‘La Torre Oscura’: el Bien, el Mal y el Resplandor


Que una película resulte extrañamente conocida a pesar de no haber leído el libro (o libros) en los que se basa es un problema, pues implica una serie de condicionantes previos que nada tienen que ver con el film y que invitan a pensar en una falta de originalidad en los elementos que sustentan la trama. Y eso, en mayor o menor medida, es lo que ocurre con la nueva película de Nikolaj Arcel (La isla de las almas perdidas), adaptación de la saga literaria escrita por Stephen King quien, por suerte o por desgracia, vuelve a sus particulares obsesiones personales para relatar la lucha entre el bien y el mal.

En efecto, esta breve y algo enrevesada introducción es el principal escollo de La Torre Oscura, al menos para aquellos familiarizados con la obra del autor de ‘El Resplandor’. La cita de este título no es casual. A lo largo del film se menciona en no pocas ocasiones ese “resplandor”, ese poder del que ya hacía gala el niño que debía huir de su padre en el hotel Overlook y que aquí traspasa mundos enteros. Esta es solo una muestra de las recurrentes herramientas narrativas de la cinta, sin duda condicionada por las obras literarias. Herramientas que parecen sacadas de otras obras o, al menos, utilizadas en otras películas basadas en libros del escritor. Todo ello genera la sensación de estar viendo algo conocido, y como consecuencia no es difícil prever los giros argumentales, las decisiones dramáticas o, en último término, el final de la cinta.

Dicho con pocas palabras, la película resulta previsible, y la labor de Arcel tras las cámaras no aporta la originalidad que podría esperarse en una cinta de fantasía y acción como esta, si bien es cierto que los tiroteos y los enfrentamientos entre Idris Elba (serie Luther) y Matthew McConaughey (El mar de árboles) son los momentos más espectaculares del film. Todo ello no quiere decir que la cinta no sea entretenida, o por lo menos distraída. Toda la mitología construida alrededor de esta historia es lo suficientemente interesante y amplia como para desarrollarla en sucesivas secuelas, y la labor de los dos protagonistas de la cinta se convierte sin duda en el gran atractivo de esta historia. A todo ello se suma una duración muy ajustada que juega a favor y en contra del film. A favor porque no se distrae en tramas secundarias que pudieran reducir el ritmo de la narrativa, que aprovecha además el don del niño protagonista para narrar algunos de los acontecimientos de un modo diferente. Y en contra porque esa falta de tiempo impide desarrollar un poco más la enemistad entre héroe y villano, por lo que ambos se quedan en una arquetípica definición del Bien contra el Mal.

La sensación que deja La Torre Oscura es la de un film directo, sencillo y previsible con un trasfondo dramático y narrativo que se intuye detrás de sus múltiples secuencias de acción, de sus diálogos entre héroe y villano y de algunas secuencias que rompen el relato en su formato más tradicional. Todo ello invita a pensar que hay algo más de lo que se cuenta en estos 95 minutos, que existe un trasfondo dramático que involucra a todos los personajes de un modo u otro. En realidad, es algo que Stephen King hace muy bien en sus novelas, pero que suele ser muy complejo de trasladar a la gran pantalla. El resultado en este caso es un poco frustrante, precisamente por la sensación de estar ante algo más grande de lo que realmente se muestra.

Nota: 6,5/10

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La 4ª temporada de ‘Vikingos’ (II) sitúa la serie ante su mayor desafío


Decir a estas alturas que Vikingos es una de las series más completas de la televisión no es nada nuevo. Su evolución dramática ha sido pareja a la pérdida de pelo del protagonista (y a un aumento de su barba) y a la complejidad de sus personajes, enmarcados en una época de guerras, conquistas y traiciones por el ansiado poder. Pero lo que representa todo un reto, un desafío digno de los mismos dioses nórdicos, es lo que ha ocurrido en la cuarta temporada de esta ficción creada con elegancia y maestría por Michael Hirst (serie Los Tudor). Y es que si ya es un riesgo cambiar de actor protagonista, matar al personaje sobre el que ha girado toda la trama crea un vacío que necesita ser llenado. Si ese personaje es, además, tan determinante como el que interpreta Travis Fimmel (Warcraft: El origen), la labor puede resultar hercúlea.

Con todo, y a tenor de lo visto en estos 20 episodios, no solo hay lugar para la esperanza, sino que se podría decir que el tratamiento dramático es tan sólido que su ausencia va a ser aprovechada para alcanzar otras metas. Con dos partes perfectamente diferenciadas, esta cuarta temporada supone un punto de inflexión más que evidente. Por un lado, representa la decadencia de un héroe inigualable, de un líder nato que recibe el mayor golpe cuando más invencible se siente y a manos, además, de un personaje al que ha querido y que más le ha traicionado. El arco dramático de Ragnar Lothbrok es, en este sentido, ejemplar, desgranándose toda su evolución simplemente a través de miradas y actitudes de este personaje tan introspectivo. Quizá el mayor problema sea, como ya comenté en el artículo anterior, la introducción en la trama de una adicción a las drogas, pero lo cierto es que eso no enmascara el hecho de que estamos ante un personaje histórico en todos los sentidos.

Lo más interesante, sin embargo, se encuentra en la segunda parte de esta temporada. Hirst otorga al protagonista un final digno pero, al menos desde el punto de vista vikingo, denigrante. Todo el proceso que lleva hasta ese momento supone uno de los mejores momentos dramáticos de la serie, centrado en la relación de personajes, en sus conflictos internos y ahondando mucho en sus verdaderas personalidades. Esto permite, por un lado, que el autor de Vikingos pueda desarrollar con posterioridad la brutalidad y el dramatismo de la venganza por parte de los hijos, y por otro que el espectador alcance a comprender el verdadero significado de las decisiones que se toman. Una etapa, en definitiva, fundamental para esa inflexión dramática que antes mencionaba, y que cambia el sentido de la serie a pesar de que continúa con unos hechos, por otro lado, coherentes.

¿Y porqué este cambio? ¿Por qué no centrar la historia en el personaje de Ragnar Lothbrok y terminar la serie con él? La respuesta, a mi modo de ver, radica en el título y, sobre todo en los personajes y los actores que los interpretan. Para empezar, y aunque el héroe al que da vida Fimmel ha sido imprescindible, esta ficción es una obra coral en la que muchos secundarios han alcanzado casi más relevancia en algunos momentos que los protagonistas. En este sentido, esta cuarta temporada también es buen ejemplo de esto, centrando la trama muchas veces en roles y acontecimientos dramáticos ajenos completamente al héroe, dotando al desarrollo de un mayor interés y de una visión más amplia que enriquece el mundo en el que tiene lugar la acción.

Nuevos personajes

Lo verdaderamente importante, sin embargo, es el testigo que recogen los hijos de Ragnar Lothbrok. Con un salto temporal de años, alrededor de una década, Vikingos sitúa en el epicentro de la trama a todos estos vástagos liderando una venganza y una guerra tan vieja como su padre. En este sentido, lo relevante son las diferentes y conflictivas personalidades de estos personajes, lo que diferentes rostros en cierto modo a las dudas internas que tenía el rol de Fimmel. Aunque esta opción puede ser arriesgada, Hirst logra tejer con delicadeza y precisión un equilibrio dramático que, además, genera una tensión creciente que culmina con uno de los momentos más brutales e impactantes de la serie, no tanto por la violencia en sí misma como por el significado que puede llegar a tener.

Pasado, presente y futuro se unen, de este modo, en la segunda parte de la cuarta temporada a través de un desarrollo profundo e introspectivo de lo que han sido y son los principales personajes, de su evolución a lo largo de los años marcada por traiciones, ambiciones y remordimientos. El propio protagonista interpretado por Fimmel es el caso más evidente, ejerciendo de catalizador para el posterior trabajo argumental, pero no es el único. Los personajes de Clive Standen (Everest) y Linus Roache (Yonkers Joe), Rollo y rey Ecbert respectivamente, reflejan también el tono generalizado de esta parte de la trama, más reflexiva sobre el pasado, sobre las consecuencias de las decisiones y sobre el tormento que estas generan. Un tono que, aunque un tanto nostálgico, se combina con un aspecto básico para el futuro de la serie.

Como decía un poco más arriba, dicho futuro pasa por lograr que los hijos de Ragnar se repartan la elaborada personalidad de su padre, algo que parece haberse conseguido. Y en esto juegan un papel fundamental los actores elegidos a tal fin. La labor de Alexander Ludwig (El único superviviente) ha ido creciendo y mejorando junto al personaje de Bjorn en el que se ha convertido en uno de los roles más interesantes de la serie. He de confesar que este joven actor nunca ha sido santo de mi devoción, siendo su incipiente carrera algo irregular, pero parece haberse consolidado con este inteligente, reflexivo y duro personaje. Junto a él destaca, y de qué modo, la labor de Alex Høgh Andersen (Krigen), joven actor danés que da vida a uno de los hijos (y personaje en general) más violento y sádico, con una inteligencia potenciada por la discapacidad que tiene y que, en teoría, liderará el ejército vikingo en algunas de las batallas más épicas que están por venir. El duelo interpretativo entre estos actores está servido.

Lo cierto es que la muerte del protagonista de Vikingos puede llevar a pensar que el final de la serie está más bien cerca, previéndose un futuro poco halagüeño en lo que a calidad se refiere. Pero nada más lejos de la realidad. Michael Hirst demuestra, por si quedaba alguna duda, que es un maestro en este tipo de géneros, aprovechando esta cuarta temporada para dar un giro al concepto de esta ficción y enfocarla hacia un nuevo y prometedor futuro lejos de Ragnar Lothbrok, quien a pesar de todo parece que seguirá presente de algún modo. La lucha por el poder entre los hermanos parece cada vez más obvia, y a eso se añade la guerra en las islas británicas con la incorporación de un nuevo y apasionante personaje, ya introducido en el último episodio y al que da vida Jonathan Rhys Meyers (Albert Nobbs). Así que sí, la serie está ante un importante desafío, el mayor hasta el momento, pero todo apunta a que lo superará con la elegancia, la violencia y la inteligencia que siempre la ha caracterizado.

La 4ª T. de ‘Vikingos’ alecciona sobre el peligro de las drogas


Travis Fimmel y Clive Standen luchan cara a cara en la cuarta temporada de 'Vikingos'.Las drogas son malas. Ya sea en la actualidad o en la época vikinga, abusar de estas sustancias transforma al hombre en alguien diferente. Y eso es lo que, bajo el punto de vista de Michael Hirst (serie Los Tudor), le ocurrió a Ragnar Lothbrok para ser derrotado en París y comenzar así la decadencia de su reinado. Al menos así lo aborda la cuarta temporada de Vikingos, cuyos 10 episodios, con algunos de los momentos más espectaculares de la serie, dejan un sabor agridulce al introducir conceptos que resultan un tanto oportunistas.

Sin duda lo más interesante del arco argumental de esta etapa es el carácter atormentado del personaje interpretado por Travis Fimmel (Warcraft. El origen), asentado sobre las experiencias vividas en temporadas anteriores y, sobre todo, en el ataque a París que centró buena parte de la tercera temporada. Es ese trauma personal, esa carga de dolor, responsabilidad y culpa la que engrandece aún más la lucha interna entre sus tradiciones y sus ansias de conocimiento, entre sus amistades y las traiciones de aquellos que siempre había tenido más cerca. Si a esto sumamos un entorno plagado de personajes que cada vez parecen alejarse más de él, lo que nos encontramos es un fresco marcado por la soledad.

Y es en este contexto donde mejor se enmarcaría sus experimentaciones con la “medicina” que una asiática le ofrece. Hasta cierto punto, abrir la puerta a un nuevo mundo de experiencias es algo propio del protagonista de Vikingos, pero eso conlleva, por otro lado, la pérdida de una esencia quizá mucho mayor: su inteligencia y liderazgo para imponerse a sus enemigos. Que un personaje como Ragnar sea derrotado en la capital de Francia por su propio hermano es algo relativamente inexplicable si atendemos al recorrido del personaje en las anteriores temporadas, y de ahí también la necesidad de presentarle con capacidades mermadas, con un juicio nublado que lo único que provoca es una masacre de su pueblo. Y es aquí donde la presencia de la drogadicción y sus malas consecuencias se vuelve oportunista y se convierte en una herramienta necesaria para justificar algo a priori injustificable.

En realidad, la presencia de un vikingo como el interpretado por Clive Standen (serie Camelot) en las filas de los francos, más desarrollados, debería haber sido suficiente para derrotar a un ejército de invasores, uniendo lo mejor de ambos mundos a orillas del Sena. En lugar de ello, era necesario introducir un factor externo para convertir al héroe en un personaje más débil, más desdibujado. Y es una lástima, pues mientras el protagonista se pierde en secuencias un tanto innecesarias, otros personajes como el de Alexander Ludwig (Un equipo legendario) crecen, y de qué forma, para convertirse en parte fundamental de una trama que finaliza de un modo notablemente interesante, abriendo de par en par las puertas de una última temporada que despierta la curiosidad.

Un mundo más amplio

Este crecimiento en importancia de personajes secundarios más o menos tradicionales viene acompañado de otro aspecto igual de relevante para el futuro más inmediato de la serie. Mientras que las primeras temporadas se centraron en el protagonista y su particular visión del mundo (lo que, a su vez, le convierte en un hombre excepcional entre los suyos), esta cuarta etapa amplía el espectro para narrar lo que ocurre en Inglaterra y en Francia. Y quizá lo más interesante es, precisamente, que la historia de las islas es, simple y llanamente, independiente de la historia vikinga.

La consecuencia más inmediata es evidente. La trama resta tiempo a las historias de Ragnar Lothbrok y compañía para atender las luchas reales y familiares por los territorios de Inglaterra. Esta apuesta puede parecer arriesgada, pero lo cierto es que está muy medida. La introducción en la segunda temporada del rey Ecbert, al que da vida magníficamente Linus Roache (Innocence), supuso un soplo de aire fresco, un espejo en el que se reflejaba el protagonista en todos los aspectos. Perder el desarrollo de un personaje similar habría sido un error por varios motivos, entre ellos que dejaría al espectador con una suerte de incertidumbre sobre el devenir de sus ansias de conquista.

Y es aquí donde se halla la necesidad de su cada vez mayor presencia en la historia. En cierto modo, parece recoger el testigo del héroe protagonista, perdido éste como está en una nube de drogadicción. Pero además se le prepara para un eventual ataque futuro, construyendo los pilares narrativos de uno y otro bando para ofrecer al espectador las dos caras de una misma moneda. A ello se suma ahora la presencia del personaje de Standen en la capital de Francia, convertido en un franco más y obteniendo lo que siempre había deseado: derrotar a su hermano. Analizado en profundidad, la evolución de Rollo es impecable, moviéndose siempre entre el amor y la envidia, la admiración y el odio.

Por eso resulta especialmente difícil de entender que la cuarta temporada de Vikingos haya optado por reducir al personaje de Ragnar a un simple drogadicto. Sí, es cierto que concuerda con sus ansias de conocimiento y experiencias. Y sí, justificaría en parte las derrotas sufridas. Pero nada de eso parece necesario a tenor de cómo se desarrollan los acontecimientos a su alrededor, con su hermano traidor y con los conflictos generados por los actos de Floki (de nuevo Gustaf Skarsgård). Todo ello habría tenido que ser suficiente para mostrar la caída de una especie de semidiós convertido en humano. Los escarceos con las drogas no solo restan credibilidad a su personaje, sino que obligan a destinar secuencias y minutos a algo que desvirtúa la esencia de la trama.

‘Vikingos’ ahonda en los conflictos personales de la religión en la 3ª T


Travis Fimmel vuelve a ser Ragnar Lothbrok en la tercera temporada de 'Vikingos'.Los que hayan visto Los Tudor o películas como Elizabeth (1998) sabrán que si algo define a Michael Hirst, guionista de ambas producciones, es su capacidad para integrar con criterio la Historia y la ficción, creando para ello personajes tan carismáticos como inolvidables. La segunda temporada de Vikingos fue, en pocas palabras, brillante. La inteligencia desplegada por el protagonista, Ragnar Lothbrok (un genial Travis Fimmel, visto en El experimento), le llevaba a convertirse en rey, a establecer relaciones con un rey de Inglaterra y a recuperar el dominio sobre su rebelde hermano. Pero la tercera etapa, de nuevo formada por 10 episodios, es un recital narrativo de cómo desarrollar los personajes, de cómo ahondar en los conflictos culturales, personales y religiosos que caracterizan a la serie. Todo ello sin perder ni un ápice de interés o espectacularidad.

De esto puede desprenderse que esta nueva temporada no ofrece ninguna evolución clara de sus personajes, y hasta cierto punto así es. Sin embargo, los conflictos sembrados en los capítulos precedentes tenían tal magnitud que han permitido al arco dramático avanzar lo suficiente como para mostrar las últimas consecuencias de todas las decisiones, de todas las confrontaciones y de todas las maquinaciones. Desde luego, el aspecto más interesante vuelve a ser el de la religión y los conflictos entre los nórdicos y su panteón formado por Odín, Thor y los demás dioses de Asgard y el Dios de los cristianos. No por casualidad, el tema tiene tanto calado que permite a Hirst desarrollar dos grandes vías de estudio.

Por un lado, la violenta, aquella que lleva a los pueblos y a los hombres a enfrentarse entre ellos por algo que ni siquiera han visto. Personificada en el personaje de Gustaf Skarsgård (Happy End), posiblemente el rol que más evoluciona en toda la temporada, la lucha entre los dioses a través de los hombres deja algunos de los momentos más interesantes, incluyendo el asedio a París que, dicho sea de paso, tiene poco que envidiarle a los asaltos de cualquier superproducción de Hollywood. Es cierto que el acontecimiento histórico tiene un claro componente material, pero las constantes referencias a los dioses lo convierten más bien en una lucha de creencias en la que, como suele ser habitual, vence el ingenio más que las plegarias.

Y esta es precisamente la otra gran interpretación. De nuevo es el personaje de Fimmel el que toma las riendas de un relato que, sin ningún género de dudas, recae por completo sobre sus hombros. La forma de interpretarlo y la fuerza que tiene el propio personaje lo convierten en imprescindible, hasta el punto de que sin él la historia de estos Vikingos no tiene demasiado sentido. Sus constantes juegos entre cristianismo y mitología nórdica parecen reflejar unas dudas internas motivadas por su amor al personaje de George Blagden (Los miserables) y su verdadera creencia. Y aunque en eso pueda haber parte de razón, lo cierto es que nunca hay que perder de vista la inteligencia y la paciencia que caracterizan a Lothbrok, para quien la religión no es más que una herramienta para conseguir sus objetivos. Ya quedó demostrado antes, y en su conquista de París vuelve a ser patente.

Un semidios terrenal

A lo largo de toda la serie siempre ha existido la impresión de que el personaje de Fimmel era poco menos que un descendiente de los dioses. Su capacidad para imponerse a sus semejantes, para controlarles y liderarles en batallas en las que no recibía ni un rasguño parecían propias de Odín. Por eso esta temporada, tal vez, tenga un mayor interés. Por primera vez Lothbrok sangra, es traicionado y es derrotado. Una humanidad que no hace sino reforzar la imagen casi mítica de un rol que ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Precisamente esa capacidad de sangrar y de volver a levantarse es lo que augura un futuro prometedor para la serie, que se verá obligada a evolucionar si no quiere estancarse.

Porque si ha dejado algo claro esta tercera temporada de Vikingos es que, al menos dramáticamente hablando, nada volverá a ser igual. Acostumbrados como están los espectadores a ver a un líder invencible y a un pueblo unido en torno a él, estos 10 episodios han roto por completo con esos pilares narrativos. Para empezar, la pírrica victoria lograda en París deja a los protagonistas divididos, ya sea por el fracaso de un primer asedio en el que la tecnología europea derrotó a la fortaleza vikinga, ya sea por las decisiones del personaje de Skarsgård, que le han llevado a unos límites difíciles de resolver de forma pacífica. La conquista final de la ciudad arroja luz sobre una escisión moral y física en el seno de los Vikingos, abriendo así un camino dramático sumamente interesante.

Pero además, existe un segundo frente abierto en Inglaterra, donde la traición ha dado al traste con los intereses de Lothbrok. Si uno ha sido un muro construido con piedras (París), el otro ha sido un muro creado a partir de la inteligencia de un hombre con las mismas ambiciones y características que el rey vikingo (Wessex). Ambos suponen retos narrativos admirables que exigirán un frágil equilibrio para el desarrollo del arco dramático, pues obliga a la serie a repartir esfuerzos entre ambas historias. Es cierto que en esta tercera temporada ya se ha hecho algo similar, destinando la primera parte a Inglaterra y la segunda a Francia. Pero en esta ocasión los personajes están repartidos por todas estas localizaciones, lo que obligará a la historia a buscar un desarrollo en paralelo y, por tanto, a repartir el protagonismo.

No es algo negativo, más bien al contrario. La fortaleza de Vikingos reside, precisamente, en unos personajes admirables, sabiamente construidos y con un trasfondo que puede ser desarrollado de forma individual sin problemas. La tercera temporada ha demostrado que todos ellos pueden tener cierto nivel de protagonismo, aunque también ha dejado claro que sin Ragnar Lothbrok la serie no sería igual. Todo ello convierte a estos últimos capítulos en un viaje apasionante por las intrigas, las luchas de poder y la violencia que caracterizan a estos Vikingos. Tal vez no haya sido una temporada tan brillante como la anterior, en parte por los propios acontecimientos, pero desde luego ha brillado con luz propia. Y lo más importante, ha sentado las bases para un futuro que necesariamente obligará a la serie a evolucionar.

‘Vikingos’ se apoya en la religión para engrandecer su trama en la 2ª T


George Blagden y Travis Fimmel escenifican el choque de creencias en la segunda temporada de 'Vikingos'.He de confesar que la segunda temporada de Vikingos me ha dejado, desde un punto de vista puramente personal, una sensación extraña. Por un lado, la mejor noticia de estos 10 episodios es que van a tener más desarrollo en otra temporada. Por otro, existe un cierto desánimo al comprender que habrá que esperar varios meses hasta que eso ocurra. Porque si la primera temporada era un ejercicio notable de dramatización histórica, esta nueva entrega se erige más como un trabajo de intriga y suspense, de traiciones e intereses enfrentados, brillante e imprescindible, capaz de jugar con el espectador incluso cuando le da las pistas suficientes para que intuya el lugar y las verdaderas intenciones de cada personaje. Todo gracias a un trabajo, fundamentalmente, de desarrollo dramático de los roles principales.

Algo en lo que, lógicamente, tiene mucho que ver el creador de la serie, Michael Hirst (serie Los Tudor), cuyo amor por contar la Historia de forma creíble y alejada de subjetivismos no hace sino acrecentar el valor de una producción como ésta. Eso no quiere decir que no se distingan entre héroes y villanos, claro está, pero es su forma de tratar los conflictos lo que le lleva a distinguirse de productos que, en cierto modo, son mucho más lineales en ese sentido. Esta nueva temporada, que continúa con el ascenso de Ragnar Lothbrok (de nuevo un magistral Travis Fimmel) y su deseo por atacar Inglaterra, ofrece al espectador una visión mucho más compleja del conflicto entre vikingos e ingleses, y lo hace a través de algo tan sencillo y universal como la religión, utilizando para ello a tres personajes fundamentales: el propio Ragnar, el monje interpretado por George Blagden (Los miserables) y el rey Ecbert de Wessex, al que da vida Linus Roache (Non-Stop).

Gracias a ellos, Vikingos se convierte en algo más que un estudio sobre la cultura y costumbres nórdicas para derivar en una reflexión sobre las creencias, los dioses a los que adora cada cultura y, sobre todo, la ignorancia e intolerancia de aquellos hombres que no ven más allá de lo que su mitología les cuenta. Teniendo esto en cuenta, esta segunda temporada logra engrandecer la figura del protagonista al convertirle en un individuo de una inteligencia fuera de lo común. Inteligencia que va más allá del campo de batalla o de las intrigas palaciegas. Como ya se apreció en la primera parte, el personaje de Fimmel, a quien se le ha podido ver en The experiment (2010), es un hombre curioso, inquieto, cuyo único objetivo es lograr unas condiciones de vida mejores. Su constante apuesta por el diálogo y el acuerdo contrastan notablemente con la idea que siempre se ha tenido de la cultura vikinga, más si tenemos en cuenta que los secundarios principales tienen tendencia a usar la violencia antes que la cabeza.

Empero, la genialidad de Hirst no reside tanto en esto como en el hecho de establecer una comparación bastante curiosa de las dos culturas. Vikingos y cristianos se definen como grupos sociales fanáticos e incapaces de ver más allá de lo que sus creencias les dictan. Lejos de poseer rasgos diferenciadores, ambas culturas se muestran muy similares, capaces de las mayores atrocidades en nombre de unos dioses que uno y otro bando tachan de falsos. No hay más que tomar dos de los acontecimientos más violentos y salvajes de la temporada para comprender que las diferencias entre ambos mundos no son tantas. Me refiero, claro está, a la crucifixión y al águila de sangre, dos métodos de tortura que, cada uno en su estilo, denotan un gusto por la sangre y la violencia igual de bárbaro para aquellos a los que se considera traidores. Pero como uno se puede imaginar, son muchas más las conexiones entre ambos mundos, entre ellas las similitudes entre los personajes de Roache y Fimmel (un futuro enfrentamiento entre ambos será algo digno de analizar) y, sobre todo, el personaje de Blagden, verdadero nexo de unión de ambos mundos y cuyo debate espiritual es síntoma más que evidente de las similitudes entre todas las religiones.

Intriga perfecta

Pero dejando a un lado tratamientos y personajes históricos que se dan cita en esta nueva temporada, lo más llamativo de Vikingos es su desarrollo dramático, un ejemplo de suspense formal que debería ser estudiado varias veces antes de escribir una sola palabra de un thriller, sea el que sea. Y no porque la trama sea capaz de ocultar sus verdaderas intenciones al espectador; ni siquiera porque tenga un giro de última hora en su tercio final. Suele decirse que la magia consiste desviar la atención hacia una mano para, con la otra, hacer el truco. Bueno, pues Hirst podría ser calificado de mago. Prácticamente desde su primer episodio la serie presenta a un héroe atacado, preso de sus pactos de lealtad y asediado por traiciones de los que antaño fueron sus aliados, entre ellos un Floki que vuelve a erigirse como uno de los pilares de la producción gracias al trabajo del actor Gustaf Skarsgård (Kon-Tiki).

Comenzando por su hermano, al que vuelve a dar vida de forma imponente Clive Standen (Namastey London), y terminando por su primera esposa, una imprescindible Katheryn Winnick (Tipos legales), el mundo que rodea a Ragnar se derrumba de forma progresiva a medida que avanza la trama. Apenas existen momentos de satisfacción personal para el personaje, lo que por cierto acentúa el carácter dramático y derrotista de su viaje. Los guionistas aprovechan estos acontecimientos iniciales para generar la idea de incertidumbre, de vulnerabilidad en el héroe y, sobre todo, para hacer olvidar su inteligencia. Y de hecho lo logran a tenor del resultado final, que si bien no es una sorpresa mayúscula, si es un tanto inesperado. Estos primero momentos sirven, como digo, para introducir una serie de detalles de la trama que la reconducen por donde los creadores pretenden, y que pasan fundamentalmente por mostrar únicamente las intenciones del personaje de Donal Logue (serie Copper), situando al protagonista como epicentro de las intrigas. Esto puede provocar, como de hecho ocurre, que algunos hechos de la trama no encuentren una explicación lógica, y este es uno de los pocos reproches que se le puede hacer a la serie. Si es que es un reproche, claro.

Este desarrollo de la trama principal, además, cuenta con el apoyo de las numerosas tramas secundarias, cuyo objetivo no es otro que consolidar la idea de que los conflictos alrededor del personaje de Fimmel se multiplican de forma exponencial. La traición de su hermano, el divorcio de su primera mujer, la guerra en Inglaterra, la traición de sus amigos, el incremento de su familia o los ataques a su pueblo crean un marco perfecto para el drama en el que se ve sumido el personaje. Curiosamente, en medio de la temporada este drama pasa a ser una ficción absoluta, y Hirst deja las pistas suficientes al espectador para que este ate los cabos necesarios. La genialidad de su desarrollo reside, no obstante, en que a pesar de esas pistas, a pesar de que puede llegar a intuirse el juego de poder que se establece entre los personajes, el clímax del episodio final funciona a la perfección. Puede que incluso mejor. Un clímax que puede verse varias veces de forma sucesiva sin llegar a resultar obvio, lo que da una idea de la magnitud de lo construido a lo largo de la temporada. Pocas veces un desenlace ha sido tan planificado a lo largo de los episodios previos.

Se puede decir, por tanto, que esta segunda temporada de Vikingos es notablemente mejor que su predecesora desde todos los puntos de vista, sobre todo del dramático. La apuesta por centrar la atención en la religión y el tratamiento que se hace del suspense otorgan una mayor entidad a la serie, que más allá de combates espectaculares y unos actores en estado de gracia, ofrece un trasfondo social y político muy interesante. La única nota discordante no pertenece al contenido de la serie, sino a su formato. Al igual que ocurre con Juego de Tronos, una producción de estas características, con un nivel artístico, narrativo y formal que roza la perfección, no puede tener temporadas tan cortas y con un desarrollo tan acentuado, pues la espera hasta la siguiente tanda de episodios puede hacerse tan eterna como los banquetes del Valhalla.

‘Vikingos’, drama e Historia se unen en una espléndida 1ª temporada


Katheryn Winnick, Travis Fimmel y Clive Standen protagonizan la serie 'Vikingos'.Llevo varios días pensando en la mejor forma de definir la serie Vikingos, y tras todas estas reflexiones lo más conveniente es referirse a los dos pilares que han hecho posible el argumento de esta producción: el canal Historia y el guionista Michael Hirst, creador de Los Tudor. Lo cierto es que analizando fríamente la asociación de estos dos nombres no podía surgir de ella otra cosa que estos primeros 9 episodios en los que, en lugar de mostrar una imagen estereotipada y arcaica de los pueblos del norte de Europa, se nos presenta una sociedad de agricultores, ganaderos y guerreros cuya vida giraba en torno a los saqueos de verano que les permitían sobrellevar los duros inviernos. Aviso para navegantes: destacar un aspecto por encima de otro en una obra tan completa es tarea complicada, pero allá vamos.

Desde luego, lo que llama poderosamente la atención en esta historia que gira en torno a Ragnar Lothbrok, rey semilegendario de los territorios que ahora son Suecia y Dinamarca, es la forma de presentar la sociedad vikinga. Una forma que se aleja de los ideales transmitidos en la cultura popular y que elimina algunos de los iconos más representativos de esta cultura para convertirla, simple y llanamente, en unos feroces guerreros cuyo poder residía en su agilidad y en sus ansias de abrazar la muerte para poder reunirse con sus dioses. Hirst plantea la vida como un ciclo marcado por los saqueos en la época estival, una fecha señalada y esperada cuyos frutos permitirían a los guerreros aguantar el invierno. No son, por tanto, violentos por naturaleza, sino por necesidad, lo cual termina trasladándose a todos los ámbitos de su cultura.

Prueba de ello podría ser su panteón divino, del que el protagonista asegura ser descendiente. No vamos a entrar aquí a analizar la forma de presentar a Odín, Thor, Loki y el resto de miembros de los salones de Asgard, pero sí es relevante uno de los conceptos tal vez más impactantes de la primera temporada a nivel dramático. Independientemente de sus diferencias formales, el creador de la serie formula la hipótesis de que todas las religiones guardan los suficientes puntos en común. Para demostrarlo ubica a un sacerdote cristiano (George Blagden) como esclavo de los vikingos, produciéndose en este una conversión con la que el espectador casi termina por identificarse. Es cierto que su religión es violenta; es cierto que sus dioses no son mortales. Pero el mensaje que subyace a ambas culturas es muy similar, por no decir el mismo. Simplemente cambia la forma de entender la organización, evidentemente influenciada por la forma de entender la vida.

Uno de los mayores problemas con los que se enfrenta Vikingos es la credulidad del espectador. Existen numerosos momentos que, aun estando lejos de parecer exagerados o un tanto divinizados, impactan tanto la sensibilidad que son difíciles de aceptar. Y no me refiero a sangrientas refriegas o elementos religiosos (que los hay, y muy bien introducidos para el posterior desarrollo dramático). Me refiero, por ejemplo, a momentos como el sacrificio humano realizado en uno de los episodios. Sorprende sobre todo la forma de entender el sacrificio, sobria, digna y respetuosa. En cualquier caso, las credenciales de los responsables de la serie avalan lo suficiente al producto como para considerarlo, al menos, posible.

Unos conflictos universales

A nivel formal estos serían los tres grandes aspectos que la serie creada por Michael Hirst presenta. Evidentemente, hay muchos otros, como la forma de combatir (es soberbia la batalla en una playa de Inglaterra) o la estructura social, en la que las mujeres tenían una presencia mucho más relevante que en otras sociedades de la época en el resto de Europa. Como muestra baste decir que combatían junto a los hombres, muchas veces de forma más aguerrida que los soldados, siendo la prueba más fehaciente el personaje de Lagertha Lothbrok (Katheryn Winnick), esposa del protagonista. Pero si esto genera el suficiente atractivo para aquellos a los que les guste la Historia, el aspecto dramático no es menos relevante, conformando una historia de traiciones, deseos y envidias que podría considerarse universal.

Ya he mencionado que la trama se centra en Ragnar Lothbrok (Travis Fimmel), personaje que da una libertad absoluta al guionista y showrunner de la serie. Y es que poco se sabe de este legendario rey salvo una aproximación temporal y los lugares que atacó. Con esos pocos datos Hirst compone un personaje sencillamente brillante, dotado de una curiosidad y una inteligencia sin igual entre sus compañeros. Sus ansias por descubrir, por conocer otras culturas, es lo que le lleva a triunfar donde otros fracasan. Lo que logra mantener el aura de misterio a su alrededor son sus intenciones. Se plantea así un juego entre espectador y guionista que, por fortuna para el conjunto, siempre gana el segundo. Aquellos que no hayan visto la serie tal vez piensen que no es el típico vikingo, que su carácter no es como el de sus compañeros. Sí y no. Es tan violento como los demás, pero es mucho más peligroso porque utiliza su inteligencia para aprovechar las debilidades de su enemigo, encontrando oportunidades allí donde otros solo ven… bueno, en realidad no ven nada.

No cabe duda, por tanto, de que buena parte del éxito de la serie, que ya ha confirmado su segunda temporada, es la labor de Fimmel, actor visto en The experiment (2010). Su forma de abordar el personaje ensalza el misterio que envuelve las decisiones que toma. Sus miradas, su expresión corporal, denotan esa inteligencia que no poseen los demás. Aunque evidentemente no es el único valor a tener en cuenta. Estos primeros 9 episodios concluyen con una de las secuencias más perturbadoras de la serie, dejando en ascuas la delicada relación entre hermanos que protagoniza el nudo dramático hasta ahora más importante de la trama. Mucho más incluso que el conflicto por el cual Lothbrok se convierte en conde, que centra buena parte de la temporada y que tiene como protagonista a Gabriel Byrne (El capital).

Vikingos es uno de esos productos extraños. Tiene todos los elementos de una serie espectacular: buen acabado técnicos, mejores guiones y una base histórica atractiva y sorprendente. Sin embargo, no ha sido un éxito arrollador. Tal vez se deba a que no es una producción estadounidense y, por tanto, no ha gozado de la promoción que merece. En cualquier caso, es un producto a descubrir y disfrutar sin reparos. Ahora solo queda esperar la próxima época de saqueos… digo, la próxima temporada.

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Cine y palabras

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