‘El vicio del poder’: un poder ejecutivo individual… y efectivo


A medio camino entre el documental, la comedia y el drama. Ese es el delicado equilibrio, y buena base del éxito, que logra Adam McKay (La gran apuesta) con su film sobre la vida y cuestionable obra de Dick Cheney. Una película compleja narrativamente hablando, irónica a cada paso que analiza y terriblemente trágica por cuanto expone unos hechos que cambiaron el rumbo del mundo de un modo tan crudo y desnudo que es difícil no plantearse muchas cuestiones sobre los dirigentes que nos gobiernan.

Pero vayamos a lo que nos importa, y es que este El vicio del poder es una cinta diferente, notablemente superior a casi todas las que pueden verse actualmente en una sala de cine. Y lo es porque su director logra conjugar de forma magistral todos y cada uno de los elementos de cualquier película, desde una caracterización y una interpretación sencillamente impecables hasta una banda sonora minuciosamente escogida que ensalza el verdadero significado de las escenas (ese final con la banda sonora de West Side Story es el mejor ejemplo). Todo ello compone un relato en el que el montaje es clave, pues no solo aporta ese toque documental al conjunto, sino que permite al espectador apreciar el subtexto que muchas veces puede no identificarse en este tipo de historias políticas. Un montaje que, por ejemplo, juega con la posibilidad de un final feliz para el planeta si Cheney se hubiera retirado a tiempo de su carrera política. Por cierto, a aquellos que hayan seguido la serie House of cards puede que les resulten familiares ciertos aspectos de la carrera de este político.

Posiblemente el mayor problema de este film sea su excesiva duración. La vida de Cheney, por muchos intensos momentos que tuviera, no aguanta un relato de más de dos horas, y ni siquiera la extraordinaria interpretación de Christian Bale (La promesa), más allá de sus 18 kilos de más, logra sostener el relato en muchos tramos. Por cierto, que Bale es en realidad la punta de lanza de un reparto en estado de gracia. Pero volviendo al ritmo narrativo de la cinta, McKay, a pesar de su extraordinaria labor, no es capaz de equilibrar adecuadamente los cambios de interés dramático que tiene el film. Y es algo que se nota incluso en el lenguaje visual. Las secuencias más importantes e interesantes están abordadas con un ritmo casi frenético, mientras que las más irrelevantes se afrontan casi con un lenguaje academicista, carente de la personalidad que caracteriza al film.

Esta irregularidad es la que impide que El vicio del poder sea una obra brillante, aunque no tanto como para que no estemos hablando de una película más que notable. Su montaje, el humor con el que afronta algunos de los hechos más oscuros de la reciente historia de Estados Unidos, la labor del reparto (más allá de transformaciones o caracterizaciones), el narrador y su relación con los hechos o la música componen un relato que no solo entretiene en su mayoría, sino que invita a reflexionar sobre lo que ha ocurrido en el mundo en los últimos 20 años. Que una película ofrezca al espectador la base para un debate, aunque sea interno, y le obligue a mirar los acontecimientos más recientes con otros ojos es ya de por sí algo por lo que merece la pena revisionar varias veces esta cinta. Y si lo hace con el estilo personal y transgresor de McKay, el interés se multiplica.

Nota: 8,5/10

1ª T de ‘Tyrant’, o el desarrollo antinatura de la trama y sus personajes


'Tyrant' presenta las luchas de poder de una dictadura árabe en su primera temporada.Lo bueno de que las series de televisión aumenten en calidad es que los matices en narrativa, fotografía o planificación pueden apreciarse con más claridad. Esto permite diferenciar entre las producciones destinadas al puro entretenimiento y aquellas que buscan algo más. Y digo esto sin menosprecio a ninguna de ellas, pues sin la presencia de las primeras no podrían existir las segundas. Esta idea no debe ser un impedimento para apreciar fallos y virtudes de una ficción como Tyrant, creada por Gideon Raff (Train) cuya premisa podría haber producido algo más complejo que el folletín que realmente es.

El autor de la serie israelí en la que se basa la norteamericana Homeland narra en esta primera temporada cómo el hijo exiliado del dictador de un país árabe, médico de profesión y renegado de los crímenes de su familia, regresa tras más de 20 años a su tierra natal para asistir a la boda de su sobrino. A partir de este momento los acontecimientos se precipitarán hasta el punto de que el espectador sospechará que el tirano al que hace referencia el título no es realmente el dictador. Vista en líneas generales, su argumento ofrece todos los elementos necesarios para convertirse en un interesante thriller en el que cualquier matiz en un diálogo o en una mirada genere un punto de inflexión que de un sentido distinto a la serie.

Sin embargo, estos primeros 10 episodios de Tyrant optan por un desarrollo tópico, previsible en muchas situaciones y con poco interés en los personajes, planteados bajo un prisma extremadamente sencillo. De hecho, el mayor problema de la serie (que no el único, ni mucho menos) es precisamente la necesidad de los guionistas de convertir a los protagonistas en meros arquetipos que reaccionan de forma meridianamente clara ante los acontecimientos que se suceden. El dictador violento y dominado por sus pasiones; la mujer norteamericana ingenua; una esposa calculadora y ambiciosa. Y así sucesivamente. Todo ello no sería un problema si no fuera porque la historia, en realidad, tiende en todo momento hacia una complejidad mucho mayor que va desde las revoluciones de un pueblo oprimido hasta el golpe de estado perpetrado por el protagonista.

Y es aquí donde la serie tropieza constantemente. Resulta poco creíble, por no decir incoherente, la evolución de los personajes, sobre todo de la familia norteamericana. Que en un mundo donde las noticias vuelan ninguno sepa de las atrocidades que se cometen en el país resulta ridículo, pero puede comprenderse como una necesidad dramática. Pero que los personajes oscilen entre la ingenuidad y el rechazo, y entre el horror y la ignorancia, de los actos que ven con sus propios ojos durante su estancia en el país es un problema insalvable del tratamiento de los personajes. Todo ello tiene su fundamento en el hecho de que la propia evolución dramática de los protagonistas les empuja en una dirección que sus creadores no pueden consentir por no ajustarse al tono general de la serie, lo que en última instancia provoca unos contrastes dramáticos que derivan en secuencias ciertamente ilógicas.

Unos actores de foto

Curiosamente, lo mejor que puede ofrecer Tyrant es su reparto, al menos parte de él. Y más concretamente, la parte que da vida a la rama árabe de la familia protagonista. Ashraf Barhom (Ágora), quien da vida al hermano dictador del protagonista, es quizá el mejor representante de esto. Su encarnación de un rol que actúa movido por sus instintos más básicos logra que el espectador termine identificándose con él, precisamente porque su violencia se entiende más como la de un animal acosado que como la de un sádico asesino. También resulta interesante el carácter regio que otorga Moran Atias (Los próximos tres días) a la esposa de aquel, en un papel con pocas sombras pero no por ello carente de cierto atractivo.

Con todo, el tono general del reparto se mantiene en la misma línea que el resto de elementos de la producción, es decir, en un perfil bajo. Si la trama se mueve en todo momento por cauces que no generen grandes complicaciones o situaciones complejas que deriven en giros argumentales impactantes, los personajes terminan por resultar casi irrisorios en ese intento por encajar en una historia que ni siquiera parecen entender. El envoltorio para este regalo entretenido pero con poco contenido es una fotografía suave, sin grandes contrastes y con poca expresividad. Los entornos son siempre cálidos, casi ideales, evitando así crear una confusión en el mensaje que recibe el espectador.

Curiosamente, el único momento en el que todo cambia llega con la conspiración que se desarrolla en los últimos episodios, más o menos desde que comienza el tercer acto de la temporada. Es aquí donde no solo la fotografía adopta formas más sugerentes, sino que incluso los personajes parecen más complejos dentro de su propia naturaleza de arquetipos. Sin embargo, esto no logra ser suficiente para que la impresión general de estos 10 capítulos cambie. Más bien, aporta un cierto grado de interés para afrontar la segunda temporada ya anunciada.

Una segunda temporada que, esperemos, sepa evolucionar hacia un terreno algo más complejo y elaborado. No parece muy probable, pero desde luego a Tyrant no le faltan argumentos para poder cambiar. De mantener el desarrollo dramático actual y esa imperiosa necesidad de dirigir a los personajes por caminos no naturales sin duda los próximos episodios generarán expectación, pero no provocarán más que un ligero entretenimiento en el que el espectador deberá hacer esfuerzos para no encontrar las irregularidades. Pero eso deberá ocurrir mientras las consecuencias del intento de golpe de estado se desarrollan. Por ahora, las impresiones de esta primera temporada no son demasiado positivas.

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