‘El niño 44’: sin crimen en el paraíso


Gary Oldman y Tom Hardy en un instante de 'El niño 44', de Daniel Espinosa.En una época cinematográfica en la que el apartado técnico ha alcanzado casi la perfección distinguir una buena película de otra mala es una ardua tarea. Hay excepciones, claro está, pero por regla general el lenguaje narrativo o los efectos visuales son similares de un film a otro. Ante esto, solo queda analizar la esencia, aquello por lo que siempre comienza una película: el guión. Puede ser repetitivo, pero con casos como la nueva película de Daniel Espinosa (Dinero fácil) es más que evidente que sin un buen guión nunca, jamás, podrá haber una buena película. Y un pequeño matiz: un mal guión no implica necesariamente malos personajes o situaciones inverosímiles.

No, un mal guión queda definido por su desarrollo dramático, por el tratamiento que hace de las líneas principal y secundarias de la trama. Y en esto falla estrepitosamente El niño 44, una suerte de thriller que deambula sin objetivo claro durante buena parte de su metraje en un intento por ofrecer al espectador algo más que la mera investigación de una serie de asesinatos en un entorno, el de la URSS, en el que no podían existir este tipo de crímenes por ser una enfermedad capitalista. Mal planteada desde el principio (para explicar la situación de los personajes no es necesario desarrollar secuencias completas), la película no posee un objetivo claro. Las revelaciones y los puntos de giro parecen ubicados en puntos de la trama equivocados, lo que genera una serie de desajustes alarmantes. Por poner un ejemplo, desde que se produce el primer asesinato hasta que el protagonista decide ponerse a investigar se suceden una serie de tramas secundarias que poco o nada aportan al thriller, salvo para convertirlo en un relato de envidias y corruptelas en el seno de la Unión Soviética. Y eso son unos 30 minutos.

Lo cierto es que lo mejor, y lo que salva un poco los muebles, es su reparto, que hace lo que puede con unos personajes poco definidos, básicos en sus motivaciones y que muchas veces actúan por instinto más que por unos objetivos claros. Cabe señalar en este sentido que los personajes secundarios son unos de los más damnificados por el mal diseño del guión, que les condena a tener presencia minoritaria a pesar de estar llamados a jugar un papel más relevante. Es lo que ocurre cuando la historia no fluye de forma natural, cuando se trata de obligar a los personajes y al propio desarrollo dramático a ir por un cauce en lugar de dejar que todo discurra por otro.

La verdad es que El niño 44 es un quiero y no puedo. Su intención de abarcar un sinfín de matices que definan el contexto social en el que transcurre la historia genera, en realidad, tantos desarrollos como historias tiene la película. Quizá la más absurda sea la persecución a homosexuales, sin relación alguna con los asesinatos y de una gratuidad asombrosa. Todos los problemas surgen, no cabe duda, de su mal elaborado guión, en el que las secuencias no solo no fluyen de forma orgánica, sino que están mal estructuradas. La cinta logra salvar en cierto modo su situación gracias a los actores y a una realización que, todo sea dicho, tiene un lenguaje interesante en algunos momentos que contrastan con otros caóticos y de caligrafía ininteligible. Las intenciones son buenas, pero aunque se trate de ocultar el crimen en el paraíso, las pruebas son tan evidentes que no queda más remedio que reconocer el delito.

Nota: 5/10

Anuncios

‘Caza al asesino’: un engaño de vida o muerte


Javier Bardem y Sean Penn protagonizan 'Caza al asesino'.No sé si será por el atractivo del reparto. No sé si será por los tráilers, que no tienen reparos en engañar al público con tal de que eso se traduzca en más ingresos. Ni siquiera sé si será por el género cinematográfico. El caso es que hay películas que generan en el espectador unas expectativas muy distintas a las que realmente es capaz de satisfacer. Cuando dichas expectativas son bajas, el resultado es más que satisfactorio. Cuando dichas expectativas son altas, la decepción es directamente proporcional.

Toda esta reflexión viene a cuento de Caza al asesino, thriller de acción que, podría pensarse, es un vehículo para que actores de la talla de Sean Penn (Mi nombre es Harvey Milk) o Javier Bardem (Come Reza Ama) puedan dar el máximo y crear una intriga sólida, plagada de recovecos narrativos y con un desenlace apasionante. Pero ni lo uno ni lo otro. Sí, los actores, todos en su conjunto, están espléndidos. Lo cierto es que no se esperaba menos. El problema es que la historia es tan endeble que ni siquiera ellos son capaces de sustentarla.

El desarrollo dramático de la cinta dirigida por Pierre Morel (Venganza) es sumamente irregular. Sus intentos por equilibrar acción con historia resultan fallidos desde el momento en que la trama se afana en resolver de la forma más larga e innecesaria posible el triángulo amoroso en el que se ven envueltos Penn y Bardem. Este punto de inflexión, unido a otros fenómenos como unos diálogos poco creíbles o una intermitencia en el ritmo, es indicativo del carácter del film, al que le sobran muchos minutos y le faltan muchas más secuencias de acción.

Que lo más interesante de Caza al asesino sea un diálogo que transcurre poco antes de que comience el tercer acto es muy sintomático. Sus errores no se constriñen, por tanto, a un problema formal, a una mala realización o a un guión con personajes excesivamente tópicos. No, el verdadero problema de la cinta de Morel es de fondo, de concepto. El guión es incapaz de dotar de realismo a los personajes, algo que por desgracia se filtra a la labor del reparto, que hace lo que puede. Y para colmo, las historias secundarias apenas influyen en el devenir de la historia principal, lo que crea un vacío narrativo que no se completa con nada. No sé si será cosa de las expectativas, pero lo cierto es que la cinta no caza al espectador.

Nota: 4/10

‘The killing’ termina con una 4ª T apresurada que busca el final feliz


Mireille Enos y Joel Kinsman investigan un nuevo caso en la cuarta temporada de 'The killing'.Ha sido una de las series más interesantes de los últimos años. Sin embargo, su futuro siempre ha estado en vilo, siendo cancelada y renovada en varias ocasiones. Pero finalmente en este 2014 la cuarta y última temporada de The killing ha visto la luz, y como si de un fiel reflejo de lo que ocurre allende las fronteras de la ficción, los seis episodios con los que Veena Sud (serie Caso abierto) cierra los flecos que quedaron sueltos en la anterior temporada son, cuanto menos, irregulares, sobre todo en lo que respecta a sus protagonistas.

Y es que el principal motivo de esta especie de apéndice de la serie está pensado desde el principio para narrar qué ocurre con los dos policías después de descubrir la identidad del asesino de la tercera temporada. Para ello han sido necesarias muchas luchas en despachos y un cambio de productora (Netflix, responsable de Orange is the new black, es la encargada de este colofón). Y como no podía ser de otro modo, existe un asesinato, aunque la necesidad de acotarlo a media docena de capítulos resta complejidad a la trama. Además, el hecho de que buena parte del componente dramático esté relacionado con el final de la anterior etapa genera más expectación sobre los propios protagonistas que sobre el crimen en sí.

Protagonistas, por cierto, que sufren una serie de procesos emocionales de lo más errático. Tanto Mireille Enos (Sabotaje) como Joel Kinnaman (RoboCop) mantienen intactas las bases de sus personajes, pero Sud les lleva por un camino peligroso. Cuando uno sufre una crisis, el otro se mantiene firme. Y viceversa. Da la sensación en muchos momentos de estar ante una especie de toma y daca emocional en el que ninguno gana, lo que desdibuja sensiblemente a los personajes y, por extensión, el corazón de The killing. Buena parte de la responsabilidad de todo esto recae en el hecho de que ni el caso que investigan permite una obsesión como la de temporadas anteriores (por mucho que pretendan introducirlo con calzador en esa especie de relación materno filial con el sospechoso) ni genera los puntos de vista dispares entre los dos policías.

La problemática principal proviene, sin duda, de la longitud de esta cuarta temporada. La complejidad que tradicionalmente han tenido los personajes va en relación a la complejidad de los asesinatos que investigan. Tratar de introducir todo eso en apenas seis episodios es tarea imposible, y el resultado lo demuestra. Las intrigas policiales del asesinato se intuyen desde aproximadamente el tercer episodio; los dilemas morales que se extienden desde la temporada anterior se abordan de forma rápida y algo burda (dicho de otro modo, pierden los papeles demasiado rápido); y la resolución de ambas líneas argumentales se produce por una especie de deus ex machina disfrazado de uno de los personajes más importantes de la primera temporada.

Un final ‘made in Hollywood’

Aunque si algo bueno tenía The killing era su poco respeto por las estructuras tradicionales de Estados Unidos. Nutriéndose de la influencia del original (Forbrydelsen), la serie había sido capaz de crear unas complejas líneas argumentales en las que casi todos los personajes eran sospechosos de algo. En este sentido, sus responsables optaron por un desarrollo ajeno al “final feliz” tradicional de Hollywood, ofreciendo una serie de giros narrativos interesantes y determinantes para la trama. Tanto en el primer caso como en el segundo. Todo eso, empero, desaparece en esta última historia.

No me refiero con esto a la forma en que se solventa el caso arrastrado de la tercera temporada. Tampoco a la conclusión del crimen, algo previsible y con una argumentación un tanto burda. El problema reside en esa especie de secuencia anexa al resto que, vista en perspectiva, carece de sentido dramático alguno. Que los dos protagonistas terminen sugiriendo un futuro juntos teniendo en cuenta que en ningún momento se ha abordado el aspecto romántico es algo que chirría en todos los sentidos, sobre todo por la evolución que han sufrido los personajes.

El rol de Enos ha alcanzado a lo largo de las temporadas un grado de psicosis y de obsesión por su pasado y por los casos que investiga realmente alto. Por otro lado, la reconversión del policía al que da vida Kinnaman se entiende por la relación y la paternidad que está a punto de experimentar. La conclusión es que dichos personajes no solo pueden rehacer sus vidas de forma independiente, sino que el hecho de estar juntos resulta incluso contraproducente, sobre todo para él. Es por ello que la conclusión que se antoja más lógica es la que se produce unos minutos antes del final, con el personaje femenino yéndose en coche y él volviendo a su hogar.

Introducir ese final, que por cierto nada tiene que ver con las motivaciones iniciales de la temporada (es decir, no está relacionado con ninguno de los casos policiales) obliga al espectador a asistir a un final que, además, apenas encuentra explicación en el diálogo que mantienen los personajes. Nada se sabe de los motivos de cada uno para encontrarse en la situación que se encuentran años después. Lo único que parece estar claro es que sus vidas separados son tan grises como el ambiente de Seattle en el que transcurre la ficción. Y eso, para una serie que encuentra explicación para el más ínfimo detalle, es algo de difícil argumentación.

Parece evidente que esta última temporada de The killing se ha planteado simplemente como una conclusión a la historia de sus protagonistas, no como una auténtica trama en la que los personajes deban enfrentarse a sus propios miedos a través de un nuevo crimen. La duración de esta conclusión y, en consecuencia, el desarrollo de las dos tramas principales así lo confirman. Con todo, el balance general de la temporada no es excesivamente malo si no se atiende demasiado a ese epílogo propio de un drama romántico ‘made in Hollywood’ que choca frontalmente con el sentido general de la producción. Una finalización, por tanto, que viene a representar las idas y venidas de una serie que habría merecido algo mejor en su despedida.

‘Invasor’: buscando la verdad… a la española


Alberto Ammann, Inma Cuesta y Karra Elejalde, protagonistas de 'Invasor'.Por mucho que algunos se empeñen en negar lo evidente, el cine español está pasando por uno de sus mejores momentos. Las nuevas generaciones de directores están realizando un cine diferente, alejado de los tópicos de décadas anteriores y más próximo a los nuevos tiempos que corren. ¿Esto nos acerca al cine comercial norteamericano? Sí y no, y no es este el lugar para discutirlo. En cualquier caso, dentro de esta nueva tendencia hay títulos sólidos, títulos irregulares y títulos fallidos. Y aunque apunta muy buenas maneras, lo nuevo de Daniel Calparsoro (Salto al vacío) es un viaje repleto de moral y rectitud pero carente en algunos momentos de la emoción que se le presupone a este tipo de intrigas.

La historia luce, y mucho. Calparsoro vuelve a demostrar que tiene una mano maestra para este tipo de historias, y gracias a una labor de producción impecable la trama es capaz de trasladar desde el Irak más desértico a la Galicia más húmeda, dos entornos diametralmente opuestos que juegan en sí mismos un papel básico para entender los riesgos que corre el protagonista en uno y otro. Del mismo modo, los actores mucho más que la convicción necesaria en un thriller militar como este, sobre todo el protagonista, Alberto Ammann (Lope) y un Karra Elejalde (Airbag) tan cercano como siempre, a pesar de lo siniestro de su papel.

Sí, Invasor posee todos los elementos para ser una buena propuesta de suspense. Y en cierto modo lo es. Empero, lo que más flaquea es lo que debería ser su mejor baza: el guión. El punto de partida, esa amnesia temporal que oculta unos hechos terribles, a pesar de haber sido abordada en mil y una ocasiones, se revela atractivo e interesante, pero la forma de desarrollarlo tumba por completo cualquier interés más allá de algunos momentos muy concretos. Tal vez lo más frustrante sea descubrir en la primera parte del relato todo aquello que esconde la fragmentada mente del protagonista, por lo que el resto se convierte en una huida hacia adelante que apenas tiene secretos para el espectador más experimentado.

Los espacios y las situaciones resultan, además, demasiado conocidos, bebiendo de muchas y repetidas fuentes cinematográficas que no hacen sino entorpecer el interés por el desarrollo de la acción y los personajes, llegando a rozar el aburrimiento en ese declive dramático que suele producirse en el segundo acto. A esto hay que sumar un interés por hacer a los personajes “menos americanos”, más próximos a la realidad. Y en este caso, por desgracia, la realidad es menos dinámica que la ficción, por lo que el resultado de algunas situaciones (como el rapto de uno de los personajes o la propia resolución final) y de la película en sí se queda en tierra de nadie.

Nota: 6/10

Calor humano frente a la frialdad social en ‘El quinto elemento’


Para muchos será un clásico moderno de la ciencia ficción. Para otros, solo un título destacable del género. Por eso, y por algunos elementos que apuntaremos más adelante, he decidido no incluirla como un clásico en este blog. En cualquiera de los casos, El quinto elemento (1997) debe ser considerada como una película notable, una mezcla de humor y fantasía al más puro estilo Luc Besson, autor de la historia, del guión y de la dirección. Nada en ella resulta insulso o desmedido, e incluso las secuencias de acción están abordadas con una fuerza narrativa tal que encajan a la perfección en esta historia casi romántica protagonizada por Bruce Willis (Moonrise Kingdom) y Milla Jovovich (Stone).

Y digo lo de romántica porque la historia gira en torno a un antihéroe (como muchos de los personajes en la carrera de Willis) que es elegido para salvar el planeta de una amenaza exterior a través de la protección de una joven en la que se ha encarnado el quinto elemento de la Tierra. Más allá de los elementos originales introducidos en su trama (muchos de ellos tienen que ver con la visión europea de Estados Unidos) como el ya mencionado quinto elemento o los personajes secundarios, lo que más llama la atención es el imaginativo mundo civilizado del futuro y, sobre todo, la estructura casi militar de su sociedad y de sus infraestructuras.

Todo en ella, desde los cubículos a los que se llama apartamentos hasta la forma en la que se realizan identificaciones o compras de billetes recuerdan en cierto modo al férreo control que en otros films de corte menos fantástico y más histórico se refleja. La originalidad de este ambiente diseñado por Besson queda completada por su visión fresca y viva de todos los elementos de la historia, desde los decorados hasta el villano, un nuevo trabajo sobresaliente de Gary Oldman (El topo). En este sentido, el director recupera con acierto el sentido de la aventura sin fisuras, evitando en todo momento el tono sombrío o lúgubre de otras cintas apocalípticas.

Pieza clave del conjunto son, sin lugar a dudas, los actores, comenzando por un Willis en estado de gracia que recupera la esencia de muchos de sus personajes gracias a, como hemos dicho, ese aire de antihéroe, de hombre involucrado en una aventura que no ha buscado pero de la que debe salir por su propia seguridad. Aunque tal vez el verdadero descubrimiento de la cinta sea Jovovich, actriz que por aquel entonces comenzaba a ganar renombre gracias a títulos como Regreso al lago azul (1991) o Chaplin (1992). Su labor como quinto elemento, reuniendo en un solo ente el candor de la inocencia y la efectividad mortífera de una máquina de matar, unido a la extravagancia en su expresividad y en su forma de entender el mundo (por otro lado, lógicas con su personaje) lanzaron al estrellato a esta actriz que, curiosamente, el pasado fin de semana llegaba a la cartelera española al mismo tiempo que el director de este film.

El mensaje dentro del fantástico

Ya he afirmado en varias ocasiones que el género fantástico y la ciencia ficción son caldos de cultivo excelentes para desarrollar críticas agudas de la sociedad actual o del camino que puede tomar la Humanidad si se siguen tomando las decisiones que se toman. El quinto elemento no pierde ese elemento, aunque para ser justos lo minimiza en favor del entretenimiento más palpable. Y es que Luc Besson nunca ha sido un creador que guste de mensajes grandilocuentes o de historias muy profundas o metafísicas. De hecho, es más que probable que tuviera dificultades en narrarlas, lo cual no quiere decir que no sea un buen artista en su género.

En el caso del film con Willis, el director de Juana de Arco (1999), por cierto también protagonizada por Jovovich, aborda tanto con el diseño de producción como con la propia trama un conflicto que, curiosamente, cada vez se está mostrando más evidente, y que no es otro que la falta de calor humano en un mundo más y más mecanizado. Es gracias a esta idea que los caracteres de los dos protagonistas contrastan tanto en su forma y en su fondo. Si él se muestra frío, monótono y rodeado de un mundo donde el espacio es aprovechado hasta el más mínimo milímetro y todo se sirve de máquinas y computadoras, ella se mueve más por el conocimiento tanto de la historia como de las relaciones humanas.

Dicho contraste, que como decimos queda reducido muchas veces a la mínima expresión por las necesidades de un guión donde predomina la acción y la aventura (muy bien rodadas, todo hay que decirlo), es el que mantiene buena parte de la tensión dramática del argumento. El espectador “sufre” con el dolor de un ser solo agrede cuando se le ataca, y se pone de su parte desde su aparición en el primer acto, actitud que comparte con el personaje de Willis. En cierto modo, el foco de esperanza que representa el personaje de Jovovich y la resolución del film representan la mayor y mejor lección del relato, y que no es otro que la Tierra no es nada sin un quinto elemento imprescindible para unir a los hombres y poder salvar el planeta.

Comenzábamos diciendo que El quinto elemento puede que sea un clásico moderno. Y en cierto modo es así, pero su apuesta decidida por el entretenimiento más puro la convierten, por ahora, en un título destacable dentro del género. Posiblemente con el paso de los años alcance el grado de título imprescindible. De lo que no cabe duda es de que Besson firma una de sus mejores obras, una combinación de humor y acción que, desde Francia, bebe del estilo norteamericano.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: