‘Un don excepcional’: una normalidad extraordinaria


Hay historias tan simples y tan conocidas que contarlas puede ser un ejercicio mucho más difícil que cualquier superproducción de Hollywood. Historias en las que prima, ante todo, los personajes, la sensibilidad y eso tan complejo y a la vez necesario que es el equilibrio entre drama y comedia. Lo nuevo de Marc Webb ((500) Días juntos) es el último ejemplo de una lista de feel good movies que suelen dejar en el espectador una enternecedora y algo ñoña sonrisa durante varios días.

Desde luego, si lo que se busca es algo original, diferente y con giros argumentales profundos que se abstenga siquiera de comenzar a ver el ajustado metraje de Un don excepcional. Su argumento, lineal y previsible, apenas busca ofrecer algo nuevo con respecto a otras historias similares. Es más, si no fuera por el director y el reparto posiblemente estaríamos ante algún telefilm de sobremesa con ínfulas de película comercial. Pero algo tiene, y algo importante: es consciente de lo que es y lo explota hasta sus últimas consecuencias.

Y es aquí donde marca las diferencias. La labor de Webb tras las cámaras y con el excelente reparto con el que cuenta es brillante, aprovechando el academicismo formal para exponer una historia de la forma más clásica y efectiva posible. Todos los actores, incluido un Chris Evans que deja a un lado el traje del Capitán América y que parece mostrar un registro algo más amplio que el puro músculo, son conscientes de su lugar en la trama y aprovechan ese espacio para mostrar lo mejor de sí mismos. Pero ante todo está la trama, capaz de utilizar los cánones más tópicos de este tipo de historias para ofrecer al espectador algunos rincones irónicos y un personaje, el de la niña interpretada por Mckenna Grace (Russell Madness), tan encantador como entrañable.

Así, Un don excepcional logra no solo no aburrir con un desarrollo cuyo final parece conocerse de antemano, sino que logra sacar un rédito extraordinario a los pocos huecos para la originalidad que deja la historia. Huecos rellenados con la ironía de unos personajes que parecen estar de vuelta de todo; huecos rellenados con un cierto trasfondo emocional de los protagonistas que explica algunos aspectos de la trama poco claros; y huecos rellenados, en definitiva, con esa conciencia fílmica de ser una producción para hacer sentir bien al espectador. Nada más y nada menos, que en los tiempos que corren no es precisamente poco. Tal vez no sea la película del año, pero desde luego que es una de las obras más sinceras, divertidas, enternecedoras y atractivas de las últimas semanas.

Nota: 7/10

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‘The Walking Dead’ T. 4 (I), la derrota del enemigo definitivo


Los protagonistas de 'The Walking Dead' tratan de vivir con normalidad en esta primera parte de la temporada 4.Aquellos que lean este blog de forma más o menos asidua sabrán que las series que se comentan y analizan se abordan desde el punto de vista de las temporadas, no de los episodios. En primer lugar por una cuestión logística, y en segundo lugar porque una serie, y esto lo digo por propia experiencia, se plantea como un conjunto, por lo que los capítulos no son más que fragmentos de una historia aún mayor, incluso en aquellas producciones donde poco o nada tienen que ver entre ellos. Sin embargo, The Walking Dead es un punto y aparte; es una serie distinta a todos los niveles. Desde su segunda temporada la estructura de cada entrega se divide en dos partes, pero en el caso de la cuarta temporada que ahora analizamos el fenómeno ha ido más allá, convirtiendo esta primera parte de 8 capítulos en un producto compacto, único, con sentido propio y, lo más importante, generando un punto de inflexión tanto o más importante que el que se produjo al final de la segunda temporada. Por todo ello es conveniente afrontar un análisis individualizado de cada una de sus partes.

Para gustos los colores, faltaría más, pero personalmente creo que el comienzo y el final de esta tanda de 8 episodios es lo mejor que se ha producido en toda esta ficción sobre un mundo apocalíptico plagado de zombis. Y lo es fundamentalmente por dos motivos. El primero de ellos, más sentimental que otra cosa, es la lucha por una normalidad social en medio del caos de muerte y terror en el que viven los protagonistas. La temporada, que retoma los acontecimientos de la tercera, presenta al grupo habitando la prisión, cultivando verduras y, en general, organizándose en una sociedad estable en la que el agua, la educación, la sanidad y los alimentos están más o menos asegurados. El contraste con el mundo exterior al otro lado de la verja se explica por sí solo, como es el caso de la imagen que acompaña el texto.

El otro pilar, empero, es más narrativo y mucho más acorde con lo que representa el sub género zombi, ya sea en cine o en televisión. Desde sus inicios, estos muertos vivientes no han sido más que una excusa para sacar a relucir los problemas y los miedos sociales. Pues bien, tras enfrentarse entre ellos, tras afrontar los riesgos que suponen aquellos con miedo a asumir la cruda realidad e incluso derrotar a megalómanos con ansias de dominar a sus semejantes, el personaje de Andrew Lincoln (Los seductores) y su grupo se enfrentan al que posiblemente sea el peor enemigo de todos: una enfermedad contagiosa. Puede parecer simple, pero es en ese aspecto donde reside la genialidad.

Los espectadores estamos tan acostumbrados a que los protagonistas destrocen cráneos a diestro y siniestro en cada episodio que resulta chocante verles simplemente luchar porque uno de ellos no caiga enfermo y muera, con todo lo que eso conlleva. A muchos tal vez les parezca incoherente para con el carácter general de The Walking Dead, pero en realidad es uno de los conflictos más dramáticos y aterradores a los que se puede enfrentar el ser humano en un mundo donde las medicinas escasean, donde la salubridad es una utopía y donde cualquier muerto, se encuentre donde se encuentre, se levanta para comer carne humana. Es un enemigo invisible y difícil de derrotar, amén de que puede provocar, como de hecho hace, una crisis de muertos vivientes en un espacio cerrado y claustrofóbico como es la prisión. Una especie de enemigo definitivo.

Pero hay más. Mucho más. Narrativamente hablando, esta primera parte de la cuarta temporada contiene uno de los mejores ejemplos sobre cómo dirigir la atención del espectador en la dirección elegida. A lo largo de los primeros cinco capítulos la acción se circunscribe casi en exclusiva a la cárcel y los problemas de epidemia que sufren los protagonistas. Gracias a momentos tan espectaculares como el del gran supermercado del primer episodio, o tan tensos como el del primer infectado que muere en la cárcel, la serie creada por Frank Darabont (The Majestic) genera tal expectación por el devenir de muchos de los personajes que, por un momento al menos, logra hacer olvidar la conclusión de la tercera temporada, en la que el Gobernador interpretado por David Morris (Blitz) huía después de enloquecer.

Viejos conocidos, nuevos futuros

Digo esto porque a partir del sexto capítulo la acción se centra exclusivamente en este último personaje, si bien es cierto que su presencia se anunciaba al final del anterior. El cambio tan radical que se produce en el desarrollo narrativo, haciendo desaparecer a los habituales personajes para centrarse en unos nuevos totalmente desconocidos para los espectadores es una apuesta arriesgada. Nada de paralelismos temporales (todo lo que ocurre sucede al mismo tiempo que la epidemia en la cárcel). Nada de hacer referencia a los acontecimientos pasados, salvo alguna mención secundaria y muy velada. Se podría decir que a partir de este momento The Walking Dead se convierte en otra serie, en una especie de spin off centrado en el Gobernador.

Siendo sinceros, el personaje tiene recorrido para eso y mucho más. La profundidad de su psicología, de sus ansias de poder, de su dolor y su miedo, le convierten sin lugar a dudas no solo en el villano perfecto, sino en uno de los mejores personajes que ha dado la serie. Evidentemente, esta primera parte de la temporada termina con un encuentro entre ambos bandos (cárcel y Gobernador), pero habría resultado poco lógico, por no decir poco interesante, que el personaje de Morris no hubiese tenido un desarrollo más amplio, unos momentos en los que fuese el absoluto protagonista y que mostrasen, para mayor deleite, cómo es capaz de hacerse con el control de un grupo de personas y llevarlas a una guerra, en lo que sin duda es una referencia a los dictadores de la primera mitad del siglo XX.

Pero esta fase inicial de la temporada no sería lo que es sin su episodio final, una apoteosis bélica en la que héroes, villanos y zombis se dan cita para modificar para siempre el mundo de la serie en el que los personajes se encontraban tan seguros y cómodos al principio. Dicho de otro modo, estos 8 episodios bien podrían haber sido una temporada completa, pues ninguno de los personajes termina del mismo modo en que empezó. La muerte de algunos (temida y casi anunciada a lo largo de varios episodios, pero no por ello menos dramática) y la separación de otros, así como el caos generado en ese sorprendente, fascinante y magnífico final, ha llevado a la disolución no solo del grupo protagonista, sino a la del grupo liderado por el Gobernador. Un conflicto en el que los únicos que ganan son los zombis, como deja claro esa imagen de la cárcel plagada de muertos vivientes. Una evidencia más de la mezquindad del ser humano, capaz de destruir aquello que no tiene con tal de que no lo tengan los demás, incluso cuando el contexto que les rodea invite a unir fuerzas.

Antes mencionaba el motivo por el que creo que es necesario comentar esta primera parte de la cuarta temporada de The Walking Dead. Sus características la convierten casi en una temporada única, tal vez puente entre lo ocurrido en el pasado y lo que está por llegar. Sea así o no, lo cierto es que posee entidad propia. La fortaleza de sus planteamientos narrativos, la violencia y el impacto de algunas de sus secuencias y, sobre todo, ese final salvaje y carente de piedad, se podrían considerar como los elementos básicos en la narración de cualquier historia autoconclusiva. La serie ya había probado este planteamiento de dividir las temporadas en dos partes. Sin embargo, hasta este momento no se había definido tan claramente el inicio y el fin de una era. Sin duda la segunda parte continuará la historia, pero será algo distinto. Hasta entonces, la serie nos deja el que posiblemente sea el mejor momento de toda la producción.

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