6ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo ser fiel a la esencia hasta el final


Seis temporadas ha durado Silicon Valley. Seis años y menos de 60 episodios bastan para aplaudir y disfrutar una de las series más irónicas, transgresoras y originales de la comedia moderna. La historia creada por John Altschuler (serie Lopez), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie The Goode family) ha terminado casi como empezó, es decir, con sus protagonistas y siendo fiel a ellos. Dicho así puede parecer una obviedad, casi hasta algo anecdótico. Pero en un mundo audiovisual en el que muchos personajes cambian y evolucionan para que la historia avance, en el caso de esta ficción es más bien al contrario. O mejor dicho, todo cambia salvo los protagonistas.

Y es que los 7 episodios que conforman esta última temporada (la más corta de todas) vienen a ser la guinda de un pastel que los espectadores han podido disfrutar, pero que los protagonistas nunca han llegado a terminar del todo bien. Resulta interesante analizar, con la perspectiva que dan los años y el avance de la producción, cómo los protagonistas, sobre todo el que interpreta de forma magistral Thomas Middleditch (Zombieland: Mata y remata), siempre terminan tropezando con la misma piedra, haciendo gala de una consabida mala suerte, inocencia, desgracia divina o el término que se prefiera utilizar. Sea como sea, lo cierto es que los objetivos de este grupo de extraños personajes nunca, o casi nunca, terminan cumpliéndose, y cuando lo hacen no es como ellos esperan. En este sentido, por tanto, el desarrollo dramático del guión se estructura sobre pilares que responden a la idea del conflicto, cómo lo afronta el héroe y, en este caso, cómo siempre termina derrotado.

En el caso que nos ocupa, la sexta temporada de Silicon Valley viene a confirmar que, por mucho que nos esforcemos, no podemos cambiar nuestro sino ni nuestra forma de ser. Y esto invita a una reflexión mucho más profunda e interesante. El hecho de que se aborde desde un punto de vista cómico no resta relevancia al planteamiento de sus creadores, que utilizan ese punto de partida para analizar lo difícil que puede ser salir adelante para determinadas personas, incapaces de cambiar su comportamiento a pesar de las circunstancias, e incluso cuando lo hacen todo parece ponerse en su contra para que no se salgan del camino establecido. Esto, que en otro contexto resultaría excesivamente forzado (al fin y al cabo, el objetivo de cualquier historia es que el héroe termine siendo muy distinto a como empezó), en esta serie es un interesante recurso dramático que aporta una mayor ironía y comicidad al conjunto.

La pregunta que cabría hacerse es ¿por qué se consigue este efecto con personajes que no cambian? La respuesta es algo sutil pero relativamente sencilla. Y es que los personajes se mantienen fieles a sus ideales y a su personalidad, pero eso les lleva a un recorrido apasionante en el que superan prácticamente todas las fases de la evolución de una empresa. El hecho de verles afrontar etapas a pesar de sus traspiés, de comprobar que tienen éxito en sus proyectos aunque siempre terminen cayendo en algún error, es lo que hace irresistible esta ficción. Porque eso les hace humanos, mucho más humanos que otros famosos personajes. Los héroes no luchan únicamente contra un mundo lleno de tiburones tecnológicos, sino contra su propia naturaleza, intentando salir adelante sin renunciar a su forma de comportarse, o al menos no demasiado. Esta lucha interna, en estos 7 capítulos, tiene su manifestación física en el personaje de Kumail Nanjiani (Stuber express) y, sobre todo, en ese final con ratas incluidas, que por cierto ponen la guinda de la empresa conocida como El Falutista.

Secundarios fundamentales

Todo lo dicho hasta ahora de Silicon Valley podría ser, en líneas generales, su tratamiento básico. La línea de trabajo principal. Pero a ello tenemos que sumar algo igualmente imprescindible, y es la cartera de secundarios que ofrece la historia. Y es que, independientemente de la importancia de cada rol, todos ellos están llevados hasta el extremo de la autoparodia, tratando de sacar provecho de numerosos perfiles que, teniendo en cuenta el contexto de la serie, es presumible que puedan encontrarse en ese mundo tecnológico. Esta suerte de ecosistema lleno de arribistas, locos hombres de negocios, mujeres incapaces de mostrar un solo sentimiento de empatía o magnates más preocupados por su imagen que por su producto, presenta nuevos personajes en esta sexta temporada, y lejos de encasillarse en un estilo, superan en muchos aspectos a los ya habituales, lo que viene a consolidar esta conclusión como un claro ejemplo de que el clímax de cualquier historia ha de ser mayor que lo visto hasta ese momento.

En esta categoría de secundarios juegan un papel sobresaliente, como no podía ser de otro modo, los que han acompañado a los protagonistas desde la primera temporada. Estén del lado que estén, estos personajes adquieren en esta última fase de la serie un carácter diferente. Por un lado, están aquellos que se suman definitivamente a la historia para enriquecerla. Por otro, están aquellos cuyo desarrollo se muestra algo más intermitente, inconexo, dejando a un lado su presencia periódica en la trama y convirtiéndose más en un apoyo narrativo y dramático cuya presencia, eso sí, nunca abandona el corazón de la ficción, estando presentes aunque sin llegar nunca a incidir demasiado en el desarrollo salvo cuando se les necesita para la historia principal.

Y este podría ser uno de los “peros” más importantes que tiene la serie en su recta final. La trama se centra tanto en los protagonistas y en su objetivo que se olvida un poco de algunos secundarios y los utiliza únicamente como agentes narrativos al servicio de la historia principal, sin dotarles, como sí tenían hasta entonces, de unos objetivos propios. Con todo, no es algo que afecte demasiado al argumento, fundamentalmente porque esta última temporada funciona a modo de clímax de la historia, por lo que es lógico que se centre en los héroes, su mayor reto y el modo en que salen de ese enfrentamiento. De hecho, el interés que suscita no solo esta trama principal, sino el tratamiento que se le da y, sobre todo, el desenlace tan acorde que tiene, oculta las debilidades de la historia, que pasan en su mayoría por el modo en que queda construido el árbol argumental.

El final de Silicon Valley es, en resumen, lo que debería ser cualquier última temporada de cualquier serie: una conclusión acorde a la historia, que potencia sus virtudes y disminuye sus defectos. Una sexta temporada que no se aleja ni un ápice de lo que cómo son sus personajes, de la esencia que no solo nos ha hecho disfrutar con sus aventuras y desventuras estos años, sino que los define como únicos, incapaces de adaptarse a un mundo voraz y despiadado al que, curiosamente, intentan cambiar con su forma de ser. Si lo consiguen o no es algo que queda para aquellos que vean y rían con un último episodio sencillamente sublime que recoge todo, absolutamente todo lo que representa la serie. Un modelo a seguir que evidencia que si la historia se construye sobre cimientos sólidos (léase, personajes bien definidos), el final siempre será el que tiene que ser independientemente de que sea o no un final feliz.

‘Spider-Man: Lejos de casa’: resolviendo el misterio del cómic


Spider-Man ha vuelto a casa. No lo hizo en la anterior película en solitario. Curiosamente, lo logra en esta segunda aventura, y lo hace lejos de su Nueva York natal. Habrá quien achaque a este regreso a la esencia del personaje al cambio de localización, pero la realidad es que el cambio se encuentra en el guión, que aprovecha al máximo las posibilidades dramáticas del personaje y, sobre todo, del villano.

Porque la historia, en efecto, ahonda por completo en los dramas que siempre han acompañado al Hombre Araña. Lejos de dotarle de una gran responsabilidad ante grandes eventos intergalácticos, Spider-Man: Lejos de casa sitúa al protagonista en los clásicos dilemas entre su interés personal y su responsabilidad como héroe, haciéndole crecer en pantalla en las dos horas que dura el film. El rol al que vuelve a dar vida con extraordinario acierto Tom Holland (Edge of winter) comienza siendo un adolescente enamoradizo para terminar asumiendo sus errores, las consecuencias de los mismos y los sacrificios para enmendarlo. Tal vez era necesario ver una vez más esto en pantalla (al fin y al cabo, es la misma estructura dramática que el incidente que le lleva a ser un héroe), pero la verdad es que funciona como un engranaje preciso, convirtiendo la historia en una mezcla perfecta entre drama, humor adolescente, acción y una espectacularidad fuera de toda duda.

Buena parte de la responsabilidad del éxito radica en su villano, un Jake Gyllenhaal (Okja) que engrandece a Mysterio no solo para consolidar sus motivaciones, sino para hacer mucho más dura la madurez que alcanza el héroe en esta historia. Sin necesidad de muertes impactante o de giros argumentales inesperados (salvo el de la primera escena post-créditos, que deja el futuro en una gran incógnita y recupera a uno de los mejores personajes y actores de las primeras películas), el villano construye un plan que obliga al héroe a asumir sus errores y, sobre todo, a ser consciente de todas sus capacidades y poderes, en concreto de ese “cosquilleo” de Peter Parker, como lo llaman en el film. Los fans de los cómics posiblemente puedan prever de antemano el desarrollo de la historia, pero eso no impide disfrutar de unas secuencias de acción tan espectaculares como bien diseñadas, sobre todo la de Londres y ese primer encuentro de Spider-Man con la fuerza del villano, todo un alarde de traslación a imagen en movimiento de las pesadillas que vive en los cómics y que resuelve el misterio de cómo hacer una buena adaptación al séptimo arte. Jon Watts, director de la primera entrega, parece haber solventado algunos errores narrativos para sacar todo el partido a la dinámica que genera el héroe arácnido.

Desde luego, Spider-Man: Lejos de casa no solo es una extraordinaria película de superhéroes, bien rodada y con personajes sólidos. Es, ante todo, un tratamiento minucioso y preciso de un personaje complejo, en constante lucha entre sus deseos personales y sus obligaciones, y siempre con temor a perder a sus seres queridos. Son ideas que se repiten, y que incluso utiliza el villano de turno para su propio beneficio. Incidir reiteradamente en estos conceptos dota al conjunto de una profundidad dramática que hacía tiempo que no se veía en las historias del personaje. Puede resultar algo infantil en algunos momentos, pero esto no es impedimento para disfrutar de una obra muy muy completa, un broche de oro a esta etapa del Universo Cinematográfico Marvel y una declaración de intenciones en toda regla.

Nota: 8/10

‘Silicon Valley’ continúa su evolución manteniendo el humor en su 5ª T.


Es muy difícil encontrar una sitcom capaz de evolucionar. No me refiero a la progresión normal de una trama como la de cualquier serie cómica de estas características, sino a verdaderos cambios en su concepción. Y Silicon Valley lo ha conseguido. Han sido necesarias cuatro temporadas para poder ver, en esta quinta, cómo el grupo de protagonistas, a los que todo parece salirles mal, finalmente toman las riendas de sus vidas y empiezan a cambiar las cosas. Lo mejor de todo es que, a pesar de este cambio tan sustancial en el trasfondo dramático y cómico de la historia, la serie creada por John Altschuler (serie Lopez), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie The Goode family) sigue funcionando a la perfección, en algunos momentos brillando incluso más que en etapas anteriores.

Y el secreto no es otro que la medida de los tiempos narrativos y dramáticos del conjunto de la serie. La ficción podría haber intentado seguir como hasta ahora, pero eso habría limitado su recorrido argumental y, sobre todo, haría caer el interés por el devenir de sus personajes. El hecho de enfrentarlos a sus miedos, sobre todo al papel interpretado magistralmente por Thomas Middleditch (Entanglement), les permite cambiar su forma de ver el mundo de los negocios, creciendo como empresa y adquiriendo complejidad como roles, aunque siempre dentro de unos parámetros perfectamente definidos. Es cierto que esto rompe con una dinámica que funcionaba bien hasta ahora (por muy buenos que eran, siempre terminaban siendo timados, denunciados o en situación difícil), pero crea otra igualmente divertida: la de un grupo de jóvenes empresarios en un mundo de tiburones tecnológicos. Habrá quienes esto lo puedan ver como una traición al espíritu original de la serie. Personalmente creo que es la decisión más realista que podría haberse tomado, y en el mejor momento para dotar de un nuevo impulso a esta ficción.

En cierto modo, se puede decir que los personajes han madurado, aunque no lo suficiente como para dejar de tener ese cierto aire derrotista y en ciertos aspectos infantil. Y en ese delicado equilibrio es donde Silicon Valley ha encontrado su nuevo nicho de humor, al menos para estos 8 episodios. Los momentos de auténtica estrategia empresarial se combinan con acierto con el carácter apocado del rol de Middleditch, con la rivalidad infantil del papel al que da vida Kumail Nanjiani (Pelea de profes) o con esa parodia de los magnates de las nuevas tecnologías que interpreta Matt Ross (Las últimas vacaciones), quien por cierto cada vez se entrega más al absurdo con una inteligencia espléndida. Todos ellos, con sus egos y sus fobias, aportan al conjunto cierta sensación de continuidad solo para hacer más sencillo y más natural el proceso de cambio.

La consecuencia más evidente de esto, por supuesto, es que la historia avanza hacia una nuevo nivel, hacia una guerra empresarial en toda regla que ya no es entre un joven con una idea y un emporio de las nuevas tecnologías, sino entre dos iguales por lograr un producto totalmente novedoso. Pero además de esto, el desarrollo dramático de esta quinta temporada deja otras ideas. Es importante señalar que a pesar de ese avance se siguen manteniendo ciertos elementos positivos de la dinámica entre personajes, lo que permite ahondar en las relaciones de los protagonistas y, por extensión, en las líneas que definen sus personalidades. Eso no impide, por supuesto, que en algunos episodios pueda perderse cierta esencia de lo visto hasta ahora, pero es una consecuencia lógica del proceso de cambio.

Mundo tecnológico

Aunque lo más interesante que deja Silicon Valley en esta temporada es el modo en que amplía su universo. Hasta ahora los implicados en la trama, salvo ocasiones puntuales, eran el grupo protagonista y el villano de turno, amén de secundarios más o menos importantes. En estos 8 episodios el abanico se abre ostensiblemente hacia nuevas empresas y nuevos personajes que, lejos de hacer perder peso a la historia principal, la enriquecen notablemente. Más allá del papel que juegan los nuevos empleados de la empresa, lo realmente importante son esos líderes de empresas tecnológicas que, cada uno en su parcela, reflejan un amplio espectro no solo de elementos digitales e informáticos, sino sobre todo de la estructura social y la moralidad estadounidense.

Especialmente ácido es el episodio en el que un posible socio de los protagonistas se ve en una difícil situación no por revelarse que es homosexual, sino por saberse públicamente que es cristiano. El modo en que se aborda esta temática a lo largo del capítulo no solo es ejemplar, sino que invita a reflexionar sobre los diferentes estándares de la tolerancia en Estados Unidos y en el resto de sociedades, poniendo en evidencia que lo que para unos es algo que debería mantenerse en secreto para otros es algo irrelevante, y viceversa. Esto, unido a otras tramas secundarias como las copias chinas de patentes norteamericanas, sitúan de nuevo a esta serie entre las más críticas con el mundo que retrata. Y todo ello modificando su trasfondo dramático y permitiendo a los personajes y a la historia evolucionar. Ese es el secreto de que se mantenga en forma y no pierda el dinamismo ni el humor que la caracterizan.

Al comienzo decía que el final de esta quinta temporada es lo que marca un punto de inflexión. Si durante todo el arco argumental de esta etapa se ha visto cómo los personajes evolucionaban, el clímax vendría a ser la consecuencia de dicha evolución. Dicho de otro modo, los protagonistas afrontan los retos y, esta vez sí, ganan sin ningún tipo de contraprestación aparente. Finalmente todo parece salirles completamente bien, sin un ‘pero’ que vuelva a poner de manifiesto que estamos ante un grupo marcado por la fatalidad. La duda que se plantea ahora es si la próxima temporada mantendrá la senda iniciada ahora o seguirá jugando con situaciones dulces y amargas. Sin duda esta segunda opción sería la más acertada, pero si algo han demostrado ya sus creadores es que pueden cambiar sustancialmente la ficción sin que se vea afectada.

Por el momento, lo que queda patente es que estamos ante un cambio, una evolución. Desde luego, Silicon Valley continuará desgranando las virtudes y miserias de Internet, la tecnología y todo el negocio que se ha generado a su alrededor. Pero no es lo mismo situar en ese escenario a un grupo de ilusionados jóvenes que sufren un golpe tras otro que a unos empresarios incipientes que saben lo que quieren y buscan crear un nuevo mercado. Puede parecer menor pero el concepto cambia sustancialmente el trasfondo dramático. Y la genialidad de sus creadores es que han sido capaces de realizar este proceso sin perder la esencia del producto, fruto sin duda de una espléndida definición de personajes. Seguimos estando ante una de las sticom más frescas, diferentes y divertidas de la televisión.

4ª T. de ‘Silicon Valley’, competitivos hasta las últimas consecuencias


Para considerar como exitosa a una ficción como Silicon Valley, a estas alturas la serie debería haberse convertido en un fenómeno que, sea por el motivo que sea, no es. Sin embargo, eso no quiere decir que esta producción creada por John Altschuler (serie The good family), Mike Judge (serie El rey de la colina) y Dave Krinsky (serie Lopez) no sea una de las más frescas, desenfadadas y dinámicas de la parrilla actual. Y lo es porque, tomando como punto de partida el mundo tecnológico, analiza en realidad las relaciones y los comportamientos humanos y sociales que pueden encontrarse en cualquier otro ámbito de la sociedad, lo que infiere al resultado final una visión mucho más extensa y compleja de lo que aparentemente puede parecer. Y su cuarta temporada ahonda más si cabe en esta complejidad.

Y es que bajo la apariencia de comedia gamberra estos 10 episodios exploran ideas como la lucha por el poder dentro de una empresa, la consecución del éxito a cualquier precio o la traición de la amistad en los negocios. Lo hace, por supuesto, con los extremos personajes que protagonizan esta historia, pero incluso así es fácil apreciar situaciones, diálogos e incluso actitudes fácilmente identificables con algún momento de la vida real. Lo interesante, lo que hace de esta serie algo diferente, es precisamente el contraste que generan los personajes y las peculiaridades que les convierten en únicos.

No cabe duda de que el protagonista interpretado por Thomas Middleditch (Joshy) es la joya de la corona. Sobre sus hombros recae todo el peso narrativo (y casi todo el peso cómico) de Silicon Valley. Y en esta cuarta temporada no lo es menos. El viaje al éxito de este personaje choca de lleno con su personalidad, y eso genera algunas de las situaciones más surrealistas no solo de la temporada, sino de toda la serie. Pero como decía antes, también es el origen de los conflictos que dotan a esta ficción de algo más que las clásicas comedias de situación. En esta ocasión, la aparente falta de escrúpulos, las traiciones a los que son sus amigos o la obsesión por lograr su objetivo contrastan con su personalidad inocente, por momentos tímida, que siempre le han catalogado como el clásico pardillo.

Aunque los mejores elementos que definen a la serie, al menos en lo que a construcción dramática se refiere, son sus secundarios. Con entidad propia, los personajes que se mueven en la órbita del protagonista son capaces de desarrollar sus propias historias más allá de la trama principal. No mucho, porque al fin y al cabo es una comedia de poca duración, pero sí lo suficiente como para crear un mundo casi único en la serie. En algunos casos han llegado a tener más relevancia en esta temporada que el propio protagonista, una estrategia que ha permitido liberar ligeramente el arco argumental principal y nutrirlo con historias y personajes que sirven de apoyo a momentos puntuales de la acción. Y aunque parezca contradictorio, este es precisamente uno de los problemas que empieza a arrastrar la serie.

Regreso al ostracismo

En efecto, Silicon Valley está adquiriendo una dimensión que, para empezar, tiene difícil ajuste en una sitcom de corta duración como es el formato actual. Las historias de los protagonistas que dan pie a las situaciones más hilarantes del arco argumental se empiezan a sumar a tramas secundarias que apenas tienen importancia en el argumentario principal. La suma de todo ello está impidiendo que las decisiones de los protagonistas y algunas de las situaciones se basen en un correcto desarrollo, supeditando todo a una serie de momentos en los que, cada vez más, se deben introducir todo tipo de elementos para tratar de hacer avanzar todas las tramas creadas.

Lo bueno es que esta cuarta temporada ha sabido aprovechar eso en un desarrollo todavía más histriónica y surrealista de lo visto hasta ahora. El caos que parece generar la suma de tramas deriva en un caos en los propios personajes, llevando al límite de la moral, e incluso físico, al protagonista y sus compañeros. En cierto modo, una vuelta al ostracismo inicial de unos personajes que, a pesar de la experiencia obtenida en estos años de serie, siguen mostrando un cierto aire pardillo e inocente en muchos aspectos, lo que les obliga a luchar contra su propia ineptitud y sus propios demonios. El mejor ejemplo de esto es el final de esta etapa, con ese camión vacío al haber dejado un reguero de piezas, cables y material informático, amén de un nuevo enfrentamiento que parece avecinarse entre los dos antagonistas principales de la serie.

Lo malo, por poner una nota negativa al conjunto, es que si se siguen sumando más tramas sin dar solución a las ya iniciadas la serie no va a ser capaz de comprimir en los pocos y cortos episodios que dura cada temporada toda la complejidad dramática que se está construyendo. Es necesario, por tanto, ir solucionando algunas historias (como de hecho ya se ha hecho en algunos casos en esta etapa) para poder hacer que la serie avance, que los protagonistas logren finalmente el objetivo marcado en la primera temporada y que, en cierto modo, ha cambiado ya, al menos en su forma, que no en su fondo. De esta evolución depende, por tanto, no solo el carácter hilarante y divertido de la serie, sino su capacidad dinámica y su frescura, así como el correcto desarrollo de los personajes y, en el fondo, que el toque alocado y algo surrealista del conjunto no acabe por engullir a la calidad narrativa y dramática que tiene.

Por lo pronto, la cuarta temporada de Silicon Valley ha sabido aprovechar el caos que generan tantas tramas para situar a unos extraordinarios personajes en una situación extraordinaria, al menos para ellos. Y eso ha llevado a la historia a un nuevo nivel de histrionismo y de surrealismo, enfrentado a los protagonistas con sus propios miedos, sus propias limitaciones y sus propias fronteras morales. Resulta interesante comprobar cómo estas situaciones hacen crecer la trama, convirtiéndola en un producto más maduro y al mismo tiempo afrontando el riesgo de transformarse en algo que deje de ser la magnífica serie que es. Estos 10 episodios son para disfrutar de esa transformación; los peligros deberán afrontarse en la próxima etapa.

‘Silicon Valley’ combina tradición y novedad en su tercera temporada


Los protagonistas de 'Silicon Valley' afrontan nuevos retos en la tercera temporada.Después de tres temporadas, decenas de risas por episodio y una frescura que parece no terminar, se puede decir que Silicon Valley es el relevo perfecto de una fatigada The Big Bang Theory. Puede que muchos pongan el grito en el cielo, pero la serie creada por John Altschuler, Mike Judge y Dave Krinsky (responsables de la serie El rey de la colina) tiene todo lo necesario para convertirse en el nuevo referente de la comedia ‘friki’, salvo tal vez un éxito arrollador y masivo que la impulse hasta donde le corresponde estar. Pero no adelantemos acontecimientos y analicemos los últimos y desternillantes 10 episodios.

Con sus fallos, que los tiene, la serie ha sido capaz de consolidarse en su fórmula a través de la construcción de una historia con un claro objetivo. Desconozco si la producción tiene ya planteado su final y en qué temporada será o si, por el contrario, se extenderá el chicle hasta que se agote (como suele ocurrir, por cierto), pero la realidad es que, hasta ahora, ha sabido encontrar el equilibrio idóneo entre los pilares que definen la trama y la evolución necesaria de la misma. Así, en esta tercera etapa los personajes deben hacer frente a un nuevo conflicto dentro de su recién nacida empresa, pero al mismo tiempo se aborda el modo en que todos ellos evolucionan.

Y es aquí donde se hallan los mejores momentos de humor de la temporada. La inocencia y el carácter muchas veces pardillo del rol de Thomas Middleditch (Bronce) contrasta sobremanera en un mundo habitualmente dominado por tiburones, por personas capaces de cualquier cosa por lograr sus objetivos, y habitualmente con más experiencia en esa especie de gran pecera que es Silicon Valley. Este choque de realidades es el mejor ejemplo de cómo las inseguridades personales se trasladan a un contexto de ‘Yo contra el mundo’ que obliga a madurar al protagonista, quien al mismo tiempo sigue aferrado a una idea de hacer las cosas que le lleva a sufrir no pocas situaciones casi ridículas. Con todo, lo mejor es que al final siempre parece salirle bien.

A esto se suma, como no podía ser de otra manera en una sitcom de estas características, las dinámicas internas del grupo protagonista. Acentuándose la rivalidad entre los personajes de Martin Starr (Juerga hasta el fin) y Kumail Nanjiani (Loaded), que alcanza puntos realmente divertidos, destaca sobre todo lo que ocurre con el rol de T.J. Miller (Deadpool), cuyo arco dramático a lo largo de estos episodios es de los más completos, reubicándole dentro de la trama de una forma diferente pero manteniendo, como era de esperar, la esencia de su personalidad. Dicho de otro modo, y esto es algo que podría aplicarse a casi todos los protagonistas, los varapalos que sufren no les hacen ver las cosas de forma diferente. Al contrario, parece reafirmarles en sus posturas.

Secundarios

Ahora bien, Silicon Valley también ha demostrado en esta tercera temporada que tiende a acomodarse en la reiteración de algunas ideas. Se podría decir que es la parte más negativa de ese equilibrio entre la esencia de la serie y la evolución de los personajes. El problema, en realidad, se haya en algunos personajes secundarios que no terminan de encontrar su verdadero lugar dentro de la trama. El caso más evidente es el del rol al que da vida Matt Ross (serie Revolution), que se ha convertido en una suerte de reflejo deforme del protagonista, un vaticinio sobre lo que podría llegar a ser el papel de Middleditch si se deja seducir por el dinero.

La pérdida de relevancia dentro de la historia le ha llevado a convertirse en una parodia de la propia parodia que ya era, y con ello la trama pierde un antagonista interesante cuyo hueco no logran llenar ninguno de los demás roles secundarios creados a tal efecto. Es más, el efecto conseguido es irregular, reduciendo el interés no solo en las secuencias protagonizadas por este personaje, sino la calidad del desarrollo dramático, que se limita a utilizarle como contrapunto y vía de escape para el resto de la historia. Es de esperar que se recupere para futuras temporadas, pues representa la perfecta oposición entre la pasión por el trabajo y la pasión por el dinero a través de una lucha entre los David y Goliath del mundo de Internet.

Algo similar ocurre con el papel de Josh Brener (Los becarios), ‘Cabezón’ para los amigos, aunque en este caso el personaje ya había quedado relegado a la mínima expresión en la anterior temporada. Su desarrollo en estos episodios, aunque menor y a todas luces definido por las necesidades de otros personajes, resulta más interesante y divertido, sobre todo porque parece llevar el sentido opuesto al de Ross, es decir, en clara integración con el resto de la trama. Y eso, de confirmarse, sería una buena noticia en tanto en cuanto aporta un contrapunto irónico necesario al variopinto grupo protagonista, que alcanzaría un nuevo nivel de humor que la serie agradecería.

La sensación que deja la tercera temporada de Silicon Valley es doble. Por un lado consolida los pilares que han convertido la serie en lo que es, apostando por los protagonistas y las dinámicas entre estos personajes principales. Por otro, desarrolla algunas líneas argumentales secundarias para volver a distribuir el peso narrativo en algunos roles secundarios que, dicho sea de paso, necesitan más presencia en la historia. Esa sensación de evolución de la ficción es lo que hace que sea tan fresca, tan dinámica y tan divertida, y es lo que la convierte en una de las mejores comedias de la televisión.

2ª T. de ‘Silicon Valley’, o cómo triunfar en Internet siendo un primo


Los protagonistas de 'Silicon Valley' deben hacer frente a su propia inocencia en la segunda temporada.He de confesar que me he rendido casi desde el principio a Silicon Valley, esa pequeña joya del humor creada por John Altschuler, Mike Judge y Dave Krinsky, autores de la ficción televisiva El rey de la colina. Su primera temporada, a medio camino entre la ilusión de los proyectos que empiezan y el carácter crítico con el mundo de las grandes marcas de la tecnología e Internet, fue un soplo de aire fresco, algo similar a lo que sucedió con The Big Bang Theory en sus inicios. Por eso la segunda etapa, aunque mantuviera la diversión, debía ser capaz de aportar algo diferente, algo que fuera capaz de hacer crecer a los personajes. Y por suerte, lo consigue, confirmando a esta producción como una de las más originales de la parrilla.

Curiosamente, ese “más difícil todavía” ha llegado de la forma más sencilla posible: explotando aún más las debilidades de sus protagonistas, sobre todo del personaje interpretado por Thomas Middleditch (Search party), verdadero líder del reparto y el personaje más pardillo que puede encontrarse en la televisión. Es precisamente esa inocencia, esa incapacidad para moverse en un mundo plagado de tiburones, lo que hace más irónico el desarrollo dramático de la temporada, que cuenta con 10 episodios. Así, a los problemas propios de cualquier empresa que empieza a crecer (económicos, de personal, etc.) se suman las piedras en el camino generadas por el propio personaje, ya sea en forma de inversor megalómano o de conflictos con competidores a los que se da sin querer el secreto de la empresa.

A esto se suma, sin lugar a dudas, la dinámica interna de los personajes, algo ya planteado en la anterior temporada y ahora mucho más explotado. Más allá de la diferencia de caracteres, lo que mejor funciona del conjunto son los contrastes que cada uno de los protagonistas parece desarrollar de forma paralela cuando está en compañía de los demás. Por ejemplo, el rol de T.J. Miller (Transformers: La era de la extinción) tiende a ser egocéntrico y en cierto modo despectivo, pero siempre deja entrever la necesidad de formar parte de un grupo al que considera algo más que trabajadores. Algo similar ocurre con Martin Starr (Veronica Mars) y Kumail Nanjiani (Loaded), sin duda la pareja más dinámica de Silicon Valley, y cuya competitividad se ve compensada por la fuerza que ambos tienen cuando colaboran.

Con este análisis puede parecer que la serie abandona la trama en favor de unos personajes bien construidos y mejor interpretados, pero nada más lejos de la realidad. Manteniendo el desarrollo iniciado en la primera etapa, esta segunda temporada ahonda en los conflictos ya planteados e incorpora otros nuevos para dotar de una mayor complejidad (aunque tampoco excesiva) a las desventuras de los cinco protagonistas. Y lo consigue fundamentalmente con tramas secundarias que, aunque a simple vista no parecen tener demasiada relevancia, terminan por complementar la trama principal de tal modo que el resultado final en una estructura bien armada, sin cabos sueltos dejados por el camino y con nuevos retos para el futuro.

Ascender por la cara

Pero al comienzo mencionaba que la primera temporada de Silicon Valley tenía en la parodia y la crítica a las grandes compañías como Apple o Microsoft uno de sus mejores bazas. Quizá lo más interesante, o al menos aquello que aporta una mayor riqueza, sea el hecho de que entre tanta desventura, entre tantos problemas a los que se enfrentan los personajes, sigue habiendo hueco para la denuncia. Y esto, para aquellos que sigan la serie, está ejemplificado en la figura de Hooli, esa compañía medio Apple medio Microsoft en la que su “visionario” líder se desquicia porque un grupo de jóvenes en el salón de su casa han logrado superar toda su poderosa y rica estructura de desarrollo.

Aunque es cierto que adquiere más relevancia hacia la segunda mitad de la temporada (y esto puede ser algo que perjudica el desarrollo fluido de la trama), lo que aporta toda esta historia secundaria es sumamente revelador a la par que divertido e irónico. Sin ir más lejos, la forma en que asciende el personaje de Josh Brener (Los becarios), cuyo único mérito ha sido ser amigo del protagonista, es tan surrealista como creíble, sobre todo viendo los méritos que hacen algunos dirigentes para llegar a donde están. En este sentido, el lanzador de patatas que desarrolla es revelador. Pero dentro de esta gran compañía hay mucho más: los equipos de desarrolladores que se van pasando los problemas de uno a otro, las “magníficas ideas” que no se podrán desarrollar hasta dentro de 20 años, los aduladores que solo buscan su propio beneficio.

El final de la temporada es el mejor ejemplo de lo que significa la serie en esta segunda tanda de episodios. La amarga victoria que logra el protagonista es directamente proporcional a la derrota que sufre el antagonista. Curiosamente, y aunque el segundo pierde más que el primero, la sensación que resta en el espectador es la de que ninguno sale ganando, quizá porque ambos han perdido mucho por el camino, quizá porque los siguientes retos se plantean mucho más complejos. Sea como fuere, esa imagen del vencedor derrotado resume con detalle el modo en que la serie debe interpretarse. Todos los reveses y las pírricas victorias en el mundo digital no hacen sino acrecentar esa idea de que los protagonistas se mueven constantemente en un mundo que no terminan de comprender.

La segunda temporada de Silicon Valley, por tanto, responde a esa idea de más y mejor de cualquier saga cinematográfica (y por qué no, de la tecnología). Lejos de desarrollar únicamente la trama principal ya planteada, la ficción decide apostar por añadir capas dramáticas en forma de tramas y lograr así un enriquecimiento del mundo en el que viven los protagonistas. Lo más satisfactorio es que la serie logra dejarse muy pocas cosas en el tintero, salvo claro está aquellas que deben mantener la historia una tercera temporada ya confirmada. Los personajes crecen, aunque sea a golpe de escarmiento; las tramas evolucionan, y el humor nunca desaparece del todo, ni siquiera en los momentos más dramáticos. Esta nueva temporada confirma que es una producción que no debe ignorarse.

‘Silicon Valley’ añade crítica al desternillante humor de su 1ª T


Los protagonistas de 'Silicon Valley' tratan de sacar adelante su empresa en la primera temporada.El mundo de las empresas dedicadas a la tecnología, sobre todo al mundo informático, han sido objeto en numerosas ocasiones de tramas centradas en el espionaje industrial y en thrillers con marcado componente digital (ciberterrorismo, hackers, …). Sin embargo, son pocas las ocasiones en las que podemos afrontar una historia de este tipo desde un punto de vista cómico como el que presenta la serie Silicon Valley, cuya primera temporada de apenas 8 episodios finalizó a comienzos de junio en Estados Unidos. En realidad, pocas veces una serie se toma a sí misma tan poco en serio, lo que consigue, aunque parezca una contradicción, un nivel de exigencia narrativo y paródico que la sitúa entre las mejores producciones cómicas de la pequeña pantalla de los últimos años.

Creada por Mike Judge (serie El rey de la colina), John Altschuler y Dave Krinsky, que ya colaboraron en Patinazo a la gloria (2007), la historia se centra en un grupo de jóvenes que buscan su oportunidad en Silicon Valley creando una aplicación capaz de comprimir archivos hasta niveles nunca antes conseguidos y sin perder calidad en el proceso. Y aunque a grandes rasgos la trama principal podría resumirse en esta sencilla frase, la producción se nutre, y de qué manera, de unos personajes tan corrientes como surrealistas. Corrientes porque todos ellos son el vivo retrato de la imagen (errónea) que el gran público tiene de los “frikis” de la informática, es decir, chicos apasionados por los ordenadores y la computación cuyas capacidades para relacionarse con el resto del mundo son algo limitadas. Y surrealistas porque ninguno de ellos es lo que podríamos definir como “normal”.

Ambos conceptos enriquecen la trama de Silicon Valley hasta dejarla, en cierto modo, en un segundo plano. A medida que el desarrollo dramático permite al espectador conocer más en profundidad todos los aspectos de los roles principales el interés por ver cómo es el proceso para llegar a sus objetivos se impone a, por ejemplo, los acontecimientos que se suceden. Poco importa que necesiten un nombre para su empresa; poco importa que no tengan un lobo o carezcan de financiación. Las reacciones a dichas situaciones, la forma en que unos personajes tan diferentes entre sí interactúan para llegar a un logro común es lo verdaderamente relevante y lo que al final provoca una cadena de carcajadas de la que es muy difícil escapar. Evidentemente, de esto tienen buena parte de responsabilidad los propios actores, que más allá de una trama bien estructurada y sencilla incluso para aquellos “infieles” de las nuevas tecnologías, logran hacer que el espectador conecte con sus personajes.

En líneas generales, todo el reparto es excepcional. Desde Thomas Middleditch (Fun size) hasta secundarios como el malogrado Christopher Evan Welch (The master), que murió durante el rodaje de la serie, todos los personajes, con sus luces y sus sombras, crean un mundo único, casi irreal, en el que los problemas a afrontar son, sin embargo, de lo más corriente, incluso demasiado sencillos para el hombre corriente. Aunque si hay que destacar a alguien ese es T.J. Miller (El oso Yogui), cómico relevante en Estados Unidos que dota a su papel de una presencia tal que termina por hacerse dueño y señor de absolutamente todo. Da igual que participe o no en una secuencia, su labor en cada episodio es soberbia, lo que extiende su influencia a todos y cada uno de los planos. No me cabe duda de que la calidad del personaje reside en buena medida en una definición sobre el papel plagada de matices, pero la soberbia que Miller logra aportar a su personaje y ese aspecto a medio camino entre desahuciado y empresario en ciernes es algo único del actor. De algún modo, es un roba escenas que se convierte en el alma de la serie.

Burlarse de los iconos

Prueba de ello es que los mejores momentos de estos primeros capítulos los protagoniza él, desde alguno sencillo como la búsqueda del logotipo ideal de la nueva empresa (con setas alucinógenas, un desierto y unos lavabos de gasolinera incluidos) hasta ese momento del último episodio con una extraña teoría sobre los asistentes a un evento, pasando por una especie de crisis de identidad en la que imita a Steve Jobs, fundador de Apple, en su forma de vestir. Un momento que, aunque más sutil en el balance general de la serie, representa el otro gran elemento de Silicon Valley: la irreverencia por los iconos de ese caldo de cultivo tecnológico al que hace referencia el título, algo que por cierto queda patente en la imagen promocional de la ficción, en la que los protagonistas visten el famoso jersey negro de cuello vuelto mientras imitan la expresión de Jobs.

Puede que el humor con el que se aborda todo en la serie y los personajes tan extravagantes que pueblan el arco dramático resten protagonismo a la ironía con la que se trata el mundo de la informática y los ordenadores, pero no puede desdeñarse el tono sarcástico que en no pocas ocasiones se utiliza para referirse a personajes como Bill Gates, el mencionado Jobs o los fundadores de Google, Facebook o Twitter. Referencias, por cierto, tanto visuales como verbales. A la ya mencionada referencia del jersey habría que añadir la propia guerra de gigantes en la que se ven envueltos los protagonistas y que, no por casualidad, recuerda a la enemistad mantenida entre Microsoft y Apple. Pero hay mucho más: el funcionamiento de las grandes empresas, que tienen trabajadores sin hacer nada para no dejarles irse a la competencia; el espionaje industrial; los coches inteligentes que terminan llevando a un personaje a una especie de isla tecnológica, etc.

Todo ello deja la sensación de estar ante algo más que una sitcom al uso en la que el humor se basa en los personajes. Por supuesto, sin ellos el resultado no sería ni siquiera parecido, y posiblemente terminaría resultando monótono e incluso incomprensible. Pero la serie, y este es uno de sus grandes aciertos, incorpora cada vez más elementos críticos a medida que se suceden los episodios. Este concepto evolutivo con el que se enriquece la trama no solo permite distraer la atención de un argumento, por otro lado, excesivamente simple, sino que ofrece a los personajes afrontar situaciones novedosas y frescas. Sin ir más lejos, el momento en el que el personaje de Zach Woods (Damiselas en apuros) se dedica a proponer negocios de dudosa moralidad a transeúntes para que estos lo valoren recuerda a las encuestas realizadas por las empresas para valorar la satisfacción de sus clientes.

Silicon Valley es, en pocas palabras, un soplo de aire fresco. Puede resultar algo difícil en un primer momento; incluso puede que el episodio piloto resulte extraño. Pero una vez superado ese primer escalón, y sobre todo cuando T.J. Miller se hace con el control de la escena, la primera temporada gana enteros hasta convertirse en una auténtica revelación en este 2014. El hecho de que aúne humor y crítica no hace sino mejorar el resultado final, sustituyendo sus carencias (sobre todo en lo que a argumento se refiere) con conceptos dinámicos y adaptados a unos tiempos en los que Internet y los ordenadores dominan el día a día. Eso sí, viendo el final de esta corta temporada el futuro de la serie y de los personajes será, sin duda, muy diferente. Si a lo visto hasta ahora se le añade una nueva trama más compleja el resultado puede ser imprescindible.

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