‘Transformers’, el éxito de la colaboración entre humanos y robots


Optimus Prime es la gran estrella de 'Transformers', dirigida por Michael Bay.Hace unos días saltaba la noticia de que Transformers: La era de la extinción se ha convertido en la primera película del 2014 en superar los 1.000 millones de dólares de recaudación a nivel mundial. Y dado que el próximo 8 de agosto llega a los cines españoles, es un buen momento para repasar Transformers (2007), la película que dio origen a una de las sagas cinematográficas más rentables de los últimos tiempos, lo cual no significa que sea de las mejores. De hecho, esta nueva entrega, la cuarta en total, puede entenderse como un reinicio en muchos sentidos, lo cual da una idea del desgaste físico, artístico y creativo que han sufrido las aventuras de estos robots gigantes capaces de transformarse en todo tipo de aparatos eléctricos, principalmente vehículos.

A simple vista puede parecer que en líneas generales todas las películas, que por cierto cuentan con Michael Bay (La Roca) como director, son iguales, entregadas por completo a la acción y la destrucción desmedidas. Sin embargo, el original de hace siete años posee una serie de características que la convierten, con diferencia, en la mejor de todas. Y la primera de ellas es el guión escrito por Roberto Orci y Alex Kurtzman, guionistas de la serie Fringe y Star Trek (2009). Su libreto es un ejemplo perfecto de equilibrio entre trama, acción y humor, o lo que es lo mismo, los guionistas tratan de contar una historia entre las explosiones, la adrenalina y los cuerpos esculturales que suelen caracterizar las obras de Bay. Una historia que recoge el origen de la serie animada basada en estos juguetes de Hasbro y que aporta un trasfondo moral y humano a las máquinas protagonistas, acercando su naturaleza a algo comprensible para el espectador que desconozca estos juguetes de los años 80 del siglo XX.

Con una estructura dramática ajustada en su desarrollo, Orci y Kurtzman aprovechan dos tramas principales (militares y civiles) para sustentar la pesada carga de narrar una lucha intergaláctica entre dos grupos de robots gigantes. El hecho de introducir ambas líneas argumentales permite enriquecer el conjunto, en primer lugar, con los problemas corrientes del ser humano, representados por un Shia LaBeouf (Pacto de silencio) en estado de gracia; y en segundo lugar, con la relación entre humanos y robots, ésta basada tanto en la relación del protagonista con su coche como en la colaboración militar en la batalla final. Todo ello genera la sensación de estar ante una película en la que los humanos no son meros espectadores, sino que tienen una participación activa en el devenir de los acontecimientos, lo que al final no hace sino redundar en el resultado positivo del film.

Evidentemente, en este resultado también influye, y mucho, la labor de los actores, todos ellos magníficos en unos roles que nunca llegan a tomarse demasiado en serio a sí mismos y que, en consecuencia, aportan cierta comicidad al conjunto y restan gravedad o un exceso de seriedad a los acontecimientos que narra Transformers. Desde el propio LaBeouf hasta un histriónico John Turturro (Aprendiz de gigoló), todos los actores encuentran un cierto equilibrio en la dinámica de sus personajes, convirtiéndolos en iconos de personalidad que si bien no tienen demasiada gravedad dramática, sí son lo suficientemente completos como para encajar entre ellos y con los robots creados digitalmente. Puede que la única que desentone sea Megan Fox (Nueva York para principiantes), cuya labor no termina de resultar creíble en algunos momentos. Y esto no es únicamente un problema de la actriz.

Novedad digital

Aunque sin duda lo más relevante del film son sus efectos digitales. Unos meses antes de su estreno existía bastante expectación por comprobar si realmente podía resultar creíble que unos robots gigantes se transformaran en coches de tamaño corriente, tal y como se veía en la serie de televisión y en los juguetes con los que muchos de los espectadores, servidor entre ellos, habían crecido. El resultado salta a la vista. El realismo de dichas transformaciones, sobre todo el momento épico en el que Optimus Prime deja de ser un camión para convertirse en robot, es simplemente brillante. Aquí habría que hacer un pequeño paréntesis para hablar sobre la labor de Michael Bay en todo esto. El director de Dolor y dinero podrá ser muchas cosas. Es cierto que no destaca precisamente por historias de personajes, e incluso podría decirse que su cine es tan visual que elimina por completo el resto de componentes de una historia audiovisual. Pero incluso en esto hay que ser bueno, y Bay es el mejor.

Su forma de plantear la historia de Transformers en lo que a planificación se refiere es notablemente espectacular. Su uso de la cámara lenta en determinados momentos de la trama, principalmente en su batalla final, no solo permite una exhibición mayor de la calidad visual de los efectos, sino que aportan un mayor dramatismo y espectacularidad a los acontecimientos, que no por ello pierden un ápice de interés. Al fin y al cabo, y como decía al comienzo, esta primera entrega basa su éxito en que todos los elementos se supeditan a la historia. Una historia de acción, aventura y poca reflexión, es cierto, pero historia al fin y al cabo. Por poner un ejemplo, las dos continuaciones directas que tuvo esta película perdieron parte de esa esencia en favor de más efectos, más robots y combates más espectaculares.

No se trata, por tanto, de entrar a valorar si Bay es mejor o peor director que cualquier otro. Eso dependerá de quién sea el espejo en el que se mire. Pero lo que es innegable es su calidad como director de cine de acción, creando incluso una marca propia que patentó junto al productor Jerry Bruckheimer en varias de sus películas. Las persecuciones de coches, el uso de una notable banda sonora compuesta por Steve Jablonsky (serie Mujeres desesperadas) o ese maquillaje único que convierte a los actores en “personajes Bay” son algunas de sus señas de identidad. Y todos ellos, a pesar de repetirse película tras película, funcionan de tal modo que son capaces de convertir el guión más inverosímil en una épica aventura que incrusta al espectador en sus asientos.

Por desgracia, la evolución de la saga ha demostrado que tanto director como actores y equipo técnico no han tenido la energía necesaria para mantener el nivel, produciéndose una progresiva decadencia en las tramas y un aumento del número de efectos, sin que ello conlleve una mejora directamente proporcional. Puede que sea porque esta primera Transformers ofrecía novedad, pero eso no es motivo suficiente para que las demás películas pierdan calidad narrativa. De ahí la necesidad de “reiniciar” la saga con nuevos actores y personajes. En cualquier caso, la película de 2007 se revela como una épica aventura en la que todos los elementos son imprescindibles, y cuya trama es tan sencilla como directa. Su factura técnica es impecable, es cierto, pero incluso en este aspecto está al servicio de una historia cuyo trasfondo va más allá de un simple espectáculo.

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‘G.I. Joe: La venganza’: ausencia de pilares narrativos


Dwayne Johnson protagoniza 'G. I. Joe: La venganza' junto a Bruce Willis.Hablar de la continuación de la película de 2009 centrada en los juguetes de la compañía Hasbro y de su correspondiente serie de televisión animada de los años 80 es hablar de la ausencia. Es de suponer que a nadie se le escapa que una secuela de un film tan relativamente limitado como fue G.I. Joe tiene pocos argumentos a su favor, salvo tal vez la oportunidad de ver secuencias de acción imposibles, tecnología casi inimaginable y disparos por doquier. Y así es. Por eso, lo más llamativo de esta cinta es la ausencia de dos de los atractivos que sí tuvo la primera entrega, y que son nada más y nada menos que el protagonista y el director. Claro que no son las únicas ausencias, aunque tal vez las que hayan provocado la aparición del resto.

Ir a ver G.I. Joe: La venganza con la idea de asistir a una cinta de acción con identidad propia resulta una utopía. Ya desde el comienzo el director de la cinta, Jon M. Chu (Step Up 3D), deja claro que la empresa de trasladar a la pantalla las aventuras de este cuerpo militar de élite le queda grande. Más allá de la intrascendencia de algunos diálogos o de la linealidad del desarrollo dramático (cosas en las que él no tiene peso específico), resulta llamativo que algunas secuencias de acción están impregnadas de cierto caos visual, perdiendo por momentos la perspectiva de los personajes y el entorno (cosas que sí dependen de él). Desde luego, no es Stephen Sommers (Van Helsing), con todo lo bueno y lo malo que eso implica.

Tal vez lo mejor de la cinta sea su ritmo y el carisma que desprenden algunos de sus actores por sí mismos. Desde luego, la acción apenas deja tiempo para narrar una historia detrás de tantas explosiones, lo que en el fondo es hasta producente. Pero además, la presencia de Dwayne Johnson (El tesoro del Amazonas) aporta algo de empaque a unos personajes excesivamente estereotipados, algo que está heredado de la animación original. Mención aparte merece la presencia de Bruce Willis (El último Boy Scout), quien parece ser el único capaz de reírse de sí mismo en este marco de disparos, explosiones y clichés imposibles.

Al final, y pese a todas sus carencias y sus estereotipos, G.I. Joe: La venganza es un producto puramente evasivo que induce al consumo masivo de palomitas y refrescos, sin más intención que la de distraer un par de horas de los problemas nacionales e internacionales de nuestro entorno. Por cierto, que en este sentido resulta irónica la mención de Corea del Norte en un momento crítico de la trama. Un producto tan distraído como olvidable según se encienden las luces.

Nota: 5/10

La magia de ‘Toy Story’ y su influencia en el mundo de la animación


Hace 17 años, la compañía de Walt Disney presentó la obra de una productora que por aquel entonces podía considerarse pequeña, al menos comparada con el gigante cinematográfico en el que se ha convertido hoy. Especializada en cortometrajes de animación, sus técnicas eran diferentes, novedosas y algo arriesgadas. Pixar utilizaba una animación por ordenador donde los personajes abandonaban la bidimensionalidad del papel para tener un diseño sólido y tridimensional. Sin embargo, a diferencia de otros intentos anteriores (y posteriores), dicha tecnología estaba al servicio de una historia muy en la línea de Disney, que acababa de encadenar una serie de éxitos únicos. Toy Story fue, en este sentido, el colofón a una serie de auténticas joyas de la animación, pero también hirió de gravedad a la tradicional técnica del dibujo.

Dirigida por John Lasseter, auténtica alma mater de Pixar y actual director creativo de Disney tras la unión de ambos nombres, la cinta presenta una trama tan conocida como antigua (el miedo a la pérdida de estatus y a las nuevas generaciones), aunque desde un punto de vista tan original que engancha desde la primera imagen (o casi). Un juguete, acostumbrado a ser el centro de atención del niño que lo posee, ve cómo su mundo cambia cuando este presta toda su atención a un nuevo muñeco, más moderno, más elaborado y, sobre todo, de moda. Si bien al principio hará todo lo posible por quitarle de en medio, finalmente comprenderá que hay sitio para los dos en la habitación.

Toy Story es lo que cualquier persona en su infancia ha deseado, y lo que en cierto modo siempre ha estimulado la imaginación de los niños: que los juguetes con los que nos criamos, y a los que dotamos de vida artificial, posean realmente sentimientos, valores y conocimientos cuando las luces de la habitación se apagan. Todo eso y más es este film, pues la forma en que los juguetes se interrelacionan, se organizan y se comportan responde en cierto modo al carácter humano. Esto genera, en fin, un microcosmos único en el que los miedos del ser humano quedan reflejados, ofreciendo una solución a través de su forma de afrontar los problemas, y que aleja de la fantasía una trama protagonizada por juguetes.

Antes mencionaba que la historia engancha casi desde la primera imagen. Es cierto que desde los primeros planos la película muestra un carácter único gracias a la iluminación y el realismo de objetos y personajes (dentro, claro está, de los parámetros animados), pero lo realmente sorprendente llega unos minutos después, cuando el juguete protagonista, ese ya mítico vaquero que responde al nombre de Woody, mueve lentamente los ojos cuando el niño abandona la habitación. Algo tan simple y al mismo tiempo tan costoso de realizar (la película duró unos cuatro años de trabajo) está impregnado de una magia única, de una ternura que acompaña al resto del arco dramático, y de una autenticidad que solo Pixar ha sido capaz de lograr año tras año.

Antes y después

A partir de ese momento, el espectador se sumerge irremediablemente en la historia, en una aventura plagada de peligros, unos más amables que otros, pero que destaca tanto los mejores valores de los niños (la amistad, la aceptación de todo tipo de personas) como las lecciones que da la madurez (la decepción, el miedo al olvido, la pérdida). No se puede decir, por tanto, que Toy Story sea un film ingenuo, más bien al contrario. Cierto que aborda una trama dirigida principalmente a un público infantil, pero la forma en que la trata, el respeto con el que se dirige a los espectadores de todas las edades, no hace sino alejarla de ese “cine para niños”.

Con todo, lo cierto es que el verdadero atractivo de la película se halla en su técnica. A mediados de los 90 del siglo pasado los efectos creados por ordenador estaban más o menos desarrollados, pero nunca antes se había intentado crear una película entera con esta herramienta. Elementos como el agua, la luz o el fuego podían dar al traste con cualquier producción si no eran lo suficientemente reales. A tenor del resultado, y con la perspectiva de los años que permite apreciar la evolución de este subgénero, la prueba se superó con éxito.

Pero como decíamos antes, esta historia de juguetes supuso el primer paso hacia la práctica desaparición de la animación en papel. A medida que el éxito de las producciones Pixar fue en aumento, el de las producciones Disney fue disminuyendo, y no solo por el atractivo de las imágenes. Las historias que narraba, con este Toy Story a la cabeza, estaban perfectamente asentadas en guiones brillantes que combinaban la imaginación, la comedia, el drama y una explicación sencilla de los problemas adultos. Claves que la factoría de Blancanieves y los siete enanitos parecían perder a cada título que estrenaban.

Aún hoy, Toy Story mantiene intacta la magia que la hizo destacar en 1995. Todos los elementos, desde la música hasta las actuaciones de los actores que ponen la voz, con Tom Hanks (Náufrago) y Tim Allen (De jungla a jungla) a la cabeza, pasando por todo lo mencionado más arriba, componen un producto único, una obra que perdurará en el tiempo tanto por la calidad propia como por su aportación a la historia del cine.

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