‘El otro guardaespaldas’: A 200 palabrotas por hora


El género de las buddy movies hace tiempo que parece haber agotado la fórmula. O al menos, no ser capaz de reinventar la dinámica que sustenta su trama. Y bajo este prisma, la nueva película de Patrick Hughes (Red Hill) es un quiero y no puedo, un intento de ofrecer algo diferente con la misma estructura y la misma narrativa. Y en ese extraño equilibrio es donde logra sus mayores virtudes y presenta sus mayores defectos.

Y es que El otro guardaespaldas es un film irregular, con una duración excesiva que, sin embargo, no engaña al espectador. Es lo que es, un entretenimiento sin mayor objetivo que introducir la mayor cantidad de tacos e insultos posibles por minuto mientras las balas y los coches vuelan por los aires. Acción a raudales, diálogos correctos con palabras políticamente incorrectas y un desarrollo dramático algo esquemático que tienen en la pareja protagonista a sus máximos valedores. Ver a Ryan Reynolds (Criminal) y Samuel L. Jackson (Cell) juntos en pantalla es posiblemente el mayor acierto del film, amén de un buen ramillete de secundarios que siempre son de agradecer.

Por supuesto, la ironía, la espectacularidad y la adrenalina están aseguradas, pero más allá de eso la historia se vuelve endeble. Quizás haya que agradecer el hecho de que, al menos, exista una historia, pero lo cierto es que resulta casi irrelevante. Si a esto sumamos varias secuencias innecesarias que alargan el conjunto hasta casi dos horas de metraje, el resultado son demasiados agujeros en el ritmo narrativo como para pasarlos por alto, incluso a pesar de los protagonistas y de unas cuantas secuencias muy bien rodadas y plagadas de un humor un tanto negro.

Todo esto se puede resumir en que El otro guardaespaldas es lo que podría esperarse de una película de estas características… y puede que un poquito más. Si lo que se busca es acción con poca justificación para distraerse durante un par de horas, esta es la película. Incluso con sus problemas de ritmo, que los tiene, y un guión previsible y plagado de arquetipos, Patrick Hughes logra ofrecer un producto lo suficientemente bueno como para no desesperar. Puede que sea su mano en la realización o puede que sea la pareja estrella, pero el caso es que no es un mal representante de este tipo de cine.

Nota: 6/10

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‘El desconocido’: la intensidad de un thriller bien hecho


Luis Tosar se enfrenta a 'El desconocido' para salvar la vida de sus hijosAlgunos le acusarán de ser una copia de muchos thrillers norteamericanos. Sin embargo, el debut en el largometraje de Dani de la Torre es un film sólido, sin apenas fisuras y con un ritmo intenso. Más allá de sus puntos en común con éxitos de Hollywood, este thriller con un espléndido Luis Tosar (Mientras duermes) es un ejercicio cinematográfico a tener en cuenta.

Desde luego, los amantes del género encontrarán en El desconocido un recorrido por todos los lugares comunes, desde la amenaza de muerte inicial hasta el conflicto con la policía por considerar al inocente héroe como la mayor amenaza, y pasando por los encuentros entre víctima y extorsionador que dan lugar a algunos de los momentos más reivindicativos de la cinta (aquellos en los que se denuncia la actitud de bancos y cajas con el tema de la venta de productos tóxicos). Pero en medio de todo ello, destaca la realización de De la Torre, quien maneja la cámara con soltura y efectividad, y que provoca algunos instantes simplemente brillantes, como el plano secuencia de la llegada al escenario del personaje de Elvira Mínguez (Cobardes).

Posiblemente el único ‘pero’ que se le pueda poner a la película es la concesión que realiza la trama para poder presentar juntos al héroe y al villano, sustentado en una argumentación un tanto débil pero efectiva. Sin embargo, termina siendo un mal menor, incluso una anécdota en una historia que se desarrolla de forma coherente, que logra crecer poco a poco añadiendo situaciones de crisis nuevas a un contexto ya de por sí tenso. Ese proceso es lo realmente hipnótico del film, que impide al espectador despegar la mirada de la pantalla y le obliga a participar de la angustia y frustración de un padre desesperado.

Decir que El desconocido tiene similitudes con películas de Hollywood es decir muy poco. Hay otras cintas españolas que también beben de esos referentes y no logran ni una quinta parte de la tensión y el ritmo que imprime Dani de la Torre a su ópera prima. Es en ese detalle donde se haya el verdadero éxito de este thriller: en componer una historia cuyo ritmo no decae en ningún momento, que es capaz de sustituir la acción por la intriga, el drama por la denuncia social. Esta combinación de elementos (en algún momento algo forzada) da lugar a un suspense notable.

Nota: 7/10

‘Una noche para sobrevivir’: un guión para superar con tiroteos


Ed Harris y Liam Neeson, dos amigos enfrentados en 'Una noche para sobrevivir'.Hay algo en el nuevo cine de Liam Neeson (Venganza) que atrae al espectador incluso sabiendo que lo que se está a punto de ver no es, ni mucho menos, lo mejor que puede dejar un actor de su categoría. Pero tal vez por eso, porque es un magnífico actor, es capaz de repetir frases, posturas y miradas en personajes casi fotocopiados de una película a otra sin que ello repercuta en el espectáculo… al menos no demasiado.

Y es que Una noche para sobrevivir tiene poco que añadir a lo mencionado en otros films de Neeson como “tipo duro” capaz no solo de disparar en las situaciones más inverosímiles, sino acertar al blanco con la máxima precisión. Da igual que sea un criminal, un policía o un agente secreto. El caso es resultar lo más frío posible a través de la sencillez y la simplicidad de una narrativa lineal, sin sorpresas y con mucha, mucha acción. Tramas, en definitiva, que pueden recordar vagamente a lo que en su día hizo Charles Bronson (El justiciero de la noche).

El conjunto lo ameniza Jaume Collet-Serra (La huérfana), especializado en dirigir a Neeson en todos los contextos imaginables. Su puesta en escena, aunque flaquea en algunas secuencias de acción, aprovecha foliaturas audiovisuales para hacer el producto más atractivo, una tarea en la que también tienen algo que decir los actores, sobre todo Ed Harris (Camino a la libertad), el único que parece querer aportar algo más a un personaje arquetípico.

El problema de Una noche para sobrevivir, al igual que el de el resto de películas similares, es que no hay nada en ella remarcable. Todo es correcto, es cierto, pero nada queda en la retina. Ni un giro argumental sólido, ni una secuencia brillante, ni un diálogo atractivo. La cinta pasa sin mayores problemas de una secuencia a otra entre persecuciones, tiroteos y miradas que matan más rápidamente que las balas. En definitiva, un producto para desconectar un par de horas de lo que hay fuera de la sala, pero nada más.

Nota: 5/10

La 2ª T de ‘La caza’ pierde definición en sus roles protagonistas


Jamie Dornan y Gillian Anderson, frente a frente en la segunda temporada de 'La caza'.Es difícil abordar una serie como La caza, título en español para The fall. Su primera temporada, a pesar del pausado ritmo y de la introspección de su planteamiento, aportaba frescura al típico planteamiento del thriller policíaco, con una heroína muy particular y un villano cuya osadía roza el absurdo. Siguiendo esta pauta, su segunda temporada ha llevado esos conceptos al límite, ofreciendo al espectador un desarrollo inesperado, en muchos aspectos novedosos pero en muchos otros incongruente, al menos por ahora. La tercera entrega de la producción creada por Allan Cubitt (serie Murphy’s Law) está confirmada, por lo que es de esperar que muchos de los aspectos transitorios de estos 6 episodios encuentren respuesta.

Pero dejando a un lado algunas líneas narrativas abiertas, lo que sí es evidente es que esta segunda parte ha mantenido, para bien o para mal, el nivel de su debut. Desde luego, es de admirar que tanto actores como guionistas hayan tenido la valentía de llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Una decisión que, aunque va en beneficio de la honradez del producto, en este caso perjudica notablemente a la trama en su conjunto, sobre todo porque el camino por el que han ido los personajes parece, dentro de su naturalidad, algo irreal. Puede parecer una incongruencia, es cierto, pero como demuestra La caza, puede ocurrir.

Todo pasa por una definición algo deficiente de los protagonistas toda vez que estos se han visto obligados a evolucionar. Ocurre fundamentalmente con el rol de Jamie Dornan, que por cierto tiene varios puntos en común con su salto al estrellato más mediático en Cincuenta sombras de Grey. La solidez del planteamiento deja paso a un tratamiento algo simplista, marcado por la psicopatía y el ego del personaje pero olvidando otros aspectos de su naturaleza como la relación con su hija, que podría haber aportado numerosas contradicciones internas que. a su vez, habrían enriquecido la trama. Del mismo modo, Gillian Anderson (serie Hannibal) empieza a resultar algo predecible en muchos de los comportamientos de su personaje, sobre todo aquellos relacionados con los hombres, convirtiéndola en un pálido reflejo de lo que comenzó siendo.

Estos aspectos simplificadores llevan el hilo argumental principal por un camino que termina de forma abrupta, con una especie de deus ex machina planteado un par de capítulos antes para tratar de buscar una justificación inexistente. Que el final sea abierto no suple la falta de solidez en la resolución de un desarrollo que se había vuelto casi insalvable, con heroína y villano frente a frente en una sala de interrogatorios, y el segundo confesando cada uno de sus crímenes en un intento de demostrar esa valentía a la que antes hacía referencia. El problema de ello es que, si realmente se quería continuar con la producción, crea un obstáculo demasiado grande para poder introducir un punto de giro coherente. El resultado es, por tanto, un giro que se intuye con cierta antelación pero que no se espera por lo absurdo del planteamiento.

Tramas secundarias

Desde luego, lo que mejor aborda La caza en esta segunda temporada son las tramas secundarias. Son ellas las que dotan al juego del gato y el ratón que mantienen Dornan y Anderson de un interés renovado, sobre todo por los efectos que tiene el desarrollo en el resto de personajes. Evidentemente, los casos más significativos son los de las mujeres que rodean al personaje principal, ya sea su mujer (una cada vez menos interesante Branagh Waugh) o la adolescente enamorada del misterio y el riesgo que representa (Aisling Franciosi, vista en Jimmy’s Hall), y que sufre una evolución inversamente proporcional a la de la esposa.

Los efectos que tiene en la vida de ambos personajes la evolución del rol de Dornan son, curiosamente, más elaborados que el propio desarrollo del protagonista. Mientras que éste tiende hacia la simplicidad motivada por una obsesión recurrente y narcisista, las dos mujeres adoptan roles más complejos, una motivada por el engaño y la otra por la atracción. Por supuesto, ninguna de ellas termina su arco argumental, por lo que es de esperar que tengan una presencia cada vez más importante en la historia, o al menos que puedan servir para desbloquear un futuro que no ofrece muchas salidas narrativas.

Por otro lado, los secundarios que rodean al personaje de Gillian Anderson tienen una función puramente formal, es decir, su función es básicamente servir de apoyo a la comprensión emocional de la protagonista. El hecho de que todos los hombres estén literalmente a sus pies, y que muchos de ellos tengan ciertos rasgos parecidos con el rol de Dornan, sustentan la idea de que detrás de la repulsión que siente por el asesino hay algo más, ya sea una necesidad de comprender y desentrañar los motivos de los crímenes, ya sea una atracción física no aceptada o reconocida. Sea como fuere, lo que importa es que los roles masculinos cumplen su función de manera notable, confirmando la idea de que esta temporada ha servido, sobre todo, para crear un marco en el que desarrollar una historia diferente. Y solo un detalle: no deja de ser interesante que en la vida del asesino casi todo sean mujeres, y en la de la policía casi todo sean hombres.

En definitiva, la segunda temporada de La caza es una especie de transición, lo que en cine vendría a ser un comienzo del segundo acto algo irregular. Todo apunta a que la tercera parte dará respuesta a muchas de las preguntas planteadas, pero lo realmente interesante es si lo hará de forma natural o se verá obligada por el desarrollo algo forzado de unos protagonistas que piden a gritos una definición más compleja, plagada de matices y con conflictos internos más sólidos.

‘Believe’, o la incredulidad de una serie mal planteada en su 1ª T


Jake McLaughlin y Johnny Sequoyah protagonizan 'Believe', creada por Alfonso Cuarón.Hace no demasiados meses una serie que llevaba por título Touch tuvo que ser cancelada tras su segunda temporada. Evidentemente, cuando esto ocurre suele ser por una confluencia de motivos que dan como resultado una pérdida alarmante de espectadores. Sin duda uno de los motivos fue un desarrollo circular al que le costaba avanzar y, lo más alarmante, no desarrollaba como debería la relación paternofilial protagonista, convirtiendo al adulto en una especie de pelele a las órdenes de un niño cuyo misterio, en cambio, sí se desarrollaba. Traigo a colación esta fallida serie porque prácticamente todo lo que le ocurrió es lo que ha vuelto a pasar en Believe, producción anunciada como uno de los pesos pesados de la temporada que apenas ha logrado cubrir los 12 episodios de su primera entrega.

La serie, creada por Alfonso Cuarón (Gravity) y Mark Friedman (Regreso al infierno) y con el respaldo de J.J. Abrams (serie Perdidos), narra la persecución que sufre una niña con habilidades especiales por parte de un científico que la ha criado en sus primeros años de vida y que ve en ella el siguiente paso en la evolución. Para evitar que la capturen un grupo encabezado por un psicólogo que ha estado con la pequeña desde su nacimiento decide sacar de la cárcel a un hombre que afirma ser inocente para que la proteja. En líneas generales, ésta es la premisa inicial del argumento, y por desgracia es el desarrollo de la temporada. En efecto, el gran problema del arco dramático es que no logra avanzar hasta sus instantes finales, momento en el que resulta del todo innecesario. Muchos de los episodios se pueden entender casi como fotocopias en las que lo único que cambian son las personas a las que la pequeña, interpretada por una casi desconocida Johnny Sequoyah, trata de ayudar con sus poderes.

El hecho de que los villanos de turno estén siempre a rebufo de lo que ocurre en la trama principal, así como el fenómeno (y este sí que es inexplicable) de que la relación entre el hombre encargado de proteger a la niña (interpretado por Jake McLaughlin, visto en El invitado) y la pequeña se atasque siempre en el mismo punto (ella quiere ayudar; él no; él termina cediendo) terminan convirtiendo Believe en un producto sin intriga con algunas secuencias de acción y fantásticas más o menos notables. La falta de solidez dramática, que en esta ocasión se genera por la combinación de argumento y personajes, es su principal handicap, derivando en un bucle del que sus responsables no son capaces de sacarla. El principal efecto de dicho bucle es la sensación de estar ante una serie de incongruencias en la definición de los personajes, en sus decisiones y en sus actos. Que los protagonistas siempre terminen siendo descubiertos por un error suyo no hace sino confirmar que no evolucionan, condenados a cometer una y otra vez las mismas acciones, lo que a su vez lleva a que el desarrollo de cada episodio sea siempre igual.

El otro gran problema de la serie es la deriva que vive el desarrollo de la trama. A lo largo de estos capítulos el argumento queda salpicado por la presencia de una serie de secundarios que aparecen con visos de una relevancia notable y, posteriormente, se quedan en meras presencias testimoniales para, supuestamente, dar fe de la bondad de los buenos y la maldad de los malos. Roles como el de la agente del FBI encargada de perseguir a la niña y su protector o el del asesino que busca a la pareja como si de un sabueso se tratara nacen con la intención de aportar nuevos matices a la historia, o al menos dotar de nuevos puntos de vista a los fenómenos que en principio deberían sucederse en cada episodios. Solo la primera tiene algo más de relevancia, pero en líneas generales ni el papel interpretado por Trieste Kelly Dunn (serie Banshee) ni el interpretado por Nick Tarabay (serie Spartacus) alcanzan dichas cotas, limitándose a rellenar algunos minutos y protagonizar alguna secuencia de transición.

Sin efectos no hay gloria

Y hablando de los fenómenos que la joven protagonista es capaz de realizar, es imprescindible señalar la ausencia casi total de dichos efectos a lo largo de la serie. Salvo episodios muy concretos, el desarrollo del arco dramático se traduce en una especie de intriga por descubrir la forma en que el papel interpretado por Sequoyah va a lograr salvar las vidas de los personajes que centran la atención en cada episodio. Sí, hay momentos muy conseguidos, sobre todo en el episodio piloto y en su espectacular clímax del episodio final, pero en líneas generales Believe debería ser eso mismo, una producción en la que creer. Y eso, a falta de una solidez dramática y narrativa solvente, debe suplirse con unas situaciones que potencien los motivos por los que la pequeña es perseguida y protegida. Si lo comparamos con la ya mencionada Touch, esta jugaba con la idea de que todo está conectado, lo cual es, por su propia definición, intangible; en el caso de la serie de Cuarón los poderes de la pequeña Bo Adams son, o al menos eso se deja entrever, físicos.

El efecto de esa falta de espectacularidad en los efectos redunda en la idea de estar ante una persecución cuanto menos irreal. Los personajes, sobre todo el villano interpretado por Kyle MacLachlan (serie Sexo en Nueva York), hacen hincapié a través de sus diálogos en que la protagonista es especial y única. Empero, las imágenes no terminan de definir claramente dicha singularidad. Es más, a medida que se va conociendo algo más de ese mundo en el que sus responsables quieren que creamos la conclusión a la que puede llegar el espectador es diametralmente opuesta. Existe en este sentido una cierta indefinición en cuanto a los poderes que unos y otros personajes poseen, lo que a la larga provoca una cierta desubicación del espectador, que no sabe a qué atenerse ante determinadas situaciones. A esto habría que sumar la presencia de un reparto que no aporta demasiado a sus personajes, tanto por la definición de los mismos como por la labor de los actores.

Todo esto me lleva a plantear una duda que cada vez es más constante y que, creo recordar, ya ha aparecido en Toma Dos. He de confesar que considero a J.J. Abrams uno de los directores con más potencial de los últimos años. Su aportación a la televisión y al cine es indudable, y ha sabido desarrollar un estilo formal y narrativo propio. Dicho esto, las producciones que avala para la pequeña pantalla tienen, en líneas generales, el mismo problema: un prometedor comienzo y un final desastroso. Algunas logran solventarlo, pero aquellas que no son capaces de sobreponerse evidencian una ausencia total de criterio a la hora de plantear una historia. Casos como el de esta serie son la mejor prueba. Si uno lee su sinopsis general es evidente que la historia tiene potencial, pero no así su desarrollo. El resultado de todo esto está siendo el de estar ante un productor/creador con ojo clínico para historias frescas y novedosas pero que no es capaz de desarrollarlas, lo que redunda en su propio perjuicio.

Posiblemente si Believe no contara con nombres como el de Cuarón o el de Abrams su fiasco (porque no hay otra palabra) no habría pasado de una reseña en algún medio especializado. En realidad, sus errores (muchos) y sus virtudes (pocas) son comunes a un alto número de producciones, por lo que tampoco debería ser noticia que no logre superar su primera temporada. Pero los padrinos son los que son, y uno de ellos con un Oscar bajo el brazo, ni más ni menos. Es por eso que todo el mundo esperaba algo más de este producto. Algo más que unos personajes sin demasiados claroscuros; algo más que una trama con un desarrollo escaso y plagado de tópicos; y algo más que una serie incapaz de desarrollar líneas dramáticas básicas como las relaciones entre los personajes. Desconozco si a la hora de plantear el proyecto se conocían los precedentes de series similares, pero lo que está claro es que los errores han sido los mismos. Ver para creer.

‘El ultimátum de Bourne’, broche de oro para recuperar la memoria


Si algo ha definido a la saga de Jason Bourne durante sus tres primeras películas es que todas las persecuciones, conspiraciones y revelaciones terminaban cuando comenzaban los títulos de crédito. Poco importa lo rebuscado de su intriga, los riesgos a los que se enfrente el protagonista o los remotos países a los que le lleve su aventura; siempre existía un final cerrado a una trama autoconclusiva. En este sentido, El ultimátum de Bourne, dirigido de nuevo por Paul Greengrass (United 93) en 2007 es la esencia de la trilogía elevada a la máxima potencia, aunque también sirve de broche a una historia mucho mayor que las tres películas y que, en cierto modo, se deja ver en todas ellas.

Porque, en efecto, cada película mostraba la lucha del personaje interpretado por Matt Damon (Green Zone) por alcanzar una vida tranquila alejada del que años atrás fue su trabajo (que ahora ni siquiera recuerda tras una amnesia sufrida durante una misión), pero al mismo tiempo dejaba en el subconsciente la sensación de que había algo más, que siempre quedaría algún problema relacionado con Treadstone que tendría que resolver. En la trama de esta tercera película confluyen, como decimos, tanto una historia propia como el final de dicha sensación oculta. En sí misma, la historia no presenta demasiadas diferencias con otras: en esta ocasión, todo comienza cuando un periodista que sigue la pista de una operación encubierta se topa con Treadstone y con el nombre de Bourne, con quien contacta. Sin embargo, durante la reunión el periodista es asesinado, no sin antes revelar al protagonista algunos detalles de su pasado, lo que le llevará a una nueva búsqueda.

Greengrass compone en este final de trilogía posiblemente una de las obras más difíciles de su carrera. Como buena continuación, la acción se vuelve mucho más física, más eléctrica y más constante, por lo que la trama adquiere mucha más presencia en dichas secuencias, alternándolas con diálogos que, en algunas ocasiones, hacen referencia a hechos de films anteriores. Pero más allá de eso, lo que convierte a este El ultimátum de Bourne es un título a la altura de los demás es que los personajes, tanto el protagonista como los secundarios, adquieren una presencia mucho más significativa en la trama. Muchos de ellos evolucionan de forma atractiva y acorde a la información que el espectador va recibiendo, convirtiendo a villanos en aliados, y a secundarios en auténticos antagonistas.

Dicho esto, y tras ver otros títulos del director, no es descabellado afirmar que es el de mayor libertad creativa. Algunas de las frenéticas secuencias, con saltos de una ventana a otra, persecuciones por callejuelas o luchas cuerpo a cuerpo tan confusas como hipnóticas, no se han vuelto a repetir en ninguna otra, ni siquiera en la bélica Green Zone (2010). Greengrass da en esta conclusión de las aventuras de Bourne todo un recital de buen cine de acción enmarcado en la que posiblemente sea la trama más compleja de las tres. Un cine de acción que huye todo lo que puede de los efectos digitales al más puro estilo Bond para retomar esos orígenes de El caso Bourne (2002) y ensalzarlos para superar lo visto en El mito de Bourne (2004).

¿Quién es Jason Bourne?

Siguiendo esa estela sobre los orígenes del primer título, esta conclusión también toma prestado uno de los elementos más representativos de dicho film: el realismo. No tanto en su aspecto más físico o en el desarrollo de la trama, sino en el carácter de los personajes. Cierto es que las tres películas no habrían sido lo mismo sin el plantel de actores que han desfilado por ellas, algunos más conocidos que otros pero todos ellos realizando un trabajo que supera con mucho la mera profesionalidad, pero en el caso de El ultimátum de Bourne dicha labor alcanza las cotas de la realidad más mundana.

Y es que, a diferencia de otros personajes protagonistas de sagas como Rambo o el propio Bond, Jason Bourne en ningún momento, y más en esta película, parece tener esa aureola de nombre imborrable de la faz de la Tierra. Sí, posee conocimientos que el resto de los mortales apenas vislumbramos; sí, su entrenamiento le permite salir airoso de casi cualquier lucha en la que se ve envuelto. Pero una bala puede hacerle, y de hecho en alguna ocasión lo consigue, muy vulnerable ante aquellos que le persiguen.

El utlimátum de Bourne presenta así a un personaje más cercano que busca desesperadamente encontrar su verdadera identidad. Si en la primera película necesitaba saber de dónde venía, y en la segunda clamaba venganza, en esta última busca, ante todo, recuperarse a sí mismo a través de su nombre y el resto de sus datos, aunque eso le cueste la vida. Curiosamente, el film desvela en este ámbito dos importantes datos: que Jason Bourne no es su verdadero nombre y que un héroe de acción como este puede morir… aunque solo sea para huir de su pasado.

‘El mito de Bourne’, la instauración definitiva de un nuevo estilo


El rotundo éxito que cosechó en todo el mundo El caso Bourne (2002) hizo que los estudios plantearan una continuación unos días después del estreno. Aunque en un principio la película protagonizada por Matt Damon (Destino oculto) se planificó como una alternativa a las aventuras algo fantásticas de James Bond, las continuaciones no siguieron ese patrón. De hecho, señalaron el camino otra vez. Este tipo de productos suelen tener historias autoconclusivas que poco o nada tienen que ver de una película a otra. Sin embargo, El mito de Bourne, estrenada en 2004 y dirigida por Paul Greengrass (Extraña petición), rompe con esa tendencia para contar una historia continuista tanto en trama y personajes como en formas… bueno, en este último caso, superó las expectativas generadas por la primera parte.

En esta ocasión, y tras unos años viviendo alejado de todo, Bourne debe volver a sus actividades anteriores a la amnesia después de que un intento de asesinato contra él termine con la vida de su novia. Decidido a conocer la verdad de una persecución que creía haber dejado atrás, su periplo le lleva a ciudades de medio mundo y a solicitar la ayuda de otros enlaces de Treadstone, pero lo que descubre va mucho más allá de sus expectativas. La trama, como puede apreciarse, vuelve a integrar los elementos más característicos del cine de espionaje: escenarios exóticos por medio mundo, secuencias de acción, una intriga muy elaborada…

De hecho, es este último punto el que conforma una de las mayores diferencias con su predecesora. Desde luego, el cine de Jason Bourne nunca ha sido de comprensión fácil. No es que sea una película de David Lynch (Mulholland Drive), pero requiere del espectador algo más que la mera contemplación de patadas, puñetazos y carreras por los tejados. En este sentido, El caso Bourne ofrecía una historia mucho más lineal, más clara, en la que la motivación de unos y otros se dibujaba sobre trazas que estaban a la luz.

Mucho de lo que ocurre en esta segunda parte, empero, transcurre en la oscuridad. Lo único que tiene claro el espectador es lo que mueve al protagonista, que sucede en los primeros minutos y que considero como una de las mejores secuencias de acción de los últimos años. Sin embargo, los motivos que llevan a la inteligencia norteamericana a seguir persiguiendo a Bourne, aunque explicados en algún momento del metraje, parecen ocultar algo más; y ese algo más, compuesto por intereses que a priori pueden parecer secundarios, es lo que aporta un mayor calado.

Greengrass, el revolucionario

Esta primera continuación, al igual que la siguiente, fue dirigida por el británico Greengrass, cuya experiencia hasta entonces se limitaba a un par de films para la pantalla grande y un puñado de trabajos para la televisión. Desconozco si fue por continuar con el estilo señalado por su predecesor, Doug Liman (Jumper) por imposición de los productores, o si pertenece a su estilo personal (a tenor del resto de títulos, me inclino por lo segundo), pero el trabajo del director en este El mito de Bourne es, en pocas palabras, brillante en todos los sentidos.

En realidad, se puede considerar que el denominado ‘estilo Bourne’ le pertenece a él más que a Liman. Esa forma tan caótica de rodar los combates y ese aire de pseudorealidad que imprime a las persecuciones o a los debates de despacho se han convertido en las señas de identidad más claras de la saga. En este sentido, El caso Bourne era un título más calmado cuyo equilibrio entre historia y acción, entre intriga y adrenalina, estaba medido con detalle preciso. En el caso de esta segunda entrega, el ritmo es más frenético, dejando apenas un momento de reflexión para comprender la vorágine en la que se encuentra el protagonista.

Pero ello no quita para que el film mantenga el grado de intriga necesario. Más bien al contrario, lo potencia, pues todas las pesquisas y todos los descubrimientos se realizan en el proceso de la persecución, lo que imprime un mayor grado de sorpresa a determinadas revelaciones, y obliga al espectador a estar atento a cualquier detalle que pueda aparecer durante esos frenéticos momentos. El mito de Bourne es, en cierto modo, un superlativo de la original que potencia los mejores elementos y define de forma definitiva este tipo de tramas.

‘El legado de Bourne’: alteraciones genéticas


La trilogía original de películas basadas en el personaje de Robert Ludlum, la protagonizada por Matt Damon, estaba definida por un rechazo constante a un pasado olvidado y por la construcción de un futuro alejado de la violencia y el daño generados por un programa de espionaje sin precedentes. Era, en fin, una huída sin descanso que terminaba con un contraataque del protagonista al corazón de aquellos que buscaban su muerte por todo lo que podía desvelar. El legado que Jason Bourne deja, sin embargo, se aleja de esta idea para crear una historia tan compleja como las anteriores pero que carece del interés y la ansiedad que generaba la constante persecución a la que aquel se veía sometido.

No es que la película de Tony Gilroy, guionista habitual de la serie y director de Michael Clayton, no tenga todos los elementos para entretener. Incluso comienza con un plano similar al de la original El caso Bourne (2002). El principal problema radica en dos pilares fundamentales: la motivación de los personajes y el ritmo de la historia. En efecto, hay espectaculares persecuciones, confusas luchas que heredan algunas cosas buenas y otras malas del estilo impuesto por Paul Greengrass (El mito de Bourne) y multitud de paisajes por medio mundo. Empero, la historia principal parece ir por momentos dividida en dos fragmentos que caminan de forma paralela. Por un lado, los intentos de la Defensa norteamericana por eliminar todos los programas similares a Treadstone, al que pertenecía Bourne; por otro, el protagonista, que forma parte de uno de dichos programas, parece estar motivado únicamente en encontrar un virus que le modificará de forma permanente un cromosoma.

En este sentido, la persecución no parece tener demasiada relación con el perseguido. La impresión que genera es que la historia no va con Aaron Cross, nombre al que responde el protagonista interpretado con solvencia por Jeremy Renner (con todo, no es su mejor trabajo). Si Bourne actuaba únicamente para evitar ser capturado, aquí la captura queda como algo secundario, casi anecdótico al quedar claro que nunca se podrá lograr. De hecho, el final resulta significativo para comprender esta idea, siendo demasiado abierto a futuras continuaciones donde el nuevo protagonista, ahora sí, se tomará su consabida venganza.

Tal vez sea este el motivo por el que la cinta resulta un tanto irregular. Todo lo narrado en las aproximadamente dos horas de metraje debería haber formado parte de una historia mayor cuya duración debería ser similar, por lo que muchos fragmentos podrían haberse reducido o incluso recortado. Gilroy, quien también firma el guión, ofrece una trama con demasiados saltos entre la acción y los diálogos, siendo esta demasiado larga para lo corta que es aquella. En el fondo, todas las explicaciones y las persecuciones quedan en nada al no poseer una conclusión que ate los cabos necesarios, lo que acaba dejando un sabor de boca extraño. La conclusión, aunque pueda parecer evidente, es que no es Jason Bourne, ni en el fondo ni en la forma.

Nota: 6,5/10

‘Safe’: vengar la corrupción por una buena causa


Tal vez los espectadores más jóvenes, acostumbrados a cintas de acción, digamos, más tecnificadas, no tengan una referencia clara de lo que aportaron dichas estrellas, pero solo hace falta acercarse a cualquier película de Jason Statham para atisbar una forma clásica de repartir mamporros. En este sentido, la última propuesta del protagonista de Transporter no decepciona en su planteamiento, y lo comprimido de su metraje la convierte en lo que pretende ser, un divertimento con el que evadirse durante unos minutos de la dura realidad del exterior.

Y como buena heredera de los míticos títulos de los 80 y 90, toda su acción pivota sobre una premisa realmente simple que permite un lucimiento personal de las artes guerreras de un solo hombre contra no una, sino hasta dos mafias y un cuerpo de policía de lo más corrupto que se ha visto últimamente. Premisa, por cierto, que está narrada en los primeros minutos de la cinta de forma harto original para este tipo de películas, a través de tres flashbacks a diferentes momentos del pasado del protagonista y de la niña a la que debe proteger.

Una originalidad que aporta al conjunto un carácter narrativo relativamente fresco, a lo que se suman algunos elementos que, por lo que tienen de infrecuentes, se convierten en auténticas delicias de este divertimento sin control. Así, las secuencias de acción, además de conseguidas, se erigen en un caos controlado donde Statham, auténtica ‘alma mater’ del producto, tiene para dar y tomar utilizando como arma cualquier cosa de su entorno, desde una barandilla de un vagón del metro hasta un tenedor, pasando por un plato o por sus propias manos.

Sin duda, uno de los elementos más llamativos llega de la mano de la corrupción policial, fenómeno que se aborda en infinidad de films, series y novelas, pero que en Safe da un paso más en una secuencia que, de hilarante, es reveladora. Que un jefe de policía, antes de una redada en la sede de la mafia rusa, negocie no solo con ellos, sino con las tríadas chinas los porcentajes a ingresar por hacer la vista gorda en sus negocios es tan irónico como preocupante. Y todo ello en una conversación a tres bandas por teléfono.

Evidentemente, la película no sería nada sin Statham y el carisma que desprende. Bueno, lo cierto es que tampoco es nada espectacular, aunque sí es un producto digno dentro del género. No pasará a la historia como un referente, pero tampoco trata de serlo. Simplemente, una hora y media de persecuciones, acción y peleas, todas ellas sin que el protagonista sufra daño alguno, posiblemente lo más fantástico de todo el conjunto.

Nota: 6/10

Diccineario

Cine y palabras

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