El miedo racial a los alienígenas de ‘Distrito 9’ y su crítica social


Sharlto Copley protagoniza 'Distrito 9', primera película de Neill Blomkamp.No es esta la primera vez que me reafirmo en la idea de que la ciencia ficción es uno de los mejores vehículos para denunciar determinados aspectos de la sociedad moderna. El reciente estreno de Elysium es un muy buen ejemplo de esto, pero es superado por el primer film del propio director, Distrito 9 (2009). Sin grandes actores pero con una carga emocional y social apabullante, Neill Blomkamp compone una crítica al sistema de clases sociales y al problema racial de Sudáfrica (con una fuerte referencia al apartheid) en una película que casi con toda probabilidad se convertirá en un clásico del género.

Lo más importante de la película, al igual que le ocurre a la protagonizada por Matt Damon (El caso Bourne), es que su historia, a pesar de los componentes fantásticos, es cercana, directa y sencilla. Los alienígenas han llegado a la Tierra, pero lejos de conquistarla se han visto atrapados como una especie de inmigrantes ilegales en Johannesburgo. En esta situación los gobiernos han creado unos campos de refugiados para que puedan vivir y reproducirse hasta que vuelvan a su planeta. Se les controla, se les vigila y se les tolera poco. En medio de todo esto un empleado público se ve envuelto en una situación que le abrirá los ojos ante las actitudes de una y otra especie.

Antes mencionaba que no tiene grandes actores. Y es cierto. Pero eso no impide que no haya grandes nombres apoyando el proyecto. Peter Jackson (El señor de los anillos. La comunidad del anillo) fue el peso pesado que le abrió muchas puertas al proyecto, al menos de forma inicial. La realidad es que la película posee argumentos propios para defenderse solita sin necesidad de apoyos o de famosos avalistas. Su dramatismo, cuyo pilar fundamental es el desarrollo argumental, se agudiza con cada uno de los elementos formales del conjunto, desde una realización pseudo documental (que tuvo un importante aliado en la campaña viral iniciada en Internet) hasta unos efectos digitales maravillosos, pasando por una fotografía que sabe captar las emociones del protagonista en su proceso de transformación.

Suele decirse en todo manual de guión que el personaje principal no puede terminar el viaje exactamente igual que lo empieza. En el caso del protagonista, interpretado por un entonces desconocido Sharlto Copley (y bendito descubrimiento, la verdad), dicha transformación se produce en dos claros niveles muy relacionados. Por un lado su transformación moral, en la que la intolerancia, el miedo a lo desconocido y ese rechazo inconsciente generado por el entorno social dan paso a la comprensión, la necesidad de ayuda y, porqué no, el miedo a lo que es capaz de hacer el ser humano cuando no comprende algo. Esta transformación, y ese es otro de los aciertos del film, también tiene lugar en el espectador, quien encuentra muchos momentos extrañamente familiares, más o menos como ocurre en Elysium.

Pero por otro hay una transformación física. No voy a contar aquí en qué consiste ni cómo se produce. Simplemente señalar que esa transformación es, por así decirlo, similar a lo que podría ocurrirle a un ciudadano medio que se vea de repente perdido en un lugar donde sus habituales recursos han desaparecido, en el que se le confunde con uno más de esos “indeseables” y se le trata como tal. Consiste, en pocas palabras, en sufrir en carne propia la actitud que se tiene con el prójimo, ese miedo racial que en esta ocasión consiste en evitar convertirse en algo que siempre se ha tratado como una amenaza. Y eso que el personaje de Copley no es necesariamente malo, sino simplemente incapaz de denunciar injusticias por un miedo social extrañamente instaurado.

Un drama muy humano

Acabo de darme cuenta de que, a pesar de ser una cinta sobre alienígenas, no les he mencionado prácticamente nada. Tampoco es extraño, Distrito 9 es de todo menos una cinta de alienígenas al uso. Si se ha elegido este contexto es porque el contraste entre humanos y extraterrestres es más evidente que entre humanos con distinto tono de piel. En este sentido, se podría decir que la cinta es en realidad un drama humano y social, una historia de desesperación y soledad, de supervivencia y esperanza, que podría encuadrarse en cualquier época y situación. No debería pasarse por alto tampoco el hecho de que los aliens se parezcan a los insectos, sin duda una representación de la mentalidad de muchos individuos de épocas oscuras la lucha por la tolerancia.

Es en esta línea en la que hay que interpretar la película de Blomkamp. El acabado técnico es impecable, no cabe duda, pero su fortaleza estriba en el desarrollo dramático de ese cambio, de ese proceso de abandono y rechazo por una sociedad a la que se consideraba propia y que sin embargo devora y ataca todo aquello que es incapaz de entender o respetar. Es soberbia la forma en la que el personaje de Copley, quien por cierto está inmenso en el rol, comprende poco a poco que está solo y que su única salida es ayudar a aquellos a los que antes vigilaba. No tanto en las secuencias de acción o de investigación como en los momentos más íntimos de su soledad, aquellos en los que su reflejo en un espejo le devuelve la cruda realidad de que su vida nunca volverá a ser la misma.

Empero, hay esperanza. Ese es otro de los múltiples mensajes que atesora el film. A pesar de todo lo que le sucede, a pesar de sobrevivir a ataques y persecuciones, la esperanza de que logre su objetivo siempre prevalece. Incluso cuando ese impactante plano final deja poco margen para ese tipo de emociones, Neill Blomkamp se las ingenia para aportar luz a ese oscuro túnel. En cierto modo, es lo que se desprende en todo momento de la raza alienígena, y lo que sin duda se respira en las zonas de Johannesburgo representadas en el relato. Con esa forma de narrar tan directa y sencilla, aquí con el formato de falso documental, el realizador logra transmitir todo aquello que queda plasmado sobre el papel y lo que subyace de muchos de los diálogos.

Todo ello convierte a Distrito 9 en una película perfecta, descubriendo a un director con una visión crítica y una capacidad de entretenimiento muy poco comunes. Su aspecto documental otorga a la historia un mayor dramatismo, incluso contrarrestando el hecho de que los alienígenas estén en medio de todo. Sin embargo, y como decíamos antes, esta no es una historia de invasiones y luchas. Es un drama humano, la búsqueda de una solución que no parece existir o que no se quiere aplicar. Es la comprensión de lo que hay al otro lado, de ese miedo a lo desconocido que solo provoca una innecesaria escisión cuya ausencia podría solucionar muchos de los problemas en el mundo. Entender la película como una más de ciencia ficción sería un error. Su valor, y por lo que se convertirá en un clásico, reside en comprender los absurdos motivos del conflicto racial que asola a la raza humana desde que el mundo es mundo.

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‘El hipnotista’: el drama del cine negro de personajes


Mikael Persbrandt es 'El hipnotista', de Lasse Hallström.Que un director cuya carrera se ha movido siempre entre dramas, romances y comedias decida de repente dar un giro y atreverse con un thriller genera ya de por sí un interés propio. Si ese director es Lasse Hallström (Chocolat), aún más. Cualquier aficionado que siga su filmografía de forma más o menos asidua comprenderá que un autor al que le gusta desarrollar hasta el detalle a sus personajes tiene todo un filón en la novela negra proveniente del norte de Europa que está tan de moda desde la saga Millennium. Y la verdad es que El hipnotista es un film de personajes. Tanto que eclipsa por momentos la trama.

De hecho, se podría decir que hay dos películas en una. Por un lado, la investigación de un brutal asesinato cuya única pista radica en los recuerdos de un joven en estado de shock incapaz de hablar. Por otro, el drama personal de un antiguo médico cuya carrera se vio truncada por una falsa acusación y cuyo matrimonio pasa por sus peores momentos después de una severa crisis. La primera disfruta de sus minutos al comienzo y al final, dejando toda la parte central de las poco más de dos horas para el profundo desarrollo de la segunda. El problema es que ambas apenas se nutren entre sí, llevando al espectador a perder el interés de una intriga que, por otro lado, se resuelve de forma algo brusca, casi como si de un ‘deus ex machina’ se tratara.

Eso sí, los personajes quedan perfectamente definidos. Poco preocupan los quebraderos de cabeza de una investigación que parece no llevar a ningún lado ante los conflictos emocionales de cada uno de los protagonistas, todos ellos encuadrados en un arquetipo de personaje. Por ejemplo, el policía solitario entregado a su trabajo, la madre frustrada y desesperada ante la situación que vive (una Lena Olin, por cierto, algo excesiva) o la investigadora que compagina trabajo y familia de forma ejemplar. Todos ellos conforman un paisaje dramático que, en otra situación y con otro argumento, podría haberse convertido en uno de esos dramas que tanto le gustan a Hallström. Pero no hay que olvidar que estamos ante un thriller, un cine negro cuyas reglas, incluso las particulares del género europeo, están aquí reducidas a su mínima expresión.

El hipnotista se convierte así en una intriga de personajes, en una historia sobre cómo unos individuos normales y corrientes unidos por la tragedia afrontan sus dudas y sus propios conflictos morales. Poco importa el desarrollo de la investigación y cómo esta afecta a los implicados más directos. De hecho, más o menos a mitad de metraje se dan las pistas suficientes para imaginarse un más que posible desenlace, lo que no evita alguna que otra sorpresa final. El propio director ha afirmado que esta película era un experimento personal en el que intentaba aunar ambos elementos: thriller y personajes. El resultado, sin ser malo, no llena lo que podría esperarse.

Nota: 6/10

El conflicto terrícola-alienígena, centro de la trama de ‘Superman II’


El hombre de acero debe enfrentarse a tres enemigos con similares poderes en 'Superman II'.El estreno de El hombre de acero ha vuelto a poner en boca de todo el mundo el que posiblemente sea el superhéroe más importante de todos los tiempos. Aquellos que estén relacionados con el personaje y el mundo de los cómics sabrán que no es la primera vez que la historia contada en la película dirigida por Zack Snyder (Amanecer de los muertos) es llevada al cine. A su modo, y con los medios de la época, Superman II (1980) ya presentó en sociedad al General Zod y sus seguidores, el romance entre Superman y Lois Lane, … La intrahistoria de esta película, dirigida oficialmente por Richard Lester (Robin y Marian) y oficiosamente por Richard Donner, autor del original de 1978, es ampliamente conocida, por lo que desde Toma Dos abordaremos principalmente el carácter de su historia, mucho más dramática que la de la primera parte.

En efecto, mientras que la primera entrega centraba sus esfuerzos en desarrollar los aspectos emocionales de un personaje que, a priori, es una figura perfecta (algo que se encuentra en el reinicio de la saga), esta segunda parte opta por el conflicto entre la naturaleza alienígena y la terrestre en el personaje de Superman (que también hallamos en la cinta de 2013). Un conflicto que queda reflejado en la relación con el interés romántico del protagonista (interpretado de nuevo por Margot Kidder) y en la amenaza representada por los tres rebeldes de Krypton liderados por el personaje de un magnífico Terence Stamp (El halcón inglés). Todo ello bajo un prisma que, sin perder el sentido del humor que tenía la primera cinta, aporta una mayor seriedad a la hora de abordar muchas de las secuencias, en buena medida por el menor protagonismo de Lex Luthor, de nuevo con los rasgos de Gene Hackman (La conversación).

Posiblemente el aspecto más intimista se encuentre en las decisiones relacionadas con Lois Lane. Si en la película dirigida por Donner Superman retrocedía el paso del tiempo para salvar a la protagonista, en esta ocasión renuncia a sus poderes para evitar que sea atacada por unos rivales que parecen no tener ningún punto débil. En este sentido es imposible no remarcar la labor de Christopher Reeve (El pueblo de los malditos) como Superman y como Clark Kent, en una doble interpretación que fue, más que en ninguna otra ocasión, el trabajo sobre dos personajes diferentes. Al perder sus poderes, el protagonista pierde también parte de su esencia, de su carácter, dejando vía libre a un alter ego más apocado, tímido y torpe. Dicha transformación, el mejor elemento del conjunto para el que esto suscribe, supone la mayor debilidad y al mismo tiempo la mayor fortaleza del personaje. Las emociones es lo que le llevan a convertirse en un humano más, pero es también lo que le aporta el valor suficiente para enfrentarse a sus enemigos incluso sin sus poderes.

Aunque como no podía ser de otro modo, en Superman II debe existir un conflicto externo, una lucha física contra un poderoso enemigo. Dicha lucha está reflejada en tres habitantes de su planeta natal, soldados rebeldes y encarcelados en un vacío denominado ‘Zona fantasma’, cuyos poderes al llegar a la Tierra son exactamente los mismos. La dualidad entre humano y extraterrestre se acentúa más que nunca en los diálogos relacionados con las razas y en el hecho de que el personaje de Stamp busque la humillación del protagonista antes que su muerte. No se trata, por tanto, de una lucha a muerte entre el bien y el mal (cosa que sí ocurre, por ejemplo, en El hombre de acero), sino en un control de uno sobre el otro, y por extensión de una raza sobre otra. La decisión del héroe, lógica por otro lado, es la que acentúa los conflictos interno y externo que ya hemos mencionado.

Destrucción e ingenio

Uno de los elementos de la versión de Zack Snyder que más comentarios ha generado es esa especie de orgía final de efectos digitales, combates aéreos y acción extrema que desencadena el combate entre héroe y villano. A su modo, y salvando las distancias de épocas y medios disponibles, la segunda parte de la saga protagonizada por Reeve posee igualmente un alto grado de destrucción. Se pueden poner ejemplos como los de la Casa Blanca o el pueblecito al que llegan Zod y sus seguidores al inicio, pero sin duda lo más interesante transcurre en el combate en la ciudad. Autobuses destrozados, carteles luminosos cayendo sobre inocentes, peleas en el aire, golpes contra edificios y suelos, … Prácticamente todo lo que a un seguidor de Superman se le puede ocurrir se produce en ese combate en el que el protagonista se encuentra en inferioridad numérica.

Empero, uno de los elementos más destacados de la película es la forma de resolver el conflicto, o lo que es lo mismo, la forma de derrotar a tres enemigos cuyas cualidades son exactamente las mismas que las del protagonista. A diferencia del nuevo Superman, que recurre más a la fuerza, el personaje de Reeve recurre a su ingenio, una evidencia más de que el cine está evolucionando hacia la espectacularidad visual más que hacia la lógica argumental. Dado que la trama se centra en la dualidad entre hombre y extraterrestre, entre la vida corriente y los poderes, Richard Lester opta por una estratagema para eliminar los poderes de los villanos, única forma de derrotarlos.

Esta muestra de ingenio ante un rival que supera en número y en fortaleza confirma la idea de que Superman es, ante todo, un personaje humano, un superhéroe cuyo máximo recurso se halla en su capacidad para afrontar desafíos incluso en las peores situaciones, y cuyos poderes no son más que una ayuda en determinadas ocasiones. Un final, pues, que desequilibra la balanza de las dos naturalezas del protagonista hacia el lado terrícola, y más concretamente hacia los Estados Unidos si tenemos en cuenta una de las secuencias finales en las que aparece colocando la bandera sobre la Casa Blanca.

Si Superman fue una historia sobre los sentimientos que caracterizan al ser humano y cómo estos influyen en las decisiones de un personaje tan poderoso como el superhéroe icono de DC CómicsSuperman II ahonda en la dualidad que existe en este personaje, en su necesidad de alcanzar los parámetros de una vida humana normal y corriente. Una dualidad tratada de un modo mucho más serio, más dramático si se prefiere, y encarnada en los principales personajes secundarios. En ambos casos, sin embargo, lo que define al personaje son las emociones, los sentimientos que controlan sus decisiones.

El western crepuscular se traslada a Inglaterra en ‘Perros de paja’


Hay veces en que uno se pregunta qué ha ocurrido para que, después de varios años, haya podido ver aquella película, aquella serie que tantas ganas tenía de poder disfrutar. Cosas del destino, de la falta de tiempo o de la prioridad de otros títulos, lo cierto es que hasta ayer no pude ver y disfrutar con tranquilidad esa obra maestra llamada Perros de paja (1971) dirigida por Sam Peckinpah y protagonizada por un irreconocible Dustin Hoffman. La trama, de la que se hizo un remake hace relativamente poco, narra la espiral de violencia a la que se ve sometido un matemático norteamericano que se muda con su mujer a un pueblecito inglés. Lo que comienza como una tensa relación con algunos vecinos del lugar se torna en una auténtica lucha por la supervivencia y por los principios morales.

Peckinpah es considerado como el director de la violencia, y es un calificativo que no pasa de moda. A pesar de los realities, el nuevo cine de terror o la brutalidad de algunos thrillers actuales, las obras de este director mantienen intacto un carácter frío, calculadamente tenso y un gusto por los momentos violentos que no existe ahora mismo. No hay que confundir, empero, con la cantidad de sangre por plano que se puede ver en sus relatos. Más bien al contrario, la sangre es la justa y necesaria. Es la sensación de predestinación, de saber que al final todo va a tener que resolverse por la fuerza, lo que aporta la carga dramática y una violencia intelectual implícita a todos sus films.

La mayor parte de los cinéfilos conoce a este director por dar forma al western crepuscular, un subgénero en el que los pistoleros viven sus últimos años de vida en medio de la revolución que supuso el ferrocarril. En este sentido, Perros de paja puede considerarse un título más dentro de esta categoría, trasladado a la Inglaterra de los años 70 del siglo XX y sin unas figuras en el ocaso de su vida como protagonistas. Momentos como los silencios en el bar del pueblo, los desafíos al más puro estilo western, o la secuencia final de asedio a la casa recuerdan poderosamente al desarrollo de un relato de vaqueros y forajidos.

Pero lo que más llama la atención es el cambio que experimenta el personaje principal. Si en títulos como Grupo salvaje (1969) o Pat Garrett y Billy el niño (1973) la violencia es un rasgo esencial en los personajes, el interpretado por Dustin Hoffman (quien ha confesado más de una vez aceptar el papel exclusivamente por dinero) es un hombre pacífico, un intelectual que trata de resolver todo por la vía diplomática. En efecto, dado lo poco que Hoffman se prodiga en la violencia (incluso su participación en la serie Luck la evita a toda costa) sorprende el cambio que se produce en él, casi hasta volverle irreconocible.

Renunciar a los principios

 Ese es, precisamente, una de las cuestiones más interesantes de todas las que plantea el film. El protagonista sufre humillaciones y amenazas que soporta estoicamente en un intento por acercar posturas con sus nuevos vecinos. En todo momento, su objetivo es mantenerse fiel a sus principios, a la idea de que en el mundo civilizado no tiene cabida la violencia. Pero… ¿qué hacer cuando dicho camino no tiene salida? ¿Cómo defender la vida de aquello que queremos sólo con palabras? Peckinpah arroja la idea de que, para salvaguardar la integridad física y moral de cada uno es necesario renunciar a dicha moralidad y entrar en el juego de la violencia, la fuerza y la agresividad. Claro que, en este caso, lo hace con la inteligencia propia de un matemático, otorgando ventaja frente a la inferioridad física y numérica.

Esta quinta película de Sam Peckinpah supone una vuelta de tuerca al concepto de acoso social. Con unas interpretaciones sobresalientes, el film estructura los momentos de tensión y drama con una capacidad de atracción que no logran muchos thrillers actuales. Algunas secuencias, como el momento en el que todo el pueblo se reúne en una fiesta de la iglesia (y donde uno de los personajes revive una traumática situación producida un momento antes), se marcan a fuego en la retina del espectador, evidenciando la brutalidad sin parangón que encubre la actual sociedad, donde algunos siguen tomando aquello que quieren mientras el resto… se queda cazando.

La filmografía del director de Quiero la cabeza de Alfredo García (1974), vista en su conjunto, es toda una reflexión sobre la violencia, los valores que genera y la forma en que cambia a los hombres. En este sentido, es significativo el aspecto tanto visual como emocional de Hoffman en la última secuencia del film, una vez cumplido su propósito. El personaje es otro totalmente distinto, más decidido, seguro de lo que quiere y cómo pretende conseguirlo, al que poco o nada le importa lo que le ocurra a la gente que deja atrás o que le ha traicionado.

Sam Peckinpah es conocido por haber redefinido el género western, y en este sentido Perros de paja no es una excepción. Si La guerra de las galaxias es considerada un western intergaláctico, la película protagonizada por el actor de El graduado es un western social, por decirlo así. Y aunque sus personajes se encuentren en la flor de la vida, en cierto modo también están al final de un ciclo vital, pues después de lo visto a lo largo de las casi dos horas que dura el film, el antiguo yo de los protagonistas ha desaparecido de forma irremediable.

La primera película de… Johnny Depp: ‘Pesadilla en Elm Street’


Han tenido que pasar casi tres décadas para que Johnny Depp, actor muy de moda gracias a Los diarios del ronSombras tenebrosas (Dark Shadows), sea considerado como uno de los profesionales más polifacéticos y mejor valorados por crítica y público del séptimo arte. Casi tres décadas desde que, en 1984, tuviera la ocasión de debutar a las órdenes del maestro del terror, Wes Craven, en uno de los iconos del género, Pesadilla en Elm Street.

El papel de Depp, sin embargo, no fue excesivamente largo. Algo similar a lo que ocurría con Kevin Bacon y su aparición en otro título legendario, Viernes 13. Dado que el protagonismo recaía en una veinteañera Heather Langenkamp (Shocker, 100.000 voltios de terror) y, por supuesto, en el asesino de los sueños Freddy Krueger interpretado por el mítico Robert Englund (el lagarto bueno de la serie V), el resto de personajes se convertían en una excusa como otra cualquiera para mostrar diferentes formas de matar, a cada cual más sangrienta. Si de algo puede enorgullecerse el protagonista de Eduardo Manostijeras es de que su personaje tuvo una de las muertes más atroces del film.

Pero más allá de todo esto, Pesadilla en Elm Street se ha convertido con los años en todo un referente cultural. Cierto es que al igual que actualmente el cine de terror pasa por el falso documental y el torture porn, durante las décadas de los 80 y 90 hubo una obsesión por los ‘serial killers’, los asesinos en serie de carácter más o menos sobrenatural cuyas actividades siempre iban contra la vida de unos jóvenes que les atacaban, bien de forma directa o indirecta.

Sin embargo, la obra maestra de Craven da un paso más para revelarse como una cinta sobre la venganza, sobre el peso de los errores del pasado y cómo estos afectan tanto a los padres como a sus hijos. En efecto, el modus operandi de Krueger, que ha hecho del mundo onírico su fortaleza, consiste en asesinar a los hijos para hacer sufrir a los padres que un día le quemaron ante las sospechas de que abusaba de niños. Mientras que otros asesinos de la época se movían por puro instinto asesino (sus motivaciones fueron cambiando con los años), el criminal quemado de Elm Street sólo vive para hacer sufrir a los que le asesinaron.

Trasfondo onírico

Desde luego, uno de los elementos claves y más originales de la película es el mundo onírico en el que se producen los asesinatos, y que fue explotado y desarrollado hasta la extenuación en posteriores entregas (hasta cinco continuaciones y un remake). Un mundo que, además, bebe de diferentes ideas que también se han desarrollado en diversos relatos, incluyendo otra obra de referencia como es Matrix: si mueres en los sueños, mueres en la realidad.

Y aunque lo que trasciende de esta primera aparición de Johnny Depp (por cierto, uno de los mejores del reparto) en la pantalla grande son, por supuesto, los crímenes, la película se engrandece gracias a los mitos de los que se nutre, y a las diversas ideas morales y psicológicas que plantea la historia. El asesino de la garra es un monstruo, pero… ¿quién le convierte en lo que es? En el fondo, ¿quienes son los responsables de que clame venganza? Y sobre todo, ¿está justificada la decisión de los padres de encerrar a un hombre en una nave y prenderla fuego?

Aun con el lastre de ser considerada como “una más de terror”, Pesadilla en Elm Street es una de las pocas cintas que se elevan por encima de otros productos de la época (no digamos ya de secuelas o títulos nacidos bajo el ala de ellos) gracias principalmente a un personaje principal creado por Craven pero engrandecido por Englund. Es más, hasta el remake parecía difícil imaginarse a otro actor dando vida a un ser tan maléfico como irónico, tan cruel como sádico, que no duda en hacer sufrir a sus víctimas a través de una persecución sin sentido en la que tanto gato como ratón saben cuál va a ser el resultado final.

Con todo, es evidente que la película no es apta para todos los estómagos. Todos los elementos ya citados no evitan que la trama camine por la senda del terror y la violencia, y en esto también fue una de las pioneras. El mundo onírico en el que se producen las muertes (y donde, por cierto, Krueger es inmortal) da pie a unos momentos verdaderamente impactantes en el mundo real, con jóvenes que se despiertan con heridas, camisones que se desgarran solos o, como le ocurre a Johnny Depp, desapareciendo literalmente dentro de una cama para salir convertido en un chorro de sangre.

Pocas películas provocaron el efecto de Pesadilla en Elm Street. Y es que en su momento (y, posiblemente, a más de un adolescente que se considere inmune a sus efectos) muchos chicos y chicas tuvieron problemas para dormir durante algunos días. Al fin y al cabo, buena parte de la trama transcurre en las aulas, donde las posibilidades de dormirse eran altas y las de sobrevivir realmente bajas.

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