‘Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis’, fusión de cómic y expresionismo alemán


He de reconocer que la idea inicial de esta sección era la de abordar volúmenes que analizaran los diferentes aspectos del cine, ya fuera en su parte más técnica o en lo referente a géneros, historia o entrevistas. Por eso puede resultar extraño hablar aquí de un cómic, pero sus implicaciones cinematográficas y la calidad de su relato es tal que es conveniente hacer un breve análisis de lo que puede aportar al séptimo arte, o de lo que el cine aporta a las viñetas de Superman/Batman/Wonder Woman: Metropolis, un recopilatorio de tres volúmenes creados por RAndy Lofficier, Jean-Marc Lofficier y Ted McKeever, y que enmarcan los orígenes de estos tres superhéroes de DC Cómics en un relato marcado por el expresionismo alemán.

Cada lector que se acerque a este recomendable ejemplar decidirá cuál de las tres historias es la mejor, pero sin duda la que afecta al hombre de acero es la más fiel a la que posiblemente sea la cinta más icónica del movimiento cinematográfico surgido en los años 20. La utopía futurista de Metrópolis (1927) creada por Fritz Lang adquiere en estas páginas una interpretación cuanto menos interesante que obliga a una reflexión sobre el bien y el mal, sobre el perdón y la venganza, que enriquece la ya de por sí completa obra del director alemán. Resulta sorprendente comprobar cómo encaja la historia de Clark Kent (rebautizado como Clarc Kent-son) en la trama original. A pesar de los cambios de nombres y de ciertas licencias dramáticas, los creadores de este cómic logran una fusión perfecta entre ambos relatos, entre ambos lenguajes, y la mejor evidencia son las primeras viñetas, que narran casi exactamente igual el comienzo de la película

Y es que si la historia deja sin palabras, el dibujo de McKeever resulta casi apabullante. Con un trazado que rememora en todo momento el arte de comienzos del siglo XX, el autor imprime un dramatismo único al trágico relato de este joven que quiere construir una ciudad mejor en la que amos y obreros convivan sin someterse los segundos a los primeros. Un dramatismo acentuado además por el recurso del color, puramente expresionista (aunque menos que la historia de Batman, de la que hablamos a continuación). Por supuesto, y como mencionaba antes, existen ciertas licencias dramáticas necesarias en un relato de superhéroes, sobre todo en lo referente al modo de derrotar al villano de turno. Y aunque para muchos pueda resultar algo forzado, en líneas generales encaja perfectamente en el tratamiento del resto de la trama, lo que evidencia la grandeza y universalidad de una obra como Metrópolis, capaz de acoger en su seno dramático cambios notablemente marcados.

Batman, el Nosferatu

Posiblemente el relato más fiel a una película del expresionismo alemán sea el de Superman, pero sin duda el que mejor capta el espíritu visual de este movimiento cinematográfico es el que tiene como protagonista a Batman. Tomando como referencia dos obras clave como Nosferatu (1922) y El Gabinete del Dr. Caligari (1920), la historia se adentra en las sombras para abordar un relato mucho más lúgubre, marcado por la muerte, la desesperación y la manipulación. Sobre estos tres pilares narrativos el cómic construye un relato en el que los juegos de sombras son fundamentales, siguiendo la estela de las dos películas que toma como referencia y proyectando este expresionismo en un nuevo lenguaje.

De nuevo, y más allá de las necesarias concesiones al mundo de los superhéroes, combate entre Batman y Superman incluido, las referencias cinematográficas parecen impregnar todas y cada una de las viñetas. Con unos personajes mucho más retorcidos física y moralmente hablando, el relato de este Hombre Murciélago/Nosferatu acoge en su seno igualmente buena parte del significado que este movimiento cinematográfico tuvo en su momento. La lucha contra el dominio de un hombre sobre el resto de hombres, la locura que afecta a unos personajes que poco a poco se acercan más a monstruos que a seres humanos, e incluso la idea de controlar el destino se asoman en estas páginas en las que la noche se impone al día, y las sombras a la luz.

Wonder Woman, la Amazona Azul

El tercer relato, centrado en el personaje de Wonder Woman, es sin duda el más “tradicional”, si es que dicho término se puede aplicar en el caso que analizamos aquí. Los motivos son varios, entre ellos que las películas que toma como referencia, El ángel azul (1930) y El Dr. Mabuse (1922), aunque encajan dentro del expresionismo alemán, se alejan notablemente de los conceptos y características que definieron este movimiento, sobre todo la primera. Es cierto que se mantienen algunos de los conceptos ya mencionados, destacando la idea de que un individuo sea capaz de ejercer un control físico y psicológico sobre el resto, pero el tratamiento visual se aleja ostensiblemente de lo visto en los dos anteriores volúmenes, al igual que ocurre, en cierto modo, en la apuesta visual de las películas.

Y desde luego, es la historia más “superheróica” y menos “expresionista” de las tres. Dicho de otro modo, el relato de esta Mujer Maravilla se sumerge de forma más evidente en los parámetros e iconos tradicionales del relato de este tipo de superhéroes, alejándose al mismo tiempo de todo aquello que aporta el movimiento cinematográfico alemán. Desde un punto de vista puramente visual también destaca esta apuesta, con un trazo más definido y un tratamiento del color más rico, abandonando los contrastes de luces y sombras, algo que destaca sobremanera en el tramo final de esta historia, donde por cierto se da cita la versión expresionista de muchos personajes de DC Cómics.

En cualquier caso, este último relato es el colofón de una trilogía apasionante, tanto para los amantes del cómic como para los apasionados del expresionismo alemán. Las conexiones entre las viñetas y los fotogramas de las películas mencionadas son tan evidentes en algunos casos que las fronteras entre uno y otro lenguaje desaparecen, evocando en sus páginas el movimiento de las máquinas de esa ciudad de obreros y amos, las sombras del primer vampiro del cine o la seducción de un ángel azul. Y aun siendo superhéroes, los personajes quedan relegados muchas veces a un mero hilo conductor de una historia que les supera y en la que los géneros se mezclan para ofrecer un producto único, una fusión entre cine y cómic que inevitablemente obliga a revisionar las películas casi al tiempo que se leen las páginas. No es un libro de cine, pero pocos libros de cine son capaces de lograr esto.

Anuncios

‘Batman v Superman: El amanecer de la Justicia’: de Dioses y Hombres


Henry Cavill y Ben Affleck se ven las caras en 'Batman v Superman: El amanecer de la Justicia'.Roma no se construyó en un día. Y si los romanos no pudieron, los de DC Cómics, Warner Bros. y todo el equipo que ha trabajado en este entretenido film de superhéroes no pueden construir todo un universo en una sola película, por muy larga que esta sea. Es por ello que esta continuación de El hombre de acero es también una precuela de lo que está por llegar. Y esa dualidad le resta capacidad para definirse en uno u otro sentido, lo que sin duda perjudica al conjunto.

Porque sí, como secuela Batman v Superman: El amanecer de la Justicia es digna sucesora. A las dudas sobre el carácter todopoderoso del hijo de Krypton se suma la atormentada personalidad del murciélago de Gotham, muy bien encarnado por un Ben Affleck (Ases calientes) hipermusculado para la ocasión. Si bien es cierto que sus historias corren de forma paralela durante casi todo el metraje, la forma en que se entrecruzan y se integran poco a poco representa un buen ejemplo de construcción dramática creciente para alcanzar un inevitable clímax en forma de enfrentamiento. A esto se añade la pieza que, posiblemente, es lo más interesante de la trama: Lex Luthor (sensacional Jesse Eisenberg –El amor es más fuerte que las bombas-).

Su presencia como agente caótico es sublime. Su intervención en la historia como catalizador que dinamiza y, poco a poco, se desvela como un marionetista nato, es brillante, tanto por su actuación como por el modo en que los guionistas desvelan con cuenta gotas su participación en el desarrollo dramático del film. Gracias a él y a Batman el tono oscuro que ya tuvo la primera película se acrecienta hasta encontrarnos con un substrato emocional que apunta directamente a la infancia y a los traumas que todos los personajes cargan a sus espaldas. Y desde luego, la estética formal utilizada por Zack Snyder (Watchmen) es el envoltorio idóneo.

Pero algo falla en este conjunto. Más allá del hecho de que las historias de ambos superhéroes se muevan en paralelo durante buena parte de la historia (lo que pone de manifiesto que Batman es más interesante, en general, que Superman), el problema es que la cinta necesita minutos, mucho minutos, para presentar personajes que deberían haber tenido espacio en otros films y de forma mucho más distribuida. Lo que Marvel ha logrado en varios años a través de secuencias extra, de cameos y de películas independientes, DC parece querer hacerlo en una cinta, en unos minutos y en una sola historia. Y el resultado es que, literalmente, sobra. Aporta poco, por no decir nada, al conjunto de la trama, lo que rompe el ritmo narrativo.

En cualquier caso, Batman v Superman: El amanecer de la Justicia es una película para disfrutar. El poderío visual de Snyder vuelve a estar presente de forma abrumadora, sobre todo en su tercio final y en esa monstruosa batalla que vuelve a destruir media ciudad. Y la forma de integrar las historias de los dos superhéroes principales en una única trama a través de un villano común que maneja los hilos de forma notable representa una construcción dramática más que interesante. Pero en mucho momentos la historia se va por las ramas, perdiendo la perspectiva de lo que narra para introducir lo que está por llegar. Y lo que está por llegar, por cierto, es una nueva era de Dioses y Hombres. Por si a alguien le quedaba alguna duda, tenemos superhéroes (o meta-humanos, según se mire) para rato.

Nota: 7,5/10

‘De Caligari a Hitler’, o el expresionismo como fuente de estudio social


Una de las épocas recientes más estudiadas desde todos los puntos de vista posible es el período de entreguerras del pasado siglo XX. La magnitud de la crisis económica, la diferenciación social y, sobre todo, los motivos que llevaron a la Humanidad a repetir un horror incomparable como es una Guerra Mundial. Dicho periodo, desde el punto de vista cinematográfico, es posiblemente el más interesante, tanto por el desarrollo de las técnicas que se produjo en esos años, como por la carga simbólica y de denuncia social que contenían. Una de las obras literarias más importantes en este sentido es De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán (Paidós Comunicación), escrita por Siegfried Kracauer y publicada por primera vez en 1947.

Ya hemos hablado en varias ocasiones del expresionismo alemán y su influencia en todo el cine posterior. Sin embargo, y como recoge este libro, este movimiento cultural es solo una consecuencia de un sentir social derivado de las desastrosas consecuencias que tuvo la I Guerra Mundial para Alemania. A lo largo de sus 350 páginas el autor hace un repaso exhaustivo no solo de los títulos que se realizan, sino de las coincidencias narrativas, morales y argumentales que poseen. En este sentido, y aunque el texto está estructurado por épocas, su información puede abordarse desde un punto de vista puramente cinematográfico en el que se descubren los entresijos y las gestaciones de algunos de los títulos más emblemáticos de la producción alemana.

Aunque, claro está, su principal atractivo reside en el estudio psicológico y sociológico de la producción audiovisual de la época como reflejo del sentir social. Cabe señalar que el título puede llevar a engaños. El texto de Kracauer no comienza, ni mucho menos, con la famosa película que se ha quedado en denominar el inicio del expresionismo alemán. No es hasta bien avanzado el estudio que se analiza a fondo El gabinete del Dr. Caligari (1920). Entonces, ¿por qué el título? Bueno, lo cierto es que muchos autores, entre los que se halla este historiador, ven en los personajes y el tratamiento de la historia un comienzo de lo que después abordaría el expresionismo sin ningún género de dudas: el temor y la denuncia del peligroso camino que la sociedad estaba tomando, cada vez más alienada y dominada por un poder que tendía a acomodarse en las manos de un dictador capaz de manipular el subconsciente global.

Igualmente, el autor no se limita a la ascensión de Hitler al poder en 1933, sino que continúa su obra hasta un período igualmente interesante para el desarrollo audiovisual: la propaganda nazi. Siegfried Kracauer realiza, por tanto, una obra evolutiva en el sentido de que, a través de sus páginas, el lector es capaz no solo de hallar conexiones entre una época y otra, sino de entrever en muchas de la películas abordadas una advertencia de los cineastas a la sociedad al tiempo que un reflejo del malestar y de los sueños y anhelos de los ciudadanos.

El gran compendio del expresionismo

De Caligari a Hitler supone, posiblemente, la mayor y más completa obra realizada sobre el expresionismo alemán y el resto de cintas producidas durante los años 20 y 30 del siglo pasado. Analizar en profundidad las connotaciones de sus ideas, las relaciones que establece y las conclusiones que se obtienen sería objeto de un trabajo cuya extensión es demasiado grande para un artículo de este blog. Sin embargo, buena parte de sus argumentos serán abordados en diferentes ocasiones con motivo del análisis de algunas de las películas mencionadas en el texto.

Puede que muchos solo quieran ver en estas páginas un vano intento por nutrir a las películas de un contenido que no tienen. Considerar, empero, que el expresionismo alemán (o el cine soviético de la época) son solo meras fantasías en blanco y negro es rascar muy poco bajo la superficie. Es indudable que algo existe bajo la ciencia ficción de Metrópolis (1927), bajo el pacto de Fausto (1926) o bajo los crímenes de M, el vampiro de Düsseldorf (1931). Todas ellas, como describe el autor, son formas diferentes de mostrar el peligro de las ideas nazis y el carácter manipulador a través de una imagen amable y democrática de sus líderes.

El libro, por lo que tiene de inminente respecto a la época que aborda, se convierte así en un compendio enorme de la evolución ideológica, moral y social de una época convulsa no solo en Alemania, sino en todo el mundo. A pesar de las diferencias, su estudio puede extrapolarse a otros ámbitos sin riesgo a sufrir un grave error. No hay que limitarse, sin embargo, al expresionismo, si bien es el movimiento más emblemático de la época.

Alpinismo, drama y rebeliones a la autoridad

Durante estos años, y al igual que la mayor parte de las producciones, de la mano de Ufa, muchos autores trataron de mostrar de un modo u otro los dilemas morales que sentían y que, en cierto modo, se extendían a toda la sociedad. Estos otros géneros o, si se prefiere, estas otras temáticas, son abordados de forma minuciosa por Kracauer, como es el caso del alpinismo. Muchos autores, actores y actrices optaron por abordar la escalada de grandes montañas como un reflejo de la lucha contra la adversidad, como una forma de liberarse de la opresión que sentían. Un reflejo, por cierto, que era algo más que un simbolismo, pues no hay que olvidar que estamos en los años 20 y 30 del siglo XX, y este tipo de películas se realizaban sin dobles y con medidas de seguridad más bien pobres comparadas con la tecnología actual. Aunque no fue lo único.

Muchos títulos, entre los que se encuentra la propia Metrópolis de Fritz Lang antes mencionada, presentan como punto de unión la rebelión a la autoridad, vista esta como un mecanismo de coartar las decisiones propias de un pueblo libre. Ya sea a través de una revolución trabajadora, ya sea mediante el rechazo de un hijo a la autoridad paterna, lo cierto es que la sociedad alemana sentía la necesidad de liberarse de todo aquello que la impedía evolucionar de forma natural, y que a la larga fue el mejor caldo de cultivo para la ideología de extrema derecha.

Ya lo hemos dicho, no todo es expresionismo. El propio autor hace esa distinción a lo largo de su obra. Si bien el periodo de posguerra es el más prolífico en lo relativo a este movimiento, a la ciencia ficción y al desarrollo de las técnicas cinematográficas, pasada esta época se da un “período de estabilización”, como lo denomina Kracauer, en el que predomina un realismo centrado en el montaje y en la necesidad de mostrar historias más cercanas a la gente, menos simbólicas por decirlo de algún modo. Así, nuevos elementos se convierten en protagonistas, como el adolescente o el amanecer (en claras referencias al despertar social), así como se desarrollan nuevos géneros como el drama.

De Caligari a Hitler es, en definitiva, una obra fundamental para comprender la evolución cinematográfica de una de las épocas más ricas del cine, pero también permite acceder a un análisis pormenorizado de la sociedad de ese periodo, de sus frustraciones y sus esperanzas, y de los sentimientos que permitieron el ascenso del nazismo y, en consecuencia, la repetición de una Guerra Mundial aunque enriquecida por el avance tecnológico. En este sentido, su lectura se vuelve necesaria para, salvando las distancias temporales que nos separan, comprender cómo evoluciona la sociedad en tiempos de crisis y, de este modo, evitar repetir errores del pasado.

Cine negro futurista y expresionismo alemán en ‘Dark City’


Decir que Alex Proyas es un director especializado en el fantástico es como decir que un león es carnívoro. Su filmografía, con títulos como Yo, Robot (2004) o El cuervo (1994), evidencian una tendencia clara hacia un género difícil de realizar y de implantar en el recuerdo de un amplio colectivo. Para lograrlo, el director utiliza dos elementos tan clásicos como complejos: una trama de cine negro y una clara influencia del expresionismo alemán. Puede que el mejor ejemplo sea Dark City (1998).

Protagonizada por Rufus Sewell (El ilusionista), William Hurt (El increíble Hulk), Kiefer Sutherland (Jóvenes ocultos), Jennifer Connelly (Réquiem por un sueño) y Richard O’Brien (Por siempre jamás), la historia se centra en cómo un hombre despierta en medio de una ciudad en la que siempre es de noche, sin recordar quién es y perseguido por la policía. Sin embargo, pronto descubre que unos extraños personajes manipulan tanto la fisionomía de la ciudad como a los propios habitantes. A medio camino entre la ciencia-ficción y la trama policíaca, el film de Proyas utiliza todos los clichés detectivescos para tejer una trama compleja en su sustrato pero al mismo tiempo simple en su desarrollo, con momentos realmente inolvidables y una estética que ha dado pie a numerosas producciones posteriores.

En efecto, no son pocos los momentos que pueden identificarse con las clásicas películas de Howard Hawks. La entrevista de la mujer con el detective, las extrañas pistas que éste sigue, la indumentaria de los mismos, los asesinatos de prostitutas, … Todo ello, unido a una fotografía casi negra, con tenues momentos de auténtica iluminación que quedan marcados por los tonos ocres y terrosos, convierten a la película en un auténtico ‘film noir’ futurista, al más puro estilo Blade Runner o, incluso, El cuervo.

Heredando el expresionismo

Hace unas semanas ya dijimos que el expresionismo alemán, surgido en el período de entreguerras del siglo XX, había influido en multitud de películas. Bueno, Dark City hace honor a dichas películas casi en cada plano, comenzando por la propia ciudad, una amalgama de edificios que parecen sacados de los años 30 del siglo pasado pero que, en el fondo, componen una ciudad rica en contrastes, con pasarelas, zigurats y callejuelas que recuerdan poderosamente a Metrópolis de Fritz Lang.

A esto cabe unir el otro elemento importante de la historia. Los villanos de la función, una suerte de criaturas de otro mundo que han ocupado los cuerpos de los humanos fallecidos, se convierten por arte del maquillaje en los hijos de Nosferatu, de F. W. Murnau. Sus rasgos físicos, el color de su piel y de sus ojos, e incluso su estética, con unos abrigos negros y ceñidos hasta los pies, recuerdan a ese primer vampiro. Incluso las manos alargadas del clásico mudo parecen verse en más de una ocasión en este mundo sin luz (curiosamente, estos personajes tampoco la soportan). Y aunque no beben sangre, ésta está muy presente a lo largo del relato.

Un relato, por cierto, que pertenece a ese fantástico realizado con presupuestos muy ajustados que lucen como si de una superproducción se tratara. Prueba de ello es que la trama, a pesar de los elementos fantásticos, se mueve más por terrenos detectivescos y paranoicos que por los efectos visuales, muy presentes en el último tramo de la película y, posiblemente, el menos interesante de todos.

Al igual que Nivel 13 o la propia Blade RunnerDark City se ha convertido en un referente por méritos propios, generando todo un mundo que, en mayor o menor medida, se ha introducido en el imaginario colectivo a través de su presencia en otros films. Un proyecto basado en la historia, en unas interpretaciones sólidas y en un mundo tan original como conocido, tan novedoso como referencial, en el que todos los elementos son importantes. Una de esas películas que, al igual que Matrix, imponen en el espectador la pregunta ¿vivimos nuestra realidad o es simplemente un mundo impuesto?

Los peligros de la división de clases en la revolucionaria obra maestra ‘Metrópolis’, de Fritz Lang


Cualquier aficionado al cine clásico tendrá en su mente grabado el año 1927 del siglo pasado. En dicha fecha, a medio camino entre la Gran Guerra y la II Guerra Mundial, y dos años antes del Crack del 29, llegaba a las pantallas de Europa Metrópolis, una obra de ciencia ficción firmada por el dúo artístico y sentimental Fritz Lang (Los Nibelungos) y Thea Von Harbou, él como director y ella como guionista. Como ocurre en muchos casos, su repercusión en la época se podría considerar moderada, pero no existe un título más idóneo para ser considerado clásico. Su complejidad visual, narrativa y simbólica se une a un contenido social que aún hoy se mantiene vigente, conformando todo ello un espectáculo único e irrepetible que solo puede surgir del genio del expresionismo.

En efecto, la película es considerada como uno de los grandes exponentes de este movimiento cinematográfico alemán, pero va mucho más allá. Su influencia en el cine posterior y su visionario concepto de la sociedad del futuro (que, eliminando el componente fantástico, no se aleja mucho del camino seguido hasta hoy) la convierten en un punto de inflexión dentro de la historia del cine, considerada como la primera película Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Su trama, con todo, es relativamente sencilla: en el futuro, la enorme y avanzada ciudad de Metrópolis posee dos estamentos sociales claramente diferenciados. Por un lado, los amos de la ciudad, que viven en lo alto de los edificios y disfrutan del ocio y la vida; por otro, los obreros, condenados a vivir bajo tierra y a trabajar en las máquinas que facilitan la vida a los señores. Sin embargo, la aparición de un científico rencoroso y su robot, que adoptará la apariencia de una mujer obrera, crearán una revolución que pondrá en peligro el equilibrio establecido y las vidas de todos los habitantes de Metrópolis.

A pesar de este argumento claro y directo, la película basada en la novela homónima de Von Harbou supone una reflexión mucho mayor de la sociedad de la época y, como era habitual en Lang, de los peligros que existían si se seguía por el camino iniciado. Peligros, por cierto, que llegaron con la crisis económica (al igual que ocurrió con M, el vampiro de Düsseldorf y la ascensión del nazismo). La bonanza económica que existió en los años 20 generó unas diferencias sociales tan acusadas que la ruptura tenía que llegar por algún lado, y al igual que en la película, fue mediante el conflicto. No son casualidad tampoco las referencias a la Revolución Rusa de unos años antes, en la que el pueblo se alzó contra el gobierno estableció instado por una serie de líderes.

Revolución visual

Pero si algo define a Metrópolis es su concepto visual y el trabajo en los efectos especiales que aportan el carácter fantástico y futurista al relato. Con un comienzo inolvidable en el que el trabajo de las máquinas da paso a la presentación de una ciudad donde aviones, trenes y coches por carreteras que se elevan decenas de metros sobre el suelo se mezclan entre rascacielos imposibles, la obra maestra de Lang logra hacerse aún más grande con los pequeños detalles, como esa especie de ordenador que permite la comunicación cara a cara, las terroríficas y agotadoras máquinas (una de ellas similar a un reloj que parece realizar una cuenta atrás hacia la muerte; otra que emula a un dios devorador de hombres) o el mismísimo robot, cuya puesta en marcha es, en pocas palabras, hermosa.

No solo de esto vive la cinta. La clara diferenciación de los espacios, con una ciudad inferior donde los vicios y las bajas pasiones campan a sus anchas (con unos edificios toscos, cuadriculados e industriales) y una ciudad superior donde los espacios abiertos y la luz predominan, van de la mano con el diseño de unos personajes que contrastan en vestimenta y actitud. Una actitud, por cierto, cuya evolución se muestra de forma sencilla y directa. Si al principio se ve a los obreros movidos como si de autómatas se tratara en el cambio de turno, los movimientos de masas finales, con destrucción de las grutas incluido, supone toda una declaración de principios de lo que el ser humano está dispuesto a hacer si se ve presionado hasta sus últimas consecuencias.

Pero de todo lo que más destaque tal vez sea el robot protagonista, ese ser metálico creado con el único propósito de destruir el orden establecido y acabar por el camino con los habitantes de Metrópolis. Una criatura creada para incitar y guiar a una masa que llega incluso a poner en peligro la vida de sus descendientes por una búsqueda de justicia cegada por la ira. Un robot, en fin, cuyo dueño, magníficamente interpretado por Rudolf Klein-Rogge (el mismo Dr. Mabuse que ya advirtió del peligro de los nazis), solo es movido por la venganza hacia el hombre que dejó morir al amor de su vida. Un rencor que queda patente incluso en su vivienda, una casa pequeña y rústica que contrasta, y de qué modo, con los altos, lujosos e imponentes edificios de la ciudad.

Actualidad y referencia cinematográfica

Metrópolis, como ya hemos apuntado, fue en su momento un fiel reflejo de una sociedad entregada a un tren de vida lujoso que generaba, cada vez más, unas diferencias sociales que tensaban una cuerda que terminó por romperse bajo la forma de una crisis económica. En este sentido, la película supone además una reflexión sobre los peligros de cometer los mismos errores. La historia supone, por tanto, un documento visual sin igual sobre los problemas a los que puede enfrentarse una sociedad dividida y en crisis, en la que las diferencias sociales sean tan grandes que aquellos que no tienen nada que perder se lancen a atacar a los que les dirigen y para los que trabajan. Un aviso que en tiempos de crisis es más necesario que nunca.

Pero su actualidad no solo pasa por su contenido social. Su originalidad la ha convertido en una de las películas más homenajeadas de la historia. Además de ser utilizada en videoclips (David Fincher y su vídeo para el Express Yourself de Madonna) o tener una versión manga, algunos de sus personajes han sido tomados como modelo para otras obras de ciencia ficción. Sin ir más lejos, la propia ciudad es referente para cualquier sociedad del futuro que quiera ser convincente. Prueba de ello son, por ejemplo, Blade Runner o El quinto elemento.

Posiblemente sea La guerra de las galaxias la que realice un homenaje más directo a la cinta de Fritz Lang. Viendo al conocido robot C3PO, es inevitable pensar en el ser metálico y dotado de voluntad que crea el caos en la megalópolis. Claro que el primero es en clave masculina y la segunda en clave femenina, pero la forma, las articulaciones, e incluso la estructura de la cabeza son más que similares. Por no hablar de la mano perdida del científico, elemento que puede encontrar en dos momentos de la saga de George Lucas.

No cabe duda de que Metrópolis está y estará presente en los cineastas de todas las generaciones, pero su influencia, como se ha podido apreciar, va mucho más allá. Por supuesto, es un relato de ciencia ficción, pero las películas de este género suelen ser una denuncia más evidente de los problemas de la sociedad que un drama social. Y como toda cinta que se precie, su final ofrece la solución perfecta a los conflictos sociales que plantea: el diálogo y el entendimiento. Y es que, como reza el lema del relato, “no puede haber entendimiento entre las manos y el cerebro si el corazón no actúa como mediador”.

Fritz Lang, el genio detrás del expresionismo alemán


Los años 20 y 30 del siglo XX, el llamado período de entreguerras, fueron unos años de depresión e incertidumbre para la población europea. En este contexto surgieron numerosos movimientos artísticos y literarios que no sólo reflejaban esos sentimientos, sino que alertaban ante los peligros que se cernían sobre la sociedad. Uno de dichos movimientos, en el ámbito cinematográfico, fue el expresionismo alemán. Con nombres tan relevantes como F. W. Murnau, Robert Wiene o G. W. Pabst, sin duda el director que más aportó al movimiento y que logró mantener su espíritu en décadas posteriores fue Fritz Lang, autor al que la Filmoteca de Cantabria le dedica un ciclo a partir de esta semana.

Responsable de títulos tan legendarios como Metrópolis, El Dr. Mabuse, Los Nibelungos o M, el vampiro de Düsseldorf, se cree además que este judío nacido en 1890 es el autor no acreditado del film que se considera como punto de partida del movimiento: El Gabinete del Dr. Caligari. Y es que los temas que obsesionaron a lo largo de su carrera están patentes en la historia: un pueblo amenazado por un asesino, un hombre que maneja a las masas con una especie de hipnotismo, la lucha de un joven por demostrar sus teorías, etc. Un argumento que, años después, repetiría con mejor fortuna en las entregas de su saga sobre Mabuse, ese genio del crimen en el que muchos críticos y analistas ven al mismísimo Adolf Hitler (la verdad es que no hace falta imaginar mucho).

Si bien es cierto que no habría logrado títulos tan memorables sin la ayuda de su mujer y guionista, Thea Von Harbou, su posterior carrera en Estados Unidos demuestra su obsesión no sólo por el nazismo, del que hizo crítica en todo momento, sino con los males de una sociedad que se muestra decadente pero fuerte y orgullosa al mismo tiempo. Tramas como la de M, el vampiro de Düsseldorf, donde los propios criminales dan caza a un pederasta, o la de la maravillosa Los verdugos también mueren, sobre un caso real ocurrido durante el nazismo, son claros ejemplos.

La potente imaginación del autor de Las tres luces desborda y sobrepasa cualquier otro genio de la época. Posiblemente Murnau le hubiera hecho sombra si no hubiera muerto prematuramente. El momento clave en su filmografía y en su vida personal fue su huida de Alemania cuando Hitler, tras ver sus películas para la UFA (la productora alemana), le quiso para rodar su propaganda. La misma noche en que lo supo, huyó a Francia, y de allí a Estados Unidos. Atrás dejó a una mujer que sí compartía las teorías del Reich y de la que se separaría tiempo después.

Etapa USA

En Estados Unidos desarrolló una interesante carrera donde exploró todo tipo de géneros y tramas, pero manteniendo siempre que podía ese estilo personal que define a la que posiblemente sea su obra maestra: Metrópolis. Películas como La mujer del cuadro, Perversidad o House by the river retoman esos marcados contrastes entre la luz y las sombras, ámbitos en los que se mueven personajes con un pasado oculto que tratan de esconder a través de decisiones que les sumergen cada vez más en el abismo.

Desde luego, el cine negro estadounidense se nutrió, y de qué manera, de la maestría de Lang a la hora de recrear ambientes que fueran fiel reflejo de los sentimientos de los personajes. Pero no fue el único. El díptico El tigre de Esnapur y La tumba india, unos de sus últimos trabajos, reflejan ese mundo sórdido de magia, leyenda y personajes ambiguos a pesar de ser un relato de aventuras en color. El western también contó con su toque personal en Encubridora.

Influencias

Lang ha terminado por convertirse en un referente para el género fantástico gracias a su labor en el cine mudo y el expresionismo alemán. De hecho, muchos de los elementos de Metrópolis han sido incorporados u homenajeados en películas posteriores. George Lucas utilizó el diseño de María, el robot que provoca la revolución entre los trabajadores, para su C3PO, mientras que el diseño de la ciudad futurista donde los ricos viven en la superficie y los pobres bajo suelo ha influencia a infinidad de historias, desde Blade Runner hasta la misma Star Wars y otras producciones futuristas. Existe una versión en manga de Metrópolis que lleva el mismo nombre y que se adaptó a la pantalla grande, e incluso David Fincher homenajeó al gran director en el videoclip de Express Yourself de Madonna. Y esto por citar sólo algunos.

El exilio a Estados Unidos sólo tuvo un inconveniente, y es que el desarrollo de los efectos que había logrado en el expresionismo alemán se perdió. Unos efectos visuales que dejan sin habla si se tiene en cuenta la época en la que se realizaron y que el cine apenas tenía 30 años de vida. Sus conceptos para explicar en una pantalla el funcionamiento de la mente, las alucinaciones, la comunicación sin necesidad de teléfonos o los mundos fantásticos de Lo Nibelungos o Las tres luces no sólo están vigentes en el arte audiovisual, sino que muchos directores recurren a ellos para inspirarse, lo que aúpa a Fritz Lang como el genio detrás del expresionismo alemán… y de algo más.

Diccineario

Cine y palabras

A %d blogueros les gusta esto: