Temporada 8 de ‘Juego de Tronos’, un gran final para los Siete Reinos


Ya está. Lo que hace ocho años comenzó como la adaptación de una serie de novelas de corte fantástico medieval ha llegado a su fin como el fenómeno televisivo de las últimas décadas. Un fenómeno que ha trascendido su propia dimensión de puro entretenimiento seriéfilo para convertirse en un estudio de estrategias políticas y una confrontación de pasiones encontradas. Y si bien es cierto que esto da buena muestra del grado de relevancia que ha adquirido Juego de tronos, también ha jugado en contra de la octava y última temporada creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, ya conocidos como D&D. Personalmente, creo que con sus errores y sus prisas por terminar, que los tiene, estos seis episodios finales son la conclusión sobresaliente a una historia desarrollada en casi una década.

Y sí, digo sobresaliente porque en realidad estos capítulos vienen a ser lo que el tercer acto es a una película, es decir, la conclusión a todas las tramas abiertas a lo largo de los años. Sobre todo las principales. Esto ha provocado que el desarrollo dramático se haya centrado fundamentalmente en los conflictos bélicos largamente esperados, ambos con consecuencias catastróficas tanto visual como sociológicamente. En este aspecto, sus creadores aprovechan las oportunidades que ofrecen las propias características de la serie para componer una huída hacia adelante, un constante recorrido a marchas forzadas para solventar algunos de los conflictos planteados, madurados e incluso enquistados a lo largo de estas temporadas. Habrá quien piense que todo ha sido muy rápido, que solo ha interesado lo visual por encima de la intriga política. No falta razón, pero es que si hubiera sido de otra manera no estaríamos ante el final, sino ante una transición a otra historia diferente.

Las dos principales batallas de esta temporada, desarrolladas no por casualidad en las dos grandes ciudades de Juego de tronos, son un ejemplo de pulso narrativo. La primera, en Invernalia, juega de forma magistral con la iluminación, con el terror de la noche y las características de los muertos. Los movimientos de cámara permiten en todo momento conocer la ubicación de todos los personajes allí citados aunque la historia solo se centra en los principales. Y me explico. El episodio está estructurado de tal manera que la trama solo necesita seguir a los protagonistas para poder narrar cada detalle de la batalla. Y esto, teniendo en cuenta la complejidad de la narrativa, es algo que todo realizador debería estudiar si tiene que enfrentarse a algo similar. La segunda, en Desembarco del Rey, es más bien un derroche de tensión dramática, con ese tañer de campanas que debería marcar un final y, sin embargo, marca un inicio. Y aunque este episodio tiene algunos de los momentos más irregulares de la serie, no deja de evidenciar la fuerza narrativa de una serie construida a fuego lento… nunca mejor dicho.

No cabe duda de que estos seis episodios (algunos de ellos de una duración similar a una película) se han planteado única y exclusivamente para cerrar tramas. Algunas de ellas quedan ligeramente abiertas en el último episodio. Otras se cierran de forma coherente y otras, sencillamente, se antojan algo apresuradas en su resolución. Todas ellas, con sus altibajos, forman sin embargo un mosaico narrativo y visual espléndido, con una serie de discursos y argumentaciones finales que demuestran, por un lado, el peso dramático del rol de Peter Dinklage (Vengadores: Infinity War), diluido un poco entre tanta guerra, y por otro, que la serie ha sido y siempre será un estudio político de los intereses y luchas de poder entre facciones, se llamen familias o con cualquier otro nombre que se les quiera dar. Es cierto que esta última temporada peca en exceso de una cierta aceleración de acontecimientos, sobre todo tras la batalla de Invernalia, y eso es posiblemente lo más censurable del conjunto, pero en todo caso la evolución de los personajes encuentra su encaje en su desarrollo de temporadas pasadas.

Dictadores y demócratas

De hecho, la serie recupera de nuevo esa idea de tiranos dictadores y nobles demócratas que tan bien ha funcionado en el pasado. Para muchos el problema radicará en las figuras que representan cada uno de los bandos. Estoy hablando del rol de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), que ha pasado de ser libertadora a convertirse poco menos que en una versión femenina de Hitler. Sus discursos e ideas en el episodio final de esta temporada de Juego de tronos confirman un viraje moral que podría considerarse inconsistente, pero que analizado fríamente tiene una más que clara justificación. Para empezar, durante toda la serie se ha hablado en varias ocasiones del legado familiar de locura y megalomanía; y aunque siempre ha atacado a tiranos y esclavistas, lo cierto es que todo aquel que se ha opuesto a sus designios ha tenido un final poco benévolo. Es cierto que en estos seis episodios su evolución parece precipitarse con demasiada urgencia, pero eso no es óbice para que la base sobre la que se sustenta exista realmente y se haya fraguado durante las siete temporadas previas.

Hay que señalar, en este sentido, la estética dictatorial de esos planos del último episodio, con grandes banderas ondeando sobre ruinas, ejércitos uniformados y discursos más propios de la época más oscura de Europa. Las palabras del personaje de Dinklage despejan las posibles dudas que pudiera haber. Como decía antes, este episodio ocho viene a confirmar que la serie nunca ha abandonado ese cariz puramente político y estratégico, por mucho que haya tenido descansos dramáticos favoreciendo la acción pura y dura. Las tensiones entre los personajes de Clarke y Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) son el mejor ejemplo de ello. Con todo, la serie deja decisiones dramáticas cuestionables. Dado que es necesario acentuar el carácter conquistador de la Madre de Dragones, Benioff y Weiss convierten el rol de Lena Headey (300) en una mujer vulnerable, alejada por completo de la tirana y déspota reina que fue antaño. Algo con poca justificación, ya que la masacre de hombres, mujeres y niños indefensos ya es de por sí suficiente argumento para convertir a una salvadora en una tirana. Su muerte es, posiblemente, el momento más innecesariamente melodramático de toda la serie, amén de no corresponder con la evolución del personaje durante toda la serie.

Ahora bien, la resolución de todas las tramas y del futuro de cada uno de los personajes supervivientes es sencillamente brillante. La argumentación con la que se corona al nuevo rey viene a confirmar un cambio mínimo para que todo siga igual. Dejando a un lado la cuestionable presencia de algunos personajes en esa especie de concilio final en torno al rey (¿de verdad era necesario recuperar personajes que no aparecían desde hacía varias temporadas?), cada uno de los protagonistas termina donde tiene que terminar, el lugar al que pertenece en cuerpo y, sobre todo, alma. Una nueva generación de personajes, cada uno retomando papeles interpretados por veteranos en las anteriores temporadas, que viene a introducir sangre nueva en una historia que perfectamente podría continuar con intrigas políticas, recelos, ambiciones y luchas de poder. Un final continuista para una trama marcada por la destrucción de una guerra que ha dejado muchos, muchísimos cadáveres por el camino. Un final que comienza con la reconstrucción de un mundo arrasado por el hielo y el fuego.

Juego de tronos termina como debería terminar. Al menos la serie de televisión. Habrá que ver si tiene algo en común con las novelas que deba publicar George R. R. Martin. Pero como producto audiovisual esta octava temporada ha demostrado que la pequeña pantalla es capaz de ofrecer tensión dramática, un lenguaje visual complejo y bello, una evolución compleja de sus personajes y un final que, casi con toda probabilidad, no dejará indiferente a nadie. Como dice el personaje de Dinklage (en uno de sus muchos y brillantes momentos del último episodio), nada une más que una buena historia. Una historia no puede ser derrotada, y si crece lo suficiente puede llegar a ser incontrolable. Algo de todo eso tiene esta última tanda de episodios. Y dado su éxito, es evidente que no gustará a todo el mundo, que cada uno de los espectadores tendrá su versión de lo ocurrido. Eso es lo más atractivo de la serie. Personalmente, y con las irregularidades evidentes que tiene esta etapa, creo que estamos ante una conclusión más que digna de una trama tan compleja como esta. Pero ante todo hemos llegado al final de una era. Nada volverá a ser lo mismo después de esta guerra de Poniente. La televisión ha cambiado, abriendo la puerta a nuevas y complejas producciones. Solo el tiempo dirá si ha sido para bien o para mal. Y de nuevo, como dice Tyrion Lannister, preguntadme dentro de diez años.

El invierno ya ha llegado a la séptima temporada de ‘Juego de tronos’


El tramo final de cualquier relato, lo que en cine se conoce como el tercer acto, se caracteriza por una mayor acción, menos desarrollo dramático y la resolución de los conflictos planteados durante las secuencias anteriores. De ahí que ver el final de una película sin conocer lo que ha ocurrido antes puede llevar a engaño, frustración o decepción. ¿Y qué tiene esto que ver con Juego de tronos? Pues en realidad todo. Porque su séptima temporada, más corta que las anteriores, está planteada como eso, como el comienzo del fin. El invierno ha llegado a la trama, pero también al tratamiento que David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss llevan a cabo en estos 7 episodios.

Y es que la historia ha entrado en una recta final frenética, marcada notablemente por la acción, la espectacularidad y los dragones. Vamos, todo lo que los seguidores han estado esperando durante años. Atrás han quedado, o al menos han sido relegados a un segundo plano, los largos y densos diálogos, las miradas capaces de explicar todo un universo complejo de emociones y las intrigas palaciegas. Siguen existiendo, claro está, pero su protagonismo merma considerablemente. Que esto sea mejor o peor es a gusto del consumidor, pero personalmente creo que entrar en estas discusiones aleja la atención del verdadero problema de esta temporada, que abordaré más adelante.

Este problema, del que se derivan muchos otros aspectos, no debe ser óbice para poder disfrutar de una de las temporadas más intensas de Juego de tronos. El ritmo de sus episodios es endiablado, sus personajes han evolucionado coherentemente y, en definitiva, todas las piezas se han ubicado en este tablero que es Poniente para poder dar salida a las tramas secundarias que hayan quedado todavía con vida. Esto ha permitido a sus creadores, por tanto, centrarse en el grueso de los personajes principales, en unificar las diferentes historias en una sola mucho más épica y grandilocuente en la que la espectacularidad es la protagonista.

Los guiones de estos episodios, por tanto, sustentan su atractivo mucho más en la acción. Y precisamente esa apuesta, dado que todavía existen muchos frentes abiertos, es la que provoca la aparición intermitente, en algunos casos demasiado intermitente, de determinados personajes, por no hablar de que su protagonismo en pantalla se ha reducido a la mínima expresión. Dicho de otro modo, la trama pone toda su atención en la lucha por el trono y en la lucha contra los muertos, dejando por el camino varios cadáveres dramáticos que pueden llegar a echarse de menos, sobre todo porque su desaparición no parece estar más justificada que por las necesidades dramáticas del momento.

Menos tiempo

Antes mencionaba que existe un gran problema en esta temporada, y ese es el tiempo. El hecho de que sean tan solo 7 episodios hace hincapié en dos cosas. Por un lado, que estamos ante el final de uno de los eventos televisivos más importantes de la historia. Y por otro, que existen menos minutos para narrar la historia. De hecho, más de dos horas de metraje con respecto a las anteriores temporadas de Juego de tronos. Y eso obliga a los guionistas a concentrarlo todo en menos espacio dramático. El resultado es, más allá de saltos temporales y viajes que parecen casi teletransportar a los protagonistas, una ausencia de intriga, de diálogos profundos que obliguen a la reflexión o a la búsqueda de intenciones ocultas.

Es más, todo en esta séptima etapa está enfocado a hacer avanzar la acción lo más rápido posible. El final de temporada, espectacular como siempre, es el resultado de ese proceso. Lo malo es que se quedan muchas cosas por el camino. Lo bueno es que la serie gana en dinamismo. Por supuesto, eso no quiere decir que no siga existiendo una parte de estrategia y de intriga. Sin duda, los acontecimientos de Invernalia son el mejor reflejo de ese pequeño resquicio que, como muchas cosas en esta etapa, termina muriendo (y no diré más para no desvelar nada). Pero no dejan de ser una pequeña isla en una trama mucho más directa y menos dada a subterfugios.

Puede que la mejor prueba de ello sea el último episodio y varias resoluciones dramáticas que se dan a lo largo de la temporada, algunas con un mayor impacto que otras. Todos los secretos, salvo la gran incógnita en torno al Rey de los Caminantes Blancos, parecen quedar resueltos en esta especie de final previo al gran final que parece anunciarse en la última temporada, aún más corta que la que ahora termina. Secretos, por cierto, que incluyen el verdadero origen de Jon Snow en una revelación que, por el momento en el que se hace y las imágenes que se muestran, puede tener muchas consecuencias.

Ahora lo importante es analizar esta séptima temporada de Juego de tronos, y el resultado no puede ser más diferente a lo visto hasta ahora. Esta es la única valoración objetiva que se puede hacer. A partir de aquí, las impresiones personales de cada uno. La serie apuesta por la acción más visual, por sacar el máximo partido a los combates, a sus dragones y a los enormes ejércitos que parecen no terminarse nunca a pesar de las cruentas batallas. Los diálogos, las conspiraciones y los asesinatos protegidos por las sombras parecen haber terminado, o al menos haber perdido protagonismo. No sé si esto convierte esta temporada en mejor o peor que las anteriores, pero sin duda deja algunos de los momentos más épicos de la serie, así como algunas de las secuencias mejor rodadas de toda esta historia. El invierno ha llegado para todos, como demuestra uno de los últimos planos de la temporada, y la pregunta que queda por hacerse es si los héroes serán capaces de sobrevivir a él. Para saberlo habrá que esperar a los seis episodios de la octava temporada.

‘Juego de tronos’ logra su máximo esplendor en su 6ª temporada


Jon Nieve a punto de entrar a luchar en la batalla de los bastardos en la 6ª T. de 'Juego de tronos'.Si alguien quiere entender por qué Juego de tronos es una de las mejores producciones televisivas de la actualidad, si no la mejor; si alguien quiere entender por qué la serie que adapta las novelas de George R.R. Martin es una de las mejores de la historia; y si alguien quiere entender, en definitiva, el fenómeno adaptado a la pequeña pantalla por David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss que atrae tanto a los fans como a los mayores detractores de la fantasía, que se siente a ver con pausa y atención la sexta temporada. Porque no solo es la mejor entrega, sino que posiblemente sea el mejor desarrollo narrativo y de personajes que se vea en una producción cinematográfica o televisiva.

Los 10 episodios que componen esta etapa son, de forma individual y en su conjunto, una carrera hacia adelante perfectamente ejecutada. Una de las mayores críticas que se han hecho a la serie (y que en comentarios anteriores he suscrito) es la falta de desarrollo de algunas tramas, lo que deriva en falta de ritmo en muchos momentos de la historia, que necesita situar a los personajes en el tablero de juego que representa Poniente. Una carencia que no solo ha sido subsanada en esta primera temporada libre del yugo de las páginas impresas de Martin, sino que ha sido sustituida por una constante sucesión de giros argumentales que, además de hacer avanzar la trama a pasos agigantados, ha permitido a los personajes crecer y convertirse en lo que se espera de ellos desde hace mucho, mucho tiempo.

El mejor y más claro ejemplo es el de Sansa Stark, una Sophie Turner (X-Men: Apocalipsis) que por fin ha salido del cascarón para convertirse en el personaje que se intuía ya desde la cuarta temporada. La evolución que ha tenido, aunque irregular, es tan espectacular que roba buena parte del protagonismo al resto de roles que rodean a esta pelirroja de carácter cada vez más fuerte. Su papel en el destino de Invernalia y de los personajes involucrados en esta trama principal no solo es clave, sino que se antoja indispensable para el futuro, siendo por tanto el catalizador de la evolución que sufra la serie desde este punto de vista. Asimismo, el papel de Emilia Clarke (Terminator: Génesis), aunque fuerte desde las primera temporadas, parecía tener también un carácter dubitativo que se pierde por completo en estos episodios, lo que define mejor al personaje y le dirige hacia un final que se presume apoteósico.

Porque, en efecto, la sexta temporada de Juego de tronos es lo que podría considerarse como el paso del segundo al tercer acto de la historia. Todos los personajes, sin excepción, han dejado a un lado sus dudas existenciales, los problemas que arrastran o los dilemas morales y sociales que les impiden avanzar para dar rienda suelta a su verdadera personalidad, a sus deseos largamente anhelados pero siempre ocultados bajo capas y capas de intereses familiares, de problemas externos o de decisiones equivocadas. Una decisión dramática que tiene sus consecuencias, es cierto (sin ir más lejos, que los personajes lleguen a descontrolarse), pero que en esta ocasión, y dado que hay una base más que sólida de cinco temporadas, no solo es necesaria, es perfecta.

Menos personajes, más impacto

Aunque posiblemente la mejor decisión de los creadores, y eso es algo que puede deberse a que la historia ha adelantado a las novelas, es la eliminación de muchos, muchísimos personajes secundarios de cierto peso que terminaban por lastrar el avance de la historia precisamente por el interés de sus tramas particulares. Gracias a esta apuesta la trama no solo se carga de mayor peso dramático, sino que se aligera de historias que tenían poco o ningún sentido, centrándose en las intrigas principales, léase Lannister, Stark y Targaryen. Esta alternativa de Benioff y Weiss tiene su principal efecto en los numerosos momentos de carga dramática y espectacularidad de la temporada, posiblemente más que ninguna de sus predecesoras, aportando un dinamismo nunca visto hasta ahora.

Claro que a esto se suman villanos de nuevo cuño cuya fuerza es tal que convierte a los tradicionales “malos” en auténticos angelitos víctimas de un dolor y una humillación sin precedentes. Pero no hay que olvidar que estamos hablando de Juego de tronos, donde la venganza no es que se sirva fría, es que directamente es un témpano de hielo. Pero refranes aparte, lo cierto es que la introducción de estos antagonistas, muchos de la temporada anterior, dota al conjunto de una frescura incomparable, pues genera nuevas tensiones dramáticas que complementan a las ya existentes y a las creadas también por la muerte o partida de esos personajes secundarios.

Antes he mencionado que esta temporada, la sexta, es posiblemente la que posea más episodios determinantes. Los más fieles seguidores estarán acostumbrados a que el episodio 9 sea el gran evento. Ya en la anterior temporada los últimos capítulos fueron, en realidad, todo un ascenso dramático y épico de consecuencias imprevistas. Pero en esta, en parte también por el precedente de la quinta, son prácticamente todos los episodios que impactan al espectador, ya sea por su fuerza épica, dramática o de intriga. Sin revelar grandes detalles, el episodio tres, el cinco, el ocho son grandes ejemplos para los guionistas acerca de cómo manejar los tiempos narrativos para generar emotividad, dramatismo o suspense. La pregunta que se plantea entonces es: ¿si la temporada es así, qué ocurre en el noveno episodio? Bueno, digamos que posiblemente es el mejor de toda la serie, y que contiene una de las mejores batallas del séptimo arte.

Y como colofón, un último episodio que no solo deja las piezas perfectamente agrupadas para la esperada guerra entre familias, sino que desvela, por fin, a qué podría hacer referencia esa ‘Canción de Hielo y Fuego’ que da nombre a la saga literaria. El origen de uno de los personajes más importantes de la serie permite la cuadratura del círculo, la integración de todas las historias. Y abre ante el espectador un futuro prometedor que, de repetir lo conseguido en esta secta temporada de Juego de tronos, convertirá a la serie en un pilar narrativo y audiovisual fundamental para el futuro del cine y la televisión. Un esplendor que, todo hay que decirlo, es difícil que se repita, pero que en cualquier caso convierte a esta etapa en la mejor de la serie. Y con el esplendor ha llegado el invierno.

5ª T de ‘Juego de Tronos’, el arte de lograr que menos sea más


Peter Dinklage y Emilia Clarke, en un momento de la quinta temporada de 'Juego de Tronos'.Uno de los comentarios que más se han oído durante la quinta temporada de Juego de tronos ha sido que no ocurre nada, que su trama no avanza y que sus personajes se mantienen en una constante tensión que no lleva al argumento a ninguna parte. Personalmente soy de la opinión de que eso, en una serie como la creada por David Benioff (Cometas en el cielo) y D.B. Weiss, no puede ocurrir ni aunque se intente. Pero incluso aunque eso fuera verdad, aunque su historia se hubiera anquilosado levemente, su final ha sido, con diferencia, el más impactante de toda la serie. Y no me refiero solo al episodio 10. Ni siquiera al ya famoso episodio 9.

En realidad, esta última temporada es un ejercicio minuciosamente medido para llevar al espectador en un viaje cuyo final le resulta inesperado (salvo para aquellos que hayan leído los libros, claro está). El desarrollo dramático de sus tramas principales responde a la teoría de los tres actos de forma casi milimétrica. Así, durante los tres primeros episodios se plantean las posiciones de los principales personajes. Los cuatro siguientes desarrolla los conflictos planteados, llevando a muchos de los protagonistas a situaciones límite. Y el tercer acto, o los tres últimos episodios, es un festival de emociones, de giros argumentales impactantes y de clímax indescriptibles. Repasando mentalmente el camino que han tomado estos 10 nuevos episodios la pregunta que nos debe asaltar es si realmente es cierto eso de que no ha pasado nada.

Si algo caracteriza a Juego de tronos casi desde el comienzo es que menos es más. Salvo contadas excepciones, la serie siempre se ha sentido más cómoda entre intrigas palaciegas, luchas de poder en la sombra y traiciones familiares que entre impactantes revelaciones, normalmente limitadas al episodio 9. Y desde luego la quinta temporada es uno de los mejores ejemplos, como demuestra la conversación entre los roles de Peter Dinklage (X-Men: Días del futuro pasado) y Emilia Clarke (Dom Hemingway), uno de los mejores momentos de la temporada. El magistral desenlace que ha tenido esta entrega invita a reflexionar sobre el papel que han jugado todos los acontecimientos previos. Un papel imprescindible para comprender no solo el futuro de muchos de los personajes, sino los cambios emocionales, morales y físicos que sufren casi todos. Es, en este sentido, una temporada de transición, después de ese giro dramático que supuso la cuarta temporada. Una transición necesaria pero para nada aséptica.

Desde luego, lo más interesante son las lecturas que se hacen de las decisiones y las motivaciones de los principales personajes. Estamos tan acostumbrados a ver cómo los personajes de George R. R. Martin logran más o menos los objetivos más inmediatos que nunca nos hemos parado a pensar en las consecuencias de sus actos. Y eso, en definitiva, es el argumento de esta serie. Si el clan Lannister está acostumbrado a gobernar pisoteando a los demás, en esta temporada sus acciones tienen consecuencias imprevistas. Cuando la Khaleesi cree que puede gobernar simplemente liberando esclavos, una rebelión se alza contra ella. Y si los Stark creen que pueden seguir adelante sin pagar un alto precio, bueno… en este tema es mejor no entrar demasiado.

Tramas insustanciales

El resumen de todo el análisis anterior podría ser que, aunque no lo parezca, la trama avanza de forma notable, e incluso se producen cambios mucho más profundos en los personajes de lo que había podido verse hasta ahora. Sin embargo, eso no impide que hayan existido, casi por primera vez, tramas que no han aportado mucho, al menos a lo largo de la temporada (parece evidente que algo desencadenarán en la sexta entrega). Una de ellas es la historia ambientada en Dorne, ciudad a la que España ha dado vida y que, todo sea dicho, no ha sabido explotar más que la belleza de los escenarios. Su trama, un rescate secreto que se tuerce y que tiene como protagonista a Jaime Lannister (de nuevo Nikolaj Coster-Waldau, visto en Oblivion), se desarrolla con más pena que gloria, sin generar demasiado interés y preocupada más en mostrar los rasgos de esta nueva casa, intuidos en la temporada anterior, que por ofrecer algo consistente al espectador. Al menos hasta el último episodio.

También resulta sorprendente el tratamiento dado al personaje de Sophie Turner (Mi otro yo), una Sansa Stark que parecía haber madurado al final de la cuarta temporada y que, de nuevo, vuelve a ser esa niña atemorizada y traumatizada por el mundo de violencia y sangre en el que vive. Un giro que no logra funcionar demasiado bien en la definición de su personaje pero que, por otro lado, ayuda a consolidar la historia de Invernalia como una de las mejores, permitiendo además que otro personaje recoja el testigo de rol más odiado de la ficción. Sentimientos aparte, lo cierto es que su indefinición no hace sino jugar en su contra, no solo porque convierte a ese personaje en un ser débil y manipulable, sino porque no logra evolucionar, algo que en Juego de tronos no puede mantenerse por demasiado tiempo.

Y no puedo dejar de mencionar, aunque sea sutilmente, el final de esta quinta temporada. Como decía a más arriba, no se trata solo del último episodio, sino de todo el tercer acto de esta etapa. Tres finales de episodio simplemente indescriptibles, cada uno magistral en su concepción. Todos ellos han revelado aspectos muy significativos de la historia, más allá de la espectacularidad que puedan presentar en sendas batallas que superan, en muchos aspectos, a las mostradas hasta ahora. Aunque si hay algo que dejará sin palabras a los espectadores será la conclusión del episodio 10, un auténtico gancho dramático que, casualidad o no, tiene una clara influencia de uno de los episodios más conocidos de la Roma Clásica. Un final que, de ser cierto, cambia las reglas del juego por completo, obligando a tomar una nueva dirección que puede ser tan interesante como peligrosa.

Tal vez no sea la mejor temporada de Juego de tronos. La verdad es que la tercera y la cuarta entregas han sido insuperables. Pero desde luego mantiene el altísimo nivel dramático y técnico de toda la serie. De nuevo, sus creadores demuestran que no es necesario que ocurran grandes acontecimientos para que una producción sea capaz de crear expectación. La sensación de vivir una calma antes de una violenta tormenta, de que en ese remanso de paz todo se mueve para producir un terremoto que sacuda los cimientos dramáticos de la serie, está presente en todo momento. Benioff, Weiss y R. R. Martin vuelven a demostrar que menos es más. Y lograr que eso sea tan eficaz como lo es en esta serie es todo un arte.

Los dragones de Dreamworks vuelven a volar en la cartelera


Estrenos 1agosto2014El primer fin de semana de agosto se presenta cuanto menos curioso en lo que a estrenos se refiere. Varios títulos llegan hoy, viernes 1, a las salas españolas, y todos ellos proceden de Estados Unidos y de Europa. Y a tenor del cariz que tienen las producciones, solo uno parece erigirse como firme candidato a arrasar en la taquilla veraniega de este 2014. Uno, por cierto, que convierte en protagonistas de las salas de cine a los más pequeños de la casa. Todo esto no impide, por supuesto, que el resto de espectadores no puedan escoger entre una amplia variedad de temas, desde la comedia romántica hasta el thriller de acción más clásico.

Así que iniciamos el repaso con Cómo entrenar a tu dragón 2, secuela de la exitosa y notable cinta de animación del 2010 producida por Dreamworks que retoma la relación entre un joven vikingo enclenque y algo cobarde, y un dragón con el que, en teoría, debería estar enemistado. La trama, que transcurre cinco años después de la primera entrega, sitúa a los dos protagonistas en medio de una guerra por la paz cuando descubren por accidente una isla de hielo secreta en la que viven dragones salvajes y un misterioso Jinete de Dragones. Dean DeBlois repite tras las cámaras, mientras que Jay Baruchel (Juerga hasta el fin), Cate Blanchett (Blue Jasmine), Gerard Butler (300), Craig Ferguson (Trust Me), Jonah Hill (El lobo de Wall Street), Christopher Mintz-Plasse (Kick Ass 2. Con un par), America Ferrera (Sin tregua), Kristen Wiig (La vida secreta de Walter Mitty), Djimon Hounsou (Amistad) y Kit Harington (serie Juego de Tronos) son algunos de los actores que prestan sus voces en la versión original.

La comedia romántica tiene como principal propuesta Begin Again, cinta ambientada en el mundo de la música escrita y dirigida por John Carney (Once). La película arranca con la relación de una pareja que comparte su pasión por la música. Cuando él sea tentado por un importante contrato discográfico el romance entre ambos se romperá, por lo que ella se verá obligada a empezar de nuevo. En uno de estos comienzos conocerá a un productor musical en horas bajas que busca algo con lo que reflotar su reputación. El reparto principal está compuesto por nombres tan importantes como Keira Knightley (Anna Karenina), Mark Ruffalo (Ahora me ves…), Hailee Steinfeld (Valor de ley), el cantante de Maroon 5, Adam Levine (serie American Horror Story: Asylum), Catherine Keener (Sobran las palabras) y el rapero Mos Def (16 calles).

El último de los estrenos norteamericanos es El protector (Homefront), producto hecho a la medida de su estrella, Jason Statham (Los mercenarios 2). Basado en la novela de Chuck Logan, y con un guión escrito por Sylvester Stallone (La gran revancha), este thriller de acción  sigue la apacible vida de un ex agente de la DEA que se retira a un pequeño pueblo con su familia. Todo cambia cuando un traficante de drogas llega a la localidad y amenaza a su familia y a todos los que ahora considera sus amigos, por lo que el hombre se verá obligado a volver a la acción. Adrenalina y violencia es lo que asegura este film dirigido por Gary Fleder (El jurado) a todos sus seguidores, que podrán encontrar en pantalla, además, a actores como James Franco (El origen del planeta de los simios), Winona Ryder (Cisne negro), Kate Bosworth (Perros de paja), Frank Grillo (Infierno blanco) y Rachelle Lefevre (Asalto al poder).

Empezamos el recorrido por las películas europeas con la francesa Reencontrar el amor, drama romántico escrito y dirigido por Lisa Azuelos (LOL), quien también interpreta a uno de los personajes. La trama sigue a un feliz hombre de familia que disfruta de una vida plena hasta que un día se encuentra por casualidad con una mujer que despertará en él sentimientos inesperados. Y aunque al principio ninguno de los dos busca una relación (ella tiene la norma de evitar los hombres casados), un posterior reencuentro les llevará a vivir situaciones que mezclarán sueños y realidad. Sophie Marceau (Cambio de papeles) y François Cluzet (En solitario) son la pareja protagonista, a los que se suman actores como Alexandre Astier (Astérix en los Juegos Olímpicos) y Arthur Benzaquen (R.T.T.).

Dos son las producciones nacionales que debutan hoy en la cartelera. Una de ellas, El oro del tiempo, es el nuevo drama escrito y dirigido por Xavier Bermúdez (León y Olvido) cuyo argumento se centra en la vida de un hombre cuyo amor por su esposa fallecida le ha llevado a preservar su cuerpo durante 40 años en la casa que ambos compartían. Sin embargo, mientras que los años no pasan para ella, sí hacen estragos en él, por lo que se ve obligado a contratar a una joven para que cuide de su frágil salud. Sin apenas más escenarios que la vivienda, el reparto está integrado por Ernesto Chao (Los muertos van deprisa), Nerea Barros (Rafael), Manolo Cortés (Un cuento para Olivia) y Marta Larralde (Dos miradas).

La otra es El árbol magnético, intenso drama que arranca cuando un joven regresa a su pueblo natal para asistir a una despedida simbólica de la casa que fue su horgar, ahora en venta. A través del “árbol magnético”, una curiosidad local de extrañas propiedades, y con la ayuda de una chica que fue criada como su prima y que siempre se sintió atraída por él, el joven irá recordando poco a poco quién era y el pasado que le ha convertido en la persona que es hoy. Ópera prima de Isabel de Ayguavives, la película cuenta con un reparto en el que destacan actores como Andrés Gertrúdix (El idioma imposible), Manuela Martelli (Olvidados), Agustín Silva (Magic Magic), Juan Pablo Larenas (La nana), Gonzalo Robles (serie Los 80), Daniel Alcaíno (Paseo de oficina) y Catalina Saavedra (La jubilada).

Terminamos con la producción italiana del 2013 Viajo sola, tercera película dirigida por Maria Sole Tognazzi (Passato prossimo) que, en clave dramática, narra la búsqueda del equilibrio que realiza una mujer cuya vida profesional transcurre entre hoteles y destinos lujosos, y sin embargo su vida personal es sencilla, rutinaria y solitaria. Margherita Buy (No basta una vida), Stefano Accorsi (Silencio de amor), Fabrizia Sacchi (Melissa P.), Gianmarco Tognazzi (Maledimiele), Lesley Manville (Another year) y Alessia Barela (Zora la vampira) son algunos de sus actores.

‘Juego de Tronos’ llega a su punto de inflexión en la cuarta temporada


Peter Dinklage gana protagonismo en la cuarta temporada de 'Juego de Tronos'.Desde que finalizó la cuarta temporada de esa joya de la televisión llamada Juego de Tronos estoy dándole vueltas a qué etapa ha sido mejor. En concreto, las dudas me asaltan cuando comparo esta con la tercera temporada. En conjunto es evidente que estos nuevos 10 episodios han llevado la trama a un nuevo estadio, infinitamente más complejo y con nuevas piezas sobre el tablero de juegos que representan los Siete Reinos. La anterior temporada fue, en cuestiones de manejo de tensión y drama, mucho más equilibrada, manejando mejor los tiempos y jugando con los nervios del espectador. Esta, empero, se antoja mucho más dinámica, con giros narrativos en prácticamente cada secuencia, convirtiéndose en un viaje sin retorno que, como decía, ofrece una nueva perspectiva de esta batalla.

Antes de entrar en el detalle de esta nueva entrega creada por David Benioff (Troya) y D.B. Weiss, un aviso: aquellos que no hayan podido ver todavía el desarrollo de la temporada encontrarán algunos, muchos o demasiados spoilers, todo en función de lo que se conozca o se haya visto. Una vez dicho esto, comencemos por lo más genérico y principal: el papel de Peter Dinklage (X-Men: Días del futuro pasado). No hace falta decir que su presencia a lo largo de la serie ha sido imprescindible. Si el personaje ya es de por sí único, con una inteligencia fuera de lo común y un pragmatismo y heroísmo que le convierten en el auténtico heredero de su apellido, la labor del actor aporta al personaje un encanto especial, a medio camino entre la picardía y el rencor, entre el miedo al rechazo y la burla. Pero lo que ocurre en el ecuador de esta temporada, con ese speech al ser juzgado por el asesinato de su sobrino el rey, es sencillamente magistral. Todas las emociones que se intuían a lo largo de la ficción estallan en una ira inusitada en él, dejando entrever una faceta hasta ahora desconocida cuya consecuencia directa es la muerte de otro personaje fundamental que deja un vacío muy destacado.

Este juicio, así como la muerte del personaje de Jack Gleeson (Cabeza de muerte), que por cierto va a provocar sentimientos encontrados de alivio y añoranza, se convierten en el motor de todo el desarrollo dramático de la cuarta temporada. Un desarrollo que, por cierto, es mucho más lineal y menos abrupto que en ocasiones anteriores. Salvo algunas ocasiones contadas, muchas de ellas de carácter secundario, la trama avanza por derroteros más o menos previsibles, lo cual no impide, ni mucho menos, que Juego de Tronos crezca en calidad en todos sus aspectos. Se puede decir, por tanto, que la presencia de Dinklage es más necesaria que nunca, acaparando todos los focos sobre él y convirtiendo en meros secundarios al resto de personajes y de tramas que en momentos anteriores habían adquirido categoría de protagonista. ¿Es esto un tropiezo? Puede que los más fieles seguidores echen en falta algunos elementos, pero lo bueno de estos capítulos es que con muy poco dan un giro radical a la trama que hasta ahora conocíamos, dejando todo preparado para un futuro muy prometedor.

De hecho, todas las tramas que ponen el acento en personajes alejados del trono de hierro completan un panorama que recuerda mucho a los preparativos antes de la guerra, o lo que es lo mismo, una tensa calma que augura momentos verdaderamente épicos. Es cierto que el episodio 9 de la temporada, del que hablo a continuación, acoge de nuevo un momento brillante, pero a diferencia de temporadas anteriores este tiene poco que ver con el resto de la trama, al menos a priori. Sin embargo, tanto este momento como el resto de acontecimientos que se suceden en los diferentes escenarios de la serie poseen un sabor especial. Prueba de ello es que prácticamente todos dejan entrever sus aspiraciones a un trono que ahora ocupa un niño más joven si cabe que el anterior, incluyendo el personaje de Aidan Gillen (Mister John), cuya presencia, aunque tardía en la temporada, ha sido de lo más reveladora.

Historias veladas

Como contrapunto a las numerosas revelaciones que se suceden en esta cuarta temporada de Juego de Tronos (entre ellas una madurez brutal de las hermanas Stark) se plantean numerosos conflictos que, aunque pueden pasar desapercibidos, no dejan de ser interesantes. El primero y más importante es el de los muertos más allá del Muro, abandonados en estos episodios salvo por un detalle tan breve como revelador que ofrece un sinfín de posibilidades. Otro de ellos es la presencia cada vez más inestable de los dragones, que poco a poco van descubriendo su incontrolable naturaleza. Mientras que en temporadas anteriores sus apariciones solían ser para ayudar al personaje de Emilia Clarke (Dom Hemingway), en esta se convierten en fieras que necesitan ser encadenadas para evitar males mayores. Y hablando de las hermanas Stark, no quiero dejar pasar la forma en que el rol interpretado por Maisie Williams (Heatstroke) deja morir a su captor, un detalle casi más aterrador que el combate cuerpo a cuerpo en el que los cráneos son reventados con las manos.

Mención aparte merece el ya imprescindible episodio 9, centrado en esta ocasión en un ataque al Muro de los Salvajes. Al igual que la batalla de la segunda temporada, la serie aprovecha este momento para dar rienda suelta a una narrativa visual fuera de lo común en el convencional formato de la televisión. Y para rizar más el rizo, la acción se divide en dos escenarios claramente diferenciados cuyas características obligan a una planificación distinta, lo que no hace sino engrandecer el planteamiento del episodio. No se trata, en realidad, de ofrecer varios minutos de violencia y acción, sino de mostrar cómo un grupo reducido de personajes es capaz de repeler un ataque envolvente de miles de atacantes. La facilidad con la que la cámara se mueve por los distintos escenarios sin perder nunca el sentido narrativo es ejemplar, permitiendo al espectador saber en todo momento dónde se ubican los personajes, cómo afrontan los combates y qué dilemas se plantean en sus cabezas. En este sentido hay que destacar un plano secuencia perfecto que recorre todo el campo de batalla de forma envolvente y cuyo dinamismo ya querrían muchos directores en sus películas.

Pero como decía, este ataque no tiene una relevancia especial en el desarrollo principal de la serie. Muy alejada física y conceptualmente de la acción que centra esta cuarta temporada, su presencia se antoja un tanto extraña en el conjunto de los episodios. Es de suponer que tendrá su influencia en futuros acontecimientos, pero eso es algo que, por ejemplo, se hizo mejor en etapas anteriores de la ficción. No quiere esto decir que no sea espectacular, increíble o atractiva, pero el hecho de que se enmarque en las tramas secundarias que antes mencionaba la convierten en un acontecimiento, digamos, para satisfacer las ganas de acción de responsables y aficionados. Personalmente el momento del juicio protagonizado por Dinklage y los acontecimientos derivados de su discurso resultan mucho más interesantes, impactantes y brutales que la propia batalla.

De lo que no cabe duda es de que Juego de Tronos es uno de esos raros casos en los que una serie mejora con cada temporada. Eso no impide que existan altibajos narrativos en cada una que podrán ser más o menos discutidos, pero el balance general es el de una ficción que sabe crecer, que no tiene miedo en eliminar personajes si eso va a enriquecer la acción, y que busca en todo momento desarrollarse visualmente hablando. Soy consciente de que gran parte del mérito pertenece a George R. R. Martin, el autor de la saga ‘Canción de Hielo y Fuego’ en la que se enmarcan las novelas, pero la serie ha sabido ganarse un estatus propio (al fin y al cabo, podría no haber estado a la altura). Esta cuarta entrega es un claro punto de inflexión en muchos sentidos: la mayor parte de los villanos han muerto, y muchos de los más relevantes personajes están dispersados por el mapa. Su desarrollo tal vez no sea tan impactante como el de la temporada anterior, pero desde luego genera mucho más momentos interesantes, lo que juega en beneficio de un dinamismo que, al final, hace que 10 episodios sean pocos. Las ganas de más es el mejor síntoma de su grandeza.

‘Pompeya’: superhombres en plena erupción de malas ideas


Kit Harington y Emily Browning protagonizan 'Pompeya'.Desde que en el año 79 d. C. la ciudad de Pompeya fue enterrada por la erupción del Vesubio junto a la ciudad de Herculano el ser humano no ha parado de fascinarse con aquellos fatídicos acontecimientos y el legado que han dejado con el paso de los siglos. El relato de Plinio El Joven, testigo de la tragedia, es realmente escalofriante. Precisamente sus palabras son utilizadas para abrir esta aventura épica dirigida por Paul W.S. Anderson (Horizonte final), aunque es lo único que conecta el film con la realidad. No me refiero a los hechos históricos, sino a la realidad, a las leyes físicas que rigen nuestro mundo y el de la Antigua Roma. En este sentido, dos son las preguntas que plantea la trama: ¿por qué? y ¿y si…?

La segunda de ellas hace referencia a la hipotética visión que podría haber dado Roman Polanski (Un Dios salvaje) de un argumento ambientado en la erupción del Vesubio. Precisamente de este hecho se deriva la primera pregunta. Si los primeros minutos de Pompeya sirven al espectador para situarse en un marco más o menos histórico gracias a los fragmentos del texto de Plinio El Joven, a partir de la primera secuencia de acción la película deja meridianamente claras sus intenciones formales y de contenido. El guión transcurre por lugares comunes, bebiendo descaradamente de clásicos del peplum (hay escenas que son literalmente idénticas) y valiéndose de recursos narrativos realmente tópicos. Los actores, correctos en su inmensa mayoría, hacen lo que pueden con unos personajes planos, sin más trasfondo moral que el que les confieren sus estáticos roles y con unos diálogos que, sinceramente, necesitan muchas revisiones.

Si hubiese que encontrar una secuencia que representa a la perfección la obra esa sería la que protagonizan Kit Harington (Jon Nieve en Juego de tronos) y Emily Browning (Presencias extrañas) a lomos de un caballo en mitad de la noche. Una huida sin ton ni son que termina con 15 latigazos. Lo absurdo de todo esto podría extrapolarse a todo el desarrollo dramático en el que, repetimos, las leyes que habitualmente rigen cualquier film quedan hechas añicos. No defiendo con esto que tenga que ser un film realista. El cine busca verosimilitud antes que veracidad, y la película no tiene ni lo uno ni lo otro. Roma estaba plagada de superhombres, eso queda claro en el film (hombres que rompen cuellos de caballos con sus manos, que se mueven ágilmente tras recibir latigazos o que luchan a muerte en medio de una nube volcánica). En fin… esa falta de verosimilitud, provocada a su vez por la deliberada apuesta por el tópico más ilógico que pueda encontrarse, lleva al relato a terminar por convertirse en una autoparodia, en un intento fallido de no se sabe muy bien qué.

Pompeya no es un buen film. Lo mejor que puede ofrecer es su recreación de la ciudad a través de planos digitales, lo cual no es mucho, y el hecho de no tomarse muy en serio a sí misma. Y eso que enmarcar una historia en las calles de la sepultada ciudad parecía algo sencillo si tenemos en cuenta la cantidad de rincones que todavía hoy pueden visitarse y de los que apenas se sabe nada. En lugar de eso, Anderson edifica una débil historia compuesta por pedazos de muchas otras en la que nada brilla con especial resplandor, o mejor dicho todo juega en contra de la historia. Ese por qué al que hacía referencia al inicio no es tanto una pregunta para hallar consuelo ante la cantidad de incoherencias que se suceden en pantalla, sino más bien remite a lo que deberían haberse preguntado los guionistas y el director cuando se construyeron las secuencias. ¿Y esto por qué ocurre? ¿Y este o aquel personaje por qué actúa así? La falta de respuesta es lo que nos queda.

Nota: 3/10

El Vesubio destruye ‘Pompeya’ y oculta el resto de estrenos


Estrenos 25abril2014Muchas son las películas que llegan hoy viernes, 25 de abril, a las carteleras españolas. Algunas más interesantes que otras, como es lógico, pero la mayoría sustentadas por algún tipo de interés que supera las propias características del film. Es el caso de la recreación de Pompeya, una de las últimas películas de Paul Walker (Fast & Furious), una nueva cinta de animación manga o la propuesta española. Todas ellas con el claro objetivo de medrar en un mercado cinematográfico dominado por la comedia nacional desde hace mes y medio. Y dado que hay que empezar por algún sitio, lo haremos como es tradición en Toma Dos: con el estreno más importante.

Este no es otro que Pompeya, drama épico producido entre Canadá y Alemania que recoge, como su propio título indica, la erupción del Vesubio que sepultó la ciudad y a sus ciudadanos bajo gruesas capas de ceniza y roca. En el caso que nos ocupa, la excusa para narrar tal acontecimiento es la historia de un esclavo convertido en gladiador que ve cómo el amor de su vida, la hija de un rico comerciante, está a punto de unirse con un corrupto senador romano. Cuando el volcán entra en erupción el joven deberá luchar por su vida en un mundo que cambia muy rápidamente, pero también buscará la forma de escapar con la mujer que ama. Paul W. S. Anderson (Resident Evil) es el encargado de poner en imágenes el guión, por lo que nos encontraremos acción y muchos efectos visuales. Kit Harington (serie Juego de tronos) es el principal protagonista, al que acompañan actores tan conocidos como Carrie-Anne Moss (Matrix), Emily Browning (Sucker Punch), Adewale Akinnuoye-Agbaje (serie Perdidos), Kiefer Sutherland (serie Touch), Jared Harris (Lincoln), Jessica Lucas (Posesión Infernal) y Sasha Roiz (serie Grimm).

De Estados Unidos llegan las propuestas de terror del fin de semana. Por un lado tenemos El heredero del diablo, debut en el largometraje de los directores Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett que narra los extraños comportamientos que se desarrollan en una joven durante un embarazo inesperado producido durante una noche que no recuerda de su luna de miel. Tanto su marido como ella lo atribuyen en un principio a los nervios, pero poco a poco el siniestro origen de esos cambios se da a conocer. Allison Miller (serie Terra Nova), Zach Gilford (El último desafío), Sam Anderson (serie Urgencias) y Vanessa Ray (serie Suits) son sus principales protagonistas.

Los huéspedes es el título del otro film que trata, ante todo, de provocar buenas dosis de sustos en el espectador. Escrita y dirigida en 2011 por Ti West (La casa del diablo), la cinta sigue las andanzas de dos empleados de una posada de Nueva Inglaterra que, tras décadas de actividad, está a punto de cerrar sus puertas. Su intención es grabar un vídeo para demostrar, a modo de último documento grabado en la posada, que el lugar es el más encantado del país. Como es lógico, la caza de fantasmas se tornará en su contra. El reparto está integrado por Sara Paxton (Superhero movie), Pat Healy (Spooner), Kelly McGillis (A primera vista), Alison Bartlett (Crooked lines) y Lena Dunham (serie Girls).

Volviendo a Europa, una de las propuestas más interesantes es Brick Mansions, última película de Paul Walker antes de fallecer mientras rodaba Fast & Furious 7. Con capital francés y canadiense, la historia es un remake de Banlieue 13, y está ambientada en una ciudad de Detroit distópica donde los edificios de ladrillos se han convertido en nido de delincuentes, por lo que se han rodeado de muros de contención. En este contexto un agente secreto y un ex convicto deberán unir sus fuerzas cuando la novia del segundo sea secuestrada por un capo de la droga cuya intención no es otra que acabar con el sistema que reina en la ciudad. Camille Delamarre debuta en el largometraje con este thriller de acción que cuenta con el respaldo de Luc Besson (El quinto elemento), quien participa en el guión. El reparto se completa con David Belle (Malavita), el rapero RZA (El hombre de los puños de hierro), Robert Maillet (Pacific Rim), Catalina Denis (Noche de venganza) y Ayisha Issa (Immortals).

Desde Japón nos llega El viento se levanta, nueva cinta manga dirigida por Hayao Miyazaki (El viaje de Chihiro) que en esta ocasión narra la historia de Jiro Horikoshi, ingeniero aeronáutico que diseño muchos de los aviones de combate japoneses durante la II Guerra Mundial. En su versión americana cuenta con las voces de Jseph Gordon-Levitt (Looper), John Krasinski (Tierra prometida), Emily Blunt (Eternamente comprometidos), Martin Short (serie Daños y perjuicios), Stanley Tucci (El quinto poder), Mandy Patinkin (serie Homeland), William H. Macy (serie Shameless) y Werner Herzog (Jack Reacher).

En lo que respecta a la producción nacional destaca La vida inesperada, comedia escrita por la escritora Elvira Lindo (El cielo abierto) y dirigida por Jorge Torregrossa (Fin). La trama se centra en un actor español que, tras viajar a Nueva York con la intención de formarse y alcanzar su sueño, lleva más de 10 años haciendo pequeños trabajos y sobreviviendo con lo que puede. Viendo que los años pasan sin que la situación cambie decide dar un giro a su vida. Protagonizada por Javier Cámara (Los amantes pasajeros), en el reparto también encontramos a Tammy Blanchard (Moneyball: Rompiendo las reglas), Raúl Arévalo (La gran familia española), Sarah Sokolovic (En el frío de la noche) y Carmen Ruiz (Muertos de amor).

Venezolana, aunque con colaboración española, es Azul y no tan rosa, película del 2012 escrita y dirigida por Miguel Ferrari (Cortos interruptus). Ganadora del Goya a la Mejor Película Iberoamericana, la historia gira en torno a la relación de un padre con su hijo, el primero homosexual y el segundo heterosexual, y a la forma en que deben arreglar sus diferencias. Para ello deberán comprender primero que todo depende del prisma desde el que se mire. Guillermo García (La casa del fin de los tiempos), Ignacio Montes (Solo quiero caminar), Hilda Abrahamz (De mujer a mujer), Carolina Torres (La virgen negra), Alexander Da Silva (Rudo y cursi) y Sócrates Serrano (Las caras del diablo) son los principales intérpretes.

Volviendo a Europa, Francia nos presenta Molière en bicicleta, comedia con tintes dramáticos producida en 2013 que narra el regreso al teatro de un actor que abandonó su carrera cuando ésta estaba en la cima para recluirse como un ermitaño en una isla. Un regreso que se produce por la propuesta de otro actor de éxito para adaptar una obra de Molière. Sin embargo, la condición para que vuelva a subirse a un escenario son cinco días de ensayos en los que ambos intérpretes se retarán y lucharán haciendo lo que mejor saben hacer: actuar. Dirigida por Philippe Le Guay (Las chicas de la 6ª planta), la película está interpretada por Fabrice Luchini (En la casa), Lambert Wilson (De dioses y hombres), Maya Sansa (El hombre que vendrá), Laurie Bordesoules, Camille Japy (Venganza) y Ged Marlon (Fool moon).

Matterhorn supone el debut en el largometraje de Diederik Ebbinge, también guionista de este film holandés del 2012 que ahora se estrena en España. La trama comienza cuando un aburrido y solitario hombre se encuentra de repente con un individuo cuyo extraño comportamiento le lleva a ser rechazado por los demás. Dado que parece no tener a nadie, el hombre decide adoptarlo, desafiando la rígida moral de su pequeña comunidad y encontrando al mismo tiempo una motivación para enfrentarse a sus propios fantasmas. El reparto está integrado por Ton Kas (Plan C), René van ‘t Hof (Don), Ko Aerts, Kees Alberts, Lucas Dijker (Achtste Groepers Huilen Niet) y Porgy Franssen (170 Hz).

Este capítulo de estrenos lo cierra Gangs of Wasseypur. Parte I, thriller de acción y drama indio de 2012 que dirige Anurag Kashyap (No smoking) y que cuenta la enemistad entre atracadores de trenes rivales. Cuando uno de ellos se convierte en un renegado se ve obligado a trabajar en una mina. Sin embargo, la vieja enemistad retornará cuando su hijo decida restaurar el honor del famoso atracador clamando venganza contra el clan rival, que lo convertirá en uno de los hombres más peligrosos de la India. El plantel de actores está formado por rostros conocidos en el país como Manoj Bajpayee (Dus Tola), Richa Chadda (Benny and Babloo), Nawazuddin Siddiqui (Talaash), Tigmanshu Dhulia (Arrogantes y exquisitos), Jameel Khan (Loins of Punjab presents) y Piyush Mishra (Gulaal).

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