Thriller, terror y acción en el último fin de semana de septiembre


Terminamos un mes más y entramos, poco a poco, en la temporada de títulos con aspiraciones a premios. Y aunque este viernes, 28 de septiembre, todavía no llegan a las pantallas españolas novedades con esas intenciones, sí se aprecia un cambio de tendencia al presentarse numerosas novedades procedentes de Hollywood, muchas de ellas con nombres propios capaces de atraer un alto número de espectadores a las salas.

Y entre ellos destaca Mark Wahlberg (Todo el dinero del mundo), quien vuelve a las salas de cine con Milla 22, thriller de acción dirigido por Peter Berg (Día de patriotas) cuya trama sigue a un experimentado agente de la CIA que, junto a un equipo especializado en operaciones de alto riesgo, debe escoltar a un funcionario de un país sospechoso de actividades nucleares ilegales a cambio de que este entregue a Estados Unidos información sobre material radioactivo robado. El reparto se completa con Lauren Cohan (serie The walking dead), Ronda Rousey (Los mercenarios 3), Iko Uwais (The Raid), John Malkovich (Entre dos maridos) y Poorna Jagannathan (El círculo).

También procede de Estados Unidos El reverendo (First reformed), thriller dramático de 2017 escrito y dirigido por Paul Schrader (Caza al terrorista) cuyo argumento se centra en un párroco de una pequeña iglesia de Nueva York. Con una congregación menguante, este solitario hombre de Dios recibe un día la visita de una joven embarazada que le pide que aconseje a su marido, un ecologista radical. A partir de ese momento el párroco comenzará a cuestionarse su pasado, su función presente y su futuro, intentando que todo su mundo escape a su control. Ethan Hawke (Los siete magníficos) y Amanda Seyfried (Mi última palabra) son los principales protagonistas, estando acompañados por Philip Ettinger (La poesía del duelo), Michael Gaston (El puente de los espías), Cedric the Entertainer (Top five) y Victoria Hill (Soul).

Muy diferente es Hell fest, cinta de terror cuyo punto de partida es la visita de una joven universitaria a sus amigas de la infancia. Las chicas, junto a sus novios, deciden acudir a un parque de atracciones conocido por sus juegos y laberintos de pesadilla. Pero lo que comienza siendo una noche de diversión y sustos se convierte en un auténtico horror cuando un asesino aproveche el ambiente y empiece a matar uno por uno a los visitantes, muchos de los cuales piensan que todo forma parte del espectáculo. Gregory Plotkin (Paranormal activity: Dimensión fantasma) se pone tras las cámaras de esta historia protagonizada por Amy Forsyth (Torment), Reign Edwards (serie Belleza y poder), Bex Taylor-Klaus (El último cazador de brujas), Christian James (The killing secret), Roby Attal (serie El largo camino a casa), Matt Mercurio (Getaway) y Tony Todd (Agoraphobia).

Thriller y suspense son los ingredientes de Searching, producción dirigida por Aneesh Chaganty, quien debuta en el largometraje con una historia cuyo punto de partida es la desaparición de una joven de 16 años. Su padre comienza a buscarla colaborando con la policía, pero después de 37 horas siguen sin tener pistas, por lo que el hombre decide buscar donde nadie más ha buscado, siguiendo el rastro digital que dejó la adolescente. John Cho (Star Trek: Más allá), Debra Messing (serie Los misterios de Laura), Joseph Lee (Lion), Michelle La y Sara Sohn (Fast & Furious 7) encabezan el reparto.

El último de los estrenos norteamericanos es Un pequeño favor, adaptación de la novela de Darcey Bell que, en clave de comedia dramática, arranca cuando una joven madre le pide a su amiga el favor de cuidar de su hijo durante una tarde. Pero cuando no regresa a recoger a su pequeño las cosas se complican y la amiga comenzará una investigación para saber los motivos de la repentina desaparición de la madre. Paul Feig (Cazafantasmas) es el encargado de poner en imágenes esta historia protagonizada por Anna Kendrick (El contable), Blake Lively (Infierno azul), Henry Golding (Crazy rich asians), Andrew Rannells (serie The new normal), Linda Cardellini (Dos padres por desigual) y Rupert Friend (serie Homeland).

La producción española tiene su principal representante en El reino, thriller político dirigido por Rodrigo Sorogoyen (Que Dios nos perdone) que se centra en un político querido en su comunidad autónoma pero que se ha enriquecido a lo largo de los años con dinero público. Cuando la justicia empieza a investigar a un amigo suyo y compañero de partido por un caso de corrupción decide ignorar las directrices del partido y encubrirle. Sin embargo, algo sale mal y él se convierte en el centro de otra investigación sobre los muchos chanchullos de su partido, que tiene intención no solo de dejarle caer, sino de convertirle en el cabecilla de la trama, algo que no está dispuesto a consentir. Llegará  hasta donde tenga que llegar por salvarse. Antonio de la Torre (El autor), Josep Maria Pou (Las leyes de la termodinámica), Bárbara Lennie (Todos lo saben), Nacho Fresneda (Legionario), Ana Wagener (Contratiempo), Francisco Reyes (serie Vergüenza) y Mónica López (Amanecer de un sueño) son los principales actores.

El otro estreno español es Oreina (Ciervo), primer largometraje de ficción de Koldo Almandoz (Plague). La trama gira en torno a un joven desarraigado que vive en un barrio periférico junto a polígonos industriales y una marisma. Se busca la vida como puede y pasa los días con un viejo furtivo que comparte una casa con su hermano, con el que no se habla desde hace años. El oleaje de la marisma marca el devenir del tiempo, el amor y el desamor que experimenta este joven. Este drama está protagonizado por Laulad Ahmed Saleh, Patxi Bisquert (Celda 211), Ramón Agirre (Operación concha), Iraia Elías (Amama) y Erika Olaizola (Los tontos y los estúpidos).

Los estrenos europeos se completan con Girl, drama con capital belga y de los Países Bajos que tiene como protagonista a una joven de 15 años que sueña con ser bailarina. Su padre es su principal apoyo para lanzarse en busca de ese objetivo, pero su cuerpo no es tan flexible como cabría esperar, porque cuando nació era un niño. Dirigida por Lukas Dhont, quien debuta de este modo en el largometraje, la cinta está protagonizada por Victor Polster, Arieh Worthalter (Marie Curie), Katelijne Damen (Primer ministro), Valentijn Dhaenens (Waldstille) y Oliver Bodart.

Este fin de semana también llega a la cartelera Colao, comedia romántica procedente de República Dominicana cuyo punto de partida es el cambio que un hombre de 40 años le da a su vida. Y es que durante toda su vida se ha dedicado a lo único que realmente sabe hacer: cultivar el fruto del café como le enseñaron de pequeño. Pero abrir estos nuevos horizontes después de tantos años viviendo en el seno familiar no será fácil. Ópera prima del actor Frank Perozo (Todos los hombres son iguales), esta producción de 2017 cuenta entre sus principales actores con Manny Perez (Verdad o reto), Anthony Alvarez (Detective Willy), Celines Toribio (América), Raymond Pozo (Lotoman), Shailyn Sosa (Dinero fácil) y Evelyna Rodriguez (Los Super).

Desde India nos llega Made in India: Sui Dhaaga, comedia dramática escrita y dirigida por Sharat Katariya (10ml LOVE) que se centra en dos hermanos cuyas vidas no atraviesan por el mejor momento. En una familia en paro, él sueña con encontrar su pasión, mientras que ella, una joven bordadora, sueña con hacerse un nombre y conseguir el respeto de la sociedad. Sus vidas dan un giro cuando deciden emprender un taller textil y crean el sentimiento de orgullo del producto Made in India. Anushka Sharma (Sultan), Varun Dhawan (Dishoom), Raghuvir Yadav (Newton) y Govind Pandey (Bhoomi) integran el reparto principal.

En lo que respecta a los documentales, El Papa Francisco: Un hombre de palabra aborda, como su propio título indica, la figura del actual pontífice desde un punto de vista íntimo y cómo su trabajo está modificando la Iglesia. La cinta está dirigida por Wim Wenders (Inmersión).

3ª T. de ‘The Leftovers’, o cómo concluir sin dar demasiados detalles


Hay producciones que parecen prefabricadas por un programa informático. Otras tratan de aprovechar el tirón de algún otro producto de éxito. Y otras sencillamente son tan extrañas que en ocasiones hay que hacer un notable esfuerzo para comprender lo que se está contando. The Leftovers ha pertenecido a esta última categoría. La serie basada en la novela de Tom Perrotta y adaptada a la pequeña pantalla por Damon Lindelof (serie Perdidos) es una de esas producciones que, por su temática y su tratamiento, pueden generar casi tanta locura como la que se narra en su argumento. Su tercera y última temporada, sin embargo, ha optado por una narración algo más lineal, más coherente, tratando de dar un broche final adecuado a lo visto en estos casi 30 episodios.

Personalmente creo que lo consigue. En apenas 8 episodios esta etapa final da rienda suelta a algunos de los aspectos más importantes de la trama, entre ellos el religioso, el fanático y, sobre todo, las desapariciones de esos millones de personas que han sido el impulso dramático de la serie durante toda su duración. Y para poder explicarlo Lindelof y Perrotta optan por un tratamiento más clásico, con un desarrollo más lineal, sin demasiados saltos temporales ni apariciones y desapariciones de personajes en la escena. La historia, por resumir, se centra por completo en los personajes de Justin Theroux (La chica del tren) y Carrie Coon (Perdida), y lo hace no solo para encontrar una justificación a su trama, sino porque sobre sus hombros carga el verdadero significado y la moraleja de toda esta compleja historia.

En realidad, ambos personajes vienen a representar los dos grandes aspectos dramáticos de The Leftovers a lo largo de estas tres temporadas. Por un lado, la angustia existencial que generan las preguntas “¿por qué yo?” y “¿a dónde fueron?” los desaparecidos. Y al menos una de ellas sí encuentra respuesta, de ahí que el final de esta serie genere una satisfacción incompleta. En efecto, esta tercera temporada desvela qué ha ocurrido con aquellos que desaparecieron hace tantos años. A través de un final brillante que intercala imágenes y relato oral, el último episodio se convierte en una especie de epílogo, en la clásica conclusión que cierra la historia de los personajes años después, cuando todo lo relevante ha ocurrido sin necesidad de mostrarse en pantalla. Ese paso del tiempo, unido a la intensidad dramática habitual en la serie y al carácter del otro pilar argumental de la serie, genera un caldo de cultivo perfecto para aclarar buena parte de las ideas planteadas hasta ese momento en apenas unos minutos de metraje, evitando de este modo posibles complicaciones futuras con nuevas tramas en hipotéticas nuevas temporadas.

Y esto es algo relevante. Uno de los principales problemas que ha tenido la serie, y del que tampoco termina de librarse en su tercera entrega de episodios, es la falta de peso dramático de secundarios que, a priori, deberían de tener algo más de interés. Los hijos del personaje de Theroux son un buen ejemplo. Sus historias, aunque con conexiones con la trama principal, han sido demasiado independientes, lo que ha llevado en ocasiones a abandonar sus historias durante varios episodios para centrar el desarrollo en los protagonistas o en otros secundarios. La tercera temporada, en este sentido, directamente opta por dejar su presencia en este universo a una mera referencia residual, lo cual por otro lado aporta un mayor interés y dinamismo al conjunto. Y como ellos, varios secundarios más que no han terminado de cuajar en el extraño puzzle que es esta serie, aportando si cabe más complejidad y originalidad al conjunto pero complicando la comprensión de esta elaborada historia con un final relativamente simple.

El nuevo mesías

El otro gran elemento dramático es la religión. O mejor dicho, el fanatismo en todas sus formas. Y si bien este aspecto toma como epicentro el rol de Theroux, en realidad es algo muy presente en prácticamente todos los personajes que le rodean. Aunque ha sido el argumento de fondo para prácticamente toda la serie, con la secta o el personaje de Christopher Eccleston (Amelia) como recordatorios constantes, lo cierto es que en esta última temporada de The Leftovers adquiere ya una dimensión casi bíblica, toda vez que el protagonista se convierte, o más bien le convierten, en una especie de mesías capaz de resucitar y de guiar los pasos de la sociedad después del incidente.

Bajo este prisma pivota todo el desarrollo dramático de la serie, integrando en él a la perfección el otro gran pilar narrativo casi como un complemento necesario para aportar globalidad de conjunto. El final, sin ir más lejos, es el colofón a esta unión de contenidos, tanto por el hecho de que los dos personajes representan esas bases dramáticas como porque tiene como telón de fondo, al menos durante un tiempo, una boda, lo cual no es algo casual. Como toda buena conclusión, los aspectos que se habían ido planteando a lo largo de la trama tanto en el aspecto religioso como en el existencial tienen su resolución en esta temporada, algunos mejor tratados que otros, pero cerrando un ciclo de forma sólida y compacta.

Cosa muy distinta es que se queden algunas preguntas sin respuesta que, en el fondo, no impiden la comprensión de lo ocurrido. La principal sin duda es el motivo de las desapariciones. En efecto, se da respuesta a prácticamente todo menos al ‘por qué’, a ese motor dramático de la historia. Y aunque parezca contradictorio, esto en realidad tampoco es un obstáculo para entender, interpretar o disfrutar de la serie, al contrario, aporta más misterio y envuelve el modélico final en un halo de misterio que genera más interés si cabe en ese diálogo final entre los dos protagonistas. Con todo, este tratamiento dividido en dos partes también provoca cierta incongruencia dramática al introducir personajes secundarios algo innecesarios, y centrar en exceso la atención en ellos, en su pasado y en sus motivaciones. Da la sensación de haber querido contar una historia nueva con los mismos protagonistas pero otros secundarios que, al mismo tiempo, pudiera continuar la trama previa. Una combinación peligrosa que sale bien, pero que deja algunos momentos algo innecesarios.

Sea como fuere, la realidad es que The Leftovers finaliza como debería terminar cualquier serie. Su tercera y última temporada es el broche perfecto a un tratamiento atípico de la trama, a una narrativa quebrada en casi todos sus episodios, capaz de poner el foco en uno u otro personaje sin miedo a perder la coherencia o la atención del espectador. Si bien estos últimos 8 capítulos presentan un formato más tradicional (entendido esto dentro de lo que ha sido esta serie, claro está), lo cierto es que deja espacio siempre para jugar con la inteligencia y la perspicacia del espectador. Casi olvidándose de secundarios innecesarios, sus responsables optan por centrarse en los protagonistas para dar salida a una compleja trama, y lo consiguen con creces, conformando una serie tan misteriosa como interesante, tan dramática como compleja. Un producto dramático atípico muy a tener en cuenta.

1ª T de ‘The Leftovers’, misterios e incógnitas para un futuro atractivo


El 2% de la población mundial desaparece en la primera temporada de 'The Leftovers'.Hay algo sumamente atractivo en el misterio. No me refiero al thriller, sino a lo desconocido. Hace años la serie Perdidos se convirtió en el estandarte de un tipo de trama que jugaba con el espectador a un juego sumamente peligroso, como después se pudo comprobar: plantear una serie de incógnitas a cada cual más surrealista para generar un sinfín de preguntas con un sinfín aún mayor de respuestas. Y como por arte de magia, se genera el atractivo. Uno de sus creadores, Damon Lindelof, plantea un juego similar en su nueva serie, considerada por muchos como un producto de culto aun cuando solo tiene una temporada. Se trata de The Leftovers, una de esas ficciones cuyo futuro es tan incierto como su presente.

En colaboración con Tom Perrotta (Juegos salvajes), quien ha escrito el libro en el que se basa la historia, Lindelof ofrece una premisa de lo más interesante. Un día, como por arte de magia, desaparece el 2% de la población mundial. No hay motivos aparentes, no hay respuestas. Su ausencia, independientemente del vacío que deja en los familiares, supone un golpe social del que el resto de habitantes (a los que hace referencia el título) se recuperan a duras penas. La mayoría tratan de seguir con sus vidas, pero muchos reaccionan de forma un tanto inesperada. Sectas que pretenden recordar, mesías que prodigan sus poderes, locuras que encuentran su origen en individuos imaginarios, … O lo que es lo mismo, esta primera entrega de tan solo 10 episodios trata de exponer el escenario de una situación totalmente atípica e incomprensible, así como las reacciones de los que se quedaron atrás.

Narrativamente hablando, The Leftovers aprovecha la confusión generada con su punto de partida para narrar el pasado de todos los personajes a través de fashbacks, un recurso cada vez más utilizado que parece sentar una especie de cátedra en determinadas tramas. Gracias a este recurso, Lindelof y Perrotta bucean en el pasado de sus protagonistas tanto para exponer el cambio que sufren a partir de la desaparición como la vida que llevaban previamente. Eso sí, lo hacen con la parquedad a la que nos tiene acostumbrados el primero, obligando al espectador a activar un razonamiento paralelo que le permita dar cierto sentido a lo que se ve en pantalla. Y este es uno de sus principales escollos. Son tantas tramas, tantos personajes y tantos agujeros narrativos que resulta muy complicado encontrar una respuesta coherente a todo lo que sucede, lo que puede provocar reacciones encontradas: o se sigue el juego de los guionistas o se desiste.

Lo que en cualquier caso es innegable es la factura técnica de la producción. Esta primera temporada logra, a través de la fotografía y la iluminación, recrear un mundo que tiende siempre al gris y los colores apagados. Todo en la obra se antoja con poca viveza, con tonos ocres y fríos que ayudan a la sensación de vacío que sienten los protagonistas. Protagonistas que, en mayor o menor medida, están interpretados de forma brillante por sus actores, sobre todo Justin Theroux (Caballeros, princesas y otras bestias), cuyo proceso de locura solo se llega a atisbar en estos primeros episodios, y Ann Dowd (serie Masters of sex), la gran villana silenciosa de la función. Si la serie es capaz de transmitir la angustia, la desolación y la incomprensión de sus personajes es gracias a los contrastes de sutileza y brutalidad de los que hacen gala.

Remanente silencioso

Uno de los elementos más perturbadores es la locura que parece afectar al personaje de Theroux, principal protagonista, y los lapsus de conciencia que sufre a consecuencia de ello. Aunque si algo destaca en The Leftovers por encima de cualquier otra cosa es la secta conocida como ‘Remanente Silencioso’, sobre todo porque es el nexo de unión entre la práctica totalidad de tramas secundarias que se plantean en esta primera temporada. Liderados por el personaje de Dowd, su presencia en un principio desconcertante y poco a poco comprensible es un concepto incluso sociológico que podría dar para numerosas reflexiones. Si bien es cierto que su presencia en la historia se limita a ser una especie de recordatorio de aquellos que se han ido, su futuro resulta un tanto ambiguo al desconocer las intenciones de esta especie de fantasmas en vida.

De hecho, se puede decir que este grupo representa mejor que cualquier otro elemento de la serie el verdadero espíritu de esta. Silenciosos y casi omnipresentes, su paso por la trama es sutil pero determinante, siendo necesario algún que otro episodio para narrar los orígenes de sus principales miembros. Así se podría definir la historia creada por Lindelof y Perrotta. Su desarrollo dramático es un tanto abrupto, muchas veces basado en el silencio y las reflexiones de ese nuevo mundo. Reflexiones que, por cierto, hay que considerar omnipresentes. Y sin embargo, la conclusión de esta primera temporada deja una sensación de cierta comprensión, lo que indica que la trama ha sabido avanzar de forma sutil y constante. Sin duda, a ello contribuye el noveno episodio, tan necesario como revelador.

El principal problema de esta producción es el amplio espectro de tramas y personajes que trata de abarcar. La experiencia de series anteriores con premisas similares indica que a medida que se avanza en dichas tramas secundarias, y a menos que se le preste una atención sincera y directa, su resolución es cada vez menos sencilla, obligando a las historias a complementarse entre ellas y a tratar de solventar los huecos dramáticos que se van dejando. Estos primeros episodios notan mucho esa profusión de historias. Por supuesto, la trama principal y las secundarias más importantes gozan del protagonismo necesario para tener sustento argumental, pero no así el resto de secundarias, que plantean casi más interrogantes que soluciones.

Eso es algo que pasaba mucho en Perdidos, y es algo que puede ocurrirle a The Leftovers si no se encuentra una solución. Aunque en realidad, la solución más directa pasa por saber cómo va a terminar y, sobre todo, el motivo por el que desaparecen las personas. Sabiendo la respuesta a esto la serie, independientemente de su complejidad formal o de sus misterios narrativos, puede convertirse en una gran producción televisiva. Desconociendo la respuesta el resultado será algo parecido a la ya citada Perdidos. Pero como decía al comienzo, el misterio engancha, y en eso esta serie es inmejorable.

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