‘Drácula’ reinterpreta el mito fusionando clasicismo y modernidad


Cada vez resulta más complejo abordar figuras clásicas del terror como los vampiros. Ya sea por la cantidad de visiones que hay sobre estos mitos o por la complejidad de adaptarlos a los tiempos modernos, lo cierto es que la figura de estos no-muertos ha sido objeto de grandes versiones, pero también de aproximaciones desastrosas. Una de las últimas incursiones es la miniserie Drácula, creada para Netflix por Mark Gatiss y Steven Moffat (autores de la serie Sherlock), una mirada cuanto menos diferente del mito creado por Bram Stoker y, personalmente, de las más gratificantes que se han visto en los últimos tiempos.

Tres episodios, cada uno de una hora y media, permiten contar la historia que todo el mundo conoce desde un prisma notablemente diferente, no solamente en el desarrollo de los acontecimientos, sino en la propia visión del vampiro, sus miedos, sus anhelos y sus objetivos. Gatiss y Moffat ahondan en el famoso personaje para reinterpretar algunos de los conceptos más característicos que han acompañado a los vampiros desde el inicio de los tiempos (miedo a la cruz, al sol, necesidad de que le dejen entrar,…), dándoles un motivo más mundano, un significado. Desaparece, por tanto, el componente religioso de la historia para reconvertir estas limitaciones cristianas en algo mucho más humano, dotando así al personaje de unas emociones que, en un principio, no tiene (ni siquiera en la serie, donde se muestra mucho más violento y salvaje que en la novela). Por supuesto, esta reconversión del conde en un ser más terrenal tenía que ir acompañada de conceptos más humanos, y de ahí nace, por ejemplo, el verdadero significado de las novias que tiene encerradas en su castillo, o la función que realiza el personaje de Jonathan Harker (John Heffernan, visto en Espías desde el cielo), más condenado de lo que se muestra en la obra original.

Entrando de lleno en la narrativa de los episodios, lo cierto es que hay una gran diferencia entre los dos primeros y el último, tal vez porque el tercero traslada la acción al presente, mientras que los otros dos sí mantienen, aunque sea mínimamente, la estética y el concepto clásico de la obra. Planteados ambos como relatos de un personaje, esos dos primeros episodios juegan en todo momento con la perspicacia del espectador, planteando la historia casi más como un thriller que como un drama romántico cargado de terror. A través de estos relatos y los diálogos en tiempo presente, la trama traslada al espectador a los acontecimientos anteriores para ir sembrando el camino de giros argumentales y de datos que, hacia la mitad del segundo acto, precipitan los acontecimientos en un devenir inesperado. Dicho de otro modo, el relato llega un punto en el que termina para dar paso al presente de la trama, desatando en los dos episodios unas conclusiones llenas de sangre y violencia.

Pero, ¿esta reinterpretación realmente merece la pena? La respuesta es sí. Incluso con un último episodio algo menos interesante, la obra plantea numerosos dilemas morales y sociales de lo mas interesantes. Más allá de convertir en mujer al archienemigo de Drácula, y de eliminar su título de ‘Doctor’ para transformarla en una monja muy particular, el personaje de Van Helsing, interpretado por Dolly Wells (Sin límites), es más una investigadora que un cazavampiros. Las ansias de conocimiento, de sabiduría de ese personaje, chocan frontalmente con la brutalidad y la sed de sangra del conde, generando un contraste muy interesante que da pie, con esa personalidad tan provocativa del rol de Wells, a momentos de auténtica tensión dramática, como el que tiene lugar frente al convento o en el propio barco. En realidad, esta redefinición de los personajes les hace más cercanos de lo que podría parecer. Mientras ella busca conocer la verdad detrás de los mitos de los vampiros, y descubrir así las debilidades de la criatura, Drácula también busca conocer cómo funciona su mal, cómo crear muertos con voluntad y cómo transmitir su sed de sangre a otros seres humanos, incluso a bebés.

Clásicos modernos

Aunque sin duda lo más relevante de este Drácula es el modo en que une clasicismo y modernidad. Si bien es cierto que los actores no son capaces de sacar el máximo provecho a unos complejos personajes, la labor de Claes Bang (The Square) como el vampiro sí logra ese delicado equilibrio entre una mirada moderna del mito y los aspectos más tradicionales del mismo. Sin duda, a esto se suman unos efectos visuales y una puesta en escena que bebe directamente de referentes como la Hammer, pero también de la que posiblemente sea la mejor y más fiel adaptación de la obra, Drácula de Bram Stoker (1992). Pero independientemente de esto, Bang compone un personaje marcado por conceptos clásicos en sus movimientos, en su lenguaje corporal, en su interacción con el mundo que le rodea, desinhibiéndose de ese corsé cuando desata la parte más salvaje y animal de su naturaleza.

Quizá una de las diferencias más significativas de esta miniserie sea el hecho de que al protagonista no le mueve en ningún momento el amor perdido. De hecho, no se abordan los orígenes del personaje ni se introduce en modo alguno el interés romántico (salvo tal vez al final, aunque de un modo algo forzado). Más bien, queda retratado como un ser egocéntrico que busca, en todo momento, el poder sobre los demás, manipulándoles para lograr un objetivo de lo más básico: enriquecerse y saciar su sed. La presencia de Mina Harper en la trama se reduce a algo meramente testimonial, y la labor de Lucy en el último episodio es más bien de transición para poder definir lo que se esconde realmente tras las limitaciones que tienen los vampiros. Curiosamente, y esto es algo que hay que aplaudir en la labor que hacen sus creadores, ninguno de estos cambios modifica significativamente el desarrollo de la historia (al menos hasta su último episodio), lo que significa que la novela de Stoker va mucho más allá del mero significado romántico de un personaje prácticamente inmortal.

Respecto a los episodios en sí, para gustos los colores, pero personalmente me quedo con el segundo, centrado en el viaje en barco a Inglaterra. Tal vez porque siempre ha sido un pasaje obviado en todas las adaptaciones, o tal vez por el formato a modo de suspense de Agatha Christie, lo cierto es que el tratamiento es posiblemente de lo mejor de toda la serie. Partiendo del final del anterior episodios, los guionistas construyen el relato del viaje en barco partiendo de la base de una conversación entre el vampiro y una capturada Van Helsing que, sin embargo, se comporta más como una huésped en el avejentado castillo. Bajo esta premisa, y con las muertes a bordo del navío, la trama no solo va desvelando el misterio entre la tripulación y los pasajeros (y la relación de todos ellos con el conde), sino que desvela también la verdadera situación de los antagonistas. Es un viaje en dos líneas argumentales cuyos giros dramáticos se alternan para construir un relato en constante crecimiento dramático hasta un desenlace y un cliffhanger que deja con ganas de más.

Desde luego, este Drácula podría mejorarse. Los actores, todos ellos más que correctos, no logran sin embargo sacar todo el potencial de unos personajes extraordinarios. Y el último episodio trata de adaptar a la actualidad el tramo final de la historia original, lo que termina siendo un experimento algo fallido que se reconduce de forma inteligente con la revelación de la verdadera mortalidad de un ser aparentemente inmortal. Pero dejando a un lado esto, la miniserie se revela como una producción inteligente, fresca, con una visión lo suficientemente original del mito vampírico como para ser diferente sin caer en el absurdo. Lograr, como logra, el equilibrio entre la visión más clásica del personaje y los tiempos modernos que corren (tanto en la definición del personaje como en la narrativa audiovisual) es uno de los ejercicios cinematográficos más complicados que puede haber, y se supera con éxito.

‘Castle Rock’ ahonda en el universo de Stephen King en su 2ª T.


Hay algo en la obra literaria de Stephen King que la convierte en única. No se trata del escenario en el que se desarrollan la mayor parte de sus historias. Tampoco de sus personajes, habitualmente complejos, construidos a partir de secretos, caras ocultas y dobles intenciones. No, lo realmente interesante de su obra es su capacidad para construir un relato a través del tiempo, de modo que pasado y presente encuentran, cada uno en el otro, un sentido mucho mayor de lo que lo hacen por separado. Esto fue algo que ya mencionamos con la primera temporada de Castle Rock, y en esta segunda tanda de episodios, con una historia completamente nueva, se desarrolla mucho más, hasta el punto de crear todo un vínculo entre cine, televisión y novelas.

Y es que los 10 capítulos de esta temporada no solo utilizan personajes de novelas en un contexto totalmente nuevo, sino que en esta ocasión utilizan estas historias como una forma de precuela a lo vivido en algunos de los relatos del maestro del terror. Lo hace, además, jugando con el espectador a través de un desarrollo dramático cuanto menos sorpresivo, planteando la historia inicialmente en un sentido puramente dramático para, a continuación, introducir conceptos fantásticos que aportan gravedad y complejidad a la serie creada por Sam Shaw (serie Manhattan) y Dustin Thomason (serie The evidence). El modo en que se construye el arco narrativo de esta etapa es lo realmente interesante de esta ficción: el desarrollo de la trama principal, protagonizada por el personaje femenino de la novela ‘Misery’ (1987) años antes de los acontecimientos de esa obra, da pie a la segunda gran línea argumental. Ambas se desarrollan de forma independiente hasta que entran en conflicto, generando un clímax y una conclusión global simplemente extraordinaria.

Hasta aquí la segunda temporada de Castle Rock podría entenderse dentro de los parámetros habituales de cualquier ficción. Pero es en el desarrollo de cada una de las líneas argumentales principales donde se diferencia del resto. La trama protagonizada por Lizzy Caplan (The disaster artist), quien por cierto hace un extraordinario trabajo en el papel que inmortalizó Kathy Bates (Richard Jewell) allá por 1990 (y que le valió un Oscar, por cierto) se plantea como la huída de una mujer con su hija para ir desvelando fragmentos de una terrible verdad que, además, terminan de la peor manera posible, potenciando aún más si cabe la historia de la novela que todo el mundo conoce. La serie, en lugar de limitarse a situar al personaje ante su propio espejo de locura, lo que hace es indagar en su psicología, en las numerosas facetas de un rol complejo en su aparente sencillez. Los creadores aprovechan cada matiz, cada insinuación de locura, para construir ese pasado que mencionaba al principio y desarrollar su impacto en el presente no solo del personaje de Caplan, sino de los secundarios sobre los que influye.

Se puede decir que esta trama es la parte racional de esta producción. El otro arco argumental representa la parte fantástica del conjunto. Ese misterios de Salem’s Lot que dista mucho de los vampiros originales de la novela… o tal vez no. Lo cierto es que la serie construye un relato a través de los siglos en el que magia, fantasía y algo de terror se dan cita para desarrollar una venganza centenaria de la que nada ni nadie parece poder librarse. Los ingredientes de esta línea dramática contrastan notablemente con los de la historia principal más allá del carácter fantástico de los mismos. Para empezar, no gira en torno a un único personaje, sino a toda una comunidad. Y lejos de centrarse en los esfuerzos por la supervivencia, lo que aborda es toda una estrategia para devolver a la vida a unos personajes malditos. El contraste entre ambas tramas, lejos de chirriar en el desarrollo, permite reforzar cada aspecto de ellas, haciéndolas más interesantes y permitiéndolas crecer en un sentido muchas veces inesperado.

Entramado de secundarios

Ahora bien, para comprender la complejidad y el interés de esta segunda temporada de Castle Rock es fundamental el entramado de personajes secundarios que enriquecen las dos tramas, y que de hecho hacen las veces de refuerzo de todo aquello que une ambas líneas argumentales. El caso más evidente es la familia formada por Tim Robbins (Aguas oscuras), Barkhad Abdi (Blade Runner 2049) y Yusra Warsama (Los últimos días en Marte), verdaderos motores dramáticos de muchos pasajes en cada episodio. Cada uno en su parcela, aunque asisten como espectadores a algo mucho más grande que ellos mismos, en realidad se convierten, con sus decisiones, en principales desencadenantes de algunos desenlaces dramáticos, lo que sin duda les define como influencia directa en el desarrollo de las líneas argumentales.

Pero no son el único caso. La joven hija del personaje de Caplan, interpretada por Elsie Fisher (McFarland), aunque puede considerarse casi más como protagonista, en realidad es un secundario que influye de forma determinante en el universo de esta serie, hasta el punto de ser elemento de acción tanto si está presente como si no. Por ella se toman decisiones, es ella el objeto de deseo de esa comunidad que vuelve a la vida, y es ella, en definitiva, la que marca el devenir de esa enfermera con brotes psicóticos. El tratamiento de estos personajes secundarios es cuanto menos interesante. Para empezar, tienen una entidad propia tan compleja y profunda como la de los protagonistas, ya sea por decisiones que han marcado sus vidas, o por situaciones que les han llegado impuestas, muchas veces precisamente de otros personajes secundarios. Sin embargo, esa complejidad no les permite ser independientes, sufriendo las consecuencias de la historia principal en la que participan en cada momento.

En cierto modo, lo que nos encontramos en esta serie es una compleja ingeniería dramática que construye todo el universo de Stephen King, que dota a todos y cada uno de sus personajes de una entidad única, elaborada y compleja. Y a pesar de ello, la ficción tiene como historias principales solo dos tramas, permitiendo que el resto de secundarias nutran a estas. El problema, si es que se puede considerar como tal, es que el espectador puede identificarse con los problemas, los anhelos y los objetivos de los roles secundarios, pero el devenir de estos queda en manos de otros personajes, lo que genera un conflicto de intereses y de composición. Sin embargo, lejos de producir incongruencias, termina por elevar la calidad dramática del conjunto. La clave habría que buscarla en el grado de definición de estos personajes secundarios, que no llegan a tener tanta profundidad como los protagonistas aunque pueda parecerlo durante el desarrollo de esta tanda de episodios.

Con este planteamiento y su magistral desarrollo, Castle Rock ofrece una segunda temporada superior a la primera, que por cierto ya fue un gran punto de partida para introducirse en el universo de Stephen King. Ahora sus creadores van un paso más allá, vinculando con ese final de temporada novela, película y ficción televisiva. Lo importante, como en las buenas historias, no está en cómo acaba, sino en el viaje durante estos 10 episodios. Y ese viaje tiene todos los ingredientes para ser una experiencia audiovisual única. Sus complejos personajes (incluso aquellos aparentemente sencillos ofrecen múltiples lecturas) llevan la historia hasta un grado de intensidad dramática, de intriga y de cierto terror simplemente brillante. Puede que para muchos el desenlace final sea algo excesivo, y puede que sea una concesión innecesaria, pero desde luego pone la guinda a un desarrollo muy medido en el que los actores, por cierto, ofrecen la mejor versión de sí mismos.

‘Asesinato en el Orient Express’: pasajeros sin piedad


El principal hándicap de adapta al cine una novela mundialmente conocida que, además, es un clásico de la literatura de misterio, está precisamente en el argumento y, sobre todo, en la identidad del asesino. Y si además ya se ha llevado anteriormente a la gran pantalla con un buen plantel de actores, el desafío parece casi insalvable. De ahí que uno pueda preguntarse qué aporta esta nueva versión de la obra de Agatha Christie realizada y protagonizada por Kenneth Branagh (Cenicienta). Y la respuesta no es sencilla.

En efecto, la historia de Asesinato en el Orient Express no resulta especialmente atractiva para aquellos que ya conozcan el desenlace. A pesar de estar bien elaborada y con sólidos cimientos dramáticos, perfectamente planteados y desarrollados en sus momentos clave, lo cierto es que la trama puede llegar a resultar monótona en algunos momentos. Eso por no hablar del hecho de que su resolución no termina de arrojar demasiada luz al proceso por el cual el gran detective protagonista es capaz de establecer todas las conexiones entre los personajes.

Sin embargo, algo hay en esta versión que atrae poderosamente. Para empezar, un reparto plagado de estrellas y nombres del séptimo arte, algunos con mayor calidad artística que otros, pero todos ellos, en general, a un nivel extraordinario, fruto sin duda de la labor de Branagh. Lo más interesante, sin embargo, es la apuesta visual del director. Con una fotografía que explota al máximo las posibilidades del escenario nevado y acotado en el que se desarrolla la parte más importante de la trama, Branagh aprovecha todo lo que da de sí un vagón de tren para encontrar recursos narrativos soberbios. En la memoria quedan el descubrimiento del cadáver y la resolución final, claro homenaje a la pintura de ‘La última cena’ (en concreto, y en mi opinión, a la obra de Leonardo Da Vinci, pero eso queda a discreción del espectador).

Todo ello convierte este Asesinato en el Orient Express en una interesante experiencia visual, en un relato conocido visto con otros ojos y una interesante revisión del mensaje final de esta obra, en la que el bien y el mal se combinan hasta difuminar sus fronteras para convertir la investigación por asesinato en una reflexión sobre la justicia, la venganza y el dolor. Puede que aporte poco desde un punto de vista dramático, pero el modo en que se presenta es sumamente poderoso, y si esto se une a una sólida historia como esta, es muy sencillo y entretenido disfrutar de este viaje en tren.

Nota: 6,5/10

‘It’: Todos flotamos con la coulrofobia


Diversos estudios han demostrado que el miedo a los payasos, la coulrofobia, tiene un origen psicológico muy concreto. No es algo irracional, dicho de otro modo. La famosa novela de Stephen King, como el resto de obras del autor, ahonda sin embargo en muchos otros aspectos sociales, y la nueva versión cinematográfica potencia todo esto para ofrecer al espectador toda una experiencia visual y emocional en la que destaca, por encima de cualquier otra cosa, un Bill Skarsgård (Victoria) excepcional.

Con todo, sería injusto defender un film como It únicamente por la interpretación del terrorífico payaso Pennywise. Realmente, todo el conjunto es una notable interpretación de conceptos habituales en la obra de King, desde la amistad, la unidad, el poder del miedo y la valentía y, sobre todo, el mal que acecha con la forma de aquello que puede parecer más inocente. Relegado a un segundo plano queda, por tanto, el componente sangriento o efectista, al que es cierto que se recurre en momentos puntuales pero que no copa toda la atención de la trama, lo cual es de agradecer tanto a los guionistas, entre los que se encuentra Cary Fukunaga (serie True detective), y al director.

Una trama que en manos de Andrés Muschietti (Mamá) adquiere una ambientación fría y violenta marcada por la soledad de un grupo de niños que tiene que enfrentarse a sus miedos sin la ayuda de unos adultos que parecen más preocupados en sus propias necesidades que en las de sus hijos. Con un lenguaje visual a caballo entre el thriller psicológico y el gore más explícito, el director explota al máximo la labor interpretativa tanto de Skarsgård como de los niños que protagonizan esta primera parte, la mayoría de estos últimos prácticamente debutantes en un largometraje.

El único ‘pero’ que podría ponerse al film es una duración excesiva que obliga al relato a introducir secuencias, lo que aunque refuerza la idea de terror, tampoco aporta mucho más al desarrollo dramático de la relación o los miedos de estos chicos en su lucha contra un mal que se alimenta de ellos. A pesar de ello, la cinta se revela como un desafío terrorífico, una prueba de amistad marcada por algunos momentos violentos, otros aterradores y otros sangrientos, con un final que viene a explicar aquello de “Todos flotamos aquí abajo”. Pennywise vuelve a hacer de las suyas 27 años después, tal y como Stephen King ha dejado escrito.

Nota: 7,5/10

‘La niebla y la doncella’: La reina del mambo


Como en el cine, la literatura tiende a generar una saturación de productos cuando una fórmula funciona. Y en los últimos años el thriller policial parece ser el rey de las librerías. Y al igual que en el cine, esto tiene un inconveniente, y es que poco a poco todas las historias comienzan a parecerse o, al menos, a tener puntos en común. La nueva película escrita y dirigida por Andrés M. Koppel (Zona hostil), adaptación de una novela de Lorenzo Silva tiene algo de esto.

A pesar de una trama bastante bien construida y de un escenario incomparable para ese juego de mentiras, conspiraciones y secretos que suele protagonizar este tipo de historias, La niebla y la doncella tiende a anclarse en las claves del género sin tratar de sonsacar el máximo jugo posible a sus planteamientos. Los personajes, cuya definición es algo tosca, parecen avanzar en la trama más bien por una serie de momentos clave que por una investigación real que les lleve a tirar de un hilo concreto, si bien es cierto que el resultado final, culpable incluido, hace encajar todas las piezas en perfecta armonía.

La buena labor de los actores, todos más que correctos en líneas generales, no impide sin embargo que el desarrollo dramático no explique con detalle algunos de los puntos clave de este thriller, o al menos no de una forma que sea natural en el devenir de los acontecimientos. Si a esto sumamos varias secuencias algo innecesarias para el conjunto nos encontramos ante un film que, a pesar de su belleza y del suspense que genera, a pesar de sus actores y de su puesta en escena, tiende estancarse en situaciones que se resuelven casi por una mirada, un encuentro casual o una prueba inesperada.

Dicho esto, La niebla y la doncella es la película idónea para los amantes del thriller español, sobre todo si conocen la obra del autor literario. La estructura dramática de la cinta convierte la isla de La Gomera en una especie de pueblo enorme en el que todos tienen algo que callar, en el que los secretos parecen estar a la orden del día. El problema es que más allá de eso, la intriga es conocida, explorando territorios dramáticos ya vistos y con una resolución que, aunque encaja, plantea algunas dudas más sobre todo el proceso. Poca novedad en las Canarias.

Nota: 6,5/10

‘La Torre Oscura’: el Bien, el Mal y el Resplandor


Que una película resulte extrañamente conocida a pesar de no haber leído el libro (o libros) en los que se basa es un problema, pues implica una serie de condicionantes previos que nada tienen que ver con el film y que invitan a pensar en una falta de originalidad en los elementos que sustentan la trama. Y eso, en mayor o menor medida, es lo que ocurre con la nueva película de Nikolaj Arcel (La isla de las almas perdidas), adaptación de la saga literaria escrita por Stephen King quien, por suerte o por desgracia, vuelve a sus particulares obsesiones personales para relatar la lucha entre el bien y el mal.

En efecto, esta breve y algo enrevesada introducción es el principal escollo de La Torre Oscura, al menos para aquellos familiarizados con la obra del autor de ‘El Resplandor’. La cita de este título no es casual. A lo largo del film se menciona en no pocas ocasiones ese “resplandor”, ese poder del que ya hacía gala el niño que debía huir de su padre en el hotel Overlook y que aquí traspasa mundos enteros. Esta es solo una muestra de las recurrentes herramientas narrativas de la cinta, sin duda condicionada por las obras literarias. Herramientas que parecen sacadas de otras obras o, al menos, utilizadas en otras películas basadas en libros del escritor. Todo ello genera la sensación de estar viendo algo conocido, y como consecuencia no es difícil prever los giros argumentales, las decisiones dramáticas o, en último término, el final de la cinta.

Dicho con pocas palabras, la película resulta previsible, y la labor de Arcel tras las cámaras no aporta la originalidad que podría esperarse en una cinta de fantasía y acción como esta, si bien es cierto que los tiroteos y los enfrentamientos entre Idris Elba (serie Luther) y Matthew McConaughey (El mar de árboles) son los momentos más espectaculares del film. Todo ello no quiere decir que la cinta no sea entretenida, o por lo menos distraída. Toda la mitología construida alrededor de esta historia es lo suficientemente interesante y amplia como para desarrollarla en sucesivas secuelas, y la labor de los dos protagonistas de la cinta se convierte sin duda en el gran atractivo de esta historia. A todo ello se suma una duración muy ajustada que juega a favor y en contra del film. A favor porque no se distrae en tramas secundarias que pudieran reducir el ritmo de la narrativa, que aprovecha además el don del niño protagonista para narrar algunos de los acontecimientos de un modo diferente. Y en contra porque esa falta de tiempo impide desarrollar un poco más la enemistad entre héroe y villano, por lo que ambos se quedan en una arquetípica definición del Bien contra el Mal.

La sensación que deja La Torre Oscura es la de un film directo, sencillo y previsible con un trasfondo dramático y narrativo que se intuye detrás de sus múltiples secuencias de acción, de sus diálogos entre héroe y villano y de algunas secuencias que rompen el relato en su formato más tradicional. Todo ello invita a pensar que hay algo más de lo que se cuenta en estos 95 minutos, que existe un trasfondo dramático que involucra a todos los personajes de un modo u otro. En realidad, es algo que Stephen King hace muy bien en sus novelas, pero que suele ser muy complejo de trasladar a la gran pantalla. El resultado en este caso es un poco frustrante, precisamente por la sensación de estar ante algo más grande de lo que realmente se muestra.

Nota: 6,5/10

‘Un monstruo viene a verme’: sentimientos encontrados


El joven Lewis MacDougall es el protagonista de 'Un monstruo viene a verme'.Si algo deja claro la nueva película de J.A. Bayona (Lo imposible) es que el director catalán tiene una habilidad única para la dirección de actores y para exprimir al máximo la intensidad dramática de las historias que narra, normalmente con una espectacularidad más que notable. Y si algo se puede aprender también de esta emotiva historia es que menos es más, como siempre se ha defendido en diversos sectores del séptimo arte.

Desde luego, lo mejor de Un monstruo viene a verme es su historia, cargada de emoción en cada plano, en cada movimiento de cámara. No hay nada en este film, al menos durante su primer y segundo acto, que no esté milimétricamente calculado para asentar en el espectador cierta congoja y una innegable belleza formal al servicio del drama. Las dos pequeñas historias narradas por el consabido monstruo son de una elegancia tan apabullante que se convierten casi en lo mejor de un film espléndido. A esto se suman, por supuesto, los actores, todos ellos brillantes, aunque destaca sobremanera el joven Lewis MacDougall (Pan: Viaje a Nunca Jamás), cuya interpretación, complicada por el contexto en el que se desarrolla, es simplemente impecable.

Ahora bien, la cinta tiende al melodrama a medida que se acerca el aciago final. Y es aquí donde se nota la mano del guionista, que también es autor de la novela en la que se basa la película. Patrick Ness decide olvidarse de que se está narrando una película para golpear al actor con la fuerza de una situación que, al menos visualmente, es innecesaria. El final del film se asemeja más a un melodrama televisivo que a la historia que se narra, sobre todo si se tiene en cuenta que la resolución del film, con ese cuaderno de dibujo que encuentra el joven protagonista, tiene un significado abierto a la interpretación pero, en cualquier caso, poco relacionado con lo visto anteriormente.

Es por esto que Un monstruo viene a verme no llega a ser una película excepcional. Su factura técnica es impecable, sus actores son maravillosos, e incluso el tono general del film, un drama salpicado por ciertas dosis de humor, frustración, ira, miedo y odio, narra a la perfección las emociones que debe de vivir un niño de 12 años que no entiende la vida que le ha tocado vivir y que no comprende los sentimientos encontrados a los que tiene que hacer frente. Pero el guión, que tiene un desarrollo magnífico a lo largo de la mayor parte del metraje, se pierde en el dramatismo más innecesario en un intento de arrancar las lágrimas del espectador. Y eso no solo es algo innecesario, sino que no cuadra demasiado con el relato previo. En cualquier caso, es una obra indispensable.

Nota: 7,5/10

La 8ª T. de ‘Castle’ demuestra que no es bueno apresurar el final


Nathan Fillion y Stana Katic han afrontado su último desafío en la 8ª T. de 'Castle'Bueno, pues ya llegó. Han pasado ocho años, y como es habitual en este tipo de series que funcionan con la tensión sexual entre los protagonistas, Castle ha perdido fuerza de forma progresiva a medida que la relación entre el escritor y la policía se consolidaba. Y aunque Andrew W. Marlowe (El hombre sin sombra) ha demostrado ser capaz de dar giros interesantes a la historia, al final la gravedad ha vencido. Es algo natural que no solo no puede criticarse, sino que debe alabarse. Lo que ya no es tan de agradecer es que, por cuestiones ajenas a la propia historia, ésta se vea forzada a tomar un camino antinatural, con giros cuanto menos cuestionables y resoluciones que podrían calificarse de interesadas, por no decir ridículas.

La octava y última temporada de la serie ha presentado, como es habitual en esta ficción, un villano único para el arco dramático de los 22 capítulos. Un arco que, en cierto modo, aúna todo lo ocurrido hasta el momento para dar coherencia al desarrollo de los personajes. Todo ello, claro está, combinado con historias episódicas a cada cual más original o extravagante. Y hasta aquí todo normal, si es que hay algo normal en esta producción protagonizada por Nathan Fillion (Percy Jackson y el mar de los monstruos) y Stana Katie (Big Sur). El problema nace, como suele ocurrir en cualquier historia, cuando se traiciona las bases. Y si esas bases se han construido durante tantos años, es necesario andar con pies de plomo.

Por ello resulta tan extraña la resolución ofrecida para ese villano de la temporada. Sin entrar a valorar esa especie de doble final que presenta la serie (y que personalmente es equivocado en la forma y en el fondo, pues demuestra una cobardía a la hora de afrontar un final real para los personajes), la temporada está estructurada de tal forma que la clave ofrecida en la conclusión narrativa del arco argumental resulta poco creíble. El espectador que haya seguido la serie desde el principio es consciente de que las tramas no episódicas de Castle aparecen y desaparecen durante cada temporada, pero siempre tienen un cierto nexo de unión entre héroe, villano y desarrollo.

En esta octava temporada, sin embargo, la identidad del villano queda siempre en la sombra, ofreciendo una narrativa que parece recurrir más bien a un McGuffin que a un enemigo real. Y aunque esto no es en sí mismo un problema, cuando se levanta el telón y se descubre la realidad la sensación que queda es ciertamente decepcionante. Y lo es porque el señalado como oponente de estos dos genios de la ley es totalmente inconexo a la trama, sin un desarrollo dramático previo y con una falta absoluta de conocimiento por parte del espectador. Dicho de otro modo, se desconoce motivación, objetivos, relaciones con el resto de personajes o actos previos. Muchos tal vez consideren válida la elección dado que, al ser un personaje que se mueve en las sombras, puede ser cualquiera. Pero incluso en este contexto es necesaria una construcción más sólida que la simple criminalización de sus actos.

La vida de 'Castle' vuelve a peligrar en la octava temporada.

Historias secundarias sin terminar

Todo esto evidencia una realidad que, por otro lado, es habitual en productos con finales apresurados: las prisas nunca son buenas. Y si bien es cierto que algunas series y películas salen airosas de la prueba, el remanente siempre queda, generando una sensación agridulce que combina la insatisfacción del final poco elaborado, la alegría de una historia que gusta y, como es inevitable, la sensación de vacío que deja un producto de tantos años. Del final depende que ese estado emocional sea luminoso o sombrío, y en el caso de Castle es… bueno, personalmente creo que más tirando a sombrío.

Pero esa sensación no solo se genera por el desarrollo dramático de esta última etapa. Las prisas por cerrar una historia que se preveía, al menos en teoría, para alguna temporada más obligan a la estructura narrativa a centrar la atención en un único objetivo, lo que deja de lado las tramas secundarias que, en mayor o menor medida, siempre han sido parte importante de la serie. Es lógico, pero no por ello menos alarmante. Y no me refiero a las historias personales de los roles de Seamus Dever (Ready or not) y Jon Huertas (Miss dial), el primero más atado que el segundo, sino al hecho de que la presencia de prácticamente todos los secundarios queda relegada al mero testimonio a utilizar cuando es necesario para la trama principal.

Esto ocurre, sobre todo, con los personajes de Susan Sullivan (Puzzled) y Molly C- Quinn (Somos los Miller), madre e hija del escritor respectivamente. Mientras que su desarrollo ha ido creciendo temporada a temporada, en estos últimos episodios se limitan a ser testigos de la acción, sirviendo de apoyo cuando es necesario para los intereses de una trama de la que apenas forman parte. Y para muestra un botón: ¿nadie se ha preguntado por qué no aparecen en esa última escena compartiendo plano con los dos protagonistas y completando la estampa familiar? Independientemente de simbolismos, interpretaciones oníricas o realidades paralelas, lo cierto es que ambos personajes, y con ellos otros secundarios, se han convertido más en figuras representativas que en auténticos motores de tramas propias que enriquezcan el conjunto.

Y tal vez sea por eso que la octava y última temporada de Castle representa el nivel más bajo que ha alcanzado la serie. Lo cual, por otro lado, no es decir que sea mala, ni mucho menos. Muchas series, longevas o no, matarían por lograr el nivel que ha tenido esta ficción de Andrew W. Marlowe a lo largo de los años. Y muchas incluso lo harían con la originalidad de los crímenes presentados en cada episodio. Pero eso no debe ser impedimento para que se reconozca que estos 22 episodios han sido en muchos momentos apresurados, toscos y carentes del sentido habitual de la serie. Y de eso da buena cuenta el último capítulo. Aunque lo peor de todo es saber que se debe a un problema ajeno a la narrativa. En fin, sea como sea, Castle ha escrito la última línea de su novela final. Adiós, Richard.

‘El niño 44’: sin crimen en el paraíso


Gary Oldman y Tom Hardy en un instante de 'El niño 44', de Daniel Espinosa.En una época cinematográfica en la que el apartado técnico ha alcanzado casi la perfección distinguir una buena película de otra mala es una ardua tarea. Hay excepciones, claro está, pero por regla general el lenguaje narrativo o los efectos visuales son similares de un film a otro. Ante esto, solo queda analizar la esencia, aquello por lo que siempre comienza una película: el guión. Puede ser repetitivo, pero con casos como la nueva película de Daniel Espinosa (Dinero fácil) es más que evidente que sin un buen guión nunca, jamás, podrá haber una buena película. Y un pequeño matiz: un mal guión no implica necesariamente malos personajes o situaciones inverosímiles.

No, un mal guión queda definido por su desarrollo dramático, por el tratamiento que hace de las líneas principal y secundarias de la trama. Y en esto falla estrepitosamente El niño 44, una suerte de thriller que deambula sin objetivo claro durante buena parte de su metraje en un intento por ofrecer al espectador algo más que la mera investigación de una serie de asesinatos en un entorno, el de la URSS, en el que no podían existir este tipo de crímenes por ser una enfermedad capitalista. Mal planteada desde el principio (para explicar la situación de los personajes no es necesario desarrollar secuencias completas), la película no posee un objetivo claro. Las revelaciones y los puntos de giro parecen ubicados en puntos de la trama equivocados, lo que genera una serie de desajustes alarmantes. Por poner un ejemplo, desde que se produce el primer asesinato hasta que el protagonista decide ponerse a investigar se suceden una serie de tramas secundarias que poco o nada aportan al thriller, salvo para convertirlo en un relato de envidias y corruptelas en el seno de la Unión Soviética. Y eso son unos 30 minutos.

Lo cierto es que lo mejor, y lo que salva un poco los muebles, es su reparto, que hace lo que puede con unos personajes poco definidos, básicos en sus motivaciones y que muchas veces actúan por instinto más que por unos objetivos claros. Cabe señalar en este sentido que los personajes secundarios son unos de los más damnificados por el mal diseño del guión, que les condena a tener presencia minoritaria a pesar de estar llamados a jugar un papel más relevante. Es lo que ocurre cuando la historia no fluye de forma natural, cuando se trata de obligar a los personajes y al propio desarrollo dramático a ir por un cauce en lugar de dejar que todo discurra por otro.

La verdad es que El niño 44 es un quiero y no puedo. Su intención de abarcar un sinfín de matices que definan el contexto social en el que transcurre la historia genera, en realidad, tantos desarrollos como historias tiene la película. Quizá la más absurda sea la persecución a homosexuales, sin relación alguna con los asesinatos y de una gratuidad asombrosa. Todos los problemas surgen, no cabe duda, de su mal elaborado guión, en el que las secuencias no solo no fluyen de forma orgánica, sino que están mal estructuradas. La cinta logra salvar en cierto modo su situación gracias a los actores y a una realización que, todo sea dicho, tiene un lenguaje interesante en algunos momentos que contrastan con otros caóticos y de caligrafía ininteligible. Las intenciones son buenas, pero aunque se trate de ocultar el crimen en el paraíso, las pruebas son tan evidentes que no queda más remedio que reconocer el delito.

Nota: 5/10

‘Divergente’: no quiero ser una sola cosa


Shailene Woodley y Theo James protagonizan 'Divergente', de Neil Burger.Soy consciente de que con los años se adquiere una perspectiva sobre lo que nos rodea que no se tiene a edades más tempranas, pero incluso así me resulta sorprendente la cantidad de novelas juveniles que están surgiendo en los últimos años (y sus correspondientes adaptaciones cinematográficas, claro) y que son, en esencia, idénticas. Me imagino que esto ha pasado toda la vida, incluyendo mis años adolescentes, pero parece que Hollywood ha decidido explotar al máximo este fenómeno en los últimos años, provocando una saturación de proyectos cuyas intenciones van poco más allá de llenar salas. Lo cual es muy loable siempre y cuando no resulte ofensivo incluso para los menos exigentes. Esto último es lo que le ocurre al nuevo film de Neil Burger (Tipos con suerte).

En líneas generales, Divergente es un film de aventuras con cierto mensaje revolucionario de fondo que entretiene, o mejor dicho distrae durante sus excesivos 139 minutos. Con un diseño de vestuario que parece sacado de lo que se rechazó en Los Juegos del hambre, la película aprovecha bastante bien sus momentos de acción para conformar un entramado dinámico que apenas pierde fuerza durante sus momentos más narrativos. Bien es cierto que el hecho de tener que explicar la estructura social dominante genera un interés que, sin duda, deberá ser sustituido por algo más en las próximas secuelas, la primera de ellas empezando a rodarse en estos días. El entrenamiento al que es sometido la protagonista, una Shailene Woodley (Moola) que ni encandila ni molesta, se termina convirtiendo en lo mejor del film junto a esa especie de golpe de estado final perpetrado por el personaje de Kate Winslet (Descubriendo Nunca Jamás), de largo la mejor del reparto junto a Jai Courtney (Felony).

Pero el hecho de que no sea un insulto a la inteligencia no implica que no sea mejorable, más bien al contrario. La cinta no ahonda nunca en algunos de los conflictos más interesantes que propone, como es la lucha de poder entre las distintas facciones que viene a desmentir esa idea instaurada en el film de sociedad idealizada. La necesidad de narrarlo todo desde el punto de vista de la joven protagonista impide, por ejemplo, desarrollar algo más algunos villanos y algunos secundarios, algo que habría aportado más dramatismo al conjunto. Además, y aunque no sea necesariamente una debilidad, existe cierta tendencia a infantilidad algunas situaciones. La película se mueve entre la seriedad que aportan los actores más maduros (que por extensión interpretan los personajes más interesantes) y el abandono al género adolescente más tópico y previsible (la relación romántica, la amistad, la ausencia total de sangre). Uno de los mejores ejemplos de esa dualidad es la labor del propio director, quien alterna secuencias muy logradas (el descenso por el cable) con otras bastante confusas o poco convincentes (en general, las peleas).

En cierto modo, Divergente logra un equilibrio entre los dos mundos que representa, tanto formalmente como interpretativamente. Empero, este equilibrio es precisamente lo que impide que alcance el potencial que podría tener, quedándose en un mero producto adolescente que, todo hay que decirlo, sabe cuál es su sitio y cuáles son sus posibilidades. Teniendo esto en cuenta, y sin tomarse demasiado en serio algunos de sus momentos, la cinta se deja ver con cierta frescura, perdiendo ritmo hacia su tercio final pero sin resultar ridícula, como sí ha ocurrido con otros films de características similares. En resumen, podría ser peor. Mucho peor. Es de suponer que en ocasiones futuras aproveche algo más todo el trasfondo social del orden y el control en oposición al libre albedrío que ahora mismo solo se intuye. Pero eso tendrá que ser en un año aproximadamente.

Nota: 6/10

Diccineario

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