‘It’: Todos flotamos con la coulrofobia


Diversos estudios han demostrado que el miedo a los payasos, la coulrofobia, tiene un origen psicológico muy concreto. No es algo irracional, dicho de otro modo. La famosa novela de Stephen King, como el resto de obras del autor, ahonda sin embargo en muchos otros aspectos sociales, y la nueva versión cinematográfica potencia todo esto para ofrecer al espectador toda una experiencia visual y emocional en la que destaca, por encima de cualquier otra cosa, un Bill Skarsgård (Victoria) excepcional.

Con todo, sería injusto defender un film como It únicamente por la interpretación del terrorífico payaso Pennywise. Realmente, todo el conjunto es una notable interpretación de conceptos habituales en la obra de King, desde la amistad, la unidad, el poder del miedo y la valentía y, sobre todo, el mal que acecha con la forma de aquello que puede parecer más inocente. Relegado a un segundo plano queda, por tanto, el componente sangriento o efectista, al que es cierto que se recurre en momentos puntuales pero que no copa toda la atención de la trama, lo cual es de agradecer tanto a los guionistas, entre los que se encuentra Cary Fukunaga (serie True detective), y al director.

Una trama que en manos de Andrés Muschietti (Mamá) adquiere una ambientación fría y violenta marcada por la soledad de un grupo de niños que tiene que enfrentarse a sus miedos sin la ayuda de unos adultos que parecen más preocupados en sus propias necesidades que en las de sus hijos. Con un lenguaje visual a caballo entre el thriller psicológico y el gore más explícito, el director explota al máximo la labor interpretativa tanto de Skarsgård como de los niños que protagonizan esta primera parte, la mayoría de estos últimos prácticamente debutantes en un largometraje.

El único ‘pero’ que podría ponerse al film es una duración excesiva que obliga al relato a introducir secuencias, lo que aunque refuerza la idea de terror, tampoco aporta mucho más al desarrollo dramático de la relación o los miedos de estos chicos en su lucha contra un mal que se alimenta de ellos. A pesar de ello, la cinta se revela como un desafío terrorífico, una prueba de amistad marcada por algunos momentos violentos, otros aterradores y otros sangrientos, con un final que viene a explicar aquello de “Todos flotamos aquí abajo”. Pennywise vuelve a hacer de las suyas 27 años después, tal y como Stephen King ha dejado escrito.

Nota: 7,5/10

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‘La niebla y la doncella’: La reina del mambo


Como en el cine, la literatura tiende a generar una saturación de productos cuando una fórmula funciona. Y en los últimos años el thriller policial parece ser el rey de las librerías. Y al igual que en el cine, esto tiene un inconveniente, y es que poco a poco todas las historias comienzan a parecerse o, al menos, a tener puntos en común. La nueva película escrita y dirigida por Andrés M. Koppel (Zona hostil), adaptación de una novela de Lorenzo Silva tiene algo de esto.

A pesar de una trama bastante bien construida y de un escenario incomparable para ese juego de mentiras, conspiraciones y secretos que suele protagonizar este tipo de historias, La niebla y la doncella tiende a anclarse en las claves del género sin tratar de sonsacar el máximo jugo posible a sus planteamientos. Los personajes, cuya definición es algo tosca, parecen avanzar en la trama más bien por una serie de momentos clave que por una investigación real que les lleve a tirar de un hilo concreto, si bien es cierto que el resultado final, culpable incluido, hace encajar todas las piezas en perfecta armonía.

La buena labor de los actores, todos más que correctos en líneas generales, no impide sin embargo que el desarrollo dramático no explique con detalle algunos de los puntos clave de este thriller, o al menos no de una forma que sea natural en el devenir de los acontecimientos. Si a esto sumamos varias secuencias algo innecesarias para el conjunto nos encontramos ante un film que, a pesar de su belleza y del suspense que genera, a pesar de sus actores y de su puesta en escena, tiende estancarse en situaciones que se resuelven casi por una mirada, un encuentro casual o una prueba inesperada.

Dicho esto, La niebla y la doncella es la película idónea para los amantes del thriller español, sobre todo si conocen la obra del autor literario. La estructura dramática de la cinta convierte la isla de La Gomera en una especie de pueblo enorme en el que todos tienen algo que callar, en el que los secretos parecen estar a la orden del día. El problema es que más allá de eso, la intriga es conocida, explorando territorios dramáticos ya vistos y con una resolución que, aunque encaja, plantea algunas dudas más sobre todo el proceso. Poca novedad en las Canarias.

Nota: 6,5/10

‘La Torre Oscura’: el Bien, el Mal y el Resplandor


Que una película resulte extrañamente conocida a pesar de no haber leído el libro (o libros) en los que se basa es un problema, pues implica una serie de condicionantes previos que nada tienen que ver con el film y que invitan a pensar en una falta de originalidad en los elementos que sustentan la trama. Y eso, en mayor o menor medida, es lo que ocurre con la nueva película de Nikolaj Arcel (La isla de las almas perdidas), adaptación de la saga literaria escrita por Stephen King quien, por suerte o por desgracia, vuelve a sus particulares obsesiones personales para relatar la lucha entre el bien y el mal.

En efecto, esta breve y algo enrevesada introducción es el principal escollo de La Torre Oscura, al menos para aquellos familiarizados con la obra del autor de ‘El Resplandor’. La cita de este título no es casual. A lo largo del film se menciona en no pocas ocasiones ese “resplandor”, ese poder del que ya hacía gala el niño que debía huir de su padre en el hotel Overlook y que aquí traspasa mundos enteros. Esta es solo una muestra de las recurrentes herramientas narrativas de la cinta, sin duda condicionada por las obras literarias. Herramientas que parecen sacadas de otras obras o, al menos, utilizadas en otras películas basadas en libros del escritor. Todo ello genera la sensación de estar viendo algo conocido, y como consecuencia no es difícil prever los giros argumentales, las decisiones dramáticas o, en último término, el final de la cinta.

Dicho con pocas palabras, la película resulta previsible, y la labor de Arcel tras las cámaras no aporta la originalidad que podría esperarse en una cinta de fantasía y acción como esta, si bien es cierto que los tiroteos y los enfrentamientos entre Idris Elba (serie Luther) y Matthew McConaughey (El mar de árboles) son los momentos más espectaculares del film. Todo ello no quiere decir que la cinta no sea entretenida, o por lo menos distraída. Toda la mitología construida alrededor de esta historia es lo suficientemente interesante y amplia como para desarrollarla en sucesivas secuelas, y la labor de los dos protagonistas de la cinta se convierte sin duda en el gran atractivo de esta historia. A todo ello se suma una duración muy ajustada que juega a favor y en contra del film. A favor porque no se distrae en tramas secundarias que pudieran reducir el ritmo de la narrativa, que aprovecha además el don del niño protagonista para narrar algunos de los acontecimientos de un modo diferente. Y en contra porque esa falta de tiempo impide desarrollar un poco más la enemistad entre héroe y villano, por lo que ambos se quedan en una arquetípica definición del Bien contra el Mal.

La sensación que deja La Torre Oscura es la de un film directo, sencillo y previsible con un trasfondo dramático y narrativo que se intuye detrás de sus múltiples secuencias de acción, de sus diálogos entre héroe y villano y de algunas secuencias que rompen el relato en su formato más tradicional. Todo ello invita a pensar que hay algo más de lo que se cuenta en estos 95 minutos, que existe un trasfondo dramático que involucra a todos los personajes de un modo u otro. En realidad, es algo que Stephen King hace muy bien en sus novelas, pero que suele ser muy complejo de trasladar a la gran pantalla. El resultado en este caso es un poco frustrante, precisamente por la sensación de estar ante algo más grande de lo que realmente se muestra.

Nota: 6,5/10

‘Un monstruo viene a verme’: sentimientos encontrados


El joven Lewis MacDougall es el protagonista de 'Un monstruo viene a verme'.Si algo deja claro la nueva película de J.A. Bayona (Lo imposible) es que el director catalán tiene una habilidad única para la dirección de actores y para exprimir al máximo la intensidad dramática de las historias que narra, normalmente con una espectacularidad más que notable. Y si algo se puede aprender también de esta emotiva historia es que menos es más, como siempre se ha defendido en diversos sectores del séptimo arte.

Desde luego, lo mejor de Un monstruo viene a verme es su historia, cargada de emoción en cada plano, en cada movimiento de cámara. No hay nada en este film, al menos durante su primer y segundo acto, que no esté milimétricamente calculado para asentar en el espectador cierta congoja y una innegable belleza formal al servicio del drama. Las dos pequeñas historias narradas por el consabido monstruo son de una elegancia tan apabullante que se convierten casi en lo mejor de un film espléndido. A esto se suman, por supuesto, los actores, todos ellos brillantes, aunque destaca sobremanera el joven Lewis MacDougall (Pan: Viaje a Nunca Jamás), cuya interpretación, complicada por el contexto en el que se desarrolla, es simplemente impecable.

Ahora bien, la cinta tiende al melodrama a medida que se acerca el aciago final. Y es aquí donde se nota la mano del guionista, que también es autor de la novela en la que se basa la película. Patrick Ness decide olvidarse de que se está narrando una película para golpear al actor con la fuerza de una situación que, al menos visualmente, es innecesaria. El final del film se asemeja más a un melodrama televisivo que a la historia que se narra, sobre todo si se tiene en cuenta que la resolución del film, con ese cuaderno de dibujo que encuentra el joven protagonista, tiene un significado abierto a la interpretación pero, en cualquier caso, poco relacionado con lo visto anteriormente.

Es por esto que Un monstruo viene a verme no llega a ser una película excepcional. Su factura técnica es impecable, sus actores son maravillosos, e incluso el tono general del film, un drama salpicado por ciertas dosis de humor, frustración, ira, miedo y odio, narra a la perfección las emociones que debe de vivir un niño de 12 años que no entiende la vida que le ha tocado vivir y que no comprende los sentimientos encontrados a los que tiene que hacer frente. Pero el guión, que tiene un desarrollo magnífico a lo largo de la mayor parte del metraje, se pierde en el dramatismo más innecesario en un intento de arrancar las lágrimas del espectador. Y eso no solo es algo innecesario, sino que no cuadra demasiado con el relato previo. En cualquier caso, es una obra indispensable.

Nota: 7,5/10

La 8ª T. de ‘Castle’ demuestra que no es bueno apresurar el final


Nathan Fillion y Stana Katic han afrontado su último desafío en la 8ª T. de 'Castle'Bueno, pues ya llegó. Han pasado ocho años, y como es habitual en este tipo de series que funcionan con la tensión sexual entre los protagonistas, Castle ha perdido fuerza de forma progresiva a medida que la relación entre el escritor y la policía se consolidaba. Y aunque Andrew W. Marlowe (El hombre sin sombra) ha demostrado ser capaz de dar giros interesantes a la historia, al final la gravedad ha vencido. Es algo natural que no solo no puede criticarse, sino que debe alabarse. Lo que ya no es tan de agradecer es que, por cuestiones ajenas a la propia historia, ésta se vea forzada a tomar un camino antinatural, con giros cuanto menos cuestionables y resoluciones que podrían calificarse de interesadas, por no decir ridículas.

La octava y última temporada de la serie ha presentado, como es habitual en esta ficción, un villano único para el arco dramático de los 22 capítulos. Un arco que, en cierto modo, aúna todo lo ocurrido hasta el momento para dar coherencia al desarrollo de los personajes. Todo ello, claro está, combinado con historias episódicas a cada cual más original o extravagante. Y hasta aquí todo normal, si es que hay algo normal en esta producción protagonizada por Nathan Fillion (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Stana Katie (Big Sur). El problema nace, como suele ocurrir en cualquier historia, cuando se traiciona las bases. Y si esas bases se han construido durante tantos años, es necesario andar con pies de plomo.

Por ello resulta tan extraña la resolución ofrecida para ese villano de la temporada. Sin entrar a valorar esa especie de doble final que presenta la serie (y que personalmente es equivocado en la forma y en el fondo, pues demuestra una cobardía a la hora de afrontar un final real para los personajes), la temporada está estructurada de tal forma que la clave ofrecida en la conclusión narrativa del arco argumental resulta poco creíble. El espectador que haya seguido la serie desde el principio es consciente de que las tramas no episódicas de Castle aparecen y desaparecen durante cada temporada, pero siempre tienen un cierto nexo de unión entre héroe, villano y desarrollo.

En esta octava temporada, sin embargo, la identidad del villano queda siempre en la sombra, ofreciendo una narrativa que parece recurrir más bien a un McGuffin que a un enemigo real. Y aunque esto no es en sí mismo un problema, cuando se levanta el telón y se descubre la realidad la sensación que queda es ciertamente decepcionante. Y lo es porque el señalado como oponente de estos dos genios de la ley es totalmente inconexo a la trama, sin un desarrollo dramático previo y con una falta absoluta de conocimiento por parte del espectador. Dicho de otro modo, se desconoce motivación, objetivos, relaciones con el resto de personajes o actos previos. Muchos tal vez consideren válida la elección dado que, al ser un personaje que se mueve en las sombras, puede ser cualquiera. Pero incluso en este contexto es necesaria una construcción más sólida que la simple criminalización de sus actos.

La vida de 'Castle' vuelve a peligrar en la octava temporada.

Historias secundarias sin terminar

Todo esto evidencia una realidad que, por otro lado, es habitual en productos con finales apresurados: las prisas nunca son buenas. Y si bien es cierto que algunas series y películas salen airosas de la prueba, el remanente siempre queda, generando una sensación agridulce que combina la insatisfacción del final poco elaborado, la alegría de una historia que gusta y, como es inevitable, la sensación de vacío que deja un producto de tantos años. Del final depende que ese estado emocional sea luminoso o sombrío, y en el caso de Castle es… bueno, personalmente creo que más tirando a sombrío.

Pero esa sensación no solo se genera por el desarrollo dramático de esta última etapa. Las prisas por cerrar una historia que se preveía, al menos en teoría, para alguna temporada más obligan a la estructura narrativa a centrar la atención en un único objetivo, lo que deja de lado las tramas secundarias que, en mayor o menor medida, siempre han sido parte importante de la serie. Es lógico, pero no por ello menos alarmante. Y no me refiero a las historias personales de los roles de Seamus Dever (Ready or not) y Jon Huertas (Miss dial), el primero más atado que el segundo, sino al hecho de que la presencia de prácticamente todos los secundarios queda relegada al mero testimonio a utilizar cuando es necesario para la trama principal.

Esto ocurre, sobre todo, con los personajes de Susan Sullivan (Puzzled) y Molly C- Quinn (Somos los Miller), madre e hija del escritor respectivamente. Mientras que su desarrollo ha ido creciendo temporada a temporada, en estos últimos episodios se limitan a ser testigos de la acción, sirviendo de apoyo cuando es necesario para los intereses de una trama de la que apenas forman parte. Y para muestra un botón: ¿nadie se ha preguntado por qué no aparecen en esa última escena compartiendo plano con los dos protagonistas y completando la estampa familiar? Independientemente de simbolismos, interpretaciones oníricas o realidades paralelas, lo cierto es que ambos personajes, y con ellos otros secundarios, se han convertido más en figuras representativas que en auténticos motores de tramas propias que enriquezcan el conjunto.

Y tal vez sea por eso que la octava y última temporada de Castle representa el nivel más bajo que ha alcanzado la serie. Lo cual, por otro lado, no es decir que sea mala, ni mucho menos. Muchas series, longevas o no, matarían por lograr el nivel que ha tenido esta ficción de Andrew W. Marlowe a lo largo de los años. Y muchas incluso lo harían con la originalidad de los crímenes presentados en cada episodio. Pero eso no debe ser impedimento para que se reconozca que estos 22 episodios han sido en muchos momentos apresurados, toscos y carentes del sentido habitual de la serie. Y de eso da buena cuenta el último capítulo. Aunque lo peor de todo es saber que se debe a un problema ajeno a la narrativa. En fin, sea como sea, Castle ha escrito la última línea de su novela final. Adiós, Richard.

‘El niño 44’: sin crimen en el paraíso


Gary Oldman y Tom Hardy en un instante de 'El niño 44', de Daniel Espinosa.En una época cinematográfica en la que el apartado técnico ha alcanzado casi la perfección distinguir una buena película de otra mala es una ardua tarea. Hay excepciones, claro está, pero por regla general el lenguaje narrativo o los efectos visuales son similares de un film a otro. Ante esto, solo queda analizar la esencia, aquello por lo que siempre comienza una película: el guión. Puede ser repetitivo, pero con casos como la nueva película de Daniel Espinosa (Dinero fácil) es más que evidente que sin un buen guión nunca, jamás, podrá haber una buena película. Y un pequeño matiz: un mal guión no implica necesariamente malos personajes o situaciones inverosímiles.

No, un mal guión queda definido por su desarrollo dramático, por el tratamiento que hace de las líneas principal y secundarias de la trama. Y en esto falla estrepitosamente El niño 44, una suerte de thriller que deambula sin objetivo claro durante buena parte de su metraje en un intento por ofrecer al espectador algo más que la mera investigación de una serie de asesinatos en un entorno, el de la URSS, en el que no podían existir este tipo de crímenes por ser una enfermedad capitalista. Mal planteada desde el principio (para explicar la situación de los personajes no es necesario desarrollar secuencias completas), la película no posee un objetivo claro. Las revelaciones y los puntos de giro parecen ubicados en puntos de la trama equivocados, lo que genera una serie de desajustes alarmantes. Por poner un ejemplo, desde que se produce el primer asesinato hasta que el protagonista decide ponerse a investigar se suceden una serie de tramas secundarias que poco o nada aportan al thriller, salvo para convertirlo en un relato de envidias y corruptelas en el seno de la Unión Soviética. Y eso son unos 30 minutos.

Lo cierto es que lo mejor, y lo que salva un poco los muebles, es su reparto, que hace lo que puede con unos personajes poco definidos, básicos en sus motivaciones y que muchas veces actúan por instinto más que por unos objetivos claros. Cabe señalar en este sentido que los personajes secundarios son unos de los más damnificados por el mal diseño del guión, que les condena a tener presencia minoritaria a pesar de estar llamados a jugar un papel más relevante. Es lo que ocurre cuando la historia no fluye de forma natural, cuando se trata de obligar a los personajes y al propio desarrollo dramático a ir por un cauce en lugar de dejar que todo discurra por otro.

La verdad es que El niño 44 es un quiero y no puedo. Su intención de abarcar un sinfín de matices que definan el contexto social en el que transcurre la historia genera, en realidad, tantos desarrollos como historias tiene la película. Quizá la más absurda sea la persecución a homosexuales, sin relación alguna con los asesinatos y de una gratuidad asombrosa. Todos los problemas surgen, no cabe duda, de su mal elaborado guión, en el que las secuencias no solo no fluyen de forma orgánica, sino que están mal estructuradas. La cinta logra salvar en cierto modo su situación gracias a los actores y a una realización que, todo sea dicho, tiene un lenguaje interesante en algunos momentos que contrastan con otros caóticos y de caligrafía ininteligible. Las intenciones son buenas, pero aunque se trate de ocultar el crimen en el paraíso, las pruebas son tan evidentes que no queda más remedio que reconocer el delito.

Nota: 5/10

‘Divergente’: no quiero ser una sola cosa


Shailene Woodley y Theo James protagonizan 'Divergente', de Neil Burger.Soy consciente de que con los años se adquiere una perspectiva sobre lo que nos rodea que no se tiene a edades más tempranas, pero incluso así me resulta sorprendente la cantidad de novelas juveniles que están surgiendo en los últimos años (y sus correspondientes adaptaciones cinematográficas, claro) y que son, en esencia, idénticas. Me imagino que esto ha pasado toda la vida, incluyendo mis años adolescentes, pero parece que Hollywood ha decidido explotar al máximo este fenómeno en los últimos años, provocando una saturación de proyectos cuyas intenciones van poco más allá de llenar salas. Lo cual es muy loable siempre y cuando no resulte ofensivo incluso para los menos exigentes. Esto último es lo que le ocurre al nuevo film de Neil Burger (Tipos con suerte).

En líneas generales, Divergente es un film de aventuras con cierto mensaje revolucionario de fondo que entretiene, o mejor dicho distrae durante sus excesivos 139 minutos. Con un diseño de vestuario que parece sacado de lo que se rechazó en Los Juegos del hambre, la película aprovecha bastante bien sus momentos de acción para conformar un entramado dinámico que apenas pierde fuerza durante sus momentos más narrativos. Bien es cierto que el hecho de tener que explicar la estructura social dominante genera un interés que, sin duda, deberá ser sustituido por algo más en las próximas secuelas, la primera de ellas empezando a rodarse en estos días. El entrenamiento al que es sometido la protagonista, una Shailene Woodley (Moola) que ni encandila ni molesta, se termina convirtiendo en lo mejor del film junto a esa especie de golpe de estado final perpetrado por el personaje de Kate Winslet (Descubriendo Nunca Jamás), de largo la mejor del reparto junto a Jai Courtney (Felony).

Pero el hecho de que no sea un insulto a la inteligencia no implica que no sea mejorable, más bien al contrario. La cinta no ahonda nunca en algunos de los conflictos más interesantes que propone, como es la lucha de poder entre las distintas facciones que viene a desmentir esa idea instaurada en el film de sociedad idealizada. La necesidad de narrarlo todo desde el punto de vista de la joven protagonista impide, por ejemplo, desarrollar algo más algunos villanos y algunos secundarios, algo que habría aportado más dramatismo al conjunto. Además, y aunque no sea necesariamente una debilidad, existe cierta tendencia a infantilidad algunas situaciones. La película se mueve entre la seriedad que aportan los actores más maduros (que por extensión interpretan los personajes más interesantes) y el abandono al género adolescente más tópico y previsible (la relación romántica, la amistad, la ausencia total de sangre). Uno de los mejores ejemplos de esa dualidad es la labor del propio director, quien alterna secuencias muy logradas (el descenso por el cable) con otras bastante confusas o poco convincentes (en general, las peleas).

En cierto modo, Divergente logra un equilibrio entre los dos mundos que representa, tanto formalmente como interpretativamente. Empero, este equilibrio es precisamente lo que impide que alcance el potencial que podría tener, quedándose en un mero producto adolescente que, todo hay que decirlo, sabe cuál es su sitio y cuáles son sus posibilidades. Teniendo esto en cuenta, y sin tomarse demasiado en serio algunos de sus momentos, la cinta se deja ver con cierta frescura, perdiendo ritmo hacia su tercio final pero sin resultar ridícula, como sí ha ocurrido con otros films de características similares. En resumen, podría ser peor. Mucho peor. Es de suponer que en ocasiones futuras aproveche algo más todo el trasfondo social del orden y el control en oposición al libre albedrío que ahora mismo solo se intuye. Pero eso tendrá que ser en un año aproximadamente.

Nota: 6/10

20 aniversario del año de Spielberg (y II): ‘Parque Jurásico’


El parque temático de dinosaurios se convierte en pesadilla en 'Jurassic Park'.Hace unos días dábamos inicio a esta revisión del año de Steven Spielberg con la que es, hasta la fecha, su película más premiada, La lista de Schindler. Aquel 1993, sin embargo, hubo otra película suya que posiblemente haya dejado una huella mucho más profunda en varias generaciones de niños y jóvenes que descubrieron con asombro y fascinación cómo eran las criaturas que habitaban la Tierra hace 65 millones de años. Nos referimos, por supuesto, a Parque Jurásico, cuyo reestreno en 3D no ha hecho sino confirmar algo que muy pocas películas pueden defender: que es perfecta, si es que eso existe en un mundo como el cinematográfico.

Para aquellos que no conozcan la historia, esta adaptación de uno de los libros más famosos de Michael Crichton narra cómo una visita a un parque temático en el que las atracciones son dinosaurios creados genéticamente se convierte en una pesadilla cuando los enormes animales se ven liberados de sus barreras y campan a sus anchas por toda la isla en la que está ubicado el parque, convirtiéndose los visitantes en presa de los depredadores más letales que han existido. Y si bien existen algunas diferencias menores entre película y novela, el espíritu de ambas es el mismo: la imposibilidad de controlar la naturaleza, de impedir que los animales sigan sus instintos y, sobre todo, de los peligros que puede deparar la genética utilizada para fines de dudosa moralidad.

En cualquier caso, es evidente que lo más recordado de esta aventura de Spielberg es el impactante acabado de sus efectos digitales en combinación con los animatronics y otros efectos físicos. No vamos a hablar aquí acerca de lo que supusieron dichos efectos para el desarrollo cinematográfico, entre otras cosas porque solo hace falta asomarse a una sala de cine para comprobarlo. Es más reseñable, empero, centrarse en la narrativa visual que utiliza el director de Atrápame si puedes (2002) para atrapar al espectador. Hace poco leía un artículo en el que un guionista afirmaba que la descripción de una escena sobre el papel no es, en sí misma, una descripción de la escena, sino de la acción. Parque Jurásico es la viva imagen de dicha definición. Ninguno de sus planos (y eso es decir mucho) es estático. Salvo los consabidos planos/contraplanos de los diálogos, e incluso aquí siempre se aprecia movimiento, toda la narrativa de la película se basa en el movimiento, ya sea dentro de un plano o con la cámara.

Puede parecer un detalle insustancial, e incluso demasiado simple, pero es este aspecto el que otorga a todo el conjunto, en colaboración con los dos grandes pilares de la trama (guión y banda sonora), un empaque único, diferente, dinámico. No solo consigue que la película no sea aburrida, sino que juega en todo momento con lo que el espectador puede ver. Toda la acción que transcurre fuera de campo, todo aquello que se oye pero no puede verse, se vuelve casi más importante que aquello que aparece en pantalla, lo que a la larga genera un estado constante de suspense, de tensión y de amenaza, trasladando al espectador al meollo de esa pequeña isla donde se desata el horror. En este sentido, y en algún otro más, esta película comparte puntos en común con La lista de Schindler, pues ambas son capaces de contra mucho mostrando muy poco. Y ambas son la viva imagen de un director capaz de convertir en mágica y bella una historia terrible.

La musicalidad de un guión

Pero antes mencionábamos los dos grandes pilares de la película, algo que también comparte con el drama ambientado en la II Guerra Mundial. En efecto, Parque Jurásico posiblemente no sería nada sin ambos conceptos. El primero es un derroche de sabiduría dramática, un ejemplo a estudiar de cómo se abona un terreno para luego recoger lo sembrado. Si uno analiza con detalle lo que se dice y lo que se hace en el primer acto de la película y en el planteamiento del segundo acto se puede comprobar que todo, absolutamente todo, tiene repercusión en su tercio final. Podría pasar con esto que la trama se tornara tediosa y algo previsible, pero en eso consiste la magia del relato. Son elementos que se mencionan casi de forma anecdótica, secundaria, pero que quedan grabados en la mente del espectador para luego ser rescatados en el momento idóneo. Por ejemplo, si durante el viaje en los coches se menciona que un dinosaurio caza lanzando veneno a los ojos mientras se mantiene una conversación, dicha información será utilizada para acabar con algún personaje.

Aunque tal vez el elemento que más emocione de todo el film sea su banda sonora, de nuevo a cargo de John Williams, autor de la mayoría de composiciones en películas de Steven Spielberg. Han pasado 20 años, pero la llegada a la isla Nublar en helicóptero con esa música subiendo y engrandeciendo la aventura que está a punto de iniciarse sigue emocionando, al menos a un servidor. Su uso de la percusión, de los instrumentos de viento y de cuerda aportan la magia que le pueden faltar a algunos momentos del relato, por no hablar de la narrativa paralela que el público recibe. Su forma de componer, remarcando momentos como el descubrimiento de huevos de dinosaurio en libertad o la imagen final de una bandada de aves volando, explica muchos de los conceptos que subyacen en el texto visual del director.

Puede parecer con todo esto que los actores se convierten en meras marionetas al servicio de un espectáculo formal, pero nada más lejos de la realidad. Si bien es cierto que lo más impactante de Parque Jurásico son sus dinosaurios y el avance tecnológico que supuso la película (y por lo cual ganó sus tres Oscars), el aspecto interpretativo contribuye muy significativamente a esa magia de la que hablábamos antes. Tanto Sam Neill (serie Alcatraz) como Laura Dern (Ahora los padres son ellos) representan a la perfección las emociones encontradas de unos adultos que han crecido soñando con dinosaurios y que dedican su vida a localizar sus restos. Aunque por encima de cualquiera de ellos se halla Jeff Goldblum (La mosca), cuyo papel del excéntrico matemático que prevé el caos de la isla es único. El cinismo y el carisma que desprende, amén de la irritabilidad que provoca en sus primeros momentos, es un claro ejemplo de cómo un personaje debe evolucionar, tanto en la trama como a los ojos del espectador.

Lo cierto es que, a pesar de ser dos películas muy diferentes, La lista de SchindlerParque Jurásico tienen muchos elementos en común, sobre todo los formales. En el caso de la cinta que nos ocupa, y a pesar de que nunca será reconocido con premios, su enorme calidad ha permitido no solo que siga de actualidad 20 años después, sino que su transformación en 3D la beneficie en la mayoría de ocasiones, algo que no ha ocurrido con otros intentos anteriores. Steven Spielberg logró con estos dinosaurios crear un precedente, pero no solo en la animación o los efectos digitales. Creó un precedente en la forma de narrar y de entretener, más o menos como hace con la mayoría de sus películas. Películas que, por cierto, pertenecen casi todas a la Historia del cine.

‘La princesa prometida’, aventuras y literatura de estilo clásico


Robin Wright y Cary Elwes protagonizan 'La princesa prometida', de Rob Reiner.El cine es un claro ejemplo de cómo el tiempo no pasa en balde por mucho dinero y recursos para mantenerse joven que uno pueda tener. Hace poco tuve la oportunidad de revisionar uno de los mejores clásicos de aventuras de los años 80, La princesa prometida (1987), dirigida por Rob Reiner (Algunos hombres buenos) y protagonizada por un puñado de actores que hoy en día se han convertido en estrellas más o menos importantes. No es este espacio para comentar lo bien o mal que ha envejecido cada uno, sino para analizar los motivos por los que un film tan sencillo y humilde como este no solo ha sabido mantenerse década tras década, sino que se ha erigido como un modelo perfecto del cine de aventuras.

La historia, para aquellos que no hayan tenido ocasión de verla, gira en torno a una joven cuyo amado parte en busca de aventuras. Al enterarse de que ha sido atacado por un temible pirata que nunca hace prisioneros se sume en una profunda depresión. Años después un apuesto y arrogante príncipe decide desposarla, pero unos días antes de la boda es secuestrada por tres personajes que buscan provocar una guerra entre su reino y otro vecino. Un misterioso enmascarado de negro frustrará sus planes y salvará a la princesa, pero desvelará otros mucho más peligrosos que tienen como autor al propio príncipe. Todo ello narrado desde la perspectiva de un cuento leído por un abuelo a su nieto enfermo.

Este último detalle tal vez sea el más relevante de la idea básica de la película. En sí mismo, el argumento y su desarrollo es tan sencillo y directo como entretenido y enternecedor, pero no reviste especial relevancia frente a otras cintas de aventuras con ingredientes similares. Lo que supone una cierta revolución, y que dota al conjunto de un aire mucho más especial, es el hecho de enfrentar la literatura y la imaginación a un mundo cada vez más dominado por la televisión, los ordenadores y los videojuegos. De hecho, el niño enfermo está jugando a un videojuego cuando recibe la visita de su abuelo, a lo que se muestra inicialmente reticente para sumergirse después en la pasión que levanta una obra de ficción literaria.

Ya hemos dicho que su guión, obra de William Goldman, autor de la novela homónima en la que está basada, es directo y sencillo, con una estructura de análisis claro que puede ser un buen ejemplo para iniciarse en esta especialización cinematográfica. Pero si la base literaria es clara (lo que no implica que no tenga interés, al contrario), la forma de narrar es igualmente eficaz. Nada de largos y enrevesados planos. Nada de jugar con los puntos de vista o con las diferentes posibilidades lumínicas. La princesa prometida es, desde su inicio hasta su fin, un cuento de aventuras, de amor y de acción, de comedia y de drama, y como tal está planteado. En cierto modo, todo se podría resumir en dos palabras: entretenimiento directo. Cierto es que estamos hablando de la década de los 80 del siglo pasado, pero en esos años ya se empezaba a experimentar con los efectos digitales como TRON (1982).

La importancia de los secundarios

Como suele ocurrir en este tipo de historias, la película de Reiner se apoya mucho en sus personajes secundarios. Puede que incluso sean lo mejor de la película. No quiero decir con esto que la labor de Cary Elwes (Sin compromiso) y Robin Wright (serie House of cards) no sea relevante, ni mucho menos. Sin embargo, a todo aquel que se le nombre este relato posiblemente lo primero que recuerde sea la frase: “Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”, pronunciada por el personaje de Mandy Patinkin, de actualidad gracias a la serie Homeland.

Dicha cita, junto a otros conceptos y la caracterización de muchos de los secundarios, aportan a la trama un aura única que termina por definir su verdadero carácter. En otras palabras, muestra su alma. No se trata ya de que el héroe recupere a su amada, sino de que las tramas secundarias de cada uno de los personajes encuentre su resolución en un único clímax que, como no podía ser de otro modo, se desarrolla mediante combates a espada y luchas cuerpo a cuerpo. Unas tramas secundarias, por cierto, que poseen un interés y una importancia casi tan relevante como la trama principal. Puede que la historia del personaje de Patinkin sea visualmente la más evidente, pero existen muchas otras: la del gigante que busca su sitio en un mundo que le rechaza, la del villano cuyos planes aspiran a mucho más que un simple matrimonio, … Todo conforma un paisaje mucho más rico que la propia historia de los protagonistas.

Todo esto no implica que La princesa prometida sea una obra muy distinta a otras aventuras como pueden ser las de Robin Hood, con las que guarda no pocos parecidos. La película contiene todas las facetas que se le pueden pedir a su género, desde personajes extraños hasta la combinación de acción y magia, pasando por personajes muy, muy característicos y por la combinación de géneros. La idea de aventura literaria, de un relato capaz de despertar la imaginación y la curiosidad de generaciones alienadas o conquistadas por la televisión y los videojuegos se muestra en su máximo esplendor gracias a una trama en la que comedia, drama, intriga y acción se entremezclan armónicamente. Mención especial habría que hacer a la banda sonora compuesta por Mark Knopfler, pero eso lo dejaremos para otra entrada de Toma Dos.

Lo más evidente es que, a pesar de los años y de la humildad que emana de cada fotograma, La princesa prometida sigue siendo un documento a analizar perfecto. Tal vez ese sea su secreto. En cualquier caso, las nuevas generaciones (que cada vez están más involucradas en el mundo digital) siguen descubriendo en sus imágenes y en las páginas de la novela todo un mundo capaz de motivar la imaginación de los más jóvenes. Es directa, clara y concisa. Para algunos esto puede ser una debilidad. Para otros será sin duda el legado de una forma tradicional y siempre eficaz de contar una historia.

La previsibilidad y el exceso de realismo de ‘El clan del oso cavernario’


Daryl Hannah es Ayla en la adaptación de 'El clan del oso cavernario', de Jean M. Auel.La compañía Dreamworks ha vuelto a poner de moda las historias sobre cavernícolas con su propuesta animada, Los Croods. Los orígenes del hombre han sido uno de los temas que, a lo largo de la historia del cine, directores y guionistas más han utilizado para expresar sus ideas sobre los cambios generacionales, la dureza de la vida o los grandes descubrimientos que cimentaron las bases para el desarrollo posterior del ser humano. De todas las películas realizadas queremos hoy poner el acento en un título que puede que muchos aficionados al cine no conozcan. Se trata de El clan del oso cavernario, adaptación de la novela homónima de Jean M. Auel realizada en 1986. Para aquellos que no se hayan acercado a las novelas de la escritora estadounidense, este título es el primero de una saga de seis novelas que se recogen bajo el sobrenombre Los Hijos de la Tierra, y narra la vida de una cromañón de nombre Ayla desde que es acogida por una familia de neanderthales hasta que se convierte en una inteligente y bella mujer cuyos conocimientos sobre medicina y curación son difícilmente igualables.

En este contexto, el director Michael Chapman (La clave del éxito) y el guionista John Sayles (Aullidos) llevaron a cabo una adaptación que intentaba trasladar el espíritu de las novelas de Auel, sobre todo la idea de mostrar dos razas de seres humanos diferentes tanto en físico como en intelecto, aunque muy parecidos en otros aspectos. Desde luego, si algo positivo se puede sacar de esta adaptación es la valentía de su propuesta, sobre todo en el apartado interpretativo y narrativo. Protagonizada por Daryl Hannah (Un, dos, tres… splash), el film contaba con la presencia de relevantes nombres de los años 80 como Pamela Reed (Poli de guardería), James Remar (serie Dexter), Thomas G. Waites (La cosa de 1982) o Curtis Armstrong (Risky business). La mención del reparto viene a cuento porque todos ellos tuvieron que realizar una ardua tarea de transmitir mediante gestos y sonidos guturales el desarrollo de la trama.

Y es que las novelas de Auel, si bien se nutren de diálogo como cualquier otra obra, dejan muy claro desde un principio que la forma de comunicarse de ese clan que tenía por tótem al oso cavernario era mediante gestos, apoyándose de vez en cuando en sonidos generados por un aparato fónico poco desarrollado. Dicha apuesta por parte de los responsables del relato aporta una seriedad y verosimilitud a la trama fuera de lo corriente, permitiendo al mismo tiempo a los actores explotar al máximo sus cualidades interpretativas. Del mismo modo, la falta de diálogos y el entorno salvaje en el que se desarrolla la acción permitieron a Chapman buscar todo tipo de recursos narrativos que, por suerte o por desgracia, dan al conjunto un empaque grandilocuente, con unos escenarios realmente hermosos a la par que peligrosos.

Sin embargo, no estamos ante un film que pueda considerarse revolucionario o influyente. Más bien al contrario. La producción pasa desapercibida, ya incluso en el momento de su estreno, por una serie de errores de previsión y de producción que la llevan a convertirse en una serie B de difícil trato, incapaz de superar sus propias limitaciones. Curiosamente, dichas limitaciones tienen mucho que ver, si no todo, con esa apuesta por no decir ni una palabra en todo el film. La falta de referencias habladas no solo impide una comprensión adecuada de lo que ocurre en pantalla, sino que obliga al espectador a realizar un trabajo doble: atender a la acción y a las señas de los personajes. El resultado es la pérdida de atención de alguno de los elementos de la trama, generándose la sensación de que algo no encaja en esta historia prehistórica.

Violencia cavernícola

La propia autora de los libros rechazó la adaptación. Según ella, era demasiado violenta. En cierto modo, no le falta razón. Aquellos que hayan leído las novelas sabrán que sus páginas no esconden en ningún momento la violencia, física o psicológica, que acompaña a la protagonista. Lo bueno es que en la novela el lector tiene en todo momento presentes las emociones de Ayla, el personaje de Hannah, gracias a los diálogos y a esa herramienta propia de la literatura que es el narrador omnipresente.

La película de Chapman, por el contrario, peca de exceso de realismo en este sentido. Como director que muere con sus ideas, las emociones y pensamientos de la protagonista y de los secundarios que la apoyan o la atacan quedan a merced única y exclusivamente de la capacidad de los actores, sobre todo porque su labor a la hora de narrar con imágenes es algo limitada. Siendo sinceros, hay que ser muy buen director en todos los sentidos para lograr que un reparto emocione o transmita con su rostro como única herramienta. Y por desgracia, El clan del oso cavernario no cuenta con esa figura. Al final, esa violencia que queda algo aplacada por los diálogos y las impresiones personales en las hojas de la novela se revela en las imágenes con toda su crudeza, capaz de generar algo de malestar en el espectador, pero por el mero hecho violento, no por el sufrimiento que puedan transmitir los actores.

Del mismo modo, el film peca de un exceso de convencionalismo en su guión. Si bien es cierto que una adaptación literaria deja poco margen a la imaginación, el desarrollo dramático de la trama, que recoge la infancia y entrada en la madurez de la protagonista, es excesivamente lineal. Apenas existen sorpresas o giros inesperados, pues muchas de las secuencias más impactantes quedan mermadas por el anuncio paulatino durante el metraje anterior. Entre esto y la falta de diálogos, el film se convierte en un producto que genera poco o ningún atractivo, salvo por el hecho de ser considerado una rareza dentro del género.

El clan del oso cavernario podría haber dado mucho más de sí. De hecho, podría haber sido el inicio de una saga, pero la arriesgada apuesta no salió bien. Y aunque buena parte del problema estriba en su ausencia de diálogos hablados, no debe ser esta la excusa a esgrimir. Muchas son las películas que han apostado por eso y han salido más o menos victoriosas. No. El problema radica en que su apuesta por la autenticidad y el realismo conduce la trama por unos derroteros excesivamente previsibles y naturalistas. Cierto es que la historia original es así, pero una novela puede permitirse ese tipo de licencias gracias a que dispone de otros recursos que la enriquecen. Una película debe utilizar sus propias armas.

Diccineario

Cine y palabras

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