‘Estafadoras de Wall Street’: robando al sistema corrupto


Poco se puede decir de la nueva película de Lorene Scafaria (Una madre imperfecta) que no se haya dicho de cientos de películas similares. Sí, es una historia de mujeres que luchan por salir adelante, que tienen que recurrir a cosas que jamás harían por lograr sus sueños y dejar atrás una vida que no disfrutan. Y eso lo hacen robando a personas que previamente se habían enriquecido con un robo mucho más complejo que dejó a miles de personas en una situación crítica. Sí, son argumentos ya conocidos, en mayor o menor medida parecidos. Entonces, ¿qué aporta de novedoso?

Para muchos, Estafadoras de Wall Street tiene como principal reclamo a una Jennifer Lopez (Ángel de venganza) que podría conseguir una nominación en los Oscar por este papel. Más allá del trasfondo social del mismo y del carácter casi redentor del mismo hacia el final del film, lo cierto es que ni siquiera su rol logra sacar de cierta mediocridad y previsibilidad a la cinta, y eso es fundamentalmente porque, en este caso, la realidad no supera a la ficción. El guión explora terrenos ya conocidos, situaciones que tienen cierto aire de déjà vu y que no logran atrapar al espectador en una historia que nunca llega a definirse de forma concreta. Es cierto que el tono cómico dramático funciona muy bien en varios pasajes del metraje, pero en su segunda mitad, cuando la historia entra de lleno en los delitos que cometen, no termina de reflejar cómo estas mujeres afrontan lo que están haciendo, entrando en una dinámica hacia el clímax.

Eso no impide que la historia no deje buenos momentos, algunos de ellos realmente notables, y sobre todo que deje en el espectador la misma sensación que expresa el personaje de Julia Stiles (La gran Gilly Hopkins): la de que ellas, a pesar del delito que cometen, realmente parecen más víctimas de un sistema que convierte a la mujer en objeto y luego la tira como un pañuelo de usar y tirar. Es algo que sobrevuela toda la trama de principio a fin y que adquiere una mayor relevancia en su tercio final, pero que no termina de explotarse de la mejor manera. Sí, la película muestra las dificultades de estas mujeres de integrarse en las capas más “respetables” de la sociedad y abandonar ese mundo reservado para las perversiones de los hombres. Y sí, hay algún que otro momento en que se aborda la duda moral de lo que hacen. Pero en líneas generales, se plantea como un relato con menos carga dramática y menos mensaje social, optando por un estilo narrativo más cercano al mero desarrollo de los hechos.

Dicho de otra manera, a Estafadoras de Wall Street le falta definir exactamente la posición que juega cada personaje. Ellas son planteadas como víctimas que tratan de alcanzar la riqueza por la vía rápida. Sus víctimas, como lobos con piel de hombres. Pero en el conflicto que se debería generar, tanto interno como externo, es donde la cinta de Scafaria se desinfla, no llegando a profundizar demasiado en según qué aspectos de la trama. Esta cierta indefinición en el estilo y en la apuesta dramática es lo que termina por convertir esta historia en una más, con la salvedad de tener una historia real como base. Eso sí, la degradación de ese mundo sórdido en el que los hombres gastan cantidades ingentes de dinero queda reflejada de un modo único, evidenciando una ausencia completa de moral por parte de una clase social acostumbrada a hacer y tener lo que desea.

Nota: 6,5/10

‘Estafadoras de Wall Street’ lidera los primeros estrenos de noviembre


Fin de semana de muchos, muchísimos estrenos en la cartelera española. Y aunque todos ellos atraerán la atención de un variado tipo de espectadores, ninguno parece, a priori, lo suficientemente grande para convertirse en un nuevo taquillazo. Eso no impide, ni mucho menos, que entre este buen puñado de títulos que aterrizan en las pantallas de toda España este viernes 8 de noviembre haya alguno más que interesante.

Comenzamos el repaso con Estafadoras de Wall Street, comedia dramática con tintes de thriller basada en un artículo que relata cómo un grupo de strippers se une para estafar a sus clientes, la mayoría ricos magnates de Wall Street. El negocio se pondrá en peligro cuando una periodista empiece a investigar, por lo que deberán afianzar su lealtad por encima de cualquier otra cosa. Lorene Scafaria (Una madre imperfecta) dirige esta producción hollywoodiense que protagonizan Jennifer López (Jefa por accidente), Julia Stiles (Jason Bourne), Lili Reinhart (serie Riverdale), Contance Wu (The feels), Cardi B, Keke Palmer (Animal) y Trace Lysette (serie Transparent).

También estadounidense es Fourteen, drama escrito y dirigido por Dan Sallitt (The unspeakable act) que tiene como protagonistas a dos veinteañeras que viven en Nueva York. Amigas desde el instituto, la cinta relata su relación a lo largo de una década en la que los trabajos, los novios y los apartamentos entran y salen de sus vidas. El reparto está encabezado por Tallie Medel (Sylvio), Norma Kuhling (Fallen), Lorelei Romani. C. Mason Wells (The great pretender) y Dylan McCormick (Radio Mary).

El tercer estreno procedente de Estados Unidos es The Farewell, comedia dramática que tiene como punto de partida una mentira piadosa. Una mujer nacida en China pero que ha crecido en Norteamérica se ve obligada a regresar a Changchun porque a la amada matriarca del clan le quedan semanas de vida. Todo se complica cuando descubre que toda la familia sabe eso menos la anciana, y han decidido no solo no contárselo, sino buscar una excusa para pasar los últimos momentos juntos de la forma más feliz posible. Y para eso, nada mejor que una súbita boda que, sin embargo, se convertirá en una ocasión para la mujer para redescubrir el país que dejó atrás y la forma de vida que lleva su familia. Lulu Wang (Posthumous) escribe y dirige esta propuesta entre cuyos actores principales encontramos a Awkwafina (Malditos vecinos 2), Tzi Ma (El rascacielos), Jim Liu (Ai), Diana Lin (serie The family law) y Yongbo Jiang (Sou suo).

Entre los estrenos exclusivamente europeos destaca Pequeñas mentiras para estar juntos, secuela de Pequeñas mentiras sin importancia (2010) que vuelve a dirigir Guillaume Canet y que, en esta ocasión, vuelve a reunir a este grupo de amigos con motivo de una fiesta sorpresa de cumpleaños a uno de ellos que, sin embargo, lo que quería era pasar un largo fin de semana solo, angustiado y al borde de la depresión. El reencuentro, siete años después de los acontecimientos de la primera parte, será una ocasión perfecta para comprobar qué queda de su amistad. Con capital francés y belga, la película está protagonizada, entre otros, por François Cluzet (Una semana en Córcega), Marion Cotillard (Assassin’s Creed), Benoît Magimel (Asalto al convoy), José García (Lola y sus hermanos), Gilles Lellouche (En buenas manos), Laurent Lafitte (La última lección), Valérie Bonneton (Están por todas partes), Pascale Arbillot (Guy), Clémentine Baert (Inmersión) y Jean Dujardin (Un seductor a la francesa).

La producción española tiene su principal representante en Ventajas de viajar en tren, adaptación de la novela de Antonio Orejudo Utrilla que, en clave de thriller, arranca cuando un psiquiatra experto en trastornos de personalidad aborda a una joven editora en un viaje de tren. Él empieza a contarle la historia del peor caso clínico al que se ha enfrentado: un enfermo paranoico extremadamente peligroso y obsesionado con la basura. A partir de ese momento la vida de ella y de todos los involucrados en la historia tomará un camino lleno de impredecibles giros y sorprendentes revelaciones. La película está dirigida por Aritz Moreno, quien de este modo debuta en el largometraje, mientras que Belén Cuesta (La Llamada), Luis Tosar (La sombra de la ley), Pilar Castro (Es por tu bien), Ernesto Alterio (Perfectos desconocidos), Quim Gutiérrez (Abracadabra), Macarena García (Que baje Dios y lo vea) y Javier Botet (It: Capítulo 2) encabezan el reparto.

También española es El cerro de los dioses, thriller con el que debuta en el largometraje Daniel M. Caneiro. La trama, una reinterpretación del mito de Fausto, tiene como protagonistas a una directora de documentales y su productor, quienes investigan a varios personajes famosos invitados a ‘La Siega’, una celebración en un pequeño pueblo de Castilla La Mancha en el que se les homenajea por sus carreras. Entre los principales actores encontramos a Paula Muñoz (El club de los incomprendidos), Jaume Ulled (Una visita inquietante), Itziar Castro (Campeones), Mariam Bachir (El Niño), Will Shephard (Miamor perdido) y Jaime Adalid (Fuego).

Ciencia ficción y thriller se funden en El hoyo, producción con capital español ambientada en un futuro distópico en el que un grupo de personas están encerradas en una estructura vertical sin final conocido. Con dos personas por nivel, la comida llega a través de una plataforma que siempre llega a alimentar a los que están más arriba, pero que deja a los de abajo más ridiculizados y peligrosos. Primer largometraje de Galder Gaztelu-Urrutia, el film está protagonizado por Iván Massagué (Cerca de tu casa), Emilio Buale (Call Tv), Zorion Eguileor (Pikadero), Alexandra Masangkay (1898. Los últimos de Filipinas), Antonia San Juan (El tiempo de los monstruos) y Eric Goode (La voce del Lupo).

Con algo de retraso llega Reevolution, film español de 2017 escrito y dirigido por David Sousa Moreau en la que es su ópera prima. El argumento tiene como protagonistas a cuatro personajes sin demasiado en común que, en un momento crítico de sus vidas, se cruzan. El mundo les ha cambiado, y ahora ellos se proponen cambiar el mundo. Leandro Rivera (Como estrellas fugaces), Fele Martínez (Nuestros amantes), Gorka Otxoa (Los miércoles no existen), Hovik Keuchkerian (Toro) y Juan Pablo Shuk (Tiempo sin aire), entre otros, protagonizan esta historia.

Noruega, Suecia y República Checa colaboran en Amundsen, drama biográfico sobre Roald Amundsen, explorador y aventurero obsesionado con alcanzar las cimas polares y una carrera contra el equipo de Robert Falcon Scott por llegar primero al Polo Sur. Desapareció en 1928, a los 55 años de edad, mientras volaba en avión en el transcurso de una operación de rescate en el Ártico. Dirigida por Espen Sandberg (Kon-Tiki), la película cuenta con un reparto encabezado por Pål Sverre Hagen (Lifeboat), Jonas Strand Gravli (22 de julio), Trond Espen Seim (Kometen), Ole Christoffer Ertvaag (Now it’s dark), Christian Rubeck (Siete hermanas), Katherine Waterston (La suerte de los Logan) y Mads Sjøgård Pettersen (El duodécimo hombre).

Estrenada originalmente en 1990, este fin de semana llega Cuando fuimos brujas, adaptación del cuento ‘Del enebro’ de los hermanos Grimm. Ópera prima de Nietzchka Keene, este drama fantástico ambientado en la Edad Media tiene como protagonista a una joven y su hermana mayor que huyen a las montañas después de que su madre haya sido quemada acusada de brujería. Allí se refugian con un campesino viudo que vive con su hijo pequeño. Mientras la hermana mayor trata de seducir al padre, la joven se hace amiga del pequeño. La actriz y cantante Björn debutaba en los cines con esta cinta en la que también encontramos a Bryndis Petra Bragadóttir (Foxtrot: Transporte blindado), Valdimar Örn Flygenring (Skytturnar), Guðrún Gísladóttir (Magnús) y Geirlaug Sunna þormar.

Con algo de retraso se estrena Las niñas bien, producción mexicana de 2018 que adapta la novela de Guadalupe Loaeza, cuya trama se ambienta en 1982. En ese año una mujer de clase alta ve cómo tiene que decir adiós a una vida llena de lujos cuando la crisis que azota México alcanza a la empresa de su marido. Este drama está dirigido por Alejandra Márquez Abella (Semana Santa) y protagonizado por Ilse Salas (Me estás matando Susana), Flavio Medina (El habitante), Cassandra Ciangherotti (Los parecidos), Paulina Gaitan (Ruta madre), Johanna Murillo (Ramona y los escarabajos) y Jimena Guerra (Tequila).

En lo que a animación se refiere, dos son las novedades. Detective Conan: El puño de zafiro azul es el título de la nueva aventura del famoso personaje del manga que, en esta ocasión, traslada la acción a Singapur, donde se celebra un prestigioso torneo de artes marciales. Mientras se desarrolla, Conan es secuestrado en Japón para resolver unos extraños delitos, lo que le obligará a adoptar una nueva identidad. Dirigida por Tomoka Nagaoka, quien de este modo debuta en el largometraje cinematográfico, esta producción japonesa cuenta con las voces, en la versión original, de Minami Takayama (serie One Punch Man), Nobuyuki Hiyama (Night Is Short, Walk On Girl), Naoko Matsui (Tottoi), Wakana Yamazaki (serie One Piece) y Kappa Yamaguchi (Mazinger Z. Infinity).

Desde España llega Klaus, ópera prima de Sergio Pablos que, en clave de aventura cómica, tiene como protagonista a un joven que es el peor alumno de la Academia Real de Correos. Destinado a una isla helada al norte del Círculo Polar Ártico, los huraños habitantes no son muy dados a las palabras o las cartas, por lo que deberá ingeniárselas para devolver la alegría y la ilusión al pueblo, para lo que contará con la ayuda de una maestra y de un carpintero solitario que vive en una cabaña llena de juguetes que él mismo hace. J.K. Simmons (El candidato), Rashida Jones (Don’t come back from the moon), Joan Cusack (Tienda de unicornios), Jason Schwartzman (El rey de la polca), Mila Brener (Delirium), Sydney Brower (serie Ryan Hansen Solves Crimes on Television) y Sky Alexis ponen las principales voces en la versión original.

Respecto a los documentales, PJ Harvey: A dog called money supone el debut en la dirección y el guión del fotógrafo Seamus Murphy, quien investiga el proceso creativo de PJ Harvey detrás de ‘The Hope Six Demolition Project’. Juntos recorren diferentes países recogiendo testimonios e imágenes en esta coproducción entre Irlanda y Reino Unido.

Desde España nos llega, por último, El cuadro, debut en el largometraje de Andrés Sanz, quien escribe y dirige este documental de misterio sobre ‘Las Meninas’ de Velázquez. La película juega a convertir al espectador en detective y guiarle por un laberinto de pistas para tratar de descifrar los secretos de la obra de arte con más interpretaciones de la historia.

‘Riverdale’ se pierde entre demasiadas tramas en su 3ª temporada


Riverdale se ha caracterizado, desde sus inicios, en su poco miedo a reinventarse constantemente. La serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa (Carrie) ha sabido alejarse del tono limpio de los cómics en los que se basa para reconvertir las historias de este grupo de adolescentes en una mezcla de intriga, romance adolescente y aventura de instituto. Pero en su tercera temporada esta ficción ha llevado esta máxima hasta un límite que ha roto la magia que unía todo, convirtiendo la producción en una sucesión de giros argumentales a cada cual más inexplicable, en algunos casos absurdos y, en la mayoría de ellos, carentes de demasiado interés.

El porqué de esto es sencillo. Las primeras temporadas de la serie tenían un arco argumental principal muy bien definido. En él participaban todos los protagonistas, en mayor o menor medida. Y las pocas historias secundarias existentes no solo estaban a la sombra de la principal, sino que se limitaban a un par de personajes, siendo el resto componentes de un mosaico de fondo enriquecedor y, por momentos, capaz de robar algo de protagonismo a los cuatro héroes de turno. Pero en los 22 episodios que ahora nos ocupan todo eso ha cambiado. Los protagonistas no tienen un rumbo fijo y, lo que es más preocupante, las historias principales y secundarias se confunden hasta el punto de coexistir en un mismo grado de relevancia dramática, generando un caos argumental innecesario en el que los personajes no encuentran un sendero claro por el que avanzar. Dicho de otro modo, la existencia de tantas historias impide al espectador discernir el objetivo principal de esta etapa, y con ello los personajes abandonan sus metas y motivaciones para convertirse en meros peones de una partida de rol fallida (y esto, para aquellos que hayáis visto la serie, os sonará de algo).

La prueba más evidente de esto está en el protagonista interpretado por K.J. Apa (Nuestro último verano). La labor del actor en esta tercera temporada de Riverdale es encomiable, sobre todo por ser capaz de aguantar el tipo con un rol incapaz de definirse. Posiblemente haya pocos personajes que hayan pasado por tantas fases dramáticas como Archie Andrews, que en apenas un puñado de episodios pasa de ser presidiario a prófugo, de prófugo a estudiante y de ahí a boxeador. Eso por no hablar de su participación en esa macropartida de rol que abordaremos más adelante. Al final, el espectador se encuentra con la misma sensación de desorientación que el héroe, es cierto, pero eso no beneficia al conjunto dramático, más bien al contrario, resta interés al devenir de un personaje que parece incluirse en un ámbito diferente cada dos por tres solo por exigencias del guión (eso sí, sin camiseta).

Y luego nos encontramos con la trama supuestamente principal. La partida de rol que deben desentrañar los jóvenes héroes de esta ficción tiene todos los elementos para ser un juego psicológico tan sádico como tétrico. Y de hecho lo es en muchos episodios. El problema es que a lo largo de la misma se van introduciendo tantos elementos disuasorios que terminan por echarse a perder, eso por no hablar del uso nada disimulado de los personajes secundarios, que tan pronto están sumergidos de lleno en esta espiral de locura que es ‘Grifos y gárgolas’ como se dedican a otros menesteres, como si el juego de rol dejara de tener relevancia en una ciudad inmersa a todos los niveles en la obsesión que genera este juego. Es esa falta de continuidad en determinados episodios lo que crea desconexión, no tanto del desarrollo general de la serie como de sus personajes y de ciertas tramas secundarias que tienden a ocupar más espacio narrativo del que teóricamente deberían.

El Rey y la Capucha

La resolución de esta temporada de Riverdale es igualmente… extraña, por decirlo de algún modo. Si bien las motivaciones que se esconden detrás tienen una interesante carga dramática, vinculando además todas las temporadas y convirtiendo la serie en un producto global (no únicamente en aventuras que empiezan y finalizan con cada etapa), el modo de resolverlo cuenta con unos giros argumentales algo excesivos, recuperando personajes presuntamente muertos y creando una especie de clímax de pesadilla en el que los acontecimientos se convierten en una sucesión de puntos de giro a cada cual más irreal (incluso bajo la premisa de esa última partida de rol que comienza de un modo ciertamente atractivo). En realidad, es un final acorde a la temporada; el problema es que la temporada ha sido, de por sí, un delirio constante de idas y venidas dramáticas muchas veces desvinculadas unas de otras.

Un claro ejemplo es todo ese arco argumental centrado en el personaje de Lili Reinhart (Alguien está vigilándote) y esa comunidad sectaria en la que se introducen familiares y amigos. A pesar de los intentos por incluirla y vincularla con el resto de tramas, en ningún momento logra ser parte de la historia de la serie, convertida más en una suerte de apéndice con vida propia al que recurrir en determinados y necesarios momentos. El hecho de que los personajes se vayan introduciendo en ese universo paralelo cada vez más y que, sin embargo, no parezca tener efectos en la vida de la serie más allá de secuencias puntuales es algo que termina por debilitar al conjunto, que parece temeroso de explorar esta historia y ver sus posibilidades dramáticas reales. Solo al final del trayecto, cuando todo se precipita, adquiere interés. El hecho de que hayan quedado las puertas abiertas a continuar este arco dramático en la cuarta temporada da una idea de que tal vez, y solo tal vez, habría sido mejor dejar los tejemanejes de esta secta para otro momento, y destinar todos los esfuerzos a la partida de rol en vivo que los personajes son obligados a jugar.

La serie deja varios momentos muy interesantes. Sin ir más lejos, esa recreación de la vida de los personajes adultos durante su etapa de instituto, utilizando para ello a los actores jóvenes (que, por cierto, adquieren notablemente bien los gestos y rasgos definitorios de los adultos) y vistiéndoles, al menos en un primer momento, de forma muy parecida al cómic, en especial a Jughead. Asimismo, el desarrollo de la vida personal del rol al que da vida Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) también permite ampliar la mirada sobre este universo adolescente, y aunque es víctima del tratamiento errático de la serie a todos sus elementos, no deja de ofrecer aspectos enriquecedores que, esperemos, tengan continuidad en el futuro de esta ficción. De hecho, no es únicamente esta trama secundaria la que resulta interesante, lo que invita a pensar que sus creadores siguen haciendo crecer el trasfondo sobre el que se dibujan las tramas principales, aunque en este caso lo hacen de un modo algo irregular.

El principal problema de la tercera temporada de Riverdale es la excesiva carga de líneas argumentales. Para que cualquier ficción funcione de forma orgánica es necesario que exista una trama principal y varias secundarias, eso es indudable. Pero a esta definición hay que añadir que el peso dramático de cada una de ellas tiene que ser diferente. Tienen que complementarse. Y en esto es en lo que ha fallado la serie en esta etapa, planteando varios arcos dramáticos con un mismo peso específico, lo que obliga a destinar tiempo y metraje para su desarrollo, restándoselo a otros elementos que, por desgracia, hacen que la serie cojee en muchos momentos, perdiendo algo de interés y, lo que posiblemente sea la peor parte, presentando una evolución errática y sin consolidar las motivaciones de los personajes. Solo cabe esperar que la serie vuelva a una senda algo más pausada, manteniendo ese espíritu de reinventarse constantemente pero sin los excesos de estos episodios.

2ª T. de ‘Riverdale’, o el viaje al lado oscuro de los personajes


El cine es conflicto. Pero dentro de ese conflicto pueden existir muchos matices. Puede ser un conflicto arquetípico, héroes contra villanos sin claroscuros. Puede ser un conflicto interno entre dos opciones contrapuestas. O puede ser una mezcla de ambas, con todas las variaciones que puedan imaginarse. Y en cierto modo, eso es lo que propone la segunda temporada de Riverdale, la serie basada en los cómics de Archie que, lejos de seguir la estela del papel, ha optado por crear personajes y tramas algo más oscuros, con muchas caras ocultas. Lo que cabe preguntarse es si estos 22 episodios abordan correctamente esos contrapuntos, y es ahí donde encontramos ciertos desequilibrios.

Esta segunda etapa de la ficción creada por Roberto Aguirre-Sacasa (serie Glee) se revela como una trama mucho más oscura en todos sus aspectos, tanto narrativos como visuales. Con un asesino en serie como leit motiv principal, el arco dramático general se construye como un árbol a partir de sus historias secundarias, desde algunas más inocuas como la protagonizada por Cheryl Blossom (Madelaine Petsch, vista en F*&% the Prom) hasta otras más complejas como la de la heroína interpretada por Lili Reinhart (Alguien está vigilándote). Todo ello, manejado magistralmente por sus creadores, genera un desarrollo orgánico, capaz de apoyarse en una u otra trama según las necesidades y alimentándose de todas ellas para crear un final álgido y, aunque previsible para muchos, no por ello menos interesante.

Entonces, ¿dónde están los desequilibrios? Fundamentalmente en la evolución de los personajes, sobre todo del héroe de esta historia, al que da vida K.J. Apa (Altar Rock). Soy consciente de que su viaje al lado oscuro era más que necesario para poder dar a la serie un tono alejado de la clásica serie adolescente, pero el proceso vivido en esta segunda temporada de Riverdale genera más dudas que certezas. Bajo la teoría de que es un joven inocente que desconoce los entresijos y tejemanejes de los adultos, este ejemplo de hijo, amigo y novio que es Archie Andrews se deja manejar por los villanos de turno motivado, a su vez, por un deseo de justicia y venganza. Y aunque en alguna que otra ocasión la trama trata de jugar con la idea de que el manipulado pueda llegar a ser el manipulador, la realidad es que el personaje llega a unos extremos no solo poco coherentes con su propia naturaleza, sino del todo ilógicos para cualquier persona con cierto sentido común.

Por suerte o por desgracia, esta debilidad queda más o menos disimulada en el desarrollo con la fuerza dramática del resto de tramas secundarias. “Por suerte” porque la temporada, en líneas generales, logra salir airosa de la prueba, adquiriendo un tono más oscuro, más dramático. “Por desgracia” porque, en teoría, el mayor peso debería haberlo llevado el conflicto interno del protagonista, que debería haber luchado entre sus ansias de venganza y justicia y su educación, y no ha sido así. Sea como fuere, el resultado final es el que se busca: un perfil más trágico de la historia, desvelando no solo secretos del pasado (seña de identidad de estas dos temporadas) sino el lado más “peligroso” de unos personajes aparentemente planos dramáticamente hablando.

Un universo mayor

La segunda temporada de Riverdale también ha dejado constancia de que una serie, si quiere sobrevivir, necesita crecer, expandirse. Evidentemente, el apartado dramático de los protagonistas es esencial, pero es igualmente importante cuidar el contexto, el mundo en el que se mueven. Y en esto los 22 capítulos que componen esta etapa también aciertan al desarrollar muchos de los elementos planteados en la primera temporada y dotarlos de una vida propia. El caso más evidente es el del villano interpretado por Mark Consuelos (Todo lo que teníamos), personaje planteado en la anterior etapa y que ahora, como padre de Verónica Lodge y antagonista principal, ha adquirido una mayor y más interesante dimensión.

Aunque sin duda el más importante por cómo afecta al desarrollo de la trama es la presencia de los Serpientes. Planteados inicialmente como un grupo de moteros al más puro estilo Hijos de la Anarquía, esta segunda temporada se centra más en la versión adolescente de los mismos, en esa especie de familia formada en el instituto entre todos los pertenecientes a la banda. El modo en que se trata la evolución del rol de Cole Sprouse (La magia de Santa Claus) para convertirse en líder del grupo es sencillamente ejemplar, contrastando notablemente con el tratamiento del rol de Apa. Durante la primera temporada Jughead ya fue uno de los personajes más interesantes del relato, puede que el más interesante, pero en esta continuación simplemente se convierte en el verdadero protagonista. Su historia, su forma de afrontar los retos y el carácter dramático de un joven que une dos mundos muy diferentes (periodismo y literatura con violencia y delitos) le destinan a convertirse en el motor de buena parte de la serie.

El final de esta etapa, al igual que ocurrió con la primera temporada, deja cerradas todas las líneas argumentales abiertas y plantea una nueva trama principal de cara a la tercera parte. Sin embargo, y a diferencia de lo ocurrido antes, en esta ocasión ninguno de los personajes se encuentra en el mismo punto en el que empezó, ni física ni dramáticamente hablando. Esto provoca que estos episodios sean, por necesidad, sumamente importantes para la serie, un punto de inflexión que, más allá del tratamiento o de los fallos que puedan existir, marca un antes y un después para todos los personajes psicológicamente hablando.

El modo en que esto se aborde queda ya en manos de la tercera temporada. De lo que no cabe duda es de que esta segunda etapa de Riverdale es, en líneas generales, más y mejor de lo que ofreció la temporada inicial. Más porque introduce nuevos personajes llamados a ser parte importante de la trama; mejor porque ofrece más intriga y explora las partes menos conocidas de unos personajes aparentemente arquetípicos que, poco a poco, van descubriendo que tienen más caras de las que podría pensarse en un primer momento. Es cierto que el tratamiento no ha sido igual para todos, que existen altibajos dramáticos y que algunas evoluciones dramáticas no son demasiado sólidas, pero el conjunto es capaz de sobreponerse a los errores siempre y cuando no se sigan arrastrando temporada tras temporada. Pero en líneas generales, esta serie adolescente confirma que todavía se pueden reinterpretar los géneros, en este caso la ficción adolescente.

‘Riverdale’, intriga policíaca con tintes adolescentes en su 1ª T.


Las adaptaciones de cómics de superhéroes en cine y televisión se han convertido en algo tan habitual, rutinario incluso, que cuando se produce un salto de las viñetas a la pantalla de un personaje sin superpoderes resulta cuanto menos intrigante. Y si es de unos cómics tan conocidos como los de Archie (de los que han salido personajes como la bruja Sabrina o ‘Josie y las Pussycats’), la intriga se convierte en curiosidad, sobre todo si se hace una ficción capaz de combinar el sentido original de estos personajes con una trama puramente policíaca, con asesinato de por medio y con numerosos sospechosos a los que apuntar. Todo eso y más es Riverdale, serie creada por Roberto Aguirre-Sacasa (Carrie), cuya primera temporada de 13 capítulos es un ejercicio de equilibrismo entre el espíritu adolescente y el drama adulto.

Porque, en efecto, la esencia de los cómics de Archie se mantiene, con un joven pelirrojo envuelto en una especie de triángulo amoroso con dos chicas, una rubia y otra morena. Pero a partir de esta premisa, que se deja caer a lo largo del arco argumental de estos primeros episodios para no olvidarla en ningún momento, la serie toma un sendero muy diferente, convirtiendo este pacífico pueblo en una especie de escenario propio de Agatha Christie en el que todos los personajes, o casi todos, tienen un interés oculto y, por lo tanto, son potenciales asesinos del joven cuyo cadáver desencadena la acción. Un ‘Twin Peaks’ adolescente que ofrece algo más a los espectadores que la simple problemática de este tipo de series, lo que permite además que la trama avance en una dirección muy concreta, algo que siempre es de agradecer.

En efecto, Aguirre-Sacasa aprovecha la intriga principal de Riverdale para deshacer el triángulo amoroso, al menos en esta primera temporada, y dar salida a una situación que podría haberse encallado fácilmente desde el primer momento. A través de esta conexión entre los diferentes aspectos del argumento, la serie compone un mosaico de personajes a través de diferentes generaciones que se auto enriquece a medida que se va tirando del enmarañado hilo que compone el misterio que rodea a este típico pueblo estadounidense. Es precisamente la investigación de los jóvenes lo que, por ejemplo, pone al descubierto varias mentiras y secretos ocultados durante años, logrando de esta forma solventar también varias de las tramas secundarias que amenazaban con enredar de forma innecesaria una historia bien construida.

Que esta serie adolescente se desmarque notablemente del carácter que suelen tener este tipo de producciones se debe fundamentalmente a esa apuesta por un suspense más propio de un thriller policíaco, lo cual no solo redunda en su beneficio, sino que abre muchas más posibilidades dramáticas para un futuro que llegará a Estados Unidos en octubre. Un futuro, por cierto, que ya planta su semilla en el último episodio de esta primera tanda de capítulos, lo que me lleva a otro acierto en la trama: resolver el caso policial en una única temporada permite, por un lado, explorar nuevas historias, nuevos dramas y, en caso de ser necesario, viejos triángulos amorosos. Pero por otro, evita que la serie caiga en su propia trampa y se quede girando sobre los mismos pilares narrativos una y otra vez.

Adolescentes nuevos y veteranos

Posiblemente otro de los atractivos de Riverdale sea su reparto. En lugar de optar por caras famosas o conocidas que pudieran atraer al gran público (y deslucir algo el resto de interesantes elementos de esta ficción), sus responsables han optado por combinar caras semidesconocidas para los roles principales con rostros más asentados entre los espectadores para los personajes que rodean a los cuatro protagonistas. Actores algunos de ellos, por cierto, que tuvieron su momento de fama adolescente hace años, lo que añade un plus de interés para una parte del público que pueda acercarse a este drama de suspense.

De hecho, de los cuatro protagonistas el único más conocido es Cole Sprouse, el hijo de Ross en Friends y uno de los gemelos de las series protagonizadas por Zack y Cody para Disney Channel. Para el resto se puede decir que es su primer papel relevante, y desde luego aprueban con nota el reto. Ya sea Archie Andrews (K.J. Apa, visto en la serie The Cul de Sac), Betty Cooper (Lili Reinhard -Los reyes del verano) o Veronica Lodge (Camila Mendes, para la que literalmente es su primera incursión ante las cámaras), todos ellos quedan definidos como personajes poliédricos, más complejos de lo que inicialmente parecen ser. Su complejidad se va desarrollando a medida que avanza la serie, creciendo con ella y aportando una profundidad mayor a algunas de las decisiones y actuaciones que se producen en la segunda mitad de la trama.

Aunque posiblemente el personaje interpretado por Sprouse sea el más interesante. Narrador de esta compleja y dramática historia, el rol de Jughead pasa de ser espectador a implicarse en la acción, de ser el amigo de… a un activo fundamental para entender buena parte de los acontecimientos que se narran. Y el joven actor no solo se encuentra a la altura del reto, sino que es capaz de dotar a su personaje de una perturbadora mirada que encuentra su justificación en un final de arco dramático tan esperado como interesante por el modo en que cambia las reglas del juego tanto para él como para los que le rodean. Sin duda será uno de los elementos más difíciles de abordar en los capítulos que están por venir, sobre todo porque posiblemente de él dependa buena parte de la coherencia de toda la serie.

Sea como fuere, y sin adelantar acontecimientos, la primera temporada de Riverdale trata de alejarse del rol de producción adolescente para adentrarse en el thriller dramático al más puro estilo de las series policíacas. Y el intento ha sido un éxito. A pesar de algunos matices secundarios que pueden chirriar ligeramente en el desarrollo normal de la serie (algunas historias secundarias, como la de Archie con una de las Pussycat, es poco menos que innecesaria), lo cierto es que estos 13 episodios son un buen ejemplo de que se puede hacer algo para el público adolescente sin recurrir a los romances imposibles, a problemas de instituto o a conflictos con los padres. En mayor o menor medida, todo esto está presente en esta ficción, pero de un modo casi secundario, complementario a una intriga principal cuya resolución no solo resulta impactante, sino que deja una puerta abierta a una segunda temporada igual de interesante.

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