‘The Blacklist’ usa giros argumentales irregulares para superar la 3ª T.


Ryan Eggold y Megan Boone contraen matrimonio en la tercera temporada de 'The Blacklist'.Vistas tres temporadas, es momento de analizar a fondo porqué una serie como The Blacklist es capaz de aguantar episodio tras episodio, etapa tras etapa, sin perder aparentemente la frescura que tiene y lograr mantener el suficiente número de seguidores como para mantenerse en parrilla con aceptable éxito. No es por su calidad (las hay infinitamente mejores); no es por sus actores (sobre esto hablaremos más adelante); y desde luego no es por el desarrollo dramático de la trama (intermitente y muchas veces carente de cierta coherencia). La respuesta no es sencilla, y desde luego no pretendo sentar cátedra, pero al menos sí ofrecer algunas pinceladas de lo que podría ser.

Los 23 episodios de esta tercera temporada de la serie creada por Jon Bokenkamp (Vidas ajenas) confirman que su creador ha sido capaz de lograr un equilibrio extremadamente difícil entre el arco argumental general de la serie y las tramas episódicas que dan vida a la ficción. En lo que muchos otros han fracasado, siendo obligados a elegir entre uno u otro formato, Bokenkamp triunfa gracias a la combinación de acción y una serie de villanos a cada cual más atípico, cuyas funciones son tan extrañas como aterradoras en muchos casos. Esta originalidad logra suplir otras carencias, al menos en parte. La falta de un desarrollo constante en la historia de la protagonista queda, de este modo, a un lado, utilizándola cuando conviene como apoyo a la caza de estos villanos de una lista negra que, cada vez más, parece más una vendetta personal que otra cosa.

Esto impide, además, que el espectador tenga facilidad para seguir el argumento global de The Blacklist. Es cierto que existe una idea general de lo que ocurre (La Camarilla, el pasado soviético de la protagonista, espías, etc.), pero lo cierto es que, si no se asiste a la historia de forma constante, es decir, ver los episodios uno de tras de otro sin apenas descanso, el hilo conductor tiende a perderse. Y perdiéndose esto, es más sencillo introducir elementos que presumiblemente se habían pasado por alto, ya sea con conversaciones específicas o con secuencias complejas que combinen acción y drama. El resultado, por tanto, es el de una producción que sabe sacar cierto provecho de sus propias limitaciones.

Pero esas limitaciones están ahí, y hay ocasiones en las que son extremadamente manifiestas. Esta tercera temporada, y más concretamente su conclusión, es prueba de ello. La falta de imaginación para desarrollar el trasfondo dramático de los personajes es alarmante, convirtiéndoles prácticamente en arquetipos con pocas o ninguna dimensión. Que el pasado de los personajes de Megan Boone (Bienvenido a la jungla) y Ryan Eggold (De padres a hijas), pareja en la ficción, sea prácticamente idéntico puede parecer una broma. Y que el resto de secundarios con un peso específico en la trama no parezcan evolucionar a pesar de todo lo que viven a lo largo de los capítulos no es sino un síntoma claro de que la serie es un quiero y no puedo. Quiere desprenderse del carácter meramente entretenido para narrar una historia de traición, espionaje, conspiración y muerte, pero se queda en eso, en un intento.

Mejor sin la protagonista

Todos estos problemas, y muchos otros que no he mencionado, están complementados a su vez por la protagonista de The Blacklist. La falta de carisma de Boone es tan alarmante que resulta sorprendente que siga al frente de la trama. Podría argumentarse en su defensa que tener al lado a un actor de la categoría de James Spader (Deuda de honor) es una carga muy pesada, sobre todo para una actriz relativamente nueva. Pero dicha defensa cae por su propio peso cuando se compara con el resto del reparto, que ha sabido crecer (todo lo que lo permiten estos personajes) a lo largo de las tres temporadas, justamente lo contrario que ocurre con esta agente/hija de espías/fugitiva/lo que sea necesario.

Puede parecer ensañamiento, inquina o directamente odio, pero lo cierto es que la tercera temporada ha confirmado que este thriller está mejor sin ella. El final de temporada ha deparado uno de esos momentos valientes, arriesgados y aparentemente rompedores: la muerte de la protagonista. El giro dramático ha sido tal que ha transformado a todos los personajes, poniéndoles en una situación única. Por primera vez el personaje de Spader se deja llevar por las emociones; por primera vez el equipo del FBI parece romper con sus propios principios. Y por primera vez la trama de la serie se ha vuelto realmente interesante en lo que parecía una huída hacia adelante que apuntaba maneras.

E incido en el carácter condicional de estas frases. Porque esa decisión valiente, ese giro argumental arriesgado, es en realidad un engaño para volver a lo mismo, una suerte de golpe de efecto que enganche al espectador un par de episodios para luego devolverle a la realidad. Claro que ha servido también para introducir dos personajes nuevos que habrá que ver si son capaces de crear atractivo en una trama que se empeña en seguir por un camino de lo más tópico. Desde luego, de haberse confirmado la muerte de la heroína la trama habría dado un giro completo, quién sabe si a mejor (todo hacía pensar que sí). En cualquier caso habría sido más dinámico, pues toda la atención recaería sobre Raymond Reddington, que ha demostrado ser el verdadero atractivo de la serie.

Pero no. La tercera temporada de The Blacklist ha terminado siendo más de lo mismo, sin ofrecer al espectador algún giro que permita intuir un tratamiento o un futuro diferente al que parece que va a tener la serie. Golpes de efecto a modo de ganchos, algo de acción, malos muy, muy malos, y una trama que deambula entre lo interesante y lo anodino, entre la intriga y el drama más meloso y tedioso que se pueda imaginar. O lo que es lo mismo, entre un personaje atractivo como el de Spader y uno cada vez menos soportable como el de Boone. Es la carga que deben soportar los seguidores de la serie. Solo cabe esperar que los nuevos personajes, presumiblemente villanos que arrojarán algo de luz a la historia, mejoren el conjunto.

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3ª T de ‘Ray Donovan’, vender el alma para lograr la mejor temporada


Liev Schreiber e Ian McShane marcan el desarrollo de la tercera temporada de 'Ray Donovan'.La serie creada por Ann Biderman (Las dos caras de la verdad) y protagonizada por Liev Schreiber (El mayordomo) ha mantenido un nivel más que aceptable en sus dos primeras temporadas, ahondando fundamentalmente en los problemas familiares, en el pasado y en el modo en que afectan a los personajes. Pero la tercera temporada de Ray Donovan ha sido, sencillamente, increíble. Y lo ha logrado, curiosamente, abandonando las tramas del pasado para centrarse en el futuro.

Estos nuevos 12 episodios sitúan al protagonista, hombre controlador donde los haya, ante situaciones que no controla, ante un mundo que, a priori, está fuera de su alcance y al que, sin embargo, quiere aferrarse desesperadamente para solventar su vida y la de su familia. En este contexto, los conflictos dramáticos de la temporada adquieren una mayor importancia, en tanto en cuanto el desarrollo obliga al personaje a algo a lo que no está acostumbrado: a vender su alma para poder salvar a los que quiere. A lo largo de los episodios ha sido tan habitual ver al héroe hacer y deshacer a su antojo, que verle atado de pies y manos por una familia más poderosa es algo sumamente atractivo.

Claro que no todo depende de la solidez dramática de esta tercera temporada. Las incorporaciones que presenta Ray Donovan en esta entrega tienen mucho que decir, fundamentalmente Ian McShane (El niño) y Katie Holmes (serie Dawson crece), brillantes en sus respectivos papeles. Más allá del héroe, el mundo creado por estos personajes, padre e hija, deja la violencia que desprende el rol de Schreiber como una mera anécdota. Y no porque sean viscerales, más bien al contrario. La capacidad de destruir con el poder y la influencia a quien quieran, de manipular los hechos para beneficiarse, y de controlar todo a su alrededor, les convierte en lobos con piel de cordero, algo a lo que todavía no estaba acostumbrada la serie.

Por ello, la temporada se torna mucho más atractiva de lo que fueron las anteriores etapas. Tal vez ha tenido mucho que ver el hecho de que la segunda entrega de episodios requirió de un análisis en profundidad del pasado de la familia Donovan, lo que terminó perjudicando el ritmo del conjunto. Sea como fuere, lo cierto es que la apuesta por hacer avanzar la acción a través de la introducción de nuevos personajes (y de retomar tramas abiertas anteriores) ha sido exitosa, hasta el punto de convertir esta tercera etapa en la mejor hasta la fecha.

Problemas del pasado

Pero la verdadera riqueza de Ray Donovan radica en su facilidad para integrar en un todo armónico todas las tramas, enriqueciéndose unas con otras para volver más complejas las relaciones entre los protagonistas. De hecho, es a raíz de una línea dramática heredada de la segunda temporada que el protagonista vende su alma. Pero es precisamente por eso por lo que, al final, se desencadenan una serie de acontecimientos que permiten ver, por primera y quizá última vez, al héroe de esta trama sin su coraza.

Y de nuevo es el personaje de Jon Voight (Cuestión de honor) el elemento perturbador de todo el desarrollo dramático. Lo cierto es que, sin su presencia, la serie no sería lo mismo. Tal vez porque es el único personaje que va por libre, tal vez porque es la verdadera némesis del héroe (y eso que es su padre), lo cierto es que ha recuperado con fuerza el carácter catalizador de los mayores dramas que presenta esta tercera temporada.

De hecho, sin él no habría tenido lugar el desenlace que se ha producido. No me refiero tanto a las acciones en sí mismas como al desarrollo de toda su trama, que termina como quería el personaje de Schreiber, aunque con una mayor carga trágica y dramática. La capacidad de Mickey Donovan para destruir todo y a todos los que le rodean se convierte, en definitiva, en el segundo motor de la serie, generando un notable contraste con el protagonista, cuyo fin es, precisamente, tratar de salvar todo y a todos los que le rodean.

Lo que deja en el recuerdo esta tercera temporada de Ray Donovan es a un héroe que afronta sus horas más bajas. A un hombre acostumbrado a controlar y a lograr el éxito que debe plegarse a las exigencias de otros para poder salvar a su familia. Y en esa debilidad, en ese conflicto interno y externo, es donde más crece la serie. ¡Ah!, y no hay que olvidar al personaje de Dash Mihok (El lado bueno de las cosas), el hermano pequeño de los Donovan. Su evolución en esta temporada es brillante, y el actor ha sabido estar a la altura. El broche de oro para una temporada impecable.

La Navidad deja como regalo la mejor taquilla del 2014


Si uno hace balance de la taquilla española durante 2014 podrá comprobar cómo los altibajos han dominado la evolución de los ingresos. Con grandes éxitos como Ocho apellidos vascos se combinan decepciones que han llevado a los cines a registrar sus mínimos más históricos, o casi. Pero como si de un propósito de Navidad y nuevo año se tratara, el último fin de semana del año registró la mejor taquilla del año, 12 millones de euros, que supone además la mejor cifra desde el 2012. Los buenos datos no terminan ahí. El top 5 supera el millón de euros en cada una de sus películas, algunos de ellos mejorando su rendimiento, y los principales estrenos presentan datos más que aceptables.

Todo ello no impide que El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos se mantenga como líder del box office gracias a los 2,95 millones de euros, lo que representa un descenso de aproximadamente el 18%. En este tiempo acumula más de 10,5 millones, y teniendo en cuenta que no hay grandes estrenos que puedan hacerle frente durante las vacaciones de invierno, es más que probable que mantenga el buen ritmo de los últimos días. Por ahora su techo se sitúa en los 17 millones de euros, cifra que no debería tener problemas en superar. También repite posición Big Hero 6, que logra 1,75 millones de euros, lo que supone un crecimiento del 30%. A pesar de estrenos que podían hacer sombra, lo cierto es que la cinta de animación no parece tener límites en la taquilla durante estas Navidades, y ya presenta un total de más de 4 millones. Siguiendo este ritmo, lo normal será que termine alrededor de los 9 millones de euros.

También mejora, y también repite, Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho?, que logra 1,31 millones de euros, lo que representa una mejora de más del 50%. Buena parte de culpa reside en el hecho de que haya aumentado su distribución en unas 100 pantallas, lo que sin duda ha mejorado la buena recepción que ya estaba teniendo. Su total suma ya 2,8 millones de euros, y no sería nada extraño que durante los próximos días alcance los 5 millones de euros, siendo su objetivo superar incluso los 6 millones. El primero de los estrenos que encontramos es Noche en el museo: El secreto del faraón, que se estrenaba en 400 salas aproximadamente. Sus 1,12 millones de euros arrojan una media de 2.800 euros, por lo que su futuro se antoja prometedor. Hay que tener en cuenta que, gracias al día extra desde su estreno, su total suma 1,39 millones de euros, por lo que su principal objetivo ahora es llegar a los 5 millones de euros, cifra que no debería tener problemas en conseguir.

En mitad del top 10 se sitúa otro estreno, Invencible (Unbroken), que reparte 1,02 millones en 360 pantallas, lo que deja un balance de unos 2.825 euros. Al igual que le ocurre a la comedia anterior, gracias al día extra de proyección su total asciende a los 1,36 millones de euros, por lo que su futuro parece prometedor. Ahora bien, habrá que esperar a ver cómo reacciona el público ante este drama teniendo en cuenta los próximos estrenos que están por llegar. Por el momento, su objetivo es quedarse lo más cerca posible de los 5 millones. La Navidad también beneficia a Exodus: Dioses y reyes, que tras varias semanas perdiendo recaudación de forma abrupta este fin de semana logra 617.000 euros, un 10% más que la semana pasada. Su total es de unos 7,9 millones de euros, por lo que los 9 millones parecen una cifra más que asequible, sobre todo con las vacaciones de por medio.

En los dos siguientes puestos nos encontramos con dos estrenos españoles. En séptima posición está El club de los incomprendidos, estrenado en 218 pantallas y con una recaudación de 573.460 euros. Esto arroja una media de 2.631 euros, algo que sitúa en buena posición al film de cara a las Navidades. Habrá que esperar a ver cómo reacciona ante los próximos estrenos de Año Nuevo, pero lo más normal es que termine alrededor de los 3 millones de euros. Por ahora, y teniendo en cuenta el día de su estreno, suma algo más de 706.000 euros. Algo peor se sitúa Musarañas, que logra 351.000 euros durante el fin de semana. Si tenemos en cuenta que se estrenó en Navidad, su total asciende a más de 460.000 euros, por lo que su objetivo más inmediato es alcanzar los 1,5 millones de euros, algo que no debería ser demasiado complicado durante las vacaciones.

El ranking que aquí analizamos se cierra con dos cintas de animación. En primer lugar, Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo mejora su rendimiento un 5% y logra 284.000 euros, por lo que su total supera ya los 4,45 millones. Todo apunta que antes de abandonar las salas terminará muy cerca de los 5 millones, si es que no los supera, aunque no parece que pueda llegar mucho más lejos. Finalmente, la peor parada de estas fiestas ha sido Los pingüinos de Madagascar, que cierra el top 10 con una recaudación muy similar a la del fin de semana pasado. Acumula algo más de 3,5 millones de euros, y tiene complicado superar los 4 millones.

‘Los mercenarios 3’: cualquier tiempo pasado fue mejor


Stallone y su equipo vuelven en 'Los mercenarios 3'.Hay que reconocerle a Sylvester Stallone una capacidad asombrosa para resucitar viejas glorias. Su trilogía de cine de acción clásico, en la que tienen cabida todos los nombres propios del género que han sido algo en algún momento, podrá ser mejor, regular o peor, pero ha dejado claro que todavía hay espectadores capaces de pagar una entrada por ver algo de realismo en la pantalla. Y si a esto añadimos que a cada nueva entrega se suman más y más nombres, pues el espectáculo está servido. En un intento de rizar el rizo el protagonista de Acorralado (1982) ha querido contar para esta nueva ocasión con sangre nueva, lo cual pervierte un poco el sentido natural de este tipo de películas.

Y lo hace no tanto por la presencia de una nueva generación de mercenarios, sino porque su presencia, que en teoría sirve para demostrar que cualquier tiempo pasado fue mejor, resta dinamismo al escaso desarrollo dramático que tiene Los mercenarios 3. Si bien es cierto que la secuencia que protagonizan, planificada al milímetro y con un estilo bastante más sutil que el que abre la película, es impecable, no es menos cierto que rompe con el ritmo que hasta ese momento tenía la trama, generando la sensación de querer cambiar y no poder conseguirlo. Si a esto añadimos la necesidad de hacer la película más accesible a un público más joven, el resultado es una cinta de acción con mucho espectáculo pero con menos músculo que sus predecesoras, o lo que es lo mismo, menos alma mercenaria.

De las nuevas incorporaciones destaca sobremanera la de Antonio Banderas (Two much), quien lejos de sentirse intimidado ante tanto mito del cine de acción termina por convertirse en el mejor personaje de la película gracias a un enfoque humorístico de su rol, quien por cierto es a su vez una especie de caricatura de algunos de sus papeles, sobre todo los de El Zorro. Su aportación eleva además el grado interpretativo de sus compañeros, lo cual es de agradecer, sobre todo porque ejerce de contrapeso ante la acumulación de testosterona que suponen otros debutantes de la saga y ante la cantidad de explosiones, tiroteos y peleas cuerpo a cuerpo que se dan a lo largo del metraje, y que de nuevo crean el verdadero interés de una historia que, aunque con algo más de carga dramática que las anteriores, no deja de ser una excusa para liarse a tortas con el primer sospechoso que se cruce en su camino.

La sensación que deja Los mercenarios 3 es agridulce. Evidentemente, nadie se espera de esto una obra cumbre del género. Simplemente se busca entretenimiento y evasión, algo que logra con creces. El problema reside en su enfoque menos adulto de los personajes y de la temática. Las secuencias de acción parecen algo más espectaculares y menos violentas, y la incorporación de los jóvenes conecta con las generaciones digitales, pero rompe con la tendencia salvaje de este grupo de tipos rudos que prefieren tirar una puerta abajo a entrar por el conducto de ventilación. La mejor prueba de esto es que el combate final se limita a un pequeño intercambio de golpes. Lo dicho: cualquier tiempo pasado fue mejor.

Nota: 6/10

Los Goya 2013 se empachan de ‘Blancanieves’ en medio de la crítica política


J. A. Bayona entrega su premio a María Belón en la gala de los Goya 2013.La edición de los Goya de este 2013 será recordada por su marcada crítica política y social hacia las decisiones que el Gobierno de España está tomando, no solo en el ámbito cultural sino en el sanitario y en el educativo, amén de los escándalos económicos y financieros que diariamente salpican las portadas de los periódicos nacionales y regionales. Pero este es el aspecto menos cinematográfico de la gala, y no es este lugar para analizarlo. Tampoco lo es, aprovechando la ocasión, comentar la sonada metedura de pata en la entrega del premio a la Mejor Canción Original, aunque será inevitable que se cuele en el análisis de los ganadores… o mejor dicho, de la ganadora. Porque como todo el mundo se imaginaba, la adaptación del cuento de Blancanieves realizado por Pablo Berger (Torremolinos 73) fue la gran triunfadora con 10 estatuillas, dejando a sus competidoras, dicho vulgarmente, en la cuneta. Aun así, hubo hueco para la justicia cinematográfica.

Como en todo, habrá quien defienda todos y cada uno de los premios entregados, pero desde Toma Dos no se comparte dicha opinión. Ya comentamos aquí que entre los finalistas a esta 27 edición de los Goya había muchos y muy importantes ausentes, y ya entonces todo apuntaba a que la película en blanco y negro y muda (en el sentido de haberle quitado sonido, no en el sentido clásico que todo el mundo tiene en la cabeza) iba literalmente a arrasar. En dicha entrada de este blog comentamos que daba la sensación de querer ser mejores que nadie con dichos premios, y lo cierto es que tanto la entrega de estatuillas como el devenir de la gala vinieron a confirmar, al menos en parte, dicha teoría. No va a ser aquí donde se diga que Blancanieves es una mala película, ni mucho menos. El esfuerzo creativo y narrativo del film es encomiable, y tal vez por eso el de Mejor Película sea uno de los galardones más justos, aunque personalmente creo que Lo imposible debería haber sido la que hubiera arrasado.

¿Realmente se merecía 10 premios Goya? Para responder a la pregunta sería conveniente hacer memoria respecto a la gala del año pasado, cuando la calidad de los films era comparativamente similar entre los nominados (puede que sea mejor cosecha la del 2011) a la competencia de esta 27 edición. Y si nos fijamos, los premios estuvieron mucho más repartidos que en la noche del pasado 17 de febrero. La propuesta en blanco y negro, con el riesgo que supone y la valentía que demuestra a lo largo de su metraje, no es mejor que la película de J. A. Bayona (El orfanato) en la mayoría de los aspectos. No posee mejor fotografía, mejor música o mejor maquillaje. Y si nos fijamos en las categorías con más peso, desde luego que no posee un mejor guión original. Uno está mejor estructurado (Blancanieves), pero el otro sabe sacar el máximo partido de las emociones que maneja (Lo imposible).

Antes mencionaba justicia cinematográfica y la intención de querer ser más que los demás. Me explico. Normalmente las categorías de Mejor Película y Mejor Dirección vienen a representar dos caras de una misma moneda. Lo lógico suele ser que ambos premios pertenezcan a una sola película, pero cuando se da la casualidad de pertenecer a diferentes films suele ser para equilibrar un poco la balanza. En el caso de los Goya ha sido todo un alarde de reconocimiento cinematográfico. Sin restar mérito a Berger, lo que ha logrado Bayona al recrear el tsunami y, sobre todo, lo que representa la película, es insuperable, y así se vivió en uno de los momentos más emotivos de la gala. Que el galardón hubiese recaído en otras manos no sería sino una confirmación de que en este país no se vota por calidad, sino por simpatía.

Un error injustificable

Pero este, junto con algún otro premio, fue un pequeño oasis en un desierto en blanco y negro que trataba por todos los medios de demostrar que en España también se valoran las propuestas diferentes e “innovadoras”. Incluso más que en otros países. Por supuesto, estamos hablando de Estados Unidos y The artist. Sinceramente, creo que el mundo audiovisual y del espectáculo español es capaz de realizar proyectos interesantes y diferentes sin necesidad de mirarse en el hermano mayor que parece ser Hollywood. Tratar de seguir su estela haciendo que actores que apenas tienen una dicción clara se pongan a cantar y bailar roza el ridículo, por mucho que las intenciones sean buenas. Por no hablar de los pequeños vídeos humorísticos que amenizaban la gala y que, por desgracia, hacían poca referencia al cine y demasiada a la política.

Volviendo a los premiados, es de justicia reconocer algunos de los premios más técnicos como el de Dirección de Producción para Lo imposible o el Diseño de Vestuario para Blancanieves. Con todo, y aunque Grupo 7 se llevó un par de premios, se echa en falta algo más de reconocimiento a los otros candidatos. Ya lo decíamos más arriba: la gala del cine español de este 2013 se ha llenado demasiado de orgullo, y como suele ocurrirle ha premiado hasta la saciedad a una película que, si nos fijamos en los Oscar como parece que se hace cada vez más en la organización, ni siquiera ha pasado la primera criba como Mejor Película de Habla no Inglesa. Por cierto, que hablando de películas extranjeras no hay que olvidar el premio para Intocable, el gran estreno europeo del 2012.

El otro gran triunfador de la noche fue Tadeo Jones. La cinta de animación de Enrique Gato, creador del personaje, se hizo con las estatuillas más importantes a las que optaba, evidenciando una apuesta por este formato que, esperemos, no se limite simplemente a este tipo de propuestas, sino que apoyen la animación hecha por ordenador en toda su extensión. Y un pequeño apunte sobre uno de los premios más extraños de la ceremonia. Candela Peña, que como ella misma afirmó en su duro discurso hacía tres años que no trabajaba, se llevó el premio a la Mejor Actriz Secundaria por Una pistola en cada mano. Como en el resto de premiados, su trabajo es digno de reconocimiento, pero no lo es menos el de sus compañeras (y compañeros, todos ellos olvidados) de reparto y, por supuesto, el de las otras finalistas, pues si había una que se lo mereciera esa era Ángela Molina por Blancanieves. La labor de la veterana actriz es de lo mejor del film en el terreno de la actuación junto con la labor de Maribel Verdú (Los girasoles ciegos), premiada con un merecidísimo Goya a la Mejor Actriz.

No podemos terminar este comentario sobre los ganadores sin hacer referencia al error de los ya famosos sobres (y no, no son los que afectan al Partido Popular). Y lo hacemos en cuanto afecta también a Blancanieves. Algo como lo ocurrido con Adriana Ugarte (Lo mejor de Eva) es injustificable e incalificable. No tanto por el error cometido en sí, que también, sino por la falta de reflejos para solucionarlo rápidamente. Puede que fuera por los nervios del momento, pero una actriz que ensaya la gala con anterioridad no puede permitirse algo semejante. Ni ella, ni la organización. Lo que todo el mundo pensaba que iba a ser un premio para Los niños salvajes terminó en las manos de, como no, la gran triunfadora de la noche. Un error que, sin que tenga nada que ver, vino a confirmar una sensación que se adueñaba de la velada a medida que pasaban los minutos: que todo parecía pactado para que la película de Pablo Berger se saliera de las previsiones.

Si bien la gala fue dinámica y sin demasiados contratiempos, salvo el ya mencionado, el resultado final no fue tan bueno, al menos en las primeras impresiones, como el de hace un año. Pero además, se volvió a esa idea de entregar todos los premios a una sola película, algo demasiado común en nuestro cine, denostando a las competidoras y, sobre todo, generando una importante injusticia por cuanto había otras películas que, en muchos sentidos, eran bastante mejores. Que Lo imposible solo haya sido reconocida por su apartado técnico es algo que todavía no atisbo a comprender. Sea como sea, ahora toca esperar a los estrenos de este 2013 y comprobar si, como espero que ocurra, se recupere la senda de repartir los premios si realmente se merece, y no volver a épocas anteriores donde un film acaparaba todos los focos. A continuación encontraréis todos los ganadores de los Goya 2013.

Mejor Película: Blancanieves.

Mejor Dirección: Juan Antonio Bayona, por Lo imposible.

Mejor Dirección Novel: Enrique Gato, por Las aventuras de Tadeo Jones.

Mejor Guión Original: Pablo Berger, por Blancanieves.

Mejor Guion Adaptado: Gorka Magallón, Ignacio del Moral, Javier Barreira, Jordi Gasull y Neil Landau, por Las aventuras de Tadeo Jones.

Mejor Música Original: Alfonso de Vilallonga, por Blancanieves.

Mejor Canción Original: “No te puedo encontrar”, por Blancanieves de Juan Gómez “Chicuelo” y Pablo Berger.

Mejor Interpretación Masculina Protagonista: José Sacristán, por El muerto y ser feliz.

Mejor Interpretación Femenina Protagonista: Maribel Verdú, por Blancanieves.

Mejor Interpretación Masculina de Reparto: Julián Villagrán, por Grupo 7.

Mejor Interpretación Femenina de Reparto: Candela Peña, por Una pistola en cada mano.

Mejor Actor Revelación: Joaquín Núñez, por Grupo 7.

Mejor Actriz Revelación: Macarena García, por Blancanieves.

Mejor Dirección de Producción: Sandra Hermida Muñiz, por Lo imposible.

Mejor Dirección de Fotografía: Kiko de la Rica, por Blancanieves.

Mejor Montaje: Bernat Vilaplana y Elena Ruiz, por Lo imposible.

Mejor Dirección Artística: Alain Bainée, por Blancanieves.

Mejor Diseño de Vestuario: Paco Delgado, por Blancanieves.

Mejor Maquillaje y/o Peluquería: Sylvie Imbert y Fermín Galán, por Blancanieves.

Mejor Sonido: Peter Glossop, Marc Orts y Oriol Tarragó, por Lo imposible.

Mejores Efectos Especiales: Pau Costa y Félix Bergés, por Lo imposible.

Mejor Película de Animación: Las aventuras de Tadeo Jones.

Mejor Película Documental: Hijos de las nubes, la última colonia, de Javier Bardem, Álvaro Longoria y Lilly Hartley.

Mejor Película Iberoamericana: Juan de los muertos, de Alejandro Brugués (Cuba, España).

Mejor Película Europea: Intocable, de Eric Toledano y Olivier Nakache (Francia).

Mejor Cortometraje Documental: A story for the Modlins (Una historia para los Modlin), de Sergio Oksman.

Mejor Cortometraje de Ficción: Aquel no era yo, de Esteban Crespo García.

Mejor Cortometraje de Animación: El vendedor de humo, de Jaime Maestro.

‘Hombres de negro III’: cualquier tiempo pasado fue mejor


Es evidente que los estudios cinematográficos tratan de exprimir al máximo cualquier fórmula que, en el pasado, les haya dado dinero. Y aunque hay historias que sí pueden dar de sí, otras continuaciones hacen un flaco favor a los originales. El caso de esta especie de FBI interestelar que responde al nombre de los Hombres de negro se encuentra a medio camino entre ambas, y esta tercera entrega no supone un punto de inflexión en la trayectoria de una saga que debería haber finalizado en 1997, cuando se estrenó una por entonces fresca y original propuesta.

Sin llegar a ser un mal producto, la cinta dirigida por Barry Sonnenfeld (Cómo conquistar Hollywood) evidencia una importante fatiga en lo que a trama se refiere, a pesar de introducir los viajes en el tiempo y presentar a un joven agente K interpretado estupendamente por Josh Brolin (Valor de ley), quien no se amilana ante el reto de emular a Tommy Lee Jones como un serio agente de negro en 1969. Pero con todo y con eso, Men in black III repite gags, escenas y chistes ya vistos no solo en la saga, sino en algunas películas de acción.

El guión peca, además, de un problema común en cualquier historia: la irregularidad de su ritmo. Con un comienzo más o menos dinámico, con los protagonistas salvando situaciones, invasiones alienígenas y saltos en el tiempo, hacia su segunda mitad opta más por la investigación y las relaciones entre los personajes, perdiendo de vista su objetivo final de entretener y presentar todo un mundo novedoso y extraño para convertirse casi más en una obra sobre la amistad, cómo encontrarla y cómo mantenerla.

Es de agradecer, empero, algunas situaciones, como las referencias a mitos del mundo artístico (en la figura de Andy Warhol), el mundo de las modelos o, incluso, de la música, además de determinadas secuencias de acción y persecuciones. Sin embargo, no termina de convencer. Por hacer comparativas, le ocurre algo similar al caso de Spider-man 3. Tanto director como actores parecen conocer demasiado bien a sus personajes, lo que más que fortalecer la verosimilitud debilita la intensidad de la trama, que carece de giros llamativos (a excepción de uno final) o de un buen desarrollo de los personajes.

Nota: 5,5/10

‘Lo mejor de Eva’: la belleza está en el interior


La gente suele decir que “la belleza está en el interior”, que lo realmente importante es nuestra forma de ser, no nuestro aspecto. Con esta idea juega Mariano Barroso en Lo mejor de Eva, que como se menciona en un momento del film, es aquello que pudo haber sido y no fue. Esto mismo le ocurre al thriller interpretado por Leonor Watling y Miguel Ángel Silvestre, pues la idea inicial se plantea interesante, pero pierde fuerza hasta convertirse en un producto demasiadas veces visto.

En efecto, la historia que plantea la película es cuanto menos atrayente. Una jueza que investiga el asesinato de una bailarina de strip-tease a manos de un poderoso personaje se ve envuelta en una tela de araña donde nadie es lo que parece ser. Ya solo el hecho de intercambiar los roles entre juez y femme fatale capta la atención del espectador. Pero todo queda en humo. Y no por las interpretaciones de los actores, más que correctos. Ni siquiera por la planificación, elegante y muy bien acompañada por una fría y gris fotografía que concuerda perfectamente con el personaje principal.

No, el verdadero problema radica mucho más abajo, en el guión. El principal handicap del relato se halla a unos 20 minutos de su comienzo, cuando una conversación entre el acusado y su abogado da pistas de por donde van los tiros. Si a eso se suma el extraño comportamiento del gigoló que ofrece la información que tiene a cambio de pasar un tiempo con la jueza, cualquier espectador que siga la trama atará cabos rápidamente, lo que elimina cualquier atisbo de sorpresa y termina por provocar indiferencia y algo de pasividad.

La espiral de deseo y corrupción en la que se ve envuelto el personaje de Watling es tan conocido que casi se puede predecir los pasos a seguir. A esta sensación no ayuda, en ningún caso, unos personajes que, por tratar de ser ambiguos, toman decisiones que no sólo contradicen su propia naturaleza, sino que resultan inverosímiles en el arco dramático que realizan. Por no hablar de la relación tormentosa entre jueza y gigoló, que comienza de forma correcta para desembocar en una secuencia que de vengativa se convierte en ridícula.

La sensación al salir de la sala es la de decepción. Decepción no por las expectativas creadas, sino por un devenir de la historia que se escapa de las manos sobre el papel a pesar de ser contenido en pantalla por todos sus responsables. El thriller resulta correcto, pero desvelar el juego de los personajes en los primeros minutos echa por tierra la, por otro lado, elaborada trampa. Posiblemente sin alguna secuencia inicial otro gallo hubiera cantado. Las intenciones eran buenas, pero lo que al final se ve no convence.

Nota: 4/10

Diccineario

Cine y palabras

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