Salander se enfrenta a los experimentos nazis de ‘Overlord’


Nos aproximamos ya al final de este 2018, y noviembre comienza de un modo muy distinto a como terminó octubre y, sobre todo, de un modo muy diferente a lo que suele ocurrir por estas fechas cinematográficamente hablando. Porque este viernes día 9 llegan muchos estrenos, en efecto, pero todos ellos están más enfocados al gran público que a los premios que se conocerán en unos meses. Y con tanta novedad, prácticamente todos los géneros tienen su representante.

Comenzamos el repaso con Millennium: Lo que no te mata te hace más fuerte, adaptación de la cuarta novela de la saga ideada por Stieg Larsson y escrita, en esta ocasión, por David Lagercrantz. La trama sitúa a la protagonista en una situación en la que habitualmente no se metería, todo sin motivo aparente. Mientras, el periodista Mikael Blomkvist vive su particular calvario. Sus mundos vuelven a cruzarse a través de un eminente investigador que utiliza a la joven como herramienta para obtener información vital sobre la inteligencia norteamericana, y que recurre al periodista para contar la historia. Con capital estadounidense, británico, alemán, sueco y canadiense, este thriller dramático está dirigido por Fede Alvarez (No respires) y protagonizado por Claire Foy (First Man), Sverrir Gudnasson (Borg McEnroe), Sylvia Hoeks (Blade Runner 2049), Claes Bang (The square), Vicky Krieps (El hilo invisible), Volker Bruch (serie Hijos del Tercer Reich), Lakeith Stanfield (Déjame salir) y Stephen Merchant (Logan).

Puramente estadounidense es Overlord, film que mezcla terror, acción y misterio ambientada en la II Guerra Mundial en la víspera del Día D, cuando un grupo de soldados es enviado a Francia en una misión esencial para la victoria de los aliados. Por el camino descubren un laboratorio nazi en el que se llevan a cabo grotescos experimentos con gente del pueblo cercano, por lo que los soldados deberán enfrentarse a una amenaza que podría acabar con la Humanidad. Julius Avery (Son of a gun) se pone tras las cámaras, mientras que Wyatt Russell (Todos queremos algo), Pilou Asbæk (serie Juego de tronos), Bokeem Woodbine (Soldado de la noche), Iain De Caestecker (serie Agentes de S.H.I.E.L.D.), Jacob Anderson (Comedown), John Magaro (La gran apuesta) y Jovan Adepo (Fences) encabezan el reparto.

Al terror también pertenece Mandy, cinta con capital estadounidense, británico y belga cuyo argumento es, cuanto menos, curioso. Un leñador vive apartado del mundo con la única compañía del amor de su vida. Un día ella se cruza en el bosque con el líder de una secta que se obsesiona con ella. Dispuesto a poseerla, invoca un grupo de motoristas venidos del infierno que la raptan y destrozan la vida del hombre. Pero este, lejos de hundirse, decide vengarse, para lo que desarrolla todo tipo de armas que utilizará en un viaje lleno de sangre y vísceras. Dirigida por Panos Cosmatos (Beyond the black rainbow), la cinta cuenta con Nicolas Cage (Mamá y papá) y Andrea Riseborough (La batalla de los sexos) como pareja protagonista, a los que se suman Linus Roache (serie Homeland), Bill Duke (Tierra del mal), Richard Brake (Cosecha amarga) y Ned Dennehy (En defensa propia), entre otros.

Pasamos ahora a los estrenos puramente europeos, entre los que destaca Tu hijo, drama español dirigido por Miguel Ángel Vivas (Inside) que recupera la figura del ángel vengador para narrar la historia de un médico que tiene que ver cómo su hijo queda en estado vegetativo después de una brutal paliza a la salida de una discoteca. La justicia no hace nada para detener a los culpables, por lo que él iniciará un viaje a los infiernos en busca de venganza. José Coronado (Es por tu bien) da vida al protagonista, estando acompañado en el reparto por Ana Wagener (Contratiempo), Ester Expósito (serie Estoy vivo), Pol Monen (Pasaje al amanecer), Sergio Castellanos (serie La peste) y Sauce Ena (Al sur de Granada).

También española es Ana de día, thriller que combina drama y comedia cuyo punto de partida es cuanto menos original. Una joven a punto de terminar el doctorado en derecho descubre que alguien idéntica a ella ha ocupado su lugar. Nadie se extraña de su presencia, por lo que se plantea la duda de descubrir a la impostora o de aprovechar su anonimato para descubrir sus propios límites. Opta por lo segundo y aprovechar esta nueva y ansiada libertad, pero eso no siempre conlleva la felicidad. Andrea Jaurrieta debuta en el largometraje con esta historia protagonizada por Ingrid García Jonsson (Zona hostil), Fernando Albizu (Rumbos), María José Alfonso (Clara no es nombre de mujer), Iñaki Ardanaz (Lasa y Zabala), Carla de Otero y Cibeles Fernández.

Entre el resto de novedades europeas encontramos Dogman, thriller dramático con capital italiano y francés ambientado en 1988, cuando un hombre que regenta una peluquería canina se ve envuelto en una peligrosa relación con un boxeador que aterroriza al vecindario. Dispuesto a no dejarse avasallar, el hombre se enfrentará a la amenaza desvelando una inusitada violencia escondida bajo su apariencia tranquila. Matteo Garrone (Gomorra) se pone tras las cámaras de esta historia protagonizada por Marcello Fonte (L’intrusa), Edoardo Pesce (Fortunata), Nunzia Schiano (Reality) y Adamo Dionisi (Suburra).

Francia y Bélgica colaboran en Bienvenida a Montparnasse, drama de 2017 que es la primera película de Léonor Serraille, y cuya trama sigue la vida de una joven que regresa a París tras un largo periodo fuera. Sin dinero en el bolsillo y sin nadie a quien llamar, pero con su gato bajo el brazo, está decidida a tomar las riendas de su vida, y hacerlo a lo grande. El reparto está encabezado por Laetitia Dosch (Un amor de verano), Souleymane Seye Ndiaye (La pirogue), Grégoire Monsaingeon (Augustine), Jean-Christophe Folly (Fuori mira) y Nathalie Richard (Le grand jeu).

Desde Suecia llega The unthinkable, thriller que arranca con un misterioso ataque al país europeo. Ante esto, un joven se ve forzado a regresar a su hogar, donde se enfrentará con su padre y se reencontrará con un antiguo amor de juventud. Pero todos ellos deberán dejar atrás el pasado y colaborar si quieren sobrevivir a la amenaza que se cierne sobre todos. Victor Danell (Soundcheck) es el encargado de poner en imágenes esta trama con Christoffer Nordenrot (Flykten till framtiden), Lisa Henni (Remake), Jesper Barkselius (Jägarna 2), Pia Halvorsen (All inclusive) y Magnus Sundberg (Micke y Veronica) frente a las cámaras.

Sin duda la cinta más europea es Lazzaro feliz, drama escrito y dirigido por Alice Rohrwacher (Corpo celeste). Con capital italiano, suizo, francés y alemán, la trama narra la vida de un campesino que vive en una aldea controlada por una marquesa y aislada del mundo, en la que el tiempo parece no haber pasado. Los campesinos viven explotados, pero todo cambia cuando este joven agricultor de excepcional bondad se hace amigo del hijo de la marquesa, iniciando un viaje a través del tiempo que le abrirá los ojos al mundo moderno. El reparto está encabezado por Adriano Tardiolo, Agnese Graziani (El país de las maravillas), Luca Chikovani, Alba Rohrwacher (Testigo) y Sergi López (Río arriba).

Fuera de Europa nos encontramos con Museo, producción mexicana basada en la historia real del robo de varios artefactos prehispánicos del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México en 1985. El carácter del delito llevó a pensar que los autores habían sido ladrones profesionales y sofisticados, de ahí la sorpresa al descubrir que fueron dos jóvenes marginales de los suburbios. Drama y thriller se unen en este film dirigido por Alonzo Ruizpalacios (Güeros) y protagonizado por Gael García Bernal (serie Mozart in the jungle), Leonardo Ortizgris (Opus zero), Alfredo Castro (Una historia necesaria), Simon Russell Beale (La muerte de Stalin), Lynn Gilmartin y Leticia Brédice (8 tiros).

India es el país de origen de Rebeldes de Hindostan, cinta que mezcla aventura y acción para narrar la lucha entre un grupo de rebeles y la Compañía Británica de las Indias Orientales en 1975. Los primeros quieren liberar la región de India conocida como Hindostan, lo que sería un duro golpe para los segundos. Ante esta amenaza, el comandante británico envía a un pequeño rebelde a infiltrarse en el grupo y desbaratar desde dentro los planes de estos rebeldes. Escrita y dirigida por Vijay Krishna Acharya (Tashan), esta película que llegó a las salas este jueves día 8 está protagonizada por Amitabh Bachchan (Sarkar 3), Lloyd Owen (Apollo 18), Aamir Khan (Talaash), Katrina Kaif (Fitoor) y Fatima Sana Shaikh (Table No.21), entre otros.

En lo que a animación se refiere, tres son los estrenos. Detective Conan: The Zero Enforcer recupera al conocido personaje japonés en la que es la película 22 de la franquicia. La trama arranca cuando se produce una explosión en un complejo turístico y centro de exposiciones vigilado por más de 22.000 agentes. A pesar de las medidas de seguridad el atentado se produce, por lo que será necesaria la presencia del detective más famoso de Japón. Dirigida por Yuzuru Tachikawa (serie Death Parade), la cinta cuenta con las voces originales de Tôru Furuya (Dragon Ball Z: La batalla de los dioses), Megumi Hayashibara (Pokémon ¡Te elijo a ti!), Rikiya Koyama (serie Coppelion), Ken’ichi Ogata (Space battleship Yamato) y Ryôtarô Okiayu (Dream 9).

También de Japón procede Maquia, una historia de amor inmortal, aventura dramática escrita y dirigida por Mari Okada, con la que debuta en el largometraje. El argumento gira en torno a una joven huérfana en una tierra donde el tiempo no transcurre igual que en el mundo de los hombres. Una tierra en la que sus gentes se dedican a tejer los acontecimientos que acontecen. La vida de la joven y del resto de habitantes da un giro cuando son atacados por un ejército que busca la sangre que les permita ser jóvenes eternamente. Tras la devastación, la joven huérfana encuentra un bebé con la que crea un vínculo, pero a medida que el bebé crece ella siempre permanece igual. Entre las principales voces de esta historia encontramos a Manaka Iwami (serie New game!), Miyu Irino (Una voz silenciosa. La película), Yôko Hikasa (Nôgêmu nôraifu: Zero), Hiroaki Hirata (One Piece Gold) y Yoshimasa Hosoya (En este rincón del mundo).

La última de las novedades animadas es El ángel en el reloj, aventura familiar producida en México en 2017 cuyo argumento está protagonizado por una niña que quiere detener el tiempo. Al intentar hacerlo conoce al ángel que vive en el reloj de cuco de su casa, quien le llevará a los Campos del Tiempo, donde aprenderá a apreciar las cosas buenas del presente que nos ayudan a luchar por lo que más queremos. Miguel Ángel Uriegas (La increíble historia del Niño de Piedra) es el encargado de poner en imágenes esta historia, en la que también participa como guionista, mientras que Leonardo de Lozanne (Que pena tu vida), Erick Elias (Compadres), Laura Flores (serie La fan) y Camila Sodi (Amor de mis amores) ponen las principales voces en la versión original.

En cuanto al documental, destaca la nueva película dirigida por Michael Moore (Bowling for Columbine), que lleva por título Fahrenheit 11/9, y que es una mirada crítica y cómica a los tiempos actuales, analizando los dos primeros años de presidencia de Donald Trump y tratando de responder a las preguntas ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? y ¿Cómo salimos de esta situación?

Los amantes del cine tienen una cita ineludible con  Bergman, su gran año, un retrato del famoso director sueco que en 1957, cuando tenía 40 años, comenzó un periodo de producción artística que le llevó a afirmar algunos de los más grandes clásicos de la historia del cine en apenas seis años, realizando además obras teatrales, radiofónicas y películas para televisión. La cinta está dirigida por Jane Magnusson (Descubriendo a Bergman).

La producción española documental está representada por I hate New York, ópera prima de Gustavo Sánchez, quien con una cámara doméstica se adentra durante diez años en las vidas de cuatro mujeres artistas y activistas transgénero de la cultura underground de la ciudad. A lo largo de este tiempo sus testimonios van revelando su pasado, pero también su realidad y su propia identidad.

También española es El amor y la muerte. Historia de Enrique Granados, que recrea la tormentosa y apasionante historia del compositor catalán a finales del siglo XIX y principios del XX, mezclando la historia con nuevas versiones de sus obras maestras. La cinta está escrita y dirigida por Arantxa Aguirre (Dancing Beethoven).

La tercera novedad dentro del género documental lleva por título El mayor regalo. Dirigida por Juan Manuel Cotelo (La última cima), la película versa acerca del perdón y la fuerza que tiene para cambiar situaciones que parecen insalvables, todo a través de testimonios de quienes lo han dado y quienes lo han recibido.

El último estreno de la semana es Comandante Arian, un análisis de la figura de una mujer, su lucha por la libertad y su emancipación en un país, Siria, marcado por la guerra. La comandante lidera un batallón de mujeres con el objetivo de liberar una ciudad de manos del Daesh, mientras trata de inculcar a sus compañeras el verdadero sentido de su misión: entregar la libertad a las siguientes generaciones de mujeres. Con capital español, alemán y sirio, la cinta está dirigida por Alba Sotorra (Game Over).

‘Homeland’ cambia de enemigo y une familia y espionaje en la 7ª T.


El final de la sexta temporada de Homeland supuso toda una revolución en muchos aspectos. La serie sentaba unas bases cuanto menos interesantes para su desarrollo futuro. Y una vez vista y disfrutada la séptima etapa, solo cabe rendirse ante lo evidente: esta ficción creada por Alex Gansa (serie Maximum Bob) y Howard Gordon (serie Tyrant) es una de las más completas, complejas y enriquecedoras que existen en la actualidad. Y lo es porque aprovecha los acontecimientos reales para crear todo un mundo ficticio paralelo, dotándolo así de un realismo inusualmente alto, algo imprescindible en este tipo de tramas.

Al igual que ya ocurriera al final de la anterior etapa, el argumento transcurre en Estados Unidos. Pero a diferencia de lo visto hasta ahora, el islamismo ha dejado paso a la amenaza rusa, al delicado equilibrio entre dos potencias mundiales históricamente enfrentadas. Casualidad o no (más bien lo segundo), la injerencia rusa ha sido una de las constantes en los primeros meses de Donald Trump en la Casa Blanca, del mismo modo que ocurre en la serie. Claro que en estos 12 capítulos  la trama va más allá. Mucho más allá si se analizan la sucesión de acontecimientos que han nutrido el arco dramático de la temporada. Porque, en efecto, son muchos los matices dignos de analizar en esta etapa, al igual que ocurre en la serie en general.

Si bien es cierto que todo vuelve a girar en torno a Carrie Mathison (Claire Danes –El caso Wells-, de nuevo inmensa en el papel), como no podría ser de otro modo, Homeland es capaz de encontrar tramas secundarias lo suficientemente importantes como para ampliar su campo narrativo, elevando el grado de complejidad de la historia y terminando con un gancho que, posiblemente, sea el mejor de toda la serie. Pero sobre eso hablaremos luego. Uno de los aspectos más interesantes de la historia es, precisamente, el peso que han ganado muchos secundarios. No hace falta mencionar que el rol al que da vida Mandy Patinkin (Wonder) es imprescindible ya en esta historia, pero a él se han sumado otros de presencia intermitente en esta historia.

Me refiero fundamentalmente a la familia de Mathison. En anteriores temporadas el tratamiento de su relación con su hija, sobre todo en los primeros años, y con su familia más directa ha sido cuanto menos cuestionable. Ya fuera por falta de espacio o por entenderse como una carga dramática innecesaria, lo cierto es que los roles de la hermana y de la hija han sido utilizados más como una muleta en la que apoyarse en diferentes momentos de la narración que como un trasfondo dramático. En esta séptima etapa, sin embargo, adquieren un peso notable, convirtiéndose en motor dramático para el desarrollo de la protagonista, interfiriendo de forma activa en el aspecto que, hasta ahora, siempre había sido el epicentro de la historia: el trabajo de una mujer para defender Estados Unidos. La unión de ambos mundos, muy diferenciados hasta ahora, transforma la historia para dotarla de una mayor profundidad dramática y, por tanto, una mayor y enriquecedora complejidad. Complejidad, por cierto, que se traduce en una espléndida deriva emocional de la protagonista, incapaz de manejar todos los aspectos de su vida a la vez.

Árabes por rusos

Aunque sin duda el cambio más interesante está en el enemigo al que debe enfrentarse la protagonista. La pasada temporada trasladó la amenaza al interior de Estados Unidos, y en esta se rompe, al igual que se hizo en la tercera etapa, con lo visto hasta ahora para plantear un nuevo enemigo, como decía al principio tomando como punto de partida la situación actual de las relaciones políticas internacionales. Bajo este prisma, la trama aborda, en primer lugar una amenaza interna marcada por teorías de la conspiración, y en segundo lugar una amenaza externa con influencias de la Guerra Fría.

Respecto a la primera, heredera directa del final de la sexta temporada, los creadores de Homeland aprovechan igualmente la realidad. O mejor dicho, las emociones actuales. La serie localiza buena parte de los sentimientos de rechazo que genera Trump para articular toda una lucha clandestina contra la presidenta a la que da vida Elizabeth Marvel (serie House of cards), primero a través de un comunicador de masas y luego a través de los propios movimientos políticos en el Congreso. Dos líneas aparentemente independientes que, sin embargo, tienen mucho en común y, lo que es más relevante, ofrecen un reflejo de la sociedad americana, al menos de una parte de ella. El tiroteo en una finca particular y las consecuencias del mismo es posiblemente uno de los momentos más dramáticos vistos en esta serie, y ha habido muchos. Pero a diferencia de otros, este se podría haber evitado, lo que aporta si cabe un mayor impacto emocional.

Ambos elementos de esta amenaza interna están unidos por algo mucho mayor, que es la amenaza externa. El cambio de enemigo a Rusia genera también un cambio en el desarrollo dramático muy particular. A diferencia de temporadas anteriores, donde el enemigo se escondía y era necesario encontrarle, en estos 12 episodios el enemigo juega las mismas cartas que la protagonista, lo que eleva la dificultad del juego y, por lo tanto, el interés. El mejor momento que define esta idea es la conversación entre los roles de Danes y Patinkin, donde la primera comprende el alcance de la conspiración rusa y el segundo se pone tras una pista que hasta ese momento solo era una teoría. Punto de inflexión de manual, dicha conversación modifica en apenas unos minutos todo el planteamiento narrativo precedente y posterior, en un ejercicio dramático sencillamente brillante en todos sus aspectos.

Pero si Homeland deja algo grabado a fuego en la memoria es su gancho de final de temporada. Esos meses con la protagonista prisionera, esa mirada perdida al ser rescatada y la certeza de que su mente tardará en recuperarse, si es que alguna vez lo logra, son ingredientes suficientes para que una futura temporada desarrolle una trama sumamente interesante, potenciando los aspectos personales y profesionales del personaje y dotando de un mayor protagonismo a secundarios menos importantes en todos estos años. Pero eso es el futuro. Por lo pronto, la séptima etapa no solo confirma que la serie es de lo mejor en intriga y espionaje que se hace hoy en día, sino que sabe adaptarse y reinventarse a cada paso, aprovechando los acontecimientos de la actualidad política para crear toda una conspiración que evoluciona constantemente.

La 4ª temporada de ‘Vikingos’ (II) sitúa la serie ante su mayor desafío


Decir a estas alturas que Vikingos es una de las series más completas de la televisión no es nada nuevo. Su evolución dramática ha sido pareja a la pérdida de pelo del protagonista (y a un aumento de su barba) y a la complejidad de sus personajes, enmarcados en una época de guerras, conquistas y traiciones por el ansiado poder. Pero lo que representa todo un reto, un desafío digno de los mismos dioses nórdicos, es lo que ha ocurrido en la cuarta temporada de esta ficción creada con elegancia y maestría por Michael Hirst (serie Los Tudor). Y es que si ya es un riesgo cambiar de actor protagonista, matar al personaje sobre el que ha girado toda la trama crea un vacío que necesita ser llenado. Si ese personaje es, además, tan determinante como el que interpreta Travis Fimmel (Warcraft: El origen), la labor puede resultar hercúlea.

Con todo, y a tenor de lo visto en estos 20 episodios, no solo hay lugar para la esperanza, sino que se podría decir que el tratamiento dramático es tan sólido que su ausencia va a ser aprovechada para alcanzar otras metas. Con dos partes perfectamente diferenciadas, esta cuarta temporada supone un punto de inflexión más que evidente. Por un lado, representa la decadencia de un héroe inigualable, de un líder nato que recibe el mayor golpe cuando más invencible se siente y a manos, además, de un personaje al que ha querido y que más le ha traicionado. El arco dramático de Ragnar Lothbrok es, en este sentido, ejemplar, desgranándose toda su evolución simplemente a través de miradas y actitudes de este personaje tan introspectivo. Quizá el mayor problema sea, como ya comenté en el artículo anterior, la introducción en la trama de una adicción a las drogas, pero lo cierto es que eso no enmascara el hecho de que estamos ante un personaje histórico en todos los sentidos.

Lo más interesante, sin embargo, se encuentra en la segunda parte de esta temporada. Hirst otorga al protagonista un final digno pero, al menos desde el punto de vista vikingo, denigrante. Todo el proceso que lleva hasta ese momento supone uno de los mejores momentos dramáticos de la serie, centrado en la relación de personajes, en sus conflictos internos y ahondando mucho en sus verdaderas personalidades. Esto permite, por un lado, que el autor de Vikingos pueda desarrollar con posterioridad la brutalidad y el dramatismo de la venganza por parte de los hijos, y por otro que el espectador alcance a comprender el verdadero significado de las decisiones que se toman. Una etapa, en definitiva, fundamental para esa inflexión dramática que antes mencionaba, y que cambia el sentido de la serie a pesar de que continúa con unos hechos, por otro lado, coherentes.

¿Y porqué este cambio? ¿Por qué no centrar la historia en el personaje de Ragnar Lothbrok y terminar la serie con él? La respuesta, a mi modo de ver, radica en el título y, sobre todo en los personajes y los actores que los interpretan. Para empezar, y aunque el héroe al que da vida Fimmel ha sido imprescindible, esta ficción es una obra coral en la que muchos secundarios han alcanzado casi más relevancia en algunos momentos que los protagonistas. En este sentido, esta cuarta temporada también es buen ejemplo de esto, centrando la trama muchas veces en roles y acontecimientos dramáticos ajenos completamente al héroe, dotando al desarrollo de un mayor interés y de una visión más amplia que enriquece el mundo en el que tiene lugar la acción.

Nuevos personajes

Lo verdaderamente importante, sin embargo, es el testigo que recogen los hijos de Ragnar Lothbrok. Con un salto temporal de años, alrededor de una década, Vikingos sitúa en el epicentro de la trama a todos estos vástagos liderando una venganza y una guerra tan vieja como su padre. En este sentido, lo relevante son las diferentes y conflictivas personalidades de estos personajes, lo que diferentes rostros en cierto modo a las dudas internas que tenía el rol de Fimmel. Aunque esta opción puede ser arriesgada, Hirst logra tejer con delicadeza y precisión un equilibrio dramático que, además, genera una tensión creciente que culmina con uno de los momentos más brutales e impactantes de la serie, no tanto por la violencia en sí misma como por el significado que puede llegar a tener.

Pasado, presente y futuro se unen, de este modo, en la segunda parte de la cuarta temporada a través de un desarrollo profundo e introspectivo de lo que han sido y son los principales personajes, de su evolución a lo largo de los años marcada por traiciones, ambiciones y remordimientos. El propio protagonista interpretado por Fimmel es el caso más evidente, ejerciendo de catalizador para el posterior trabajo argumental, pero no es el único. Los personajes de Clive Standen (Everest) y Linus Roache (Yonkers Joe), Rollo y rey Ecbert respectivamente, reflejan también el tono generalizado de esta parte de la trama, más reflexiva sobre el pasado, sobre las consecuencias de las decisiones y sobre el tormento que estas generan. Un tono que, aunque un tanto nostálgico, se combina con un aspecto básico para el futuro de la serie.

Como decía un poco más arriba, dicho futuro pasa por lograr que los hijos de Ragnar se repartan la elaborada personalidad de su padre, algo que parece haberse conseguido. Y en esto juegan un papel fundamental los actores elegidos a tal fin. La labor de Alexander Ludwig (El único superviviente) ha ido creciendo y mejorando junto al personaje de Bjorn en el que se ha convertido en uno de los roles más interesantes de la serie. He de confesar que este joven actor nunca ha sido santo de mi devoción, siendo su incipiente carrera algo irregular, pero parece haberse consolidado con este inteligente, reflexivo y duro personaje. Junto a él destaca, y de qué modo, la labor de Alex Høgh Andersen (Krigen), joven actor danés que da vida a uno de los hijos (y personaje en general) más violento y sádico, con una inteligencia potenciada por la discapacidad que tiene y que, en teoría, liderará el ejército vikingo en algunas de las batallas más épicas que están por venir. El duelo interpretativo entre estos actores está servido.

Lo cierto es que la muerte del protagonista de Vikingos puede llevar a pensar que el final de la serie está más bien cerca, previéndose un futuro poco halagüeño en lo que a calidad se refiere. Pero nada más lejos de la realidad. Michael Hirst demuestra, por si quedaba alguna duda, que es un maestro en este tipo de géneros, aprovechando esta cuarta temporada para dar un giro al concepto de esta ficción y enfocarla hacia un nuevo y prometedor futuro lejos de Ragnar Lothbrok, quien a pesar de todo parece que seguirá presente de algún modo. La lucha por el poder entre los hermanos parece cada vez más obvia, y a eso se añade la guerra en las islas británicas con la incorporación de un nuevo y apasionante personaje, ya introducido en el último episodio y al que da vida Jonathan Rhys Meyers (Albert Nobbs). Así que sí, la serie está ante un importante desafío, el mayor hasta el momento, pero todo apunta a que lo superará con la elegancia, la violencia y la inteligencia que siempre la ha caracterizado.

La 4ª T. de ‘Vikingos’ alecciona sobre el peligro de las drogas


Travis Fimmel y Clive Standen luchan cara a cara en la cuarta temporada de 'Vikingos'.Las drogas son malas. Ya sea en la actualidad o en la época vikinga, abusar de estas sustancias transforma al hombre en alguien diferente. Y eso es lo que, bajo el punto de vista de Michael Hirst (serie Los Tudor), le ocurrió a Ragnar Lothbrok para ser derrotado en París y comenzar así la decadencia de su reinado. Al menos así lo aborda la cuarta temporada de Vikingos, cuyos 10 episodios, con algunos de los momentos más espectaculares de la serie, dejan un sabor agridulce al introducir conceptos que resultan un tanto oportunistas.

Sin duda lo más interesante del arco argumental de esta etapa es el carácter atormentado del personaje interpretado por Travis Fimmel (Warcraft. El origen), asentado sobre las experiencias vividas en temporadas anteriores y, sobre todo, en el ataque a París que centró buena parte de la tercera temporada. Es ese trauma personal, esa carga de dolor, responsabilidad y culpa la que engrandece aún más la lucha interna entre sus tradiciones y sus ansias de conocimiento, entre sus amistades y las traiciones de aquellos que siempre había tenido más cerca. Si a esto sumamos un entorno plagado de personajes que cada vez parecen alejarse más de él, lo que nos encontramos es un fresco marcado por la soledad.

Y es en este contexto donde mejor se enmarcaría sus experimentaciones con la “medicina” que una asiática le ofrece. Hasta cierto punto, abrir la puerta a un nuevo mundo de experiencias es algo propio del protagonista de Vikingos, pero eso conlleva, por otro lado, la pérdida de una esencia quizá mucho mayor: su inteligencia y liderazgo para imponerse a sus enemigos. Que un personaje como Ragnar sea derrotado en la capital de Francia por su propio hermano es algo relativamente inexplicable si atendemos al recorrido del personaje en las anteriores temporadas, y de ahí también la necesidad de presentarle con capacidades mermadas, con un juicio nublado que lo único que provoca es una masacre de su pueblo. Y es aquí donde la presencia de la drogadicción y sus malas consecuencias se vuelve oportunista y se convierte en una herramienta necesaria para justificar algo a priori injustificable.

En realidad, la presencia de un vikingo como el interpretado por Clive Standen (serie Camelot) en las filas de los francos, más desarrollados, debería haber sido suficiente para derrotar a un ejército de invasores, uniendo lo mejor de ambos mundos a orillas del Sena. En lugar de ello, era necesario introducir un factor externo para convertir al héroe en un personaje más débil, más desdibujado. Y es una lástima, pues mientras el protagonista se pierde en secuencias un tanto innecesarias, otros personajes como el de Alexander Ludwig (Un equipo legendario) crecen, y de qué forma, para convertirse en parte fundamental de una trama que finaliza de un modo notablemente interesante, abriendo de par en par las puertas de una última temporada que despierta la curiosidad.

Un mundo más amplio

Este crecimiento en importancia de personajes secundarios más o menos tradicionales viene acompañado de otro aspecto igual de relevante para el futuro más inmediato de la serie. Mientras que las primeras temporadas se centraron en el protagonista y su particular visión del mundo (lo que, a su vez, le convierte en un hombre excepcional entre los suyos), esta cuarta etapa amplía el espectro para narrar lo que ocurre en Inglaterra y en Francia. Y quizá lo más interesante es, precisamente, que la historia de las islas es, simple y llanamente, independiente de la historia vikinga.

La consecuencia más inmediata es evidente. La trama resta tiempo a las historias de Ragnar Lothbrok y compañía para atender las luchas reales y familiares por los territorios de Inglaterra. Esta apuesta puede parecer arriesgada, pero lo cierto es que está muy medida. La introducción en la segunda temporada del rey Ecbert, al que da vida magníficamente Linus Roache (Innocence), supuso un soplo de aire fresco, un espejo en el que se reflejaba el protagonista en todos los aspectos. Perder el desarrollo de un personaje similar habría sido un error por varios motivos, entre ellos que dejaría al espectador con una suerte de incertidumbre sobre el devenir de sus ansias de conquista.

Y es aquí donde se halla la necesidad de su cada vez mayor presencia en la historia. En cierto modo, parece recoger el testigo del héroe protagonista, perdido éste como está en una nube de drogadicción. Pero además se le prepara para un eventual ataque futuro, construyendo los pilares narrativos de uno y otro bando para ofrecer al espectador las dos caras de una misma moneda. A ello se suma ahora la presencia del personaje de Standen en la capital de Francia, convertido en un franco más y obteniendo lo que siempre había deseado: derrotar a su hermano. Analizado en profundidad, la evolución de Rollo es impecable, moviéndose siempre entre el amor y la envidia, la admiración y el odio.

Por eso resulta especialmente difícil de entender que la cuarta temporada de Vikingos haya optado por reducir al personaje de Ragnar a un simple drogadicto. Sí, es cierto que concuerda con sus ansias de conocimiento y experiencias. Y sí, justificaría en parte las derrotas sufridas. Pero nada de eso parece necesario a tenor de cómo se desarrollan los acontecimientos a su alrededor, con su hermano traidor y con los conflictos generados por los actos de Floki (de nuevo Gustaf Skarsgård). Todo ello habría tenido que ser suficiente para mostrar la caída de una especie de semidiós convertido en humano. Los escarceos con las drogas no solo restan credibilidad a su personaje, sino que obligan a destinar secuencias y minutos a algo que desvirtúa la esencia de la trama.

‘Vikingos’ ahonda en los conflictos personales de la religión en la 3ª T


Travis Fimmel vuelve a ser Ragnar Lothbrok en la tercera temporada de 'Vikingos'.Los que hayan visto Los Tudor o películas como Elizabeth (1998) sabrán que si algo define a Michael Hirst, guionista de ambas producciones, es su capacidad para integrar con criterio la Historia y la ficción, creando para ello personajes tan carismáticos como inolvidables. La segunda temporada de Vikingos fue, en pocas palabras, brillante. La inteligencia desplegada por el protagonista, Ragnar Lothbrok (un genial Travis Fimmel, visto en El experimento), le llevaba a convertirse en rey, a establecer relaciones con un rey de Inglaterra y a recuperar el dominio sobre su rebelde hermano. Pero la tercera etapa, de nuevo formada por 10 episodios, es un recital narrativo de cómo desarrollar los personajes, de cómo ahondar en los conflictos culturales, personales y religiosos que caracterizan a la serie. Todo ello sin perder ni un ápice de interés o espectacularidad.

De esto puede desprenderse que esta nueva temporada no ofrece ninguna evolución clara de sus personajes, y hasta cierto punto así es. Sin embargo, los conflictos sembrados en los capítulos precedentes tenían tal magnitud que han permitido al arco dramático avanzar lo suficiente como para mostrar las últimas consecuencias de todas las decisiones, de todas las confrontaciones y de todas las maquinaciones. Desde luego, el aspecto más interesante vuelve a ser el de la religión y los conflictos entre los nórdicos y su panteón formado por Odín, Thor y los demás dioses de Asgard y el Dios de los cristianos. No por casualidad, el tema tiene tanto calado que permite a Hirst desarrollar dos grandes vías de estudio.

Por un lado, la violenta, aquella que lleva a los pueblos y a los hombres a enfrentarse entre ellos por algo que ni siquiera han visto. Personificada en el personaje de Gustaf Skarsgård (Happy End), posiblemente el rol que más evoluciona en toda la temporada, la lucha entre los dioses a través de los hombres deja algunos de los momentos más interesantes, incluyendo el asedio a París que, dicho sea de paso, tiene poco que envidiarle a los asaltos de cualquier superproducción de Hollywood. Es cierto que el acontecimiento histórico tiene un claro componente material, pero las constantes referencias a los dioses lo convierten más bien en una lucha de creencias en la que, como suele ser habitual, vence el ingenio más que las plegarias.

Y esta es precisamente la otra gran interpretación. De nuevo es el personaje de Fimmel el que toma las riendas de un relato que, sin ningún género de dudas, recae por completo sobre sus hombros. La forma de interpretarlo y la fuerza que tiene el propio personaje lo convierten en imprescindible, hasta el punto de que sin él la historia de estos Vikingos no tiene demasiado sentido. Sus constantes juegos entre cristianismo y mitología nórdica parecen reflejar unas dudas internas motivadas por su amor al personaje de George Blagden (Los miserables) y su verdadera creencia. Y aunque en eso pueda haber parte de razón, lo cierto es que nunca hay que perder de vista la inteligencia y la paciencia que caracterizan a Lothbrok, para quien la religión no es más que una herramienta para conseguir sus objetivos. Ya quedó demostrado antes, y en su conquista de París vuelve a ser patente.

Un semidios terrenal

A lo largo de toda la serie siempre ha existido la impresión de que el personaje de Fimmel era poco menos que un descendiente de los dioses. Su capacidad para imponerse a sus semejantes, para controlarles y liderarles en batallas en las que no recibía ni un rasguño parecían propias de Odín. Por eso esta temporada, tal vez, tenga un mayor interés. Por primera vez Lothbrok sangra, es traicionado y es derrotado. Una humanidad que no hace sino reforzar la imagen casi mítica de un rol que ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Precisamente esa capacidad de sangrar y de volver a levantarse es lo que augura un futuro prometedor para la serie, que se verá obligada a evolucionar si no quiere estancarse.

Porque si ha dejado algo claro esta tercera temporada de Vikingos es que, al menos dramáticamente hablando, nada volverá a ser igual. Acostumbrados como están los espectadores a ver a un líder invencible y a un pueblo unido en torno a él, estos 10 episodios han roto por completo con esos pilares narrativos. Para empezar, la pírrica victoria lograda en París deja a los protagonistas divididos, ya sea por el fracaso de un primer asedio en el que la tecnología europea derrotó a la fortaleza vikinga, ya sea por las decisiones del personaje de Skarsgård, que le han llevado a unos límites difíciles de resolver de forma pacífica. La conquista final de la ciudad arroja luz sobre una escisión moral y física en el seno de los Vikingos, abriendo así un camino dramático sumamente interesante.

Pero además, existe un segundo frente abierto en Inglaterra, donde la traición ha dado al traste con los intereses de Lothbrok. Si uno ha sido un muro construido con piedras (París), el otro ha sido un muro creado a partir de la inteligencia de un hombre con las mismas ambiciones y características que el rey vikingo (Wessex). Ambos suponen retos narrativos admirables que exigirán un frágil equilibrio para el desarrollo del arco dramático, pues obliga a la serie a repartir esfuerzos entre ambas historias. Es cierto que en esta tercera temporada ya se ha hecho algo similar, destinando la primera parte a Inglaterra y la segunda a Francia. Pero en esta ocasión los personajes están repartidos por todas estas localizaciones, lo que obligará a la historia a buscar un desarrollo en paralelo y, por tanto, a repartir el protagonismo.

No es algo negativo, más bien al contrario. La fortaleza de Vikingos reside, precisamente, en unos personajes admirables, sabiamente construidos y con un trasfondo que puede ser desarrollado de forma individual sin problemas. La tercera temporada ha demostrado que todos ellos pueden tener cierto nivel de protagonismo, aunque también ha dejado claro que sin Ragnar Lothbrok la serie no sería igual. Todo ello convierte a estos últimos capítulos en un viaje apasionante por las intrigas, las luchas de poder y la violencia que caracterizan a estos Vikingos. Tal vez no haya sido una temporada tan brillante como la anterior, en parte por los propios acontecimientos, pero desde luego ha brillado con luz propia. Y lo más importante, ha sentado las bases para un futuro que necesariamente obligará a la serie a evolucionar.

‘Vikingos’ se apoya en la religión para engrandecer su trama en la 2ª T


George Blagden y Travis Fimmel escenifican el choque de creencias en la segunda temporada de 'Vikingos'.He de confesar que la segunda temporada de Vikingos me ha dejado, desde un punto de vista puramente personal, una sensación extraña. Por un lado, la mejor noticia de estos 10 episodios es que van a tener más desarrollo en otra temporada. Por otro, existe un cierto desánimo al comprender que habrá que esperar varios meses hasta que eso ocurra. Porque si la primera temporada era un ejercicio notable de dramatización histórica, esta nueva entrega se erige más como un trabajo de intriga y suspense, de traiciones e intereses enfrentados, brillante e imprescindible, capaz de jugar con el espectador incluso cuando le da las pistas suficientes para que intuya el lugar y las verdaderas intenciones de cada personaje. Todo gracias a un trabajo, fundamentalmente, de desarrollo dramático de los roles principales.

Algo en lo que, lógicamente, tiene mucho que ver el creador de la serie, Michael Hirst (serie Los Tudor), cuyo amor por contar la Historia de forma creíble y alejada de subjetivismos no hace sino acrecentar el valor de una producción como ésta. Eso no quiere decir que no se distingan entre héroes y villanos, claro está, pero es su forma de tratar los conflictos lo que le lleva a distinguirse de productos que, en cierto modo, son mucho más lineales en ese sentido. Esta nueva temporada, que continúa con el ascenso de Ragnar Lothbrok (de nuevo un magistral Travis Fimmel) y su deseo por atacar Inglaterra, ofrece al espectador una visión mucho más compleja del conflicto entre vikingos e ingleses, y lo hace a través de algo tan sencillo y universal como la religión, utilizando para ello a tres personajes fundamentales: el propio Ragnar, el monje interpretado por George Blagden (Los miserables) y el rey Ecbert de Wessex, al que da vida Linus Roache (Non-Stop).

Gracias a ellos, Vikingos se convierte en algo más que un estudio sobre la cultura y costumbres nórdicas para derivar en una reflexión sobre las creencias, los dioses a los que adora cada cultura y, sobre todo, la ignorancia e intolerancia de aquellos hombres que no ven más allá de lo que su mitología les cuenta. Teniendo esto en cuenta, esta segunda temporada logra engrandecer la figura del protagonista al convertirle en un individuo de una inteligencia fuera de lo común. Inteligencia que va más allá del campo de batalla o de las intrigas palaciegas. Como ya se apreció en la primera parte, el personaje de Fimmel, a quien se le ha podido ver en The experiment (2010), es un hombre curioso, inquieto, cuyo único objetivo es lograr unas condiciones de vida mejores. Su constante apuesta por el diálogo y el acuerdo contrastan notablemente con la idea que siempre se ha tenido de la cultura vikinga, más si tenemos en cuenta que los secundarios principales tienen tendencia a usar la violencia antes que la cabeza.

Empero, la genialidad de Hirst no reside tanto en esto como en el hecho de establecer una comparación bastante curiosa de las dos culturas. Vikingos y cristianos se definen como grupos sociales fanáticos e incapaces de ver más allá de lo que sus creencias les dictan. Lejos de poseer rasgos diferenciadores, ambas culturas se muestran muy similares, capaces de las mayores atrocidades en nombre de unos dioses que uno y otro bando tachan de falsos. No hay más que tomar dos de los acontecimientos más violentos y salvajes de la temporada para comprender que las diferencias entre ambos mundos no son tantas. Me refiero, claro está, a la crucifixión y al águila de sangre, dos métodos de tortura que, cada uno en su estilo, denotan un gusto por la sangre y la violencia igual de bárbaro para aquellos a los que se considera traidores. Pero como uno se puede imaginar, son muchas más las conexiones entre ambos mundos, entre ellas las similitudes entre los personajes de Roache y Fimmel (un futuro enfrentamiento entre ambos será algo digno de analizar) y, sobre todo, el personaje de Blagden, verdadero nexo de unión de ambos mundos y cuyo debate espiritual es síntoma más que evidente de las similitudes entre todas las religiones.

Intriga perfecta

Pero dejando a un lado tratamientos y personajes históricos que se dan cita en esta nueva temporada, lo más llamativo de Vikingos es su desarrollo dramático, un ejemplo de suspense formal que debería ser estudiado varias veces antes de escribir una sola palabra de un thriller, sea el que sea. Y no porque la trama sea capaz de ocultar sus verdaderas intenciones al espectador; ni siquiera porque tenga un giro de última hora en su tercio final. Suele decirse que la magia consiste desviar la atención hacia una mano para, con la otra, hacer el truco. Bueno, pues Hirst podría ser calificado de mago. Prácticamente desde su primer episodio la serie presenta a un héroe atacado, preso de sus pactos de lealtad y asediado por traiciones de los que antaño fueron sus aliados, entre ellos un Floki que vuelve a erigirse como uno de los pilares de la producción gracias al trabajo del actor Gustaf Skarsgård (Kon-Tiki).

Comenzando por su hermano, al que vuelve a dar vida de forma imponente Clive Standen (Namastey London), y terminando por su primera esposa, una imprescindible Katheryn Winnick (Tipos legales), el mundo que rodea a Ragnar se derrumba de forma progresiva a medida que avanza la trama. Apenas existen momentos de satisfacción personal para el personaje, lo que por cierto acentúa el carácter dramático y derrotista de su viaje. Los guionistas aprovechan estos acontecimientos iniciales para generar la idea de incertidumbre, de vulnerabilidad en el héroe y, sobre todo, para hacer olvidar su inteligencia. Y de hecho lo logran a tenor del resultado final, que si bien no es una sorpresa mayúscula, si es un tanto inesperado. Estos primero momentos sirven, como digo, para introducir una serie de detalles de la trama que la reconducen por donde los creadores pretenden, y que pasan fundamentalmente por mostrar únicamente las intenciones del personaje de Donal Logue (serie Copper), situando al protagonista como epicentro de las intrigas. Esto puede provocar, como de hecho ocurre, que algunos hechos de la trama no encuentren una explicación lógica, y este es uno de los pocos reproches que se le puede hacer a la serie. Si es que es un reproche, claro.

Este desarrollo de la trama principal, además, cuenta con el apoyo de las numerosas tramas secundarias, cuyo objetivo no es otro que consolidar la idea de que los conflictos alrededor del personaje de Fimmel se multiplican de forma exponencial. La traición de su hermano, el divorcio de su primera mujer, la guerra en Inglaterra, la traición de sus amigos, el incremento de su familia o los ataques a su pueblo crean un marco perfecto para el drama en el que se ve sumido el personaje. Curiosamente, en medio de la temporada este drama pasa a ser una ficción absoluta, y Hirst deja las pistas suficientes al espectador para que este ate los cabos necesarios. La genialidad de su desarrollo reside, no obstante, en que a pesar de esas pistas, a pesar de que puede llegar a intuirse el juego de poder que se establece entre los personajes, el clímax del episodio final funciona a la perfección. Puede que incluso mejor. Un clímax que puede verse varias veces de forma sucesiva sin llegar a resultar obvio, lo que da una idea de la magnitud de lo construido a lo largo de la temporada. Pocas veces un desenlace ha sido tan planificado a lo largo de los episodios previos.

Se puede decir, por tanto, que esta segunda temporada de Vikingos es notablemente mejor que su predecesora desde todos los puntos de vista, sobre todo del dramático. La apuesta por centrar la atención en la religión y el tratamiento que se hace del suspense otorgan una mayor entidad a la serie, que más allá de combates espectaculares y unos actores en estado de gracia, ofrece un trasfondo social y político muy interesante. La única nota discordante no pertenece al contenido de la serie, sino a su formato. Al igual que ocurre con Juego de Tronos, una producción de estas características, con un nivel artístico, narrativo y formal que roza la perfección, no puede tener temporadas tan cortas y con un desarrollo tan acentuado, pues la espera hasta la siguiente tanda de episodios puede hacerse tan eterna como los banquetes del Valhalla.

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