‘Barry Seal: El traficante’: contrabando en modo automático


¿Cómo convertir un telefilm al uso en una película comercial capaz de atraer a miles de personas a los cines? Con una estrella mundial y un director capaz de imprimir un mínimo sello personal. ¡Et voilà! Un éxito casi asegurado. Esa es la fórmula de lo nuevo de Tom Cruise (Valkiria), y lo cierto es que funciona solo a ratos, fundamentalmente porque su duración es exageradamente larga para lo que realmente importa en esta comedia negra con final esperado.

Porque si algo tiene Barry Seal: El traficante es que es previsible. Muy previsible, de hecho. Independientemente de que se conozca o no su historia, el desarrollo del guión se mueve por lugares comunes, por giros ya conocidos y a través de personajes cuanto menos arquetípicos. En medio de todo ello, una trama que puede anticiparse casi en el primer minuto y que deja poco lugar no solo para la sorpresa, sino para el interés. Salva el conjunto, y no es algo menor, la labor de Cruise y la dinámica con el resto de personajes, que generan algunos momentos realmente cómicos por lo que pueden tener de verdad detrás.

Este es, precisamente, el mayor atractivo del film. Cierto es que la labor de Doug Liman (El caso Bourne) tras las cámaras imprime un dinamismo extraordinario a los momentos más tediosos de la historia y ofrece al espectador una narrativa cuanto menos especial (atentos al final del film, uno de los más poéticos de los últimos meses), pero lo realmente interesante es el hecho de pensar en varios momentos que algo de todo eso ocurrió de verdad. A este respecto, la obra ofrece una visión ácida y dura (para aquellos que no conozcan la historia) de la forma de actuar  e influir en el devenir de otros estados de Estados Unidos.

Pero la mano de un director, el trasfondo verídico del film o el carisma de una estrella son suficientes para que Barry Seal: El traficante se quite esa imagen de película para televisión. Posiblemente sea porque su historia es previsible, pero también tendrá algo que ver el hecho de que muchos secundarios, incluyendo la mujer del protagonista, están definidos con brocha gorda, dando simplemente las pinceladas suficientes para que puedan encajar en el imagen general del conjunto. Y por supuesto, la duración. El viaje de este traficante que fue tuvo que guardar su dinero enterrado en el jardín al no poder blanquearlo al mismo ritmo que le llegaba es demasiado largo, casi tanto como los momentos que pasa solo en el avión. Demasiado metraje para tan poca historia.

Nota: 6/10

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‘Mozart in the jungle’ equilibra protagonismos en su 3ª temporada


La serie Mozart in the jungle está siendo una de las producciones más transgresoras y más divertidas de la actual oferta televisiva. Y lo está logrando con una apuesta de lo más sencilla y, a la vez, difícil de lograr en una industria que tiende a ir sobre seguro. El secreto radica en la libertad para desarrollar una historia con personajes a cada cual más extravagante, con tramas cuya evolución no es del todo lineal, y con un trasfondo, el de la música, que lo impregna absolutamente todo. Lejos de lo que pueda parecer a primera vista, esta ficción creada por Roman Coppola (guionista de Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Big Eyes), Paul Weitz (guionista de Un niño grande) y Alex Timbers es capaz de evolucionar, de aprender de sus errores y sus limitaciones para expandir su particular universo sonoro más allá del indiscutible protagonista al que da vida cada vez con más solvencia Gael García Bernal (Rosewater).

Y es precisamente en esta evolución en la que se centran los 10 episodios que componen la tercera temporada de esta serie basada en la novela de Blair Tindall, con una trama que pivota fundamentalmente sobre tres personajes que a lo largo de la trama han tenido su peso (relativo o no) en los acontecimientos. De este modo, mientras en la segunda temporada el argumento parecía más enfocado a los problemas internos y externos del “Maestro” interpretado por García Bernal, en este arco argumental se aprecia una transformación más clara del interés dramático de la ficción, lograda además tomando como punto de partida los acontecimientos finales de la etapa anterior. Esto, en otras palabras, se traduce en un cambio de protagonismo dentro de la serie, o al menos de peso específico dentro de la historia global.

Sin duda, esto se aprecia en los dos ambientes principales en los que se desarrolla el argumento de Mozart in the jungle en esta temporada. En primer lugar Italia, con Monica Bellucci (Spectre) como invitada principal en un papel que no solo concuerda a la perfección con el tono de la serie, sino que acentúa aún más la locura que rodea a estos personajes. En esta primera parte, más o menos la mitad de la etapa, es García Bernal el que centra la mayor parte de la atención, tanto por sus tribulaciones como por lo que representa el concierto que da en Venecia. Pero esta primera parte de la historia permite a sus creadores introducir de forma más consciente al personaje de Lola Kirke (Fallen), cuyo paso por la serie, a pesar de ser la protagonista, parecía haberse relegado casi a un secundario importante a la sombra de la fuerza del ‘Maestro’.

A través de esos primeros compases en Venecia los guionistas son capaces de desviar la atención de la hipnótica presencia de García Bernal para dotar de una mayor fuerza e independencia a la joven oboísta que interpreta Kirke, que toma las riendas de la historia para convertirse, en cierto modo, en la nueva ‘Maestra’ de la serie. Es evidente que su papel está llamado a ser fundamental en la trama, tanto por ser para el espectador el vehículo de presentación de este universo musical como por protagonizar línea argumental romántica de esta ficción. Con todo, parecía haber caído un poco en un olvido activo, siendo un personaje al que recurrir para presentar a otro que finalmente se ha llevado los laureles durante las pasadas temporadas. Todo eso cambia, o apunta al cambio, en la segunda mitad de estos 10 capítulos. Y por si a alguien le queda alguna duda, la joven empieza a mantener conversaciones con grandes compositores de la música clásica, rasgo asociado siempre al papel de García Bernal.

Secundarios imprescindibles

Evidentemente, este significativo cambio en la trama principal de Mozart in the jungle no implica, a priori, un cambio de status en la dinámica de los personajes. Es, más bien, un cambio en el enfoque del protagonismo dentro de la trama, devolviendo al personaje femenino un valor que parecía diluirse conforme el rol masculino adquiría fuerza. La duda que se plantea ahora es si realmente este equilibrio podrá mantenerse en el futuro, y el modo en que eso se llevará a cabo. Sea como fuere, esta evolución dramática no ha impedido que una de las señas de identidad de la serie se mantenga intacta: el plantel de imprescindibles secundarios, a cada cual más irónicamente surrealista. De hecho, uno de los mejores momentos de la serie lo protagonizan dos de estos roles, encerrados en una iglesia para negociar un conflicto laboral y terminando completamente borrachas. Sencillamente irrepetible.

Antes mencionaba un tercer pilar sobre el que se basa esta trama, y ese es precisamente el secundario al que da vida Malcolm McDowell (El marido de mi hermana), anterior ‘Maestro’ de la Orquesta que, por fortuna para todos, se ha reciclado en una suerte de consejero con entidad propia que no solo sirve de apoyo para la trama principal cuando es necesario, sino que protagoniza una propia trama secundaria capaz de aportar algo de profundidad al tratamiento de la serie, además de algunos de los momentos más cómicos de la temporada. Se puede decir, en este sentido, que es la definición perfecta de un secundario, sustento de los dos protagonistas, con historia propia y satélite de muchas de las tramas que centran los músicos, entre los que vuelven a destacar algunos personajes pero que cada vez se ve más como un ente único.

Que los secundarios son algo fundamental en la serie es algo que ha quedado patente desde la primera temporada. La fuerza que ha ganado esta ficción con el paso de los años, sin embargo, no se aprecia únicamente en estos personajes y en los actores escogidos para interpretarlos. Cabe destacar la colaboración de importantes personalidades de la música clásica, tanto intérpretes como compositores y directores, que se han dejado ver en los diferentes episodios de esta tercera etapa. Al igual que ha ocurrido con otras ficciones musicales, el respaldo de estos nombres a una producción como esta no hace sino elevar su categoría, amén de confirmar esta extraña comedia como una de las más frescas, dinámicas y diferentes de la parrilla televisiva.

Y desde luego, parece que fuerza no le falta a Mozart in the jungle para continuar narrando las desventuras de este grupo de músicos liderados por Gael García Bernal y Lola Kirke. Confirmada su cuarta temporada, solo cabe esperar que la libertad creativa en el plano narrativo (hay que reconocer que visualmente es algo más tradicional de lo que podría esperarse) se mantenga intacta, permitiendo a sus creadores explorar las vías ya abiertas en el final de esta tercera temporada. De ser así, de permitir a la serie crecer, equivocarse, rectificar y situar a sus protagonistas ante nuevos retos, seguiremos estando ante una de las comedias más recomendables de un tiempo a esta parte. ¡Qué la orquesta siga tocando!

‘Mozart in the jungle’ logra avanzar en su 2ª T gracias al pasado


Lola Kirke y Gael García Bernal acercan sus personajes en la segunda temporada de 'Mozart in the jungle'Series que parecen perpetuarse en la parrilla televisiva año tras año. Producciones cuyas temporadas a veces se hacen más largas que un día sin pan. Ficciones recurrentes que manejan las mismas claves con diferentes personajes. Con este panorama en la pequeña pantalla resulta aún más sorprendente que algo como Mozart in the jungle logre salir adelante, y es de admirar que lo haga además con la frescura y dinamismo con que lo hace, en apenas 10 episodios de media hora y con una originalidad que resulta tan atractiva como divertida. Su segunda temporada confirma lo que ya se sabía viendo la primera etapa, pero además logra algo más.

Y ese algo más es que la serie creada por Alex Timbers, Roman Coppola (guionista de Moonrise Kingdom), Jason Schwartzman (Big eyes) y Paul Weitz (El circo de los extraños) no es una sitcom al uso, o al menos no da vueltas sobre mismos conceptos una y otra vez. Más bien al contrario, esta nueva temporada ahonda en los problemas sindicales y laborales de la orquesta al tiempo que desarrolla de un modo tal vez sutil pero indudablemente sólido la relación de los dos protagonistas, Gael García Bernal (Eva no duerme), inmenso como el director de orquesta, y Lola Kirke (Perdida), cada vez más cómoda en su papel y adquiriendo más presencia.

El hecho de que ambas tramas discurran de forma paralela pero se nutran irremediablemente la una de la otra conforma un complejo puzzle de personajes, posiciones dramáticas y situaciones irónicas que más que arrancar la carcajada lo que hace es arrojar una visión cómica del mundo de los artistas, dejando el poso emocional de la constante sonrisa en la cara. Por supuesto, los amantes de la música pueden, y deben, seguir disfrutando de las obras que suenan a lo largo de los minutos, y que vuelven a ser una especie de oasis entre las historias personales de unos personajes que se distancian, esta vez de forma más evidente, del puro componente musical.

Quizá lo que pueda resultar algo más complejo de encajar en el conjunto es la evolución que sufre el personaje interpretado por el siempre espléndido Malcolm McDowell (La naranja mecánica). Su personaje, en principio la muleta sobre la que construir la relación entre Bernal y su orquesta, es recuperado de forma algo artificiosa, introduciendo problemas de consejos de administración de por medio. Las idas y venidas del personaje, condicionadas en buena medida por la presencia imprescindible del actor (que obliga a dotar a su personaje de mayor entidad), no hacen sino lastrar el desarrollo armónico de la trama, que parece querer ir en una dirección pero que siempre gira la cabeza hacia otra. Y si bien es cierto que la integración en el conjunto es más que correcta, la impresión final es que algo no está bien afinado.

Más pasado, más futuro

Por supuesto, esta ligera evolución de la serie (continuista más que rupturista) conlleva la aparición de nuevos personajes, algunos más interesantes que otros. Pero junto a ello, la trama ahonda en el pasado y, por extensión, en el futuro de los principales protagonistas, lo que a la postre convierte a esta segunda temporada en un punto de vista algo diferente con respecto a lo visto en la primera etapa de Mozart in the jungle.

Desde luego, el viaje a México es uno de los momentos más interesantes de toda la serie. Y no lo es por las aventuras del rol interpretado por Joel Bernstein con su violín, ni por las aventuras románticas de Saffron Burrows (El robo del siglo). En realidad, lo más interesante es descubrir el pasado del Maestro interpretado por García Bernal, tanto aquel que hace referencia a unas amistades cuestionables como al que es propiamente musical, amén de la familia que le crió en su juventud.

Todo ello permite al espectador comprender mejor diversos aspectos de este extraño personaje, sus filias y sus fobias, y poder por tanto apreciar mejor el final que se le da en el último episodio de la temporada. Puede que el modo de explicar este bagaje cultural sea excesivo en tanto en cuanto el tiempo que se destina a él se resta de otras historias que podrían desarrollarse mejor, pero el resultado final es lo suficientemente bueno (y está maravillosamente integrado en la trama) como para permitirlo.

Y, claro está, ahondar en el pasado de este personaje abre las puertas a un futuro interesante. La conclusión de la segunda temporada de Mozart in the jungle abre las puertas a otros 10 episodios que presentan un tablero diferente, incluso novedoso dentro de la trama, y que obliga a los personajes a afrontar una nueva etapa con cierta incertidumbre. El riesgo que corre la trama es caer en una espiral de giros narrativos que se repitan y salten de personaje a personaje. Dicho de otro modo, que Bernal y McDowell se alternen en el papel de director de orquesta. Pero eso es adelantar acontecimientos. Por lo pronto, hay que disfrutar de otros 10 episodios frescos, alegres y, sobre todo, musicales.

1ª T de ‘Mozart in the jungle’, malabares cómicos en diferente formato


Gael García Bernal protagoniza la primera temporada de 'Mozart in the jungle'.Se suele decir que la televisión moderna está permitiendo una originalidad que ya no existe en cine. Que la variedad de historias, géneros y tratamientos en pantalla pequeña es inversamente proporcional a la saturación de secuelas, remakes y adaptaciones de la pantalla grande. Y aunque las producciones tienden a centrarse en policías, abogados o médicos, sí es cierto que existen propuestas diferentes, frescas y muy gratificantes. Una de ellas es Mozart in the jungle, ficción creada por Roman Coppola, productor de En la carretera (2012), Jason Schwartzman (Big eyes) y Alex Timbers, cuya acción sigue a un excéntrico director de orquesta y a una joven oboísta que busca su oportunidad para demostrar su talento. Su primera temporada, de tan solo 10 episodios, es el mejor ejemplo de que se puede hacer otro tipo de televisión.

Y es que esta comedia ambientada en el mundo de la música es de todo menos convencional. Alejada del tradicional formato de una sitcom, la serie compone un interesante fresco sobre los egos de los artistas, sobre sus inseguridades y sus anhelos, y sobre todo el modo en que se enfrentan a ellos. Evidentemente, el peso del relato recae sobre los hombros de su principal estrella, Gael García Bernal (Un pedacito de cielo), quien compone un personaje brillante a medio camino entre el genio loco y el profesional entregado a un trabajo que le apasiona. Más bien, y ese es uno de los atractivos de la ficción, el rol evoluciona de un extremo a otro de forma orgánica y natural, influenciado no solo por el resto de personajes y sus particulares historias sino también por su propia conciencia de que su futuro depende de un concierto que, como es de esperar, se produce en el último episodio de la temporada (y que abordaremos más adelante).

El otro gran atractivo de Mozart in the jungle lo representa Lola Kirke (Perdida), la joven oboísta. Sin embargo, en este caso el éxito no se basa tanto en el personaje, ciertamente arquetípico y poco desarrollado, como en su función dentro de la estructura dramática general. En efecto, su rol como vehículo para introducir al espectador en el mundo de la música clásica y las orquestas se convierte en piedra angular de los histrionismos, las obsesiones y los rituales de músicos y maestros. Es a través de sus ojos que se puede llegar a comprender el papel que juega cada músico en el funcionamiento general de una orquesta, y que muchas veces va más allá de la propia música. Por ello, la inocencia e incluso una cierta falta de carisma y determinación en el personaje funcionan tan bien. E igualmente por eso es necesario que el rol evolucione durante la segunda temporada, prevista para el próximo 2016.

Puede parecer a simple vista que esta primera temporada no termina de explotar algunos de sus elementos más interesantes, como puede ser la tensión que puede palparse entre algunos miembros de la orquesta o los conflictos subyacentes que luchan por aparecer entre el personaje de Bernal y los propietarios de la orquesta. Y hasta cierto punto es verdad. Empero, es fundamental señalar que en realidad estas tramas son secundarias, ayudando a conformar un panorama que roza el absurdo y en el que la música termina por imponerse a intereses personales. Dada la corta duración de los episodios y la ajustada duración de la propia temporada, la forma en que las pinceladas de estas historias complementarias nutren el conjunto es notable, ofreciendo un fresco complejo y mucho más interesante que las propias dudas del protagonista o los ensayos de la orquesta.

Un mundo desconocido

En realidad, lo que busca Mozart in the jungle es explorar en clave irónica el funcionamiento interno de la música, la otra cara de un arte con el que los asistentes a un concierto se maravillan. Y es en este mundo desconocido donde triunfa. Como señala el propio título de la serie (‘Mozart en la jungla’), estos 10 episodios recogen un desarrollo dramático de un genio en medio de un entorno que le resulta hostil, en el que se ve obligado a cambiar muchas de sus genialidades (léase excentricidades) por un trabajo más profesional, más atado a unas normas y convenciones determinadas por los propietarios de la orquesta. Ese contraste entre mundos, que como ya hemos dicho tiene su representación en la evolución del protagonista, genera la base cómica y dramática de la serie.

Desde luego, no es una producción que busque la carcajada. Es más, posiblemente no logre en ningún momento tal efecto. Sin embargo, la sonrisa no desaparece nunca, y algunos de los diálogos son simplemente brillantes, capaces ellos solos de potenciar algunas secuencias ya de por sí brillantes. La máxima expresión de esto es el concierto que ocupa buena parte del metraje del último episodio. Planteado como un clímax largamente esperado, el giro argumental que se produce en medio de la secuencia (giro lógico y hasta cierto punto esperado) convierte a ese final en una suerte de anti clímax, en un final seccionado en dos que logra aunar en un único concepto las diferentes tramas que parecían no tener un final en esta temporada. Gracias a ello, la serie se permite la licencia de una conclusión amable que saca a la luz algunas ideas sutilmente planteadas a lo largo de la temporada.

En realidad, ese concierto final es el resumen perfecto del sentido general de esta ficción. La genialidad de la música y de todo lo que tiene que ver con ella se opone a los conceptos narrativos más dramáticos y menos musicales. Una dualidad que, aunque debería estar en equilibrio, está más bien inclinada hacia el peso que tiene el mundo de la orquesta. Dicho de otro modo, la serie posee una notable descompensación entre su parte más musical y su parte más dramática. Y dicho de otro modo todavía más concreto, la serie gana interés cuando se centra en el personaje de Bernal, perdiendo más carisma cuando trata de ahondar en la vida privada del rol de Kirke. Posiblemente ello se deba a la falta de atractivo del personaje femenino, pero también influye el hecho de que el maestro Rodrigo es un ciclón que arrasa con todo incluso cuando pierde algo de su fuerza.

Pero a pesar de ciertas irregularidades que pueden corregirse sin demasiada dificultad, Mozart in the jungle es un producto fresco, dinámico y diferente, capaz de ofrecer algo más al espectador que el clásico formato de la comedia, ya sea en una sitcom o combinada con tramas policíacas, de abogados o familiares. Su primera temporada pone de manifiesto que una trama relativamente sencilla adquiere mucho interés con unos personajes complejos y algo extravagantes. Y si su evolución es tan evidente como la del protagonista, el interés aumenta exponencialmente. Una serie recomendable que no busca una risa fácil, sino la ironía sutil que permita al espectador pensar al tiempo que se divierte. Lograr el equilibrio en esta tarea es complicado, pero esta serie se queda muy cerca.

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