‘La Momia’: la maldición de las malas decisiones


Debería ser relativamente sencillo hacer una película de aventuras sobre Egipto, sus maldiciones y toda la mitología que conlleva. No hablo de una película espléndida en todos sus aspectos, pero sí al menos entretenida y con ritmo trepidante. Pero lo que han creado entre Alex Kurtzman (Así somos) y Tom Cruise (Collateral) se antoja decidida y conscientemente mediocre. Es difícil poder explicar, si no, tal cúmulo de incongruencias narrativas y equivocadas decisiones artísticas. Y todo ello sin tener en cuenta los errores que muchos apasionados de los faraones sin duda encontrarán en un metraje de casi dos horas que, en algunas ocasiones, puede hacerse un poco lento.

En realidad, para comprender lo que ocurre con esta La Momia es fundamental prestar atención al logo inicial del film: Dark Universe. La apuesta de Universal por resucitar a todos sus monstruos clásicos en una especie de mundo en el que conviven sin demasiada paz ni armonía ha llevado a los responsables de este primer relato a mezclar churras con merinas. Demasiados personajes innecesarios, demasiadas referencias a otros monstruos y demasiada historia de fondo que posiblemente sirva para hilar el resto de películas, pero que para lo que cuenta esta trama es totalmente innecesario. Eso por no hablar de secuencias poco acertadas.

Pero el verdadero problema de esta cinta no es el concepto en el que se basa, sino su tratamiento. Para empezar, elegir a Cruise para semejante papel es cuanto menos cuestionable. Ni tiene la gracia que exige el personaje ni la química con su compañera de reparto. Y para continuar, la base sobre la que se sustenta todo el relato, la maldición egipcia, está tan cogida con pinzas que plantea más interrogantes que respuestas. Y para finalizar, las continuas referencias no solo a otros monstruos clásicos, sino a la película que Stephen Sommers (Van Helsing) dirigió en 1999 y que se ha convertido en todo un referente visual. Todo ello provoca la sensación de estar ante una producción sin un objetivo claro, más allá de la construcción de un universo posterior en el que se puedan desarrollar mejores historias. El problema es que si no se asientan bien los pilares todo se tambalea.

Podría haberse optado por una sencilla película de aventuras. Podría haberse optado por una cinta de acción. Incluso por algo más terrorífico con referencias a la mitología egipcia. Pero en lugar de todo eso, La Momia trata de ser una mala copia de su predecesora de hace 18 años, introduciendo para la ocasión personajes que pintan poco o nada en una historia que debería tener a Egipto en el centro de su ideario, pero que en realidad relega al país del Nilo a una simple excusa a la que recurrir cuando conviene. Incluso aceptando esto como algo positivo para que la historia pueda avanzar por otros senderos, la película se pierde en su propia ausencia de objetivo, dejando un desarrollo irregular, unos personajes poco sólidos y un final abierto que, sinceramente, crea más incógnitas sobre el futuro de las que responde.

Nota: 4/10

‘La bella y la bestia’ de Disney, o el amor al prójimo como moraleja


Disney aportó su propia visión a 'La bella y la bestia'.Si hay una productora que se ha destacado siempre por la producción de cuentos infantiles es Disney. Desde que debutara en el largometraje con Blancanieves y los siete enanitos (1937), hasta la más reciente Frozen: El reino del hielo, la productora ha logrado, normalmente, crear toda una mitología en torno a sus personajes que ha sabido explotar extremadamente bien, sobre todo a nivel de merchandising. Pero más allá de todo esto, sus obras se han caracterizado también por la tergiversación de los textos originales, en algunos casos hasta obviar muchos elementos conceptuales. Y dado que La bella y la bestia se ha estrenado recientemente, qué mejor oportunidad que repasar algunos de esos cambios del clásico de la animación de 1991, nominado al Oscar a la Mejor Película y ganador de los premios correspondientes a la música.

Dirigida por Gary Trousdale y Kirk Wise, responsables de El jorobado de Notre Dame (1996), la cinta de animación sigue, a grandes rasgos, las diferentes versiones del cuento. Así, la historia se centra en una joven y en su padre, en cómo este es apresado por una bestia en su castillo y cómo ella da su vida a cambio de la de su padre. A medida que el tiempo pasa la criatura trata de conquistarla, pero ella se niega hasta que un día descubre que su padre está enfermo. La bestia le da permiso para visitarle, pero durante su ausencia el castillo es atacado y la criatura queda malherida. Cuando la joven vuelve a su lado y le implora que no muera la bestia se transforma en el príncipe que era antes de que una bruja le maldijera.

Y a pesar de que el desarrollo dramático mantiene la esencia del cuento, los conceptos y valores dramáticos no son exactamente iguales. La bella y la bestia, versión Disney, centra su atención en la idea de la intolerancia, la incomprensión y la falta de piedad. Tres elementos que dan pie a la historia (inicio narrado magistralmente a través de vidrieras) y que definen la lucha final entre la bestia y Gastón, el villano Disney de turno que, además, es el pretendiente de Bella. A través de ese combate, como decimos, se establece no tanto un enfrentamiento entre el bien y el mal, sino entre un hombre que ha cambiado su forma de ver el mundo y otro que sigue manteniendo su actitud arrogante con todo aquel que le rodea.

Por tanto, la historia sigue siendo una especie de relato catártico en el que un hombre convertido en bestia llega a comprender cuál es su error. Pero el viaje que se realiza poco o nada tiene que ver con el amor, como se desprende del texto original, sino de la compasión con los más desfavorecidos. Y es en este punto donde la presencia de la protagonista femenina se torna imprescindible, pues es ella el resorte que activa toda la trama, el elemento catártico, por así decirlo, que ayuda a unos y desquicia a otros, entre otras cosas por la propia bondad inherente al personaje, que lo convierte en uno de los grandes personajes por antonomasia de la productora. Así, más allá de canciones o de secundarios divertidos (al fin y al cabo, es una historia contada para los más pequeños), el mensaje que traslada no es tanto una historia de amor, que evidentemente está presente, como una historia de redención cuya moraleja tiene que ver con la bondad con nuestros semejantes.

La definición del color

La historia no contiene, por tanto, los elementos más desagradables o egoístas del original. O mejor dicho, los concentra casi todos en el villano. Elimina deliberadamente a las hermanas de la protagonista, iconos del egoísmo y de la vanidad, y suprime todo aquello que tenga que ver con la venganza por un amor no correspondido (en teoría, la maldición es lanzada sobre el príncipe por una bruja despechada). Empero, mantiene un elemento al que dota de verdadero y autónomo protagonismo: la rosa que marca el cruel destino de la bestia. Aquí incluso mucho más determinante que en otras versiones, pues como si de un reloj de arena se tratara, contabiliza los días antes de que el hechizo sea irreversible.

Dejando a un lado el contenido, La bella y la bestia se distingue principalmente por un uso de los colores realmente específico. Evidentemente, los números musicales, algunos realmente brillantes, suelen narrar con la paleta cromática lo mismo que con las canciones, potenciando el mensaje y las emociones que pueda transmitir. Con todo, lo más relevante radica en la forma que el film tiene de presentar personajes y escenarios. Por ejemplo, los dos protagonistas son presentados con colores azules, fríos, creando una unión inicial. A medida que avanza el relato el personaje de Bella evoluciona hacia tonos más cálidos que incorporan rojos y amarillos a su personaje, hasta ese inolvidable baile en el que cada uno queda definido de forma clara y distintiva, determinando igualmente la distancia entre ambos a pesar de su proximidad física. Del mismo modo, el villano se caracteriza por un rojo que hace gala de su aparente valentía y de su tendencia a la violencia y la fuerza bruta.

Igualmente, los escenarios evolucionan con los propios personajes. Ya hemos mencionado el comienzo narrado a través de vidrieras (un ejemplo más del uso del color). Aparte de esto, resulta interesante comprobar cómo los dos principales espacios de la trama, el castillo y el pueblo, se transforman con la presencia y la ausencia de Bella, otorgando a la protagonista una mayor importancia si cabe. En efecto, mientras que el castillo pasa de ser un lugar frío y oscuro a un escenario luminoso y, en cierto modo, acogedor, el pueblo deja de ser luminoso y agradable para convertirse en testigo de las maquinaciones de sus habitantes, liderados por Gastón, en secuencias que se suceden de noche, es decir, en plena oscuridad. Dos transformaciones que no por casualidad distribuyen el peso de la narrativa de uno a otro lugar, transportando las etiquetas de “sitio peligroso” y “lugar seguro” de un lugar a otro, y permitiendo una identificación cada vez mayor con la bestia.

Como siempre, Disney ofrece su particular visión del cuento. En el caso de La bella y la bestia dicha visión modifica sustancialmente algunas de las motivaciones, aunque deja la esencia del texto. Puede que sea eso lo que convierte a este film en un clásico. Su forma de alterar las motivaciones de los personajes y de jugar con las variaciones cromáticas tanto de protagonistas como de escenarios permite al film narrar una historia de redención y de arrepentimiento, de castigo desproporcionado y de amor verdadero. No hay lugar para la venganza ni para el odio (salvo en el villano, claro está), y lo único que prevalece es la intención de reparar un error largamente lamentado, primero por amor y luego, en un cambio que es en definitiva la moraleja de la historia, por amor y bondad hacia los demás a pesar de nuestro propio perjuicio.

‘Un hombre lobo americano en Londres’, el licántropo más realista posible


Aunque pocas veces es tomada en serio, salvo por críticos o estudiosos del séptimo arte, la serie B, esa especie de segunda división del cine con nombres y normas propias, ha sido uno de los elementos más influyentes en la forma de ver el cine actualmente. Quentin Tarantino (Kill Bill) ha confesado más de una vez su gusto por este tipo de cine. El estreno de la española Lobos de Arga pone el foco en este tipo de producciones con poco presupuesto, efectos algo cómicos pero mucha, mucha imaginación y guiones sencillos y efectivos. En este ámbito destaca el nombre de John Landis, autor del clásico Un hombre lobo americano en Londres (1981) y punto y aparte en la forma de entender el género de terror y el fenómeno de la licantropía.

La carrera de Landis siempre ha estado a la sombra de otros directores que, merecida o inmerecidamente, han conseguido más éxito. Esto no quiere decir, sin embargo, que no posea auténticos referentes cinematográficos, como Granujas a todo ritmo (1980) o  Desmadre a la americana (1978). Empero, su particular visión de la licantropía puede que sea su mayor aportación, y desde luego es una luz que debe guiar a todo amante del género de terror. Una aportación, cabe decir, que se produce en todos los ámbitos, desde el guión, una mezcla de humor, terror y drama realmente hipnótica, hasta los efectos visuales, todo un reto teniendo en cuenta la falta de la digitalización en la época.

Como suele ser habitual, la historia es de lo más sencilla y, en cierto modo, tópica. Dos jóvenes estudiantes norteamericanos se pierden en plena noche de luna llena en la campiña inglesa y sufren el ataque de lo que parece un lobo gigante. Uno de ellos muere, pero el otro sobrevive. Tras curarse de las heridas, empieza a tener pesadillas y, lo peor de todo, empieza a ver a su amigo y a otras víctimas de ataques similares que le instan a suicidarse para acabar con la maldición del hombre lobo. Por supuesto, por medio nace una historia de amor.

Posiblemente el punto más dramático y, curiosamente, el menos utilizado en la mitología de esta criatura, sea la visión de las víctimas, pudriéndose poco a poco, que presionan al protagonista para que muera. La maldición, por tanto, no es convertirse en un lobo de dimensiones imposibles, sino el constante recuerdo de lo cometido en forma animal a través de la presencia de las víctimas y su forma cada vez más desagradable. Una maldición de la conciencia, por decirlo así, cuya traducción al plano físico sería la forma animal.

Solo la película de Landis (además del remake/secuela titulado Un hombre lobo americano en París) parece abordar esta lucha moral a través de las víctimas. La mayoría de las propuestas sobre la criatura prefieren más bien el drama de ser consciente de lo que se realiza siendo un animal y la imposibilidad de morir a no ser que sea a manos de balas de plata (por aquello de la luna llena).

Efectos nunca vistos

Hasta la llegada de Un hombre lobo americano en Londres, la mayor parte de las aproximaciones al licántropo mostraban al monstruo como un humanoide con garras, pelo por todas partes, orejas puntiagudas y colmillos afilados. La idea de Landis también huye de este tópico, y lo hace de una forma nunca antes mostrada en pantalla: una transformación completa ante nuestros ojos.

Para las nuevas generaciones puede que esto resulte algo ridículo teniendo en cuenta que sagas como la de Underworld han mostrado infinidad de veces dicha transformación. Sin embargo, estos hombres lobos tecnológicos y futuristas también caen en el tópico de un ser a medio camino entre humano y lobo. Y aunque el director de Superdetective en Hollywood III (1994) también muestra esta figura, no es el producto final. Además, y gracias a la labor de Rick Baker (responsable de efectos de maquillaje para La guerra de las galaxias), la transformación se muestra en todo su esplendor, algo omitido hasta entonces.

Un labor, por cierto, que queda muy bien explicada en los extras de las numerosas versiones en DVD que se han editado, y que consistieron en sacar moldes de látex de diferentes partes del cuerpo del protagonista, David Naughton (Alaridos). Gracias a esto, y a los juegos de cámara del director, el espectador asiste a una transformación única, escalofriante y, ante todo, dolorosa. Es en este elemento, el del dolor, en el que menos hincapié se hace en las aproximaciones a la criatura. Como es evidente, la constitución del lobo y del ser humanos son muy diferentes, por lo que el paso de uno a otro tiene que ser irremediablemente doloroso, muy doloroso.

Pero además, el dolor de la secuencia representa igualmente el dolor de la maldición, un elemento más que se suma a esa lucha moral representada por sus víctimas fantasmagóricas y que refleja la batalla perdida contra una nueva naturaleza que desconoce. Una transformación, además, que deja constancia del monstruo que surge de forma intermedia entre el hombre y el animal, y que, tal vez, sea el último momento de consciencia del personaje antes de superar el dolor y “nacer” como un animal, clara referencia a la doble naturaleza del ser humano que muchos filósofos han abordado a lo largo de la historia.

Eso sí, el final del film no difiere mucho del de otras aproximaciones al hombre lobo. La película de Landis, a pesar del tono cómico que resta gravedad al drama y al terror que centran buena parte del metraje, rezuma fatalismo por los cuatro costados. En esa constante diatriba del protagonista por buscar una solución a esa maldición (y que no sea con su vida, claro está), finalmente debe ser su parte animal la que sea sacrificada cuando ataque sin control el centro de Londres. La imposibilidad de separar ambos seres facilitará la labor del suicidio al protagonista, cuyo final parece escribirse incluso en ese primer acto donde comienza una pesadilla de la que no tiene el control.

‘La maldición de Rookford’: traumas fantasmagóricos del pasado


Dentro del cine de terror, y más concretamente del cine con fantasmas como protagonistas, existe una línea narrativa que busca más la ambientación, la intriga y el terror psicológico que el simple susto con efecto sonoro de por medio. La maldición de Roockford, ópera prima de Nick Murphy, pertenece a ese primer grupo. Y si bien sus elementos componen una sinfonía de bellos paisajes e intrigas fantasmagóricas con niños y la influencia de la I Guerra Mundial de por medio, la sensación que queda una vez encendidas las luces es muy diferente de la que cabría esperar en este tipo de producciones.

Tal vez porque su trama recuerda vagamente a otros films como Los otrosEl orfanato o la reciente La mujer de negro, tal vez por un personaje central tan atractivo como diferente, lo cierto es que la cinta protagonizada por Rebecca Hall (El desafío – Frost contra Nixon) funciona de un modo que puede resultar inesperado en muchos sentidos. Y es que este personaje femenino presenta una inteligencia inusitadamente aguda para la época, desarrollando un método científico para desvelar los engaños de las sesiones de espiritismo. Una mujer que ha alcanzado tal grado de incredulidad que apenas se sorprende por nada y que, como si de Sherlock Holmes se tratara, es capaz de desvelar el verdadero carácter de cualquier supuesto fenómeno paranormal.

Sin duda, la buena labor de Hall da fuerza a un personaje que, poco a poco, se ve envuelto en una realidad que le resulta extraña no tanto por su carácter fantasmagórico, sino por desmontar todas sus creencias. El contexto social no es casual. Los soldados que volvieron de la Gran Guerra tenían un aire espectral, siendo considerados en muchas tertulias populares como auténticos fantasmas en vida, un elemento que termina por dar un sentido final a esta historia sobre la fe, la ciencia y los traumas reprimidos del pasado.

Con todo, y a pesar de la buena factura técnica y artística del film, que se aleja todo lo que puede del susto fácil (alguno que otro hay) para ahondar en el arco narrativo (con la casa de muñecas como elemento articulador de buena parte de la trama), la película deja un sabor agridulce provocado fundamentalmente por un final que parece querer emular a una obra de Shakespeare. Lo forzado de los acontecimientos de su resolución, que parecen producirse de forma harto apresurada, no hacen sino constatar una falsa necesidad de ser diferente, de querer distanciarse de otras cintas para erigirse como modelo. Y es una lástima, pues el film tiene todos los elementos necesarios para ser un más que decente producto (que lo es). Sin necesidad de finales románticos o melodramáticos, el relato ya consigue distanciarse del resto gracias a su protagonista y a unos personajes secundarios, con Dominic West (serie The Wire) e Imelda Staunton (Mucho ruido y pocas nueces) a la cabeza, que están irremediablemente marcados por una guerra tan traumática como violenta.

Nota: 6/10

Llegan ‘Los Vengadores’ entre jugadores de casino, dramas sectarios y casas encantadas


Para muchos espectadores de España (y de muchos otros países) el viernes 27 de marzo de 2012 era una fecha señalada en el calendario. Los Vengadores, posiblemente el evento cinematográfico más importante del año (con permiso de otros superhéroes), por fin llega a las pantallas. Y lo hace con toda una maquinaria, la de Marvel, experta no solo en este tipo de macroproyectos, sino en abonar el camino para que sus personajes, sus tramas y los conflictos que se presentarán resulten, al menos, reconocibles al gran público. Pero no es el único estreno importante de la semana: The PelayosMartha Marcy May MarleneLa maldición de Rookford son algunos de los interesantes títulos que harán las delicias de todo tipo de gustos.

Sin duda, Los Vengadores llegan con la idea de adueñarse de la taquilla durante varias semanas. Antecedentes no le faltan, si bien han tenido una fortuna desigual entre el gran público. Mientras las historias de Iron Man y el Capitán América triunfaban en taquilla, las de Hulk, y en menor medida, la de Thor no veían cumplidas del todo sus expectativas. En cualquier caso, los actores de aquellas se ponen a las órdenes de Joss Whedon, creador de series como Buffy, la cazavampirosDollhouse. Básicamente, su trama aborda la necesidad de reunir a todos los superhéroes aparecidos en las anteriores películas frente a un enemigo que amenaza con destruir la Tierra y al que los ejércitos del mundo (o, como suele ocurrir, el de Estados Unidos) no puede hacer frente. Desde luego, la acción está más que asegurada, y a tenor del mimo con el que Marvel cuida las tramas, a buen seguro que hará las delicias de todos los espectadores. Solo falta averiguar si el 3D le hace más bien que mal.

Y, como ya hemos mencionado, el reparto es de auténtico lujo: Robert Downey Jr. (Salidos de cuentas) repite como Iron Man; Chris Hemsworth (Cash) hace lo propio con Thor, al igual que Chris Evans (Dime con cuántos) como Capitán América. Igualmente, Nick Furia vuelve a tener los rasgos de Samuel L. Jackson (Pulp Fiction) y la Viuda Negra la belleza de Scarlett Johansson (Diario de una niñera). Jeremy Renner (En tierra de hombres) y su Ojo de Halcón repiten, esta vez con más protagonismo. La única cara nueva es la de Mark Ruffalo (Los chicos están bien), que recoge el testigo de Eric Bana y Edward Norton como Hulk. A semejante reparto se suman secundarios como Gwyneth Paltrow (Amor ciego) o Stellan Skarsgård (Los fantasmas de Goya).

El otro gran estreno de la semana tiene sello español en todos sus aspectos. Basada en una historia real de un hombre que logró descifrar un sistema para ganar siempre en los casinos basándose en la imperfección de las ruletas, The Pelayos narra en un formato relativamente similar al de Occean’s Eleven (2001) la vida de un grupo de jóvenes que, siguiendo dicho método, logran hacerse con una suma de dinero que nunca creerían poder llegar a ver. Dirige esta propuesta que mezcla comedia con drama y thriller Eduard Cortés (Otros días vendrán), quien también participa en el guión. Frente a la cámara caras conocidas del cine español e internacional como son Daniel Brühl (Malditos bastardos), Lluís Homar (Eva), Miguel Ángel Silvestre (Lo mejor de Eva), Eduard Fernández (La piel que habito), Sonia Casademont (La mosquitero) y Blanca Suárez (Carne de neón).

El drama y el terror centran los otros grandes estrenos del 27 de marzo. El drama bajo el título de Martha Marcy May Marlene, dirigida por Sean Durkin, en lo que supone su debut en el largometraje, y protagonizada por Elizabeth Olsen (Luces rojas), Sarah Paulson (Abajo el amor) y Hugh Dancy (El rey Arturo) entre otros rostros reconocibles de la pequeña pantalla. La cinta presenta a una joven que trata de huir de una secta en la que se había involucrado, así como de su carismático líder. Para ello busca refugio en una hermana de la que se distanció hace tiempo, pero la obsesión y el trastorno por sospechar que podrían perseguirla la lleva a una situación donde realidad y ficción se funden.

En cuanto al terror, llega de la mano de La maldición de Rookford, de nuevo una ópera prima, esta vez de Nick Murphy. La protagonista es Rebecca Hall (The Town, ciudad de ladrones), que se mete en la piel de una investigadora de casos paranormales cuyo fin último es desenmascarar los fraudes. Su obsesión le lleva a aceptar el encargo de un caso ocurrido en un internado de niños y, si bien al principio todo parece apuntar a una broma infantil, un hecho cambiará su forma de ver las cosas para siempre. Todo ello en pleno año 1921. Sin duda, un film con un marcado sabor tradicional, en el que el miedo y la ansiedad se generan a través de sombras, sonidos y ambientación. Completan el reparto Dominic West (John Carter) e Imelda Staunton (El secreto de Vera Drake).

 Las nieves del Kilimanjaro, otro de los estrenos del fin de semana, toma su punto de partida de un poema de Víctor Hugo. Dirigida por Robert Guédiguian (Presidente Mitterrand), la historia pivota alrededor de una pareja que parece tenerlo todo en la vida: sus hijos y nietos les adoran, sus amigos les respetan y tienen la libertad de expresar sus puntos de vista políticos y sindicales sin ninguna coacción externa o interna. Pero todo cambia cuando dos hombres les roban los anillos de casados y las tarjetas de crédito, haciendo añicos ese mundo y descubriendo las verdaderas miserias de la relación. Jean-Pierre Darroussin (Largo domingo de noviazgo) y Ariane Ascaride (La ciudad está tranquila) son los dos principales protagonistas de este drama francés.

Desde Polonia llega con dos años de retraso El bautizo, de Marcin Wrona (Moja Krew). Este drama con tintes de intriga aborda el conocido tema del pasado y cómo vuelve para ponernos a prueba. Esta vez en la forma de un viejo amigo con el que el protagonista, casado y a punto de ser padre, comparte un oscuro secreto. Protagonizan la historia Iwona Bielska (Wesele), Krzysztof Czeczot (Dom zly), Mieczyslaw Fiodorow (Oko boga) y Andrzej Franczyk (Korowód).

El elenco de estrenos se completa con una cinta de animación por ordenador, The wish fish, coproducida entre España e India. Los directores Gorka Vázquez e Iván Oneka, a través de la aventura y la comedia, especulan con lo que cualquier niño ha deseado alguna vez: que el pescado que no quiere comerse desaparezca. El problema es que el protagonista de la historia lo desea delante de un pez de los deseos, por lo que sus ganas de que unos extraterrestres se lleven todo el pescado del planeta se vuelve realidad, poniendo en peligro la estabilidad de la Tierra.

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