‘Transformers: El último caballero’: robots de destrucción masiva


Mantener el interés en una saga cinematográfica (o de cualquier otro tipo), sea del género que sea, es todo un reto. Pero hacerlo con el mismo director una y otra vez tras las cámaras parece casi tarea imposible. Y la saga Transformers es un buen ejemplo, por desgracia para muchos que, como un servidor, ha crecido con estos robots capaces de adoptar formas de todo tipo de objetos, principalmente vehículos. Que Michael Bay siga ejecutando la parte visual de estos proyectos empieza a evidenciar un cansancio alarmante de ideas, utilizando siempre los mismos recursos narrativos para una batalla que, al final, termina siendo la misma film tras film. Y lo peor de todo es que los guiones cada vez tienen menos efectividad.

En esta ocasión, y con la excusa de la historia secreta de estos robots gigantes en la Tierra, la historia nos retrotrae a la época de Arturo y la Mesa Redonda. Más allá de lo idóneo o no de esta idea, el principal escollo que no logra superar Transformers: El último caballero es una narrativa con demasiados personajes secundarios luchando en diversos frentes, amén de la presencia de roles que no aportan absolutamente nada al conjunto, salvo metraje innecesario que alargan este espectáculo audiovisual y pirotécnico hasta las dos horas y media. Que las películas hayan crecido en complejidad visual y dramática es, hasta cierto punto, normal. Que lo hagan incorporando personajes autoparódicos sin relevancia ninguna no solo no es normal, sino que no aporta el toque de humor que podría presuponerse, e incluso resta credibilidad a un conjunto que, por lo demás, entretiene los suficiente como para no mirar demasiado el reloj.

Porque sí, al igual que sus predecesoras, la cinta entretiene. Tal vez no durante todo su metraje (una razón más para quitar minutos innecesarios), pero en líneas generales ofrece lo que promete: acción, aventura y mucha adrenalina. Ahora bien, nada más. La historia secreta de los Transformers se explica en los primeros instantes, y a pesar de algún que otro giro argumental a lo largo del desarrollo, la narrativa visual en los momentos en que los robots no se lían a tortazos es más bien deficiente, con diálogos que en algunos momentos rozan el absurdo en un intento de ser divertidos (que lo consigan o no depende, me imagino, de la predisposición de cada uno). Eso por no hablar del hecho de que en muchas ocasiones se solventa de un plumazo los momentos más relevantes de la trama. Y esta es la principal diferencia. Los primeros films, con sus defectos, narraban una historia con una cierta coherencia, con unos límites autoimpuestos para poder crecer.

Tras esta Transformers: El último caballero todo en la saga parece desmoronarse. El guionista abandona, el director parece dejar la silla, y se busca un cambio de sentido dramático y argumental. Desde luego, la saga necesita de un lavado de cara urgente, aunque la clave está en saber cómo debe ser dicho lavado. Por lo pronto, habrá que pensar qué hacer con un planeta, la Tierra, que ya no tiene Luna, cuya superficie se ha visto atacada por otro planeta y en la que, ahora sí, se han destruido definitivamente las pirámides de Egipto. Bueno, sea como sea, la puerta para las siguientes entregas queda abierta con el final de este film, así que todo es posible. Solo queda la esperanza de que estas películas vuelvan a demostrar, como dice su ‘slogan’, que hay más de los que los ojos ven.

Nota: 5/10

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Una Theron ‘Atómica’ frente al último caballero de los ‘Transformers’


Agosto comienza, en muchos sentidos, del mismo modo en que ha terminado julio. Y en las salas de cine no es diferentes. Si hace siete días llegaba el reinicio de una saga, ahora lo hace una nueva entrega de otra. La diferencia podría estar en que, mientras el fin de semana pasado era el único gran estreno, este viernes día 4 hay otras novedades llamadas a llenar las salas, o por lo menos a intentarlo.

Así que comenzamos este repaso semanal con Transformers: El último caballero, quinta parte de la famosa saga basada en los muñecos de Hasbro y en la serie animada que vuelve a dirigir Michael Bay (Dolor y dinero), y cuyo argumento arranca poco tiempo después de la anterior entrega, con Optimus Prime desaparecido y con la guerra entre Autobots y Decepticons en su punto álgido. Los humanos tratan de sobrevivir en esta lucha, pero para ello deberán conocer la Historia secreta de los Transformers en la Tierra. Mark Wahlberg (Día de patriotas) vuelve a ser el protagonista de esta aventura de ciencia ficción, acción y toques de humor en cuyo reparto encontramos también a Josh Duhamel (Spaceman), Anthony Hopkins (serie Westworld), Stanley Tucci (La bella y la bestia), John Goodman (Kong: La isla Calavera), John Turturro (Mia madre), Laura Haddock (serie Da Vinci’s demons) e Isabela Moner (Los peores años de mi vida), entre muchos otros.

Acción también es lo que propone Atómica, cinta que adapta la novela gráfica escrita por Antony Johnston e ilustrada por Sam Hart. Su argumento, ambientado en el mundo del espionaje en 1989, arranca cuando una agente del MI6 se traslada a Berlín para acabar con una red de espionaje que acaba de asesinar a su compañero. El agente estaba intentado hacer llegar a Occidente una lista con los nombres de todos los agentes encubiertos que trabajan en Berlín Oriental. A medida que la agente se infiltra en este mundo descubrirá no solo que nadie es lo que parece, sino que la muerte la acecha a cada paso que da. David Leitch dirige esta propuesta protagonizada por Charlize Theron (Mad Max: Furia en la carretera), James McAvoy (Múltiple), Sofia Boutella (La Momia), John Goodman, que hace doblete esta semana, Toby Jones (serie Wayward Pines) y Eddie Marsan (serie Ray Donovan).

El estreno español de la semana es Abracadabra, nueva película escrita y dirigida por Pablo Berger (Blancanieves) que, en clave de comedia, narra la historia de un matrimonio en el que el marido parece más preocupado de su equipo de fútbol que de atender a su esposa. Todo cambia tras una boda y un aparente truco de hipnosis que convierte al hombre en un atento y servicial marido. A medida que pasa el tiempo la esposa reconoce cada vez menos al hombre con el que se casó, llegando a creer que está poseído e intentando curarle por todos los medios. Entre los principales actores destacan Antonio de la Torre (Tarde para la ira), Maribel Verdú (El faro de las orcas), Quim Gutiérrez (Anacleto: Agente secreto), José Mota (Torrente 4) y Josep Maria Pou (Secuestro).

Entre los estrenos europeos destaca Regreso a Montauk, drama romántico producido entre Alemania, Irlanda y Francia cuyo protagonista es un escritor que regresa a Nueva York para presentar su último libro. Allí le espera su esposa, pero también una mujer de la que se enamoró hace años y cuya historia es la base de su nueva novela. Aunque se muestra reticente al principio, finalmente terminará viajando con ella a Montauk, donde vivieron su romance y donde ya no queda prácticamente nada salvo un faro y una interminable playa. Dirigida por Volker Schlöndorff (Diplomacia), la cinta cuenta en su reparto con Stellan Skarsgård (Un traidor como los nuestros), Nina Hoss (serie Homeland), Niels Arestrup (War horse), Robert Seeliger (El mundo abandonado), Susanne Wolff (Los tres mosqueteros), Ray Wiederhold (For never) y Bronagh Gallagher (Amor en su punto).

Francia y Bélgica producen Reparar a los vivos, adaptación de la novela de Maylis De Kerangal cuya trama  se centra en un joven que, después de un día de surf con sus amigos, sufre un trágico accidente de coche que le deja conectado a un soporte vital en un hospital para poder sobrevivir. Mientras tanto, una mujer espera un trasplante de corazón que supondrá una nueva oportunidad de seguir viviendo. Katell Quillévéré (Suzanne) dirige este drama protagonizado por Emmanuelle Seigner (La venus de las pieles), Tahar Rahim (Los anarquistas), Anne Dorval (Miraculum), Alice Taglioni (French women), Monia Chokri (Yesterday, today, yesterday) y Bouli Lanners (Crudo).

La última de las novedades de esta semana es La decisión del rey, drama biográfico producido en Noruega sobre la decisión que tuvo que tomar el rey Haakon VII de aquel país en 1940, cuando el ejército alemán llega a Oslo, enfrentándose a la posibilidad de rendirse o morir. Dirigida por Erik Poppe (Mil veces buenas noches), entre los actores de esta cinta histórica destacan Jesper Christensen (Spectre), Anders Baasmo Christiansen (Kon-tiki), Tuva Novotny (Come Reza Ama), Katharina Schüttler (serie Hijos del Tercer Reich) y Karl Markovics (El gran hotel Budapest).

Acción, drama y cine de época se reparten un fin de semana de Oscar


Estrenos 26febrero2016Fin de semana de Oscar. Y no solo porque el domingo se entreguen las preciadas estatuillas, sino porque hoy viernes, 26 de febrero, llegan a las pantallas españolas varias cintas que compiten en las principales categorías de la entrega de premios. El drama es, sin duda, el género predominante, pero no es el único. La comedia y el cine bélico también tienen importantes representantes entre las novedades que se presentan hoy.

Pero comencemos por los nominados. Entre ellos destaca sobremanera La habitación, cinta con capital irlandés y canadiense que adapta la novela de Emma Donoghue. Este intenso drama arranca cuando una madre logra escapar junto a su hijo del hombre que la ha tenido retenida durante cinco años. Cinco años en los que el niño, de esa misma edad, no ha conocido nada más que una minúscula habitación sin ventanas que la mujer ha convertido en todo un universo de alegría y diversión. La forma en que el pequeño se enfrenta al nuevo mundo que se abre ante él cambiará la vida de todos los que desde ese momento le rodean, sobre todo de su madre y sus abuelos. Lenny Abrahamson (Frank) es el encargado de poner en imágenes esta historia protagonizada por Brie Larson (El jugador), William H. Macy (Único disparo), Jacob Tremblay (Los pitufos 2), Joan Allen (Un buen matrimonio) y Amanda Brugel (serie Covert Affairs).

El otro gran estreno es Brooklyn, cinta que también ahonda en el drama, que también es la adaptación de una novela, en este caso escrita por Colm Tóibín, y que también está producida por Irlanda y Canadá, a los que se suma Estados Unidos. Ambientada en Nueva York durante los años 50, la trama gira en torno a una joven irlandesa que decide dejar la comodidad de su vida para cruzar el océano e iniciar un futuro en América. La añoranza inicial deja paso a un romance que abrirá las puertas de un nuevo y prometedor mundo. Pero la constante presencia del pasado la obligará a tomar una decisión entre las dos vidas que parecen convivir en su día a día. Dirigida por John Crowley (Circuito cerrado), la película cuenta con un reparto encabezado por Saoirse Ronan (El gran hotel Budapest), Domhnall Gleeson (El renacido), Julie Walters (Mamma mia!), Emory Cohen (serie Smash) y Jim Broadbent (Paddington).

Puramente americana es 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi, nuevo proyecto de Michael Bay (Dolor y dinero) que adapta el libro de Mitchell Zuckoff acerca del ataque al consulado americano de Bengasi por parte de un grupo terrorista islamista. El suceso, que se produjo un año después del 11-S, obligó a la poca seguridad que había en ese momento a defender el territorio estadounidense durante varias horas. John Krasinski (Tierra prometida), Pablo Schreiber (serie The brink), James Badge Dale (El desafío), Toby Stephens (serie Black Sails), Max Martini (Sabotage) y David Denman (El regalo) son los principales actores.

Muy diferente es El bosque de los suicidios, film de terror que supone el debut en la dirección de Jason Zada, y que gira en torno a la búsqueda de una joven norteamericana en el bosque de Aokigahara, en la falda del Monte Fuji en Japón. Allí ha desaparecido su hermana gemela, pero a pesar de las advertencias de no desviarse del sendero, la joven decide adentrarse en el bosque para encontrar las respuestas y saber qué le ha ocurrido a su hermana. Lo que allí encontrará pondrá a prueba su propia supervivencia. El reparto está encabezado por Natalie Dormer (serie Juego de tronos), Taylor Kinney (No hay dos sin tres), Yukiyoshi Ozawa (Joker game), Eoin Macken (Cold) y Rina Takasaki.

Pasamos ahora a los estrenos europeos, más concretamente españoles. Tenemos que hablar es la nueva comedia dirigida por David Serrano (Días de cine) que aborda los problemas de relación de una joven que parece tenerlo todo: un novio que la quiere, un trabajo, una buena casa. Sin embargo, cuando él le pide matrimonio ella deberá afrontar el hecho de que todavía sigue casada con su anterior pareja, Jorge, pues los papeles del divorcio nunca llegaron a firmarse. Pedírselos no sería algo demasiado complicado si no fuera porque él no ha superado la ruptura y porque es el responsable de la ruina en la que se encuentran los padres de ella. Así las cosas, la novia deberá idear un complicado plan para lograr que todo salga bien para ambas partes. Entre los actores principales destacan Hugo Silva (Mi gran noche), Michelle Jenner (serie Isabel), Óscar Ladoire (Negociador), Verónica Forqué (La dama boba), Ernesto Sevilla (Rey Gitano) y Belén Cuesta (Ocho apellidos catalanes).

Totalmente opuesta es La decisión de Julia, drama que arranca cuando una mujer llega a un hotel de Madrid para alojarse en la misma habitación que, 20 años antes,en la que, 20 años antes, vivió una experiencia que marcó para siempre su vida. Será en este espacio donde reciba a unos invitados para llevar a cabo una decisión meditada y tomada hace tiempo, y que consiste en el relato de una existencia marcada por amores a escondidas, huidas precipitadas y un descenso a los infiernos. Norberto López Amado (serie Mar de plástico) es el encargado de dirigir esta propuesta protagonizada por Fernando Cayo (El desconocido), Marta Belaustegui (Amores locos), Josean Bengoetxea (Loreak) y Yolanda Ulloa (Linko).

‘The last ship’ halla entretenimiento en la simpleza de su 1ª T


Eric Dane y Rhona Mitra protagonizan la primera temporada de 'The last ship'.Escuchar la frase “la serie más vista del año en Estados Unidos” o alguna similar puede dar lugar a equívoco. A priori debería ser una buena señal para la producción, pero en muchas ocasiones lo que oculta es una suerte de dibujo de los valores norteamericanos en una trama cuanto menos cuestionable. Ya le ocurrió a Rehenes, thriller dramático que no duró más de una temporada, y demasiado fue. Ahora le llega el turno a The last ship, thriller apocalíptico con el sello Michael Bay (Transformers) que, a diferencia del anterior, sabe encontrar en sus defectos las virtudes necesarias para ser un producto distraído y hasta irónico en muchos momentos.

Basada en la novela de William Brinkley, esta serie creada por Steven Kane (serie The closer) y Hank Steinberg (serie Sin rastro) centra la trama en un futuro no demasiado lejano en el que la Humanidad ha sido asolada por un virus que mata en cuestión de días. Ninguna de las vacunas han surtido efecto, por lo que los gobiernos son incapaces de hacer frente a su avance. La única esperanza se deposita en un destructor naval norteamericano en el que viaja una científica cuya misión es desarrollar una cura a partir de una veta primigenia del virus. Pero incluso en esta situación, los tripulantes no son ajenos a los ataques de otras naciones… o de lo que queda de ellas.

Todos aquellos que sepan leer entre líneas, o que hayan tenido oportunidad de ver los 1o episodios de esta primera temporada de The last ship, se habrán percatado de que el conflicto básico de esta ficción es buenos contra malos, o lo que es lo mismo, norteamericanos contra el resto del mundo. En efecto, la serie no apuesta por la complejidad dramática o narrativa. Los tripulantes del barco son los buenos, los únicos héroes en un mundo donde la gente, desesperada, toma lo que quiere por la fuerza. Son, en definitiva, el último reducto de la rectitud, la moralidad y la democracia. Y con esto queda definida buena parte de la problemática de la temporada. A todo esto acompañan, por supuesto, los personajes, con el capitán interpretado por Eric Dane (serie Anatomía de Grey) y la doctora a la que da vida Rhona Mitra (Vidas robadas) a la cabeza. Apenas existen matices entre ellos, siendo todos héroes capaces de sacrificar su integridad por salvar al de al lado, e incluso por salvar a quien no conocen en aras de la buena moral.

En el lado opuesto, como no podía ser de otro modo, están los villanos, primero los rusos y luego todo tipo de personajes secundarios. La serie sirve, en este sentido, para hacer un repaso de todos los demonios que han ocupado las pesadillas norteamericanas durante las últimas décadas, a excepción de Oriente Medio y el terrorismo islamista. Rusos que parecen intentar ganar una carrera armamentística (en este caso sanitaria), dictadores de tres al cuarto que viven en selvas, e incluso el enemigo dormido dentro de sus fronteras, son algunos de los temas que aborda esta primera temporada, cuyo viaje por todo el globo terráqueo sirve al espectador para desarrollar una cierta simpatía por la simpleza de la propuesta.

Mal que nos pese

Y llegamos así al meollo de la cuestión. The last ship es una producción que no engaña, que a pesar de su evidente ausencia de tensión dramática sabe lo que es y lo explota. Y eso es digno de admirar, sobre todo porque otras producciones similares tratan de dotar de gravedad una historia que no tiene ni pies ni cabeza. Y no me refiero con esto a su premisa básica, sino a su desarrollo. Este último barco que queda en el mundo se convierte en un microcosmos donde todo viene determinado por acontecimientos externos, no internos. Si un día están a punto de quedarse sin combustible, otro deben encontrar agua; si en un episodio son atacados por los rusos, en otro deben salvar a toda una comunidad. Paso a paso, heroicidad a heroicidad, los personajes se definen, o mejor dicho el conjunto de protagonistas.

Porque como decía antes, apenas hay diferencias entre ellos. Tan pocas que ni siquiera hay conflictos entre ellos, salvo para demostrar que las dudas las solventa el capitán con su ejemplo. Ante tal propuesta, parece más que obvio pensar en todo aquello que ha gustado en Estados Unidos, y que básicamente es lo que han sabido exportar más allá de sus fronteras. No solo son los encargados de encontrar una cura, sino que su rectitud en una situación en la que ni siquiera existe el Gobierno norteamericano está fuera de toda duda, lo que termina por engrandecer a unos personajes diminutos en lo que a definición dramática se refiere.

Eso sí, hay que reconocer que el golpe de efecto de su último episodio da un giro cuanto menos interesante al conjunto de la primera temporada. Sin desvelar nada relevante, básicamente se pasa del enemigo externo al interno, y del mar a la tierra. Un giro que, en cierto modo, era de esperar, aunque eso no impide que abra la puerta a una nueva vía de desarrollo dramático que, esperemos, ofrezca algo más de complejidad a la historia. Personalmente lo dudo, pero la esperanza es lo último que se pierde, y de eso saben mucho los protagonistas de esta serie. Es más, puede que aquellos que hayan empezado a verla y no hayan apagado la pantalla a los cinco minutos estén interesados en ver cómo evolucionan todos los conflictos que ya se pueden prever. Habrá que esperar al 2015 para eso.

Así que sí, The last ship es una serie que puede disfrutarse, aunque para ello debe cumplirse una condición sine qua non: hay que tomársela como lo que es, un producto mediocre que sabe reírse de sí mismo y de sus propias limitaciones. Que nadie espere un intenso drama o una especie de thriller con tensión en cada esquina. Es entretenimiento que no obliga a pensar, e incluso mata alguna que otra neurona en algún momento. Permite pasar unos minutos sin pensar en nada más que en lo buenos que son los buenos, y en lo malos que son los malos. Quien quiera eso encontrará en la serie un producto que incluso disfrutará. Pero no nos llevemos a engaño: no es una buena serie.

‘Ninja Turtles’: haciendo malabares entre la forma y el contenido


Megan Fox, rodeada de las 'Ninja Turtles' y del maestro Splinter.Hay historias que usan y abusan de los modernos efectos digitales. Sus detractores argumentan, no sin razón, que este tipo de films pierden parte de la esencia narrativa que debe tener toda historia. Dicho de otro modo, se centran más en lo vistoso que en lo emocional. Pero lo cierto es que también hay que saber contar historias con estas herramientas, y no todos los directores son capaces de lograrlo. E incluso dichos personajes digitales requieren de un mínimo de expresividad que, cuando falta, se nota. Y los antecedentes no escasean. Por eso la nueva versión de las Tortugas Ninja no debería ser denostada con un simple “uf, ¿otra más?”.

No quiere esto decir que sea un film excepcional, ni mucho menos. Su desarrollo es un tanto sencillo, apostando por esa moda tan actual de enlazar el pasado de todos los protagonistas para, posteriormente, encontrar justificación en sus recelos, sus amistades y sus comportamientos generalizados. Algo que desvirtúa un tanto la esencia de la historia original, pero quién más, quién menos, es esclavo de su tiempo. Y desde luego, los actores humanos, encabezados por Megan Fox (Jennifer’s body), no destacan precisamente por su amplio espectro interpretativo. Sobre todo ella, que queda convertida en un mero cliché de chica en apuros constantes por su irresistible curiosidad, algo que también trastoca un tanto al personaje original. En resumen, todo aquello que entendemos debería tener un buen film flojea a lo largo de la trama.

Empero, la labor de Jonathan Liebesman (Invasión a la Tierra), influido notablemente por el consejo del productor Michael Bay (Independence Day), maquilla dichos defectos en un alarde de vistosidad y entretenimiento puro y duro. Más allá de que el diseño de las criaturas es espléndido, el director logra algunas secuencias brillantes, como es el combate entre Splinter y Shredder (Tohoru Masamune, visto en Crosstown) o el dinamismo de las cuatro tortugas en casi todas sus apariciones, cada una de ellas con una personalidad propia destacada. Es esto lo que realmente atrae del film, que por otro lado se mantiene siempre en terreno conocido y poco experimental. Tal es el efecto disuasorio de las mencionadas tortugas que la sensación que deja el relato es aceptable, en un grado mayor o menor según se conozcan y atraigan sus orígenes.

Por ello, Ninja Turtles podría ser definida como lo que en realidad trata de ser: un entretenimiento sin pretensiones destinado al público joven. Sus defectos de fondo son compensados en buena medida por sus aciertos en la forma (el comienzo que narra la creación de las tortugas es bastante interesante). aunque en este sentido es conveniente aclarar que la balanza se inclinará hacia un lado u otro en función de lo que se espere de la historia. Desde luego, no creo que nadie entre en la sala esperando algún tipo de drama shakesperiano, pero todo puede ser. Lo mejor es sentarse y evadirse durante su ajustado metraje. Solo así se podrán disfrutar de los mejores momentos e ignorar algunos de los peores.

Nota: 6/10

‘Transformers: La era de la extinción’: el transformio lo destruye todo


Optimus Prime deberá afrontar su mayor desafío en 'Transformers: La era de la extinción'.Ahora mismo no recuerdo ninguna saga cinematográfica que haya sido controlada por un único director/productor y haya sobrevivido para contarlo. Creativamente hablando, claro está. Y es que cuando un creador pasa demasiado tiempo enfrascado en un proyecto tras otro de características similares tiende a crear un bucle del que es muy difícil salir. Y si es alguien como Michael Bay (Dos policías rebeldes), lo normal es que dicho bucle se convierta en una orgía de destrucción, adrenalina y espectacularidad sin parangón. Esto no sería algo necesariamente malo si no fuera porque tras la fachada (y menuda fachada) debe existir una estructura sólida. Y por desgracia, ni siquiera el director es capaz de ocultar cosas como la nueva entrega de ‘Transformers’.

Cuando una película, a pesar de su espectáculo visual y de sus impecables efectos visuales y digitales, tiene momentos de tedio y diálogos que no van a ninguna parte algo falla. El texto escrito por Ehren Kruger, autor principal de esta saga cinematográfica, hace aguas en buena parte de su desarrollo, que por cierto es un tanto arriesgado para una película de estas características. Más allá de su duración, innecesaria a todas luces, Transformers: La era de la extinción presenta personajes y diálogos que intentan sin éxito recuperar el tono cómico y divertido que tuvieron sus antecesoras, sobre todo las dos primeras. El viaje que realizan Optimus Prime y la familia del personaje interpretado por Mark Wahlberg (El incidente) no termina de llenar los vacíos de acción que posee la trama, que por cierto modifica sustancialmente todo lo visto anteriormente, hasta el punto de convertir a estos robots espaciales en una creación mecánica, dejando aquello de la raza alienígena para otras épocas. Eso por no hablar del “transformio”, nuevo elemento que permite al director explorar vías diferentes de destrucción masiva.

Desde luego, el film gana enteros, y muchos, con las secuencias de acción, aunque incluso en estas se nota el cansancio narrativo y creativo de Bay, que no solo recurre a herramientas habituales en su cine, sino que reitera en numerosas ocasiones dichos recursos por si alguien no se había fijado la primera vez. Sin duda es espectacular, sobre todo en su tercio final con la presentación en sociedad de los Dinobots y esos combates a muerte entre los Autobots y una nueva raza de Decepticons que, como no podía ser de otro modo, recupera para la causa al villano por antonomasia de la saga. La cuestión es si todo esto es capaz de justificar el recorrido hecho con anterioridad. La respuesta dependerá del amor que se tenga por estos míticos juguetes.

Transformers: La era de la extinción se halla a medio camino entre el espectáculo más apabullante y el desarrollo más mediocre que puede conseguirse hoy en día en Hollywood. Desde luego, la película merece la pena gracias a esas transformaciones, a las secuencias de acción y a esos Dinobots que recuperan unos de los personajes más entrañables de las creaciones originales. Pero en ningún caso es una película entretenida. Esta cuarta entrega demuestra la decadencia en la que ha entrado la saga, y pide a gritos una renovación creativa en muchos de sus puestos claves, sobre todo en lo que a guión se refiere. Claro que existen algo más de 1.000 millones de razones para que todo siga igual en una futura entrega que no tardará en llenar las salas de cine y los bolsillos de sus principales responsables.

Nota: 5,5/10

Los Transformers, ante su extinción, y Favreau ante la cocina rápida


Estrenos 8agosto2014Puede que sea coincidencia, pero tras varios fines de semana con numerosos estrenos hoy viernes, 8 de agosto, tan solo cuatro títulos engrosan la lista de novedades en la cartelera española. ¿Y qué diferencia hay con días anteriores? Bueno, pues que los robots alienígenas capaces de transformarse en coches, aviones, tanques y hasta dinosaurios están de vuelta, y eso es motivo más que suficiente para tratar de no competir directamente con ellos. Sobre todo si ya han superado los 1.000 millones de dólares recaudados a nivel mundial. Empero, todavía hay esperanza para aquellos que prefieran algo más tranquilo y con un mayor contenido dramático y emocional gracias al resto de novedades.

Como la actualidad manda, es imprescindible que comencemos el repaso con Transformers: La era de la extinción, cuarta entrega de la saga iniciada por Michael Bay, director de las cuatro, hace ya siete años. Una entrega que cambia a sus actores y que tiene un cierto aire de renovación tras el cansancio creativo que parecía haberse apoderado de las dos secuelas anteriores. Su trama arranca con una espectacular batalla que destruye una ciudad entera pero que logra salvar a la Humanidad. Sin embargo, tras este ataque un misterioso grupo aparece con el objetivo de hacerse con el control de los Autobots, liderados por un Optimus Prime que todavía se recupera de sus heridas. Todo cambiará cuando una amenaza como jamás se había visto llegue a la Tierra con el objetivo de acabar con todo signo de vida, lo que incluye a Transformers y humanos, que unirán sus fuerzas para salvar el planeta al que llaman hogar. Acción, espectacularidad y aventuras sin pretensiones es lo que a todas luces van a encontrar los fans de estos personajes de Hasbro, que en esta ocasión verán en pantalla a Mark Wahlberg (Dolor y dinero), Nicola Peltz (serie Bates motel), Jack Reynor (Cold), Stanley Tucci (Los Juegos del Hambre: En llamas), Kelsey Grammer (serie Boss), Sophia Myles (Outlander), Titus Welliver (Argo) y T.J. Miller (serie Silicon Valley), entre muchos otros.

Aunque como digo, no es el único estreno. De hecho, el que más oportunidades podría tener de competir con la épica de Michael Bay es #Chef, primera película cuyo título es un hashtag de Twitter, lo que ya es de por sí una de las mejores publicidades de los últimos tiempos. Escrita, dirigida y protagonizada por Jon Favreau, responsable del éxito de Iron Man (2008), la película narra el viaje físico y espiritual de un chef que deja su trabajo en un importante restaurante al enfrentarse a un controlador dueño que limita su creatividad. Por circunstancias de la vida termina montando un negocio de comida rápida en una caravana junto a su ex mujer, su hijo y su mejor amigo, lo que le devolverá a sus raíces. Una comedia que ha generado muy buenas sensaciones allá por donde ha pasado y que cuenta con un reparto realmente espectacular en el que se dan cita nombres como los de John Leguizamo (Kick-Ass 2. Con un par), Bobby Cannavale (Blue Jasmine), Scarlett Johansson (Capitán América: El soldado de invierno), Dustin Hoffman (serie Luck), Sofía Vergara (serie Modern Family), Oliver Platt (Amor y otras drogas), Robert Downey Jr. (Iron Man 2), Emjay Anthony (No es tan fácil) y Amy Sedaris (Tanner Hall).

Los otros dos estrenos proceden de Europa. Mil veces buenas noches es un proyecto financiado a tres bandas por Noruega, Irlanda y Suecia y dirigido por Erik Poppe (Hawaii, Oslo) en 2013. Su trama gira en torno a una reportera gráfica especializada en conflictos bélicos que deberá decidir entre su familia y su trabajo cuando su propia vida se vea en peligro durante la realización de su labor. Será en ese momento cuando deba resolver las dudas sobre la importancia de su trabajo en un entorno en el que la muerte es algo habitual. Este drama está protagonizado por Nikolaj Coster-Waldau (serie Juego de tronos), Juliette Binoche (Copia certificada), Maria Doyle Kennedy (serie Los Tudor), Chloë Annett (Pasty faces), Lauryn Canny, Larry Mullen Jr. (Man on the train) y Eve Macklin (serie Love/Hate).

Finalmente, Shirley: Visions of reality es una producción austríaca de 2013 que, a través de los cuadros de Edward Hopper, narra la lucha de una mujer por romper los límites que la sociedad de los años 30 del siglo pasado le impone en todos los aspectos de su vida. Una lucha que afianzará sus convicciones sociopolíticas, culturales y profesionales. Escrita y dirigida por Gustav Deutsch (60 seconds of solitude in year zero), la película cuenta entre sus actores con Stephanie Cumming, Christoph Bach (Blindflug), Florentín Groll (El violín rojo), Elfriede Irrall (Eden) y Tom Hanslmaier (Planet USA).

‘Transformers’, el éxito de la colaboración entre humanos y robots


Optimus Prime es la gran estrella de 'Transformers', dirigida por Michael Bay.Hace unos días saltaba la noticia de que Transformers: La era de la extinción se ha convertido en la primera película del 2014 en superar los 1.000 millones de dólares de recaudación a nivel mundial. Y dado que el próximo 8 de agosto llega a los cines españoles, es un buen momento para repasar Transformers (2007), la película que dio origen a una de las sagas cinematográficas más rentables de los últimos tiempos, lo cual no significa que sea de las mejores. De hecho, esta nueva entrega, la cuarta en total, puede entenderse como un reinicio en muchos sentidos, lo cual da una idea del desgaste físico, artístico y creativo que han sufrido las aventuras de estos robots gigantes capaces de transformarse en todo tipo de aparatos eléctricos, principalmente vehículos.

A simple vista puede parecer que en líneas generales todas las películas, que por cierto cuentan con Michael Bay (La Roca) como director, son iguales, entregadas por completo a la acción y la destrucción desmedidas. Sin embargo, el original de hace siete años posee una serie de características que la convierten, con diferencia, en la mejor de todas. Y la primera de ellas es el guión escrito por Roberto Orci y Alex Kurtzman, guionistas de la serie Fringe y Star Trek (2009). Su libreto es un ejemplo perfecto de equilibrio entre trama, acción y humor, o lo que es lo mismo, los guionistas tratan de contar una historia entre las explosiones, la adrenalina y los cuerpos esculturales que suelen caracterizar las obras de Bay. Una historia que recoge el origen de la serie animada basada en estos juguetes de Hasbro y que aporta un trasfondo moral y humano a las máquinas protagonistas, acercando su naturaleza a algo comprensible para el espectador que desconozca estos juguetes de los años 80 del siglo XX.

Con una estructura dramática ajustada en su desarrollo, Orci y Kurtzman aprovechan dos tramas principales (militares y civiles) para sustentar la pesada carga de narrar una lucha intergaláctica entre dos grupos de robots gigantes. El hecho de introducir ambas líneas argumentales permite enriquecer el conjunto, en primer lugar, con los problemas corrientes del ser humano, representados por un Shia LaBeouf (Pacto de silencio) en estado de gracia; y en segundo lugar, con la relación entre humanos y robots, ésta basada tanto en la relación del protagonista con su coche como en la colaboración militar en la batalla final. Todo ello genera la sensación de estar ante una película en la que los humanos no son meros espectadores, sino que tienen una participación activa en el devenir de los acontecimientos, lo que al final no hace sino redundar en el resultado positivo del film.

Evidentemente, en este resultado también influye, y mucho, la labor de los actores, todos ellos magníficos en unos roles que nunca llegan a tomarse demasiado en serio a sí mismos y que, en consecuencia, aportan cierta comicidad al conjunto y restan gravedad o un exceso de seriedad a los acontecimientos que narra Transformers. Desde el propio LaBeouf hasta un histriónico John Turturro (Aprendiz de gigoló), todos los actores encuentran un cierto equilibrio en la dinámica de sus personajes, convirtiéndolos en iconos de personalidad que si bien no tienen demasiada gravedad dramática, sí son lo suficientemente completos como para encajar entre ellos y con los robots creados digitalmente. Puede que la única que desentone sea Megan Fox (Nueva York para principiantes), cuya labor no termina de resultar creíble en algunos momentos. Y esto no es únicamente un problema de la actriz.

Novedad digital

Aunque sin duda lo más relevante del film son sus efectos digitales. Unos meses antes de su estreno existía bastante expectación por comprobar si realmente podía resultar creíble que unos robots gigantes se transformaran en coches de tamaño corriente, tal y como se veía en la serie de televisión y en los juguetes con los que muchos de los espectadores, servidor entre ellos, habían crecido. El resultado salta a la vista. El realismo de dichas transformaciones, sobre todo el momento épico en el que Optimus Prime deja de ser un camión para convertirse en robot, es simplemente brillante. Aquí habría que hacer un pequeño paréntesis para hablar sobre la labor de Michael Bay en todo esto. El director de Dolor y dinero podrá ser muchas cosas. Es cierto que no destaca precisamente por historias de personajes, e incluso podría decirse que su cine es tan visual que elimina por completo el resto de componentes de una historia audiovisual. Pero incluso en esto hay que ser bueno, y Bay es el mejor.

Su forma de plantear la historia de Transformers en lo que a planificación se refiere es notablemente espectacular. Su uso de la cámara lenta en determinados momentos de la trama, principalmente en su batalla final, no solo permite una exhibición mayor de la calidad visual de los efectos, sino que aportan un mayor dramatismo y espectacularidad a los acontecimientos, que no por ello pierden un ápice de interés. Al fin y al cabo, y como decía al comienzo, esta primera entrega basa su éxito en que todos los elementos se supeditan a la historia. Una historia de acción, aventura y poca reflexión, es cierto, pero historia al fin y al cabo. Por poner un ejemplo, las dos continuaciones directas que tuvo esta película perdieron parte de esa esencia en favor de más efectos, más robots y combates más espectaculares.

No se trata, por tanto, de entrar a valorar si Bay es mejor o peor director que cualquier otro. Eso dependerá de quién sea el espejo en el que se mire. Pero lo que es innegable es su calidad como director de cine de acción, creando incluso una marca propia que patentó junto al productor Jerry Bruckheimer en varias de sus películas. Las persecuciones de coches, el uso de una notable banda sonora compuesta por Steve Jablonsky (serie Mujeres desesperadas) o ese maquillaje único que convierte a los actores en “personajes Bay” son algunas de sus señas de identidad. Y todos ellos, a pesar de repetirse película tras película, funcionan de tal modo que son capaces de convertir el guión más inverosímil en una épica aventura que incrusta al espectador en sus asientos.

Por desgracia, la evolución de la saga ha demostrado que tanto director como actores y equipo técnico no han tenido la energía necesaria para mantener el nivel, produciéndose una progresiva decadencia en las tramas y un aumento del número de efectos, sin que ello conlleve una mejora directamente proporcional. Puede que sea porque esta primera Transformers ofrecía novedad, pero eso no es motivo suficiente para que las demás películas pierdan calidad narrativa. De ahí la necesidad de “reiniciar” la saga con nuevos actores y personajes. En cualquier caso, la película de 2007 se revela como una épica aventura en la que todos los elementos son imprescindibles, y cuya trama es tan sencilla como directa. Su factura técnica es impecable, es cierto, pero incluso en este aspecto está al servicio de una historia cuyo trasfondo va más allá de un simple espectáculo.

‘Black Sails’ crece entre personajes históricos y ficticios en su 1ª T


'Black Sails' narra la relación entre John Silver y el capitán Flint.Si una producción está apadrinada, digamos, por Martin Scorsese (Uno de los nuestros), los prejuicios, buenos y malos, son inevitables. Del mismo modo, si una serie tiene como nombre de peso el de Michael Bay (Transformers) sobran las palabras. Espectacularidad, grandes planos y pieles brillantes es lo que mejor define su cine en el plano visual. Por eso a nadie debería extrañarle que la primera temporada de Black Sails sea, en este sentido, todo un producto made in Bay. Pero más allá de su envoltorio, más allá de sus espectaculares batallas navales o de sus violentas peleas, se esconde una trama interesante y original que combina inteligentemente personajes históricos con ficciones narrativas. Todo en el incomparable marco de la piratería en el Caribe.

Para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de acercarse a esta aventura con dosis de intriga, traición y picaresca, estos primeros 8 episodios creados por Robert Levine y Jonathan E. Steinberg, colaboradores desde la serie Jericó, se centran en la vida de un joven John Silver, quien años más tarde se convertirá en el pirata más famoso de la literatura gracias a ‘La isla del Tesoro’ de Robert Louis Stevenson. Concretamente, la acción comienza cuando éste, por un azar del destino, se cruza en el camino del capitán Flint, otro personaje mencionado en la novela, quien para encontrar un inmenso tesoro español necesita una ruta descrita en un papel que está en manos de Silver. Bajo esta premisa se desarrolla un complejo mundo de intrigas, conspiraciones, rebeliones y traiciones en la que se citan famosos piratas como Charles Vane (Zach McGowan), Jack ‘Calico’ Rackham (Toby Schmitz) o Anne Bonny (Clara Paget), una de las pocas mujeres que optaron por este estilo de vida. Y como digo, lo más interesante de la serie es comprobar cómo Historia e historia van de la mano.

Un proceso, por cierto, que va de menos a más, lo cual es algo a tener en cuenta a la hora de acercarse a Black Sails. Si bien es cierto que sus títulos iniciales son espectaculares y prometedores, el desarrollo dramático del episodio piloto no es todo lo que cabría esperar de este tipo de producciones, sobre todo viendo el resultado de los últimos compases de la temporada. A pesar de que muestra un mundo muy distinto al que estamos acostumbrados a ver (los piratas son organizados y responden ante una jefa… sí, una mujer), el hecho de centrar la atención en el protagonista y en secundarios que tienen, al menos en este instante, poco o ningún interés, resta fuerza al conjunto. Silver, interpretado con bastante soltura por Luke Arnold (Dealing with destiny), es definido como un rol irritante, capaz de salir de cualquier situación gracias a su labia. Si bien es cierto que esto no es necesariamente malo (es más, genera algunas situaciones a posteriori realmente notables), hay que decir que durante los primeros minutos puede parecer poco creíble.

De algún modo, con los secundarios ocurre lo contrario. Su presencia en la primera parte de la temporada, teniendo algunos episodios con más relevancia que el capitán Flint (un Toby Stephens espléndido), lleva a la serie a plantear una serie de líneas argumentases secundarias de lo más interesantes, pero otorga protagonismo a unos roles de los que apenas se conoce nada y que es evidente que tendrán un papel secundario en la serie, sobre todo si se tiene en cuenta que los protagonistas son Flint y Silver. Todo ello puede llevar a la errónea conclusión de estar ante una producción menor de piratas en la que lo único que importa son las secuencias de acción y cuya trama es un compendio de situaciones a modo de excusa para unir batallas navales y terrestres. Pero superados estos primeros episodios lo que el espectador se encuentra es algo bastante diferente.

Urca de Lima

Si se analiza el arco dramático de estos primeros episodios de Black Sails la conclusión es que el primer acto, que abarca más o menos los dos primeros capítulos, es algo confuso, tal vez de poco interés, obligado en cierto modo por las necesidades derivadas de presentar a los personajes y sus posiciones de partida en la historia. Pero a medida que se avanza hacia el segundo acto, y sobre todo cuando los acontecimientos se precipitan en el tercer acto, la serie gana enteros en todos los sentidos, desde el drama de unos hombres que marchan a la aventura sospechando de su capitán, hasta la espectacularidad de los combates entre galeones en los mares del Caribe. Todo ello tiene un único leit motiv, o como diria Alfred Hitchcock (Psicosis) un “McGuffin”, aunque en este caso sí tiene relevancia: el Urca de Lima, nave capitana de la Flota española que transportaba el tesoro de la corona y que encontró su destino en las costas de Florida en los primeros años de 1700.

Su presencia es la que logra aunar bajo una única bandera negra los diferentes aspectos de la trama principal, como son la relevancia del personaje de Silver, el motín que sufre el capitán Flint o las distintas muertes que se suceden en el barco. El viaje que emprende la tripulación se convierte así en un fresco de intereses personales, de traiciones e intrigas que bien podrían enmarcarse en cualquier serie dramática que transcurra en las calles de una ciudad norteamericana. El hecho de que el trasfondo sea un barco pirata en pleno siglo XVIII no hace sino acentuar los conflictos internos de algunos roles, además de ofrecer al espectador una visión bastante más adulta, seria y compleja de la mecánica y el funcionamiento de una tripulación pirata. No hay que dejar pasar en este sentido algunas de las reflexiones morales sobre el sentido de la piratería o las verdaderas motivaciones de estos hombres. El desenlace de esta trama principal, a medio camino entre la ansiedad del combate y la tragedia de la rebelión, no podría ser más adecuado, pues no solo representa esa fusión entre Historia y ficción, sino que pone toda la carne en el asador para la segunda temporada ya planteada.

La importancia de este barco español es tal que no solo articula y consolida la trama principal, sino que da forma a las diferentes tramas secundarias de los piratas “históricos”. Gracias al Urca de Lima las historias de Vane y Rackham se desarrollan en unas direcciones mucho más interesantes de lo que en un principio cabría esperar. De convertirse en meros antagonistas de los roles principales evolucionan hacia posiciones propias alimentadas por sus propios objetivos que poco o nada tienen que ver con la venganza hacia el capitán Flint y los suyos (es de suponer que este sea un aspecto a retomar en un futuro no muy lejano). El hecho de que tengan entidad propia les convierte en roles a tener en cuenta, capaces de crear situaciones y tramas por sí mismos, y con una definición tan rica en matices que termina redundando en el balance general de la serie.

Estamos, por tanto, ante una producción que ha sabido sobreponerse a sus limitaciones iniciales. La primera temporada de Black Sails es una buena muestra (otra más) de que se pueden hacer cosas diferentes, frescas y entretenidas en televisión. Es cierto que no es de las mejores producciones históricas que ahora mismo se emiten por la pequeña pantalla, pero eso no impide que no esté uno o dos peldaños por encima de otras ficciones de aventuras. El hecho de que introduzca personajes reales en una historia que toma como punto de partida unos roles de la ficción literaria es algo admirable, sobre todo por la forma en que lo hace. Quizá la mejor prueba de su calidad sea su último episodio, cuyo desarrollo está plagado de intriga, drama y acción. Su batalla final es Michael Bay en estado puro. Solo queda esperar que su continuación mejore el camino emprendido.

‘Dolor y dinero’: aunque no lo parezca, sigue siendo una historia real


Anthony Mackie, Mark Wahlberg y Dwayne Johnson en 'Dolor y dinero', de Michael Bay.Michael Bay, director de películas como La Roca (1996) o la saga ‘Transformers’, siempre ha generado opiniones muy radicales a favor y en contra de su trabajo. Hay quien le considera uno de los mejores en su campo, el cine de acción, mientras que otros simplemente la tachan de realizador efectista. Su nueva película avivará más este debate, eso seguro, pues posee argumentos a favor de ambos bandos. Es cierto que esta historia verídica sobre unos culturistas que tratan de conseguir dinero y riqueza robando y matando a un empresario posee el tino Bay que tan famoso le ha hecho, pero no es menos cierto que el film se sustenta en su gran mayoría por lo inverosímil de la trama, y no porque esta esté rodada con soltura y frescura.

De hecho, lo mejor de la película es precisamente eso, lo surrealista de su desarrollo. Más allá de la evidente falta de inteligencia de sus protagonistas, lo más llamativo es cómo cada uno de ellos, a través de un diálogo con el espectador con sus respectivas voces en off (lo cual puede despistar al principio, por cierto), justifica sus propias acciones en conceptos como la misión divina o el sueño americano, verdadero eje argumental de todo este cúmulo de malas decisiones y peores ejecuciones. En este sentido hay que señalar que Dolor y dinero es posiblemente la película con un mayor contenido moral de toda la filmografía del director. En todo momento se plantean en pantalla diversos dilemas y situaciones que remiten una y otra vez a un estilo de vida que genera la imperiosa necesidad de adquirirlo, aunque sea por la fuerza. Por no hablar del mensaje indirecto acerca de lo nocivo que puede ser tener mucho músculo pero poco cerebro a la hora de elaborar un plan que, recordemos, sigue lo ocurrido en un hecho real.

Aunque si la historia es un tanto surrealista (prueba de ello es la necesidad de remarcar en alguna que otra ocasión con texto sobreimpresionado que esto sigue siendo una historia real), el verdadero corazón de la película es su trío protagonista, conformado por actores que, a pesar de sus evidentes limitaciones, pasan la prueba con sobresaliente. Quizá sobresalga Dwayne Johnson (Rompedientes), quien curiosamente tiene a su cargo el rol con mayor recorrido emocional de la cinta. Su evolución desde un ex convicto cristiano incapaz de hacer daño hasta un adicto a las drogas es notable, sobre todo en algunas ocasiones. Que nadie piense con esto que estamos ante un talento a descubrir, pero para el tipo de personaje y los recursos del actor, el trabajo es muy destacable.

Sin embargo, la cinta se resiente un poco por el propio director. He de confesar que siempre he admirado a Michael Bay como un director más que solvente en su especialización, pero Dolor y dinero es una prueba de que se está estancando en un estereotipo, de que su lenguaje cinematográfico está llegando a sus topes. Piel brillante, protagonistas femeninas de infarto y coches de lujo conforman el mosaico de unos planos que ya se han visto en demasiadas ocasiones, incluyendo uno giratorio que llamó la atención en Dos policías rebeldes II (2003). Ojo, no está mal contada, pero aquellos que conozcan un poco la trayectoria del director sufrirán un leve déjà vu. En cualquier caso, es un caso diferente en su carrera, con algo más de contenido que la mera acción. Y entretiene, aunque solo sea por ver algunas de las mayores locuras ocurridas en la vida real.

Nota: 7/10

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