1ª T. de ‘Preacher’, transgresión para una historia diferente al cómic


Dominic Cooper, Ruth Negga y Joseph Gilgun dan vida a los tres protagonistas de 'Predicador'.Si algo positivo tienen las adaptaciones de cómics de superhéroes al cine y la televisión es que abren la puerta a un mundo mucho más amplio, más oscuro y más adulto. Me refiero a esas historias gráficas que se han convertido en auténticas obras de culto y referentes para los amantes de este elemento de la cultura. A esto ha contribuido también, claro está, el éxito de The Walking Dead. Todo esto viene a cuento de la primera temporada de Predicador, versión televisiva de la obra creada por Garth Ennis y Steve Dillon que han adaptado Sam Catlin (serie Breaking Bad), Evan Goldberg (Malditos vecinos 2) y Seth Rogen (Juerga hasta el fin) en una historia que, aunque ligeramente diferente, mantiene la esencia gamberra y transgresora de su argumento.

Para aquellos que no lo conozcan, la trama se centra en Jesse Custer, un joven predicador de Texas en una parroquia en medio de ninguna parte que es poseído por una entidad cuyo poder se equipara al de Dios. Capaz de ordenar a la gente que haga aquello que no quiere, inicia un viaje acompañado de su antigua novia y de un vampiro irlandés para encontrar a Dios y pedirle explicaciones por haber abandonado el Cielo. Y aunque esta es la historia, en líneas generales, del cómic, esta temporada aborda sin embargo el modo en que el protagonista afronta su nuevo poder, todo ello con un hilo argumental totalmente nuevo, al menos con respecto a la línea regular de la historia gráfica.

Y es precisamente por esa libertad que Predicador logra una dinámica única, a medio camino entre las referencias de las páginas originales y el humor negro que aportan el trío de creadores. A pesar de la presencia de personajes conocidos, la introducción de roles secundarios que encajan perfectamente en el mundo creado por Ennis y Dillon no hace sino enriquecer la trama, cuya narrativa, por cierto, es algo inconexa al inicio pero coherente en su resolución. A lo largo de los 10 episodios el tratamiento se centra en desarrollar tanto el poder del protagonista (con algunos momentos tan hilarantes como inquietantes) como el triángulo que se forma con los que serán los otros grandes personajes de la trama. Aunque es cierto que hay algunos momentos en que su relación no se sustenta demasiado bien (los acontecimientos ocurren demasiado rápido, perdiendo justificación), en líneas generales componen sólidamente las bases de la dinámica que, presumiblemente, se explotará más adelante, dejando para ello algunas pinceladas de los sentimientos, del pasado y de los caracteres de cada uno.

No es extraño que en este tipo de producciones los elementos novedosos se terminen convirtiendo en lo realmente atractivo. Y como he mencionado, la diferente historia y los personajes secundarios son los que marcan realmente el tono de esta ficción, amén de una puesta en escena tan ácida como malsana en algunos momentos. En este sentido, destaca la labor de Jackie Earle Haley (Watchmen) con un rol tan intrigante como desagradable, cuya falta de fe y de sentimientos roza lo monstruoso. En cierto modo podría entenderse como un preludio de lo que está por llegar, pues sea fiel o no a las páginas del cómic, parece evidente que los personajes de este tipo van a ser una constante. La pregunta es si los demás estarán a la altura de semejante villano, porque de no ser así posiblemente la serie decaiga.

Ángeles y demonios

De este modo, la primera temporada de Predicador desprende la esencia de la saga original en todos y cada uno de sus fotogramas. La combinación de drama y acción otorga a la trama el equilibrio perfecto entre humor y violencia, entre intriga y comedia. Curiosamente, sus creadores apuestan por una espectacularidad que no se desprende, al menos no siempre, de las páginas del cómic, que afronta desde el comienzo una búsqueda más terrenal. La forma de presentar a Cassidy (un idóneo Joseph Gilgun –Pride-) es tan inesperada como salvaje, definiendo casi en una única secuencia la mayoría de matices de su personalidad. Algo similar ocurre con el rol de Tulip O’Hare, un papel que Ruth Negga (Loving) ha hecho suyo hasta niveles insospechados.

Evidentemente, el protagonista es el que se lleva un mayor desarrollo dramático. Más allá de la labor de Dominic Cooper (Warcraft. El origen), lo realmente interesante es el proceso que vive el predicador una vez recibe a Génesis. Proceso en el que ángeles y demonios tienen mucho que ver, y en el que tienen lugar algunas de las mejores y más hilarantes secuencias de esta temporada, desde la lucha en la iglesia hasta esa habitación de un motel llena de cadáveres repetidos de los mismos ángeles. Esto, además, confirma la necesidad de los guionistas de alejarse deliberadamente de la historia original en algunos de sus aspectos. Posiblemente lo único que se le pueda echar en cara a la trama es una cierta inconexión en la forma de abordar el pasado y las relación de este predicador con el rol de Negga. No es que no se explique, sino que su forma de enfocarlo puede desorientar a algunos espectadores durante los primeros compases de la historia.

Y en medio de todo esto, el Santo de los Asesinos. Este imprescindible personaje de la trama, interpretado por Graham McTavish (La hora decisiva), es introducido en la temporada casi como un elemento diferenciador, sin demasiada conexión con el resto de la trama pero que, poco a poco y a base de repetir su única y corta línea argumental una y otra vez, va adquiriendo relevancia dramática para, en el último episodio, confirmar no solo su pasado o su presente, sino el futuro que va a tener en el argumento. Y como no podía ser de otro modo, protagoniza una de las secuencias más violentas de la serie rodada, por cierto, aprovechando el fuera de campo de un modo pocas veces visto en televisión.

Se puede decir que la primera temporada de Predicador, a pesar de sus diferencias con el cómic original, se mantiene fiel al espíritu tan transgresor y gamberro que tienen las viñetas. Poco importan, por tanto, que el pasado o la presentación de los personajes se ajuste a la idea de Garth Ennis y Steve Dillon. Poco importa que la trama se desarrolle de forma totalmente diferente. Al final, lo que cuenta es si realmente esta serie puede enmarcarse en el mundo de este predicador con una entidad todopoderosa en su interior. La respuesta es un rotundo sí, por lo que solo se puede disfrutar del humor ácido que desprenden sus secuencias. Y sobre todo, mostrar la esperanza en que las siguientes temporadas entrarán de lleno en la búsqueda de Dios que ha iniciado Jesse Custer.

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‘Castle’ empieza a mostrar síntomas de fatiga en la sexta temporada


'Castle' y Beckett resuelven los casos más extraños en la sexta temporada.Ya se intuía en la pasada temporada y se ha confirmado en esta. La serie Castle está llegando, poco a poco, a su fin. Tras una cuarta temporada espléndida y una quinta temporada divertida, la sexta se ha revelado como un vehículo para ir atando todos los cabos sueltos que podían quedar en la trama. O mejor dicho en las tramas, porque si algo han tenido de bueno estos 23 episodios son las tramas secundarias y una profundización aún mayor en el humor y la originalidad de los casos policiales.

Por suerte, eso no ha impedido un desarrollo correcto de los principales temas de la serie ni ha restado interés a la temporada de esta serie creada por Andrew W. Marlowe (El fin de los días). De hecho, tener tantos episodios ha propiciado que los personajes hayan superado todo tipo de situaciones, convirtiendo sus arcos dramáticos en algo más que una repetición de momentos. Así, la protagonista interpretada por Stana Katic (La sombra de la traición) ha pasado por el FBI y ha resuelto, de una vez por todas, el drama de su pasado que, en buena medida, ha marcado toda la serie. Igualmente, las relaciones entre los principales roles han evolucionado notablemente, sobre todo la del protagonista con su hija.

Es fácil olvidar algunos momentos de una temporada tan larga en la que ocurren tantas cosas. Pero vista en perspectiva y revisados todos sus episodios, la sexta entrega de Castle evidencia una influencia bastante relevante de la actualidad y de algunos personajes conocidos y convenientemente disimulados. A esta consolidación de una tendencia que se ha ido implantando poco a poco (y que no resta originalidad a una serie caracterizada por casos extravagantes) se suma la incorporación más habitual de personajes muy secundarios, como es el padre espía del protagonista. Su presencia, además de proporcionar algunos de los mejores episodios, abre una puerta a nuevas tramas de temporada que sustituyan a la de la madre de Kate Beckett.

Con todo, la sensación de haber empezado el ocaso de la serie no deja de planear sobre las diferentes tramas que nutren la serie. Evidentemente, mientras siga siendo divertido, entretenido y original el producto puede estirarse todo lo que se quiera, pero el hecho de haber dado carpetazo al pasado de Beckett y de haber planteado la boda de los protagonistas (a pesar de ese final impactante que impide la celebración) parece apuntar a pocas temporadas más. Sus responsables tendrán que buscar nuevas bases dramáticas con las que nutrir la ficción si la intención es aguantar en lo más alto.

Secundarios de lujo

Al principio afirmaba que esta sexta temporada ha potenciado las tramas secundarias. Aquellos que sigan la serie de forma más o menos asidua sabrán que uno de los puntos fuertes y más estables desde el inicio de las aventuras de Richard Castle son los personajes secundarios, más concretamente los interpretados por Jon Huertas (Stash House) y Seamus Dever (Hollywoodland). Sus aportaciones a la trama, además de su propia definición sobre el papel, suelen servir para apoyar el humor, la intriga o el drama de la pareja protagonista.

En esta ocasión, empero, su labor ha ido un poco más allá, entre otras cosas por la necesidad de desviar la atención de una trama principal que, siendo sinceros, ha sido más floja que en ocasiones anteriores (los preparativos de la boda son entrañables, pero no dan para 23 capítulos). Así, la pareja secundaria de policías ha visto cómo sus propias historias han tenido protagonismo, más la de Dever que la de Huertas. No solo han sido el apoyo del personaje de Nathan Fillion (Percy Jackson y el mar de los monstruos) en los primeros compases de la serie, sino que han tenido sus propios episodios, convenientemente ubicados en mitad del desarrollo (concretamente, las tramas correspondientes al noveno y al undécimo).

Esta estrategia evidencia varias cosas. Por un lado, que los responsables de la serie son conscientes de las debilidades dramáticas en cada momento, algo esperanzador. Esto les permite recurrir a estas tramas secundarias en los momentos precisos, no sin haberlas anunciado antes con alguna frase, alguna ironía, etc. Pero por otro, confirma no solo que el contexto que rodea a los protagonistas es espléndido, sino que la producción cuenta con unos secundarios de lujo que son capaces de sostener sobre sus hombros los diferentes géneros que se entremezclan en los casos policiales.

Todo ello convierte a esta sexta temporada de Castle en una especie de reinicio. Habiendo cerrado todas las tramas principales, la serie se enfrenta ahora al reto de reinventarse o de caer en la repetición y monotonía más absoluta. Puede que la palabra monotonía no encaje con el espíritu de este escritor reconvertido en investigador, pero lo cierto es que si no fuese por la originalidad de los crímenes aportaría más bien poco. No quiere esto decir que en estos episodios haya perdido interés, al contrario. Es divertida y dinámica, sus casos tienen la complejidad necesaria y los personajes cuentan con el carisma de sus actores, y eso ya es mucho más de lo que encontramos en otras series.

Tensa calma en la quinta temporada de ‘Castle’


Los personajes de Stana Katic y Nathan Fillion deberán afrontar retos personales en la quinta temporada de 'Castle'.Dice un refrán español que después de la tormenta siempre llega la calma. En la narrativa audiovisual existe algo parecido: después de alcanzar un clímax, un punto álgido, es obligado ofrecer cierta calma que permita la reflexión. Por esto era previsible que la quinta temporada de Castle fuese un mar en calma después del intenso final que tuvo la anterior. Un final que, además, resolvía prácticamente todos los interrogantes que se habían generado hasta entonces, aunque también modificaba el tablero de juego de los personajes. Es por eso que estos nuevos 24 episodios se han planteado más como una bisagra entre arcos argumentales más amplios. Lo mejor de todo esto, y lo que demuestra la genialidad del equipo de guionistas encabezado por el creador de la serie, Andrew W. Marlowe (El hombre sin sombra), es que la producción ha sabido mantener el nivel muy alto.

Es más, la ausencia de tramas que se desarrollen a lo largo de todos los episodios ha permitido una evolución formal de los casos policiales que este escritor de novelas policíacas y la inspectora de homicidios deben resolver. Siendo sinceros, y a pesar de la originalidad que ya de por sí tenían los crímenes, la serie estaba empezando a llegar a un punto en el que los pasos a seguir en las investigaciones eran excesivamente similares. Tanto que cualquier espectador un poco atento podía intuir el responsable del crimen. Esta quinta temporada, afortunadamente, ha sabido modificar los parámetros para ofrecer otros puntos de vista en dichos crímenes, otras formas de plantear el desarrollo dramático de los mismos. El caso más evidente de esto es la forma en que se celebró el episodio 100, un homenaje a La ventana indiscreta (1954) que se ha convertido en uno de los mejores casos de toda la temporada.

Aunque lo más interesante para los seguidores de la serie ha sido, como cabía esperar, la forma de abordar la relación entre los protagonistas. A medio camino entre el humor y el drama (como el resto de pilares de la producción), los personajes de Nathan Fillion (Serenity) y Stana Katic (La sombra de la traición), quienes por cierto cada vez aportan más a sus roles, han tenido que sortear conflictos, celos y dudas que alcanzan su apogeo en los dos últimos episodios, los cuales dejan en el aire no solo el futuro de la relación, sino del concepto mismo de la serie, que podría mirar hacia cotas más altas, complejas y, en cierto modo, atractivas (como son los casos federales). Habría que ver si el espíritu Castle se mantendría, pero no deja de ser una interesante vía de desarrollo.

Una prueba más de la coherencia que siempre han demostrado los responsables de la serie. Esta quinta temporada comenzaba hilando con los hechos de la anterior, involucrando en los casos a los villanos que durante tantos capítulos se han intentado desenmascarar. Sin embargo, una vez resueltas las últimas incógnitas los episodios se desviaron hacia terrenos mucho más conocidos y fáciles de transitar; cambio, por cierto, que ha dejado las manos libres a los guionistas para poder explorar todas las vías anteriormente mencionadas.

Una cara nunca antes vista

Esta temporada “bisagra” de la serie policíaca ha permitido también dar a conocer al espectador algunos aspectos de la personalidad de los protagonistas que nunca antes habíamos visto, sobre todo de Castle. En mayor o menor medida, el personaje de Kate Beckett se había tenido que enfrentar a situaciones que han sacado prácticamente todos los aspectos de su personalidad. El caso del escritor, sin embargo, es diferente. Dibujado como un personaje con una vis cómica muy marcada, el espectador sólo había tenido acceso a sus lados más dramáticos, pero nunca había sido presentado como hombre de acción. El secuestro de su hija durante un par de episodios ha revelado una faceta mucho más interesante, más amenazadora y protectora. Más seria, en definitiva.

De hecho, ese acontecimiento que tiene lugar hacia mitad de temporada ha cambiado, aunque solo sea sutilmente, la forma de presentar al protagonista. Por supuesto, sigue manteniendo el carácter divertido, actual y, por qué no, friki que tanto ha caracterizado a la serie, pero hay algo más, algo diferente. Algunas de sus decisiones ya no son tan inconscientes ni alocadas, sino que están más medidas, algo que se nota sobremanera en la forma de reaccionar en la crisis que protagoniza los últimos episodios, y que enlazará con los primeros de la sexta temporada ya anunciada.

La quinta temporada de Castle es, por así decirlo, un mar de tensa calma que parece preceder a una nueva tormenta de intrigas y casos más complejos. Desde luego, los pilares para el cambio están colocados. Sí, se puede entender que estos episodios son una transición. ¿Hacia qué? Conociendo la originalidad de los casos que se investigan, cualquier cosa puede pasar. Ahora bien, que haya sido una transición no implica que tenga menos interés. Tras varias temporadas con finales impactantes y sobrecogedores la serie ha sabido tomarse el merecido respiro para remodelarse y evolucionar hacia algo parecido pero en ningún caso igual. Ahora falta comprobar si esos pequeños cambios introducidos en formato y personajes son aprovechados en las próximas temporadas.

‘Un lugar donde quedarse’: madurar aprendiendo del pasado


Los viajes iniciados con el único objetivo de encontrarse a uno mismo suelen estar plagados de personajes excéntricos, cómicos o surreales. Pero… ¿qué ocurre si el protagonista de dicho viaje es, en sí mismo, una rareza social? La respuesta cabe encontrarla en esta nueva película de Paolo Sorrentino (L’amico di familia), que demuestra su elegancia formal al mismo tiempo que crea un relato único, marcado por algunos diálogos memorables y secuencias impactantes en lo que tienen de contraste compositivo.

Y si bien es cierto que el film presenta un atractivo visual en forma de una fotografía y una planificación tan elegantes como aberrantes, el verdadero hallazgo del conjunto lo representa su protagonista, Sean Penn (Mystic River). Más allá del dibujo sobre papel que hacen los guionistas (entre los que está el propio Sorrentino) del personaje, la maravillosa labor del actor, que añade un nuevo personaje a su lista de indispensables interpretaciones, es lo que realmente aporta originalidad a esta historia sobre una estrella gótica de la música que, al morir su padre, retoma la búsqueda del nazi que le humilló en el campo de concentración de Auschwitz.

Con un parecido más que evidente a Robert Smith, cantante del grupo The Cure, Penn se transforma en un personaje atormentado, un cincuentón que sigue maquillándose como la estrella que fue y que, como se menciona en varios momentos del film, se niega a crecer. Un hombre que carga, literalmente, con sus errores del pasado, los cuales resuelve a lo largo de su viaje en busca del ex-nazi. En el fondo, todo el relato no es más que un intento de conseguir el perdón personal, de aprender de los errores del pasado y de madurar para poder seguir adelante con una vida que se le antoja extraña, dolorosa e, incluso, inmerecida.

Pero dado que el propio protagonista es, en sí mismo, un personaje único, los diferentes iconos con los que se encuentra a lo largo de las dos horas de película no pueden ser más normales… en su propia originalidad. Y si normalmente es la presencia de dichos secundarios la que ayuda al protagonista, en Un lugar donde quedarse, si bien ocurre así, también existe un sentido inverso.

Al final, poco importan dichos personajes, pues Sean Penn ofrece una metamorfosis de tal magnitud que eclipsa todo a su alrededor. Apoyado por la magnífica dirección de Sorrentino, el actor habla, camina e incluso observa como un hombre ajeno a su edad. La sinceridad de sus declaraciones o la inocencia de sus preguntas resultan tan cómicas como tiernas, tan sorprendentes como inteligentes. Un papel que bien merece varios premios, pues no todos los actores habrían sido capaces de afrontar semejante reto.

Nota: 6,5/10

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