‘Adiós a la reina’: lealtades y amores palaciegos


La vida de Maria Antonieta, la esposa de Luis XVI y reina de Francia durante la Revolución Francesa, ha sido objeto de innumerables estudios, novelas y películas. Posiblemente, lo que más destaque de esta adaptación de la novela homónima de Chantal Thomas llevada a buen puerto por Benoît Jacquot (El séptimo cielo) sea el hecho de que la opulencia, la riqueza y el poder de la realeza queda eclipsado de un modo u otro por la precaria situación de sus sirvientes.

Cierto es que los elaborados vestidos y la riqueza de un decorado tan conocido como el Palacio de Versalles ya dan de por sí buena cuenta de la hipocresía de una clase social capaz de dejar a su pueblo morir de hambre con tal de poder disfrutar de un cargo tan irrelevante como una lectora, a la sazón protagonista del film. Pero con todo, ese conjunto parece lucir menos, y eso es gracias al contraste tan marcado entre las dependencias reales y las de los trabajadores, cuyas habitaciones apenas cuentan con una cama, una pequeña mesa y un estrecho armario.

La película ofrece una visión distinta, fresca y dramática de los acontecimientos que rodearon a la toma de la Bastilla, y la forma en que se vivieron tanto por parte de la nobleza como por parte de sus siervos, ciegos y sordos ante los rumores, informaciones contradictorias y hechos confirmados que llegaban a Versalles. En este sentido, la trama articula con firmeza y decisión un drama donde el amor, la lealtad y los intereses particulares conviven y se contraponen hasta límites insospechados.

Buena parte del atractivo del conjunto cabe encontrarlo en los actores, sobre todo en el trío de actrices protagonistas que dan vida a unos personajes que, aunque conocidos, terminan por resultar novedosos. Aunque Léa Seydoux (Robin Hood) compone con precisión las emociones de un personaje que se debate entre su amor y lealtad a la reina y su propio instinto de supervivencia, es Diane Kruger (Malditos bastardos) la que aporta una nueva visión al personaje de Maria Antonieta, tal vez más comedido que en otras ocasiones, pero sin duda mucho más extravagante en sus decisiones, cambiantes minuto tras minuto, y en su forma de afrontar los conflictos, sin duda determinada por su amor hacia Gabrielle de Polignac.

El film, empero, parece alargarse más allá de la hora y media que dura, lo que a todas luces juega en su contra. A pesar de poseer una planificación sobria y coherente, ésta no evoluciona a la vez que la trama, lo que impide una identificación con las emociones que viven todos los habitantes de Versalles. El problema de ritmo llega a afectar al desenlace final, que no logra superar el mero interés de conocer el final, lo que no deja de ser preocupante dado que la situación es a vida o muerte.

El relato, por tanto, adolece de lo que suelen padecer este tipo de películas: el excesivo conocimiento de la vida de los personajes. El interés de Adiós a la reina radica, por tanto, en poder ver desde otro punto de vista (el de los sirvientes) el miedo y la angustia que reinaron durante los últimos días en el Palacio de Versalles.

Nota:6/10

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