‘Cien años de perdón’: quien roba a un ladrón…


El robo de 'Cien años de perdón' tiene un motivo oculto.Puede que se haya presentado como un thriller al más puro estilo hollywoodiense, pero la verdad es que lo nuevo de Daniel Calparsoro (Guerreros) tiene mucho de sentimiento patrio y poco de influencia norteamericana. Tal vez en las formas, más que en otra cosa. Y precisamente es esa cercanía con España y la convulsa realidad política y social que vive el país la que convierte a este film en un ejercicio dramático interesante.

De hecho, llega un punto de Cien años de perdón en el que resulta más interesante el contexto político y las intrigas entre agentes del Gobierno que el propio futuro del grupo de ladrones. En este sentido, la evolución dramática de la historia cambia claramente el peso de la acción convirtiendo a los criminales en víctimas, casi héroes, y a los dirigentes en titiriteros que se enredan con sus propios hilos hasta formarse una soga de la que no pueden escapar. No existen, por tantos, grandes giros argumentales al estilo Hollywood. Ni siquiera hay sorpresa final, al menos no con un clímax como cabría esperar de un thriller de este tipo.

Pero es que tampoco se busca. La trama aborda en todo momento las relaciones de poder entre las clases dirigentes que todo lo pueden y los individuos obligados a actuar casi a ciegas. Significativo es el comienzo en el banco, con esos ciudadanos que buscan desesperadamente una solución a sus problemas en una entidad que, precisamente, solo busca su propio interés. Ese paralelismo se extrapola hasta magnitudes mucho mayores a lo largo del desarrollo dramático, obteniendo una radiografía más que notable de la situación política y social del país. A todo ello se suma una puesta en escena sobria y alejada de ocurrencias formales y un reparto impecable, con especial mención a Luis Tosar (También la lluvia) y Rodrigo De la Serna (Diarios de motocicleta).

Lo cierto es que Cien años de perdón se revela como un thriller muy completo, alejado de recursos convencionales (al menos en sus momentos clave) y con una clara apuesta por el equilibrio entre drama, suspense y comedia. Sí, comedia, porque uno de sus momentos más recordados solo logra arrancar carcajadas. Y es esta capacidad para introducir el humor en la situación dramática que se vive (tanto la que narra la historia como la que hace referencia implícita a la corrupción de la política española) lo que más puede llegar a agradecerse. En definitiva, un film muy completo que confirma que en España se puede hacer cine serio, complejo e interesante.

Nota: 7,5/10

‘Ant-Man’: el grande se comió al pequeño


Paul Rudd es 'Ant-Man', un hombre capaz de reducir su tamaño y controlar a las hormigas.Siempre he pensado, sobre todo a raíz de la trilogía sobre Batman de Christopher Nolan (El truco final), que el cine de superhéroes tiene dos niveles muy diferenciados. En realidad, pasa lo mismo en los cómics. Marvel es consciente de ello, y por eso en el particular universo que está creando hay grandes películas y hay pequeñas películas, estas últimas complementando lo narrado en las primeras. Y aunque pueda parecer un juego de palabras y de ideas, la última propuesta de la Casa de las Ideas sobre un superhéroe que puede encoger su tamaño es… pues eso, pequeña.

Podría achacarse a un guión previsible, plagado de lugares comunes y chistes fáciles. Podría ser cosa de Peyton Reed (Abajo el amor), quien se limita a mover la cámara para obtener una narrativa estándar. E incluso podría culparse a los actores, enfrascados en lograr que sus personajes no sean excesivamente ridículos y arquetípicos en muchas ocasiones. Pero en realidad el problema de Ant-Man es conceptual, algo que se aprecia en los pocos momentos de auténtica lucidez que tiene la película, y que coinciden no por casualidad con el juego de perspectivas y con el riesgo de empequeñecer sin control hasta llegar a desaparecer en un mundo subatómico.

Son estos pequeños fragmentos los que evidencian que tras la fachada irónica y distraída que se empeña en tener el film existe algo más, algo que perfectamente podría haber redefinido la trama hacia un concepto más adulto, más serio si se prefiere, y que podría haber dotado al personaje protagonista de una mayor entidad. Las referencias a El increíble hombre menguante (1957) son más que evidentes, y desde luego se convierten en las secuencias más interesantes del relato, ya sea con ese primer encuentro del personaje de Paul Rudd (Mal ejemplo) con su nueva naturaleza menguante o con la batalla final, todo un alarde de equilibrio entre las diferentes perspectivas y el efecto que eso conlleva.

Aunque como película pequeña que es, sus responsables prefieren convertirla en un mero entretenimiento que permita encajar al personaje en el universo Marvel antes que darle un protagonismo real. Solo el tiempo confirmará si la opción elegida es correcta o relega al personaje a la segunda línea de desarrollo. Es decir, si los grandes superhéroes se comen a este pequeño Ant-Man. Esta apuesta por la espectacularidad y la grandilocuencia convierten al film en un producto entretenido, pero le roban un alma que habría puesto de manifiesto un carácter mucho más intimista y personal. Todo sea por el espectáculo superheróico.

Nota: 6/10

‘Origen’, o la influencia del subconsciente en el tiempo y el espacio


'Origen' es uno de los films más complejos de Christopher Nolan.Ya he comentado alguna vez en este pequeño rincón de Internet que prácticamente todos los directores basan su filmografía en la obsesión por un concepto. Steven Spielberg (Lincoln), por ejemplo, se asocia normalmente con la familia y todo lo que eso conlleva; Martin Scorsese (Casino) es sinónimo de mafia; Woody Allen (Midnight in Paris) es la viva imagen del nerviosismo y la psicología. Evidentemente, filmografías tan ricas no pueden definirse por completo en base a estas ideas, pero sí que permite hacernos una idea de cuál es el sentido general de sus películas, al menos de la gran mayoría o, en todo caso, de las más aclamadas. Hace ahora algo más de dos años, cuando estaba a punto de estrenarse El caballero oscuro: La leyenda renace, titulaba una entrada de la siguiente manera: “Christopher Nolan, o la revolución del suspense y del thriller“, en la que mencionaba como una de sus obras más completas Origen (2010). Pero tras este título se esconde algo más.

De hecho, si atendemos a lo dicho en esa pequeña introducción, a Christopher Nolan se le puede asociar con una obsesión por el uso del tiempo, por su relatividad y los efectos que esto causa en la narrativa cinematográfica. Su más reciente película, Interstellar, sigue esta senda, aunque es el film protagonizado por Leonardo DiCaprio (El lobo de Wall Street) el que puede considerarse como la máxima expresión de este concepto. La historia, desde luego, no deja lugar a dudas: un ladrón de guante blanco especializado en robar ideas del subconsciente a través de los sueños es contratado para introducir una idea en la mente de un empresario y generar así una reacción en cadena. Sin embargo, para lograrlo deberá introducirse en profundos niveles del subconsciente a los que nunca había llegado, creando un sueño dentro de otro sueño y poniendo en peligro su propia conciencia al existir una alta probabilidad de que no llegue a despertar nunca.

Es precisamente esta idea de un sueño dentro de otro lo que permite al director y guionista (esta vez sin su hermano, Jonathan Nolan, autor de la serie Person of interest) manejar el tempo narrativo a su antojo. No se trata de una ruptura como la que lleva a cabo Tarantino en sus films, sobre todo en Pulp fiction (1994), sino de jugar con las diferentes realidades que ofrece una visión del tiempo diferente. El hecho de que los diferentes espacios posean un paso del tiempo distinto pero influyan notablemente unos en otros genera un contraste visual cuyas posibilidades son casi infinitas, pues lo que el director maneja no son dos dimensiones (espacio y tiempo), sino tantas como desee (varios espacios y un tiempo visto desde diferentes perspectivas). El ejemplo más evidente en Origen es su clímax, en el que se combinan hasta tres niveles de conciencia en un único espacio de tiempo que transcurre de forma distinta en cada nivel, produciendo situaciones tan interesantes como complejas.

Todo ello, aplicado al thriller y al suspense, es lo que genera una revolución conceptual de un género en cuyas bases ya se encuentra, por su propia definición, un cierto manejo del espacio y del tiempo para crear elipsis e intriga. Se puede decir, por tanto, que esta vuelta de tuerca del director de Memento (2000) es un salto cualitativo del género, o al menos una visión algo más compleja de los pilares narrativos del mismo. Y eso es algo que puede verse en todos sus films, siendo la trilogía de Batman la más académica en este sentido. El sentido del drama, además, adquiere especial relevancia a medida que se desarrolla la trama, pues la complejidad que poco a poco se adueña del relato ofrece una concepción más completa del sentido general del film que nos ocupa. No obstante, es conveniente aclarar que la propia estructura de la película ya posee una cierta idea atípica del tiempo narrativo.

Recuerdos, sueños y realidad

En el caso de Origen esta idea atípica reside tanto en la temática que centra su desarrollo dramático como en la forma narrativa escogida. Como si de un aviso se tratara, Nolan comienza por una secuencia que no se corresponde con el inicio de la historia del protagonista, sino con un momento intermedio del film. Esta idea de “comenzar por el final”, o por el medio, predispone al espectador a una historia ya de por sí compleja, haciéndole partícipe además de toda la teoría psicológica y moral que se esconde tras estos viajes por el subconsciente y el mundo de los sueños. Pero en relación a esa complejidad que ya he comentado hay que destacar, entre otras cosas, todo lo que rodea al manejo del espacio y del tiempo que caracterizan al film, y que no es otra cosa que el auténtico tiempo del ser humano, es decir, pasado, presente y futuro.

El director juega en el film con los recuerdos y la realidad hasta el punto de convertirlos en una suerte de sueños para el espectador. Sus saltos temporales hacia el pasado y hacia los recuerdos generan en el desarrollo de la trama un doble efecto. Por un lado, rompen la narrativa desde un punto de vista conceptual y puramente académico; por otro, establecen una serie de puentes entre diferentes puntos relevantes de la narrativa que no solo explican los acontecimientos, sino que dotan al conjunto de una entereza y suavidad formal que, por ejemplo, no tiene el film de Tarantino antes mencionado. Este manejo de la narrativa y de los tempos es lo que convierte a Christopher Nolan en un maestro, y a este film en uno de los más interesantes y atractivos de su filmografía que, por cierto, no supera la decena de títulos.

Aunque puede que la otra consecuencia sea aún más notable. El constante paso de la realidad al subconsciente, del presente al pasado, de lo real a lo irreal, termina por saturar la historia y crear en el espectador un caos controlado de ideas e impresiones. O lo que es lo mismo, es un film tan rico en ideas que obliga al espectador a pensar mientras atiende al film, creando sus propias conclusiones y sus propias interpretaciones de lo que ocurre en pantalla. Esto hay que sumarlo a un final abierto que puede no gustar al no tener una explicación directa, pero que supone el broche perfecto a una película que en todo momento juega con los riesgos de caer en un laberinto de sueños, subconscientes y muertes en vida. La necesidad de los personajes de aferrarse a una especie de tótem se convierte, en definitiva, en la necesidad del público de aferrarse a un final sólido, real y tangible. Una identificación que apela, como no podía ser de otro modo, a nuestro subconsciente.

El uso que hace Christopher Nolan del tiempo no se centra, por tanto, en la narrativa. Al menos no en primera instancia. Origen, como máximo representante de esta idea, enfoca su trama hacia un manejo del tiempo como concepto que afecta a los personajes, y por extensión a la trama. A diferencia de otros directores y películas, esta historia de ladrones, subconscientes y mundos oníricos busca en todo momento definir la influencia del tiempo y del espacio en los protagonistas y en la situación que viven, creando de este modo una serie de mundos paralelos que influyen unos en otros. No se trata, en definitiva, de un manejo del tiempo, sino de exponer la influencia del tempo en la historia. Si a esto añadimos una estructura narrativa sólida y unos personajes elaborados, nos encontramos con un film complejo e interesante en todos sus aspectos, niveles y subniveles.

‘El bueno, el feo y el malo’, el gran clásico del fallecido Eli Wallach


Eli Wallach, junto a Clint Eastwood en 'El bueno, el feo y el malo', de Sergio Leone.Hay mañanas en las que el mundo del cine amanece con noticias tristes, y hoy es una de ellas. Eli Wallach, uno de los mejores actores secundarios que ha dado el séptimo arte, moría ayer, 24 de junio, a la edad de 98 años en su Nueva York natal. Su filmografía está plagada de títulos de todos los géneros, desde la comedia hasta el thriller, pasando por participaciones en sagas tan importantes como la de ‘El padrino’. A modo de homenaje, que coincide con la publicación número 800 de este rincón de Internet, hoy toca hablar de uno de los mayores clásicos en los que participó: El bueno, el feo y el malo (1966), dirigido por Sergio Leone (Érase una vez en América) y coprotagonizada por Clint Eastwood (Harry el sucio) y Lee Van Cleef (Capitán Apache).

Como su propio título indica, la trama se centra en tres personajes cuyas vidas transcurren, en cierto modo, al margen de la ley durante la Guerra Civil norteamericana. Tres personajes que en principio no tienen relación alguna entre ellos pero que, por el devenir de los acontecimientos, terminan influyendo en la vida de los demás. El primero, el bueno, es un cazarrecompensas que deberá colaborar con el feo, un ladrón, para encontrar un importante tesoro. Un tesoro que el malo, un asesino a sueldo que se ha incorporado a las filas del ejército Confederado, también persigue. Enmarcada en el spaguetti western, la película cierra la conocida trilogía del dólar, que completan Por un puñado de dólares (1964) y La muerte tenía un precio (1965). Esto no quiere decir, empero, que el film deba verse como parte de algo mayor, al contrario. Su relevancia radica en su capacidad no solo para ser independiente, sino en los recursos narrativos y formales que aporta.

Más allá de la labor de sus actores, de la que hablaré más adelante, El bueno, el feo y el malo posee uno de los desarrollos dramáticos más interesantes desde un punto de vista teórico. A pesar de que a medida que se suceden los minutos los roles protagonistas quedan perfectamente definidos en la trama, la presentación de los mismos por parte de Leone invita a pensar en una ausencia total de protagonista y antagonista. No existe, por decirlo así, una mayor presencia de uno o de otro; simplemente exponen sus intereses en función de su forma de afrontar las situaciones en las que se encuentran. Esto, evidentemente, lleva al espectador a posicionarse más del lado de unos en lugar de otros (del bueno, nunca mejor dicho), pero sin que esto les defina como héroes. Es, en definitiva, una historia plagada de antihéroes, de hombres que buscan su beneficio en una situación de crisis y de caos.

Este último aspecto, por cierto, es otro de los más interesantes de la trama. El contexto bélico en el que se desarrolla la acción resulta clave para entender no solo la motivación de los tres personajes (el tesoro), sino también la forma que tienen de manipular a los que les rodean y de aprovechar las oportunidades que se plantean ante ellos. No se trata, por tanto, de una historia el oeste en la que la relevancia recae únicamente en los personajes. Es más, la presencia de los bandos de la Guerra de Secesión termina resultando determinante. Es un soldado el que pone sobre la pista del tesoro; el personaje de Van Cleef se alista como parte de su plan; y una de las secuencias más espectaculares, la de la explosión del puente, transcurre en el marco de uno de los combates. Todo ello, por tanto, lleva al film a un concepto mucho mayor que el de un mero retrato de la complicada vida en el Lejano Oeste, convirtiéndola en una compleja telaraña de intereses personales en medio de un país dividido.

Un feo divertido

Aunque lo más recordado de El bueno, el feo y el malo es, sin lugar a dudas, su duelo a tres bandas protagonizado por los tres protagonistas. No tanto por la novedad de los tres vértices, algo que de un modo u otro siempre ha estado presente en el western, sino por la forma de narrar. En realidad, Leone utiliza estos recursos a lo largo de sus films, convirtiéndolos en seña de identidad de su estilo y del propio género que ayudó a crear. Gracias a esos planos detalle de los ojos, la tensión de la mano sobre la pistola, los movimientos involuntarios de los labios, etc., el realizador genera una tensión que, de otro modo, se perdería. La ausencia de aire en los planos, unido a los efectos sonoros y el sonido ambiente, son el caldo de cultivo perfecto para un crescendo dramático que tiene su desenlace en planos muy abiertos que permiten ver el grueso de la acción. Esto implica, por tanto, que lo relevante no está tanto en ver quién dispara antes, quién tiene mejor puntería o quien se mueve antes de disparar. Se trata más bien de llevar al espectador a la mente de los personajes y a ponerse en su lugar.

Precisamente es este estilo narrativo el que ofrece una mejor definición de cada uno de los roles y, sobre todo, de la interpretación de los actores. Y es aquí donde habría que hacer una mención especial a Wallach, cuyo personaje se encuentra entre los dos extremos que ofrece el film, es decir, entre el bueno y el malo. Y no me refiero solo al título. El personaje de este ladrón capaz de hacer lo que sea por llevarse el botín tiene tantas posibilidades de generar rechazo como de resultar un mero secundario al servicio del héroe. Por supuesto, la definición sobre el papel es, en este sentido, imprescindible, y eso es algo que los guionistas dejan patente casi desde el primer minuto en que aparece en pantalla. Pero independientemente de esto, el actor aporta al personaje la empatía necesaria para encontrar ese equilibrio a nivel visual. Tal vez sea porque no se le ve matar de forma directa; tal vez porque la ironía con la que se mueve por la trama le convierte en el elemento más cómico del conjunto. Sea como sea, este “feo” se convierte en un personaje único, y en eso tiene mucho que decir el intérprete.

Dicho de otro modo, Eli Wallach se convierte en ese ladrón pícaro capaz de lograr sus objetivos mediante artimañas que no siempre necesitan de amenazas. Es cierto que no son pocas las ocasiones en que recurre a las armas, pero en líneas generales es un personaje que se distancia notablemente de los otros dos al utilizar la sutileza antes que el gatillo rápido. Esto, unido a una suerte que oscila según sople el viento (cuando todo parece irle bien, llega la mala suerte, y viceversa), le convierten en uno de esos secundarios que dejan huella en una película. Uno de los mejores ejemplos es el momento en el que el soldado le revela la existencia del tesoro. El hecho de que no le transmita toda la información, lo que le obliga a colaborar con el personaje de Eastwood, define perfectamente al personaje y al actor, quien hace suyas las reacciones del mismo.

A nadie se le escapa que en un clásico como El bueno, el feo y el malo la labor del fallecido Eli Wallach es una pieza más de la grandeza del film. Pero sería un error no tener en cuenta que sin su aportación posiblemente la historia no sería tan completa. Es gracias a él que su personaje adquiere independencia frente al resto de protagonistas. Y es gracias a él que la ironía hace acto de presencia en un triángulo, por otro lado, tendente a la gravedad y la seriedad. Dicho de otro modo, un secundario que conocía su sitio en la trama pero que, fuese cual fuese la situación, es capaz de generar el suficiente impacto como para dar un sentido diferente al desarrollo dramático, algo que se puede apreciar incluso en sus últimas apariciones casi testimoniales. El consuelo siempre será que su obra perdura en el tiempo.

‘Dom Hemingway’: la locura del perdedor


Jude Law es 'Dom Hemingway' en la película de Richard Shepard.Richard Shepard, director de La sombra del cazador (2007), promociona su nueva película asegurando que “Jude Law es Dom Hemingway… y tú no”. Y lo cierto es que esa sentencia define a la perfección la trama y el sentido dramático cómico de la película, una especie de odisea protagonizada por un ladrón de cajas fuertes que busca su lugar en un mundo extraño para él después de haber pasado 12 años en la cárcel. Con un tono visual personal y provocador en muchos sentidos, el director otorga al actor un amplio margen para su lucimiento, lo que a la larga sostiene un film por otro lado algo irregular.

Y es que sin Jude Law (Repo Men) ni el personaje ni la película serían lo que son. El actor, quien a estas alturas no debería tener que demostrar nada, compone un rol de extremos en todos los sentidos. Tan querido como odiado, su facilidad para pasar de la calma a la locura, del arrepentimiento a la provocación, es simplemente fascinante. Es en estos extremos donde Law se encuentra más cómodo, desnudando el alma de un hombre perdido, abocado al fracaso y sin más objetivo que tratar de recuperar el tiempo perdido, aunque sin saber cómo. Un perdedor, en definitiva, que intenta forzar su situación y cambiar su suerte en una espiral de fracasos, violencia y desesperación cuyo final, empero, es esperanzador. Desde luego, el actor es el principal reclamo de Dom Hemingway, aunque sería injusto no reconocer la labor del resto del reparto, en especial un Richard E. Grant (Love hurts) que hace de contrapartida perfecta del protagonista, una especie de conciencia que tiene poco que hacer contra la locura del perdedor.

Sin embargo, y a pesar de una concepción visual más que interesante por parte de Shepard (ahí está, por ejemplo, el accidente de coche o los imprescindibles primeros minutos), la película nunca termina de conectar con el espectador. El motivo podría encontrarse en que su historia no se enmarca dentro de los parámetros habituales del público general, siendo más propio de cintas británicas para espectadores más selectos, pero eso sería un argumento algo tosco. En realidad, la historia no llega a funcionar del todo porque la trama no presenta grandes nudos conflictivos, o mejor dicho no ofrece retos relevantes al protagonista, que se mueve por el relato como si de un espectador se tratara. Las cosas que le ocurren, a pesar de la gravedad, nunca alcanzan a profundizar mucho en el alma de este Hemingway cuya forma de ver la vida resta gravedad a todo lo que le rodea.

El resultado es una cinta que se sostiene gracias fundamentalmente a los personajes y a los magníficos actores que los interpretan. Sin Jude Law Dom Hemingway no sería ni la mitad de canalla y perdedor. Y sin él la película posiblemente sería menos tolerable de lo que en realidad es. La labor de Shepard a nivel narrativo y visual ayuda, no así a nivel de libreto. De hecho, el recurso de dividir la historia en capítulos precedidos de un título no hace sino acentuar la sensación de estar ante una serie de momentos audiovisuales con una conexión entre ellos. Separados son más que interesantes; unidos no poseen la entereza suficiente para crear una buena historia. La verdad es que sí: Jude Law es Dom Hemingway… y poco más.

Nota: 6/10

‘Banshee’, un nuevo sheriff llega a la ciudad en su 1ª temporada


'Banshee' combina western y thriller criminal en su primera temporada.La siguiente trama es, a grandes rasgos, la de Banshee: un hombre que sale de la cárcel llega a un pequeño pueblo en busca de la mujer que ama y que le traicionó después de un robo. Por estar en el sitio y momento equivocados termina haciéndose pasar por el nuevo sheriff al que nadie conoce todavía (o casi nadie). Pronto descubre que esa pequeña ciudad está dominada por un hombre cuyas actividades, enmascaradas por una empresa legal, tienen precisamente bastante poco de legales. Todo esto con la amenazadora sombra del hombre al que robó y que ahora le persigue para matarle.

Dicho así, el argumento de esta serie creada por David Schickler y Jonathan Tropper con el beneplácito de Alan Ball (serie True Blood) podría corresponderse con cualquier película del western que en algún momento todos hemos visto. Y es cierto, pues esta primera temporada de 10 capítulos tiene mucho de ese aroma al Lejano Oeste con caballos, indios, vaqueros, forajidos y hombres cuyo sentido de la justicia va más allá de la ley establecida. Todo salvo un detalle: es pleno siglo XXI. Esto, lejos de perjudicar, aporta al conjunto un estilo único, gracias fundamentalmente al estilo descarnado de sus secuencias de acción y a una trama que, todo hay que decirlo, tiene la profundidad típica de las intrigas criminales.

En efecto, lo más atractivo de Banshee (por cierto, nombre del pueblo protagonista) no es tanto la historia principal, típica donde las haya y con más bien pocas sorpresas. No, lo realmente interesante es lo que se desprende de su frase promocional: “Pueblo pequeño. Grandes secretos”. Las complejas relaciones de los personajes secundarios, entre los que destaca por méritos propios Kai Proctor (Ulrich Thomsen, visto en el remake de La cosa), así como unos pasados marcados por los secretos y las mentiras, convierten la serie en un complejo mapa en el que nadie es quien dice ser y, sobre todo, en el que el pasado nunca deja de inmiscuirse en el presente.

El efecto más visible de esto es el protagonista, interpretado por un Anthony Starr (El refugio de mi padre) que se pasa media temporada peleando, casi siempre ganando pero siempre, y recalco lo de “siempre”, recibiendo palizas que harían temblar a alguno de los semidioses de la mitología griega. Curiosamente, las secuencias de lucha, violentas y salvajes como pocas veces se ha visto en pantalla, se convierten en una vía de escape para las constantes intrigas que se desarrollan en las calles de este pequeño pueblo. Son exageradas e increíbles, es cierto, pero no desentonan con el conjunto. De hecho, es uno de los elementos que otorgan ese aire a western que antes mencionábamos. Evidentemente, dichas peleas deben ser tomadas como lo que son, y no como una incongruencia de la trama.

Una historia de violencia

Desde luego, Banshee no es ni mucho menos un thriller en el que los villanos terminen respondiendo por sus actos. Al contrario, los villanos terminan, de un modo u otro, librándose de su fatal destino. Incluso se podría ir más allá y afirmar que los buenos y los malos de esta primera temporada quedan un tanto difuminados. Ver a un ladrón que se hace pasar por sheriff realizar un robo puede que sea uno de los momentos más confusos de estos primeros 10 episodios. Por supuesto, no es el único, pues las numerosas revelaciones que se producen conforme avanza la trama hacen evolucionar a los personajes hasta el punto de terminar en una situación muy diferente a la que habían empezado.

Y esta es la mejor prueba de que estamos ante una serie cuanto menos interesante. Su forma de presentar la trama engancha desde el primer minuto; la violencia, a medio camino entre la fantasía y la realidad, hipnotiza lejos de desagradar; y sus personajes poseen una entidad lo suficientemente sólida para no ser meros estereotipos y al mismo tiempo no impedir que los aspectos más livianos del desarrollo dramático queden relegados a una anécdota.

Esta primera temporada, por tanto, encuentra el equilibrio perfecto entre todos sus elementos para evolucionar hacia un nuevo concepto dentro de sus propios parámetros. La conclusión del último episodio, que como no podía ser de otro modo tiene como protagonista una soberana paliza al protagonista, pone los pilares necesarios para que la segunda temporada, que comenzará en Estados Unidos en enero del 2014, sea diferente sin ser radicalmente distinta. Y lo consigue porque, al menos en una primera impresión, está dando una mayor prioridad a las tramas secundarias que enriquecen el mundo de esta pequeña ciudad, restando algo de protagonismo a esa venganza entre criminales que se antojaba piedra angular de todo el conjunto.

Es evidente que Banshee no va a ser plato de gusto para todos los paladares. La violencia salvaje y las desinhibidas secuencias de sexo pueden resultar un tanto incómodas, pero eso no debería ser un impedimento para disfrutar de una serie que encuentra su mejor versión en el equilibrio de todos sus elementos. El exceso visual se compensa con una trama fuertemente enlazada. Algunos momentos cómicos encuentran su contrapartida en la gravedad de unos personajes marcados por su pasado. Y ese cierto aire a western se combina a la perfección con las nuevas tecnologías y las nuevas armas. En definitiva, una serie completa en sus propios parámetros.

‘El ladrón de palabras’: las muñecas rusas del mundo literario


Una historia dentro de otra y que, a su vez, narra una tercera. La idea no es ni mucho menos nueva, pero en función de cómo se afronte puede dar como resultado una muy interesante película, sobre todo si lo que cuenta tiene un trasfondo más allá de los tópicos propios de un género. Brian Klugman y Lee Sternthal han elegido dicha estructura para su primera película a cuatro manos como directores y guionistas. Y el resultado, como en muchas obras primerizas, se queda a medio camino entre el todo y la nada.

Desde un punto de vista dramático, la historia posee los suficientes elementos como para ser atractiva y enganchar al espectador a medida que acompaña al protagonista en sus deseos y frustraciones, así como en el error más grande de su vida. Error que, como suele ocurrir, no descubre hasta bien avanzada el arco narrativo, y que queda revelado por la aparición de un anciano (magnífico Jeremy Irons). El principal escollo que encuentra el film es, precisamente, la entrada en escena de este personaje. Su presencia apunta hacia un camino dramático que los autores evitan con todos los recursos narrativos posibles, lo que genera algo de confusión y, sobre todo, cierta indiferencia que convierte la película en una historia más sobre el plagio, la falta de sinceridad personal y el dolor de una historia maldita.

La película se desinfla hacia su tramo final. No solo ya por la historia del escritor y el anciano, sino por la falta de intensidad dramática en los conflictos familiares y morales que se le presentan al joven que ha hecho suyas las palabras de otro. Por otro lado, la presencia del personaje de Dennis Quaid (narrador de toda la historia) y su reflexión final sobre el devenir de los personajes de su libro deja en entredicho la resolución de una historia que, ya de por sí, parece inconclusa en la resolución de las líneas dramáticas secundarias a las que da lugar el detonante de la historia.

Tal vez sea la narrativa que combina hasta tres espacios, tres tiempos y tres protagonistas diferentes; tal vez sea la pérdida paulatina de interés ante la falta de conflicto real. El caso es que El ladrón de palabras no termina de convencer. Se presenta como una historia con alma, una historia que se vende como diferente, pero al final se mira en demasiados espejos sin llegar a parecerse a ningún reflejo pero con muchos miembros de todos.

Nota: 6/10

James Bond llega con la misión de superar ‘Lo imposible’ de Bayona


En buena parte de España este fin de semana será más largo de lo normal debido a la festividad de Todos los santos de mañana. Por ese motivo los estrenos que, en teoría, deberían de llegar el viernes 2 de noviembre se adelantan a hoy, miércoles 31 de octubre. Y nada mejor que cuatro días para disfrutar de los numerosos y variados estrenos que inundarán la cartelera… con permiso del tsunami de Bayona y Lo imposible. De entre todos ellos destaca casi en exclusiva lo nuevo de James Bond, un título más que apetecible que ha abierto boca gracias a sus trailers y al adelanto de su tema principal, interpretado por Adele. Pero hay mucho más: una de terror, un drama educativo, una intriga literario y cine español, mucho cine español.

De hecho, la nueva entrega del agente secreto más famoso y longevo de la historia del cine tiene una importante presencia española, la de Javier Bardem (Mar adentro) como el villano de la función. Con el nombre de Skyfall, Bond llega ya a su aventura número 23, en esta ocasión dirigida por Sam Mendes (Camino a la perdición). Su trama comienza con una misión fallida de Bond que deja al descubierto la identidad de varios agentes del MI6. Dado por muerto, deberá regresar cuando la sede de la agencia de espionaje sea atacada por alguien del pasado de M, superior de 007, lidiando con las amenazas externas e internas provenientes del propio Gobierno. Daniel Craig (Resistencia) vuelve a enfundarse el traje en esta entrega que, según parece, se aleja del estilo de otra famosa saga, la de Jason Bourne, para erigirse con un estilo único. Junto a Craig y Bardem, rostros conocidos de la saga y muchos otros nuevos y de gran relevancia: Judi Dench (Diario de un escándalo) repite como M, mientras que Ralph Fiennes (Escondidos en Brujas), Ben Whishaw (El perfume) y Naomie Harris (28 días después…) se incorporan en esta película.

Junto a ella llega, además, El ladrón de palabras, drama romántico escrito y dirigido a cuatro manos por Brian Klugman y Lee Sternthal en la que es la ópera prima para ambos. Protagonizada por un reparto coral realmente interesante, la cinta gira en torno a un joven escritor que encuentra el éxito con una novela. El problema surge cuando un anciano asegura que la historia está plagiada de una que él mismo escribió hace años, relatando los hechos que inspiraron los pasajes del libro. Historia de dos épocas y de dos amores, está protagonizada por Bradley Cooper (Resacón en Las Vegas), Jeremy Irons (El reino de los cielos), Dennis Quaid (El día de mañana), Zoe Saldana (Avatar), Olivia Wilde (In time), John Hannah (La Momia) y J. K. Simmons (Spider-Man).

La tercera en discordia es una de terror, y a tenor de lo visto en sus primeras imágenes, promete. Sinister sigue las desventuras de un escritor, padre de familia, que se muda a una casa en busca de la inspiración para su nuevo libro. Allí encuentra unos rollos de película en los que se ve a la familia que antes ocupaba la casa y que murió en extrañas circunstancias en esas mismas habitaciones. Poco a poco empieza a descubrir que dichas imágenes esconden la razón de sus muertes. Dirigida por Scott Derrickson (El exorcismo de Emily Rose), la película tiene como principal reclamo a Ethan Hawke (Gattaca), quien está acompañado por Juliet Rylance (Animal), Fred Dalton Thompson (En la línea de fuego) y James Ransone (Los próximos tres días), entre otros.

Para aquellos que prefieran el drama más social también se estrena, aunque con algo de retraso, El profesor (Detachment), film protagonizado por Adrien Brody (El pianista) que sigue la labor de un profesor sustituto que posee un auténtico don para empatizar con los alumnos, pero que nunca lo pone a prueba al no estar demasiado tiempo en un mismo centro. Todo cambia cuando llega a un instituto donde todos, incluida la Administración, vive en una constante apatía, por lo que su labor de enseñanza y su facilidad de contacto con los alumnos y profesores será más necesaria que nunca. Dirige el conjunto Tony Kaye (American History X), y en el reparto también encontramos a Marcia Gay Harden (Hacia rutas salvajes), James Caan (Misery), Christina Hendricks (Como la vida misma), Lucy Liu (El caso Slevin), Blythe Danner (Los padres de ella), Tim Blake Nelson (O Brother!), William Petersen (el inolvidable Gil Grissom de C.S.I.) y Bryan Cranston (Pequeña Miss Sunshine).

Entrando en los estrenos europeos, la única propuesta que llega a España es Submarine, co producción de 2010 entre Inglaterra y Estados Unidos. La historia sigue a un joven de 15 años que se plantea dos objetivos antes de su cumpleaños: perder la virginidad con una joven de la que está enamorada y lograr que su madre no deje a su padre por un antiguo amor del instituto. A medio camino entre la comedia romántica y el drama, la propuesta está dirigida por Richard Ayoade, en la que es su ópera prima. Basada en la novela de Joe Dunthorne (que el propio Ayoade adapta), la película está protagonizada por Craig Roberts (Jane Eyre), Yasmin Paige (Ballet Shoes), Noah Taylor (Vanilla Sky), Paddy Considine (Arma fatal) y Sally Hawkins (Nunca me abandones).

Centrándonos en la producción nacional, sin duda el título que más llama la atención es O apóstolo, cinta de animación que mezcla terror, humor y fantasía, y cuyos personajes toman los rasgos físicos de los actores que prestan sus voces. El argumento da inicio con la fuga de un convicto de la cárcel para encontrar un tesoro escondido hace años en un pueblecito de Galicia. Sin embargo, lo que allí se encontrará va más allá de lo que tenía previsto: siniestros ancianos, desapariciones extrañas o un siniestro sacerdote son algunos de los elementos con los que tendrá que lidiar antes de hacerse con el botín. Escrita y dirigida por Fernando Cortizo, supone su primer largometraje, y para la ocasión ha contado con varios nombres de peso del cine español: Carlos Blanco (Trastorno), Jorge Sanz (La niña de tus ojos), el difunto Paul Naschy (La herencia Valdemar), Geraldine Chaplin (Hable con ella), Luis Tosar (Los lunes al sol) y Manuel Manquiña (Los muertos van deprisa).

Del mismo modo, se estrena Vulnerables, primera película de Miguel Cruz Carretero en la que una joven diseñadora de éxito de Madrid se ve obligada a trasladarse a una finca familiar en La Mancha con motivo de la frágil salud de su primer hijo. Allí deberá enfrentarse a sus propios fantasmas del pasado, aunque la verdadera amenaza llegará de fuera y será mucho más real. Paula Echevarría (Luz de domingo) protagoniza este thriller en el que también encontramos a Joaquín Perles (La voz dormida), Álvaro Daguerre y Mara Blanco (serie MIR).

Los estrenos españoles se completan con El hombre de las mariposas, drama del 2011 en torno a un ex militar soviético que vive escondido en un apartado caserón entre viñedos debido a que se le acusa de tener relación la mafia del Este. Su vida cambia cuando recibe la inesperada visita de su conflictiva sobrina de 12 años, de la que deberá hacerse cargo. Ópera prima de Maxi Valero, la película está protagonizada por Sergio Caballero (9 meses), Claudia Silva ([REC]), Ana Milán (Al final del camino), Carlos Manuel Díaz (Luna caliente) y Vasilo Gandyuk.

La oferta de películas que llegan hoy se completa con el documental alemán Ralf König, rey de los cómics, un repaso a la trayectoria de este importante dibujante y humorista alemán cuya obra fue decisiva en los movimientos de la emergente comunidad gay de los años 70 en Alemania. Dirige la propuesta Rosa von Praunheim (Der rosa Riese).

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