film, al igual que la historia verídica, iba a terminar de la mejor manera posible. Ahora, su estreno viene a confirmar que un buen equipo artístico es capaz de convertir un guión correcto en una película atractiva y dinámica.

Si tuviésemos que atender exclusivamente al libreto de Billy Ray (El precio de la verdad) posiblemente estaríamos hablando de un relato poco cinematográfico. Muy dramático, pero poco visual. La mayor parte de la historia transcurre en el mismo escenario, con muchos diálogos y, eso sí, mucha tensión en su primera y última parte. Peca, por desgracia, de un importante descenso en el ritmo en su bloque central, cuando el protagonista es secuestrado en el bote salvavidas del buque. Pero una película no es solo el guión. Si echamos la mirada al nombre encargado de poner en imágenes la historia nos encontramos con, tal vez, uno de los realizadores con mejor pulso para manejar la tensión y el dramatismo. Paul Greengrass (Green Zone: Distrito protegido) logra en Capitán Phillips una labor magnífica a la hora de acentuar sus aciertos y minimizar sus defectos. Su forma de narrar el abordaje y posterior manipulación del protagonista, y el desenlace final de la historia es, sencillamente, perfecta.

Aunque no hay que olvidarse nunca de la gran estrella del espectáculo. Decir a estas alturas que Hanks es un magnífico actor es decir más bien poco. La mejor forma de entender los motivos por los que presumiblemente estará nominado en los próximos Oscars es analizar la evolución de su personaje, que inicia el film como preocupado padre de familia y termina como desesperado padre de familia. A primera vista puede parecer una evolución algo limitada, pero nada más lejos. Durante las dos horas y cuarto que dura la película (alargada en exceso en esos momentos del secuestro del capitán) el actor involucra al espectador en la situación cada vez más tensa y dramática de su personaje, que se debate siempre entre la seguridad de sus hombres y la de su propia vida. Todo para llegar a un clímax espectacular que podría suponerle su tercera estatuilla al Mejor Actor.

Desde luego, es gracias a Greengrass y a Hanks que la película adquiere una dinámica tensa y dramática que crece a cada minuto que pasa. Es una lástima que el guión, más que correcto durante la mayor parte del metraje, decaiga hacia el final de la historia por centrarse en exceso en lo ocurrido dentro del bote salvavidas, que no es más que una sucesión de discusiones e intentos de evasión. Claro que no hay que olvidar el título, Capitán Phillips, por lo que parece lógico pensar que toda la acción se centre en él. En cualquier caso no es un obstáculo insalvable para poder disfrutar de una intriga que, a pesar de jugar con un resultado conocido, sabe generar las expectativas necesarias.

Nota: 7,5/10

‘La princesa prometida’, aventuras y literatura de estilo clásico


Robin Wright y Cary Elwes protagonizan 'La princesa prometida', de Rob Reiner.El cine es un claro ejemplo de cómo el tiempo no pasa en balde por mucho dinero y recursos para mantenerse joven que uno pueda tener. Hace poco tuve la oportunidad de revisionar uno de los mejores clásicos de aventuras de los años 80, La princesa prometida (1987), dirigida por Rob Reiner (Algunos hombres buenos) y protagonizada por un puñado de actores que hoy en día se han convertido en estrellas más o menos importantes. No es este espacio para comentar lo bien o mal que ha envejecido cada uno, sino para analizar los motivos por los que un film tan sencillo y humilde como este no solo ha sabido mantenerse década tras década, sino que se ha erigido como un modelo perfecto del cine de aventuras.

La historia, para aquellos que no hayan tenido ocasión de verla, gira en torno a una joven cuyo amado parte en busca de aventuras. Al enterarse de que ha sido atacado por un temible pirata que nunca hace prisioneros se sume en una profunda depresión. Años después un apuesto y arrogante príncipe decide desposarla, pero unos días antes de la boda es secuestrada por tres personajes que buscan provocar una guerra entre su reino y otro vecino. Un misterioso enmascarado de negro frustrará sus planes y salvará a la princesa, pero desvelará otros mucho más peligrosos que tienen como autor al propio príncipe. Todo ello narrado desde la perspectiva de un cuento leído por un abuelo a su nieto enfermo.

Este último detalle tal vez sea el más relevante de la idea básica de la película. En sí mismo, el argumento y su desarrollo es tan sencillo y directo como entretenido y enternecedor, pero no reviste especial relevancia frente a otras cintas de aventuras con ingredientes similares. Lo que supone una cierta revolución, y que dota al conjunto de un aire mucho más especial, es el hecho de enfrentar la literatura y la imaginación a un mundo cada vez más dominado por la televisión, los ordenadores y los videojuegos. De hecho, el niño enfermo está jugando a un videojuego cuando recibe la visita de su abuelo, a lo que se muestra inicialmente reticente para sumergirse después en la pasión que levanta una obra de ficción literaria.

Ya hemos dicho que su guión, obra de William Goldman, autor de la novela homónima en la que está basada, es directo y sencillo, con una estructura de análisis claro que puede ser un buen ejemplo para iniciarse en esta especialización cinematográfica. Pero si la base literaria es clara (lo que no implica que no tenga interés, al contrario), la forma de narrar es igualmente eficaz. Nada de largos y enrevesados planos. Nada de jugar con los puntos de vista o con las diferentes posibilidades lumínicas. La princesa prometida es, desde su inicio hasta su fin, un cuento de aventuras, de amor y de acción, de comedia y de drama, y como tal está planteado. En cierto modo, todo se podría resumir en dos palabras: entretenimiento directo. Cierto es que estamos hablando de la década de los 80 del siglo pasado, pero en esos años ya se empezaba a experimentar con los efectos digitales como TRON (1982).

La importancia de los secundarios

Como suele ocurrir en este tipo de historias, la película de Reiner se apoya mucho en sus personajes secundarios. Puede que incluso sean lo mejor de la película. No quiero decir con esto que la labor de Cary Elwes (Sin compromiso) y Robin Wright (serie House of cards) no sea relevante, ni mucho menos. Sin embargo, a todo aquel que se le nombre este relato posiblemente lo primero que recuerde sea la frase: “Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”, pronunciada por el personaje de Mandy Patinkin, de actualidad gracias a la serie Homeland.

Dicha cita, junto a otros conceptos y la caracterización de muchos de los secundarios, aportan a la trama un aura única que termina por definir su verdadero carácter. En otras palabras, muestra su alma. No se trata ya de que el héroe recupere a su amada, sino de que las tramas secundarias de cada uno de los personajes encuentre su resolución en un único clímax que, como no podía ser de otro modo, se desarrolla mediante combates a espada y luchas cuerpo a cuerpo. Unas tramas secundarias, por cierto, que poseen un interés y una importancia casi tan relevante como la trama principal. Puede que la historia del personaje de Patinkin sea visualmente la más evidente, pero existen muchas otras: la del gigante que busca su sitio en un mundo que le rechaza, la del villano cuyos planes aspiran a mucho más que un simple matrimonio, … Todo conforma un paisaje mucho más rico que la propia historia de los protagonistas.

Todo esto no implica que La princesa prometida sea una obra muy distinta a otras aventuras como pueden ser las de Robin Hood, con las que guarda no pocos parecidos. La película contiene todas las facetas que se le pueden pedir a su género, desde personajes extraños hasta la combinación de acción y magia, pasando por personajes muy, muy característicos y por la combinación de géneros. La idea de aventura literaria, de un relato capaz de despertar la imaginación y la curiosidad de generaciones alienadas o conquistadas por la televisión y los videojuegos se muestra en su máximo esplendor gracias a una trama en la que comedia, drama, intriga y acción se entremezclan armónicamente. Mención especial habría que hacer a la banda sonora compuesta por Mark Knopfler, pero eso lo dejaremos para otra entrada de Toma Dos.

Lo más evidente es que, a pesar de los años y de la humildad que emana de cada fotograma, La princesa prometida sigue siendo un documento a analizar perfecto. Tal vez ese sea su secreto. En cualquier caso, las nuevas generaciones (que cada vez están más involucradas en el mundo digital) siguen descubriendo en sus imágenes y en las páginas de la novela todo un mundo capaz de motivar la imaginación de los más jóvenes. Es directa, clara y concisa. Para algunos esto puede ser una debilidad. Para otros será sin duda el legado de una forma tradicional y siempre eficaz de contar una historia.

‘El legado de Bourne’ se adelanta a los estrenos del 17 de agosto


Con motivo de la festividad de La Asunción, y en lo que parece un intento por atraer a los espectadores a los cines, los estrenos del 17 de agosto se han repartido entre el viernes y el miércoles día 15. Los títulos adelantados están liderados por El legado de Bourne, nueva entrega de la saga de espionaje y acción que no cuenta ni con el director de las dos últimas ni con el actor original. Por su parte, la cinta de animación ¡Piratas! puede que sea el título más importante de los reservados para el viernes.

Comenzando por las películas adelantadas, lo nuevo de la saga de Jason Bourne es lo más destacado y lo que sin duda atraerá a un mayor número de espectadores. Esta cuarta entrega, planteada como una secuela/reinicio de la franquicia, no cuenta ni con Matt Damon (Dogma) como protagonista, ni con ninguno de los directores que se encargaron de la trilogía inicial. Y aunque el nombre de Bourne se menciona en alguna que otra ocasión, la historia sigue a Aaron Cross, un agente secreto del Departamento de Defensa entrenado para misiones muy arriesgadas de larga duración (y cuyos genes han sido alterados) que deberá luchar por su vida cuando el programa Treadstone, desvelado por Bourne, amenace con sacar a la luz otros programa similares, uno de los cuales está integrado por Cross. Acción, intriga y tramas muy elaboradas que mantienen el sabor de la saga es lo que promete la cinta dirigida por Tony Gilroy (Duplicity), guionista de la saga y que también participa en el guión de El legado de Bourne. Jeremy Renner (En tierra hostil) es el principal protagonista, aunque el resto de nombres son igualmente conocidos, algunos repitiendo papel: Rachel Weisz (La momia), Edward Norton (El ilusionista), Scott Glenn (Sucker Punch), Stacy Keach (serie Prison Break), Oscar Isaac (Ágora), David Strathairn (serie Alphas), Zeljko Ivanek (Un golpe de altura) y Donna Murphy (Diario de una niñera), entre otros.

Los tres chiflados también llega antes de tiempo. Nueva versión de los programas del famoso trío de humoristas, la cinta está dirigida por los hermanos Farrelly, responsables igualmente de otra cinta con la que este título guarda cierta relación: 2 tontos muy tontos. La historia gira en torno a tres hombres a cada cual más estúpido que deciden salvar el orfanato en el que se criaron, viviendo todo tipo de peligros y aventuras en el proceso. Comedia absurda y muy física en la que Sean Hayes (Soul men), Will Sasso (Como la vida misma) y Chris Diamantopoulos (Cásate conmigo) estarán acompañados por Jane Lynch, la entrenadora de las animadoras de la serie Glee; Sofía Vergara (serie Modern Family) y Jennifer Hudson (Dreamgirls).

Desde Japón llega lo nuevo de Takashi Miike (13 asesinos), una historia acerca de un samurái que llega a la casa de un clan con la intención de suicidarse hasta que el amo le cuenta la historia de un joven que llegó poco tiempo atrás con la misma intención. Hara-Kiri, muerte de un samurái, que también se estrena el día 15, está protagonizada por Ebizô Ichikawa (Space Battleship Yamato), Kôji Yakusho (Seda), Eita (Wairudo 7) e Hikari Mitsushima (Moteki).

El último estreno adelantado es el de Quiero ser italiano, una comedia francesa del 2010 que gira en torno a un hombre que, a sus 40 años, parece tenerlo todo: va a ser ascendido en su trabajo como vendedor de Maserati en Niza y su novia quiere casarse con él. El problema es que no es quien dice ser, ocultando su verdadera identidad, de origen árabe, bajo un nombre falso. La llegada del Ramadán y una promesa hecha a un padre moribundo le obligarán a hacer auténticos malabares para mantener el secreto. El film está dirigido por Olivier Baroux (Safari) y protagonizado por Kad Merad (Bienvenidos al norte), Valérie Benguigui (Tête de turc), Roland Giraud (Tres solteros y un biberón: 18 años después) y Philippe Lefebvre (Le siffleur).

Estrenos del 17 de agosto

Como ya hemos dicho, para el viernes se reservan algunos títulos, entre ellos uno dirigido al público infantil. ¡Piratas! supone una nueva aventura realizada con plastilina y la técnica del stop motion (y con la posibilidad del 3D) bajo la dirección de Peter Lord (Chicken run: Evasión en la granja) y Jeff Newitt, que debuta en el largometraje. La cinta cuenta en clave cómica las aventuras de un pirata que, al frente de una tripulación más bien desastrosa, se marca como objetivo conseguir el premio al Pirata del Año. Su viaje le llevará hasta las calles de Inglaterra, hogar de la reina Victoria, principal enemiga de los piratas. Hugh Grant (Un niño grande), Martin Freeman (Dime con cuántos), Imelda Staunton (La maldición de Roockford), Salma Hayek (Frida), Anton Yelchin (Star Trek) y Brenda Gleeson (El irlandés) son algunos de los actores que ponen voz a los personajes.

Por su parte, Kristin Scott Thomas (Cuatro bodas y un funeral) vuelve a las pantallas españolas con En sus manos, una producción francesa realizada en 2010 escrita y dirigida por Lola Doillon (Et toi tes sur qui?) y que cuenta la historia de una ginecóloga secuestrada por un hombre que la considera responsable de la muerte de su esposa. Sin embargo, los sentimientos afloran entre ellos, y cuando ella queda libre comenzará la búsqueda de su captor. Pio Marmaï (La delicadeza) y Jean-Philippe Écoffey (La escafandra y la mariposa) completan el reparto principal de este drama.

También desde Francia, aunque con participación canadiense, llega Café de Flore, drama romántico con Vanessa Paradise (Los seductores) como protagonista y Jean-Marc Vallée (La reina Victoria) en calidad de director y guionista. La historia presenta un romance entre dos personas, dos épocas y dos mundos tan distintos como una madre en los años 60 y un DJ en la actualidad. Kevin Parent, en su primer papel, encarna al personaje masculino, mientras que Hélène Florent (Lance et compte) y Evelyne Brochu (Frisson des colines) encabezan el resto del reparto.

Los estrenos de la semana concluyen con Hasta la vista, una comedia que sigue las andanzas de tres jóvenes amantes del vino y las mujeres. Buscando poder intimar con una mujer realizan un viaje a España para poder degustar sus vinos y disfrutar del sexo, y ni siquiera sus discapacidades supondrán un impedimento: uno de ellos es ciego, otro está en silla de ruedas y le tercero no tiene ninguna movilidad. Dirigida por Geoffrey Enthoven (Happy together), los protagonistas son Robrecht Vanden Thoren (Meisjes), Gilles De Schrijver (Turquaze) y Tom Audenaert (De helaasheid der dingen).

Diccineario

Cine y palabras

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