‘Transparent’ ahonda en los conflictos de la sexualidad en su 2ª T.


La segunda temporada de 'Transparent' comienza con una boda lesbiana.Los premios Emmy de 2016 han confirmado su éxito. Sin embargo, las estatuillas que atesora Transparent, a su protagonista (Jeffrey Tambor, visto en R3sacón) y a su creadora, Jill Soloway (Afternoon delight) evidencian una dualidad que es importante señalar. Mientras que su formato es efectivo, con un reparto más que notable y un dinamismo narrativo incuestionable, el trasfondo tiene un conflicto constante entre el análisis social y el exceso dramático. Es algo que ya ocurría en la primera temporada, y en esta segunda parte se ahonda en esa dualidad.

Es evidente que estos 10 episodios tratan de explorar el mundo de la homosexualidad y el cambio de sexo desde un punto de vista inexperto, situando al espectador al mismo nivel que unos personajes que descubren sus tendencias sexuales conforme se desarrolla la trama, lo que aporta al conjunto un carácter nuevo, fresco, en el que todo lo que ocurre parece descubrirse por primera vez. Resulta significativo, en este sentido, el papel de Tambor, que una vez aceptada su sexualidad se enfrenta a los conflictos personales y a la dualidad entre hombre y mujer que todavía parece habitar en su conciencia. Sin duda, algunos de los mejores momentos de la temporada son suyos, en tanto en cuanto traslada al entorno dichas luchas internas.

Pero junto a esto, y eso es algo que se aprecia hacia el final de la temporada de Transparent, destaca sobremanera esa especie de fobia que existe entre las mujeres a los transexuales. La acción que se desarrolla en esa reunión de mujeres lesbianas pone de manifiesto la soledad de un personaje que, aunque se siente mujer, no es aceptado por ellas al tener cuerpo de hombre. Los debates que se desarrollan en torno a esta idea posiblemente sean los más interesantes de toda la temporada, ofreciendo un nuevo punto de vista a la intransigencia a la que se enfrentan estas personas, y que normalmente se asocia con el hombre.

Así, el arco dramático de la serie, que en su tramo final aborda este mismo conflicto en la Alemania nazi, se convierte en una reflexión agridulce acerca de la libertad del ser humano para ser lo que quiere ser en una sociedad que se considera libre pero que, en el fondo y cuando no está definida por prejuicios morales, es presa de sus propias fobias. Una ironía que, hasta cierto punto, ya se planteó en la primera temporada, pero que ahora logra uno de sus mayores exponentes gracias a un desarrollo marcado por el viaje del protagonista, que va de casa en casa sin lograr encontrar un sitio en el que encaje su verdadera forma de ser.

Exceso y saturación

Pero a toda esta reflexión, a este análisis del comportamiento humano en lo que a sexualidad y a afrontar lo diferente se refiere, se le suma un aspecto que no es precisamente positivo. La segunda temporada de Transparent ahonda, como también hace con su arco dramático, en los aspectos más atípicos de esta familia judía, llevándolos en algunos casos hasta extremos un tanto cuestionables, como puede ser el caso de la hija lesbiana que descubre el placer en el masoquismo. Y no quiero decir con esto que no sea plausible abordar esa evolución, sino que la serie la trata como si fuera algo obligado para introducir un nuevo elemento transgresor a la ya de por sí transgresora trama.

El principal problema, y es algo que parece va a arrastrar durante todas las temporadas, es que el mensaje que lanza el personaje de Tambor con su actitud y con su punto de vista queda diluido cada vez más en el contexto de homosexualidad de la familia. Los posibles conflictos que podía tener el patriarca al iniciar el cambio de sexo desaparecen por completo desde el momento en que sus hijos son homosexuales o han sufrido abusos de pequeños. La tolerancia con la que se encuentra el personaje elimina de raíz toda creación de confrontación de ideas, dejando a la deriva un desarrollo dramático que podría ser mucho más intenso.

Ahora bien, es de admirar que Soloway haya optado por ser fiel a un estilo muy particular y a una idea de desarrollo tan concreta como esta, y que no modifique sus perspectivas a pesar de los puntos débiles que presenta la ficción. Esto ha permitido, por ejemplo, que la serie avance y descubra la intolerancia en determinados sectores de la sociedad que no suelen relacionarse con esto. Hasta cierto punto, no deja de ser revelador el paralelismo entre la historia de la Alemania nazi y la que vive el protagonista, una con hombres como principal activo de violencia contra los transexuales, y otra con mujeres.

En definitiva, es evidente que la segunda temporada de Transparent ha ido un poco más allá y se ha atrevido a continuar con el camino andado. Sus más fieles defensores encontrarán en estos episodios un interesante análisis sobre los prejuicios en la sociedad actual y sobre las luchas internas que vive el protagonista. Y a pesar de la calidad de los actores y del arco narrativo, la serie sigue presentando problemas importantes que deberían ser resueltos, pero que dado que son inherentes a la propia dinámica existente entre personajes, prácticamente no tienen solución. En todo caso se podrán resolver con nuevos conflictos que lleven la historia a un nuevo nivel dramático, pero para eso habrá que esperar a la tercera temporada.

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‘Ben-Hur (2106)’: Roma bajo el sino de los tiempos


Jack Huston y Toby Kebbell compiten en 'Ben-Hur', versión de 2016.El cine es, o debería ser, un reflejo de la situación política, social y económica en la que se realiza. Pero una cosa es eso y otra muy distinta tergiversar deliberadamente una historia para obligarla a cumplir con ese precepto. Esta última idea, demasiado presente en lo nuevo de Timur Bekmambetov (Wanted), es la que provoca que una película más o menos interesante derive en un sinsentido moralista de dudosa credibilidad.

En efecto, Ben-Hur (2016) es un remake intenso, visualmente impecable y con muchos aciertos, uno de ellos darle más presencia al personaje de Messala, interpretado por un irregular Toby Kebbell (El aprendiz de Brujo). Y es que con ello se da más presencia al Imperio Romano y, de paso, al aspecto conquistador, violento y criminal de la expansión romana. En este sentido, resultan interesantes los conflictos morales y humanos del personaje, representando la dualidad de un mundo que lucha por conseguir la paz a través de la violencia. Asimismo, la relación entre los protagonistas queda excepcionalmente bien desarrollada, ofreciendo al espectador una visión más profunda de sus motivaciones y del modo en que sus sentimientos cambian a lo largo de la trama.

El problema es la trama en sí, o mejor dicho el tratamiento dramático que se realiza. Y es que la historia parece desinflarse al introducir problemas innecesarios cada vez más abrumadores a medida que se acerca el final. Por supuesto, la resolución del conflicto entre Ben-Hur (notable Jack Huston, visto en la serie Boardwalk Empire) y Messala es algo tan disparatado como innecesario, pero hay más. La introducción de un personaje secundario totalmente anecdótico al que se le quiere dar más importancia de la que merece; la falta de tratamiento serio de la historia de Jesucristo; poco o nulo desarrollo de algunos secundarios más relevantes.

La pregunta que cabe hacerse es ¿por qué? ¿Por qué tergiversar una historia épica de odio, traición, venganza y perdón modificando la naturaleza de los personajes (y por extensión de lo que representan) con un milagro divino? La respuesta creo que hay que buscarla fuera de la pantalla. En un contexto mundial en el que los pueblos cada vez parecen odiarse cada vez más, la cinta trata de convertirse en una suerte de hermanamiento fraternal entre pueblos tan dispares como el musulmán, el judío y el romano. Y eso, por muy buena voluntad que pueda tener, parecía poco probable en la época romana, sobre todo después de suceder lo que sucede durante la trama. El resultado es el mencionado: se retuerce el desarrollo natural de una historia para forzar un final marcado por los tiempos actuales. Y eso, salvo que se trabaje desde el minuto uno, no suele salir bien.

En resumen, Ben-Hur (2016) comienza bien, posee algunos momentos realmente épicos (la carrera de cuadrigas es espléndida) y ofrece una interesante visión del Imperio Romano en la época de Jesucristo. Ahora bien, la cinta pierde fuelle hacia el final de la trama, y lo hace casi por voluntad propia, modificando no solo la historia que todo espectador con cierta edad tiene en la retina, sino transformando por obra y designio de Dios (y esto es casi literal) a dos personajes enfrentados en dos hermanos. Que Bekmambetov se sienta más o menos cómodo con esta cinta es algo casi secundario (aunque tiene su relevancia que solo parezca disfrutar con las secuencias de acción); el problema es de guión, flojo en demasiados momentos y con tendencia a la autodestrucción más ilógica que se pueda ver en una pantalla.

Nota: 6/10

‘The Honourable Woman’, thriller político en una miniserie de cine


Maggie Gyllenhaal es 'The Honourable Woman' en las tramas de espionaje de la miniserie.A medida que pasan los años, y el peso de las series de televisión es mayor tanto en el imaginario colectivo como en la escena audiovisual, es más evidente que su éxito se debe no solo al formato, idóneo en una sociedad con un déficit de atención creciente, sino a la calidad de tramas y personajes. Pero cada vez es más habitual encontrar cine en las series. Si alguien se pregunta qué diantres significa eso, que se acerque a una joya del thriller político titulada The Honourable Woman, miniserie escrita y dirigida por Hugo Blick (serie The shadow line) que se ha convertido en una de las últimas revelaciones de este 2014. Y la verdad es que nada en ella deja indiferente.

La historia de 8 episodios, con numerosos saltos temporales hacia el pasado, narra fundamentalmente la relación de dos hermanos judíos que dirigen una de las más importantes compañías del mundo cuyo objetivo, a través de sus proyectos, es crear por fin un puente entre Israel y Palestina, de modo que las fronteras, los odios y los rencores se difuminen. Motivados por el asesinato de su padre, del que fueron testigos cuando eran muy pequeños, sus esfuerzos se verán rápidamente envueltos en una maraña de confabulaciones, intereses políticos y espionaje internacional que les situará, además, en el punto de mira de aquellos que claman venganza por las atrocidades cometidas por su padre, cuyas acciones eran totalmente contrarias a las de sus hijos.

Pero esto es únicamente una visión general de lo que realmente cuenta The Honourable Woman. Su trama principal, que se puede decir que gira en torno al secuestro de un niño, está en realidad compuesta por un sinfín de desarrollos secundarios que generan una estructura sólida y compleja de la que es imposible escapar. La tela de araña creada alrededor de los personajes interpretados notablemente bien por Maggie Gyllenhaal (Hysteria) y Andrew Buchan (serie Broadchurch) es tan densa que cada diálogo, cada mirada, posee un significado propio, único y, sobre todo, muy revelador. Nada está dejado al azar, y desde luego nada ocurre por casualidad, a pesar de que la magnífica estructura narrativa, potenciada por el montaje de la serie, pueda sugerir lo contrario en alguna ocasión.

Gracias a dicha estructura, por cierto, la serie encuentra su propia personalidad para erigirse como un thriller en el que la política y el drama personal se unen en una armonía casi hipnótica. Dicho en pocas palabras, es una de esas series que piden a gritos más y más después de cada episodio, lo cual suele ser buena señal. La forma en que Blick presenta las diferentes intrigas políticas, y cómo posteriormente las va uniendo poco a poco, no trata en ningún momento de desafiar al espectador (es más, algunas conclusiones se obtienen mucho antes de que se desvelen en pantalla), sino más bien de hacerle partícipe de la odisea sufrida por el personaje de Gyllenhaal, quien casi sin darse cuenta se ve envuelta en las corruptelas provocadas, casi sin saberlo, por su propio hermano. A través de sus ojos el espectador vive un proceso de caos y destrucción en el que las venganzas, las ambiciones personales y los servicios secretos de medio mundo se dan cita. Es ese viaje, y los descubrimientos que depara, lo realmente fascinante de esta miniserie.

Reducir al máximo las debilidades

Claro que si la estructura dramática es esencial, los diálogos no lo son menos. En realidad, The Honourable Woman basa la mayor parte de sus fortalezas en ellos y en el trabajo previo realizado por el guionista, pues es gracias a la solidez de la historia en su conjunto que las conversaciones entre los personajes adquieren especial relevancia. El hecho de que las mentiras y los secretos gobiernen las vidas de todos los personajes (porque no son ellos los que dominan los secretos) dota a las frases de una importancia capital, obligando a prestar una atención insólita en el panorama actual de la televisión, haciendo partícipe al espectador de ese desarrollo en otro sentido.

Por supuesto, los actores tienen mucho que ver en todo esto. Ya hemos dicho que los hermanos protagonistas conforman una pareja insólita, férrea en sus convicciones pero sustentada en mentiras y secretos. Y si bien es cierto que algunas de sus posiciones respecto al desarrollo dramático pueden resultar un tanto extremas (lo que se viene a llamar “concesión dramática”), no lo es menos que gracias a ello enriquecen el trasfondo emocional de las venganzas que, en el fondo, están detrás de todo lo que se cuenta. Mención especial merece el rol de Stephen Rea (serie Utopía), veterano espía del MI6 con el que el actor compone un personaje fascinante, inteligente y calculador a pesar de su evidente apariencia de hombre gris y apático.

Todo ello no quiere decir, sin embargo, que no posea aspectos negativos. O mejor dicho, que debilitan ligeramente el conjunto. Curiosamente, el punto de partida de la trama resulta un tanto esquemático, realizado incluso con un montaje abrupto que permite únicamente apreciar con brocha gorda los acontecimientos. Igualmente, algunas tramas secundarias (muy secundarias) relacionadas con el niño secuestrado están planteadas de forma extremadamente simplista, en cierto modo porque físicamente no queda espacio en la trama para darle más peso específico. Más notable es la falta de profundidad en el trío romántico que se crea en la casa del personaje de Buchan, que queda relegado a una mera anécdota con resolución violenta y brutal.

Pero eso son, en realidad, meras anécdotas en un conjunto que más que una serie o una miniserie, es una película muy larga. The Honourable Woman se convierte así en un thriller capaz de mantener a lo largo de unas 8 horas una tensión dramática que, todo sea dicho, es muy difícil de encontrar hoy en día en una sala de cine. La profundidad del conflicto palestino-israelí, los odios personales, y los intereses particulares de los gobiernos y de las personas se dan cita en una historia compleja, con muchas caras pero un único objetivo. Para los personajes desoír un diálogo, desviar la mirada o no prestar atención a un acontecimiento puede ser la diferencia entre vivir o morir. Para el espectador es la diferencia entre comprenderlo todo o nada. Es aquí donde la conexión entre ambos se establece. Es aquí donde el cine se hermana con la televisión.26

‘Ben-Hur’, conflicto entre pueblos en un guión de manual


Un momento de la famosa carrera de cuadrigas de 'Ben-Hur', dirigida por William Wyler.La celebración de la Pascua en medio mundo ha servido para que, al menos en España, se mantenga la tradición de emitir en televisión producciones de diversa calidad relacionadas con la religión, la vida de Jesucristo y la época romana. A estas alturas no seré yo quien descubra que uno de los máximos exponentes de este tipo de cine es Ben-Hur, épica obra de 1959 ganadora de 11 Oscars que, basada en la novela de Lew Wallace, aborda la época en la que Jesús nació a través de la odisea que sufre el príncipe judío que da nombre al título. Abordar un comentario completo sobre una película de semejantes características requeriría más espacio del que aquí existe (al menos en un único texto), por lo que trataremos de apuntar algunos de sus rasgos más distintivos.

Narrativamente hablando, el film dirigido por William Wyler (Vacaciones en Roma) ofrece uno de los más curiosos análisis que se puedan dar. A pesar de la duración de más de tres horas y media, las peripecias del personaje interpretado espléndidamente por Charlton Heston (El último hombre… vivo) no llegan a decaer en ritmo en ningún momento, principalmente gracias a un arco dramático que pasa por prácticamente todas las fases posibles. La teoría del conflicto en un guión establece que cada acto, cada secuencia, debe contener una constante lucha entre las dos partes implicadas, generando picos que oscilan entre lo bueno y lo malo, la victoria o la derrota.

En cierto modo, Ben-Hur sigue a pies juntillas dicha teoría. La trama comienza positivamente para derivar rápidamente en una espiral dramática en la que el protagonista es llevado al límite para, posteriormente, volver a un estado de gracia que es corrompido por un nuevo golpe psicológico. Una forma física y muy visual de situar a un personaje frente a conflictos que debe superar y que definen por necesidad su propia personalidad. Empero, no hay que olvidar la época en la que se enmarca la obra, que más allá de creencias religiosas o concesiones al cristianismo está marcada por el conflicto entre Roma y los habitantes de los lugares conquistados, en este caso Judea.

La forma en que la película aborda estos acontecimientos es uno de los elementos que la definen y elevan por encima de las demás. Ben-Hur queda representado, por tanto, no solo como un superviviente capaz de enfrentarse a los retos más crueles que le depara el destino, sino también por su forma de afrontar el hecho de ser judío en un mundo romano. Este último aspecto, evidentemente, tiene su máxima expresión en la amistad/enemistad con Messala, un Stephen Boyd (La caída del Imperio Romano) que logra algo realmente complicado: dar vida a un personaje odioso hasta sus últimas consecuencias. Es la máxima expresión de esta idea, sí, pero no es la única. Su periplo está marcado en todo momento por esa idea de confrontación entre pueblos: las galeras romanas, la adopción romana. Incluso esa conclusión con Jesucristo portando la cruz y siendo crucificado puede entenderse dentro de este marco.

Una enemistad en la distancia

Por supuesto, si hay que personificar dicho conflicto el hombre a escoger es, como decimos, Messala. Como no podía ser de otro modo, el guión de Ben-Hur, además del desarrollo dramático que ya hemos abordado, se sustenta en una definición de personajes excepcional. Y si la del protagonista se fortalece con lo acontecimientos que vive, la del antagonista crece en las sombras, o mejor dicho en el olvido. Gracias a la labor de Boyd, el villano de la función permanece en el recuerdo a pesar de que su presencia en pantalla se limita casi al inicio y al final. Y lo logra porque su forma de actuar al inicio es tan despiadada y cargada de odio que marca el devenir del resto de la trama.

Aunque pueda parecer de una lógica aplastante, hay que señalar que su rol es tan impactante gracias al cambio de postura que sufre en pocos minutos, pasando de la amistad a la enemistad, del apoyo a un amigo a la defensa de unos intereses personales disfrazados con la gloria del Imperio Romano. Esta transformación tan radical, definida en el propio film como la “corrupción de Roma” obliga al arco dramático a plantear un final ineludible que solvente la disputa. Y el final es esa joya del cine de aventuras y de acción conocida como la carrera de cuadrigas.

Si bien es cierto que la trama lo disfraza con la imposibilidad de Ben-Hur de matar con sus propias manos, desde un punto de vista narrativo una enemistad como esta, fraguada en pocos minutos y con unas consecuencias tan contundentes, requería de algo más que un duelo de espadas. Sobre todo debido a esa idea de amistad tornada en enemistad (u odio, según se mire). Se entiende que el clímax, por su propia definición, debe ser mucho mayor que el conflicto que origina toda la historia, y eso se logra con dicha carrera, que por cierto debería ser modelo para cualquier director que quiera rodar secuencias de este tipo, por mucho que los cánones y las tendencias modernas tiendan a cambiar.

Evidentemente, son muchos y muy variados los elementos que convierten a Ben-Hur en la obra maestra que es. Vestuario, Banda sonora, fotografía, diálogos, … todo en ella encaja como las piezas de una maquinaria perfecta que lleva al espectador en una montaña rusa cuyo final religioso es, en cierto modo, lo de menos. La base de todo, empero, es un guión que sigue las pautas formales y las teorías dramáticas paso a paso. Irónicamente, de todos los premios que consiguió no logró el de Mejor Guión Adaptado, premio que se llevó el drama Un lugar en la cumbre.

20 aniversario del año de Spielberg (I): ‘La lista de Schindler’


Ben Kingsley y Liam Neeson protagonizan 'La lista de Schindler', de Steven Spielberg.El reestreno hace un par de semanas de Parque Jurásico en 3D suponía una pieza más en esa maquinaria que está buscando desesperadamente desenterrar grandes éxitos para conseguir más ingresos. Sin embargo, también coincide con una efeméride que en Toma Dos queremos abordar, aunque solo sea como homenaje. Nos referimos al año 1993, en el que el cine de Steven Spielberg, director de aquella, fue el gran triunfador de los Oscar con dos títulos que ya se pueden considerar inmortales: la citada aventura con dinosaurios y la película que comentaremos a continuación, La lista de Schindler, basada en el libro de Thomas Keneally y centrada en la historia de este nazi que logró salvar del exterminio a más de 1.000 judíos durante la II Guerra Mundial.

A estas alturas, con el reconocimiento a nivel mundial del film, destacar sus múltiples virtudes formales y narrativas puede resultar algo repetitivo. Sin embargo, para hablar de las emociones que es capaz de transmitir es imprescindible. Quizá uno de los momentos más analizados y recordados sea aquel de la pequeña con el vestido rojo por cuanto representa el punto de inflexión en la conciencia del protagonista. Hasta entonces sus intenciones se resumían más o menos fielmente en hacer dinero, en conseguir el máximo beneficio con el menor riesgo. Y eso se lo proporcionaban los judíos. Será a raíz de esa escena, que narra con crudeza uno de los momentos más brutales de la trama, cuando este empresario nazi opte por empezar a salvar vidas humanas independientemente del beneficio.

Con todo, no es ni con mucho el mejor aspecto formal del relato. La labor fotográfica en blanco y negro de Janusz Kaminski, colaborador habitual de Spielberg (Salvar al soldado Ryan, por ejemplo) es una verdadera obra de arte que fue reconocida con numerosos premios. Su forma de captar el contraste entre luces y sombras, fiel reflejo de las emociones a flor de piel de un personaje tan aparentemente contradictorio como el interpretado excepcionalmente por Liam Neeson (Batman Begins), genera una narrativa paralela que ayuda al espectador a comprender ciertas conversaciones, a apreciar las intenciones reales de cada decisión. En la memoria se graban a fuego primeros planos como el de Ben Kingsley (La invención de Hugo) brindando mientras una lágrima recorre su mejilla.

En este sentido, la banda sonora de John Williams (La guerra de las galaxias), emotiva como pocas, se ajusta a la perfección a un relato que basa buena parte de su fuerza en el aspecto fotográfico y en la crudeza de su realización, en la que por cierto Spielberg vuelve a demostrar su maestría y buen gusto para horrorizar al espectador sin necesidad de mostrar casi nada. El uso de coros, muy propios de la época, o de un ritmo pausado y denso aportan una mayor sensación de desasosiego ante un destino que parece inevitable, como si de una marcha imparable se tratara.

Describir las emociones tan complejas y variadas que provoca La lista de Schindler es difícil. Casi tanto como las que provoca el documento original. Hace un año aproximadamente tuve la oportunidad de ver uno de los pocos originales que se conservan en uno de los Museos del Holocausto que existen en el mundo. Tal vez fuese por la forma de mostrar esta oscura época de la Historia del hombre, o simplemente porque representa la esperanza en medio de la desolación, pero lo que sentí al ver ese documento se aproxima mucho a lo que Spielberg es capaz de transmitir. Esto viene a demostrar, al menos para un servidor, que el director de E. T., el extraterrestre (1982) es uno de los pocos realizadores actuales capaz de estructurar un relato para ordenar toda esa amalgama de sentimientos que antes mencionaba.

Una estructura dramática

Steven Spielberg ha asegurado en muchas ocasiones que La lista de Schindler ha sido uno de sus proyectos más personales. Hasta 10 años ha estado madurando la historia. Es por eso que más allá de la visión acerca del Holocausto, más allá de la belleza formal que atesora o de la profundidad de sus personajes, todos ellos con los rasgos de unos actores excepcionales, se halla un guión estructurado perfectamente y al milímetro para envolver al espectador en un drama humano sin parangón. El texto escrito por Steven Zaillian (Gangs of New York) es todo aquello que un guión debe ser, es decir, una estructura compensada en todos sus actos, un vehículo que diversifica y dosifica el tiempo de cada personaje y de cada trama secundaria, de cada momento histórico y de cada decisión.

Y es también una narración sin diálogo o, mejor dicho, con subtexto en el diálogo. Cierto es que la época en la que se enmarca la historia facilita esa máxima de que un diálogo no debe ser lo que dice, sino lo que quiere decir, pero es que incluso en esta situación la forma de hacer avanzar la acción es de manual. Sin ir más lejos, ese cambio que se produce en el protagonista puede pasar casi desapercibido si no se presta la suficiente atención. Tanto Zaillian como Spielberg optan por una evolución silenciosa, realista y ajustada al contexto en el que se produce. Resulta casi ridículo, por tanto, que exista un diálogo en el que Schindler explique sus intenciones. Vamos, que en ningún momento se hace con la bandera de defensor y salvador. Es algo mucho más personal, intimista y sutil.

Pero esto es solo un ejemplo. El desarrollo dramático de la trama principal, apoyada de forma imprescindible por algunas líneas argumentales secundarias como la relación con el personaje de Ralph Fiennes (Skyfall), permite un análisis perfecto de cómo abordar todo tipo de escenas, de cómo se construyen los personajes desde la acción y no la descripción, y cómo las secuencias deben estructurarse desde el conflicto y sus constantes fluctuaciones. En este aspecto el film de Spielberg solo podría pecar de una cosa, y es su exceso de dramatismo en su clímax final, con un discurso del protagonista en el que afloran todos esos sentimientos que han sostenido la trama hasta ese momento. Una concesión que, si bien encaja con el resto de la historia y pone el broche a la pesadilla, choca un poco con el tono general de la historia.

No cabe duda de que La lista de Schindler es una de las cintas claves dentro de ese subgénero bélico que recoge aspectos de la II Guerra Mundial. Una película personal, fruto de años de estudio, de trabajo y de sentimientos. Una obra bella en todos sus aspectos, incisiva y cruel en muchos momentos que busca remover conciencias sin necesidad de impactar violentamente al espectador. Spielberg es único logrando eso, y este es uno de sus mejores testimonios. Al final, el hecho de que consiguiera 7 Oscars no debería suponer un mayor reconocimiento a la película, aunque sí debería hacer pensar acerca del reconocimiento académico que ha recibido un director capaz de cambiar el concepto del cine y del entretenimiento. Pero ese es otro debate.

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Cine y palabras

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