‘Matar al mensajero’: los mismos héroes y villanos sobre el papel


Jeremy Renner da vida a Gary Webb en 'Matar al mensajero', dirigida por Michael Cuesta.Hay algo muy curioso en los thrillers ambientados en la corrupción política y el mundo del periodismo: todos ellos son, en esencia, iguales sobre el papel, pero todos ellos dejan un buen sabor de boca una vez que los títulos de crédito hacen acto de presencia. Es cierto que algunos son mejores que otros; que algunos directamente son soporíferos; y que muchos otros son directamente inverosímiles. Pero la base de verdad que suele acompañar este tipo de historias hacen que sus guiones posean una fortaleza única que lleva a los espectadores a estremecerse, indignarse y compadecerse con lo ocurrido en la trama. Lo nuevo de Michael Cuesta (Roadie) no es distinto, para bien y para mal.

Desde luego, si alguien acude a ver Matar al mensajero con la esperanza de encontrar una isla en un océano, mejor será que desista. Nada en la película interpretada por Jeremy Renner (En tierra de hombres), quien por cierto vuelve a un terreno dramático que maneja muy bien, supone una novedad. En este sentido, el desarrollo dramático puede preverse con varios minutos de antelación, pues las situaciones y los lugares son comunes a los que han presentado muchas otras películas (mejores películas) antes que esta. La puesta en escena de Cuesta, además, tampoco opta por una visión más transgresora de esta lucha quijotesca contra unos gigantes que, en esta ocasión, son gigantes de verdad. De hecho, es en el apartado visual donde más flojea el film.

Entonces, ¿no hay nada en ella digno de mención? No hay nada… y todo. Tal vez sea por la época de corrupción que vivimos; tal vez influya el hecho de que determinados aspectos del Gobierno de un país siguen siendo ajenos al gran público; o simplemente que este tipo de thrillers apasionan. Sea como fuere, la película entretiene gracias precisamente a no salirse del guión establecido, a presentar una lucha imposible de un hombre contra el sistema. Una lucha que, todo sea dicho, le otorga una victoria pírrica. Pero el resultado es lo de menos. Lo más interesante reside en el viaje personal y destructivo que vive el protagonista y el modo en que aquellos que le rodean reaccionan al desarrollo de los acontecimientos. Eso y la reivindicación de una profesión, el periodismo, que necesita más hombres como Gary Webb.

La conclusión de Matar al mensajero, por tanto, es que es una aportación más a este tipo de historias. No tiene nada de original, pero aun así entretiene. No tiene pretensiones de ningún tipo, y a pesar de ello logra generar una cierta incomodidad en el espectador al mostrar la espiral en la que se introduce sin red de seguridad. Posiblemente en otras circunstancias esta historia no habría pasado de un mero telefilm, pero gracias al espectacular reparto y a algunas secuencias bastante impactantes (la primera amenaza al protagonista, el final ideal que contrasta con el real, …) la película alcanza un nivel medio. Una prueba más de que a veces es mejor no experimentar y dejar las cosas como están.

Nota: 6/10

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‘The bridge’ evoluciona en su 2ª temporada pero no elimina lastre


Diane Kruger y Demian Bichir vuelven a unir sus fuerzas en la segunda temporada de 'The Bridge'.Es indudable que hoy en día es necesaria una buena premisa inicial para que una serie tenga éxito. Otro cantar es el desarrollo que esta idea tenga, pero no admite discusión el hecho de que debe ser algo que impacte. De ahí el gran éxito que tuvo la primera temporada de The bridge, versión norteamericana de la sueco danesa Bron/Broen. Si a eso añadimos una trama apasionante, el resultado es una de las mejores ficciones de la pasada temporada. Pero el problema de esto llega cuando hay que afrontar una segunda temporada. En el caso de la serie protagonizada por Diane Kruger (Llévame a la Luna) y Demián Bichir (Dom Hemingway), la trama ha sabido redefinirse para acentuar con firmeza todos aquellos aspectos que quedaron algo deslavazados en la anterior etapa.

Dichos aspectos se pueden agrupar bajo el paraguas del tráfico de droga en la frontera entre Estados Unidos y México. Esta segunda temporada de la serie adaptada por Elwood Reid (serie Caso abierto) y Meredith Stiehm (serie Homeland) aborda de forma mucho más directa algunas de las tramas secundarias que no encontraron resolución en los anteriores episodios. Y lo hace de forma inteligente al introducir a los dos protagonistas en la nueva historia a través de las consecuencias de su caso previo. Sobre todo en lo que respecta al rol de Bichir, mucho más desarrollado en estos 13 episodios y con un mayor interés que el de Kruger. La obsesión del policía por el asesino de su hijo, la corrupción de su propia comisaría y las evidentes amenazas de muerte dan forma a un personaje mucho más comprometido que es capaz de sacar lo mejor de sí mismo para afrontar todo el caos que le rodea.

Gracias a él y a los contrastes culturales y legales entre ambos países la historia de esta segunda temporada engancha al espectador. Eso, y la forma de narrar la historia, una especie de flashback del que nadie avisa al espectador y que encuentra su explicación en el final del segundo acto del arco dramático, alrededor del episodio 10. La sensación de no alcanzar a comprender del todo lo que ocurre es lo que impulsa el tramo final de la temporada, pues el espectador no solo encuentra sentido a lo visto hasta ahora, sino que adquiere verdadera conciencia de la dimensión de lo que está viendo en pantalla. The bridge logra, de este modo, que su nueva entrega suponga un viaje constante hacia el futuro sin dejar de mirar al pasado, sin dejar de tener en cuenta lo ocurrido anteriormente.

En este sentido hay que destacar varios aspectos que ayudan a que esta nueva temporada se convierta en un buen broche para las tramas abiertas de la anterior etapa. El primero es el cierre de la trama protagonizada por el personaje de Eric Lange (Blue like jazz), anterior villano de la serie y cuyo final es demasiado rápido para lo que podría haber sido. El segundo es la relación romántica del personaje de Kruger con el hermano del asesino de su hermana (sí, es tan absurdo como suena). La introducción de este nuevo personaje cuyo único objetivo parece ser el de ahondar en el pasado de ella podría haber tenido un trasfondo notable si no fuera por el hecho de que se queda en mera comparsa, limitándose simple y llanamente a desencadenar una serie de acontecimientos cuya relevancia en el sentido general de la historia es mínimo, por no decir nulo. La consecuencia más directa de esto es que Sonya Cross, bien definida en la primera temporada, pierde parte del sentido que tuvo, y con ello el interés.

La droga contra el suspense

Se puede decir, por tanto, que la segunda temporada de The bridge ha mantenido el nivel de su predecesora, pero para ello ha pagado un precio que, según se mire, puede ser alto. La decidida apuesta por el tráfico de drogas en la frontera y el desarrollo de la historia protagonizada por el narcotraficante al que da vida Ramón Franco (Cadenas de oro), quien por cierto se convierte en uno de los mejores de todo el reparto, hacen que el suspense que inundó el desarrollo dramático de la anterior temporada se reduzca hasta hacerse casi imperceptible. Es cierto que buena parte de la trama del cártel y la implicación de diversos personajes del Gobierno norteamericano aportan un contexto interesante que genera algunas de las mejores secuencias de tensión e intriga, pero en líneas generales la serie opta por no repetir las fórmulas que funcionaron con anterioridad.

Esto, como digo, puede ser visto como una debilidad o como una fortaleza. Eso queda a las impresiones personales de cada uno. En cualquier caso, la forma de introducir esta nueva imagen de la serie merece un cierto reconocimiento, pues lo que se presentó como tramas secundarias en la anterior temporada han permitido a la serie evolucionar hacia nuevos ámbitos narrativos que, a su vez, han creado otros nuevos cuyo desarrollo podría darse en una tercera temporada aún por confirmar. Mención aparte merece la presencia del personaje de Franka Potente (El mito de Bourne), tan extraño como amenazador. Independientemente de la dirección que haya tomado la serie, su participación en la trama aporta al conjunto un cierto aire de miedo a lo desconocido, tanto por la propia imagen del personaje como por la falta de información hasta los últimos compases de la temporada. Un rol que hace justicia al anterior villano interpretado por Lange y que supone un soplo de aire fresco a un universo de personajes que, en principio, no presenta ninguna novedad relevante.

De hecho, en el otro extremo habría que situar a la pareja de periodistas interpretados por Matthew Lillard (Golpe de efecto) y Emily Rios (serie Breaking bad), cuyo peso específico en los acontecimientos decae conforme avanza la trama. Si en la anterior temporada tenían una participación destacada en el desarrollo principal, sobre todo él, en esta segunda se convierten en secundarios cuya investigación corre de forma paralela a la policial, pero no llegando nunca a entrelazarse de forma sólida o duradera. Son, por decirlo de algún modo, espectadores que saben más de la cuenta. Algo similar ocurre con la historia de Thomas M. Wright (Newcastle), que salvo momentos puntuales nunca llega a tener una relevancia notable en la trama principal. Todo ello desvía un tanto la atención, sobre todo porque, a diferencia de lo que ocurría en episodios anteriores, las posibilidades de que aporten algún dato revelador se desvanecen a medida que pasan los episodios, convirtiéndose en meras vías de escape para no saturar la acción de los protagonistas.

Por ello, The bridge logra aguantar el peso de la historia pero no termina de impactar del mismo modo en que lo hizo en la primera temporada. Esta continuación de aquella historia posee muchos y muy buenos pilares narrativos que conducen la trama por un nuevo e interesante camino, pero durante el viaje deja atrás varios aspectos importantes que, en lugar de eliminarlos, lastran el desarrollo general de la serie. El principal y más importante es que el rol de Kruger se desprende de la trama principal en lo que a relevancia se refiere. O tal vez es que no ha podido aguantar la evolución que sufre su compañero de fatigas. Aunque poco importa todo esto, pues estamos hablando de una serie notable capaz de tener vida más allá de una premisa inicial que amenazaba con devorarla.

‘Salvajes’: la belleza visual de la violencia y de las drogas


No es este el momento, pero no estaría de más realizar algún día un estudio sobre el moderno cine de acción e intriga y cómo los mejores títulos (o al menos los más interesantes cinematográficamente hablando) pertenecen a veteranos directores que utilizan la evolución del lenguaje visual como su mejor baza, y no como un fin en sí mismo, sin renunciar en ningún caso a su espíritu como creadores. El último ejemplo de esta teoría es lo nuevo de Oliver Stone, especialista donde los haya en la violencia más salvaje derivada del mundo de las drogas y que ofrece todo un festín visual tan entretenido como escalofriante en la crudeza de sus imágenes.

Ya desde el comienzo, con un relato sobre una imagen en blanco y negro y una retrospectiva a base de imágenes congeladas que se suceden en unos pocos segundos, el autor de Wall Street (1987) deja claro que Salvajes no es una historia de narcotraficantes al uso, pero tampoco un thriller sobre la corrupción que siga los patrones más tradicionales de la narrativa. Con un estilo visual que recuerda por momentos a Asesinos Natos (1994), aunque con mucho menos extremismo visual (un sacrificio por los tiempos que corren), Stone aborda con brillantez y mano firme el terreno pantanoso por el que discurre la trama, tanto en el plano emocional (un trío amoroso algo extraño, una narcotraficante con problemas familiares, …) como en el narrativo, con constantes saltos de la historia principal a las secundarias.

Prueba de ello es la sutileza con la que las diferentes líneas argumentales se entrelazan en algunas secuencias como la del centro comercial y, sobre todo, ese inolvidable final doble en el que se muestra la versión más hollywoodiense de una conclusión no solo lógica, sino realista. A esta fuerza visual ayuda, sin lugar a dudas, una fotografía que salta de los registros más neutros a los contrastes más llamativos posible, utilizando gamas de colores vivos para toda aquella violencia que tenga que ver con el narcotráfico.

Uno de los pocos puntos débiles que se le puede encontrar al film, además de algunos pilares argumentales poco consolidados (sobre todo la relación de los protagonistas), es la labor de Blake Lively (The Town. Ciudad de ladrones), que convierte a su personaje en una mera excusa para que los malos de turno presionen a los protagonistas. Lejos de aportar nada, en algunas de las secuencias más dramáticas de su rol resta intensidad al clímax emocional. Algo que contrasta, por cierto, con secundarios de lujo como Benicio Del Toro (Traffic), Salma Hayek (Desperado) o John Travolta (Operación Swordfish), que aportan el elemento cínico y algo cómico a la historia.

Nota: 7/10

‘El irlandés’: corrupto policía incorruptible


No es que posea una trama original. De hecho, el guión está plagado de situaciones convencionales y de arcos narrativos bastante vistos en la gran y en la pequeña pantalla. Sin embargo, la ópera prima de John Michael McDonagh, cuya anterior incursión en el largometraje fue como guionista con Ned Kelly (Comienza la leyenda) en 2003, posee una fuerza propia originada por unos personajes complejos y muy humanos y, sobre todo, un humor negro, negrísimo, que refleja con detalle las miserias y debilidades de la sociedad, representada en esta ocasión con el microcosmos que supone un pueblecito de Irlanda.

Y si los personajes están definidos a la perfección sobre el papel, es la labor de los actores, de todos ellos, la que eleva esta historia de un policía algo “particular” y la lucha contra el narcotráfico a niveles insospechados. Brendan Gleeson (Troya) ofrece una de las mejores interpretaciones de su carrera gracias a un personaje que parece cansado de la vida, racista, aficionado a las prostitutas y con más de un tonteo con las drogas. Su forma de afrontar la labor policial, a medio camino entre el pasotismo más absoluto y un sentido ético que ya quisieran para ellos el resto de compañeros policías le convierten en el antihéroe perfecto, en un ser incorruptible desde el exterior pero corrupto en su propia moral.

Con todo, y aunque algunos de los momentos más logrados pertenecen a sus diálogos con Don Cheadle, cuyo personaje está absolutamente desubicado, son los secundarios los que aportan un contexto cómico y deliciosamente absurdo al relato. A destacar la labor de Mark Strong (Camino a la libertad), un seguro en toda producción que pueda contar con él. Y sí, esta es una historia de personajes fundamentalmente, pero ellos tampoco lo son todo.

Como buena película del Reino Unido, la narrativa tiende a ser excesivamente sobria, con una fotografía fría y gris y unos diálogos enunciados de la forma más seria posible. Sin embargo, no hay que dejarse engañar por este envoltorio. En el fondo, la cinta de McDonagh es un relato satírico e irónico de la vida policial en la zona rural. Y aunque en muchos momentos pueda generar un déjà vu, la inteligencia de los diálogos y la extravagancia de muchos de los personajes convierten el relato en toda una oda al humor inteligente.

Nota: 7/10

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