1ª T. de ‘The Handmaid’s Tale’, una colorida distopía gris


Ha sido sin lugar a dudas una de las series de este año 2017. Y méritos no le faltan. The Handmaid’s Tale, la adaptación a la pequeña pantalla de la novela de Margaret Atwood, es un interesante trabajo visual, interpretativo y conceptual, de obligado visionado tanto para estudiantes del lenguaje audiovisual como para aquellos que quieran entender, aunque sea mínimamente, cuáles pueden ser los sentimientos de la mujer en una sociedad dominada por los hombres. Y aunque es evidente que esta distopía no deja de reflejar una situación llevada al extremo, este tipo de historias siempre suelen reflejar aspectos de la sociedad actual, lo que añade un elementos realmente inquietante a la trama de esta primera temporada de 10 episodios creada por Bruce Miller (serie Los 100).

Una trama que comienza cuando una mujer es capturada para convertirse en criada de un matrimonio. Lo que comienza siendo un acto atroz pronto se desvela simplemente como el comienzo de algo más brutal. Y es que en un futuro la Humanidad se ha vuelto estéril, y solo un grupo de mujeres son fértiles. En este contexto, la sociedad norteamericana ha sido tomada, en su mayoría, por una autocracia religiosa que somete a las mujeres a diferentes tareas; la de las criadas contempla, entre otras cosas, la de tener hijos para los líderes de la comunidad, que una vez al mes las violan bajo la excusa de realizar un rito contenido en las escrituras. La serie se centra en la historia de una de estas criadas.

Si el argumento de The Handmaid’s Tale ya es de por sí sumamente interesante, lo más llamativo, y al mismo tiempo más sutil, es el tratamiento visual de esta sociedad. Basado en un código de colores, el lenguaje visual utilizado explota al máximo las posibilidades expresivas de dicho código. Planos cenitales que muestran cómo el rojo de las criadas se mueve en bloque; movimientos de cámara que combinan rojo, verde, gris y negro de un modo casi armónico; y así sucesivamente. Sin embargo, lo más llamativo es que toda esta gama cromática se muestra ante el espectador de un modo apagado, sin el brillo que cabría esperar y siempre con una tonalidad gris en el ambiente, cuando no directamente oscura. Este contraste de colores vivos con la frialdad y la tristeza que transmiten los tonos grises viene a reflejar, en última instancia, el contraste interno de una sociedad presuntamente ordenada en la que las mujeres son sometidas, en la que la apariencia de felicidad y tranquilidad esconde una verdad mucho más atroz. En definitiva, el contraste que esconde una distopía.

La combinación de la apuesta visual con el contenido dramático de esta primera temporada conforma un todo extraordinario. Y es que más allá de la fuerza narrativa, el trasfondo de la serie es sin duda uno de los elementos más perturbadores de la pequeña pantalla. No me refiero tanto al diseño de la sociedad en sí; ni siquiera a la influencia religiosa o a determinados momentos de la trama, como aquellos en los que se planean los atentados terroristas que dieron lugar a esa nueva sociedad. No, lo perturbador es cómo todo ello no deja de ser una excusa para someter a las mujeres, para violarlas y utilizarlas como complace a los hombres, algunas para tener hijos, otras para ser sus cocineras, sus siervas o sus esclavas. Escenarios como el burdel al que solo tienen acceso los hombres y, sobre todo, el modo en que se va descomponiendo la careta de perfección de muchos personajes son sin duda los mayores hallazgos del relato.

Actrices y actores ante todo

Claro que todo ello no sería lo mismo sin un reparto en estado de gracia. Sobre todo de unos secundarios que sostienen, en buena medida, todo el contexto político, social y religioso que convierte a The Handmaid’s Tale en lo que es. Curiosamente, tanto Elisabeth Moss (serie Mad Men) como Joseph Fiennes (Hércules) resultan los menos atractivos del conjunto, al menos analizados de forma separada. Ella se convierte en el vehículo narrativo para exponer el mundo en el que vive, mientras que él representa, con todos sus matices, los contrastes de esa sociedad distópica, que se muestra de un modo pero que, de puertas adentro, es de otro totalmente diferente. Sin embargo, los momentos que ambos comparten juntos se convierten en los más reveladores del relato, evidenciando que ambos roles se necesitan el uno al otro no solo para crecer dramáticamente, sino para establecer la dinámica que necesita la serie.

Asimismo, es importante señalar el uso de la narrativa paralela que se establece con la voz en off del personaje de Moss. A través de esta especie de proyección de sus pensamientos sobre los acontecimientos que vive el espectador se adentra no solo en su personalidad, sino en el corazón de una sociedad corrupta, lo que ayuda a comprender mejor la dinámica de clases y la hipocresía de los líderes.

Mencionaba antes a los secundarios. En verdad, todos ellos son capaces de componer, por un lado, un mosaico clasista bajo un código de colores que enriquece la ya de por sí interesante historia del personaje de Moss. Pero es que, además, cada uno de forma individual define maravillosamente el estamento al que pertenece y los contrastes que en él se producen a medida que avanza la trama. Desde Yvonne Strahovski (serie Dexter) hasta Max Minghella (Ágora), todos los personajes son un reflejo de los debates morales y éticos que provoca la doble vara de medir de una sociedad creada solo para el dominio del hombre sobre la mujer. En este sentido, resulta especialmente destacable la labor de Madeline Brewer (serie Orange is the new black), cuyo rol como criada llevado a sus últimas consecuencias se puede considerar el detonante de un futuro apasionante para esta serie. La evolución de este rol es cuanto menos aplaudible, y desde luego es un modelo en el que fijarse para crear y hacer evolucionar un personaje.

No cabe duda de que The Handmaid’s Tale es una de las series del año, y si se mantiene el tono dramático y visual de esta primera temporada, terminará siendo una de las producciones más complejas e interesantes de los últimos años. Todo indica que así va a ser, pues el final de estos primeros 10 capítulos deja abiertas las líneas argumentales necesarias para desarrollar lo que cabe esperar de una historia como esta, es decir, profundizar más en las miserias y corruptelas de un sistema social y político aparentemente perfecto, y desarrollar la rebelión de estas criadas que una vez al mes son violadas para intentar dejarlas embarazadas. Una serie con muchas capas, a cada cual más compleja, que crean una historia capaz de atrapar al espectador en un mundo tan increíble como plausible.

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‘La batalla de los sexos’: entrenamiento en igualdad


Se dice que la realidad supera la ficción. Y aunque hay casos en los que es más que evidente, en ocasiones la ficción no termina por hacer justicia a la realidad, o al menos no sabe como explotar las posibilidades de esos hechos verídicos. En mayor o menor medida, es lo que le ocurre a la cinta de Jonathan Dayton y Valerie Faris, directores de Pequeña Miss Sunshine (2006).

Posiblemente lo más llamativo de La batalla de los sexos sea comprobar cómo ciertos comportamientos machistas son objeto de aceptación, ya sea como una broma, como algo inherente a determinados hombres o como algo natural a un determinado ámbito social, deportivo o laboral. Y lo más sorprendente, sin duda, es reflexionar y comprender que, aunque esta historia de igualdad de género, tenis y homosexualidad transcurre en los años 70, muchas de las secuencias podrían tener lugar en la actualidad y no desentonarían en absoluto. En este sentido, el trasfondo moral y social del film es espléndido, a lo que contribuyen, sin ningún género de dudas, unos actores magníficos, destacando Emma Stone (Aloha), Steve Carell (La gran apuseta) y Bill Pullman (American Ultra).

El problema de la cinta, como suele ocurrir con estos biopics, es el tratamiento dramático y su ritmo narrativo. El cóctel que forman el feminismo, la igualdad, la homosexualidad y el tenis provoca una irregularidad evidente a lo largo de un excesivo metraje de dos horas (que parecen bastante más), patente sobre todo en la segunda mitad de la película. En concreto, la historia pierde fuerza en aquellos momentos en los que el tenis y la batalla de sexos quedan en un segundo plano para centrar su atención en los problemas maritales de la protagonista, sobre todo cuando el guión insiste en ello olvidándose, al menos por un momento, de la batalla de sexos que da nombre al film.

Al final, La batalla de los sexos se revela más como un entrenamiento en igualdad más que como un verdadero partido entre hombres y mujeres por tener los mismos derechos. Aunque su trasfondo y su mensaje son claros y piden a gritos una reflexión en profundidad sobre nuestra sociedad, el tratamiento cinematográfico aporta más bien poco, convirtiendo el film en una obra sin demasiado corazón, con un guión irregular sustentado por un reparto sobresaliente y algunos hallazgos visuales muy interesantes.

Nota: 6,5/10

La 2ª T. de ‘Billions’ confirma que en la guerra todo vale para ganar


Posiblemente Billions sea uno de los mejores ejemplos actuales en los que la relación antagonista entre dos personajes es capaz de nutrir y sostener una trama de 12 episodios. La primera temporada dejó claro que la lucha entre estos dos protagonistas iba a ser encarnizada, pero la segunda tanda de capítulos que ahora nos ocupa es capaz no solo de llevar esta particular guerra entre un fiscal y un gestor de fondos de cobertura, objetivo principal de la continuación, sino que lo hace evolucionando las tramas secundarias e integrándolas de forma consciente en la principal, ofreciendo un mosaico dramático mucho más complejo y desarrollando algunas de las ideas ya planteadas en la primera parte hasta alcanzar un grado excepcional en su calidad.

A todo ello se suma, en varios episodios, un tratamiento formal original, alejado de la narrativa tradicional que suele ofrecer esta serie creada por Brian Koppelman, David Levien (ambos autores del libreto de Runner, runner) y Andrew Ross Sorkin. En efecto, la trama no solo juega con el duelo moral y legal que se plantea entre estos dos personajes, sino que aprovecha diversos puntos de inflexión en el desarrollo de la temporada para ofrecer al espectador una visión diferente de la historia, ya sea en forma de flashback, ya sea con una rápida reinterpretación final de todo lo acontecido en un capítulo que aporta una visión nueva y fresca de lo ocurrido. Dichos recursos aportan, además, mayor profundidad a los antagonistas y a sus motivaciones, confirmando algo que ya parecía claro en la primera temporada: que están dispuestos a llegar a donde sea con tal de destruir a su adversario.

En este sentido, lo más interesante de Billions radica en el hecho, precisamente, de que no existen límites a esta obsesión. Y cuando digo que no existen, es que realmente no existen. Un ejemplo claro es el que protagoniza el fiscal interpretado por Paul Giamatti (San Andrés), que es capaz de perder millones de dólares de un fondo personal y arruinar a los que llama amigos con tal de tender una elaborada trampa al gestor al que vuelve a dar vida Damian Lewis (Un traidor como los nuestros), en el que sin duda es el giro más impactante de la temporada tanto por el cambio de rumbo de la trama como por las implicaciones morales y sociales que plantea a la mayoría de personajes, sobre todo para un fiscal capaz de cruzar todas las fronteras. Pero no es el único caso. Esta guerra deja en esta segunda etapa una escalada de ataques que llevan la trama hasta un nivel que va a ser difícil de superar en sucesivas entregas, aunque visto lo visto cualquier cosa puede pasar.

Y ya que mencionamos a Giamatti y Lewis, es imprescindible hacer hincapié en la labor de ambos actores. Como ya ocurriera en la primera temporada, los dos son capaces de aportar a sus roles un mayor dramatismo, mayor fanatismo y, en definitiva, dotarlos de muchas más dimensiones y matices de los que a priori se muestran sobre el papel. En concreto, estos últimos episodios cargan más la narración sobre los hombros del primero, que no solo sale victorioso, sino que es capaz de revelar facetas hasta ahora ocultas del fiscal. Su plan para atrapar a su archienemigo, su forma de tejer tramas con sus subordinados e, incluso, el modo en que maneja la situación con su esposa, demuestran tanto la verdadera naturaleza de este rol como la excepcional labor de Giamatti en los momentos clave.

Las mujeres, a escena

Antes apuntaba que las tramas secundarias en la segunda temporada de Billions han adquirido mayor relevancia. Bueno, lo justo sería decir que sin ellas posiblemente sería imposible articular la evolución dramática de estos capítulos. En efecto, mientras que en la primera parte de la serie las historias ajenas a la lucha entre los protagonistas parecían servir únicamente como herramienta dramática a utilizar en el momento clave para ofrecer un giro argumental, en esta nueva tanda de episodios se convierten en ramificaciones fundamentales para llevar la historia hasta donde sus guionistas desean. Muchos son los ejemplos, desde esa extraña joven interpretada por Asia Kate Dillon (Hitting the wall) que debería tener, y esperemos que así sea, mayor protagonismo en el futuro, hasta la investigación a la que es sometido el fiscal interpretado por Giamatti.

Pero entre todas ellas destacan dos, las dos que afectan a las mujeres de los protagonistas, de nuevo interpretadas por Maggie Siff (serie Hijos de la Anarquía) y Malin Akerman (Sácame del paraíso). Si bien es cierto que estos roles son fundamentales para entender la dinámica antagonista que sustenta todo el relato, también hay que reconocer que hasta ahora eran casi testimoniales, sobre todo el de Akerman, limitándose a ser daños colaterales en una guerra en la que se ven inmersas casi sin comerlo ni beberlo. Sin embargo, en estos capítulos las tornas cambian, adquiriendo un papel más activo y, sobre todo, determinante en la forma de afrontar los desafíos de los héroes (o antihéroes) de turno. Es cierto que la presencia de Siff siempre ha sido muy activa, pero es ahora cuando aporta un mayor peso e influencia a la relación entre los papeles de Giamatti y Lewis, siendo determinante en algunas decisiones y, sobre todo, poniendo la relación con su marido, el fiscal, en un punto cuanto menos comprometido.

Mayor cambio es el que experimenta el papel de Akerman, sobre todo porque su influencia no solo se extiende a la trama principal, sino incluso a la secundaria que protagoniza Siff. Su desaparición durante varios días, su fuerza a la hora de tomar determinadas decisiones o el modo en que afronta las mentiras de su marido la convierten en un factor determinante para entender la temporada. Pero es que además los creadores de la serie la dibujan con un trazo mucho más definido para convertirla en una suerte de archienemiga del personaje de Siff, es decir, creando una segunda línea de confrontación entre las esposas de los respectivos maridos involucrados en una guerra sin cuartel para destruirse mutuamente. El paralelismo es evidente, lo que abre una serie de posibilidades apasionantes, sobre todo si se logra dotar de autonomía esta segunda trama y se consigue que ambas se nutran mutuamente.

La segunda temporada de Billions es, por tanto, todo lo que puede esperarse de la continuación de una historia. Todo lo bueno, quiero decir. El desarrollo dramático envuelve la trama de un carácter más oscuro, la confrontación entre los antagonistas permite un mayor conocimiento de los personajes, y la complejidad aumenta a medida que nuevas tramas secundarias con nuevos o conocidos personajes se incorporan a la principal, nutriéndola y ampliando el abanico de caminos narrativos. Es, en definitiva, una aplicación de la fórmula ‘más y mejor’ realizada con coherencia, sin caer en el histrionismo o el exceso que perfectamente podrían haber sido seña de identidad en estos episodios. Y lo más atractivo es que la temporada termina con un final ejemplar que deja todo listo para que la partida entre el fiscal de dudosas prácticas y el gestor de fondos con una actividad sospechosamente ilegal continúe.

‘Orange is the new black’ confirma su apuesta desordenada en la 4ª T.


Es justo reconocer que Orange is the new black ha sabido reinventar su fórmula para, con los mismos personajes y el mismo contexto dramático, convertirse en algo completamente diferente a lo que se planteó en su primera temporada. La llegada de la, en teoría, protagonista a la cárcel de mujeres ha dado paso a una ficción coral en la que cada vez más personajes tienen relevancia en la trama. Pero su cuarta temporada confirma otra idea que tal vez sea menos positiva, y es el hecho de que todos estos personajes provocan un errático avance argumental que puede jugar en contra de esta producción creada por Jenji Kohan (serie Weeds).

Ya ocurrió con la anterior temporada. Los 13 episodios que conforman esta cuarta etapa poseen el denominador común de no tener denominador común, salvo tal vez el hecho de transcurrir en una cárcel y la llegada de un grupo de guardias a cada cual más tirano. La ausencia de un desarrollo dramático con cierta continuidad de un episodio a otro provoca la sensación de estar ante una ficción sin un objetivo claro, sin una línea argumental que se nutra de otras secundarias y que el espectador pueda seguir de forma más o menos nítida.

El resultado más inmediato de esta apuesta por el caos que hace Kohan es la pérdida de interés. La cuarta temporada de Orange is the new black posee numerosas depresiones de ritmo y narrativas que invitan a desconectar demasiado a menudo de la trama principal, que existe escondida en un bosque de líneas argumentales secundarias. La falta de una conexión clara, unida a que algunos episodios se olvidan de conflictos planteados previamente solo porque hay que dar cabida a muchas historias, invita a perder el rastro de lo realmente importante, amén de que algunos personajes principales de anteriores etapas no hacen acto de presencia hasta bien entrada la temporada, lo que acentúa la sensación de desconexión con lo visto hasta ahora, sobre todo si no se recuerdan determinados detalles.

Todo ello, como digo, provoca un cierto vértigo y, en algunos casos, incluso hastío. Pero al igual que ocurriera en la anterior etapa, todo esto enmascara en realidad una línea argumental que resulta interesante si se observa con cierta distancia y de forma global. Y, como analizaremos a continuación, conduce a un final tan atractivo como complejo, tan significativo como indispensable para cambiar el futuro de la serie de un modo irrevocable. Es precisamente ese final el que revela que existe algo más que tramas secundarias unidas por los personajes, y es el que evidencia que tras todo el caos se esconde una historia profunda.

Drama, mucho drama

A pesar de las apariencias, y de que el humor ácido es una tónica habitual de la serie, Orange is the new black posiblemente haya alcanzado su techo dramático en esta cuarta temporada. Claro que con el episodio final se deja la puerta abierta a un tratamiento dramático mucho mayor, pero en líneas generales estos 13 capítulos se confirman como los más difíciles para los personajes protagonistas. Bandas raciales, torturas (entre presas y por parte de los vigilantes) e incluso una muerte son algunos de los hitos dramáticos de esta etapa. Muerte que, sin desvelar a quien afecta, debe ser entendida como un recurso narrativo necesario para dar un giro argumental a todo el planteamiento.

Incluso la pérdida de protagonismo del personaje de Taylor Schilling (Noche infinita) está mejor integrada en el conjunto de la serie, ya sea por el caos de tramas a su alrededor o porque ha encontrado su hueco entre tanto personaje mucho más interesante. Personalmente me decanto por la segunda opción. Sea como sea, lo cierto es que su falta de protagonismo (y de carisma en algunos casos) ha permitido a la trama centrarse en el pasado de muchos roles, continuando de este modo la estructura dramática que tanto define a esta ficción. Pero también ha permitido, y esto es más importante, abordar la evolución dramática de este amplio abanico de roles femeninos, lo que ha enriquecido notablemente la visión general de las relaciones entre personajes.

Vista en perspectiva, esta cuarta etapa confirma esa ausencia de una línea argumental única (o al menos principal) que se nutre de tramas secundarias. Más bien al contrario, cada historia de cada personaje tiene su importancia y camina de forma paralela al resto. Pero si algo diferencia a estos episodios es que esta estructura dramática se ha definido más y mejor, permitiendo apreciar un cierto sentido, aunque sea muy genérico, sobre lo que realmente aborda esta temporada. El problema es lo que se menciona al principio del párrafo: esto se aprecia con la perspectiva de haber superado los 13 capítulos. Durante ellos, y salvo el tramo final de la historia, puede resultar muy difícil seguir el hilo argumental, y por tanto mantener el interés.

Y aquí está la piedra angular de todos los problemas de Orange is the new black. A pesar de sus potentes personajes, a pesar de su valiente e inteligente tratamiento argumental, la serie tiene tantos y tan buenos personajes que darles a todos una cierta relevancia termina por difuminar en exceso lo que se quiere contar. Esto tiene difícil solución, pues al fin y al cabo es la esencia de la serie. Esta cuarta temporada demuestra que la ficción de Kohan ha alcanzado un delicado equilibrio que se rompe con demasiada facilidad. Dicho de otro modo, la serie puede resultar tediosa, pero siempre existen ciertos momentos de interés que se van agrandando conforme se llega a la resolución del arco dramático. Es algo que pasó en la tercera temporada y que aquí se acentúa. El final de esta etapa deja la puerta abierta a un cambio total, que según todas las informaciones se va a producir a nivel dramático y narrativo. Veremos, porque de no ser así puede ser consumida por su propia originalidad.

‘Mejor… solteras’: otra vida para la comedia es posible


Rebela Wilson y Dakota Johnson están 'Mejor... solteras'.La comedia norteamericana no es un género que sea santo de mi devoción. Sobre todo la moderna, con una tendencia tan evidente al exceso que termina por saturar. Por eso resulta refrescante encontrarse con productos como lo nuevo de Christian Ditter (Los Cocodrilos), una obra que ofrece una visión diferente, no tanto del género en sí como del desarrollo de sus tradicionales y previsibles fases narrativas.

Así, el mejor valor de Mejor… solteras es la coherencia de lo planteado con la resolución final. Puede parecer una conclusión obvia, incluso de perogrullo, pero lo cierto es que no siempre sucede. Que los protagonistas no encuentren un final feliz, al menos no uno tradicional, suele ser la clave para dejar un sabor de boca agradable, una sensación de estar ante un producto que cumple con las expectativas, aunque estas sean mínimas. Si a esto añadimos un reparto más que correcto (en el que, por cierto, Dakota Johnson vuelve a dejar patentes sus muchas limitaciones), la impresión general es la de un producto bien hecho con momentos realmente divertidos.

Ahora bien, que nadie espere una historia diferente. Suele decirse que en la vida está todo inventado. Bueno, en el cine, y más concretamente en este género, eso es una realidad desde hace varias décadas. La trama no se sale de los cánones establecidos en ningún momento, ofreciendo un desarrollo correcto con los previsibles altibajos narrativos y con los conflictos al uso para este tipo de tramas. Es, desde luego, el mayor ‘pero’ que tiene el film, y lo que impide que la película sea algo más que un mero entretenimiento.

Pero este entretenimiento es, al menos, más interesante que otros que se puedan ver en la gran pantalla. Mejor… solteras conoce a la perfección cuáles son sus limitaciones, sus herramientas y sus posibilidades. Entre las primeras está la propia historia y una actriz protagonista de limitados registros, incluso para este tipo de producciones. Entre las segundas están una secundaria roba escenas como es Rebel Wilson (Dando la nota) y su coherencia dramática. Y entre las terceras… bueno, eso depende de cada espectador.

Nota: 6/10

‘Carol’: el minimalismo de una relación prohibida


Rooney Mara y Cate Blanchett protagonizan 'Carol'.Suele decirse que la comedia es el género más difícil en el cine. Encontrar el tono exacto y saber lo que hace reír suele ser una tarea ardua. Pero cintas como lo nuevo de Todd Haynes (Safe) evidencian que el drama exige de un calculado desarrollo en su contenido y en su forma para evitar caer en los excesos o, lo que puede ser más importante, no lograr transmitir lo que viven los personajes. Es en ese equilibrio donde se mueve esta historia de amor entre dos mujeres que pide al espectador una atención especial al subtexto dramático, pero que a cambio le ofrece una trama cargada de emoción.

Puede parecer a simple vista que el argumento, por cortesía de la escritora Patricia Highsmith, sea demasiado simple. Y en realidad, el desarrollo de la trama no presenta grandes conflictos dramáticos durante buena parte del metraje. Sin embargo, esa aparente ausencia de acción es el caldo de cultivo idóneo para explorar las emociones de dos mujeres muy diferentes a las que les une un amor inconcebible en los años 50. Las miradas, los sutiles gestos de ambas y el lenguaje que ocultan los diálogos que mantienen son en realidad los elementos utilizados (y magníficamente aprovechados) por Haynes para explorar las emociones que desprende el film.

Aunque es su tercio final, el que corresponde al clímax y el desenlace de la historia, el realmente cautivador. Si durante toda la trama tanto Cate Blanchett (Cenicienta), una de las pocas damas que quedan en Hollywood, como Rooney Mara (En un lugar sin ley), cuyo papel es simplemente brillante, trabajan sus emociones en el ámbito más personal posible, es en este último tramo de la historia cuando ambas ofrecen su mejor versión, potenciando la carga dramática de unos personajes que se ven obligados a asumir su verdadero ser ante una sociedad que las considera, como mínimo, inmorales.

De este modo, Carol se aleja de tratamientos tradicionales para apostar por el intimismo de una relación que debe ocultarse a plena luz del día en la América de los años 50. Es esa necesidad de mantener en las sombras un secreto “inconfesable” lo que lleva a Haynes a abordar la relación con cierta distancia, acercándose a medida que avanza la historia hasta entrar de lleno en las consecuencias sociales y personales de la decisión de las protagonistas. Una película de emociones contenidas que cautiva por una puesta en escena elegante y sobria, por unas actuaciones incomparables y por una sencillez y un minimalismo abrumadores.

Nota: 7,5/10

La 2ª T de ‘La caza’ pierde definición en sus roles protagonistas


Jamie Dornan y Gillian Anderson, frente a frente en la segunda temporada de 'La caza'.Es difícil abordar una serie como La caza, título en español para The fall. Su primera temporada, a pesar del pausado ritmo y de la introspección de su planteamiento, aportaba frescura al típico planteamiento del thriller policíaco, con una heroína muy particular y un villano cuya osadía roza el absurdo. Siguiendo esta pauta, su segunda temporada ha llevado esos conceptos al límite, ofreciendo al espectador un desarrollo inesperado, en muchos aspectos novedosos pero en muchos otros incongruente, al menos por ahora. La tercera entrega de la producción creada por Allan Cubitt (serie Murphy’s Law) está confirmada, por lo que es de esperar que muchos de los aspectos transitorios de estos 6 episodios encuentren respuesta.

Pero dejando a un lado algunas líneas narrativas abiertas, lo que sí es evidente es que esta segunda parte ha mantenido, para bien o para mal, el nivel de su debut. Desde luego, es de admirar que tanto actores como guionistas hayan tenido la valentía de llevar a los personajes hasta sus últimas consecuencias. Una decisión que, aunque va en beneficio de la honradez del producto, en este caso perjudica notablemente a la trama en su conjunto, sobre todo porque el camino por el que han ido los personajes parece, dentro de su naturalidad, algo irreal. Puede parecer una incongruencia, es cierto, pero como demuestra La caza, puede ocurrir.

Todo pasa por una definición algo deficiente de los protagonistas toda vez que estos se han visto obligados a evolucionar. Ocurre fundamentalmente con el rol de Jamie Dornan, que por cierto tiene varios puntos en común con su salto al estrellato más mediático en Cincuenta sombras de Grey. La solidez del planteamiento deja paso a un tratamiento algo simplista, marcado por la psicopatía y el ego del personaje pero olvidando otros aspectos de su naturaleza como la relación con su hija, que podría haber aportado numerosas contradicciones internas que. a su vez, habrían enriquecido la trama. Del mismo modo, Gillian Anderson (serie Hannibal) empieza a resultar algo predecible en muchos de los comportamientos de su personaje, sobre todo aquellos relacionados con los hombres, convirtiéndola en un pálido reflejo de lo que comenzó siendo.

Estos aspectos simplificadores llevan el hilo argumental principal por un camino que termina de forma abrupta, con una especie de deus ex machina planteado un par de capítulos antes para tratar de buscar una justificación inexistente. Que el final sea abierto no suple la falta de solidez en la resolución de un desarrollo que se había vuelto casi insalvable, con heroína y villano frente a frente en una sala de interrogatorios, y el segundo confesando cada uno de sus crímenes en un intento de demostrar esa valentía a la que antes hacía referencia. El problema de ello es que, si realmente se quería continuar con la producción, crea un obstáculo demasiado grande para poder introducir un punto de giro coherente. El resultado es, por tanto, un giro que se intuye con cierta antelación pero que no se espera por lo absurdo del planteamiento.

Tramas secundarias

Desde luego, lo que mejor aborda La caza en esta segunda temporada son las tramas secundarias. Son ellas las que dotan al juego del gato y el ratón que mantienen Dornan y Anderson de un interés renovado, sobre todo por los efectos que tiene el desarrollo en el resto de personajes. Evidentemente, los casos más significativos son los de las mujeres que rodean al personaje principal, ya sea su mujer (una cada vez menos interesante Branagh Waugh) o la adolescente enamorada del misterio y el riesgo que representa (Aisling Franciosi, vista en Jimmy’s Hall), y que sufre una evolución inversamente proporcional a la de la esposa.

Los efectos que tiene en la vida de ambos personajes la evolución del rol de Dornan son, curiosamente, más elaborados que el propio desarrollo del protagonista. Mientras que éste tiende hacia la simplicidad motivada por una obsesión recurrente y narcisista, las dos mujeres adoptan roles más complejos, una motivada por el engaño y la otra por la atracción. Por supuesto, ninguna de ellas termina su arco argumental, por lo que es de esperar que tengan una presencia cada vez más importante en la historia, o al menos que puedan servir para desbloquear un futuro que no ofrece muchas salidas narrativas.

Por otro lado, los secundarios que rodean al personaje de Gillian Anderson tienen una función puramente formal, es decir, su función es básicamente servir de apoyo a la comprensión emocional de la protagonista. El hecho de que todos los hombres estén literalmente a sus pies, y que muchos de ellos tengan ciertos rasgos parecidos con el rol de Dornan, sustentan la idea de que detrás de la repulsión que siente por el asesino hay algo más, ya sea una necesidad de comprender y desentrañar los motivos de los crímenes, ya sea una atracción física no aceptada o reconocida. Sea como fuere, lo que importa es que los roles masculinos cumplen su función de manera notable, confirmando la idea de que esta temporada ha servido, sobre todo, para crear un marco en el que desarrollar una historia diferente. Y solo un detalle: no deja de ser interesante que en la vida del asesino casi todo sean mujeres, y en la de la policía casi todo sean hombres.

En definitiva, la segunda temporada de La caza es una especie de transición, lo que en cine vendría a ser un comienzo del segundo acto algo irregular. Todo apunta a que la tercera parte dará respuesta a muchas de las preguntas planteadas, pero lo realmente interesante es si lo hará de forma natural o se verá obligada por el desarrollo algo forzado de unos protagonistas que piden a gritos una definición más compleja, plagada de matices y con conflictos internos más sólidos.

Comedia, drama y biopic en una semana previa a grandes estrenos


Estrenos 12diciembre2014Durante las últimas semanas hemos asistido a la llegada de estrenos con más o menos peso en la cartelera. Este fin de semana, que comienza hoy viernes, 12 de diciembre, se caracteriza sin embargo por unas novedades de perfil bajo, con un claro dominio por la comedia y el drama. Sin duda algo tendrá que ver el hecho de que, en menos de siete días, llegan tres de las películas llamadas a arrasar durante el período festivo. Pero eso será dentro de una semana. Por ahora lo interesante es conocer qué cintas aterrizan en la cartelera.

Y entre ellas destaca St. Vincent, comedia dramática escrita y dirigida por Theodore Melfi, quien no se embarcaba en un largometraje desde 1999, cuando dirigió Winding Roads. Su trama arranca cuando una madre se muda a Brooklyn con su hijo de 12 años. Obligada a trabajar muchas horas para poder mantenerle, decide dejar al joven bajo el cuidado de su nuevo vecino, un jubilado cascarrabias aficionado al juego y al alcohol. El hombre llevará al pequeño por todas las paradas de su rutina diaria, entre las que se incluyen un local de striptease. El anciano cree que de este modo el chico se convertirá en hombre, pero lo que no sabe es que, a pesar de su corta edad, es el único que puede llegar a comprenderle del todo. El reparto está encabezado por Bill Murray (Monuments Men), Melissa McCarthy (Cuerpos especiales), Naomi Watts (Diana), Chris O’Dowd (Thor: El mundo oscuro), Terrence Howard (Sabotage) y el debutante Jaeden Lieberher.

Muy distinto es la cinta biográfica musical I feel good, cuyo argumento narra la vida del cantante James Brown desde su dura infancia hasta que logra alcanzar la posición de padrino del soul. Un viaje que estará marcado, entre otras cosas, por los cambios de ánimo que provocaron numerosas crisis. Drama y música se combinan, por tanto, para tratar de ser fiel reflejo de la vida de este músico, todo bajo la dirección de Tate Taylor (Criadas y señoras). Chadwick Boseman (Draft day) da vida al protagonista, mientras que Viola Davis (Prisioneros), Dan Aykroyd (Los Cazafantasmas), Octavia Spencer (Tocando fondo), Nelson Ellis (serie True Blood) y Lennie James (Colombiana) completan el reparto.

Jason Reitman, director de Juno (2007) o Una vida en tres días (2013) dirige Hombres, mujeres y niños, comedia dramática basada en la novela de Chad Kultgen cuya trama se centra en varias parejas, sus relaciones con sus hijos adolescentes y la influencia que Internet y las nuevas tecnologías tienen en la forma de comunicarnos. Desde la cultura de los videojuegos hasta sus vidas amorosas, pasando por la anorexia o la infidelidad, la vida de estos personajes se convierte en un reflejo de los caminos que esta nueva sociedad nos lleva a tomar. Entre los actores más destacados de esta cinta coral están Adam Sandler (Juntos y revueltos), Jennifer Garner (Dallas Buyers Club), Rosemarie DeWitt (Matar al mensajero), Emma Thompson (Al encuentro de Mr. Banks), Ansel Elgort (Divergente), Judy Greer (El amanecer del Planeta de los Simios) y Dean Norris (serie La cúpula).

Dejamos Estados Unidos para abordar los estrenos europeos. El primero de ellos es La señorita Julia, coproducción entre Noruega y Reino Unido que adapta a la gran pantalla la obra teatral de August Strindberg. Ambientado en 1880, este intenso drama narra la tormentosa relación entre una joven aristócrata y el criado de su padre. Una relación que no solo debe hacer frente a la sociedad de la época, sino a sus propias personalidades, muy dispares entre sí y que les llevan a desearse y odiarse a cada momento. La actriz Liv Ullmann se pone tras las cámaras 14 años después de dirigir Infiel, mientras que los principales personajes están interpretados por Jessica Chastain (Interstellar), Colin Farrell (La venganza del hombre muerto) y Samantha Morton (El intruso).

Aunque sin duda la cinta más internacional de la semana, y posiblemente del año, es Jauja, que presenta capital de Estados Unidos, Alemania, Francia, Holanda, Dinamarca, Argentina y Brasil. Ambientada en la Patagonia durante 1882, época en la que se produjo el genocidio conocido como Conquista del Desierto, la trama sigue a un capitán destacado en medio de la nada junto a su hija. Cuando la joven, enamorada de un soldado, desaparezca, el hombre iniciará una búsqueda por un territorio inhóspito. Lisandro Alonso (Los muertos), quien colabora en el guión, es el encargado de dirigir la propuesta y a un reparto encabezado por Viggo Mortensen (Las dos caras de enero), Ghita Nørby (Lo que nadie sabe), Viilbjørk Malling Agger y Diego Roman.

La representante española es Los fenómenos, comedia con ciertos toques dramáticos dirigida por Alfonso Zarauza (La noche que dejó de llover) que narra la lucha de una madre y su bebé tras ser abandonados por su pareja. Su esperanza por salir adelante la depositará no solo en su Galicia natal, a donde regresa, sino en su trabajo como peón de obre, un trabajo duro en un mundo tradicionalmente de hombres. Lola Dueñas (Los amantes pasajeros) y Luis Tosar (El niño) son los principales intérpretes, acompañados en esta ocasión por Juan Carlos Vellido (Alacrán enamorado), Xúlio Abonjo (Somos gente honrada) y Farruco Castromán (El don de la duda), entre otros.

La última de las propuestas de ficción es Camino de la cruz, drama alemán de clara influencia religiosa que aborda la vida de una adolescente cuya familia vive bajo los preceptos cristianos anteriores a la reforma de 1960. Su única aspiración es convertirse en una santa, algo que choca con las influencias de actuales. Dirigida por Dietrich Brüggemann (Neun Szenen), la cinta está protagonizada por la debutante Lea van Acken, Franziska Weisz (Unter Frauen), Florian Stetter (Nanga Parbat) y Lucie Aron.

En cuanto al documental, 2014. Nacido en Gaza es una producción española que se adentra en la Franja de Gaza durante el último bombardeo israelí para abordar la vida de varios niños de 10 años que han tenido que sobrevivir en ese entorno. Algunos han perdido a su hermano y a su madre; otros tienen que buscar en la basura para poder subsistir; otros requieren de una intervención médica en el extranjero. La obra está escrita y dirigida por Hernán Zin (La guerra contra las mujeres).

‘Las brujas de Zugarramurdi’: si es que los hombres no aprenden…


Carolina Bang es una de 'Las brujas de Zugarramurdi' que captura a Hugo Silva y Mario Casas.Álex de la Iglesia va camino de convertirse en un auténtico icono del cine español, si es que no lo es ya con clásicos como El día de la bestia (1995) o La comunidad (2000). Puede que su cine se asocie siempre con el exceso, el humor negro y el tono fantástico y algo frenético de las temáticas que aborda, pero sea como sea sus historias, vibrantes y muy bien narradas con la cámara, saben tocar las teclas necesarias para entretener y al mismo tiempo radiografiar una sociedad, la española, marcada por muchos tópicos y mitos. Su última película viene a confirmar lo que parece saber todo el mundo pero nadie se atreve a confesar: que las mujeres son todas unas brujas y que los hombres, tan listos y seguros de sí mismos, son en el fondo unos fracasados que tropiezan siempre con la misma piedra.

Evidentemente, las cosas no son siempre así, pero el cliché permite al director bilbaíno componer una huida frenética hacia ninguna parte por parte de unos personajes acabados, a cada cual más estúpido, incapaces de comprender los errores que les han llevado a su situación. Una huida, por cierto, que imprime al film un ritmo trepidante que no cesa prácticamente en ningún momento, combinando acción, diálogo y humor de forma tan natural que ninguno de ellos podría existir sin el otro. Buena culpa de todo esto la tiene el guionista, Jorge Guerricaechevarría, colaborador habitual de De la Iglesia y posiblemente uno de los mejores del panorama actual español (suyo es, por ejemplo, el libreto de Celda 211). Sus diálogos, frescos y dinámicos, así como el desarrollo de la trama, bastante coherente hasta su tercio final, forman los dos grandes pilares de una película que el director sabe aprovechar a las mil maravillas con las herramientas de que dispone, es decir, cámara y actores.

Porque sí, la realización de Álex de la Iglesia es impecable y consigue algunos planos hilarantes e inolvidables (por cierto, atentos al humor negro que impregna los títulos de crédito iniciales), pero la labor de los actores es sencillamente indescriptible. Hablar de Carmen Maura (Volver) o Terele Pávez (Nudos) sería reincidir en dos grandes actrices que son capaces de llenar la pantalla con una simple mirada. En realidad, los que sorprenden son Hugo Silva (En fuera de juego) y Mario Casas (Carne de neón), este transformándose en un macarra de tres al cuarto cuya cobardía sale a relucir cuando se menciona el nombre de su novia. La labor de ambos, sobre todo el segundo, permite pensar que tienen bastantes más registros de los que hasta ahora se les ha confiado, y abre las puertas a futuras interpretaciones que les permitan crecer en su campo. Por no mencionar la presencia de Carlos Areces (Extraterrestre) y Santiago Segura (Torrente 4), tal vez lo más hilarante y paródico del conjunto.

Esto no impide, sin embargo, que el final no termine siendo una absoluta entrega al estereotipo puro y duro. Toda la originalidad y crítica social (muy marcada, sobre todo al comienzo) que desprende Las brujas de Zugarramurdi hasta ese momento desaparece para dar rienda suelta a los efectos y la acción desmedida, desvirtuando en cierto modo todo lo conseguido hasta entonces. Claro que para ese momento poco importa, pues las sensaciones dejadas hasta entonces duran incluso varias horas después de que se enciendan las luces de la sala. Sobre todo lo que se desprende de esa especie de epílogo final: que los hombres, por mucho que conozcan la verdadera naturaleza de las mujeres, están condenados a tropezar en los mismos errores. Ante esto, la pregunta que cabe hacerse es: ¿Quién sale peor parado de la película? ¿Los hombres o las mujeres?

Nota: 7,5/10

‘Elementary’, originalidad en formato tradicional en la 1ª temporada


Lucy Liu y Jonny Lee Miller protagonizan 'Elementary', en la que también aparece Natalie Dormer.Sherlock Holmes está de moda, y no es de extrañar. Las series de televisión, y más concretamente las de género policíaco, han modernizado los pilares básicos de un personaje capaz de resolver los crímenes más extraños a partir de pruebas y la lógica deductiva que se esconde tras ellas. Los ejemplos cinematográficos más recientes son, sin duda, las dos entregas sobre el personaje dirigidas por Guy Ritchie (Lock & Stock). En la pequeña pantalla el último caso es Elementary, una original producción creada por Robert Doherty (serie Médium) que sigue las clásicas pautas de complejos casos combinadas con cierta comicidad pero que aporta conceptos realmente novedosos para un personaje que tiende a anquilosarse en un estereotipo muy definido.

Dichos conceptos son fundamentalmente dos. El primero es la traslación de la acción a la ciudad de Nueva York, desubicando a un personaje que prácticamente no ha salido nunca de Inglaterra en un contexto diametralmente distinto. Decir simplemente que la acción cambia de escenario (y de época, pues transcurre en la actualidad) sería hacer un flaco favor al desarrollo dramático del protagonista, interpretado en general con acierto por Jonny Lee Miller (Trainspotting). En realidad, todo obedece a un mapa conceptual mucho más complejo que se resuelve al final de esta primera temporada compuesta por 24 episodios. Holmes sigue siendo británico, adicto y extremadamente desquiciante en la forma de seguir sus pesquisas, y la obsesión, la tragedia y las drogas de su pasado es lo que le hace acudir a la Gran Manzana. Un pasado, por cierto, que se desvela de forma progresiva a medida que la relación con su inseparable socio adquiere mayor consistencia, y que está marcado por la pérdida de un ser querido (Natalie Dormer).

Bueno, en realidad no es socio, sino socia. A diferencia de la historia original, el personaje de John Watson es en esta ocasión Joan Watson (Lucy Liu), y el motivo de su unión no es fortuito, sino que obedece a la necesidad de abstinencia del protagonista. Es este tal vez uno de los aspectos más originales del conjunto, y sin duda lo que le aporta un mayor interés. La relación entre Holmes y Watson, algo débil al inicio, se fortalece a medida que la segunda se implica más en el trabajo del primero, creando una sinergia entre ambos que deriva en una dependencia mutua no del todo reconocida por las partes. El hecho de introducir un contexto tan dramático como la drogodependencia y la lucha contra ella fortalece sobremanera el interés por la relación de los protagonistas y ofrece a la historia un arma de doble filo que pende siempre sobre ambos personajes.

En el fondo, es esta relación la que sostiene todo el argumento, al menos hasta el final de esta primera temporada. Mirando más allá de ambos, la forma de abordar las tramas episódicas en forma de crímenes irresolubles por la policía se antoja excesivamente esquemática y arquetípica, siempre contando con un par de pistas falsas antes de la acertada, y normalmente con unos delitos comunes pero enrevesados. En este sentido, por ejemplo, Castle ofrece un mayor abanico de posibilidades dentro de las similitudes entre ambas producciones, que no son pocas, a la hora de presentar con originalidad los casos a resolver. Por no hablar del papel secundario de los personajes de Aidan Quinn (La misión) y Jon Michael Hill (serie Detroit 187), dos roles que podrían dar mucho más de sí y que no terminan de adquirir el protagonismo que se merecen.

Holmes y sus mujeres

Mención aparte merece la conclusión de estos primeros 24 episodios. Antes mencionábamos que la relación entre Holmes y Watson es el pilar fundamental de la producción, pero no lo es menos la forma en que las tragedias del pasado del protagonista le persiguen. En cierto modo, ambos elementos están muy relacionados a través de las drogas. Ese pasado, como no podía ser de otro modo, tiene un único nombre: Moriarty. He de confesar que es el único personaje, además del propio Holmes, que sobresale en la mitología que rodea al investigador privado. Un criminal cuya inteligencia iguala, si no supera, la del personaje de Miller, y que en Elementary se convierte en una especie de genio criminal cuya red se extiende por todo el mundo y a todos los niveles.

Los últimos capítulos, como decimos, explotan la presencia de este personaje hasta convertirlo en una obsesión del propio espectador, buscando en cada secundario, en cada personaje episódico, el rostro del famoso criminal. Sin desvelar demasiados datos, solo diremos que la resolución es mucho más sencilla y, al mismo tiempo, más original que cualquier rebuscada hipótesis sobre el origen del archienemigo. Curiosamente, la mayor novedad se encuentra en que es una mujer, en consonancia con el cambio de sexo del personaje de Watson. Se rompe con esto el tabú que parecía haberse impuesto en torno a la vida de Holmes en la que no hay cabida para las mujeres, al menos no de forma íntima.

Y al igual que ocurre con el caso del inseparable compañero médico, el hecho de que el villano sea una mujer abre un abanico de posibilidades dramáticas enorme, pues a las tradicionales motivaciones económicas, políticas o de poder que acompañan a Moriarty se suman las emocionales que pueden surgir tanto entre héroe y villano como entre villano y secundarios. Un abanico que, a diferencia de lo que pueda pensarse viendo la resolución del episodio final, no se ha cerrado, pues como se menciona en varias ocasiones a lo largo de la serie, Moriarty tiene ojos y oídos en todas partes. Con un personaje así, ¿alguien duda de que pueda escaparse de cárceles, trampas y juicios?

Desde luego, Elementary perdería buena parte de su atractivo para la segunda temporada si el personaje de Moriarty no sobrevaolara amenazadora sobre los casos a resolver. Unos casos que si bien son necesarios para el desarrollo de la relación entre Holmes y Watson, auténtico corazón de la producción que debe ser desarrollado coherentemente en la segunda parte de la serie, no pueden convertirse en el leit motiv de los personajes so pena de que la serie pierda la frescura que le ha aportado los cambios hechos en la clásica historia del investigador. Y es que el impacto de trasladar a Holmes a Nueva York y de convertir a Watson en una mujer ya ha pasado. Ahora toca desarrollar el interesante sustrato planteado.

Diccineario

Cine y palabras

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