El invierno ya ha llegado a la séptima temporada de ‘Juego de tronos’


El tramo final de cualquier relato, lo que en cine se conoce como el tercer acto, se caracteriza por una mayor acción, menos desarrollo dramático y la resolución de los conflictos planteados durante las secuencias anteriores. De ahí que ver el final de una película sin conocer lo que ha ocurrido antes puede llevar a engaño, frustración o decepción. ¿Y qué tiene esto que ver con Juego de tronos? Pues en realidad todo. Porque su séptima temporada, más corta que las anteriores, está planteada como eso, como el comienzo del fin. El invierno ha llegado a la trama, pero también al tratamiento que David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss llevan a cabo en estos 7 episodios.

Y es que la historia ha entrado en una recta final frenética, marcada notablemente por la acción, la espectacularidad y los dragones. Vamos, todo lo que los seguidores han estado esperando durante años. Atrás han quedado, o al menos han sido relegados a un segundo plano, los largos y densos diálogos, las miradas capaces de explicar todo un universo complejo de emociones y las intrigas palaciegas. Siguen existiendo, claro está, pero su protagonismo merma considerablemente. Que esto sea mejor o peor es a gusto del consumidor, pero personalmente creo que entrar en estas discusiones aleja la atención del verdadero problema de esta temporada, que abordaré más adelante.

Este problema, del que se derivan muchos otros aspectos, no debe ser óbice para poder disfrutar de una de las temporadas más intensas de Juego de tronos. El ritmo de sus episodios es endiablado, sus personajes han evolucionado coherentemente y, en definitiva, todas las piezas se han ubicado en este tablero que es Poniente para poder dar salida a las tramas secundarias que hayan quedado todavía con vida. Esto ha permitido a sus creadores, por tanto, centrarse en el grueso de los personajes principales, en unificar las diferentes historias en una sola mucho más épica y grandilocuente en la que la espectacularidad es la protagonista.

Los guiones de estos episodios, por tanto, sustentan su atractivo mucho más en la acción. Y precisamente esa apuesta, dado que todavía existen muchos frentes abiertos, es la que provoca la aparición intermitente, en algunos casos demasiado intermitente, de determinados personajes, por no hablar de que su protagonismo en pantalla se ha reducido a la mínima expresión. Dicho de otro modo, la trama pone toda su atención en la lucha por el trono y en la lucha contra los muertos, dejando por el camino varios cadáveres dramáticos que pueden llegar a echarse de menos, sobre todo porque su desaparición no parece estar más justificada que por las necesidades dramáticas del momento.

Menos tiempo

Antes mencionaba que existe un gran problema en esta temporada, y ese es el tiempo. El hecho de que sean tan solo 7 episodios hace hincapié en dos cosas. Por un lado, que estamos ante el final de uno de los eventos televisivos más importantes de la historia. Y por otro, que existen menos minutos para narrar la historia. De hecho, más de dos horas de metraje con respecto a las anteriores temporadas de Juego de tronos. Y eso obliga a los guionistas a concentrarlo todo en menos espacio dramático. El resultado es, más allá de saltos temporales y viajes que parecen casi teletransportar a los protagonistas, una ausencia de intriga, de diálogos profundos que obliguen a la reflexión o a la búsqueda de intenciones ocultas.

Es más, todo en esta séptima etapa está enfocado a hacer avanzar la acción lo más rápido posible. El final de temporada, espectacular como siempre, es el resultado de ese proceso. Lo malo es que se quedan muchas cosas por el camino. Lo bueno es que la serie gana en dinamismo. Por supuesto, eso no quiere decir que no siga existiendo una parte de estrategia y de intriga. Sin duda, los acontecimientos de Invernalia son el mejor reflejo de ese pequeño resquicio que, como muchas cosas en esta etapa, termina muriendo (y no diré más para no desvelar nada). Pero no dejan de ser una pequeña isla en una trama mucho más directa y menos dada a subterfugios.

Puede que la mejor prueba de ello sea el último episodio y varias resoluciones dramáticas que se dan a lo largo de la temporada, algunas con un mayor impacto que otras. Todos los secretos, salvo la gran incógnita en torno al Rey de los Caminantes Blancos, parecen quedar resueltos en esta especie de final previo al gran final que parece anunciarse en la última temporada, aún más corta que la que ahora termina. Secretos, por cierto, que incluyen el verdadero origen de Jon Snow en una revelación que, por el momento en el que se hace y las imágenes que se muestran, puede tener muchas consecuencias.

Ahora lo importante es analizar esta séptima temporada de Juego de tronos, y el resultado no puede ser más diferente a lo visto hasta ahora. Esta es la única valoración objetiva que se puede hacer. A partir de aquí, las impresiones personales de cada uno. La serie apuesta por la acción más visual, por sacar el máximo partido a los combates, a sus dragones y a los enormes ejércitos que parecen no terminarse nunca a pesar de las cruentas batallas. Los diálogos, las conspiraciones y los asesinatos protegidos por las sombras parecen haber terminado, o al menos haber perdido protagonismo. No sé si esto convierte esta temporada en mejor o peor que las anteriores, pero sin duda deja algunos de los momentos más épicos de la serie, así como algunas de las secuencias mejor rodadas de toda esta historia. El invierno ha llegado para todos, como demuestra uno de los últimos planos de la temporada, y la pregunta que queda por hacerse es si los héroes serán capaces de sobrevivir a él. Para saberlo habrá que esperar a los seis episodios de la octava temporada.

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‘Juego de tronos’ logra su máximo esplendor en su 6ª temporada


Jon Nieve a punto de entrar a luchar en la batalla de los bastardos en la 6ª T. de 'Juego de tronos'.Si alguien quiere entender por qué Juego de tronos es una de las mejores producciones televisivas de la actualidad, si no la mejor; si alguien quiere entender por qué la serie que adapta las novelas de George R.R. Martin es una de las mejores de la historia; y si alguien quiere entender, en definitiva, el fenómeno adaptado a la pequeña pantalla por David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss que atrae tanto a los fans como a los mayores detractores de la fantasía, que se siente a ver con pausa y atención la sexta temporada. Porque no solo es la mejor entrega, sino que posiblemente sea el mejor desarrollo narrativo y de personajes que se vea en una producción cinematográfica o televisiva.

Los 10 episodios que componen esta etapa son, de forma individual y en su conjunto, una carrera hacia adelante perfectamente ejecutada. Una de las mayores críticas que se han hecho a la serie (y que en comentarios anteriores he suscrito) es la falta de desarrollo de algunas tramas, lo que deriva en falta de ritmo en muchos momentos de la historia, que necesita situar a los personajes en el tablero de juego que representa Poniente. Una carencia que no solo ha sido subsanada en esta primera temporada libre del yugo de las páginas impresas de Martin, sino que ha sido sustituida por una constante sucesión de giros argumentales que, además de hacer avanzar la trama a pasos agigantados, ha permitido a los personajes crecer y convertirse en lo que se espera de ellos desde hace mucho, mucho tiempo.

El mejor y más claro ejemplo es el de Sansa Stark, una Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) que por fin ha salido del cascarón para convertirse en el personaje que se intuía ya desde la cuarta temporada. La evolución que ha tenido, aunque irregular, es tan espectacular que roba buena parte del protagonismo al resto de roles que rodean a esta pelirroja de carácter cada vez más fuerte. Su papel en el destino de Invernalia y de los personajes involucrados en esta trama principal no solo es clave, sino que se antoja indispensable para el futuro, siendo por tanto el catalizador de la evolución que sufra la serie desde este punto de vista. Asimismo, el papel de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), aunque fuerte desde las primera temporadas, parecía tener también un carácter dubitativo que se pierde por completo en estos episodios, lo que define mejor al personaje y le dirige hacia un final que se presume apoteósico.

Porque, en efecto, la sexta temporada de Juego de tronos es lo que podría considerarse como el paso del segundo al tercer acto de la historia. Todos los personajes, sin excepción, han dejado a un lado sus dudas existenciales, los problemas que arrastran o los dilemas morales y sociales que les impiden avanzar para dar rienda suelta a su verdadera personalidad, a sus deseos largamente anhelados pero siempre ocultados bajo capas y capas de intereses familiares, de problemas externos o de decisiones equivocadas. Una decisión dramática que tiene sus consecuencias, es cierto (sin ir más lejos, que los personajes lleguen a descontrolarse), pero que en esta ocasión, y dado que hay una base más que sólida de cinco temporadas, no solo es necesaria, es perfecta.

Menos personajes, más impacto

Aunque posiblemente la mejor decisión de los creadores, y eso es algo que puede deberse a que la historia ha adelantado a las novelas, es la eliminación de muchos, muchísimos personajes secundarios de cierto peso que terminaban por lastrar el avance de la historia precisamente por el interés de sus tramas particulares. Gracias a esta apuesta la trama no solo se carga de mayor peso dramático, sino que se aligera de historias que tenían poco o ningún sentido, centrándose en las intrigas principales, léase Lannister, Stark y Targaryen. Esta alternativa de Benioff y Weiss tiene su principal efecto en los numerosos momentos de carga dramática y espectacularidad de la temporada, posiblemente más que ninguna de sus predecesoras, aportando un dinamismo nunca visto hasta ahora.

Claro que a esto se suman villanos de nuevo cuño cuya fuerza es tal que convierte a los tradicionales “malos” en auténticos angelitos víctimas de un dolor y una humillación sin precedentes. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de Juego de tronos, donde la venganza no es que se sirva fría, es que directamente es un témpano de hielo. Pero refranes aparte, lo cierto es que la introducción de estos antagonistas, muchos de la temporada anterior, dota al conjunto de una frescura incomparable, pues genera nuevas tensiones dramáticas que complementan a las ya existentes y a las creadas también por la muerte o partida de esos personajes secundarios.

Antes he mencionado que esta temporada, la sexta, es posiblemente la que posea más episodios determinantes. Los más fieles seguidores estarán acostumbrados a que el episodio 9 sea el gran evento. Ya en la anterior temporada los últimos capítulos fueron, en realidad, todo un ascenso dramático y épico de consecuencias imprevistas. Pero en esta, en parte también por el precedente de la quinta, son prácticamente todos los episodios que impactan al espectador, ya sea por su fuerza épica, dramática o de intriga. Sin revelar grandes detalles, el episodio tres, el cinco, el ocho son grandes ejemplos para los guionistas acerca de cómo manejar los tiempos narrativos para generar emotividad, dramatismo o suspense. La pregunta que se plantea entonces es: ¿si la temporada es así, qué ocurre en el noveno episodio? Bueno, digamos que posiblemente es el mejor de toda la serie, y que contiene una de las mejores batallas del séptimo arte.

Y como colofón, un último episodio que no solo deja las piezas perfectamente agrupadas para la esperada guerra entre familias, sino que desvela, por fin, a qué podría hacer referencia esa ‘Canción de Hielo y Fuego’ que da nombre a la saga literaria. El origen de uno de los personajes más importantes de la serie permite la cuadratura del círculo, la integración de todas las historias. Y abre ante el espectador un futuro prometedor que, de repetir lo conseguido en esta secta temporada de Juego de tronos, convertirá a la serie en un pilar narrativo y audiovisual fundamental para el futuro del cine y la televisión. Un esplendor que, todo hay que decirlo, es difícil que se repita, pero que en cualquier caso convierte a esta etapa en la mejor de la serie. Y con el esplendor ha llegado el invierno.

5ª T de ‘Juego de Tronos’, el arte de lograr que menos sea más


Peter Dinklage y Emilia Clarke, en un momento de la quinta temporada de 'Juego de Tronos'.Uno de los comentarios que más se han oído durante la quinta temporada de Juego de tronos ha sido que no ocurre nada, que su trama no avanza y que sus personajes se mantienen en una constante tensión que no lleva al argumento a ninguna parte. Personalmente soy de la opinión de que eso, en una serie como la creada por David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss, no puede ocurrir ni aunque se intente. Pero incluso aunque eso fuera verdad, aunque su historia se hubiera anquilosado levemente, su final ha sido, con diferencia, el más impactante de toda la serie. Y no me refiero solo al episodio 10. Ni siquiera al ya famoso episodio 9.

En realidad, esta última temporada es un ejercicio minuciosamente medido para llevar al espectador en un viaje cuyo final le resulta inesperado (salvo para aquellos que hayan leído los libros, claro está). El desarrollo dramático de sus tramas principales responde a la teoría de los tres actos de forma casi milimétrica. Así, durante los tres primeros episodios se plantean las posiciones de los principales personajes. Los cuatro siguientes desarrolla los conflictos planteados, llevando a muchos de los protagonistas a situaciones límite. Y el tercer acto, o los tres últimos episodios, es un festival de emociones, de giros argumentales impactantes y de clímax indescriptibles. Repasando mentalmente el camino que han tomado estos 10 nuevos episodios la pregunta que nos debe asaltar es si realmente es cierto eso de que no ha pasado nada.

Si algo caracteriza a Juego de tronos casi desde el comienzo es que menos es más. Salvo contadas excepciones, la serie siempre se ha sentido más cómoda entre intrigas palaciegas, luchas de poder en la sombra y traiciones familiares que entre impactantes revelaciones, normalmente limitadas al episodio 9. Y desde luego la quinta temporada es uno de los mejores ejemplos, como demuestra la conversación entre los roles de Peter Dinklage (X-Men: Días del futuro pasado) y Emilia Clarke (Dom Hemingway), uno de los mejores momentos de la temporada. El magistral desenlace que ha tenido esta entrega invita a reflexionar sobre el papel que han jugado todos los acontecimientos previos. Un papel imprescindible para comprender no solo el futuro de muchos de los personajes, sino los cambios emocionales, morales y físicos que sufren casi todos. Es, en este sentido, una temporada de transición, después de ese giro dramático que supuso la cuarta temporada. Una transición necesaria pero para nada aséptica.

Desde luego, lo más interesante son las lecturas que se hacen de las decisiones y las motivaciones de los principales personajes. Estamos tan acostumbrados a ver cómo los personajes de George R. R. Martin logran más o menos los objetivos más inmediatos que nunca nos hemos parado a pensar en las consecuencias de sus actos. Y eso, en definitiva, es el argumento de esta serie. Si el clan Lannister está acostumbrado a gobernar pisoteando a los demás, en esta temporada sus acciones tienen consecuencias imprevistas. Cuando la Khaleesi cree que puede gobernar simplemente liberando esclavos, una rebelión se alza contra ella. Y si los Stark creen que pueden seguir adelante sin pagar un alto precio, bueno… en este tema es mejor no entrar demasiado.

Tramas insustanciales

El resumen de todo el análisis anterior podría ser que, aunque no lo parezca, la trama avanza de forma notable, e incluso se producen cambios mucho más profundos en los personajes de lo que había podido verse hasta ahora. Sin embargo, eso no impide que hayan existido, casi por primera vez, tramas que no han aportado mucho, al menos a lo largo de la temporada (parece evidente que algo desencadenarán en la sexta entrega). Una de ellas es la historia ambientada en Dorne, ciudad a la que España ha dado vida y que, todo sea dicho, no ha sabido explotar más que la belleza de los escenarios. Su trama, un rescate secreto que se tuerce y que tiene como protagonista a Jaime Lannister (de nuevo Nikolaj Coster-Waldau, visto en Oblivion), se desarrolla con más pena que gloria, sin generar demasiado interés y preocupada más en mostrar los rasgos de esta nueva casa, intuidos en la temporada anterior, que por ofrecer algo consistente al espectador. Al menos hasta el último episodio.

También resulta sorprendente el tratamiento dado al personaje de Sophie Turner (Mi otro yo), una Sansa Stark que parecía haber madurado al final de la cuarta temporada y que, de nuevo, vuelve a ser esa niña atemorizada y traumatizada por el mundo de violencia y sangre en el que vive. Un giro que no logra funcionar demasiado bien en la definición de su personaje pero que, por otro lado, ayuda a consolidar la historia de Invernalia como una de las mejores, permitiendo además que otro personaje recoja el testigo de rol más odiado de la ficción. Sentimientos aparte, lo cierto es que su indefinición no hace sino jugar en su contra, no solo porque convierte a ese personaje en un ser débil y manipulable, sino porque no logra evolucionar, algo que en Juego de tronos no puede mantenerse por demasiado tiempo.

Y no puedo dejar de mencionar, aunque sea sutilmente, el final de esta quinta temporada. Como decía a más arriba, no se trata solo del último episodio, sino de todo el tercer acto de esta etapa. Tres finales de episodio simplemente indescriptibles, cada uno magistral en su concepción. Todos ellos han revelado aspectos muy significativos de la historia, más allá de la espectacularidad que puedan presentar en sendas batallas que superan, en muchos aspectos, a las mostradas hasta ahora. Aunque si hay algo que dejará sin palabras a los espectadores será la conclusión del episodio 10, un auténtico gancho dramático que, casualidad o no, tiene una clara influencia de uno de los episodios más conocidos de la Roma Clásica. Un final que, de ser cierto, cambia las reglas del juego por completo, obligando a tomar una nueva dirección que puede ser tan interesante como peligrosa.

Tal vez no sea la mejor temporada de Juego de tronos. La verdad es que la tercera y la cuarta entregas han sido insuperables. Pero desde luego mantiene el altísimo nivel dramático y técnico de toda la serie. De nuevo, sus creadores demuestran que no es necesario que ocurran grandes acontecimientos para que una producción sea capaz de crear expectación. La sensación de vivir una calma antes de una violenta tormenta, de que en ese remanso de paz todo se mueve para producir un terremoto que sacuda los cimientos dramáticos de la serie, está presente en todo momento. Benioff, Weiss y R. R. Martin vuelven a demostrar que menos es más. Y lograr que eso sea tan eficaz como lo es en esta serie es todo un arte.

El Oeste más gamberro se bate en duelo por dominar la cartelera


Estrenos 4julio2014Poco a poco el verano cinematográfico va tomando forma. Si el pasado mes de junio fue un poco flojo en lo que a grandes estrenos se refiere (lo que se ha acusado, y mucho, en la taquilla), este julio se prevé algo más interesante, con propuestas variadas que tienen posibilidades de convertirse en reyes de la cartelera. Hoy, 4 de julio, Día de la Independencia norteamericana, llegan una serie de novedades que sin duda poseen los alicientes necesarios para convertirse en las más taquilleras. Humor gamberro, drama romántico adolescente, thriller, … Prácticamente todos los géneros se dan cita en estos 8 films en los que participan, además, desde actores consagrados a actrices porno que buscan consolidar su papel en la industria más tradicional.

Si comenzamos por los títulos más importantes es indispensable hablar de Mil maneras de morder el polvo, nueva divertida y gamberra propuesta de Seth MacFarlane (Ted) quien no solo dirige y escribe, sino también protagoniza esta disparatada historia ambientada en el Lejano Oeste, un peligroso lugar donde, como reza el título original, hay un millón de maneras distintas de morir. La trama comienza cuando un cobarde ovejero es abandonado por su novia después de renunciar a un duelo. Será en sus horas más bajas cuando conocerá a una hermosa y misteriosa mujer que le devolverá la ilusión, pero que también le traerá la desgracia, pues su marido es ni más ni menos que un violento y famoso forajido, al que tendrá que derrotar si quiere salvar la vida y a la chica. Junto a MacFarlane encontramos un puñado de actores tan conocidos como Charlize Theron (Blancanieves y la leyenda del cazador), Liam Neeson (Non-Stop), Amanda Seyfried (Los miserables), Giovanni Ribisi (Contraband), Neil Patrick Harris (serie Cómo conocí a vuestra madre) y Sarah Silverman (Escuela de pringaos).

Una alternativa muy distinta, también procedente de Estados Unidos, es Bajo la misma estrella, drama adolescente de corte romántico basado en la novela de John Green que narra la relación amorosa que entablan dos jóvenes con cáncer. Ambos lucharán por convertir el tiempo que les queda en algo inolvidable, y para ello llegarán a viajar a Ámsterdam para conocer al escritor favorito de uno de ellos. Dirigida por Josh Boone (Un invierno en la playa), la cinta cuenta en su reparto con Shailene Woodley y Ansel Elgort, ambos protagonistas en Divergente (2014), como pareja principal, a los que se suman Nat Wolff (Paz, amor y malentendidos), Laura Dern (Parque Jurásico), Sam Trammell (serie True Blood) y Willem Dafoe (El gran hotel Budapest), entre otros.

Los adolescentes también son protagonistas en The kings of summer, comedia dramática norteamericana del 2013 que aborda el sueño de un grupo de jóvenes de independizarse. Hartos de convivir con sus padres se fugan sin rumbo fijo hacia la naturaleza con el único plan de construir una casa y vivir dueños de su propio destino. Sin embargo, ese mismo destino les deparará un sinfín de sorpresas. Jordan Vogt-Roberts, director habitual de series de televisión, debuta de este modo en el largometraje, contando para ello con Nick Robinson (serie Melissa & Joey), Gabriel Basso (Super 8), Moises Arias (El juego perfecto), Nick Offerman (Somos los Miller), Megan Mullally (Tocando fondo) y Alison Brie (Eternamente comprometidos) como principales intérpretes.

Dejamos Estados Unidos para centrarnos en Un largo viaje, una coproducción angloaustraliana de 2013 que adapta el best seller homónimo y autobiográfico de Eric Lomax. La trama comienza cuando Lomax, oficial británico fascinado desde su infancia por los trenes, es capturado durante la II Guerra Mundial y enviado a un campo de trabajo para construir la línea férrea entre Birmania y Tailandia. Durante su cautiverio deberá soportar condiciones inhumanas y un amplio abanico de torturas. Años después, y una vez finalizada la guerra, la vida tranquila de Lomax se verá alterada cuando descubra que un joven oficial encargado de su tortura sigue vivo. Dirigida por Jonathan Teplitzky (Burning man), uno de los elementos más destacados de este drama es su reparto, encabezado por Colin Firth (Un plan perfecto), Nicole Kidman (Stoker), Jeremy Irvine (Grandes esperanzas) y Stellan Skarsgård (El médico), a los que se suman Jeffrey Daunton (Servicios muy personales), Michael MacKenzie (Night people), Hiroyuki Sanada (Lobezno inmortal) y Tanroh Ishida (Sennen no yuraku).

La gran representante española es Open Windows, nueva película de Nacho Vigalondo (Los cronocrímenes) que, enmarcada en el thriller, experimenta con diferentes cámaras y formatos audiovisuales para contar una historia que arranca cuando un joven es rechazado por una importante y deseada actriz después de que el primero ganara un concurso cuyo premio era una cita con la estrella. Cuando todo parece perdido un hombre le propondrá seguir todos los pasos de la mujer, incoándose un macabro juego de acoso, terror y misterio en el que ambos personajes serán solo piezas prescindibles. El director cántabro cuenta para la ocasión con Elijah Wood (Grand piano) y la ex actriz porno Sasha Grey (The girlfriend experience) como principales protagonistas del reparto, que se completa con Neil Maskell (serie Utopía), Ivan González (El borde del tiempo), Adam Quintero (Propios y extranos) y, como es habitual, el propio Vigalondo.

Otro nombre propio de este fin de semana es el de Jean-Pierre Jeunet (Amelie), quien regresa tras cuatro años de ausencia con El extraordinario viaje de T.S. Spivet, una aventura familiar con toques dramáticos que, como es habitual en el cine del francés, está plagada de personajes y situaciones de lo más surrealistas. La trama de esta producción francocanadiense del 2013 narra el viaje realizado por un pequeño genio de 12 años que vive en un rancho en Montana. Su pasión por la cartografía y los inventos le llevará a ganar un premio otorgado por una importante institución científica, por lo que el joven se armará con su maleta dispuesto a recorrer Estados Unidos de una punta a otra. El reparto está encabezado por Helena Bonham Carter (El llanero solitario), Kyle Catlett (serie The following), Judy Davis (A Roma con amor), Robert Maillet (Pacific Rim), Callum Keith Rennie (serie La tapadera) y Dominique Pinon (Micmacs).

España también está presente en la producción de El secreto del cofre de Midas, cinta de aventuras de 2013 que también cuenta con financiación del Reino Unido y que se ambienta en la época victoriana. En concreto, la trama sigue a un joven londinense cuyos padres desaparecen misteriosamente. Responsable de un hermano menor, su vida cambiará cuando unos desconocidos secuestren al pequeño, lo que le llevará a iniciar un viaje a una remota isla acompañado de un aventurero que persigue intereses similares. Jonathan Newman (Hogar de acogida) es el encargado de dirigir a un puñado de actores conocidos, entre los que destacan Michael Sheen (serie Masters of sex), Lena Headey (serie Juego de Tronos), Sam Neill (Plan de escape), Ioan Gruffudd (Los 4 fantásticos), Aneurin Barnard (The facility) y Keeley Hawes (El robo del siglo).

Finalizamos el repaso a los estrenos con Omar, drama palestino con tintes de thriller del 2013 escrito y dirigido por Hany Abu-Assad (The courier). Su argumento, marcado por la situación política y social de la zona, se centra en los riesgos a los que se enfrenta un joven que todos los días trepa el muro para ver a la chica de la que está enamorada. Sin embargo, cuando un día sea capturado su forma de entender el mundo y las relaciones con sus amigos y vecinos cambiará. Los debutantes Adam Bakri, Leem Lubany, Samer Bisharat e Iyad Hoorani conforman el reparto principal.

‘Juego de Tronos’ llega a su punto de inflexión en la cuarta temporada


Peter Dinklage gana protagonismo en la cuarta temporada de 'Juego de Tronos'.Desde que finalizó la cuarta temporada de esa joya de la televisión llamada Juego de Tronos estoy dándole vueltas a qué etapa ha sido mejor. En concreto, las dudas me asaltan cuando comparo esta con la tercera temporada. En conjunto es evidente que estos nuevos 10 episodios han llevado la trama a un nuevo estadio, infinitamente más complejo y con nuevas piezas sobre el tablero de juegos que representan los Siete Reinos. La anterior temporada fue, en cuestiones de manejo de tensión y drama, mucho más equilibrada, manejando mejor los tiempos y jugando con los nervios del espectador. Esta, empero, se antoja mucho más dinámica, con giros narrativos en prácticamente cada secuencia, convirtiéndose en un viaje sin retorno que, como decía, ofrece una nueva perspectiva de esta batalla.

Antes de entrar en el detalle de esta nueva entrega creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, un aviso: aquellos que no hayan podido ver todavía el desarrollo de la temporada encontrarán algunos, muchos o demasiados spoilers, todo en función de lo que se conozca o se haya visto. Una vez dicho esto, comencemos por lo más genérico y principal: el papel de Peter Dinklage (X-Men: Días del futuro pasado). No hace falta decir que su presencia a lo largo de la serie ha sido imprescindible. Si el personaje ya es de por sí único, con una inteligencia fuera de lo común y un pragmatismo y heroísmo que le convierten en el auténtico heredero de su apellido, la labor del actor aporta al personaje un encanto especial, a medio camino entre la picardía y el rencor, entre el miedo al rechazo y la burla. Pero lo que ocurre en el ecuador de esta temporada, con ese speech al ser juzgado por el asesinato de su sobrino el rey, es sencillamente magistral. Todas las emociones que se intuían a lo largo de la ficción estallan en una ira inusitada en él, dejando entrever una faceta hasta ahora desconocida cuya consecuencia directa es la muerte de otro personaje fundamental que deja un vacío muy destacado.

Este juicio, así como la muerte del personaje de Jack Gleeson (Cabeza de muerte), que por cierto va a provocar sentimientos encontrados de alivio y añoranza, se convierten en el motor de todo el desarrollo dramático de la cuarta temporada. Un desarrollo que, por cierto, es mucho más lineal y menos abrupto que en ocasiones anteriores. Salvo algunas ocasiones contadas, muchas de ellas de carácter secundario, la trama avanza por derroteros más o menos previsibles, lo cual no impide, ni mucho menos, que Juego de Tronos crezca en calidad en todos sus aspectos. Se puede decir, por tanto, que la presencia de Dinklage es más necesaria que nunca, acaparando todos los focos sobre él y convirtiendo en meros secundarios al resto de personajes y de tramas que en momentos anteriores habían adquirido categoría de protagonista. ¿Es esto un tropiezo? Puede que los más fieles seguidores echen en falta algunos elementos, pero lo bueno de estos capítulos es que con muy poco dan un giro radical a la trama que hasta ahora conocíamos, dejando todo preparado para un futuro muy prometedor.

De hecho, todas las tramas que ponen el acento en personajes alejados del trono de hierro completan un panorama que recuerda mucho a los preparativos antes de la guerra, o lo que es lo mismo, una tensa calma que augura momentos verdaderamente épicos. Es cierto que el episodio 9 de la temporada, del que hablo a continuación, acoge de nuevo un momento brillante, pero a diferencia de temporadas anteriores este tiene poco que ver con el resto de la trama, al menos a priori. Sin embargo, tanto este momento como el resto de acontecimientos que se suceden en los diferentes escenarios de la serie poseen un sabor especial. Prueba de ello es que prácticamente todos dejan entrever sus aspiraciones a un trono que ahora ocupa un niño más joven si cabe que el anterior, incluyendo el personaje de Aidan Gillen (Mister John), cuya presencia, aunque tardía en la temporada, ha sido de lo más reveladora.

Historias veladas

Como contrapunto a las numerosas revelaciones que se suceden en esta cuarta temporada de Juego de Tronos (entre ellas una madurez brutal de las hermanas Stark) se plantean numerosos conflictos que, aunque pueden pasar desapercibidos, no dejan de ser interesantes. El primero y más importante es el de los muertos más allá del Muro, abandonados en estos episodios salvo por un detalle tan breve como revelador que ofrece un sinfín de posibilidades. Otro de ellos es la presencia cada vez más inestable de los dragones, que poco a poco van descubriendo su incontrolable naturaleza. Mientras que en temporadas anteriores sus apariciones solían ser para ayudar al personaje de Emilia Clarke (Dom Hemingway), en esta se convierten en fieras que necesitan ser encadenadas para evitar males mayores. Y hablando de las hermanas Stark, no quiero dejar pasar la forma en que el rol interpretado por Maisie Williams (Heatstroke) deja morir a su captor, un detalle casi más aterrador que el combate cuerpo a cuerpo en el que los cráneos son reventados con las manos.

Mención aparte merece el ya imprescindible episodio 9, centrado en esta ocasión en un ataque al Muro de los Salvajes. Al igual que la batalla de la segunda temporada, la serie aprovecha este momento para dar rienda suelta a una narrativa visual fuera de lo común en el convencional formato de la televisión. Y para rizar más el rizo, la acción se divide en dos escenarios claramente diferenciados cuyas características obligan a una planificación distinta, lo que no hace sino engrandecer el planteamiento del episodio. No se trata, en realidad, de ofrecer varios minutos de violencia y acción, sino de mostrar cómo un grupo reducido de personajes es capaz de repeler un ataque envolvente de miles de atacantes. La facilidad con la que la cámara se mueve por los distintos escenarios sin perder nunca el sentido narrativo es ejemplar, permitiendo al espectador saber en todo momento dónde se ubican los personajes, cómo afrontan los combates y qué dilemas se plantean en sus cabezas. En este sentido hay que destacar un plano secuencia perfecto que recorre todo el campo de batalla de forma envolvente y cuyo dinamismo ya querrían muchos directores en sus películas.

Pero como decía, este ataque no tiene una relevancia especial en el desarrollo principal de la serie. Muy alejada física y conceptualmente de la acción que centra esta cuarta temporada, su presencia se antoja un tanto extraña en el conjunto de los episodios. Es de suponer que tendrá su influencia en futuros acontecimientos, pero eso es algo que, por ejemplo, se hizo mejor en etapas anteriores de la ficción. No quiere esto decir que no sea espectacular, increíble o atractiva, pero el hecho de que se enmarque en las tramas secundarias que antes mencionaba la convierten en un acontecimiento, digamos, para satisfacer las ganas de acción de responsables y aficionados. Personalmente el momento del juicio protagonizado por Dinklage y los acontecimientos derivados de su discurso resultan mucho más interesantes, impactantes y brutales que la propia batalla.

De lo que no cabe duda es de que Juego de Tronos es uno de esos raros casos en los que una serie mejora con cada temporada. Eso no impide que existan altibajos narrativos en cada una que podrán ser más o menos discutidos, pero el balance general es el de una ficción que sabe crecer, que no tiene miedo en eliminar personajes si eso va a enriquecer la acción, y que busca en todo momento desarrollarse visualmente hablando. Soy consciente de que gran parte del mérito pertenece a George R. R. Martin, el autor de la saga ‘Canción de Hielo y Fuego’ en la que se enmarcan las novelas, pero la serie ha sabido ganarse un estatus propio (al fin y al cabo, podría no haber estado a la altura). Esta cuarta entrega es un claro punto de inflexión en muchos sentidos: la mayor parte de los villanos han muerto, y muchos de los más relevantes personajes están dispersados por el mapa. Su desarrollo tal vez no sea tan impactante como el de la temporada anterior, pero desde luego genera mucho más momentos interesantes, lo que juega en beneficio de un dinamismo que, al final, hace que 10 episodios sean pocos. Las ganas de más es el mejor síntoma de su grandeza.

Snyder va mucho más allá del cómic en su adaptación de ‘300’


Un momento de '300' en el que los espartanos fabrican un muro de cadáveres.El reciente estreno de 300: El origen de un imperio ha devuelto a la actualidad la película de 2006 de la que toma nombre: 300. Este tipo de acontecimientos son perfectos para echar la vista atrás y poder analizar, con la perspectiva que da la distancia temporal, un film de las características del dirigido por Zack Snyder (El hombre de acero), pero en esta ocasión se revela incluso imprescindible dada la enorme deuda que aquella película tiene con el original. Una deuda formal, por supuesto, pero también narrativa y argumental, hasta el punto de que se puede considerar un complemento. Que sea un producto necesario o no es algo discutible, pero de lo que no cabe duda es del enorme impacto que tuvo hace 8 años el film basado en la novela gráfica de Frank Miller (Sin City).

Para aquellos que no hayan visto el film o no sepan qué historia narra, la película de Snyder es una recreación de la batalla de las Temópilas, uno de los conflictos enmarcados dentro de las II Guerras Médicas, en las que el dios rey persa Jerjes trató de invadir lo que hoy conocemos como Grecia. Dicha batalla enfrentó en un angosto paso flanqueado por dos grandes muros de piedra el enorme ejército persa contra un grupo de espartanos liderados por su rey Leónidas. La fiereza en el combate de los soldados espartanos y las ventajas del terreno les permitieron aguantar los ataques, pero finalmente fueron derrotados cuando Jerjes les rodeó gracias a las confidencias de un traidor. Su sacrificio, sin embargo, permitió al resto de pueblos aunarse y prepararse para repeler al enemigo.

Esto, narrado de forma tan genérica, puede dar pie a pensar en un tradicional peplum. Nada más lejos de la realidad. Sin duda, el mayor acierto de Snyder a la hora de adaptar el cómic de Miller fue seguir a pies juntillas el estilo del dibujante, cargado de contraluces, contrastes entre blancos y negros, trágicas siluetas y un uso del color muy particular. La genialidad del director de Amanecer de los muertos (2004) fue lograr que las viñetas del papel cobraran vida propia, conformando un film único hasta entonces y capaz de erigirse como independiente a pesar de no olvidar sus orígenes. Gracias a los numerosos cambios de ritmo entre las cámaras lentas y rápidas las batallas, sangrientas donde las haya, adquieren un grado superlativo de dramatismo, apelando al mismo tiempo a la tragedia y el sadismo de este tipo de conflictos. A este estilo formal contribuyó de forma determinante el uso de escenarios ficticios que pudieran recrear todo el mundo imaginario plasmado en la novela gráfica.

Porque sí, el mundo al que Snyder da vida en 300 es de todo menos histórico. Tampoco se pretende, la verdad. Una de las principales críticas que se le hizo al film es el alegato tan descarado en favor de la testosterona y el machismo generalizado de sus secuencias (de ahí que algunas secuencias hayan quedado para la posteridad como irónicas, como la conversación entre Jerjes y Leónidas). Puede que algo de todo eso exista en el film, pero lo cierto es que la película va mucho más allá en todos los sentidos. Entre su acción desmesurada, el uso y abuso de efectos visuales (algo que le ha pasado factura al propio director) y de sangre digital, y las frases que ya forman parte de la historia del cine, existen muchos conceptos que convierten a esta película en todo un ejercicio narrativo que supera su propia condición de entretenimiento.

Músculo rojo

El principal es la predominancia de una paleta cromática cálida liderada por el rojo. Salvo escenas nocturnas (y alguna que otra también se antoja bañada por ese color), la tendencia del film es impregnar de rojos, amarillos y naranjas todo el entorno en el que se desarrolla la acción. Gracias a esto, el espectador percibe con mayor claridad la pasión de una cultura entregada al combate cuya máxima en la vida era morir en la batalla. Unos colores, por cierto, asociados tradicionalmente no solo a la pasión, sino a la sangre. Este último elemento muy presente, incluso sin tener en cuenta la presencia explícita. Ese último plano de los espartanos caídos y atravesados con flechas es muy significativo. Si uno lo ve tiene la sensación de estar ante un cuadro en el que la sangre baña todos y cada uno de los recovecos que dejan los cuerpos. Empero, apenas existe sangre como tal. Todo, absolutamente todo, esta provocado por las capas de los soldados, colocadas de forma muy concreta.

Una paleta cromática que, no por casualidad, está en el polo opuesto a la utilizada en 300: El origen de un imperio, en la que la predominancia de azules no solo permite diferenciar a espartanos de atenienses, sino que define los diferentes caracteres de ambas sociedades. Pero más allá de todo esto, 300 destaca por una banda sonora excepcional (de la que hablaremos en otro momento) y por unas interpretaciones que, dentro de los parámetros de la propia historia, son sencillamente perfectas. Gerard Butler (Objetivo: La Casa Blanca) resulta, con los años, un Leónidas único, capaz de captar la dicotomía entre el guerrero que no acepta una retirada y el padre y marido cariñoso en un mundo definido por la violencia. Igualmente, Snyder logra que el grupo de espartanos enviados a su sacrificio no sea únicamente un conjunto de músculos y cuerpos perfectos (que, dicho sea de paso, sufrieron un entrenamiento bastante duro). Todos y cada uno de ellos, al menos los principales protagonistas, muestran las diferentes caras de unos hombres formados para la guerra pero humanos al fin y al cabo.

La épica del film, lograda como hemos dicho por esa combinación de velocidades de cámara, la estética cromática y los efectos visuales, se completa con un ritmo que no decae prácticamente nunca. En comparación con la novela gráfica, además, la película introduce una trama secundaria tan interesante como es la de la traición en el propio seno de Esparta, que corre de forma paralela a la traición del ejército por Efialtes (aquí un espartano deforme que clama venganza interpretado por Andrew Tiernan) y que enriquece más el, por otro lado, algo insulso personaje de Jerjes (Rodrigo Santoro), presentado como un simple villano que no hace más que destruir todo a su paso. El hecho de que sus estrategias ofrezcan algo más que la acción directa no solo se antoja lógico y plausible, sino que incluso refleja las intrigas y conspiraciones entre la élite de los pueblos de la Grecia antigua.

Desde luego, 300 no es un film que busque una aproximación histórica a la batalla de las Termópilas. Ni siquiera lo intenta. Es un entretenimiento, es cierto, pero más allá de todo eso, de su parafernalia y de su épica, de su estética digital y de la anunciada tragedia, es una película que ha creado un punto de inflexión en la forma de entender la narrativa audiovisual. Su legado, más allá de su continuación, puede verse en la serie Spartacus. Pero a diferencia de todas ellas, la película de Zack Snyder es capaz de narrar en diferentes planos, desde el cromático hasta el sonoro, desde el dramático hasta el cómico. Un relato completo en todos los sentidos que, con los años, ha adquirido más y más peso, siguiendo su camino hacia el estatus de imprescindible en la tradición cinematográfica.

‘300: El origen de un imperio’: Leónidas sigue reinando


Sullivan Stapleton protagoniza '300: El origen de un imperio', dirigida por Noam Murro.Han pasado 8 años desde que 300 (2006) abriera el camino a una nueva forma de entender la épica grecorromana. Un camino que muchas otras producciones han seguido con desigual fortuna. Ahora su más directa heredera, nada menos que la continuación, llega para intentar, por lo menos, ser digna del legado de Leónidas y sus valientes espartanos. Y el resumen podría ser que cumple con lo previsto, aunque sería un resumen algo simplista e indudablemente incompleto. Porque lo cierto es que la película, aun teniendo numerosos elementos a su favor, peca de aquello que nunca puede faltar en un film: un destino.

No deja de ser irónico que 300: El origen de un imperio (me encantaría que alguien explicara a qué imperio hace referencia el título) tenga “origen” pero no final. La cinta, que viene a narrar los acontecimientos que suceden de forma paralela a lo acontecido en su predecesora, aprovecha las características de la saga, es decir, fotografía, efectos digitales y violencia, para mostrar una cruenta batalla por la libertad. Sin embargo, la verdadera batalla en la que los pueblos griegos lograron derrotar la amenaza de un futuro bajo el yugo persa queda, literalmente, inconclusa. La sensación, por tanto, es la de estar ante una especie de 300 pero desde otro punto de vista, lo cual no hace sino restar méritos a los acontecimientos y protagonistas de esta historia, que no son otros que los atenienses, cuyas capas son azules para distinguirse de los apasionados espartanos.

La narrativa de Noam Murro (Gente inteligente), por otro lado, debe demasiado a la labor que en su día realizó Zack Snyder. Sí, su uso de las tonalidades azules y frías otorgan al conjunto otro aspecto y transmite otras sensaciones, definiendo al pueblo ateniense de forma diametralmente opuesta al espartano, de tonalidades más rojas. Empero, el uso de determinados planos (algunos demasiado similares al original) y de los recursos de la cámara lenta remiten en exceso al original, lo que en ningún momento permite entender este film como un ente independiente y complementario del anterior. Más bien parece ser un necesario derivado. Eso sí, como toda secuela que se precie ofrece más en todos los sentidos: más violencia, más espectacularidad y más sangre. Mucha más sangre.

Al final, 300: El origen de un imperio se revela como una digna secuela, realizada con cabeza y no como un producto débil y sin sustento. Sus constantes reminiscencias a la gesta de las Temópilas, sin embargo, enturbian el desarrollo propio de una historia que, aunque relacionada, debería ser independiente. La ira de los espartanos llega hasta tal punto que su presencia en Salamina pone punto y final a la historia, que no a la batalla, que se narra en el film. Curiosamente, el final debería haber sido algo en lo que imitar a su predecesora, y es lo único en lo que no se la imita. El sacrificio de Leónidas se hace, si cabe, aún más grande.

Nota: 6,5/10

La cartelera regresa a la Grecia clásica con la secuela de ‘300’


Estrenos 7marzo2014Marzo comienza con fuerza en lo que a estrenos se refiere. Con numerosas propuestas para este viernes, 7 de marzo, destacan por encima de todo películas destinadas al entretenimiento en estado puro y, sobre todo, a obtener la mayor recaudación posible. Son, por decirlo de algún modo, la avanzadilla de lo que está a punto de llegar en las próximas semanas, pues salvo algún que otro título de Oscar, van a predominar cintas de acción, ciencia ficción y espectáculo. Y hablando de espectáculo, nada mejor que la continuación de una de las cintas más espectaculares de los últimos años.

300: El origen de un imperio narra los acontecimientos que siguieron a la batalla de las Termópilas en la que el rey Leónidas de Esparta y 300 soldados perecieron tras combatir durante días contra Jerjes, rey persa, en su camino hacia la conquista de los territorio griegos. En concreto, la película, basada en el cómic de Frank Miller “Xerxes”, narra la batalla naval de Salamina, en la que el rey dios persa, acompañado de Artemisia, se enfrentó al ejército compuesto por diferentes pueblos griegos y liderado por Temístocles. Una batalla que, desde un punto de vista temporal, sucede poco antes de la escena final de 300 (2006) en la que se muestra el inicio de la batalla de Platea. Acción, efectos especiales y 3D se dan cita en esta épica historia que cuenta con Zack Snyder, director de la primera parte, únicamente como guionista y productor. Con un aspecto visual similar a su predecesora, la película está dirigida por Noam Murro (Gente inteligente) y protagonizada por, entre otros, Sullivan Stapleton (Gangster Squad), Eva Green (Sombras Tenebrosas), Hans Matheson (serie Los Tudor) y Callan Mulvey (The hunter). Igualmente, repiten en sus respectivos personajes Rodrigo Santoro (El último desafío) como Jerjes; Lena Headey (The purge: La noche de las bestias) como la reina espartana Gorgo; y David Wenham (Enemigos públicos) como Dilios, el soldado espartano que sobrevive a las Temópilas.

Para los más pequeños llega Las aventuras de Peabody y Sherman, cinta animada que se basa en la serie de televisión y que narra las aventuras a través del tiempo del perro más inteligente del mundo y de su hijo humano adoptado. Unas aventuras que serán puestas en peligro cuando el joven le enseñe la máquina del tiempo que utilizan para viajar a una compañera de clase, transportándose al pasado y provocando un agujero en el universo que amenaza con destruir el pasado, el presente y el futuro. Rob Minkoff (El rey león) es el director, mientras que las voces principales en la versión original las ponen Ty Burrell (serie Modern family), Max Charles (The amazing Spider-Man), Leslie Mann (Si fuera fácil), Allison Janney (serie Masters of sex), Ariel Winter (Llamada perdida), Stanley Tucci (Los Juegos del Hambre: En llamas), Lake Bell (Sin compromiso) y Mel Brooks (Drácula, un muerto muy contento y feliz).

Del 2012 es la co producción entre Estados Unidos y Japón Emperador, drama bélico que narra la historia real del general Bonner Fellers, quien recibió el encargo de recoger datos y pruebas que llevaran a juzgar al emperador japonés por crímenes de guerra una vez terminada la II Guerra Mundial. Sin embargo, sus investigaciones le llevarán a conclusiones totalmente distintas a las que esperaba. Dirigida por Peter Webber (La joven de la perla), la película está protagonizada por Matthew Fox (serie Perdidos), Tommy Lee Jones (Lincoln), Kaori Momoi (Memorias de una geisha), Toshiyuki Nishida (Asa Hiru Ban), Aaron Jackson (Existence) y Eriko Hatsune (Tokio blues).

Con más retraso todavía llega Apollo 18, cinta de terror espacial del 2011 de producción norteamericana y dirección española. En clave de falso testimonio de lo que realmente ocurrió, el film narra una misión a la Luna de la que nunca se tuvo información. Décadas después se encuentra una cinta grabada por los astronautas que revela lo que realmente ocurrió y los motivos por los que el hombre no la ha vuelto a pisar. Gonzalo López-Gallego (El rey de la montaña) es el responsable de poner la trama en imágenes, mientras que Warren Christie (serie Alphas), Lloyd Owen (Miss Potter), Ryan Robbins (serie Falling Skies), Michael Kopsa (Repeaters) y Andrew Airlie (Normal) son sus principales protagonistas.

Y como siempre, tras los estrenos del otro lado del charco nos centramos en Europa. Joven y bonita es el título del nuevo drama francés escrito y dirigido por François Ozon (En la casa) que narra el cambio físico y mental de una joven de 17 años a lo largo de un año y cuatro canciones que reflejan su despertar sexual, la búsqueda de su identidad y su inmersión en el amor. Marine Vacth (Lo que el día debe a la noche) es la principal protagonista, a la que acompañan Géraldine Pailhas (Don Juan DeMarco), Frédéric Pierrot (Populaire) y Fantin Ravat, entre otros.

También francesa, aunque producida en 2012, es Cherchez Hortense, comedia que narra los esfuerzos de una pareja por reflotar su matrimonio tras años de rutina y trabajo. Para ello, el hombre se verá mezclado en una trampa tendida por su mujer que le llevará a aconsejar a su suegro, consejero de Estado, con el que mantiene una distante relación. Dirigida por Pascal Bonitzer (Le grand alibi), que también participa en el guión, la película cuenta en su reparto con Jean-Pierre Bacri (Háblame de la lluvia), Kristin Scott Thomas (La pesca del salmón en Yemen), Isabelle Carré (Tímidos anónimos), Marin Orcand Tourrès y Claude Rich (Competencia desleal).

Promocionada como la revelación del nuevo cine alemán, llega a los cines españoles Oh boy, ópera prima de Jan Ole Gerster. La trama sigue el deambular de un treintañero por Berlín durante 24 horas en las que trata de encontrar su lugar en el mundo después de que su novia le haya abandonado por remolonear sobre su futuro, de que haya sufrido el enésimo ninguneo de su padre y de que su psicólogo le haya declarado emocionalmente inestable. Este drama, producido en 2012, cuenta con Tom Schilling (serie Hijos del Tercer Reich) como protagonista, al que acompañan Friederike Kempter (Todo un hombre), Marc Hosemann (Soul kitchen), Katharina Schüttler (Die Eisbombe), Justus von Dohnányi (Ruhm) y Ulrich Noethen (El hundimiento).

Finalmente, Dog pound (La perrera) es un proyecto realizado en 2010 gracias a capital aportado por productoras francesas, canadienses y del Reino Unido en el que, en clave dramática, se narra la difícil situación a la que deben enfrentarse tres jóvenes delincuentes que entran en una cárcel. A partir de ese momento tratarán de sobrevivir a violentas bandas, a los abusos de los trabajadores de la prisión y al resto de presos. Dirigida por Kim Chapiron (Sheitan), la cinta cuenta en su reparto con Adam Butcher (Privileged), Shane Kippel (serie Viviendo con Derek), Dewshane Williams (Home again), Mateo Morales (serie The line) y Slim Twig (The Tracey fragments).

Michael Bay y los superhéroes lideran unos estrenos muy variados


Estrenos 30agosto2013Llegamos al último fin de semana del mes de agosto, y lo hacemos a lo grande, al menos en lo que a estrenos se refiere. Si durante la mayor parte de este verano cinematográfico hemos asistido a estrenos que se podían contar con los dedos de una mano, hoy viernes 30 de agosto se caracteriza por todo lo contrario. Hasta 9 películas nuevas, y muchas de ellas buscando hacerse con el primer puesto en la taquilla. Desde luego, variedad y atractivo no faltan: acción, comedia romántica, documentales, animación, drama. Comencemos con el repaso a las propuestas.

Y no podemos hacerlo con otra película que no sea Dolor y dinero, lo nuevo de Michael Bay (Bad Boys) que supone un respiro en su dedicación casi en exclusiva a la saga Transformers, de la que ahora mismo rueda la cuarta entrega. A medio camino entre el thriller y la comedia dramática, la película se basa en la historia real de un trío de culturistas que planean secuestrar, robar y matar a un adinerado empresario de Florida. Sin embargo, el plan no sale como ellos esperan, y el hombre sobrevive, recuperándose en secreto y contratando a un detective privado para encontrarles y planear su venganza. Acción y humor al más puro estilo Bay que ya con su avance promete emociones. El trío protagonista está interpretado por Mark Wahlberg (Ted), Dwayne Johnson (G.I. Joe: La venganza) y Anthony Mackie (Abraham Lincoln: Cazador de vampiros), a los que acompañan Tony Shalhoub (serie Monk), Ed Harris (Al borde del abismo), Rob Corddry (Memorias de un zombie adolescente), Bar Paly (Hyenas), Rebel Wilson (Dando la nota) y Ken Jeong (R3sacón).

Otro de los títulos que prometen acción y humor a raudales es Kick-Ass 2: Con un par, secuela del film de 2010 y al mismo tiempo adaptación de la también continuación del cómic. En esta ocasión la trama retoma las vidas de Kick-Ass y Hit Girl, los dos jóvenes disfrazados de superhéroes que se han visto obligados a colgar las mallas. Sin embargo, y con la llegada de la graduación en el instituto, deciden crear el primer grupo de superhéroes debido a la proliferación de los justicieros enmascarados. Sin embargo, su archienemigo, el Hijop**a (antes Bruma Roja) también está moviendo ficha para vengarse por la muerte de su padre. Escrita y dirigida por Jeff Wadlow (Cry Wolf), quien sustituye a Matthew Vaughn, la película vuelve a contar con Aaron Taylor-Johnson (Salvajes), Chloë Grace Moretz (Sombras tenebrosas) y Christopher Mintz-Plasse (Noche de miedo) como principales protagonistas, a los que se suman Jim Carrey (Di que sí), Morris Chestnut (Por la cara), Clark Duke (Mil palabras), John Leguizamo (La cazarrecompensas) y Augustus Prew (Siempre a mi lado).

También llega a los cines de toda España la primera entrega de la que se espera sea heredera de la saga Crepúsculo, triunfando así donde muchas otras ya han fracasado. Cazadores de Sombras: Ciudad de hueso es el título de esta historia basada en la saga de novelas creadas por Cassandra Clare y que narran el vuelco que da la vida de una joven adolescente cuando descubre que es la descendiente de una línea de los Cazadores de Sombras, un grupo de jóvenes guerreros que lucha contra demonios, vampiros, brujos, hombres lobo y toda criatura que uno se pueda imaginar para salvaguardar el mundo de los mundanos (así se conoce al resto de la población). Harald Zwart (The karate kid) es el encargado de poner en imágenes la novela, mientras que Lily Collins (Un invierno en la playa), Jamie Campbell Bower (serie Camelot), Jonathan Rhys Meyers (serie Los Tudor), Jared Harris (Encerrada), Lena Headey (The Purge: La noche de las bestias), Kevin Zegers (El rescate), Jemima West (Linhas de Wellington) y Kevin Durand (Acero puro) dan vida a los personajes.

La propuesta animada de esta semana es Epic: El mundo secreto, producida por Blue Sky y dirigida por Chris Wedge (Ice Age. La edad de hielo). La película retoma el clásico argumento de la vida que el ser humano no puede ver en los bosques, en esta ocasión narrando la aventura de una joven cuyo tamaño es reducido por accidente, descubriendo así todo un mundo desconocido en el que se libra una lucha entre el bien y el mal, entre la naturaleza y su destrucción. Acción, aventura y diversión en esta propuesta que podrá verse en 3D y que cuenta con las voces de Amanda Seyfried (Los miserables), Josh Hutcherson (Los juegos del hambre), Blake Anderson (serie Workaholics), Aziz Ansari (Dime con cuántos), Colin Farrell (La venganza del hombre muerto), Jason Sudeikis (En campaña todo vale) y Christoph Waltz (Django desencadenado), a los que habría que añadir cantantes como Pitbull, Steven Tyler y Beyoncé Knowles.

Diametralmente opuesta es la historia de Mud, nuevo drama escrito y dirigido por Jeff Nichols (Take Shelter). La historia sigue a dos adolescentes que descubren a un misterioso hombre en una isla en medio del Mississipi. A pesar de sus recelos, sienten curiosidad por un hombre que les desconcierta y del que no logran discernir lo verdadero de lo falso. Como por ejemplo, si es verdad que ha matado a un hombre, o que le persigue la justicia y los cazarrecompensas. La llegada al pueblo de una misteriosa joven generará más confusión a la situación. Matthew McConaughey (El chico del periódico), Reese Witherspoon (Esto es la guerra), Tye Sheridan (El árbol de la vida), Jacob Lofland, Sam Shepard (Mátalos suavemente), Sarah Paulson (Martha Marcy May Marlene) y Michael Shannon (El hombre de acero) son sus protagonistas.

Del 2011 es la comedia que a continuación abordamos. Se trata de Un pedacito de cielo, lo nuevo de Kate Hudson (Guerra de novias). El argumento gira en torno a una joven y prometedora publicista cuya vida está dedicada casi en exclusiva al trabajo, dejando siempre a un lado las relaciones sentimentales. Todo cambia cuando su médico le diagnostica una grave enfermedad que le hará comprender que el amor en su vida es más importante de lo que ella pudiera creer. Dirigida por Nicole Kassell (El leñador), junto a Hudson encontramos en esta cinta a medio camino entre el romance, la comedia y el drama a Gael García Bernal (También la lluvia), Kathy Bates (Revolutionary Road), Whoopi Goldberg (Ghost), Lucy Punch (Conocerás al hombre de tus sueños), Rosemarie DeWitt (The company men) y Peter Dinklage (serie Juego de Tronos).

Dejando los films que provienen de Estados Unidos es imprescindible hablar de Paraíso: Esperanza, tercera entrega de la trilogía dirigida por Ulrich Seidl (Models) que supone el broche final al estreno de las anteriores partes en semanas previas. En esta ocasión, la acción nos traslada a un campamento exclusivamente para chicas jóvenes con sobrepeso. La protagonista, hija de la mujer que viajaba a Kenia en Paraíso: Amor (2012) y sobrina de la que evangelizaba en Paraíso: Fe (2012), descubrirá allí el primer amor, aunque de forma muy distinta a como habría imaginado. Mientras ella se enamora del médico, que es 40 años mayor, el hombre debe luchar contra la culpabilidad de ese amor. Melanie Lenz, Verena Lehbauer, Joseph Lorenz (Anfang 80), Michael Thomas (Across the Mile) y Viviane Bartsch (Todespolka) son los actores que intervienen.

Pasando al género documental, dos son los títulos que llegan, ambos a tener en cuenta por motivos muy distintos. El primero es The act of killing, un exitoso e impactante documental acerca de la matanza que se produjo en Indonesia cuando el gobierno fue derrocado por el ejército en 1965. Dirigido por tres directores (Joshua Oppenheimer, Christine Cynn y un tercero anónimo), la historia narra aquellos acontecimiento a través de los recuerdos de Anwar y sus amigos, ascendidos a jefes de escuadrones de la muerte. Sin embargo, lo hace de una forma especial. Sus protagonistas escenifican una especie de ficción en la que, a través de historias del western, de gángsters, etc., recrean aquellos hechos, interpretándose tanto a ellos mismos como a sus víctimas, convirtiendo el viaje al pasado en una auténtica pesadilla grotesca y macabra, y hablando de ello con total naturalidad e impunidad.

El otro es One Direction: This is us, documental musical y en 3D que narra los orígenes de una de las boys band más importantes de la actualidad surgida a raíz del programa ‘Factor X’ en Inglaterra. A través de declaraciones de los cinco jóvenes, confesiones de sus familiares y giras por todo el mundo los fans podrán saber algo más de sus ídolos en esta película dirigida por Morgan Spurlock (Super Size Me).

‘The purge: La noche de las bestias’: asesinar una idea es legal


Lena Headey y Ethan Hawke protagonizan 'The Purge: La noche de las bestias', de James DeMonaco.La época estival ha sido tradicionalmente una época de estrenos visualmente espectaculares pero dramáticamente limitados. No han sido pocas veces las que un servidor ha pensado en todos esos buenos guiones que nunca llegan a ver la luz por un motivo u otro. Pero es mucho más frustrante comprobar cómo una premisa inicial atractiva, incluso con sus propias contradicciones internas, es sepultada por un cúmulo de incoherencias narrativas y dramáticas que terminan por desfigurarla hasta dejarla en una mera excusa para otra historia completamente distinta. Es precisamente lo que le ocurre a The purge: La noche de las bestias, cuyo mayor problema es que podría haber dado mucho más de sí.

Es más que evidente, una vez se encienden las luces de la sala, que lo peor del film dirigido por James DeMonaco (Staten Island) es su guión. Más allá de diálogos tópicos y de una descripción de personajes muy pobre, lo llamativo es el desarrollo de los acontecimientos y algunas decisiones dramáticas en pos de una supuesta tensión que se genera más con el villano interpretado por Rhys Wakefield (Broken hill) que con el ya de por sí polémico contexto social en el que se enmarca la acción. El mejor ejemplo de esto es el personaje de la hija de la familia objeto de los ataques. Posiblemente dicha figura vaya a pasar a los anales del cine como una de las más absurdas presentadas en una pantalla. Ni sus decisiones están justificadas ni su desarrollo es lineal, sino que se muestra a trompicones sin permitir al espectador seguir una cierta lógica. Por no mencionar al hijo pequeño o al detonante de toda la acción, un personaje que aparece al inicio y al final, desapareciendo en la parte más importante de la trama.

La aparición y desaparición de personajes, o algunas inconsistencias dramáticas como el hecho de que un grupo de jóvenes tiren abajo una puerta blindada sin ningún tipo de agarraderas con unas cadenas y un coche hacen que la historia pierda consistencia poco a poco hasta convertirse en una parodia de sí misma, en un mal reflejo de lo que apuntaban sus momentos iniciales en los que existía un cierto debate moral y político sobre las ventajas y consecuencias de permitir el asesinato durante toda una noche. Tal vez ese desarrollo del texto se deba al hecho de que si se profundiza sobre dicha premisa esta empieza a enmarañarse hasta el punto de generar un debate que no llega a ningún sitio y que podría haber perjudicado al conjunto. La pregunta que cabe hacerse es si eso hubiese sido peor que la opción finalmente elegida. Si he de ser sincero, hubiese aportado algo más que lo visto en los escasos 85 minutos de duración.

Decir que The Purge: La noche de las bestias es una mala película tal vez sea algo injusto. Desde luego, no es ninguna maravilla, pero su acabado técnico es más que correcto, y los actores hacen lo que pueden con unos personajes bastante planos para lo que propone la trama. La desazón se produce cuando el espectador comprueba que todo lo contado al inicio no es más que una mera excusa para otra historia más de serie B acerca de un grupo de personas atacados en su propia casa por unos sujetos cuya psicopatía es casi de manual. Sin duda, lo más interesante será darse cuenta de que los debates posteriores sobre el film girarán en torno a la idea del asesinato legal, no a la película en sí.

Nota: 5/10

Diccineario

Cine y palabras

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