‘Watchmen’ amplía el universo de Alan Moore a través del racismo


El propio Damon Lindelof, una de las mentes detrás de la serie Perdidos, lo confesaba: Watchmen, la serie, no tenía para él más que una temporada. No tenía una idea mayor que la que se contaba en los 9 episodios. Y lo cierto es que es una trama tan compleja, tan cargada de matices, interpretaciones y significados, que funciona perfectamente como un complemento a la historia original ideada por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons, trasladada a la gran pantalla en 2009 de forma magistral por Zack Snyder (Liga de la Justicia). Pero curiosamente, esto tiene un problema, y es que deja al espectador con ganas de conocer más sobre ese mundo “post Watchmen”.

Para aquellos que todavía no la hayáis visto, la trama se sitúa décadas después de los acontecimientos de la novela gráfica. En un mundo donde cada cierto tiempo hay una lluvia de calamares, la policía va enmascarada, los antiguos héroes han desaparecido o se han reconvertido en agentes federales, y un nuevo crimen es el punto de partida de una conspiración mucho mayor para hacerse con el mayor poder del mundo. Como se desprende de ese escueto resumen, la serie es completamente deudora de la historia original, y eso tiene sus pros y sus contras. Evidentemente, los seguidores más fieles de las viñetas, e incluso aquellos que todavía tengan el recuerdo del film de Snyder, encontrarán numerosos detalles, personajes y acontecimientos que les resultarán familiares, algunos como simple homenaje y otros como recurso narrativo de mayor o menor calado. Pero esto, para aquellos que no conozcan nada de lo ocurrido previamente, es un hándicap difícil de superar.

Desde luego, Watchmen es una serie hecha, pensada y planificada para los fans. En general, la historia se puede seguir tanto si se conoce la obra original como si no, pero en este segundo caso habrá muchos momentos en los que el espectador no alcance a comprender lo que ocurre o sobre qué se habla. Ahora bien, lo que aquí nos importa es cómo está tratada la narrativa. Y en este sentido Lindelof demuestra una vez más un especial sentido para el suspense dramático, utilizando cada episodio para narrar las tres patas sobre las que se sustenta la historia con píldoras informativas que, a medida que avanza la temporada, van germinando en arcos argumentales sólidos y complejos que se alimentan entre sí para generar una trama con tantos matices como la obra de Moore y Gibbons. Con una salvedad, y es que mientras en las viñetas el motor argumental era la proximidad de una guerra y la destrucción de la Humanidad, aquí lo que hace avanzar la trama es una conspiración con claros tintes políticos, raciales y morales.

En este sentido, no es casualidad que la trama se ambiente en Tulsa, la primera secuencia de la serie sea una recreación de la matanza que tuvo lugar en 1921 y que el racismo esté presente de un modo u otro en cada episodio, casi en cada escena. Bajo este prisma, la serie crece vertiginosamente, nutriéndose de personajes a cada cual más complejo, con más caras ocultas que se van desvelando poco a poco en un thriller que Lindelof maneja de forma magistral. Lo cierto es que cada episodio se construye sobre estas tres líneas argumentales, algunas más protagonistas que otras en según qué capítulos, pero todas ellas igual de importantes para concluir en un clímax excepcional y ofrecer al espectador un cierre de temporada (y por ahora de serie) tan original como abierto, lo que no hace sino despertar el interés por conocer el verdadero sentido de ese plano final. Y sí, junto al racismo, el contenido político y la lucha entre el bien y el mal, existe un componente fantástico fuera de toda duda, planteado en su justa medida y aprovechando las posibilidades que ya daban los personajes originales, ahora consecuentemente envejecidos después de tantas décadas. Pero si algo es fundamental en esta serie son sus protagonistas.

Serie de personajes

Porque, ante todo, Watchmen es una serie de personajes. Más que la acción, priman los conflictos internos. Más que la fantasía, ante todo se desarrollan los trasfondos -pasado, presente e, incluso, un poco del futuro-. Y eso es lo que da a esta primera temporada una consistencia más próxima a la novela gráfica que a cualquiera de las series de superhéroes que hay hoy en día. Y eso permite, además, que Lindelof pueda ahondar no solo en estos nuevos héroes enmascarados, sino también en los originales, ampliando el arco argumental y dramático hasta convertirlo en una especie de precuela de la novela gráfica, y no solo en una secuela. El manejo de los cliffhanger por parte del guionista debería ser estudiado en las escuelas de guión como un ejemplo de preparación y desarrollo de la trama para mantener al espectador pegado a la pantalla episodio tras episodio, incluso cuando estos no parecen tener nada que ver uno con otro.

Si bien es cierto que los vínculos entre muchos de los nuevos héroes son un tanto previsibles, por no hablar de algunos giros argumentales que parecen casi anunciarse al inicio de cada episodio, el ritmo de estos episodios impide que el espectador se pare a pensar en la profundidad de los mismos, que por otro lado quedan equilibrados con otros nodos narrativos simplemente extraordinarios, como los vinculados a la trama protagonizada por Jeremy Irons (Gorrión rojo). Al igual que ocurriera en la historia original, los vínculos familiares son fundamentales para comprender la magnitud de la trama, sus implicaciones y sus consecuencias. Y aunque dichos vínculos son, en algunos instantes, un tanto superfluos y arquetípicos, funcionan a la perfección como motor dramático para dar pie a una trama mucho más grande de lo que aparentemente es en el comienzo.

Resulta especialmente interesante el trasfondo social y humano que se esconde en algunos de los detalles de la trama, construida de forma inteligente sobre un universo creado casi desde cero. Bajo la premisa de “¿Cómo sería el mundo años después de ese ataque alienígena?” de la obra original, la serie presenta un mundo atemorizado hasta de sí mismo, con policías enmascarados, villanos que utilizan a uno de los héroes originales como tapadera para una organización mucho más antigua. El miedo es, sin duda, el arma utilizada por Lindelof para definir a unos personajes diferentes -algunos violentos, otros vengativos, otros ávidos de poder-, pero con el mismo nexo de unión: el miedo. Ya sea miedo a lo desconocido, miedo a su propio pasado, miedo a una sociedad que quieren controlar, o miedo a la muerte, los personajes se definen y evolucionan afrontando ese sentimiento. Y es, en una palabra, lo que hace que la serie crezca hasta convertirse en una producción que no solo continúa la historia ya conocida, sino que la enriquece y la completa.

Lo cierto es que es una lástima que Damon Lindelof se haya desvinculado de Watchmen tras la primera temporada. A pesar de las intenciones que pudiera haber de continuarlo, la visión que le ha otorgado el guionista a estos episodios es única. Con su manejo de las líneas argumentales, jugando con las posibilidades que le da un personaje como el Dr. Manhattan, Lindelof construye una obra tan compleja como atractiva, con personajes profundos, definidos en su gran mayoría a partir de la tragedia y, sobre todo, el miedo. La verdad es que el plano que cierra la temporada deja abierto un futuro prometedor para la historia, pero tal vez precisamente por cómo termina es mejor dejarlo como está, permitiendo al espectador completar en su imaginación lo que ha ocurrido realmente en esa conclusión. Pero como suele decirse, lo importante en este caso no es el final, sino el camino, y en este caso estamos ante un sendero fascinante que explora temáticas tan dispares como el racismo, la culpabilidad, la venganza o el odio.

‘Atómica’: La espía que destrozó Berlín en 1989


Que actores como Charlize Theron (Lugares oscuros), James McAvoy (Trance) o John Goodman (Día de patriotas) decidan trabajar en la primera película de un director como David Leitch debería ser suficiente para, al menos, despertar la curiosidad del más incrédulo. La combinación de estos nombres, con todo lo que eso conlleva artística y visualmente hablando, han dado lugar a un producto que, si bien es cierto que bebe de muchos films similares anteriores, ofrece un espectáculo único, un complejo puzzle de espionaje, acción y drama que deja algunos de los momentos más interesantes del panorama cinematográfico actual, al menos en lo que a apartado formal se refiere.

Puede que Atómica sea, desde el punto de vista del argumento, algo enrevesada. Basándose en la novela gráfica escrita por Antony Johnston, el film tiende, sobre todo en su tercio final, a rizar el rizo del espionaje, a situar la trama en un nivel de complejidad que no termina de encajar con el tono previo que ha tenido la narración, obligando a una especie de final triple que alarga innecesariamente la historia y que, aunque da un sentido muy distinto a todo lo visto durante las casi dos horas de metraje, también plantea otras dudas que no quedan resueltas como deberían. Eso por no hablar de que la definición de algunos secundarios se realiza de forma tan esquemática que tiende a perderse en la maraña de personajes y tramas que suelen definir este tipo de historias.

Con todo, y aunque parezca increíble, este es un mal relativamente menor. La película de Leitch es un espectáculo visual en todos sus sentidos, desde una puesta en escena que juega con inteligencia con los colores y la calidez o frialdad de la luz, hasta algunos hallazgos visuales sencillamente perfectos, como es ese largo plano secuencia que comienza en la calle, pasa por varias peleas dentro de un edificio y termina en el agua. Eso por no hablar de la intensidad de las secuencias de acción, cortesía de un director curtido en este tipo de situaciones (ha sido especialista y director de segunda unidad de este tipo de secuencias en otros films). Todo ello aporta a esta historia un sabor único, a medio camino entre la decadencia y el kitsch, que se acentúa por una banda sonora imprescindible para melómanos.

La verdad es que Atómica apenas da respiro al espectador para acomodarse en su butaca. Y entre medias, las suficientes secuencias narrativas para explicar el contexto, la trama y la doble moral de muchos de los personajes. Una cinta de espionaje que sin duda evocará varios héroes masculinos del género, y que en esta ocasión tiene a una belleza como Theron repartiendo mamporros con cualquier objeto a su alcance. Espectacularidad, adrenalina y mucha intriga, aunque esta última puede terminar por resultar algo irreal según se acepten o no los falsos finales que presenta. En cualquier caso, es un mal que puede poner una mancha en el expediente de esta espía en el Berlín de 1989, pero que no resta valor al resto de su historia.

Nota: 7/10

‘Kingsman: Servicio secreto’: los sastres de la mesa redonda


Taron Egerton, Colin Firth y Samuel L. Jackson protagonizan 'Kingsman: Servicio secreto'.Apenas tiene cinco películas en su haber como director, pero Matthew Vaughn (Stardust) es uno de los realizadores con un futuro más prometedor. Al menos con una visión más personal de la narrativa audiovisual y del espectáculo. Su último film lo confirma, no solo porque es una de las propuestas más divertidas y con mensaje de denuncia social que hay actualmente en la cartelera, sino porque derrocha imaginación formal por los cuatro costados de cada uno de sus fotogramas.

Y es que Kingsman: Servicio secreto vuelve a nutrirse de la imaginación que también derrocha Mark Millar en sus novelas gráficas. La película, más allá de su contenido o de sus excesos (ese final con la princesa es la guinda del pastel), es un viaje en montaña rusa por un mundo, el del espionaje, visto desde un punto de vista muy particular. A medio camino entre la elegancia de James Bond y la crudeza de Jason Bourne, Vaughn construye un relato que deja muy poco tiempo al aburrimiento, que obliga al espectador a mantener la atención sobre cada detalle y que, en definitiva, disecciona un género muy manido con una mirada gamberra y original.

A todo ello contribuye un reparto que simplemente impresiona. Se ha convertido en algo habitual ver a grandes actores enfundarse trajes de superhéroes. Lo que no es tan habitual es ver a alguien como Colin Firth (El diario de Bridget Jones) enfundarse un traje de sastre para protagonizar una de las secuencias más violentas y mejor rodadas de los últimos años, que tiene como protagonistas una iglesia y un grupo de feligreses en estado de ira. Lo cierto es que todos los protagonistas, sin excepción, forman un mosaico de personalidades y de contrastes que juegan en beneficio de un film que sabe reírse de si mismo y de todos aquellos referentes que toma para darles la vuelta. Y lo hace a través de esa especie de organización que emula a los caballeros de la mesa redonda del rey Arturo.

Quizá peque de violenta. Quizá haya momentos en los que pierda algo de fuelle. Y posiblemente algunos secundarios no estén demasiado desarrollados. Pero Kingsman: Servicio secreto es una alternativa divertida, transgresora y con un claro mensaje que es capaz de agradar a todo tipo de espectadores. Y eso no es fácil de lograr hoy en día. Ahí está el mérito de Matthew Vaughn, quien ha logrado que sus cinco obras como director sean cinco films que han dejado una cierta huella en cada uno de sus géneros. Solo le queda realizar un film de gran calado en crítica y público para convertirse en uno de los más grandes directores. Todo llegará.

Nota: 7/10

Snyder va mucho más allá del cómic en su adaptación de ‘300’


Un momento de '300' en el que los espartanos fabrican un muro de cadáveres.El reciente estreno de 300: El origen de un imperio ha devuelto a la actualidad la película de 2006 de la que toma nombre: 300. Este tipo de acontecimientos son perfectos para echar la vista atrás y poder analizar, con la perspectiva que da la distancia temporal, un film de las características del dirigido por Zack Snyder (El hombre de acero), pero en esta ocasión se revela incluso imprescindible dada la enorme deuda que aquella película tiene con el original. Una deuda formal, por supuesto, pero también narrativa y argumental, hasta el punto de que se puede considerar un complemento. Que sea un producto necesario o no es algo discutible, pero de lo que no cabe duda es del enorme impacto que tuvo hace 8 años el film basado en la novela gráfica de Frank Miller (Sin City).

Para aquellos que no hayan visto el film o no sepan qué historia narra, la película de Snyder es una recreación de la batalla de las Temópilas, uno de los conflictos enmarcados dentro de las II Guerras Médicas, en las que el dios rey persa Jerjes trató de invadir lo que hoy conocemos como Grecia. Dicha batalla enfrentó en un angosto paso flanqueado por dos grandes muros de piedra el enorme ejército persa contra un grupo de espartanos liderados por su rey Leónidas. La fiereza en el combate de los soldados espartanos y las ventajas del terreno les permitieron aguantar los ataques, pero finalmente fueron derrotados cuando Jerjes les rodeó gracias a las confidencias de un traidor. Su sacrificio, sin embargo, permitió al resto de pueblos aunarse y prepararse para repeler al enemigo.

Esto, narrado de forma tan genérica, puede dar pie a pensar en un tradicional peplum. Nada más lejos de la realidad. Sin duda, el mayor acierto de Snyder a la hora de adaptar el cómic de Miller fue seguir a pies juntillas el estilo del dibujante, cargado de contraluces, contrastes entre blancos y negros, trágicas siluetas y un uso del color muy particular. La genialidad del director de Amanecer de los muertos (2004) fue lograr que las viñetas del papel cobraran vida propia, conformando un film único hasta entonces y capaz de erigirse como independiente a pesar de no olvidar sus orígenes. Gracias a los numerosos cambios de ritmo entre las cámaras lentas y rápidas las batallas, sangrientas donde las haya, adquieren un grado superlativo de dramatismo, apelando al mismo tiempo a la tragedia y el sadismo de este tipo de conflictos. A este estilo formal contribuyó de forma determinante el uso de escenarios ficticios que pudieran recrear todo el mundo imaginario plasmado en la novela gráfica.

Porque sí, el mundo al que Snyder da vida en 300 es de todo menos histórico. Tampoco se pretende, la verdad. Una de las principales críticas que se le hizo al film es el alegato tan descarado en favor de la testosterona y el machismo generalizado de sus secuencias (de ahí que algunas secuencias hayan quedado para la posteridad como irónicas, como la conversación entre Jerjes y Leónidas). Puede que algo de todo eso exista en el film, pero lo cierto es que la película va mucho más allá en todos los sentidos. Entre su acción desmesurada, el uso y abuso de efectos visuales (algo que le ha pasado factura al propio director) y de sangre digital, y las frases que ya forman parte de la historia del cine, existen muchos conceptos que convierten a esta película en todo un ejercicio narrativo que supera su propia condición de entretenimiento.

Músculo rojo

El principal es la predominancia de una paleta cromática cálida liderada por el rojo. Salvo escenas nocturnas (y alguna que otra también se antoja bañada por ese color), la tendencia del film es impregnar de rojos, amarillos y naranjas todo el entorno en el que se desarrolla la acción. Gracias a esto, el espectador percibe con mayor claridad la pasión de una cultura entregada al combate cuya máxima en la vida era morir en la batalla. Unos colores, por cierto, asociados tradicionalmente no solo a la pasión, sino a la sangre. Este último elemento muy presente, incluso sin tener en cuenta la presencia explícita. Ese último plano de los espartanos caídos y atravesados con flechas es muy significativo. Si uno lo ve tiene la sensación de estar ante un cuadro en el que la sangre baña todos y cada uno de los recovecos que dejan los cuerpos. Empero, apenas existe sangre como tal. Todo, absolutamente todo, esta provocado por las capas de los soldados, colocadas de forma muy concreta.

Una paleta cromática que, no por casualidad, está en el polo opuesto a la utilizada en 300: El origen de un imperio, en la que la predominancia de azules no solo permite diferenciar a espartanos de atenienses, sino que define los diferentes caracteres de ambas sociedades. Pero más allá de todo esto, 300 destaca por una banda sonora excepcional (de la que hablaremos en otro momento) y por unas interpretaciones que, dentro de los parámetros de la propia historia, son sencillamente perfectas. Gerard Butler (Objetivo: La Casa Blanca) resulta, con los años, un Leónidas único, capaz de captar la dicotomía entre el guerrero que no acepta una retirada y el padre y marido cariñoso en un mundo definido por la violencia. Igualmente, Snyder logra que el grupo de espartanos enviados a su sacrificio no sea únicamente un conjunto de músculos y cuerpos perfectos (que, dicho sea de paso, sufrieron un entrenamiento bastante duro). Todos y cada uno de ellos, al menos los principales protagonistas, muestran las diferentes caras de unos hombres formados para la guerra pero humanos al fin y al cabo.

La épica del film, lograda como hemos dicho por esa combinación de velocidades de cámara, la estética cromática y los efectos visuales, se completa con un ritmo que no decae prácticamente nunca. En comparación con la novela gráfica, además, la película introduce una trama secundaria tan interesante como es la de la traición en el propio seno de Esparta, que corre de forma paralela a la traición del ejército por Efialtes (aquí un espartano deforme que clama venganza interpretado por Andrew Tiernan) y que enriquece más el, por otro lado, algo insulso personaje de Jerjes (Rodrigo Santoro), presentado como un simple villano que no hace más que destruir todo a su paso. El hecho de que sus estrategias ofrezcan algo más que la acción directa no solo se antoja lógico y plausible, sino que incluso refleja las intrigas y conspiraciones entre la élite de los pueblos de la Grecia antigua.

Desde luego, 300 no es un film que busque una aproximación histórica a la batalla de las Termópilas. Ni siquiera lo intenta. Es un entretenimiento, es cierto, pero más allá de todo eso, de su parafernalia y de su épica, de su estética digital y de la anunciada tragedia, es una película que ha creado un punto de inflexión en la forma de entender la narrativa audiovisual. Su legado, más allá de su continuación, puede verse en la serie Spartacus. Pero a diferencia de todas ellas, la película de Zack Snyder es capaz de narrar en diferentes planos, desde el cromático hasta el sonoro, desde el dramático hasta el cómico. Un relato completo en todos los sentidos que, con los años, ha adquirido más y más peso, siguiendo su camino hacia el estatus de imprescindible en la tradición cinematográfica.

‘Kick-Ass 2. Con un par’: manual para patear un legado original


Hit-Girl y Kick-Ass se enfrentan al Hijop**a en 'Kick-Ass 2. Con un par', de Jeff Wadlow.La base teórica para hacer una segunda parte de un éxito debería ser, por un lado, continuar con la historia narrada y, por otro, aportar más al original en todos los aspectos. Evidentemente esto nunca, o casi nunca, es así, siendo el principal motivo la promesa de más y más ingresos. La segunda parte de esa pequeña joya que fue Kick-Ass en 2010 es la representación más clara de ese viejo dicho, “segundas partes nunca fueron buenas”. El problema es que en este caso el material en el que se basaba (me refiero a la continuación del cómic) sí cumplía los requisitos, es decir, más acción, más violencia, más humor y, lo más importante, más historia.

A pesar de la presencia de Matthew Vaughn, director de la primera, como productor, su mano se deja ver más bien poco en el producto final. El guión se aleja peligrosamente del descaro y la provocación que sí tuvo el original, y de la novela gráfica que sirve de base. Da la sensación de que sus responsables han pretendido llegar a un mayor número de espectadores a pesar de sacrificar el espíritu del film. Esta historia de gente corriente que se disfraza para luchar contra los criminales tenía en el fondo una ácida crítica a todo ese idealismo superheróico sin sentido en el mundo real. El mensaje no era otro que la falta de hueco de justicieros en la sociedad actual. Sin embargo, el director Jeff Wadlow (Cry Wolf) convierte esta historia en una mediocre cinta de diversión, acción y chistes fáciles en la que los justicieros no responden ante nadie.

La prueba más clara de este cambio de sentido sin sentido es el final, una concesión burda e inecesaria a los finales felices que ni encaja con el tono de la historia ni mantiene el estilo del cómic escrito por Mark Millar. En esta línea se enmarca también el estilo visual de Wadlow, diametralmente opuesto a la original visión de Vaughn y, por desgracia, mucho más típica y tópica. Y eso que el guión, a pesar de sus desniveles narrativos (es curioso, pero la cinta llega a ser tediosa en la primera parte de su segundo acto), tiene el potencial suficiente para haber deleitado en sus secuencias de acción. Empero, el director opta por una planificación simple y llana, sin grandes recursos visuales ni excesos narrativos. Un elemento más que convierte a esta secuela en un producto pobre de consumo rápido y fácil.

Posiblemente aquellos que hayan visto y disfrutado la primera parte sientan algo parecido a la frustración tras asistir a Kick-Ass 2. Con un par. No es para menos. La película se mueve en todo momento por una zona de incertidumbre, a medio camino entre la debilidad formal y dramática que expone (algunas de las motivaciones no impactan como deberían) y la sensación de que en cualquier momento podría estallar en ese espectáculo visual que estaba llamada a ser, algo que nunca llega a ocurrir. La película, lejos de continuar con la historia de estos superhéroes sin poderes y mucha voluntad, se muestra como un producto de consumo perpetrado únicamente para ganar más dinero. No es ese el tono de su original en papel, y no debería haber sido esta propuesta en imágenes. Al menos no de forma tan descarada.

Nota: 4,5/10

‘Utopía’, belleza formal al servicio de su perturbadora trama


Dos de los extraños personajes que protagonizan 'Utopía', creada por Dennis Kelly.Puede que los estadounidenses estén situando las producciones televisivas en unos niveles que no se habían conocido nunca, pero lo que están logrando los británicos requeriría de muchas horas de debate y análisis. La facilidad que tienen los guionistas de aquel país para sumergir al espectador en historias perturbadoras, radicales en su forma y su contenido, y política y socialmente críticas, es inaudita. Estados Unidos ha sido capaz de encontrar las claves para realizar productos de una calidad inigualable, pero tiende a repetirse en sus fórmulas. Inglaterra, por el contrario, busca transgredir el lenguaje audiovisual con muchas de las producciones que realiza. Utopía es una prueba, magistral a mi modo de ver, de que estamos ante una industria a la que debería de prestarse más atención.

Creada por Dennis Kelly (serie Pulling), la trama gira en torno a una extraña novela gráfica de culto y a cuatro personajes que se reúnen porque, según parece, uno de ellos se ha hecho con la secuela de la misma. Lo que ninguno de ellos sospecha es que las páginas de esa secuela esconden un secreto relacionado con el Gobierno británico y un experimento científico a gran escala que pretende cambiar la sociedad tal y como la conocemos. Perseguidos por el Gobierno y las empresas implicadas en el proyecto, su única vía de salvación es una joven que responde al nombre de Jessica Hyde y cuya presencia será la clave para desentrañar el misterio. Vista así, la historia parece que se mueve por argumentos e intrigas conocidas, y en cierto modo así es, salvo por la presencia del cómic. Lo que diferencia a esta producción, y lo que la define como el pequeño fenómeno en que se está convirtiendo en algunos círculos, son los personajes y el acabado formal.

Y es que desde el primer momento los personajes que se mueven por este thriller son, por decirlo sutilmente, extravagantes. Otra forma de definirlos sería marginales, y otra podría ser psicóticos. Sobre todo aquellos que rodean al grupo protagonista, integrado por los que tal vez sean los papeles más coherentes de toda la serie. Destaca sobremanera el personaje de Neil Maskell (The football factory), un asesino impasible e implacable cuyo aspecto, forma de andar y forma de expresarse inquietan más que cualquier otro aspecto. Y lo hacen porque inducen a pensar en todo menos en un asesino, no porque posea una cara angelical, sino porque parece improbable que sea capaz físicamente de hacer daño a nadie. Es, con diferencia, el mejor personaje de la trama, y desde luego el que más impacta durante su presencia en pantalla.

Aunque no es el único. Si bien es cierto que su definición es la más atractiva, muchos de los secundarios (el verdadero alma mater de la producción) adquieren relevancia por la complejidad de la trama y de las numerosas ramificaciones que posee y que se resuelven de forma convergente en un episodio final cuyos giros argumentales lo convierten casi en una montaña rusa narrativa. Ya durante el desarrollo de la trama se intuye que ningún personaje es lo que dice ser, o que por lo menos posee motivaciones ocultas que obligan a desconfiar, pero lo que se produce en esos últimos minutos da un sentido único a todo lo visto anteriormente, mucho mayor de lo que cabría esperar. De hecho, la historia pasa de ser un alegato sobre las conspiraciones y cómo detenerlas a una prueba fehaciente de que no se puede luchar contra el sistema.

Narrativa visual por encima de todo

Como hemos dicho, varias páginas podrían escribirse sobre Utopía. La forma de integrar todas las ramificaciones de la trama en un único final capaz de cambiar el sentido de la serie es algo difícil de ver hoy en día sin que resulte un ejercicio forzado y poco creíble. Ahí está, por ejemplo, la historia del funcionario gubernamental (quizá la más hilarante de todo el conjunto, si es que dicho calificativo se puede aplicar a esta serie) o los dilemas morales de cada uno de los miembros protagonistas. No entraremos en un análisis más profundo sobre el contenido, pero sí merece una mención especial la forma. Calificar la obra de Kelly de belleza visual sería hacerle un flaco favor a la forma de narrar esta intriga. Y me explico.

Lo que más llama la atención de la serie es su paleta cromática. Ya desde los primeros planos en esa tienda de cómics, donde los saturados colores de las paredes contrastan con el vestuario de los actores, el espectador comprende que la forma de narrar el subtexto del argumento reside en la elección de los colores, en lo que podría ser perfectamente una traslación a la pequeña pantalla del estilo cromático de la novela gráfica que da título a la serie. El inteso azul de uno de los asesinos, el verde de las paredes o la bolsa amarilla son algunos de los elementos. No queda ahí el intento, por supuesto. El cielo, los extensos campos, la decoración urbana propia de cualquier ciudad o los muebles de una habitación. Cualquier elemento, por pequeño que parezca, posee un color único, intenso y distintivo, que le define en esta estrambótica historia de conspiraciones y planes apocalípticos. El mejor y más evidente ejemplo tal vez sea oscura habitación en la que los villanos de la función deciden los pasos a seguir en la búsqueda y captura del manuscrito.

Claro que no es lo único. Buena parte de los diálogos y de las secuencias de acción cuentan con una iluminación muy particular, muchas veces verdosa y otras tantas apagada, pálida. Todas ellas permiten transmitir el mensaje oculto en las reacciones corporales de los intérpretes, todos ellos por cierto perfectos en sus respectivos roles, el diálogo no hablado que se desprende de muchas de las situaciones. Si a esto añadimos una extraordinaria banda sonora tan perturbadora y nerviosa como la propia serie, lo que obtenemos es una clara muestra de lo que significa narrar en imágenes.

Empero, no se puede ni se debe obviar la elección de los planos. Buena parte de la serie está compuesta por unos amplios planos, la mayoría generales, en los que los personajes aparecen únicamente de cintura para arriba o confundiéndose con los elementos del entorno. Desde luego, son los elementos más bellos de los 6 capítulos, y permiten apreciar la maravillosa fotografía en todo su esplendor. Pero que nadie piense que su función es meramente embellecedora, más bien al contrario. La elección de dichos planos y su uso en determinadas situaciones suponen la mejor forma de reflejar el sentimiento que más aparece en toda la trama: la soledad. Ya sea la angustia de sentirse perseguido en todo momento, el miedo de ser abandonado por aquellos que te apoyaban unos minutos antes o la certeza de que la muerte está próxima, cualquier emoción que genere soledad queda patente en dicha planificación. Claro que no es únicamente su uso; la forma de situar al personaje dentro del cuadro ofrece una visión distorsionada del propio lenguaje visual, lo que no hace sino generar una mayor sensación de estar ante algo distinto, un poco extravagante pero indudablemente bello.

Al igual que ocurre con Black mirror o con The fadesUtopía es uno de esos productos televisivos extrañamente maravillosos. Por supuesto, para gusto los colores, nunca mejor dicho, pero todos aquellos que busquen algo distinto lo encontrarán en esta serie de 6 episodios que, según parece, tiene intención de volver en una segunda entrega. Tal vez la resolución de la trama sea algo fantástica para el desarrollo relativamente serio del conjunto, pero encuadra perfectamente dentro de las teorías de la conspiración tantas veces abordadas. Lo relevante no es, en realidad, si la trama queda bien resuelta (aunque sí es importante, claro está), sino los descubrimientos que se realizan a lo largo del desarrollo y los conflictos morales y sociales que se producen. Esto no solo está bien narrado sobre el papel, sino que se muestra acompañado de un lenguaje visual sublime capaz de hipnotizar al espectador y ocultar sus posibles carencias. Como suele ocurrir en estos casos, lo mejor y lo peor de todo es que solo dure lo que dura. Más tiempo hubiese jugado en su contra con toda probabilidad, pero es una lástima que se termine.

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