‘Steve Jobs’: un genio entre bambalinas


Michael Fassbender es 'Steve Jobs'.No cabe duda de que Steve Jobs, cofundador de Apple, ha sido, es y será un personaje tan admirado como criticado, tan idolatrado como censurado. De ahí que una biografía sobre su persona resulte tan complicada. El más mínimo error puede convertir una obra en un culto a su figura o en una feroz y, en parte, injusta crítica hacia su trabajo. El guionista de su nuevo biopic, Aaron Sorkin (serie El ala oeste de la Casa Blanca) es consciente de ello, y eso se nota en el resultado final.

Porque sí, Steve Jobs es una película de Aaron Sorkin, no de Danny Boyle (La playa), si bien es cierto que en varias ocasiones se nota la mano del director. Y como película de Sorkin, la trama se desarrolla entre diálogos ágiles e interminables que diseccionan a los personajes con precisión cirujana, dejando desnudas sus almas y convirtiéndoles en verdaderos protagonistas de la atención del espectador. Gracias a secuencias como la conversación entre Jobs y John Sculley (un Jeff Daniels –Paper man– espléndido) la cinta logra un crecimiento dramático a base, curiosamente, de lo que se esconde detrás del escenario, una metáfora de lo que siempre ha sido la figura de Jobs, un hombre detrás de una máscara.

Pero si la labor de Sorkin es tan imprescindible como espléndida, lo que logra Michael Fassbender (Frank) en la piel del creador del iPhone es simplemente brillante. El actor se funde con el personaje hasta niveles pocas veces vistos, asumiendo sus imperfecciones y tratando de ensalzar la genialidad de sus ideas. Esa constante contradicción entre una forma de ser cuanto menos difícil y sus innovadoras ideas es el motor que permite mantener el interés en el personaje y en la historia. Y a él se suman, por supuesto, el resto de actores, todos ellos más que correctos en sus respectivos roles.

Así, Steve Jobs se revela como un retrato complejo, interesante y sumamente brillante del creador de la compañía de la manzana. Un relato que, apoyado únicamente en lo que ocurre detrás de las bambalinas de cada presentación, desarrolla las complicadas relaciones entre el protagonista y aquellos que le quieren y le apoyan. Una notable película que demuestra que el genio entre bambalinas muchas veces se impone al resto de genialidades, lo que no impide que cometa errores en su proceso creativo. Y no hablo de Jobs o de Boyle, sino del verdadero artífice de esta recomendable cinta.

Nota: 7,5/10

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2ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo triunfar en Internet siendo un primo


Los protagonistas de 'Silicon Valley' deben hacer frente a su propia inocencia en la segunda temporada.He de confesar que me he rendido casi desde el principio a Silicon Valley, esa pequeña joya del humor creada por John Altschuler, Mike Judge y Dave Krinsky, autores de la ficción televisiva El rey de la colina. Su primera temporada, a medio camino entre la ilusión de los proyectos que empiezan y el carácter crítico con el mundo de las grandes marcas de la tecnología e Internet, fue un soplo de aire fresco, algo similar a lo que sucedió con The Big Bang Theory en sus inicios. Por eso la segunda etapa, aunque mantuviera la diversión, debía ser capaz de aportar algo diferente, algo que fuera capaz de hacer crecer a los personajes. Y por suerte, lo consigue, confirmando a esta producción como una de las más originales de la parrilla.

Curiosamente, ese “más difícil todavía” ha llegado de la forma más sencilla posible: explotando aún más las debilidades de sus protagonistas, sobre todo del personaje interpretado por Thomas Middleditch (Search party), verdadero líder del reparto y el personaje más pardillo que puede encontrarse en la televisión. Es precisamente esa inocencia, esa incapacidad para moverse en un mundo plagado de tiburones, lo que hace más irónico el desarrollo dramático de la temporada, que cuenta con 10 episodios. Así, a los problemas propios de cualquier empresa que empieza a crecer (económicos, de personal, etc.) se suman las piedras en el camino generadas por el propio personaje, ya sea en forma de inversor megalómano o de conflictos con competidores a los que se da sin querer el secreto de la empresa.

A esto se suma, sin lugar a dudas, la dinámica interna de los personajes, algo ya planteado en la anterior temporada y ahora mucho más explotado. Más allá de la diferencia de caracteres, lo que mejor funciona del conjunto son los contrastes que cada uno de los protagonistas parece desarrollar de forma paralela cuando está en compañía de los demás. Por ejemplo, el rol de T.J. Miller (Transformers: La era de la extinción) tiende a ser egocéntrico y en cierto modo despectivo, pero siempre deja entrever la necesidad de formar parte de un grupo al que considera algo más que trabajadores. Algo similar ocurre con Martin Starr (Veronica Mars) y Kumail Nanjiani (Loaded), sin duda la pareja más dinámica de Silicon Valley, y cuya competitividad se ve compensada por la fuerza que ambos tienen cuando colaboran.

Con este análisis puede parecer que la serie abandona la trama en favor de unos personajes bien construidos y mejor interpretados, pero nada más lejos de la realidad. Manteniendo el desarrollo iniciado en la primera etapa, esta segunda temporada ahonda en los conflictos ya planteados e incorpora otros nuevos para dotar de una mayor complejidad (aunque tampoco excesiva) a las desventuras de los cinco protagonistas. Y lo consigue fundamentalmente con tramas secundarias que, aunque a simple vista no parecen tener demasiada relevancia, terminan por complementar la trama principal de tal modo que el resultado final en una estructura bien armada, sin cabos sueltos dejados por el camino y con nuevos retos para el futuro.

Ascender por la cara

Pero al comienzo mencionaba que la primera temporada de Silicon Valley tenía en la parodia y la crítica a las grandes compañías como Apple o Microsoft uno de sus mejores bazas. Quizá lo más interesante, o al menos aquello que aporta una mayor riqueza, sea el hecho de que entre tanta desventura, entre tantos problemas a los que se enfrentan los personajes, sigue habiendo hueco para la denuncia. Y esto, para aquellos que sigan la serie, está ejemplificado en la figura de Hooli, esa compañía medio Apple medio Microsoft en la que su “visionario” líder se desquicia porque un grupo de jóvenes en el salón de su casa han logrado superar toda su poderosa y rica estructura de desarrollo.

Aunque es cierto que adquiere más relevancia hacia la segunda mitad de la temporada (y esto puede ser algo que perjudica el desarrollo fluido de la trama), lo que aporta toda esta historia secundaria es sumamente revelador a la par que divertido e irónico. Sin ir más lejos, la forma en que asciende el personaje de Josh Brener (Los becarios), cuyo único mérito ha sido ser amigo del protagonista, es tan surrealista como creíble, sobre todo viendo los méritos que hacen algunos dirigentes para llegar a donde están. En este sentido, el lanzador de patatas que desarrolla es revelador. Pero dentro de esta gran compañía hay mucho más: los equipos de desarrolladores que se van pasando los problemas de uno a otro, las “magníficas ideas” que no se podrán desarrollar hasta dentro de 20 años, los aduladores que solo buscan su propio beneficio.

El final de la temporada es el mejor ejemplo de lo que significa la serie en esta segunda tanda de episodios. La amarga victoria que logra el protagonista es directamente proporcional a la derrota que sufre el antagonista. Curiosamente, y aunque el segundo pierde más que el primero, la sensación que resta en el espectador es la de que ninguno sale ganando, quizá porque ambos han perdido mucho por el camino, quizá porque los siguientes retos se plantean mucho más complejos. Sea como fuere, esa imagen del vencedor derrotado resume con detalle el modo en que la serie debe interpretarse. Todos los reveses y las pírricas victorias en el mundo digital no hacen sino acrecentar esa idea de que los protagonistas se mueven constantemente en un mundo que no terminan de comprender.

La segunda temporada de Silicon Valley, por tanto, responde a esa idea de más y mejor de cualquier saga cinematográfica (y por qué no, de la tecnología). Lejos de desarrollar únicamente la trama principal ya planteada, la ficción decide apostar por añadir capas dramáticas en forma de tramas y lograr así un enriquecimiento del mundo en el que viven los protagonistas. Lo más satisfactorio es que la serie logra dejarse muy pocas cosas en el tintero, salvo claro está aquellas que deben mantener la historia una tercera temporada ya confirmada. Los personajes crecen, aunque sea a golpe de escarmiento; las tramas evolucionan, y el humor nunca desaparece del todo, ni siquiera en los momentos más dramáticos. Esta nueva temporada confirma que es una producción que no debe ignorarse.

‘Silicon Valley’ añade crítica al desternillante humor de su 1ª T


Los protagonistas de 'Silicon Valley' tratan de sacar adelante su empresa en la primera temporada.El mundo de las empresas dedicadas a la tecnología, sobre todo al mundo informático, han sido objeto en numerosas ocasiones de tramas centradas en el espionaje industrial y en thrillers con marcado componente digital (ciberterrorismo, hackers, …). Sin embargo, son pocas las ocasiones en las que podemos afrontar una historia de este tipo desde un punto de vista cómico como el que presenta la serie Silicon Valley, cuya primera temporada de apenas 8 episodios finalizó a comienzos de junio en Estados Unidos. En realidad, pocas veces una serie se toma a sí misma tan poco en serio, lo que consigue, aunque parezca una contradicción, un nivel de exigencia narrativo y paródico que la sitúa entre las mejores producciones cómicas de la pequeña pantalla de los últimos años.

Creada por Mike Judge (serie El rey de la colina), John Altschuler y Dave Krinsky, que ya colaboraron en Patinazo a la gloria (2007), la historia se centra en un grupo de jóvenes que buscan su oportunidad en Silicon Valley creando una aplicación capaz de comprimir archivos hasta niveles nunca antes conseguidos y sin perder calidad en el proceso. Y aunque a grandes rasgos la trama principal podría resumirse en esta sencilla frase, la producción se nutre, y de qué manera, de unos personajes tan corrientes como surrealistas. Corrientes porque todos ellos son el vivo retrato de la imagen (errónea) que el gran público tiene de los “frikis” de la informática, es decir, chicos apasionados por los ordenadores y la computación cuyas capacidades para relacionarse con el resto del mundo son algo limitadas. Y surrealistas porque ninguno de ellos es lo que podríamos definir como “normal”.

Ambos conceptos enriquecen la trama de Silicon Valley hasta dejarla, en cierto modo, en un segundo plano. A medida que el desarrollo dramático permite al espectador conocer más en profundidad todos los aspectos de los roles principales el interés por ver cómo es el proceso para llegar a sus objetivos se impone a, por ejemplo, los acontecimientos que se suceden. Poco importa que necesiten un nombre para su empresa; poco importa que no tengan un lobo o carezcan de financiación. Las reacciones a dichas situaciones, la forma en que unos personajes tan diferentes entre sí interactúan para llegar a un logro común es lo verdaderamente relevante y lo que al final provoca una cadena de carcajadas de la que es muy difícil escapar. Evidentemente, de esto tienen buena parte de responsabilidad los propios actores, que más allá de una trama bien estructurada y sencilla incluso para aquellos “infieles” de las nuevas tecnologías, logran hacer que el espectador conecte con sus personajes.

En líneas generales, todo el reparto es excepcional. Desde Thomas Middleditch (Fun size) hasta secundarios como el malogrado Christopher Evan Welch (The master), que murió durante el rodaje de la serie, todos los personajes, con sus luces y sus sombras, crean un mundo único, casi irreal, en el que los problemas a afrontar son, sin embargo, de lo más corriente, incluso demasiado sencillos para el hombre corriente. Aunque si hay que destacar a alguien ese es T.J. Miller (El oso Yogui), cómico relevante en Estados Unidos que dota a su papel de una presencia tal que termina por hacerse dueño y señor de absolutamente todo. Da igual que participe o no en una secuencia, su labor en cada episodio es soberbia, lo que extiende su influencia a todos y cada uno de los planos. No me cabe duda de que la calidad del personaje reside en buena medida en una definición sobre el papel plagada de matices, pero la soberbia que Miller logra aportar a su personaje y ese aspecto a medio camino entre desahuciado y empresario en ciernes es algo único del actor. De algún modo, es un roba escenas que se convierte en el alma de la serie.

Burlarse de los iconos

Prueba de ello es que los mejores momentos de estos primeros capítulos los protagoniza él, desde alguno sencillo como la búsqueda del logotipo ideal de la nueva empresa (con setas alucinógenas, un desierto y unos lavabos de gasolinera incluidos) hasta ese momento del último episodio con una extraña teoría sobre los asistentes a un evento, pasando por una especie de crisis de identidad en la que imita a Steve Jobs, fundador de Apple, en su forma de vestir. Un momento que, aunque más sutil en el balance general de la serie, representa el otro gran elemento de Silicon Valley: la irreverencia por los iconos de ese caldo de cultivo tecnológico al que hace referencia el título, algo que por cierto queda patente en la imagen promocional de la ficción, en la que los protagonistas visten el famoso jersey negro de cuello vuelto mientras imitan la expresión de Jobs.

Puede que el humor con el que se aborda todo en la serie y los personajes tan extravagantes que pueblan el arco dramático resten protagonismo a la ironía con la que se trata el mundo de la informática y los ordenadores, pero no puede desdeñarse el tono sarcástico que en no pocas ocasiones se utiliza para referirse a personajes como Bill Gates, el mencionado Jobs o los fundadores de Google, Facebook o Twitter. Referencias, por cierto, tanto visuales como verbales. A la ya mencionada referencia del jersey habría que añadir la propia guerra de gigantes en la que se ven envueltos los protagonistas y que, no por casualidad, recuerda a la enemistad mantenida entre Microsoft y Apple. Pero hay mucho más: el funcionamiento de las grandes empresas, que tienen trabajadores sin hacer nada para no dejarles irse a la competencia; el espionaje industrial; los coches inteligentes que terminan llevando a un personaje a una especie de isla tecnológica, etc.

Todo ello deja la sensación de estar ante algo más que una sitcom al uso en la que el humor se basa en los personajes. Por supuesto, sin ellos el resultado no sería ni siquiera parecido, y posiblemente terminaría resultando monótono e incluso incomprensible. Pero la serie, y este es uno de sus grandes aciertos, incorpora cada vez más elementos críticos a medida que se suceden los episodios. Este concepto evolutivo con el que se enriquece la trama no solo permite distraer la atención de un argumento, por otro lado, excesivamente simple, sino que ofrece a los personajes afrontar situaciones novedosas y frescas. Sin ir más lejos, el momento en el que el personaje de Zach Woods (Damiselas en apuros) se dedica a proponer negocios de dudosa moralidad a transeúntes para que estos lo valoren recuerda a las encuestas realizadas por las empresas para valorar la satisfacción de sus clientes.

Silicon Valley es, en pocas palabras, un soplo de aire fresco. Puede resultar algo difícil en un primer momento; incluso puede que el episodio piloto resulte extraño. Pero una vez superado ese primer escalón, y sobre todo cuando T.J. Miller se hace con el control de la escena, la primera temporada gana enteros hasta convertirse en una auténtica revelación en este 2014. El hecho de que aúne humor y crítica no hace sino mejorar el resultado final, sustituyendo sus carencias (sobre todo en lo que a argumento se refiere) con conceptos dinámicos y adaptados a unos tiempos en los que Internet y los ordenadores dominan el día a día. Eso sí, viendo el final de esta corta temporada el futuro de la serie y de los personajes será, sin duda, muy diferente. Si a lo visto hasta ahora se le añade una nueva trama más compleja el resultado puede ser imprescindible.

‘Los becarios’: vendedores de la brecha digital


Vince Vaughn y Owen Wilson son 'Los becarios', de Shawn Levy.Algo tienen. No sabría decir muy bien el qué, pero las comedias de Vince Vaughn (Los amos del barrio), Owen Wilson (Los padres de ella) o Ben Stiller (Tropic Thunder) son productos que, a pesar de sus evidentes limitaciones artísticas y técnicas, siempre cumplen con sus expectativas, ofreciendo dos horas de diversión tan inocente como intrascendente. El caso de esta historia protagonizada por dos veteranos vendedores reconvertidos en becarios de Google no se aleja ni un ápice del desarrollo corriente de este tipo de comedias, pero no resulta ofensiva, algo que se antoja suficiente dentro de un género cada vez más dirigido al ámbito sexual.

Es más, la combinación de estilos tradicionales de comedia con el humor que generan las nuevas tecnologías y el fenómeno fan que parece ir aparejado a todos los especialistas en ellas da como resultado un film fresco que reviste los viejos gags con nuevas vestimentas. Ahí está, por ejemplo, la inevitable secuencia de la iniciación a la vida del pardillo de turno, o la crisis del protagonista ante la sensación de fracasar en un mundo que solo acepta el esfuerzo si viene acompañado de una habilidad innata para el entorno digital. En el fondo, todo es más de lo mismo, pero maquillado con una de las marcas más poderosas del momento. Lo dicho, todo muy previsible pero maquillado para lograr un producto entretenido, algo que no es necesariamente malo, más bien al contrario.

Por otro lado, la labor del director Shawn Levy (Noche en el museo), realizador curtido en este tipo de tramas, aporta al conjunto la entidad necesaria, y resuelve con bastante buen hacer algunos de los momentos más hilarantes de la película, como la mencionada iniciación al alcohol o el encuentro con un falso profesor Xavier, uno de los momentos más “frikis” del metraje. Más que tratar de aportar un punto de vista diferente, Levy ofrece una calidad artesanal que jamás se sale del guión, valga la expresión, pero que tampoco impide apreciar el mensaje que se esconde tras las bromas y los gags.

Un mensaje, por cierto, que encaja bastante bien en una sociedad en la que la brecha digital entre las nuevas generaciones y sus predecesoras es cada vez más evidente. Los protagonistas representan ese sector de la sociedad para el que los ordenadores e Internet son un mundo distinto y al que hay que acercarse con respeto y cuidado, mientras que sus rivales son jóvenes que han crecido con un nuevo lenguaje. Pero como suele ocurrir en estos casos, lo relevante no es tanto saber manejar una máquina como entender los valores que llevan al éxito. Algo parecido le pasa a Los becarios. Lo relevante no es tanto su forma, sino comprender qué es y cuáles son sus características. Una vez aceptado, se disfrutará casi tanto como la velocidad con la que se olvida.

Nota: 5,5/10

Los efectos digitales y el subtexto de ‘Tron’, pilares de su influencia


Los programas de 'Tron' tienen un aspecto muy similar al de sus creadores.Casualidad o no, el estreno de ¡Rompe Ralph! este 2012 ha coincidido con el 30 aniversario de uno de los títulos más influyentes en el campo de los efectos digitales y con el que la cinta de animación comparte más de un elemento. Y curiosamente, en aquel ya lejano 1982 también llegó de la mano de Disney. Nos referimos a Tron, clásico protagonizado por Jeff Bridges (Iron Man) en el que un programador lograba acceder, literalmente, al interior de un ordenador, viéndose obligado a sobrevivir en una serie de juegos con la esperanza de encontrar a Tron, un programa de seguridad que podría ayudarle a escapar y a recuperar el control de sus programas y videojuegos, robados por la empresa para la que trabajaba.

Siendo sinceros, la película dirigida y escrita por Steven Lisberger (La furia del viento) ha adquirido su estatus como referente gracias principalmente al buen trato que el tiempo ha dado tanto a su historia como a su diseño de producción. Su trama supone una combinación bastante original de los sueños y miedos de una sociedad que empezaba a familiarizarse con los videojuegos y los ordenadores. Gracias al original vestuario y a la estructura narrativa planteada casi como si de un auténtico videojuego se tratara (el protagonista debe superar una serie de fases para alcanzar el objetivo final), los espectadores pueden ver en ella una proyección de lo que se siente al controlar un personaje de un videojuego. Del mismo modo, la posibilidad de desaparecer en el mundo digital y la falta de conexión con el mundo real (como se narra al comienzo de su secuela, Tron: Legacy) son unos riesgos que, en la actualidad, se están convirtiendo en algo casi tangible.

En este sentido, el contenido de Tron estuvo adelantado a su tiempo, pero puede que eso no sea lo más llamativo, al menos no a simple vista. Lo cierto es que sin llegar a tener unos efectos digitales fascinantes (incluso teniendo en cuenta la época en la que nos encontramos), la película sí se ajusta bastante bien al diseño pixelado y sencillo de los videojuegos e interfaces de los años 80, lo que le ha permitido tanto revelarse como un producto de su década, como mantener un espíritu casi inocente y nostálgico, reforzando por derecho propio su posición en la historia del cine.

Pero el film es mucho más que una apuesta por los efectos digitales. De poco servirían todos ellos si no existiera detrás, más allá del contenido sociológico, una historia de justicia, legalidad empresarial y amistad. Y aunque el título de la obra hace referencia al nombre de un programa, el verdadero protagonista no deja de ser un hombre al que le han robado toda su obra, en este caso los videojuegos que ha creado. Bridges, quien ya era conocido por entonces, da a su personaje una entidad algo mayor de la que cabría esperar en una cinta de aventuras futurista como esta, convirtiéndolo en un hombre que busca hacer justicia y recuperar lo que es suyo.

Mundos paralelos

Esa búsqueda de justicia es el nexo de unión entre los dos mundos. Mundos, por cierto, que tienen una semejanza sorprendente con lo que hoy en día es el mundo digital y el físico. Tron deja claro que el contraste entre ambas realidades, más allá de programas, pistas de información y edificios, reside en la ley del más fuerte que reina en el mundo cibernético. Por supuesto, apenas existe una legislación tal y como se entiende en la sociedad, dejando huecos y resquicios para poder hacer y deshacer a su antojo.

A nivel argumental, los paralelismos no terminan ahí. El protagonista es un ente extraño y amenazante tanto en el mundo digital como en el edificio que alberga el ordenador en el que se introduce. Su mejor amigo, interpretado por Bruce Boxleitner (La niñera perfecta), es el que le ayuda a entrar en el edificio… y es el mismo que pone los rasgos a Tron, programa que le ayudará a escapar de ese mundo. Incluso el dirigente de la compañía que le roba su obra (David Warner) se convierte en ese espacio alternativo en el Programa Maestro que trata de eliminarlo a toda costa.

Unas similitudes que reflejan, de un modo u otro, los numerosos puntos coincidentes entre ambas realidades, alertando empero del peligro que existen en sus también múltiples diferencias. En el ámbito de la sociedad la desaparición de una persona es investigada; en el mundo digital la muerte simplemente representa borrar un programa. En la realidad la lucha por los derechos sobre una obra se realiza de forma legal; en el ciberespacio es a través de combates cuerpo a cuerpo y carreras con motos luminosas. En el mundo físico todo el mundo está identificado; en el digital es posible ocultarse tras programas e identidades falsas.

Sí, Tron supuso toda una revolución, más por su forma de representar el interior de un ordenador que por la calidad de sus efectos digitales. Sin embargo, lo más interesante cabe encontrarlo en un estudio más a fondo de su subtexto y, sobre todo, compararlo con la evolución que ha sufrido la sociedad desde entonces, pasando de interactuar de forma presencial a moverse casi en exclusiva a través de un ordenador. Es en este aspecto donde la película adquiere su relevancia y donde reside su auténtica importancia como hito dentro del devenir de la ciencia ficción.

Diccineario

Cine y palabras

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