La 6ª T. de ‘Homeland’ se apoya en los secundarios para adaptarse


Además de su intensidad dramática, la calidad de sus actores o la solidez de sus tramas, si algo caracteriza a Homeland es su capacidad para reflejar a través de la ficción los matices que dan color a la realidad sociopolítica de Estados Unidos a través de la lucha contra el terrorismo emprendida desde hace años. La quinta temporada fue, en este sentido, simplemente impecable, y la sexta que ahora nos ocupa no se queda atrás. Para entender algunos de los giros argumentales es importante tener presente el contexto electoral que ha vivido el país norteamericano, la elección de Donald Trump y los atentados que se suceden en las capitales europeas. Todo ello aporta un prisma diferente a lo relatado en estos 12 episodios de esta serie creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant), ya de por sí interesante por la cantidad de tramas secundarias conectadas entre sí.

Porque independientemente de la carga política o de la manipulación mediática que contiene esta temporada, de las que hablaremos más adelante, esta ficción encuentra uno de sus pilares más sólidos en el tratamiento de los personajes y, sobre todo, en las relaciones que se establecen entre ellos. Sin miedo a la evolución que puedan sufrir a raíz de lo vivido en las anteriores temporadas, los protagonistas afrontan sus errores, sus miedos y sus frustraciones tratando de arreglar algo que tiene difícil solución. Las tensiones dramáticas que esto genera, las sensaciones de culpabilidad y de autodestrucción, otorgan al conjunto una profundidad dramática pocas veces vista incluso en esta serie, fruto sin duda de la evolución y de aprovechar el bagaje de esta longeva serie. No queda ahí la cosa. Sus creadores, al igual que ya ocurrió en la tercera temporada, afrontan sin miedo el presente y el futuro de los protagonistas. Si uno tiene que quedar impedido física y mentalmente, adelante. Y si su final tiene que ser la muerte, pues adelante también.

Esta posiblemente sea la clave del éxito de Homeland. Es cierto que el análisis político y social de la actualidad norteamericana y mundial otorga un peso específico sin igual, sobre todo por el modo en que se aborda, pero es el tratamiento dramático el que eleva esta serie hasta niveles que, en mi opinión, no se habían alcanzado en temporadas anteriores. Da la sensación de que la producción es capaz de evolucionar sin límite, pudiendo llevar a los personajes por caminos cada vez más difíciles de afrontar. Evidentemente, el contexto en el que se desarrollen las tramas siempre es cambiante, sobre todo en la realidad en que vivimos, pero más difícil resulta hacer creíble y coherente las peripecias dramáticas del personaje interpretado por Claire Danes (El caso Wells) y compañía, y no digamos ya encajarlas en la trama política de turno.

Ese punto de conexión es lo que define el carácter de la serie, y la sexta temporada lo ha sabido explotar al máximo. Por primera vez, sus responsables no solo han aprovechado el camino recorrido, sino que han introducido la variable de la hija de la protagonista para generar una tensión dramática sin igual. Es cierto que el personaje había sido utilizado de algún modo para acentuar el carácter del rol de Danes, pero ha sido en estos episodios en los que su presencia se ha tornado fundamental para comprender algunas decisiones y la evolución de la trama principal. De este modo, además del pasado adquiere especial protagonismo el futuro de esta ficción, cuyo final en esta etapa deja la puerta abierta a un interesante tratamiento político que, a buen seguro, aprovechará todo lo que pueda ofrecer el polémico presidente Trump.

Cambio de previsiones

Como decimos, el éxito de Homeland no radica únicamente en el peso dramático de sus tramas o en una soberbia definición de personajes, sino también en su capacidad de aproximarse a los acontecimientos reales que tienen lugar, algo en lo que, por cierto, se ha especializado a partir del giro experimentado tras la primera temporada. En esta ocasión las elecciones presidenciales de Estados Unidos han copado el interés político y social del argumento, aunque con unos matices tan enriquecedores como admirables. Con un comienzo que remite claramente a la posibilidad de que Hillary Clinton fuese elegida Presidenta, el final de esta sexta temporada da un giro al personaje interpretado por Elizabeth Marvel (El año más violento) para asemejarlo más al actual inquilino de la Casa Blanca.

Lo más destacable, sin embargo, no es este cambio en sí, sino el modo en que se construye la trama y se aprovechan todas las historias secundarias para producir ese cambio de forma orgánica, progresiva y coherente. Desde la manipulación mediática, hijo muerto mediante, hasta la implicación de los servicios de espionaje en una conspiración interna dentro del poder, la serie construye un relato en el que cualquier mirada puede representar un punto de inflexión y tener un significado crucial para comprender lo que está por llegar en ese momento. Si bien es cierto que estos 12 episodios precipitan la acción en su tercio final de un modo un tanto tosco, no lo es menos que esa sensación de que se quieren introducir con calzador cambios poco naturales queda suavizada por el trabajo previo, amén de una estructura dramática perfectamente construida sobre un entramado de arcos argumentales que se nutren entre ellos.

Esto permite, por ejemplo, que secundarios aparentemente intrascendentes adquieran protagonismo fundamental en los momentos clave. Posiblemente sean ellos los que permitan a sus creadores llevar el sentido de la historia hacia una u otra dirección, sin que el conjunto se vea excesivamente mermado. Me refiero, por ejemplo, al personaje de Shaun Toub (Juego de armas), cuya mentira ante la Presidenta electa da un giro completo al sentido dramático de la serie, poniendo a los personajes ante un abismo y a los espectadores en una situación de superioridad (informativamente hablando). Su caso es el más evidente, pero muchos otros confirman esa idea de que la serie se consolida sobre las historias secundarias, sobre los datos aparentemente complementarios que terminan definiendo el verdadero destino de los personajes.

Y poco a poco, Homeland sigue consolidándose como una de las mejores producciones del momento. Superado ya el “bache” de la tercera temporada, y habiendo demostrado con creces que la historia tiene fuerza para vivir sin la premisa original, esta sexta temporada da un nuevo paso y no solo confirma su peso dramático, sino que traslada la acción a Estados Unidos para unir bajo el mismo techo el terrorismo islámico, las conspiraciones internas contra el Gobierno, las manipulaciones de espías y medios de comunicación, y el poder de convicción que puede llegar a tener un cóctel de semejante calibre. El final del último episodio deja abierta una puerta peligrosa tanto para los protagonistas como para el futuro de la trama en sí. No tanto porque genere problemas a la hora de desarrollarse, sino porque amplía el abanico de posibilidades de forma casi exponencial, lo que obligará a elegir bien el siguiente paso. Sea como fuera, casi con toda seguridad que la actualidad volverá a definir el trasfondo.

‘Homeland’ continúa evolucionando dramáticamente en la 5ª T


Claire Danes viaja a Alemania en la quinta temporada de 'Homeland'.Desconozco si Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24), autores de Homeland, tienen algún tipo de conocimiento sobre los movimientos geoestratégicos en Oriente Medio, pero lo cierto es que han logrado que la serie protagonizada por Claire Danes (Stardust) sea una interpretación al menos actual de lo que ocurre en el panorama internacional. Con la quinta temporada, que finalizó el pasado 20 de diciembre en Estados Unidos, han confirmado no solo que la ficción todavía está tomando forma dramática, sino que es una de las producciones más apasionantes de la parrilla actual.

Y lo es precisamente por el componente de realismo que se imprime a la trama. Con esto no quiero decir que no se tomen ciertas licencias dramáticas (el personaje interpretado por Rupert Friend –Hitman: Agente 47– es un claro ejemplo), sino que sus acontecimientos están rodeados de un halo de veracidad tan complejo y sutil que convierte a la serie en una suerte de punto de vista de lo que ocurre realmente con el terrorismo en Oriente Medio. A esto se suman los terribles atentados de París, acaecidos en plena emisión y que se antojan un spin off real y cruel de lo narrado en estos 12 episodios.

Pero más allá de coincidencias o de reflexiones que aportan más bien poco, la quinta temporada de Homeland ha dejado claro que el “reinicio” de la serie en la cuarta temporada todavía está creciendo desde un punto de vista dramático, y todo apunta a que lo hace para lograr una mayor complejidad sin perder un ápice de intriga, acción y drama. Así, a los arcos dramáticos de la lucha contra el terrorismo y la situación personal de la protagonista se suma ahora la traición dentro de la CIA y el contraespionaje. Tres pilares que, aunque ayudan a sustentar más sólidamente la historia, también generan alguna complicación narrativa.

En realidad, la aparición de esta tercera trama no deja de ser una transformación de lo que siempre ha abordado esta ficción: la presencia en las organizaciones norteamericanas de activos enemigos. La novedad, y tal vez lo mejor que tiene esta nueva tanda de episodios, es que en este caso ese espionaje dentro de la agencia de espías más famosa del mundo no tiene nada que ver con el yihadismo, sino con el otro gran enemigo de Estados Unidos: Rusia. La conformación de dos frentes abiertos es, desde un punto de vista dramático, más enriquecedora para la trama, que combina esas dos grandes líneas argumentales de forma armónica para introducir más personajes (lo que nutre a los protagonistas de nuevos conflictos) y nuevos giros dramáticos.

Personajes sin cariño

Y si algo ha confirmado la quinta temporada de Homeland es que los personajes, salvo tal vez los dos principales, no son demasiado queridos. Al menos no lo suficiente como para modificar los acontecimientos para su comodidad. Y me explico. La tercera temporada de la serie fue, en pocas palabras, un terremoto. Que el principal protagonista, aquel con el que no solo había arrancado la serie sino que era el pilar fundamental de su argumento, muriera de forma violenta fue un giro tan impensable y arriesgado que muchos asumieron el final de esta ficción. Sin embargo, supo rehacerse con nuevos protagonistas, nuevas tramas y un cambio de foco bastante evidente.

Estos nuevos episodios vienen a ser algo parecido, a menor escala pero igualmente violento, desagradable y determinante. La presunta desaparición de algunos personajes clave en el desarrollo de los acontecimientos pone de manifiesto que nada ni nadie parece intocable en esta producción, algo que sin duda es positivo siempre y cuando la trama, como ha ocurrido hasta ahora, esté dominada por la coherencia dramática. La falta de miedo a explorar los territorios a los que llevan las decisiones de los personajes es uno de los aspectos más apasionantes de este thriller, y desde luego aporta un cariz más serio que el que se pueda encontrar en otros productos con la CIA o el FBI de por medio.

Mencionaba antes la falta de cariño a los personajes. Bueno, eso depende del cristal con el que se mire. Personalmente considero que la mayor muestra de amor que se puede hacer en un guión a sus protagonistas es anteponer la trama a sus propios intereses, ofreciéndoles siempre una salida acorde a su naturaleza. Eso es lo que logra esta quinta temporada, aunque para ello tenga que sacrificar parte de su desarrollo narrativo y no logre aunar en un único final las dos líneas argumentales que nutren esta última etapa. Es un problema menor, en realidad, pero sí provoca la sensación de presenciar un epílogo en el último episodio más que estar ante un final de temporada como tal.

Pero repito, es un mal menor. Mucho menor. La quinta temporada de Homeland ha demostrado que la serie está en plena forma, que es capaz de afrontar todo tipo de retos narrativos con una solidez asombrosa, y sobre todo que no tiene miedo a lo que pueda llegar. La duda que empieza a generar, y ahí está parte de su genialidad, es si se nutre de la realidad o si la realidad ha tomado prestadas algunas ideas de la ficción. Ironías aparte, el desarrollo dramático, la presencia de sus actores y la coherencia con la que aborda las tramas son incuestionables, y devuelven la posible salud perdida en temporadas anteriores. Y la sexta es en Nueva York… ¡agárrense a sus asientos!

‘Homeland’ recupera su esencia en una 4ª T con nuevos enemigos


Mandy Patinkin y Claire Danes vuelven en la cuarta temporada de 'Homeland'.Las emociones respecto a la nueva temporada de Homeland han sido, a lo largo de este último año, relativamente dispares. Por un lado, existía el temor de no saber remontar la trama de la serie a raíz de los acontecimientos sucedidos en la tercera temporada y, sobre todo, del ritmo aparentemente irregular de su desarrollo. Por otro, la expectación era máxima si tenemos en cuenta que estamos hablando de una de las producciones más interesantes de los últimos años. En ambos casos la expectación era muy alta. Y en líneas generales, los 12 episodios de esta cuarta temporada no han defraudado, siendo capaces de retomar lo mejor de la ficción y reconvertirlo en una nueva historia.

Es evidente que la anterior temporada supuso la conclusión de un arco dramático que duró hasta tres entregas. Sin embargo, y como señalé en el análisis de dichos episodios, no hay que entender la serie como un thriller sobre un marine reconvertido en terrorista árabe, sino sobre el trabajo de la CIA y, más concretamente, del personaje interpretado por Claire Danes (Stardust). Esta nueva etapa creada por Alex Gansa y Howard Gordon (serie 24) confirma tal hipótesis al presentar no solo una historia totalmente distinta, sino al hacerlo con los principales personajes involucrados en una nueva misión y en una nueva conspiración de espionaje que amenaza la vida y el equilibrio dentro de la agencia.

Se puede decir que, en líneas generales, esta nueva temporada de Homeland recupera el nivel dramático y de suspense que ya tuviera la primera y, sobre todo, la segunda temporada. La historia, trasladada a Pakistán, desarrolla de forma inteligente y con relativa coherencia el conflicto entre agencias de inteligencia alimentado por las diferentes visiones que ambos grupos tienen de un líder terrorista. Al igual que ocurriera en los inicios de la serie, en esta ocasión un acontecimiento tan aparentemente “inocente” desemboca en todo un conflicto armado con asalto a la embajada estadounidense que deja varias decenas de muertos por los pasillos y las calles del recinto. Sin duda ese es uno de los momentos más impactantes del desarrollo dramático, pero ni por asomo es el que más tensión genera.

De hecho, este último aspecto es de lo más admirable de esta ficción. Su trama está tan bien construida, sus personajes son tan ricos dramáticamente hablando y los secretos son tan relevantes que cada episodio, cada secuencia, añade un grado de tensión física y dramática al conjunto, generando una escalada que desemboca en ese violento capítulo del que la foto que acompaña este texto es solo un leve reflejo. Esta aparente sencillez para construir el thriller es lo que permite a la serie reconciliarse con todos aquellos fans que encontraron en la tercera temporada un vacío narrativo y dramático. Es un regreso por todo lo alto, no cabe duda, y devuelve a la serie al lugar que le corresponde, si es que en algún momento lo abandonó.

Futuro incierto

Cabe señalar, además, que esta cuarta temporada de Homeland ha sabido aprovecharse de todo aquello que arrastra de las temporadas anteriores. La niña que la protagonista ha tenido fruto de su relación con el personaje de Damian Lewis (serie Hermanos de sangre); la tensa relación con el personaje de Rupert Friend (Aprendiz de caballero); el regreso de Mandy Patinkin (La princesa prometida) a la primera fila de la dirección de la CIA. Y así sucesivamente. La integración de todos estos elementos en el desarrollo de la trama principal hace que la serie se nutra de elementos aparentemente intrascendentes, pero que dotan a los personajes y al conjunto en general de una profundidad que no lograba en etapas anteriores. Hay que decir, empero, que el desarrollo de la trama principal se ha visto salpicado de diversos giros argumentales algo forzados dentro de la definición no solo de la historia, sino de los propios personajes, obligándoles a actuar de forma algo incoherente para poder desarrollar la trama.

El final de la temporada puede parecer dócil, incluso derrotista. Mientras que durante 10 episodios la tensión y el drama van en aumento, los últimos capítulos se centran en cerrar las líneas secundarias relacionadas con la vida personal de la protagonista. Lo cierto es que conceptualmente hablando contrastan mucho ambos mundos, pero no por ello es un mal final, más bien al contrario. La serie aprovecha esos elementos para situar a todos y cada uno de los personajes ante una nueva perspectiva, impidiendo al espectador tener acceso al conocimiento de qué es lo que va a ocurrir. Más o menos como ocurrió al final de la tercera temporada, con la diferencia de que ahora mismo no se ha cerrado una etapa como tal, sino tan solo un capítulo de algo que se atisba mucho mayor.

Buena parte de estas sensaciones se debe a que la trama desarrollada en Pakistán no ha concluido del todo. Las relaciones entre los personajes, su forma de afrontar la derrota sufrida en suelo pakistaní y el hecho de que la CIA parezca apoyar de algún modo a un líder terrorista dejan abiertos sendos interrogantes que permiten pensar en una quinta temporada de lo más variada. Y digo pensar, porque si algo ha demostrado la serie es que no tiene miedo alguno a sorprender al espectador con un desarrollo impacientemente coherente, lo cual siempre es de agradecer y admirar.

Desde luego, Homeland ha logrado en esta cuarta temporada desprenderse de todo aquello que la eclipso durante sus primeras temporadas para revelarse como una serie de espionaje, una serie capaz de tener una vida más allá de un marine reconvertido, de la enfermedad mental de su protagonista (que en estos episodios tiene cierta relevancia, pero en ningún caso es fundamental) o de la amenaza terrorista en suelo norteamericano. Lo cierto es que, quitándose una serie de sambenitos que se le habían asignado no sin cierto fundamento, se ha definido como uno de los mejores thrillers de la televisión, al menos dentro del mundo del espionaje. Y lo ha hecho con las armas que siempre le han funcionado: una buena historia y unos personajes profundamente complejos. Solo cabe esperar que la quinta temporada siga la senda iniciada en estos episodios.

Drama, thriller y comedia acaparan los estrenos de la semana


Estrenos 12septiembre2014Hasta 11 estrenos llegan hoy, viernes 12 de septiembre, a las carteleras españolas. 11 novedades entre las que no se cuentan, por primera vez en varias semanas, grandes títulos capaces de atraer a un amplio espectro de espectadores, enfocadas la mayoría a sectores muy concretos. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que esta semana no tenga interés. Más bien es al contrario. Un experimento audiovisual casi sin precedentes y una de las últimas películas de uno de los mejores actores de los últimos años son algunas de las bazas que presentan los estrenos de esta semana.

Doce años. Eso es lo que ha tardado Richard Linklater, director de la trilogía compuesta por Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013), en rodar su nuevo proyecto, Boyhood (Momentos de una vida), un drama familiar que gira en torno al proceso de madurez de un niño cuyos padres están separados. El motivo no es otro que ver al joven protagonista crecer ante la cámara en un ejercicio cinematográfico pocas veces visto en una pantalla. El director condensa todo ese tiempo en casi tres horas de metraje en las que los conflictos románticos, familiares y sociales irán dando forma al joven protagonista. Ellar Coltrane (Fast food nation) fue el elegido para pasar de niño a adulto ante la cámara, mientras que Patricia Arquette (serie Boardwalk Empire) y Ethan Hawke (The purge: La noche de las bestias) dan vida a sus padres. El reparto se completa con Lorelei Linklater, Steven Chester (Pineapple) y Elijah Smith.

La otra importante propuesta de la semana es El hombre más buscado, thriller co producido entre Estados Unidos, Alemania y Reino Unido que adapta la novela homónima de John LeCarré. La trama se centra en un juego de intereses y de espionaje establecido entre un sin papeles checheno en Hamburgo, del que se sospecha que puede ser un terrorista islamista, y los servicios de inteligencia que tratan de capturarle. Durante su huída el hombre contactará con un banquero de dudosa reputación, algo en lo que tendrá un papel fundamental una joven abogada. Escrita y dirigida por Anton Corbijn (El americano), la película cuenta con un reparto notable en el que destacan Philip Seymour Hoffman (The master), Rachel McAdams (Una cuestión de tiempo), Robin Wright (serie House of cards), Willem Dafoe (El gran hotel Budapest), Daniel Brühl (Rush), Grigoriy Dobrygin (Atomnyy Ivan) y Nina Hoss (Barbara).

El último de los estrenos que cuenta con capital norteamericano es Ojalá estuviera aquí, comedia dramática dirigida y protagonizada por Zach Braff (Algo en común), quien por cierto también participa en la escritura del guión. Su argumento aborda la difícil situación que vive un padre de familia y los malabares que debe realizar para mantener su mundo en orden. Por un lado, su mujer debe mantenerles a todos con un salario mínimo; por otro, descubre que su padre está gravemente enfermo y arruinado; y por si fuera poco, su hermano complica las relaciones familiares. En el reparto, además de Braff, encontramos un puñado de rostros más o menos conocidos, como son Josh Gad (Los becarios), Ashley Greene (Crepúsculo), Kate Hudson (Algo prestado), Joey King (Asalto al poder), Mandy Patinkin (serie Homeland) y Jim Parsons (serie The Big Bang theory).

Alemania y Reino Unido, junto con Francia, también están tras la comedia Les doy un año, ópera prima de Dan Mazer, creador de personajes como Borat (2006) o Bruno (2009). La trama arranca cuando una pareja cuya química y atracción son innegables deciden ir un paso más allá y casarse, desoyendo los consejos de amigos y familiares. Consejos que ahondan en las irremediables diferencias que existen entre ellos y que saldrán a la superficie a medida que pasen los meses. Producida en 2013, la película cuenta con un reparto internacional en el que destacan los nombres de Rose Byrne (Insidious), Rafe Spall (La vida de Pi), Anna Faris (El dictador), Simon Baker (serie El mentalista), Stephen Merchant (Carta blanca), Minnie Driver (Betty Anne Waters), Jane Asher (Un funeral de muerte) y Jason Flemyng (Grandes esperanzas).

Otro de los nuevos títulos europeos es la francesa Mea culpa, nuevo thriller de acción dirigido por Fred Cavayé (Cuenta atrás) que en esta ocasión se centra en un policía retirado después de que, estando borracho, provocara un terrible accidente de tráfico. Como consecuencia de ello su familia se rompe y la relación con su antiguo compañero desaparece, pero su pasado, con sus luces y sus sombras, regresará cuando su familia sea puesta en peligro. Vincent Lindon (Los canallas) y Gilles Lellouche (Los infieles) forman la pareja protagonista, acompañados en esta ocasión por Nadine Labaki (Caramel), Gilles Cohen (20 años no importan) y Max Baissette de Malglaive (22 balas) como principales secundarios.

También desde Francia llega Antes del frío invierno, intenso drama en el que una pareja felizmente casada desde hace varios años ve cómo su estabilidad y todo lo que han construido se tambalea cuando ella empieza a recibir ramos de rosas y él conoce a una joven. Escrita y dirigida por Philippe Claudel (Silencio de amor), el reparto está encabezado por Daniel Auteuil (Marius), Kristin Scott Thomas (En la casa), Leïla Bekhti (La fuente de las mujeres), Richard Berry (La cliente) y Vicky Krieps (Hanna).

Pasamos ahora a las novedades españolas. Una de ellas es el thriller dramático Tres mentiras, debut en el largometraje de ficción de Ana Murugarren. La historia se centra en la investigación de una madre coraje que está decidida a desvelar las actividades que se realizaron en las primeras décadas de la democracia en un piso de Bilbao, donde se daba cobijo a jóvenes madres solteras pero sus hijos entraban en un sucio negocio. Nora Navas (Dictado), Mikel Losada (El cazador de dragones), Marta Castellote (La cueva), Lander Otaola (La buena hija) y Carmen San Esteban (Hoy no se fía, mañana sí) son los principales actores.

España y Argentina producen Betibú, thriller centrado en la investigación que lleva a cabo una prestigiosa escritora argentina sobre la muerte de un importante empresario en un barrio de las afueras de Buenos Aires. A medida que se implica más y más en el misterioso asesinato la escritora descubre que su muerte es solo la primera de una cadena de crímenes que no ha hecho más que empezar. Basado en la novela de Claudia Piñeiro, el film está dirigido por Miguel Cohan (Sin retorno), y cuenta con Mercedes Morán (Luna de Avellaneda), Daniel Fanego (Todos tenemos un plan), Alberto Ammann (Tesis sobre un homicidio), José Coronado (No habrá paz para los malvados), Marina Bellati (serie Los únicos) y Norman Briski (No somos animales) en su reparto.

Y desde el pasado miércoles algunas salas de España proyectan Cuinant, ópera prima de Marc Fàbregas que aborda en clave de comedia dramática los sentimientos y secretos que guarda una pareja, y que afloran cuando ambos tienen que cocinar para un grupo de invitados poco deseados. Chus Pereiro (Atrocious) y Miquel Sitjar (A la deriva) son sus protagonistas.

La alternativa animada del fin de semana es Lifi, una gallina tocada del ala, producción de Corea del Sur de 2011 que narra las aventuras de una gallina después de escapar de la granja en la jaula en la que estaba. Durante su viaje conocerá a una pareja de patos y a una comadreja. Cuando los primeros mueran a manos de la segunda la gallina deberá hacerse cargo de la pequeña cría de la pareja. Basada en la novela de Seonmi Hwang, la película supone el debut en el largometraje de Oh Seong-yun, y cuenta con las voces en la versión original de Moon So-ri (En otro país), Yoo Seung Ho (Hearty paws), Choi Min-sik (Lucy) y Park Cheol-min (No breathing) entre otros.

Finalizamos el repaso con un documental español que combina drama y biografía a partes iguales. Se trata de Gabor, cuya trama se centra en los intentos del debutante director en el largometraje, Sebastián Alfie, de abordar la ceguera en el altiplano boliviano. En este proceso conoce al director de fotografía que da nombre al film, un hombre que ha viajado por todo el mundo y que quedó ciego hace 1o años. Se inicia así una relación que llevará al documental a centrar su atención en la vida y el trabajo de este fotógrafo ciego.

‘Homeland’ cierra ciclo y rompe todos los esquemas en su 3ª T


La tercera temporada de 'Homeland' supone un antes y un después en la serie.Hace casi un año la segunda temporada de Homeland dejaba sin aliento a sus seguidores en todo el mundo. Por aquel entonces confesaba que su inicio no había sido todo lo adictivo que podía ser, al menos en los primeros tres episodios. Sin embargo, y guiados por una lógica fría, calculada y aplastante, los guionistas habían logrado aportar giros dramáticos impactantes y soberbios, concluyendo con ese final de difícil asimilación. Ahora toca hablar del mundo tras el ataque terrorista en la tercera temporada, y curiosamente posee más o menos el mismo desarrollo, aunque los efectos de su conclusión son mucho más devastadores dramáticamente hablando. Tanto que, en cierto modo, debe hablarse de un fin de ciclo.

Antes de analizar cualquier otro aspecto, es conveniente explicar el porqué de la expresión “fin de ciclo”. Para aquellos que no hayan visto todavía la serie, tranquilos, no desvelaremos nada. Si bien es cierto que muchos espectadores hemos identificado la serie con el terrorismo y esa premisa inicial tan interesante sobre un marine norteamericano convertido en radical islamista, hay que aclarar que era solo eso, una premisa. La serie es, en realidad, un retrato de la lucha terrorista de la agencia de inteligencia de Estados Unidos. En este sentido, la trama descansa sobre los hombros de la protagonista, y eso es algo que, aunque pueda no apreciarse durante el desarrollo de la producción, sí es algo que se percibe si se echa una ojeada a todo lo sucedido. Los 12 episodios de esta temporada dejan patente que es ella el verdadero interés del conjunto, independientemente de que los secundarios, de lo mejor que se puede ver en televisión ahora mismo, tengan un peso específico enorme, lo cual plantea numerosas dudas sobre el futuro de la serie. Pero de eso hablaremos más adelante.

Narrativamente hablando, esta tercera entrega se ha hecho esperar, al menos para las previsiones de la mayoría de espectadores. La ausencia del personaje de Damian Lewis (Alta sociedad), quien por cierto alcanza un nivel interpretativo excepcional en estos episodios, así como la atención que se otorga a su familia, en especial a la hija, han generado una ansiedad lógica y, hasta cierto punto, esperada, por no abordar de lleno los acontecimientos que cerraban la trama de la segunda temporada. Hay que decir, empero, que esta no es una serie al uso. El breve resumen que hacía más arriba de la segunda temporada no era gratuito. La estructura dramática de Homeland se ha caracterizado por una presentación de los hechos un tanto indirecta, tangencial si se prefiere, ofreciendo una imagen más o menos anodina para luego revelar las verdaderas cartas que protagonizan este juego.

Dichas cartas son, en estos episodios, la primera pieza de un plan para acabar con la situación iraní a nivel internacional. Y como buena trama de espionaje, los acontecimientos y los puntos de giro juegan en todo momento con el espectador, obligándole a pensar en un sentido para revelarle otra realidad muy distinta. Es por eso que cuando la serie muestra su verdadera naturaleza la atracción se multiplica de forma proporcional a lo visto anteriormente. Y es por eso también que la trama secundaria de la hija es tan importante. Sé que esto puede resultar absurdo, pero es así. Sin esa constante presencia de los dramas adolescentes del personaje de Morgan Saylor (El circo de los extraños), quien por cierto no le hace ningún bien a la serie, las decisiones posteriores de Brody o el chantaje emocional que realiza Carrie Mathison (de nuevo Claire Danes en estado de gracia) no habrían tenido el impacto que tienen. Incluso me atrevería a decir que sin la ruptura total con su pasado, personalizado en la figura de la hija muy ligada emocionalmente, la resolución no habría sido tan increíblemente sólida.

Por mucho que pueda parecer lo contrario, todo en Homeland está interconectado. Ese es uno de sus mayores éxitos y uno de los motivos por los que se destaca del resto. Todo, desde un pequeño detalle en una trama secundaria hasta una revelación fundamental en la historia principal, está destinado a justificar la forma de resolver la trama. Es por eso que para acceder a la serie deben dejarse prejuicios o experiencias previas que se tengan en producciones similares, pues nada es lo que parece. Una historia tan aparentemente insustancial como el drama familiar del personaje de Saylor ayuda a encontrar las motivaciones principales de los protagonistas; los conflictos familiares del personaje de Mandy Patinkin (La princesa prometida) son la clave para iniciar la operación con la que desbloquear Irán; incluso la odisea que sufre Brody en Sudamérica y que, a priori, nada tiene que ver con la CIA, generan una revelación de lo más interesante que modifica el prima con el que debe verse la serie.

Un futuro peligroso

Está claro que estamos ante una serie excepcional en todos sus aspectos. Tanto la temporada que aquí abordamos como su predecesora son claros ejemplos de que una historia debe tener vida propia, de que sus personajes no deben estar atados por convencionalismos dramáticos que les obliguen a actuar de forma distinta a su naturaleza. Y mucho menos que les eximan de responder por sus actos. Siendo sinceros, he de reconocer que la conclusión del último episodio fue un impacto se mire por donde se mire. Tal vez fuese algo que, en cierto modo, se venía preparando desde algunos episodios antes (desde luego, no genera tanto impacto con el atentado), pero sus secuelas son mucho más duraderas y profundas. No quiero decir con esto que no sea una final apropiado. Es más, es el único posible. La valentía de afrontarlo sin paliativos de ningún tipo es digna de aplaudirse, sobre todo teniendo en cuenta las numerosas presiones que con toda probabilidad hubo por parte de los responsables de emitirla.

Pero esto, aun a riesgo de resultar repetitivo, es Homeland, y al igual que otras series como Boardwalk Empire, no tiene miedo de explorar nuevos territorios dramáticos. Eso sí, siempre dentro de sus propios límites y sabiendo en todo momento cuáles son sus fortalezas y sus debilidades, quiénes son sus protagonistas y sus verdaderos argumentos. Esto le permite jugar al ratón y al gato, ofreciendo una experiencia única que alcanza cotas extrañamente desconcertantes en esta tercera temporada. El problema es el conjunto de preguntas sin respuesta que siempre deja en el aire (algo que, por cierto, también contribuye a engrandecer su presencia). Si la segunda temporada era impactante y sorprendente, esta se vuelve intrigante y dramáticamente irremediable. Un final que, sin lugar a dudas, marca un antes y un después en la serie, y que obliga a replantear numerosas cuestiones en torno a los personajes y sus posiciones en la trama.

La forma de concluir los arcos dramáticos de los principales integrantes del reparto (Danes, Lewis y Patinkin) obliga a pensar que sus relaciones y sus participaciones en la serie serán radicalmente distintas. En algunos casos posiblemente se reduzca a la mínima expresión (en otros ni siquiera existirá). Esto abre una abanico de posibilidades no solo desde un punto de vista argumental (parece que se juega con la idea de centrar la atención en Iraq), sino también a la hora de incorporar nuevos personajes, algunos de los cuales ya han tenido presencia en esta tercera temporada. Este es, por cierto, un aspecto que la serie necesita cuidar. Muchos de los secundarios que adquieren un cierto peso en las tramas tienden a diluirse a medida que su participación se aleja de la zona de influencia de la protagonista, relegándose a apariciones esporádicas que contrastan con la importancia que se les otorga en dichos momentos.

Claro que es un problema menor, pues la intensidad de la trama es tal que pocas veces importa el destino de estos personajes y sus respectivas tramas. Sea como fuere, Homeland ha cerrado un arco argumental en esta su tercera temporada, y lo ha hecho de una forma tan brutal y maravillosamente lógica que ha puesto patas arriba todas las previsiones y convenciones que puedan existir (algo parecido pasó en la temporada anterior). Muchos pensarán que este es el fin de la serie, pero ya se está trabajando en la cuarta temporada. Ahora las dudas recaen en este futuro inminente y peligroso de una serie que se enfrenta a dos caminos distintos: continuar (o mejorar) su calidad dramática, o convertirse en un producto mediocre a la sombra de sus tres primeras y excepcionales temporadas. En todo caso, el resultado será el mismo: redefinirse.

‘La princesa prometida’, aventuras y literatura de estilo clásico


Robin Wright y Cary Elwes protagonizan 'La princesa prometida', de Rob Reiner.El cine es un claro ejemplo de cómo el tiempo no pasa en balde por mucho dinero y recursos para mantenerse joven que uno pueda tener. Hace poco tuve la oportunidad de revisionar uno de los mejores clásicos de aventuras de los años 80, La princesa prometida (1987), dirigida por Rob Reiner (Algunos hombres buenos) y protagonizada por un puñado de actores que hoy en día se han convertido en estrellas más o menos importantes. No es este espacio para comentar lo bien o mal que ha envejecido cada uno, sino para analizar los motivos por los que un film tan sencillo y humilde como este no solo ha sabido mantenerse década tras década, sino que se ha erigido como un modelo perfecto del cine de aventuras.

La historia, para aquellos que no hayan tenido ocasión de verla, gira en torno a una joven cuyo amado parte en busca de aventuras. Al enterarse de que ha sido atacado por un temible pirata que nunca hace prisioneros se sume en una profunda depresión. Años después un apuesto y arrogante príncipe decide desposarla, pero unos días antes de la boda es secuestrada por tres personajes que buscan provocar una guerra entre su reino y otro vecino. Un misterioso enmascarado de negro frustrará sus planes y salvará a la princesa, pero desvelará otros mucho más peligrosos que tienen como autor al propio príncipe. Todo ello narrado desde la perspectiva de un cuento leído por un abuelo a su nieto enfermo.

Este último detalle tal vez sea el más relevante de la idea básica de la película. En sí mismo, el argumento y su desarrollo es tan sencillo y directo como entretenido y enternecedor, pero no reviste especial relevancia frente a otras cintas de aventuras con ingredientes similares. Lo que supone una cierta revolución, y que dota al conjunto de un aire mucho más especial, es el hecho de enfrentar la literatura y la imaginación a un mundo cada vez más dominado por la televisión, los ordenadores y los videojuegos. De hecho, el niño enfermo está jugando a un videojuego cuando recibe la visita de su abuelo, a lo que se muestra inicialmente reticente para sumergirse después en la pasión que levanta una obra de ficción literaria.

Ya hemos dicho que su guión, obra de William Goldman, autor de la novela homónima en la que está basada, es directo y sencillo, con una estructura de análisis claro que puede ser un buen ejemplo para iniciarse en esta especialización cinematográfica. Pero si la base literaria es clara (lo que no implica que no tenga interés, al contrario), la forma de narrar es igualmente eficaz. Nada de largos y enrevesados planos. Nada de jugar con los puntos de vista o con las diferentes posibilidades lumínicas. La princesa prometida es, desde su inicio hasta su fin, un cuento de aventuras, de amor y de acción, de comedia y de drama, y como tal está planteado. En cierto modo, todo se podría resumir en dos palabras: entretenimiento directo. Cierto es que estamos hablando de la década de los 80 del siglo pasado, pero en esos años ya se empezaba a experimentar con los efectos digitales como TRON (1982).

La importancia de los secundarios

Como suele ocurrir en este tipo de historias, la película de Reiner se apoya mucho en sus personajes secundarios. Puede que incluso sean lo mejor de la película. No quiero decir con esto que la labor de Cary Elwes (Sin compromiso) y Robin Wright (serie House of cards) no sea relevante, ni mucho menos. Sin embargo, a todo aquel que se le nombre este relato posiblemente lo primero que recuerde sea la frase: “Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir”, pronunciada por el personaje de Mandy Patinkin, de actualidad gracias a la serie Homeland.

Dicha cita, junto a otros conceptos y la caracterización de muchos de los secundarios, aportan a la trama un aura única que termina por definir su verdadero carácter. En otras palabras, muestra su alma. No se trata ya de que el héroe recupere a su amada, sino de que las tramas secundarias de cada uno de los personajes encuentre su resolución en un único clímax que, como no podía ser de otro modo, se desarrolla mediante combates a espada y luchas cuerpo a cuerpo. Unas tramas secundarias, por cierto, que poseen un interés y una importancia casi tan relevante como la trama principal. Puede que la historia del personaje de Patinkin sea visualmente la más evidente, pero existen muchas otras: la del gigante que busca su sitio en un mundo que le rechaza, la del villano cuyos planes aspiran a mucho más que un simple matrimonio, … Todo conforma un paisaje mucho más rico que la propia historia de los protagonistas.

Todo esto no implica que La princesa prometida sea una obra muy distinta a otras aventuras como pueden ser las de Robin Hood, con las que guarda no pocos parecidos. La película contiene todas las facetas que se le pueden pedir a su género, desde personajes extraños hasta la combinación de acción y magia, pasando por personajes muy, muy característicos y por la combinación de géneros. La idea de aventura literaria, de un relato capaz de despertar la imaginación y la curiosidad de generaciones alienadas o conquistadas por la televisión y los videojuegos se muestra en su máximo esplendor gracias a una trama en la que comedia, drama, intriga y acción se entremezclan armónicamente. Mención especial habría que hacer a la banda sonora compuesta por Mark Knopfler, pero eso lo dejaremos para otra entrada de Toma Dos.

Lo más evidente es que, a pesar de los años y de la humildad que emana de cada fotograma, La princesa prometida sigue siendo un documento a analizar perfecto. Tal vez ese sea su secreto. En cualquier caso, las nuevas generaciones (que cada vez están más involucradas en el mundo digital) siguen descubriendo en sus imágenes y en las páginas de la novela todo un mundo capaz de motivar la imaginación de los más jóvenes. Es directa, clara y concisa. Para algunos esto puede ser una debilidad. Para otros será sin duda el legado de una forma tradicional y siempre eficaz de contar una historia.

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Cine y palabras

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