‘American Horror Story: 1984’, un revival de los 80 con estilo propio


Ahora que está tan de moda la cultura de los años 80 gracias, entre otras cosas, a series como Stranger things, la producción de antología creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie The politician) no podía faltar a su cita anual con una trama muy propia de estos tiempos. Y lo hace a su estilo, con una historia aparentemente sencilla que se va complicando poco a poco durante los 9 episodios de American Horror Story: 1984, que por cierto es la temporada más corta de toda la serie.

En realidad, esta novena temporada son varias historias en una, lo que puede verse como una ventaja y como un gran inconveniente a la vez. La ventaja es que, por ejemplo, la trama va más allá de la simple historia de adolescentes que son asesinados uno a uno por un asesino en serie. Varios son los giros argumentales que enriquecen notablemente el argumento, hasta el punto de convertirlo más en un juego del ratón y el gato no solo entre asesinos y víctimas, sino entre los propios asesinos por un lado y entre las propias víctimas por otro. Los secretos, las mentiras, los pasados ocultos de cada personaje. Todo ello, desvelado a su debido tiempo, permite al espectador evolucionar con la historia y quedar atrapado en un universo que bebe de los grandes clásicos del género y les da una vuelta de tuerca. Incluso va más allá del propio género slasher al derivar en una suerte de cinta de fantasmas que necesitan reconciliarse con su pasado, permitiendo este punto de partida hacer que la historia se mueva por décadas posteriores a la que da título a esta etapa, abordando qué ocurre con estos personajes tan arquetípicos y a la vez tan atípicos.

Pero decía que esto puede ser también una desventaja. Más bien, la desventaja de American Horror Story: 1984 es su duración. En apenas 9 capítulos pueden explicarse, a grandes rasgos, las líneas maestras de los principales arcos dramáticos, pero las tramas secundarias quedan parcialmente desarrolladas, lo que obliga al espectador a completar varios de los espacios en blanco con sus propias teorías o, simplemente, dejarlo pasar. En ambos casos la trama se resiente, sobre todo en su recta final, cuando surgen algunos personajes que parecen más bien sacados de la manga para enriquecer el número de muertos o rizar el rizo de asesinos en serie. No existen motivaciones, apenas se dan desarrollos dramáticos más allá de los estrictamente necesarios, y su presencia en la historia es excesivamente conveniente, es decir, se presentan en escena por primera vez en el momento preciso para lo que se requiere de ellos. Un par de episodios más habría permitido, sin duda, una mejor presentación de personajes, un desarrollo algo más interesante y, sin duda, una conclusión realmente atractiva.

Y no es algo secundario. La temporada, a pesar de dejar un buen sabor de boca, va de más a menos. No en materia de asesinatos o el humor macabro que suele acompañar a este tipo de historias (del que hablaremos más adelante), sino en su historia. Con un gran comienzo y un desarrollo del primer acto y buena parte del segundo sobresaliente, la trama empieza a perder fuerza a medida que avanza en el tiempo, como si salir del campo acotado de ese 1984 debilitara paulatinamente una historia con mucha fuerza. Este efecto se debe, principalmente, a ese corto desarrollo de menos de una decena de episodios, pero también al desinterés en profundizar en el mosaico de personajes que van apareciendo poco a poco. La historia tiende a centrarse siempre en el grupo protagonista inicial, lo cual es lógico, pero una vez presentados, desarrollados y asesinados, la presencia de otros secundarios con mayor o menor peso dramático se vuelve indefinida, como si formaran parte de un paisaje.

Sangre, gritos y lágrimas

Ahora bien, a pesar de ciertas irregularidades en su desarrollo, algunas de ellas por causas ajenas a la propia trama, lo cierto es que American Horror Story: 1984 capta a la perfección la esencia de ese cine slasher de los 80 y 90, dando rienda suelta a la imaginación más visceral, violenta y sangrienta de toda la serie. Desde luego, la secuencia inicial ya sienta las bases de lo que posteriormente se verá, con imágenes explícitas de asesinatos a cada cual más salvaje, y con ese entorno tan propicio para el terror adolescente como es un campamento de verano (las referencias a Viernes 13 son tan evidentes que convierten esta temporada en el homenaje perfecto). De igual modo, los 9 episodios, al menos los más centrados en este subgénero de asesinos en serie, tratan de llevar al extremo todos los tópicos y normas de este tipo de cine, añadiendo ese trasfondo moral, ético y personal de cada uno de los roles, lo que le otorga un mayor interés al desarrollo argumental inicial.

Posiblemente el momento álgido de esta violencia sea el protagonizado hacia el final de la temporada, con todos los personajes turnándose para matar una y otra vez a otro de ellos. Es cierto que la secuencia está vestida con ese halo de bondad y responsabilidad de unos roles que han asumido su papel para con el mundo, evitando que un mal mayor salga de ese fantasmagórico camping. Pero con todo y con eso, no deja de ser una muestra de la violencia y la imaginación de sus creadores, torturando a un personaje y dejando volar su imaginación en lo que a asesinatos, mutilaciones y sangre se refiere. Y aquí se unen dos de los elementos más icónicos de esta temporada. La crueldad de los asesinatos se combina ágilmente con un humor negro. Tan negro como el alma de los villanos que aparecen en la trama, y que no siempre tienen los rasgos de terroríficas figuras con el rostro cubierto.

De hecho, la serie no juega al despiste en ningún momento, al menos no de la forma a la que nos tiene acostumbrados el cine. Los asesinos van a cara descubierta, sus identidades se conocen antes o después (lo que permite, por cierto, algún giro argumental de lo más sugerente), y sus motivaciones son más que evidentes. Quitando este componente de suspense, ¿qué queda entonces? Sus creadores optan por ese humor al que hacía referencia antes, que se suma a ese desarrollo que abarca varias décadas y que habría tenido un mayor impacto si se hubiera dedicado, al menos, un par de capítulos más a algunos secundarios. Resulta sumamente interesante comprobar cómo la ausencia de ese suspense durante casi toda la temporada es aprovechada por los responsables para desarrollar otros aspectos, creando una historia más compleja de lo habitual y dejando algunos instantes para el recuerdo.

Todos estos valores y componentes narrativos convierten a American Horror Story: 1984 en un digno homenaje y en una novena temporada más que disfrutable, con personajes capaces de reunir en sus carnes lo arquetípico y lo sorpresivo, lo clásico y lo moderno. Bajo este prisma, esta etapa va claramente de más a menos, o mejor dicho, del psycho killer más tradicional a una historia de fantasmas cuya redención pasa por proteger al mundo de los males de ese campamento de verano. Una evolución que podría haber sido interesante con otro tratamiento, pero que queda excesivamente comprimida en los escasos 9 episodios. Con todo, no solo no es de las peores historias de esta serie de antología, sino que resulta gratamente satisfactoria en el tono escogido, a medio camino entre el terror y el humor, dándole un estilo propio a un género muy transitado durante décadas.

‘El vicio del poder’: un poder ejecutivo individual… y efectivo


A medio camino entre el documental, la comedia y el drama. Ese es el delicado equilibrio, y buena base del éxito, que logra Adam McKay (La gran apuesta) con su film sobre la vida y cuestionable obra de Dick Cheney. Una película compleja narrativamente hablando, irónica a cada paso que analiza y terriblemente trágica por cuanto expone unos hechos que cambiaron el rumbo del mundo de un modo tan crudo y desnudo que es difícil no plantearse muchas cuestiones sobre los dirigentes que nos gobiernan.

Pero vayamos a lo que nos importa, y es que este El vicio del poder es una cinta diferente, notablemente superior a casi todas las que pueden verse actualmente en una sala de cine. Y lo es porque su director logra conjugar de forma magistral todos y cada uno de los elementos de cualquier película, desde una caracterización y una interpretación sencillamente impecables hasta una banda sonora minuciosamente escogida que ensalza el verdadero significado de las escenas (ese final con la banda sonora de West Side Story es el mejor ejemplo). Todo ello compone un relato en el que el montaje es clave, pues no solo aporta ese toque documental al conjunto, sino que permite al espectador apreciar el subtexto que muchas veces puede no identificarse en este tipo de historias políticas. Un montaje que, por ejemplo, juega con la posibilidad de un final feliz para el planeta si Cheney se hubiera retirado a tiempo de su carrera política. Por cierto, a aquellos que hayan seguido la serie House of cards puede que les resulten familiares ciertos aspectos de la carrera de este político.

Posiblemente el mayor problema de este film sea su excesiva duración. La vida de Cheney, por muchos intensos momentos que tuviera, no aguanta un relato de más de dos horas, y ni siquiera la extraordinaria interpretación de Christian Bale (La promesa), más allá de sus 18 kilos de más, logra sostener el relato en muchos tramos. Por cierto, que Bale es en realidad la punta de lanza de un reparto en estado de gracia. Pero volviendo al ritmo narrativo de la cinta, McKay, a pesar de su extraordinaria labor, no es capaz de equilibrar adecuadamente los cambios de interés dramático que tiene el film. Y es algo que se nota incluso en el lenguaje visual. Las secuencias más importantes e interesantes están abordadas con un ritmo casi frenético, mientras que las más irrelevantes se afrontan casi con un lenguaje academicista, carente de la personalidad que caracteriza al film.

Esta irregularidad es la que impide que El vicio del poder sea una obra brillante, aunque no tanto como para que no estemos hablando de una película más que notable. Su montaje, el humor con el que afronta algunos de los hechos más oscuros de la reciente historia de Estados Unidos, la labor del reparto (más allá de transformaciones o caracterizaciones), el narrador y su relación con los hechos o la música componen un relato que no solo entretiene en su mayoría, sino que invita a reflexionar sobre lo que ha ocurrido en el mundo en los últimos 20 años. Que una película ofrezca al espectador la base para un debate, aunque sea interno, y le obligue a mirar los acontecimientos más recientes con otros ojos es ya de por sí algo por lo que merece la pena revisionar varias veces esta cinta. Y si lo hace con el estilo personal y transgresor de McKay, el interés se multiplica.

Nota: 8,5/10

‘American Horror Story: Apocalypse’, el culmen de las series de antología


La máxima de una serie de antología es que cada capítulo o temporada cuente una historia diferente con personajes diferentes. Esto se traduce habitualmente en que cada historia es totalmente independiente de la anterior. La serie American Horror Story es uno de los más recientes y notables ejemplos de este formato dramático, pero también es la que ha logrado experimentar con él hasta llegar a una octava temporada que ha logrado al cuadratura del círculo: no solo es continuación de aquella extraordinaria primera temporada, sino que vincula algunas de las historias narradas en otras etapas de esta ficción creada por Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Pose). Eso y que los mismos actores interpretan varios personajes en la misma trama.

En efecto, los 10 episodios de este Apocalypse recuperan lo narrado en la primera y tercera temporada para abordar, con el inconfundible estilo que le caracteriza, el fin del mundo y la llegada del hijo de Satán. Pero a diferencia de otras temporadas, donde se juega con las líneas temporales para narrar un trasfondo dramático, en esta etapa se recurre más bien a un manejo de los diferentes momentos de la propia línea temporal, planteando así al espectador un interesante desafío para descubrir quién es quién en la historia. De este modo, la trama evoluciona de forma original, pasando de plantear una situación de supervivencia de un puñado de personajes a desarrollar un orquestado plan de lucha contra el mal mucho más complejo. Lo más interesante posiblemente sea comprobar que dicho cambio se presenta de un modo orgánico, aprovechando las oportunidades que da el formato episódico (es decir, con ganchos al final de los capítulos) y utilizando una línea argumental muy elaborada y bien planificada desde el principio, a la que se le da una presentación diferente.

Esto provoca dos fenómenos sumamente interesantes, al menos desde un punto de vista puramente profesional. Para empezar, al fusión de historias y tramas que en teoría estaban finalizadas en American Horror Story. La continuación de ambos universos completamente diferentes a través de un argumento único, original y diferente evidencia las posibilidades dramáticas y narrativas que ofrece el séptimo arte si se saben manejar herramientas como el tiempo o la distribución de conflictos dramáticos. Visto así, incluso la serie en su conjunto cambia en algunos matices, pues hasta ahora daba la sensación de que cada temporada había transcurrido en una realidad diferente, algunas desde luego en épocas diferentes. Ahora lo que nos encontramos, sin embargo, es que muchas de estas historias de terror que dan una vuelta de tuerca a leyendas clásicas no solo transcurren en un mismo universo dramático, sino que tienen vínculos y conexiones entre ellas.

Pero lo más llamativo sin duda es el hecho de que muchos actores dan vida a varios personajes a la vez, rompiendo con la idea de que cada personaje diferente tiene que estar interpretado por un actor para una comprensión correcta del argumento. El regreso a la casa de la primera temporada, además de dar pie a otras novedades que explicaré a continuación, recupera algunos roles que lleva a actores que han pasado por las ocho temporadas a interpretar hasta a tres personajes diferentes. Es evidente que, para un espectador que se acerque a Apocalypse sin conocer la historia previa, este guiño dramático puede no entenderse e, incluso, provocar desconcierto al desconocer la trayectoria de todos los protagonistas. Pero en líneas generales la impresión generada es diferente, más bien de estar ante un ejercicio dramático que demuestra que con un grupo de actores limitado se puede lograr una complejidad dramática de un número mucho más amplio de personajes. Y eso es algo que daría para varios análisis.

Viejos conocidos

Pero la continuación de las diferentes historias que han poblado las pesadillas de American Horror Story durante estos años también deja el regreso de viejos personajes y de actores que, en mayor o menor medida, han ido abandonando la serie. No cabe duda de que lo más significativo es la presencia de Connie Britton (serie Nashville) y Dylan McDermott (La lectora) en los personajes que hicieron famosa esta serie en la primera temporada. No solo por la calidad dramática de los mismos, sino porque con su historia, y con la del resto de protagonistas de esa primera historia, se cierra un ciclo y todos aquellos posibles cables sueltos que quedaron en esa casa encantada.

En cierto modo, este Apocalypse es el colofón a un concepto dramático que se ha apreciado en muchas de las temporadas, y que responde a la idea de defensa de la familia ante un mal imparable. Curiosamente, este trasfondo argumental se encuentra en las etapas más complejas y atractivas de esta serie de antología. Concretamente en lo que respecta a estos 10 capítulos, el desarrollo dramático ahonda en las consecuencias de esta idea a todos los niveles, incluyendo el viaje a los infiernos, literalmente, del protagonista, cuya motivación inicial, al menos una de ellas, es encontrar alguien que le quiera como es. La idea se refuerza, precisamente, con ese viaje a través de varios grupos de personas que, lejos de acogerle, tratan de utilizarle para sus propios beneficios.

Este recorrido dramático se convierte, al menos durante buena parte de la temporada (aquella que transcurre de una forma más o menos lineal al narrar el pasado), en un motor de desarrollo muy intenso en el que el espectador se adentra en los sentimientos de un rol que finalmente termina convirtiéndose en el villano. La ventaja de esta arquitectura dramática radica en que el resto de personajes, al menos los principales, ya han sido presentados y desarrollados en otras temporadas, por lo que solo es necesario retomar sus historias donde quedaron y, en todo caso, aportar ciertas pinceladas argumentales. Esto permite que los guionistas se centren por completo en el villano, en su humanidad y su maldad, en su poder y sus debilidades. Y eso, en definitiva, le convierte en un gran villano y, por extensión, hace de la temporada un gran relato dramático.

No cabe duda de que American Horror Story: Apolypse es una de las mejores temporadas de toda la serie. Y lo es porque esta octava historia no solo narra un acontecimiento como el fin del mundo y la llegada del Anticristo, sino que lo hace con inteligencia, sobriedad y una complejidad dramática que, desde luego, no existía en otras temporadas. Pero también lo es porque lleva el concepto de serie de antología un paso más allá, cerrando varias historias abordadas en temporadas anteriores y tomando conceptos y escenarios de muchas otras. Ello ofrece un nuevo punto de vista a toda la serie, y abre las puertas a poder desarrollar nuevas y complejas historias. La guinda del pastel es que este Apocalipsis no es el final, todavía queda terror para algunos años más.

‘American Horror Story: Roanoke’, nuevo formato para una historia conocida


Los actores de 'American Horror Story: Roanoke' viven un infierno en la mansión.Es difícil que una serie como American Horror Story logre mantenerse durante tantas temporadas como uno de los productos más originales de la televisión. Primero porque la idea de que cada temporada sea una historia diferente tiene el riesgo inherente de perder la conexión con los espectadores. Y segundo porque es complicado encontrar historias que sean capaces de llenar tantos episodios. La prueba está, de hecho, en el irregular desarrollo de las temporadas. Por eso resulta un soplo de aire fresco esta sexta etapa, que bajo el título de Roanoke toma como referencia a la conocida como “Colonia perdida” para adentrarse en un subgénero de terror que hasta ahora no habían abordado Brad Falchuk y Ryan Murphy (serie Glee).

Desde luego, lo más original de esta temporada de 10 episodios es su formato. Narrado como una serie basada en hechos reales que utiliza los testimonios de las personas que vivieron la pesadilla, la ficción juega en diversos niveles dramáticos para introducir al espectador en una historia con visos de realidad. Este juego de la televisión dentro de la televisión tiene, evidentemente, su lado positivo y su lado negativo. Lo positivo es que a través de la dramatización de los hechos y la reacción de los presuntos personajes reales la historia tiene acceso a una serie de conflictos dramáticos vistos desde diferentes puntos de vista casi a tiempo real, como si de un reality show se tratara.

En el lado opuesto, es lógico pensar que, dado que los héroes de la historia relatan su propia odisea, sobreviven al final de la misma, lo que siempre resta dramatismo a lo que se muestra en pantalla. De ahí que, aunque el carácter dramático se intensifica, la tensión narrativa se diluye lentamente, dejando todo el espacio al terror y el gore propios de esta serie. Sin embargo, y a diferencia de otras temporadas, American Horror Story: Roanoke soluciona este problema de una forma aún más original si cabe. La propia temporada se divide en dos partes claras, siendo la segunda una suerte de continuación en la que personajes reales y los actores que les interpretan conviven en el mismo infierno que relataban en la primera parte.

Evidentemente, todo sale mal, y la muerte es la constante en cada personaje, pero independientemente de todo eso lo interesante radica en el modo en que Falchuk y Murphy aprovechan las debilidades dramáticas de su historia para darle una vuelta y convertirlas en motor de un argumento nuevo aunque similar. Por supuesto, esta segunda parte también tiene ciertas debilidades, entre ellas las motivaciones de algunos personajes, pero a pesar de todo esto permite ahondar en tramas personales mucho más profundas y que remiten a las relaciones entre madres e hijos, entre maridos y mujeres y, por qué no, entre el mundo del espectáculo y la vida real.

Carniceros, cerdos y locura

El cambio que sufre American Horror Story: Roanoke en su forma de narrar los acontecimientos es, sin duda, lo más llamativo de esta serie que ha tenido que recurrir a esta apuesta formal para evitar repetirse en sus conceptos más básicos. Y es que salvo esta idea, bien diseñada y elaborada, el resto de la temporada recupera pilares de temporadas anteriores, ya sea la locura, el canibalismo o los fantasmas. En realidad, en algunos momentos llega a repetir algo más que a los actores, recurriendo a situaciones que recuerdan poderosamente a las vividas en algunas de las mejores etapas de esta ficción. La pregunta que cabe hacerse es si esto es algo negativo en sí mismo.

Para gustos los colores, está claro, pero personalmente considero que la forma en que se integran estas ideas con la trama abordada en la serie y con el modo en que se cuenta hacen que sea algo novedoso, diferente y dinámico. La apuesta en la segunda parte de la serie por la cámara en mano al más puro estilo El proyecto de la bruja de Blair (1999) -por aquello de que transcurre en un bosque- es un acierto más que notable, tanto por el carácter realista que aporta al conjunto como por el dramatismo de ver las consecuencias de los asesinatos (sangre saltando por todas partes, rostros desencajados, etc.) antes incluso que el propio acto en sí. De este modo, la serie logra imprimir una fuerza visual muy poderosa a una historia que puede parecer menor, en algunos momentos incluso algo ilógica.

Con todo, es de justicia reconocer que el argumento es algo más que terror, y desde luego algo más que gore. Si la primera parte de la temporada puede resultar un tanto simplista, por aquello de que se sabe de antemano cómo va a terminar, la segunda adquiere un dramatismo mucho mayor, tanto por los conflictos que se generan entre personajes como por las reacciones ante unos acontecimientos que ya no son ficción a pesar de que, al principio, lo consideran parte del show. Estos componentes dramáticos dentro del contexto del horror, la violencia y la locura que definen a la serie es lo que la dotan de una mayor entidad, de una seriedad que se intuye en todo momento, pero que puede perderse de vista en los primeros episodios si se atiende únicamente al concepto de realidad ficcionada.

Por varios motivos, American Horror Story: Roanoke es una de las temporadas más originales de la serie. Personalmente creo que una de las mejores, pues a pesar de sus debilidades ofrece algo diferente, algo fresco, explorando esa vía de nuevo terror que nació con el nuevo siglo y que, hasta ahora, había estado vetada en esta producción. El hecho de que, además, se introduzcan conflictos personales en la historia, derivados muchos de ellos de las propias decisiones de los personajes, lleva la trama a un nivel diferente, más complejo o, por lo menos, más rico en matices. Desde luego, no es una temporada perfecta, pero junto a American Horror Story: Hotel es una de las que más recuerdan a aquella joya que fue la primera temporada.

‘El caso Fischer’: locura en tiempos de la Guerra Fría


Liv Schreiber y Tobey Maguire disputan la gran partida en 'El caso Fischer'.Habrá muchas generaciones, entre las que me encuentro, que conocerán la leyenda de Bobby Fischer de forma muy general. Ajedrecista, genio, niño prodigio, campeón. Pero pocos conocerán la locura que se escondía detrás de sus excentricidades. Y muy pocos estarán al tanto del infierno que debió de hacer pasar a todos aquellos que le rodeaban. La nueva película de Edward Zwicky (El último samurai), como buen biopic, narra todo eso, es cierto, pero ofrece al mismo tiempo una interesante radiografía de una época que muchos jóvenes solo conocen ya por los libros de Historia. Y es aquí donde radica su mayor logro.

Porque si algo bueno tiene El caso Fischer es precisamente el modo en que se vivió la rivalidad entre Rusia y Estados Unidos durante la Guerra Fría en esas partidas de ajedrez entre Fischer y el campeón soviético Boris Spassky. Un juego que representaba el desafío de intelectos, de estrategia y, en definitiva, de dominio sobre el rival entre dos potencias que pugnaban por el control del mundo en todos los aspectos. Bajo esta interpretación la cinta adquiere un significado mayor que el mero juego, engrandeciendo además los aspectos más dramáticos y personales del protagonista, un joven obsesionado con el reconocimiento de ser el mejor. Reconocimiento, por cierto, que no tenía que llegar necesariamente con el título en sí, sino con todo lo que conlleva (adulación, dinero, servilismo, …).

No quiere esto decir que Fischer sea presentado como un intransigente niño mimado. Al contrario, la época que le toca vivir acentúa su locura hasta convertirse en obsesión, y es en esa obsesión donde sus ansias de reconocimiento encuentran su mayor impulso. No se trata de tener más que nadie; no se trata de lograr premios o un título. Se trata, en realidad, de ser reconocido por todas y cada una de las personas como un hombre superior, como una mente privilegiada capaz de derrotar en el juego a cualquiera. Y si todo esto queda magistralmente definido sobre el papel, no es menos cierto que la labor de Tobey Maguire (Brothers) es impecable, introduciéndose en la mente del jugador para poder ofrecer todos los matices del hombre.

Frente a él, y no menos importante, se encuentra Liev Schreiber (Mental), cuya interpretación del campeón ruso es simplemente magistral. Aunque pueda parecer menor, e incluso poco definido, apenas dos momentos permiten al espectador comprender que la locura no es exclusiva de Fischer, si bien es cierto que en él está desarrollada de forma superlativa. Por tanto, El caso Fischer se puede interpretar como algo más que un biopic o, al menos, como una biografía que es a su vez el reflejo de una complicada época en la que había más intereses en juego que el mero ajedrez. La película, como tal producto, tiene las limitaciones propias del género, tanto formales como narrativas, pero se suplen con bastante efectividad gracias precisamente al trasfondo social y político que imprime al conjunto.

Nota: 7/10

Las nuevas ‘Cazafantasmas’ se enfrentan a ‘El caso Fischer’


Estrenos 12agosto2016A pesar de que el estreno de Escuadrón Suicida la semana pasada ha sido posiblemente el estreno más esperado del año, eso no va a impedir que sigan llegando a la cartelera títulos con un cierto atractivo, sobre todo entre un público nostálgico del cine de los años 80. Y para ellos es, precisamente, la principal novedad de este viernes, 12 de agosto, que llega acompañada de una multitud de películas que harán las delicias de un amplio y variado número de aficionados al cine.

Pero comencemos por Cazafantasmas, remake del clásico de 1984 que, para aquellos que no lo conozcan, gira en torno a un grupo de cuatro hombre, uno de ellos físico y otro especialista en el mundo paranormal, que unen sus fuerzas para luchar contra una invasión de fantasmas que pueden poseer a los humanos. La aventura, el humor y cierto toque romántico eran las claves de aquel film que, a priori, se repiten en esta nueva versión dirigida por Paul Feig (Espías) y cuya principal novedad es que en lugar de cuatro hombres, ahora son cuatro mujeres las que deberán salvar el mundo. Así, el reparto está encabezado por Kristen Wiig (Marte), Melissa McCarthy (Es la jefa), Leslie Jones (Top Five) y Kate McKinnon (Hermanísimas), a las que se suman nombres como los de Chris Hemsworth (En el corazón del mar), Bill Murray (Aloha) y Andy García (Matar al mensajero).

Del 2014 es la coproducción canadiense y estadounidense El caso Fischer, drama biográfico en torno a la figura del ajedrecista Bobby Fischer, concretamente en la etapa en que se enfrentó al campeón soviético Boris Spassky durante la Guerra Fría. Un enfrentamiento que iba más allá de lo meramente deportivo, del simple juego, y que se convirtió en todo un reflejo de la situación social y política de la época. Dirigida por Edward Zwick (Amor y otras drogas), la película tiene un amplio e interesante reparto en el que destacan Tobey Maguire (El gran Gatsby), Liev Schreiber (serie Ray Donovan), Lily Rabe (serie American Horror Story: Coven), Michael Stuhlbarg (Steve Jobs), Peter Sarsgaard (Blue Jasmine) y Sophie Nélisse (La ladrona de libros).

Y a medio camino entre la acción y el thriller se encuentra Nerve, adaptación de la novela de Jeanne Ryan que dirigen a cuatro manos Henry Joost y Ariel Schulman (Paranormal Activity 4) y cuya historia sigue a una joven que comienza a participar en un juego retransmitido a través de Internet en el que los jugadores deben superar pruebas cada vez más complicadas. La situación se vuelve extraña cuando la chica comprende que el juego conoce sus más secretos deseos, incluido un chico con el que la emparejan para jugar. Pero este extraño juego dará un giro peligroso cuando lo que empiecen a arriesgar sea sus propias vidas. Emma Roberts (Somos los Miller), Dave Franco (Ahora me ves 2), Juliette Lewis (serie Wayward Pines), Emily Meade (serie The leftovers), Miles Heizer (Memoria) y Kimiko Glenn (serie Orange is the new black) son los principales actores.

Pasamos ahora a los estrenos europeos, y lo hacemos con la hispanoargentina Al final del túnel, thriller que escribe y dirige Rodrigo Grande (Cuestión de principios) en el que un hombre en silla de ruedas ve cómo mejora su vida cuando decide alquilar una habitación a una mujer y su hija. Pero esa felicidad pronto se ve truncada cuando descubre que un grupo de ladrones está excavando un túnel por debajo de su casa para robar un banco cercano. Idea entonces un plan contrarreloj para tratar de frustrar los planes de la banda. El reparto está encabezado por Leonardo Sbaraglia (Relatos salvajes), Clara Lago (Ocho apellidos catalanes), Pablo Echarri (Papeles en el viento), Javier Godino (Pasaje de vida) y Federico Luppi (Magallanes).

También española, aunque con colaboración portuguesa, es Hielo, drama fantástico con toques de misterio que gira en torno a una niña nacida en un laboratorio a partir del ADN de un cadáver de la Edad de Hielo. Prisionera en esas instalaciones, supervisada por sus creadores y sin conocer el mundo exterior, cuando por fin logra huir descubre un mundo en el que realidad y ficción se mezclan. Gonçalo Galvão Teles, que debuta en el largometraje, y Luís Galvão Teles (Ellas) dirigen esta propuesta protagonizada por Ivana Baquero (Mi otro yo), Ruth Gabriel (El discípulo), Albano Jerónimo (Fado), Alfonso Pimentel (Bairro) e Ivo Canelas (Oro y Polvo).

Con algo de retraso llega el drama de acción belga Black, una especie de nueva adaptación de Romeo y Julieta de William Shakespeare o, en su caso, de West Side Story (1961). La historia comienza cuando una joven perteneciente a una banda del Bronx se enamora del carismático miembro de la banda rival. Un amor imposible que obligará a la joven pareja a elegir entre su amor y la lealtad a su banda. Dirigida a cuatro manos por Adil El Arbi y Bilall Fallah (Image), la cinta está protagonizada por Emmanuel Tahon, Marine Scandiuzzi, Martha Canga Antonio y Aboubakr Bensaihi.

Desde Italia llega el drama biográfico Biagio, producción de 2014 dirigida por Pasquale Scimeca (La pasión de Josué el hebreo) que narra el viaje a las montañas de Biagio Conte, quien tras sufrir una crisis espiritual decide abandonar a su familia y vivir como un ermitaño en Sicilia. El reparto está encabezado por Omar Noto (Malavoglia), Renato Lenzi, Vincenzo Albanese (Placido Rizzotto) y Marcello Mazzarella (Viktor).

Otro drama, aunque este en clave musical, es El profesor de violín, producción brasileña de 2015 cuya historia se centra, como su propio título indica, en un profesor de una escuela musical en uno de los barrios pobres de São Paulo. La relación de este prestigioso violinista con sus alumnos y la música les abrirá a todos las puertas a un nuevo mundo. Dirigida por Sérgio Machado (Cidade Baixa), quien también participa como actor, la película cuenta entre sus intérpretes con Lázaro Ramos (Cafundó), Kaique de Jesus, Elzio Vieira y Sandra Corveloni (Sangue Azul).

En lo que a documental se refiere, Human es el único representante. Dirigida por Yann Arthus-Bertrand (Planet Ocean), esta cinta de 2015 es en realidad un díptico de relatos de nuestro mundo que, a través de pequeñas historias y grandes relatos expone lo mejor y lo peor del ser humano.

Demasiados subgéneros impiden el desarrollo narrativo de ‘American Horror Story: Asylum’


La locura, la religión y los extraterrestres, protagonistas de 'American Horror Story: Asylum'.Uno de los conceptos más interesantes de la primera entrega de American Horror Story, y por lo que será recordada en el marco televisivo, fue la capacidad de los creadores, Brad Falchuk y Ryan Murphy (responsables de la serie Glee), de hilar a la perfección diferentes historias en el marco de una casa encantada. Todos los personajes, vivos o muertos, estaban relacionados entre ellos por un nexo único más fuerte que cualquiera de ellos y, lo que es más importante, existía un equilibrio entre el aterrador presente y el trágico pasado de cada uno de ellos. El problema del extremo detalle de una trama como esta es que, siendo como era autoconclusiva, una segunda temporada de la serie se antojaba complicada y planteaba varias preguntas: ¿nuevo o idéntico escenario? ¿similar trama o una radicalmente distinta? El resultado, por desgracia, no consigue mantener las expectativas generadas, principalmente por una falta total de objetivo.

No quiere decir esto que sea una mala serie, ni mucho menos. Simplemente, no llega a la perfección que sí tuvo su predecesora y, tal vez lo más importante, abre demasiadas vías narrativas diferentes que nada tienen que ver entre ellas. Por supuesto, cumple con creces su intención primordial, que no es otra que la de generar ansiedad, miedo y cierto rechazo en el espectador. Su factura técnica, en este sentido, tiene poco que envidiar a la primera temporada, sobre todo en ese afán por mostrar la decadencia de ese manicomio regentado por un cura y numerosas monjas a mediados del siglo pasado en el que una monja ejerce con mano de hierro un poder absoluto. Es reseñable, además, la labor de los guionistas por dotar de un rico pasado a cada uno de los personajes, teniendo como denominador común la tragedia, bien personal, bien comunitaria. Analizar cada una de dichas historias daría para rellenar varios artículos.

El problema es el nexo de unión de dichos pasados y, lo que es más importante, de sus presentes. Si en los primeros 12 episodios las diferentes circunstancias personales se encontraban irremediablemente unidas por el espacio del caserón encantado, en esta ocasión trata de ser un tenebroso manicomio el denominador común, aunque con poco éxito. Estos nuevos 13 capítulos abordan tantas temáticas y tan diferentes que resulta muy complicado unirlas con coherencia. Sin ir más lejos, la primera ficha es la presencia de un asesino en serie al más puro estilo Cara de Cuero de La matanza de Texas (1974), pero rápidamente se abandona para centrar la atención en un joven acusado de ser dicho asesino y que, en realidad, ha sido abducido por extraterrestres. A esto habría que sumar la presencia de un miembro del partido nazi que, bajo una identidad falsa como doctor del psiquiátrico, realiza experimentos de lo más truculentos. Y, para completar el cuadro, la presencia del demonio en el cuerpo de una virginal monja.

Todos y cada uno de dichos arcos narrativos necesitan, claro está, su espacio para ser desarrollados. Y dado que todos ellos poseen una carga de interés elevada (generada a partir de la ambientación y del magnífico trabajo de los actores), la consecuencia es que la serie oscila de una a otra sin encontrar un auténtico cauce capaz de aunar esfuerzos en una sola dirección. Por otro lado, y aunque parezca un motivo menor, el hecho de combinar tantas historias de corte fantástico y/o terrorífico impide al espectador identificarse con alguna de ellas de forma completa, lo que a la postre genera cierta insatisfacción. El miedo, por tanto, no proviene de las historias en sí (aunque cada una tiene sus momentos), sino del ambiente claustrofóbico, oscuro y recargado de un manicomio donde las técnicas más invasivas de la terapia de choque estaban a la orden del día.

Mismos actores, nuevos personajes

Antes mencionábamos la labor de los actores, y la verdad es que si no fuera por ellos posiblemente esta segunda temporada se habría diluido hasta ser casi irreconocible. A pesar de contar otra historia en otra época y en otro entorno, los responsables han querido con buena parte del reparto original, algo que ha beneficiado mucho tanto al dinamismo de la trama como a la complicidad de los personajes. Sin duda, el principal atractivo vuelve a ser Jessica Lange (Heredarás la tierra), quien se mete esta vez en la piel de la monja al frente del psiquiátrico. La evolución de su personaje, desde un pasado marcado por el alcohol y la muerte hasta un presente en el que rige con mano férrea (muchas veces excesivamente brutal) el centro psiquiátrico, es ejemplar, sobre todo teniendo en cuenta la situación en la que termina viviendo. Y a pesar de todas las etapas por las que pasa, la entereza y dignidad que siempre aporta a esta mujer es encomiable, creando un personaje tan fuerte y desagradable al principio como capaz de generar compasión al final.

Junto a ella destacan tanto Evan Peters (Rompiendo las reglas), esta vez en un rol mucho menos deprimente aunque igualmente marcado por la tragedia, como el siempre inquietante Zachary Quinto (Sylar en Héroes), quien en esta ocasión se convierte en un psiquiatra de día y asesino en serie de noche. Tal vez sea este el personaje más carismático de todos, no tanto por la dualidad de su personalidad como por el trasfondo psicológico de su psicopatía, que en todo momento retorna al seno materno como origen de sus males personales. La labor del actor, aportando siempre el carisma que le caracteriza aunque sin dejar de generar un cierto grado de inseguridad en su entorno, es sencillamente brillante.

Tal vez una de las mejores pruebas de la reputación que obtuvo American Horror Story es la cantidad de actores conocidos que han decidido participar, tanto de protagonistas como de secundarios, en la compleja y derivativa trama principal, que podríamos identificar con la del asesino en serie. Así, Joseph Fiennes (Enemigo a las puertas), Lily Rabe (Sin reservas), Sarah Paulson (Martha Marcy May Marlene), James Cromwell (Yo, Robot), Chloë Sevigny (American Psycho), Clea DuVall (The Fculty) o Franka Potente (Corre Lola Corre) son algunos de los nombres, a los que habría que sumar los de Dylan McDermott (En la línea de fuego) o Frances Conroy (El aviador), que repiten en la serie con dos personajes bastante secundarios pero de especial relevancia.

Pero todo este carrusel de caras conocidas no impide que, con la conclusión del episodio 13, se tenga la sensación de haber pasado de puntillas por un manicomio del que podría haberse exprimido mucha más tensión narrativa. Es una lástima, pues tanto el comienzo, con esa pareja en luna de miel realizando un recorrido por lo lugares más terroríficos y trágicos de Estados Unidos, como la ambientación, insana y asfixiante como pocas, prometían horas de auténtica lírica terrorífica. En lugar de eso, lo que nos encontramos es un compendio de buena parte de los elementos que conforman el cine fantástico y de terror, desde las posesiones demoníacas a los extraterrestres, pasado por los asesinos en serie o los experimentos monstruosos. Demasiadas líneas narrativas que, por desgracia, impiden centrar la atención en algo concreto.

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Cine y palabras

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