‘Winchester: La casa que construyeron lo espíritus’: mansión sin alma


Hubo una época en la que las historias de casas encantadas eran capaces de aportar algo diferente al género de terror. Habitualmente, los espíritus servían (y sirven) como vehículo para explorar el pasado de los personajes, para abordar su relación con el otro mundo, redimir sus pecados y aceptar los hechos traumáticos de su vida para poder continuar con su futuro. Y aunque esto resulta interesante, el problema es que esta modalidad del género de terror no ha sabido, salvo honrosas excepciones, evolucionar hacia algo más.

Y ese es el principal hándicap de Winchester: La casa que construyeron los espíritus. El film, que parte de la leyenda en torno a  la viuda del creador de los rifles y armas de repetición Winchester, se desinfla a medida que va enseñando sus cartas, en un desarrollo dramático que tiene como único atractivo el reparto de actores. La cinta, a pesar de un inicio interesante, no es capaz de ofrecer al espectador un mínimo de originalidad, salvo tal vez la idea de que cada habitación de esa surrealista mansión es una recreación del espacio en el que murieron personas por una bala disparada por un Winchester.

Sin embargo, esta premisa queda rápidamente enterrada bajo un arco argumental previsible, carente de giros argumentales interesantes y, sobre todo, sin un desarrollo de personajes coherente o claro. Salvo el personaje interpretado por Jason Clarke (Mudbound), cuyo pasado es necesario conocer para poder dar cierto sentido al film, el resto de personajes están simplemente delineados con trazo grueso, sin llegar a explicar nunca por qué, por ejemplo, el pequeño es el único poseído por los espíritus. Da la sensación de que la cinta da por sentados determinados comportamientos precisamente por ser heredera de muchos otros films anteriores de similares características, pretendiendo que esto sea justificación suficiente para superar unos agujeros narrativos notables.

Aunque parezca contradictorio, todo esto no convierte a Winchester: La casa que construyeron los espíritus en una mala película. Lo que hace es catalogarla como un film más bien irrelevante, que encierra en sí mismo muchas posibilidades pero que no es capaz de explorarlas. El guión se limita a recorrer escenarios y situaciones conocidas. La apuesta visual de The Spierig Brothers (Daybreakers) es plana, sin espíritu. Tan solo los actores salvan un producto que no aporta nada.

Nota: 5,5/10

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‘Piratas del Caribe: La venganza de Salazar’: abandonen el barco


Construir una saga sobre una primera película sencillamente brillante es difícil. Muy difícil. Pocos son los casos en los que una segunda parte supera a la primera. Y lo más normal es que la calidad evolucione inversamente proporcional a la espectacularidad de las historias. La serie ‘Piratas del Caribe’ es uno de los mejores ejemplos modernos, pero su última entrega ofrece, además, una curiosa visión de lo que significa abandonar el barco, nunca mejor dicho.

Y no porque sea una mala película… al menos no la peor de las cinco. Sin embargo, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar emana despedida en cada fotograma. Su propia historia viene a terminar con un concepto recurrente en prácticamente todas las cintas, y es la maldición que suele afectar al villano de turno. Historia, por cierto, que cada vez es más repetitiva, utilizando una estructura que no por insistir resulta igualmente efectiva. Existe un cierto hastío en ver cómo Jack Sparrow (un Johnny Depp que está perdiendo la gracia) pierde su barco, lo recupera, logra vencer al malo contra todo pronóstico y se embarca en una nueva aventura, todo ello botella en mano y con un equilibrio un tanto desequilibrado.

Los problemas de esta entrega dirigida por Joachim Rønning y Espen Sandberg (Kon-Tiki), cuya marca tras las cámaras se limita casi a las escenas en tierra firme, no se ciñen exclusivamente a la estructura dramática. Los personajes veteranos parecen estar de paso en un guión con toques cómicos pero que pierde fuerza por momentos, y los nuevos roles, llamados a tomar el testigo, no terminan de encajar en su pálido reflejo de lo que un día fueron Orlando Bloom (Zulu) y Kaira Knightley (Laggies). Y aunque Javier Bardem (El consejero) consigue hacer interesante un personaje pintado con brocha gorda, lo cierto es que su mera presencia no es suficiente para cargar sobre su espalda todo el peso narrativo y dramático.

Al final, Piratas del Caribe: La venganza de Salazar (que alguien me explique el porqué de este nombre cuando el original –Los muertos no cuentan cuentos– es mucho más atractivo y se menciona en la propia película) se convierte en una simple y llana aventura, incapaz de ofrecer nada más que un broche final más o menos digno a muchos de los personajes que durante años han surcado las salas de todo el mundo haciéndose con un botín que todavía sigue aumentando. Espectáculo, por supuesto. Diversión, bastante asegurada. Interés, poco. Originalidad, más bien nada. Y a pesar de todo, parece que la Perla Negra seguirá surcando los mares.

Nota: 6,5/10

La 5ª T. de ‘Grimm’ tantea la religión en un nuevo escenario dramático


'Grimm' tiene cada vez más ayuda en su lucha contra el mal en la quinta temporada.Habrá que esperar, al menos, a la sexta temporada de Grimm para saber en qué medida beneficia o perjudica la decisión de introducir la religión en la ecuación, pero por ahora lo que no cabe duda es que la quinta temporada de esta serie creada por David Greenwald (serie Ángel) ha puesto a la producción en un nivel inusitadamente dramático, alejándose cada vez más de las tramas episódicas sin demasiada conexión entre ellas y apostando por una historia compleja, plagada de tramas secundarias y con giros narrativos al menos interesantes.

Estos últimos 22 episodios han sido, además, un soplo de aire fresco en muchos aspectos. Sin ir más lejos, la trama principal ha avanzado a pasos agigantados para definir de forma más precisa el papel de cada personaje en la trama, sobre todo esa especie de Guerra Fría entre los roles de David Giuntoli (Caroline and Jackie) y Sasha Roiz (Pompeya). Su relación, que desde la primera temporada ha estado marcada por una especie de acuerdo bilateral de no agresión, queda ahora quebrado ante la necesidad de que la historia evolucione. Dicho de otro modo, cambia de forma lógica, aunque tal vez haya tardado algo más de lo que debería.

Aunque sin duda lo más relevante es la introducción de un componente religioso (al menos teóricamente) en la estructura dramática de Grimm. Lo que hasta ahora había sido una especie de adaptación fantástica de los, por otro lado también fantásticos, cuentos de los hermanos Grimm, ha pasado ahora a ser una especie de lucha entre el bien y el mal, entre los monstruos y los elegidos por un poder superior. Sería difícil entender de otro modo el hecho de que lo que busca el protagonista haya estado protegido por templarios, escondido bajo una iglesia y que parezca extraído de la Biblia. Por el momento su presencia en la historia no ha sido excesivamente prolífica, aunque sí sumamente determinante, por lo que es más que evidente que tendrá relevancia de aquí a varios capítulos.

Y es ahí donde reside una de las mayores complicaciones de la serie de cara al futuro. La evolución del protagonista interpretado por Giuntoli ha sido notable, incluso ejemplar en muchos aspectos. Esta quinta temporada ha sido un contundente golpe dramático al introducir no solo el dolor de una pérdida, sino la confusión, la ira, el odio y la irracionalidad de muchas decisiones. Le han convertido en un rol más humano en un mundo más bien monstruoso, en un rol con el que identificarse en una historia fantástica que perfectamente podría haberse acomodado en una estructura policía tradicional con un componente de ficción. En lugar de eso, la historia ha sabido avanzar, con sus limitaciones, con sus defectos y sus virtudes. La presencia de la religión y de un objeto capaz de cambiar ese equilibrio, de no utilizarse correctamente, podría acabar con este trabajo.

De entre los muertos

La quinta temporada de Grimm es además un buen ejemplo de cómo esquivar los problemas de una hipotética mala decisión. El final de la anterior temporada dejaba en el aire la presunta muerte del personaje de Bitsie Tulloch (The artist), sin duda un giro argumental más que notable que habría dirigido la serie hacia terrenos más oscuros, más dramáticos. Esas posibilidades quedan en el olvido cuando el rol vuelve a aparecer al inicio de la presente etapa. Y de nuevo se recuperan gracias a la estructura dramática de esos primeros episodios.

En efecto, el orden de los factores en esta ocasión es determinante. Novia aparentemente muerta, compromiso paterno, nueva chispa romántica. Este desarrollo, y no otro, es el que ofrece al espectador una evolución coherente (al menos todo lo coherente que puede ser) de las emociones y la situación que vive el protagonista. La complejidad y lo difícil de sus decisiones convierten a este héroe en un personaje más humano, sobre todo si lo relacionamos con lo mencionado hasta ahora y con las diferentes tramas secundarias, que enriquecen notablemente el conjunto.

Se puede decir que la evolución dramática de la serie ha quedado intacta, en todo caso adquiriendo una mayor complejidad que, aunque empieza a rozar el melodrama, se aborda de tal forma que tiene un sentido narrativo sólido y atractivo. En medio de todo esto, el personaje de Reggie Lee (Safe), punto irónico en muchos momentos, se convierte ahora en un aliado con habilidades “especiales” cuya evolución es una incógnita, siendo como es foco de todo tipo de eventualidades.

En definitiva, esta quinta temporada de Grimm puede entenderse de dos modos: o como continuación de lo visto hasta ahora, con una mayor profundización en el drama y en los aspectos más oscuros de la trama, o como la puerta a un camino sensiblemente diferente, con elementos que hasta ahora parecían haberse dejado a un lado. En realidad, es un poco de ambas. La mezcla, realizada con inteligencia y prudencia, funciona a la perfección y mantiene el nivel alcanzado en temporadas anteriores, a veces incluso superándolo.

6ª T. de ‘The Walking Dead’ (I), la necesidad de un primer acto


Andrew Lincoln vuelve a convertirse en Rick Grimes en la sexta temporada de 'The Walking Dead'.Ahora que comienza la segunda parte de la sexta temporada de The walking dead es un buen momento para repasar lo que ha sido esa primera mitad de temporada con los ya tradicionales 8 episodios. Y como dice el título de este texto, la trama de estos capítulos podría entenderse como el primer acto de algo, presumiblemente algo gordo, que está por llegar. Los que hayan leído el cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore sabrán que ese “algo” tiene por nombre Negan, por lo que esto podría entenderse como la calma antes de la tormenta. Sin embargo, y como suele pasar en la serie, esa calma es mucho más.

Una de las principales características de la serie, y también uno de los aspectos que más críticas levanta, es la necesidad que tiene la trama de estar constantemente presentando conflictos internos de los individuos ante un contexto que les ha convertido en seres absolutamente desconfiados. El final de la quinta temporada evidenció el extremo al que había llegado su protagonista, un Andrew Lincoln (Los seductores) que ha hecho suyo un personaje complejo y lleno de claroscuros. Y el comienzo de esta sexta lo que viene a demostrar es la necesidad del ser humano de confiar los unos en los otros para poder sobrevivir, incluso cuando eso ponga en peligro nuestras vidas.

Y es precisamente esto lo que se aborda en esta primera parte de The walking dead. No se trata de volver a ver a un grupo acomodado dentro de un perímetro; no se busca un enfrentamiento interno por celos o luchas de poder (aunque algo hay). Es, simple y llanamente, volver a empezar, crear una familia más grande de lo que estábamos acostumbrados. Esa línea argumental, explicada claramente en el octavo episodio, sustenta tanto los conflictos que se desarrollan como las decisiones que toman los personajes, algunos más débiles y otros más fuertes, como es lógico.

Ahora bien, habría que preguntarse cuál es el objetivo de establecer esta línea argumental en una mitad de temporada, cuando es algo que podría abordarse a lo largo de toda una temporada, e incluso de varias. La respuesta está, de nuevo, en Negan, ese personaje que, aunque no se menciona por su nombre, ya parece tener presencia en varios episodios. La presencia futura de este enemigo obliga a la trama a resolver los problemas internos del grupo, al menos los más llamativos. Una especie de primer acto dramático en el que los personajes son presentados, en el que se sientan las bases del posterior desarrollo y en el que ya se establece un primer punto de giro, como demuestra ese octavo episodio.

De lobos y hombres, otra vez

Y si el final de la quinta temporada de The walking dead ponía de manifiesto que el protagonista y su grupo habían cambiado, convirtiéndose en una suerte de lobos para el resto de individuos, en estos ocho episodios se incide cada vez más en otro tipo de lobos humanos, aquellos que precisamente llevan la W (wolf, lobo en inglés) en su frente. Un grupo despiadado, acostumbrado a matar y a coger todo lo que quieren o necesitan. Su presencia, aunque excesivamente arbitraria e intermitente, sí es una forma de introducir poco a poco a los enemigos más importantes de esta serie de zombis, que no son otros que los propios humanos.

Su presencia, unido al gran arco dramático de esta primera parte (el rebaño de zombis dirigiéndose a la ciudad), es el auténtico desencadenante de todos los aspectos de la historia. Algo que también es habitual en la serie, por cierto. El ataque a la ciudad, sin ir más lejos, es lo que provoca tanto nuevas alturas de miras en varios personajes como la aparición de miedos, iras o desconfianzas. Es decir, de una mayor carga dramática. Unido a la incógnita de conocer a quién obedecen, la ignorancia sobre la identidad de los atacantes incrementa el carácter desconcertante y aterrador de su aparición en escena.

Pero no hay que olvidar que es una serie de zombis, y como tal debe tener zombis. Y sé que suena redundante y hasta absurdo, pero muchas veces puede dar la sensación de que es más importante lo que ocurre entre los personajes que lo que ocurre a su alrededor. Y en cierta medida, ese es el gran atractivo de esta serie. Pero los momentos más violentos, viscerales y sangrientos de la ficción también tienen su relevancia, y en esta primera parte alcanzan cotas notables. Baste mencionar la aparente muerte de Glenn (un cada vez más sólido Steven Yeunn, visto en Orígenes) como uno de los momentos más salvajes, o el final del último episodio, todo un ejemplo de tensión dramática y de gancho narrativo.

A primera vista, a muchos les parecerá que la primera etapa de la sexta temporada de The walking dead es, como argumentarán, tan lenta como muchos pasajes de la serie. Pero un vistazo más en profundidad permite apreciar algo más. Mucho más, mejor dicho. El desarrollo dramático de las relaciones entre los nuevos y los conocidos personajes posee algunos de los mejores momentos vistos en esta ficción, y ofrece una vía de trabajo narrativo muy interesante al conjugar la transformación de Rick (más salvaje y dispuesto a todo) con los todavía neófitos habitantes de Alejandría. El pasado y el presente de Rick Grimes parecen fundirse en uno entre los muros de esta ciudad. Todo para esperar el infierno que está por llegar.

2ª T. de ‘Resurrection’, explicar lo inexplicable con la religión


'Resurrection' ha sido cancelada en su segunda temporada.Hay producciones que parecen perseguir un desarrollo inconexo, irregular y algo caótico. Muchas veces es debido a los personajes, que entran y salen de la trama casi sin justificación aparente. Otras es simplemente que la trama no logra ahondar lo suficiente en los conflictos. Y otras se produce porque el objetivo último resulta, cuanto menos, ilógico con el tratamiento dado a la historia. Esto último es lo que podría achacarse a Resurrection, serie que ha terminado en su segunda temporada y que ha dejado un sabor de boca agridulce al encontrar una explicación simplona y poco coherente con el desarrollo visto en la primera entrega.

Es cierto que los primeros episodios de esta serie creada por Aaron Zelman (serie Daños y perjuicios) a partir de una novela de Jason Mott planteaban una compleja maraña de historias, secretos, pasados y mentiras que había terminado por debilitar el sentido general de la ficción, pero estos nuevos 13 capítulos, lejos de solventarla, ha empeorado la situación. A pesar de que ha sabido centrarse en los personajes principales y ha dejado de lado las historias secundarias (una medida necesaria para encarrilar el argumento), la explicación al fenómeno de los resucitados ha resultado ser el peor remedio, eliminando por completo cualquier aspecto de suspense o thriller dramático que pudiera existir en la producción.

Y no me refiero simplemente al hecho de recurrir a la religión para explicar que los muertos vuelvan a la vida, sino a todo lo que eso conlleva. Choques religiosos, referencias bíblicas, apocalipsis, Satanás, … En fin, toda una suerte de justificaciones que rompen con lo establecido anteriormente, sobre todo porque no logra explicar algunos de los fenómenos vistos en la primera temporada, como el hecho de que haya gente que resucite cuando sus huesos ni siquiera existen ya. El hecho de que la segunda temporada de Resurrection enfoque sus esfuerzos hacia este camino impide, además, que se desarrollen plenamente algunas de las tramas secundarias que hubieran nutrido de forma interesante la historia principal. No me refiero con esto a historias de personajes secundarios, sino a las líneas argumentales propias de cada uno de los protagonistas.

De este modo, lo que esta segunda temporada logra es un desarrollo casi por inercia, sin plantear excesivos conflictos ni pretender profundizar en las ideas ya expuestas, sustituyéndolas por otras nuevas plagadas de puntos de giro aparentemente dramáticos pero que no generan el dinamismo necesario para evitar caer en la tentación de la desidia. Y eso es algo que se nota incluso en el reparto, que deambula por la serie sin rumbo fijo, sin creer en sus propios personajes y con una notable falta de frescura a la hora de afrontar los momentos más dramáticos de la ficción. Solo algunos aspectos como el conflicto familiar parecen desmarcarse del tono general de la trama, algo que se debe fundamentalmente a Michelle Fairley (serie Juego de tronos). Aunque la palabra clave es “parecen”, pues en realidad esta diferenciación se basa sobre todo en la entereza con la que afronta Fairley su personaje; en el momento en que pierde esa cualidad dicho conflicto cae por su propio peso.

Arreglar el futuro

La verdad es que la segunda temporada de Resurrection no aporta aspectos realmente interesantes a los planteamientos de sus primeros episodios. No se trata tanto del enfoque religioso que se da a la trama como la forma en la que se aborda dicho enfoque. Si durante la primera temporada los personajes luchaban contra sus propios demonios y debían hacer frente a sus debilidades, ahora se convierten en meras marionetas de un desarrollo que casi no les tiene en cuenta, salvo tal vez para convertirles en héroes o villanos en su tercio final. Se ha pasado, por tanto, de una confluencia excesiva de tramas, personajes y conflictos a una reducción religiosa de todos esos conflictos, poniendo al apocalipsis y al hijo del diablo como paraguas para soportar todo el peso de la historia.

Como puede apreciarse, el problema no reside tanto en la religión como en la forma de utilizarla. Básicamente, lo que propone no cuadra con lo desarrollado en la primera temporada, por lo que el espectador se encuentra ante una especie de Deus ex machina que todo lo puede y que elimina todo rastro de lo que pudiera existir con anterioridad. El problema es que, al ser cancelada tras esta segunda temporada, no puede saberse si estos planes eran los originales para la temporada o si se ha visto obligada por las circunstancias. Lo cierto es que de todo este caos en que se convierten los 13 episodios es justo rescatar la fortaleza de sus responsables para tratar de dar un cierre a la historia, incluso aunque este sea incongruente.

Es una forma de arreglar el futuro, o al menos de intentar dejar las principales historias lo suficientemente atadas como para plantear un desarrollo a posteriori de esta historia bajo otros parámetros. Es, más o menos, lo que se desprende de la secuencia final de la serie. Desde luego, es loable el esfuerzo, no así el resultado. Comparando con otras producciones que han sido canceladas sin previo aviso y que han dejado sus tramas a medio terminar, al menos la ficción de Zelman logra componer una idea fuerza final que puede dar una cierta coherencia al desarrollo de la segunda temporada a pesar de que ésta no tenga mucho sentido si se compara con la primera. Dicho de otro modo, se evita un mal mayor.

Resurrection es una de esas series que demuestran la teoría de que muchas producciones nacen simplemente con una premisa inicial y sin un desarrollo dramático estudiado, elaborado y planificado. Soy consciente de que se basa en una novela, pero esto no deja de ser una adaptación y, por tanto, tiene vida propia. Solo hay que mirar al fenómeno de Juego de tronos. No, el problema de la serie ha sido su falta de objetivos, su poco interés en desarrollar correctamente unos personajes que podrían haber dado algo más de sí y, sobre todo, culpar a la religión, que en este caso no es capaz de explicarlo todo.

‘Insidious: Capítulo 3’: demasiado susto para tan poca atmósfera


Dermot Mulroney y Stefanie Scott protagonizan 'Insidious: Capítulo 3'.El riesgo que corre cualquier continuación cinematográfica es caer en los mismo tópicos que su predecesora sin aportar, al menos, un aliciente en forma de espectacularidad, complejidad dramática o sorpresa. En este particular mundo de las secuelas el cine de terror suele salir muy mal parado, repitiendo fórmulas que funcionan hasta el punto de destruirlas por aburrimiento. Y eso es lo que le ocurre, a grandes rasgos, a la tercera parte de Insidious, uno de los films más terroríficos de los últimos años que, con esta entrega, se ve obligada a recurrir al final feliz para tratar de dar un nuevo sentido al poco esperanzador final de la original.

Planteada como una precuela centrada en el personaje interpretado por Lin Shaye (Algo pasa con Mary), la cinta vuelve a recurrir a aquellos elementos que han dado fama a la serie de películas, incluida la representación de ese mundo de los espíritus en forma de la más absoluta oscuridad. Y gracias a ello, y en cierto modo al buen recuerdo de sus predecesoras, la película arranca con fuerza, sin apenas dar un momento de respiro al espectador y planteando las bases de lo que posteriormente será el desarrollo de la trama. Pero por desgracia se queda en eso, en un buen comienzo. A medida que se desarrolla el arco dramático principal protagonizado por el rol de Stefanie Scott (Sin compromiso) la película echa mano de tópicos sustos y secuencias hipotéticamente aterradoras para adentrarse en un manido terreno del terror.

Dicho de otro modo, lo que comienza siendo una cinta de terror atmosférico y casi claustrofóbico se queda al final en un mero film de sustos, acción y fantasmas a cada cual más desagradable. Y dicho de otro modo también, esta tercera parte pierde la esencia de lo que dejaron las dos entregas anteriores. Olvidadas quedan esas secuencias en las que todo tipo de personajes, vivos y muertos, se mueven en las diferentes profundidades del plano, una de las señas de identidad de la saga y, sin duda, uno de los elementos más angustiosos de la trama. Además, la incorporación del ente maligno de las dos primeras partes se antoja forzada, como si existiera la necesidad de relacionar esta tercera parte con las anteriores a través de un malo de turno, al estilo de las clásicas sagas de los años 80.

Lo cierto es que la mano de Leigh Whannell como director debutante se nota, y en algunas ocasiones es demasiado evidente. A pesar de que el guión es suyo, al igual que el de las anteriores entregas, la historia carece de la fuerza que se podría esperar. Esto no quiere decir que no asuste, al contrario. Pero a diferencia del original, recurre a efectos de sonido y apariciones “inesperadas”, obviando en muchas ocasiones la atmósfera y la realización tan características de la saga. Algo que, por cierto, reafirma a James Wan, director de la primera y la segunda entrega, como un director con una visión única. Una conclusión algo mediocre para una saga que ha dado inolvidables momentos de terror.

Nota: 5,5/10

‘El maestro del agua’: el azúcar del café


Olga Kurylenko y Russell Crowe en un instante de 'El maestro del agua'.Las óperas primas de los directores suelen tener un punto en común. La mayoría de ellas son meros vehículos para demostrar la calidad del discurso narrativo que tienen con la cámara. Y eso es básicamente lo que puede encontrarse en la primera obra de Russell Crowe (Una mente maravillosa) tras las cámaras; eso sí, enriquecido con la experiencia como actor y con un trasfondo humano muy interesante.

A grandes rasgos, El maestro del agua ofrece poco desde el punto de vista de la narración. Sin demasiados giros argumentales, la búsqueda de este granjero australiano que viaja a Turquía para buscar a sus hijos muertos en la batalla de Galípoli (o de los Dardanelos) durante la I Guerra Mundial es una sucesión de secuencias, de diálogos sobre la pérdida, la esperanza y el amor. Visto así, el film puede entenderse como un tedioso ejercicio en el que lo único que se salvan son sus actores y la labor de Crowe como director, quien demuestra una caligrafía visual pulcra y con cierta fuerza en los momentos más dramáticos (aunque no tanta como cabría esperar).

Sin embargo, aquellos que quieran buscar algo más profundo, como de hecho hace el protagonista al inicio del relato, se encontrarán con una serie de ideas notables, algunas realmente reflexivas que dotan al relato, y por extensión al conflicto bélico que narra, de un significado matizado. El hecho de que, por ejemplo, el único que ayuda al protagonista sea su máximo enemigo da una idea de los lazos que unen a los hombres y que les lleva a enfrentarse en un conflicto bélico. Igualmente, los contrastes culturales entre occidente y oriente, y los efectos que una guerra tiene en todos los bandos, son otros temas que hacen al relato más sólido de lo que se aprecia a simple vista.

De este modo, El maestro del agua se convierte en un film que esconde bajo su superficie más de lo que aparenta. Visualmente tradicional, con un ritmo constante pero sin giros argumentales destacables, las ideas que lanza invitan al espectador a reflexionar sobre numerosos temas que van desde el choque de culturas hasta las relaciones humanas. Es, por hacer un símil con la propia película, como el café que se utiliza para tomar todas las decisiones. Puede parecer amargo, pero todo depende de la cantidad de azúcar que se le eche.

nota: 6,5/10

[REC], o la apuesta por el suspense en una historia de zombis


Manuela Velasco vive una pesadilla en [REC].Cuando en 1999 se estrenó El proyecto de la bruja de Blair nadie, o casi nadie, podía ser consciente de la corriente formal y narrativa que se iniciaba. Y no precisamente porque la película fuera buena o generase una serie de momentos inolvidables para el espectador. El motivo por el que ha pasado a formar parte de la Historia del cine no es otro que su estilo amateur, su forma de transmitir la sensación de que estamos ante un documento veraz y, sobre todo, por la forma en que supo aprovechar las por entonces incipientes técnicas digitales de promoción y difusión. Unos años después, en 2007, llegaba la que es, sin duda, una de las mejores representantes de dicho estilo, denominado en Estados Unidos ‘found footage‘. Se trata de la española [REC], dirigida por Jaume Balagueró (Frágiles) y Paco Plaza (Romasanta, la caza de la bestia), título que supuso el pistoletazo de salida para una de las mejores sagas que ha dado el género de terror español en años (hasta tuvo su remake americano, Quarantine) y que llega a su fin en su cuarta entrega estrenada estos días.

Su argumento, como suele suceder con estos falsos documentos audiovisuales, comienza de forma inocente e incluso tediosa. Una reportera de una canal de televisión realiza un trabajo de corte social siguiendo la vida de un grupo de bomberos durante una noche. La rutina se interrumpe cuando reciben el aviso de acudir a un edificio. Al llegar allí vecinos y policía alertan de unos gritos en uno de los pisos en el que vive una anciana. La situación cambia radicalmente cuando la anciana les ataca. Será a partir de entonces cuando el caos se adueñe poco a poco de los inquilinos del edificio, que pronto es sellado por las autoridades ante la alerta de un brote químico o biológico que pueda infectar la ciudad. A medida que pasa la noche los inquilinos se irán infectando con un extraño virus que les mata y les resucita convirtiéndoles en seres rabiosos. La única solución parece encontrarse en el ático donde, según los vecinos, no vive nadie.

Dejando a un lado el carácter fantástico y terrorífico de la propuesta, una de las mejores bazas de [REC] fue el realismo que supo imprimirle a su historia, contada casi siempre a través de la cámara de televisión que acompaña a la protagonista, una por entonces poco conocida Manuela Velasco (El club de los suicidas) que se convirtió de este modo en una de las reinas del terror español. Un realismo que puede apreciarse en el desarrollo de la trama ajena por completo al carácter puramente fantástico de la propuesta. La forma en que los personajes afrontan su ignorancia de los acontecimientos es lo que realmente permite un crecendo en la tensión dramática que se apodera de las secuencias, generando mayores conflictos entre los personajes y, por extensión, una mayor angustia que, todo hay que decirlo, se nutre de acontecimientos como el aislamiento o los pocos y confusos momentos en que se ve a los infectados.

El manejo del suspense por parte de Plaza y Balagueró es lo que convierte al film en un modelo dentro del género, y sin duda es lo que lo distingue del resto de secuelas, que inciden en otros aspectos de este artificial microcosmos menos dramáticos y más visuales. En este sentido es importante señalar que el uso de la cámara en mano y de ese estilo subjetivo y poco académico potencia notablemente el sentido de la película. El espectador solo ve lo que la cámara permite ver, por lo que los acontecimientos que se suceden en otras localizaciones solo pueden llegar a oírse o suponerse. Esto remite, una vez más, a esa idea ampliamente analizada de que el mayor terror lo produce aquello que no podemos ver, o lo que es lo mismo, la imaginación es la mejor forma para meter el miedo en el cuerpo. Por supuesto, en este caso la imaginación tiene una inestimable ayuda en forma de infectados que, aunque entre penumbras, gritos y movimientos de cámara bruscos, logran verse lo suficiente como para impactar al espectador.

La clave Medeiros

Decir que [REC] es una película de zombis se ajustaría poco a la realidad, tanto por el tratamiento de los infectados como por el propio estilo audiovisual del film. Y es que a diferencia de otros films modernos del género, su apuesta decidida por generar una atmósfera opresiva, malsana y notablemente angustiosa a medida que avanza la trama recuerda más a los inicios de este tipo de cine, si bien es cierto que los componentes de denuncia social desaparecen casi en su totalidad. Más que los ataques de esos zombis, lo realmente relevante del film reside en los conflictos que se crean entre los que sobreviven, condenados a estar encerrados en el vestíbulo de su propio edificio. Los recelos que surgen entre ellos, los problemas derivados de los roces de la convivencia y la molesta presencia de una cámara que, como siempre se la ha definido, es un testigo que refleja lo mejor y lo peor del ser humano, hacen que la película se olvide en muchos momentos de la verdadera amenaza, que adquiere un papel secundario o, si se prefiere, de ambiente.

Ya he dicho antes que la película es un constante viaje en el que la tensión va en aumento, motivado tanto por los acontecimientos narrados como por la visión única y limitada de una cámara al hombro. Empero, la verdadera clave del éxito de la película estriba en un clímax tan impactante como indescriptible. Prueba de ello es que la criatura que lo protagoniza, la niña Medeiros (Javier Botet, quien también se puso bajo el maquillaje de Mamá en 2013), ya forma parte del imaginario colectivo. Su papel, limitado prácticamente a los últimos minutos del relato, da un giro fundamental a la trama, que hasta ese momento especulaba siempre con una infección de origen animal. Las revelaciones que se encuentran en el ático, escenario de dicha conclusión, revierten por completo el sentido de la historia, lo que no hace sino consolidar la idea de suspense que se había mantenido a lo largo de los minutos anteriores.

Pero es que además Balagueró y Plaza se reservan para ese clímax el que es el momento más impactante del film; una de esas secuencias con mucho ruido y muchas nueces que en su momento hizo a muchos saltar de sus butacas, yo entre ellos. Y la forma de lograrlo es de lo más sencilla: dar el siguiente paso en el estilo que hasta ese momento se venía trabajando. Esto quiere decir que si la cámara había sido la única ventana que el espectador tenía a lo que estaba sucediendo dentro del edificio, ahora dicha cámara se veía limitada por la ausencia de luz, recurriendo a la visión nocturna que, ya de por sí, genera inquietud suficiente aunque lo que se vea sea una película de dibujos animados. Ese final en verde, con ojos brillantes y un foco mucho más concreto en el centro de la cámara dota a todo, escenario y protagonistas, de un cariz antinatural, como si los personajes se adentrasen en un mundo distinto regido por esa niña Medeiros cuya primera aparición deja sin aliento. Este giro formal al más difícil todavía otorga al film un carácter distinto, más tétrico e indudablemente más trágico, sobre todo por el modo en que termina la historia.

Desde luego, [REC] puede y debe ser considerada como un film imprescindible dentro del cine de género en España, y no por convertirse en un film de zombis nacional, sino por su capacidad para llevar más allá ese nuevo estilo de found footage gracias al uso inteligente de la cámara y de la iluminación, manejando en todo momento las claves del suspense por encima del terror más visceral. Lo que realmente sobrecoge no son los infectados o quien muere antes o después, sino la situación que viven los personajes encerrados en ese edificio y condenados a vivir juntos para sobrevivir, algo que como deja clara la película es harto complicado. El giro formal de su último cuarto es la prueba más palpable de esa apuesta por el suspense, que adquiere su máxima expresión al nutrirse del miedo más visual posible. Tal vez sea pronto para considerarla un clásico, pero su influencia sobre el imaginario colectivo y el cine posterior es innegable.

Conflictos sociales, miedos comunistas y zombis en ‘La noche de los muertos vivientes’


La década de los años 60 del siglo pasado alumbró el nacimiento de una nueva criatura cinematográfica. Si los vampiros eran definidos como los no-muertos, en 1968 los muertos vivientes hicieron acto de presencia gracias a un joven director de 28 años llamado George A. Romero. La noche de los muertos vivientes fue el pistoletazo de salida para un género que ha sabido evolucionar con los años y que, en 2012, nos deja la tercera entrega de la magnífica saga española [REC].

Es justo aclarar que la temática zombi ya existía unos años antes de la llegada de Romero, si bien no tenía el carácter sangriento y visceral que adquirió con el paso del tiempo. En 1943 se estrenaba Yo anduve con un zombie, que abordaba este personaje desde el mundo del vudú. Asimismo, en las mismas fechas en que se estrenaba la película del director de Atracción diabólica llegaba a las carteleras La legión de los hombres sin alma, que incluía mad doctors, amores prohibidos y experimentos antinatura, pero pocas entrañas.

Pero si han existido tantas formas de afrontar el mundo de los muertos vivientes, ¿por qué la película de Romero se ha convertido en un referente cultural capaz de poner la primera piedra a todo un universo? La respuesta tiene muchas caras, pero la más importante tal vez sea el mensaje social que escondía la película. La noche de los muertos vivientes narra las peripecias de un grupo de personas que deben encerrarse en una casa ante el despertar de los cadáveres y su hambre de carne humana. Uno de los aciertos del film es, precisamente, el protagonismo de los personajes y los conflictos que viven entre ellos. Siendo uno de los protagonistas de raza negra, la confrontación está servida, sobre todo teniendo en cuenta las fechas en las que se realizó. Una confrontación, por cierto, que se agrava con la aparición de otro personaje racista y muy conservador, y que adquiere tintes dramáticos con el descorazonador final.

El contexto social no sólo deja entreverse en los problemas raciales de Estados Unidos durante esa década. El hecho de que los zombis se muevan como autómatas, con el único objetivo de comerse a los vivos, era un reflejo del miedo y la lucha contra el comunismo que obsesionaba a los norteamericanos. Si bien en años posteriores la amenaza se reflejó como una infiltración en el sistema, en estos años una masa que parece movida por un solo pensamiento superior trata de “devorar” al librepensamiento, que a su vez debe lidiar con sus propias miserias.

Esto, empero, son solo algunos de los elementos. Lo revolucionario de la película, a nivel artístico y visual, llegó con las impactantes, aunque escasas, escenas sangrientas. Si bien el relato apuesta más por la tensión (que la tiene, y mucha) y por la angustia ante la amenaza de la intrusión en la casa, cuenta con numerosas perlas sanguinolentas que han influido en el diseño de posteriores criaturas. Una mujer comiendo un brazo, un muerto viviente con media cara descompuesta, … En este sentido, tal vez lo más impactante sea el personaje de una niña que, infectada por el virus, muere poco a poco hasta que se transforma. El hecho de introducir un cambio tan radical de la inocencia infantil a la monstruosidad de los zombis fue todo un hallazgo que, de un modo u otro, se ha repetido en numerosas ocasiones.

Cabe añadir otro elemento que ha definido este subgénero que se mueve entre el terror y el slasher, y que antes hemos mencionado. El virus que provoca la pesadilla en la que se ven envueltos los protagonistas simplemente se menciona, es decir, es una mera excusa argumental. Así como en incursiones anteriores los zombis tenían un origen mágico, en La noche de los muertos vivientes “se cree” que el causante es un virus; el resto se deja a la imaginación del espectador. Un elemento que, por desconocido, resulta enormemente atractivo, y que ha permitido crear todo un universo de estas criaturas cuyos orígenes son de lo más diverso.

El padre de los zombis

George A. Romero ha pasado a la historia como el padre del género, y no será por falta de películas que lo demuestren. El éxito tan abrumador que tuvo esta primera película le llevó a continuar con esta historia, evolucionando no tanto en la complejidad de las historias (todas tenían componentes similares) sino en el mundo creado y cada vez más infestado de muertos vivientes. Entre proyecto y proyecto, en 1976 rueda Zombi, en la que un grupo de personas se ve acorralada en un centro comercial por estas criaturas. Cabe decir que Zack Snyder (300) realizó un remake en 2004 que en España se tituló Amanecer de los muertos.

Cada vez más interesado en el tema, Romero ha rodado un total de seis títulos de esta particular saga, descendiendo en calidad y aumentando en violencia. A los dos ya mencionados se suman El día de los muertos (1985), donde se llega a presentar a un zombi inteligente capaz de hablar, pensar y leer; La tierra de los muertos vivientes (2005), cuya principal novedad, además de la adecuación a los nuevos tiempos y la tecnología, es que los zombis caminan por debajo del agua; El diario de los muertos (2007), que se enmarca dentro del estilo de cámara casera de los últimos años; y La resistencia de los muertos (2009), último título de la serie y, por ahora, de su filmografía.

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