‘Sherlock. La novia abominable’, o cómo recuperar tramas con estilo


La trama de 'Sherlock. La novia abominable' sirve de puente entre la tercera y la cuarta temporada.En muchas series y secuelas, sobre todo en las que presentan una calidad dramática cuestionable, es habitual ver cómo personajes que en principio están muertos regresan a la vida en un giro imposible incluso para la mejor de las contorsionistas. Suelen ser secundarios, es cierto, pero el efecto, por regla general, es el de una obligación dramática autoimpuesta que degrada el desarrollo natural de la trama. Por eso un episodio como el de Sherlock. La novia abominable es tan importante en todos los aspectos. Original y necesario, este especial dirigido por Douglas Mackinnon (director de series como Doctor Who) adquiere más relevancia que nunca ahora que la cuarta temporada de la serie está a punto de comenzar.

La trama de este episodio de hora y media de duración puede parecer confusa, pero en realidad es sencilla. Ambientada en la época original del personaje creado por Arthur Conan Doyle, el investigador privado y su compañero deben resolver una serie de muertes perpetradas por una mujer vestida de novia que, en teoría, había muerto tiempo atrás. Quizá lo más confuso sean los saltos en el tiempo desde 1890 hasta nuestros días, época en la que se desarrollan habitualmente las tramas de esta serie. Sin embargo, la explicación a esta estructura narrativa no solo justifica dichos saltos, sino que explica el final de la tercera temporada y abre la puerta a un mundo de posibilidades en los próximos capítulos.

En efecto, la reaparición al final de la etapa anterior de un personaje que había muerto obligaba a replantear todo el escenario de Sherlock. Pero la serie no es una producción cualquiera, y para poder re introducir al villano interpretado por Andrew Scott (Spectre) sus creadores, Mark Gatiss (que también da vida a Mycroft Holmes en la serie) y Steven Moffat (Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio), han aprovechado toda una historia para establecer un paralelismo y adelantar, de paso, algunas de las claves de lo que podría ser la próxima temporada. Dicho de otro modo, se ha creado toda una trama nueva, brillante e ingeniosa en su concepción y su ejecución, para explicar el regreso de un personaje.

Y esto, desde luego, no se ve todos los días. De hecho, es algo bastante inusual. La historia de este solitario episodio es tan excepcional como necesaria, tan ingeniosa como coherentemente estructurada. No se trata, por tanto, de introducir algo insustancial o ajeno al resto de la serie para, digamos, hacer un lavado de cara. Más bien es al contrario. Este capítulo debe entenderse como un puente entre tramas, como una herramienta para comprender no solo que los personajes muertos están muertos, sino que la memoria de estos roles puede llevar a crear algo más grande, algo que perdure a través de las acciones de otros personajes. Y esa aplicación conceptual es la que, sin duda, convierte a esta trama en algo único y digno de estudio para cualquier aficionado al séptimo arte.

Un episodio con vida propia

Así que sí, Sherlock. La novia abominable es una herramienta inteligentemente preparada para recuperar no tanto a un personaje como un concepto dramático y una forma de plantear las tramas. Al menos eso es lo que cabría esperar de su cuarta temporada. Pero independientemente de todo eso, este episodio/película puede entenderse como un producto con vida propia, y en este sentido el desarrollo narrativo es igualmente brillante. Al igual que la historia sirve de explicación para lo que está a punto de pasar, también puede entenderse como una representación extradiegética del juego del gato y el ratón que siempre ha representado el mundo de Sherlock Holmes.

En efecto, el diseño de la historia, trasladando la acción a 1890 para luego dar saltos al presente como si de dos historias conectadas se tratara, sitúa al espectador en un grado de complicidad con el protagonista como nunca antes había ocurrido, planteándole un continuo juego en el que debe decidir si lo que ve es real, una ensoñación o una farsa. Más o menos como le ocurre al rol interpretado por Benedict Cumberbatch (Doctor Strange), quien por cierto se ha adueñado de este investigador privado de una forma tan sutil como contundente. De este modo, la historia adquiere un nuevo nivel de significado más allá de las propias limitaciones del relato.

Y esta apuesta narrativa, más allá de la impecable factura técnica o de la espléndida labor del reparto, obliga al espectador a tomar una decisión: o trata de descubrir antes que nadie lo que realmente ocurre (no me refiero a la trama de la novia, sino al episodio en sí) o se deja llevar por una trama orquestada milimétricamente para provocar sorpresa y plantear numerosas respuestas. Personalmente creo que es mejor optar por la segunda opción, pero ambas van a provocar una sensación muy satisfactoria, dado que la resolución de la historia, con sus varias interpretaciones, ata todos los cabos sueltos posibles tanto de esta autoconclusiva trama como de la anterior temporada, poniendo sobre la mesa todas sus cartas para plantear nuevos retos.

En todos los aspectos, Sherlock. La novia abominable es un ejercicio audiovisual ejemplar y merecedor de un estudio más profundo del que se puede hacer en este blog. Independiente del resto de la serie, su estructura dramática es tan compleja como coherente, tan enriquecedora como sutil en sus matices. Pero sobre todo, tiene una interpretación que va más allá de su dimensión como episodio, uniéndolo al resto de esta ficción de forma sorprendente. Da igual lo que se busque en este episodio; al igual que el investigador privado más famoso de la literatura, se encontrará. Y eso, si se quiere ver así, también es una forma de que el espectador se identifique con Sherlock Holmes.

‘Mr. Holmes’: los estragos de la culpabilidad


Milo Parker e Ian McKellen protagonizan 'Mr. Holmes'.La mejor prueba de que el personaje de Sherlock Holmes ha trascendido la literatura, la historia y hasta su propia dimensión de investigador privado es el alto número de relatos, ya sean escritos o audiovisuales, que han surgido en torno a su figura y que han ampliado el universo creado por Arthur Conan Doyle, ubicando al famoso investigador privado en entornos muy diferentes al de las novelas. Evidentemente, algunos de esos productos son mejores que otros. Por eso resulta gratificante encontrarse con una historia tan intimista, personal y deductiva como la que protagoniza Ian McKellen (El código Da Vinci), quien por cierto no solo está espléndido en la piel de Holmes, sino que es capaz de representar la decadencia del cuerpo a través de los años simplemente con su interpretación.

Quizá lo más interesante de Mr. Holmes, y eso es algo que también hay que reconocer al resto de los actores (en especial al joven y casi debutante Milo Parker) y al director, Bill Condon (Dioses y monstruos), sea la relación entre los dos protagonistas, un anciano y un niño que ve en él la figura paterna que nunca tuvo y el maestro que siempre había necesitado. La necesidad mutua que surge entre ambos roles es el auténtico motor del film, más allá del caso a resolver que, todo sea dicho, es más sencillo de lo que suele ser en estos casos pero es indudablemente más interesante en tanto en cuanto afecta directamente a Holmes y sus propias capacidades mentales.

La ternura de la relación, además, es la que permite desarrollar el resto de tramas secundarias, lo que termina por componer un relato que pivota sobre varios tiempos narrativos y, a la vez, sobre varias investigaciones que corren de forma paralela pero que, gracias a las abejas, encuentran nexos de unión que ayudan a dar una explicación conjunta a los sucesivos misterios que se plantean. Puede parecer que el argumento, en líneas generales, es excesivamente simple. Y desde luego algunos roles secundarios necesitan de una definición más precisa. El segundo, sin duda, es un lastre notable; el primero, sin embargo, debe ser entendido como una necesidad dramática. Complicar el misterio a resolver habría puesto en duda la solidez de la relación entre personajes, auténtico corazón de la trama.

Dicho esto, Mr. Holmes se revela como una historia tierna, ajena en cierto modo al universo literario de Conan Doyle pero muy influido por sus personajes y sus aventuras. La cinta, en realidad, es un testimonio sobre la vejez, sobre los errores y cómo estos pueden llegar a obsesionar hasta el punto de boicotear nuestros propios recuerdos. Y es un testimonio hermoso, elegante y brillantemente interpretado. En otras palabras, es una reflexión sobre la lucha de la mente contra sus propias limitaciones, y sobre el modo en que la pasión de los que nos rodean puede devolvernos aquello que creíamos perdido. Una nueva faceta del personaje para sus más fieles seguidores.

Nota: 6,5/10

‘Sherlock’ dedica su tercera temporada a comprender a Watson


Martin Freeman y Benedict Cumberbatch viven nuevas aventuras en la tercera temporada de 'Sherlock'.La primera temporada fue un espléndido experimento que adaptaba las aventuras del personaje de Arthur Conan Doyle a la época moderna. Su segunda entrega iba un paso más allá para distanciarse algo de los parámetros de las historias clásicas y componer una trama más acorde con los nuevos tiempos. La tercera temporada de Sherlock, que como sus predecesoras cuenta con tres únicos y excepcionales episodios, sigue esta tendencia para explorar, directamente, historias propias que poco o nada tienen que ver con las aventuras más clásicas del famoso investigador londinense. Y tal vez haya sido por eso, por levantar el vuelo lejos de la seguridad que ofrece la base literaria, que estos nuevos episodios son, posiblemente, de lo mejor de toda la serie.

Aunque sin duda tiene mucho que ver el hecho de que esta temporada no haya puesto el acento en el personaje que da nombre a la serie, sino en su fiel compañero de aventuras. Para aquellos que no hayan tenido la oportunidad de ver la producción británica simplemente decir que, al final de la anterior entrega, Sherlock Holmes moría, o al menos eso se intentaba hacer creer. Es por eso que la trama se retoma con un John Watson destrozado por la pérdida, y su desarrollo dramático centra todos sus esfuerzos en arrojar luz sobre un personaje que siempre ha estado a la sombra del genio, pero sin el cual dicho genio muchas veces no obtendría resultados. Unos esfuerzos que se materializan en una boda, en un secuestro con consecuencias casi trágicas, y en un caso que involucra a la que, desde esta temporada, será su mujer.

Todos y cada uno de los casos, al igual que ocurría en la segunda temporada, tienen mucho que ver aunque aparentemente sean inconexos. Más allá de la sutileza con la que sus creadores, Mark Gatiss (guionista de Dr. Who y rostro del hermano de Sherlock) y Steven Moffat (serie Jekyll) son capaces de unir todas las piezas del puzzle, por secundarias que sean, lo más destacable del arco argumental de Sherlock es la inteligencia de sus secuencias. Detenerme en la forma de desarrollar los casos sería una tarea tan manida como innecesaria, por lo que considero más interesante abordar la serie desde el punto de vista de los diálogos, su expresión formal y, ante todo, la originalidad con la que se presentan y definen tanto los personajes como las relaciones que establecen.

Por poner un ejemplo que permita encontrar un nexo de unión entre John Watson y esa original definición de los personajes, estos tres episodios ofrecen una visión muy particular del doctor metido a investigador privado. Una visión que pasa, curiosamente, por un tipo de adicción muy diferente al que sufre su adorado Holmes. ¿O tal vez no? Aquellos que conozcan el personaje sabrán que la adicción del protagonista surge por la inexistencia de retos intelectuales y criminales que le motiven. En base a esta idea, la producción incluye al personaje interpretado por Martin Freeman (El hobbit: La desolación de Smaug) en esa categoría de adictos a un estilo de vida, a una forma de entender el día a día. Adicto al riesgo, al peligro. Watson queda definido, por tanto, como un hombre incapaz de escapar a unas necesidades de las que ni siquiera él mismo es consciente, buscando en todo momento aventuras y crímenes que le lleven a experimentar algo más allá que la mera existencia.

En este punto es donde adquiere mayor relevancia un nuevo personaje ya presentado en la temporada anterior: su esposa Mary (Amanda Abbington), cuya evolución de mujer con un pasado algo trágico y solitario ha dado paso a toda una conspiración en la que ella es de todo menos una esposa al uso. Personalmente considero un riesgo una decisión dramática de semejante calibre, entre otras cosas porque condiciona mucho el resto de la narrativa, pero dejando valoraciones a un lado, no cabe duda de que encaja como un guante en el estilo general de la serie y en las motivaciones de los dos principales protagonistas.

Un personaje inmortal

Como decía al inicio, esta tercera temporada de Sherlock es, casi con toda probabilidad, lo mejor del conjunto, y sin duda de lo mejor que se puede ver ahora mismo en la pequeña pantalla. Ya he confesado en más de una ocasión cierta predilección por las producciones británicas. Son, de lejos, las más originales y completas en todos los aspectos. Ahí está Black Mirror, por decir alguno. Desde luego, esta modernización del personaje de Conan Doyle no se queda atrás en lo que a originalidad se refiere. Con un uso (y puede que para muchos un abuso) sin igual de los recursos narrativos que ofrece un medio audiovisual, los tres nuevos episodios llevan a un nuevo nivel conceptos como las sobreimpresiones en pantalla, el salto constante entre la realidad y el mundo psicológico, o simplemente entre el pasado, el presente y el futuro.

Aunque si algo ha permitido constatar es el hecho de que estamos ante un Sherlock Holmes que ha pasado a la historia. Si durante décadas Peter Cushing (La guerra de las galaxias) fue el rostro del investigador en su aspecto más clásico, Benedict Cumberbatch (Agosto) ha hecho suyo el personaje hasta convertirlo en todo un referente. Y lo ha conseguido gracias a una valentía y un descaro que le ha hecho ignorar de algún modo todo lo realizado anteriormente. Gracias a un ácido humor y a esa soberbia típica del personaje Cumberbatch compone un rol fascinante, a medio camino entre la autoparodia y la más absoluta inteligencia, capaz de manipular a todos los que le rodean únicamente para conseguir un fin.

Esta ha sido la temporada de Watson, de eso no cabe duda. Pero definir a uno es hablar del otro. Es inevitable. Y el hecho de centrar la atención sobre el compañero ha permitido liberar algo de carga dramática de los hombros de Holmes para tomar distancia y poder analizarlo en perspectiva. Ahí queda, por ejemplo, la espléndida forma en la que se reencuentran ambos personajes (deliberadamente hilarante) o esa consciente definición de un vestuario que, a pesar de su simplicidad, resulta ya inconfundible (incluyendo el mítico sombrero que solo utiliza para salir ante las cámaras). Todo ello, en definitiva, ha ayudado a comprender mejor un personaje inmortal, y no me refiero a la mitología creada a su alrededor a lo largo de los años. Me refiero a la categoría de icono que ya ha adquirido esta versión moderna.

Desde luego, Sherlock se ha convertido por derecho propio en uno de los títulos de la élite televisiva actual. Su tercera temporada, que se distancia aún más de la base literaria, aprovecha sin embargo la ocasión para autodefinirse de forma más clara todavía. Y lo hace a través de sus personajes en unos casos cuya originalidad y complejidad, tanto visual como dramática, están a la altura de los mejores casos del detective. Hemos descubierto facetas nuevas de John Watson. Hemos visto a Holmes superar situaciones límite gracias a su capacidad de razonamiento (por cierto, la forma de mostrar ese proceso es de lo mejor de la serie). Y hemos visto un final que prepara el terreno para una cuarta temporada muy prometedora.

‘Sherlock’ es más moderno y menos elemental en su 2ª temporada


De un tiempo a esta parte, el mundo de Sherlock Holmes parece estar de moda. Dos revisiones realizadas por Guy Ritchie y una miniserie de televisión son el ejemplo más claro, al que se suma una próxima producción para televisión con una visión aún más transgresora si cabe con el material de Sir Arthur Conan Doyle. Claro que mucha gente puede preguntarse si alguna vez el famoso investigador privado ha estado pasado de moda teniendo en cuenta que muchos relatos, sean literarios o cinematográficos, se han basado en su forma de analizar las escenas de un crimen. Sea como fuere, una de las mejores aproximaciones a las aventuras de Holmes cabe hallarla en Sherlock, producción de la BBC que sitúa al detective en el Londres más moderno y que con su segunda temporada ha confirmado su frescura y dinamismo a la hora de afrontar el reto de recuperar el espíritu de Conan Doyle.

Dicho espíritu, contrariamente a lo que se pueda pensar, no se encuentra en las versiones cinematográficas más clásicas, donde la pipa, el sombrero y la lupa se sumaban a un carácter británico sobrio y distinguido. Lo cierto es que los relatos, escritos todos desde el punto de vista del fiel compañero John Watson, poseen un componente anárquico muy marcado. Holmes es más bien un hombre caótico que se entrega fácilmente a sus adicciones cuando no trabaja y que trata con cierta condescendencia al resto de personas por considerarse superior a ellos. Es en este sentido donde más atina la serie protagonizada por Benedict Cumberbatch (El topo) y Martin Freeman (Love actually).

En efecto, el personaje que compone Cumberbatch está plagado de las genialidades que hacen tan atractivo a Holmes, pero no obvia sus momentos más oscuros: sus adicciones, su frustración ante la falta de casos o su proceso mental interno que le lleva a separarse de sus pocos amigos. A esto se suma la contrapartida del Watson de Freeman, un compañero que trata de seguir su proceso mental con pésimos resultados la mayoría de las veces, pero que supone un freno real al carácter del investigador. La labor de ambos actores, cuya complicidad quedó de manifiesto en el primer episodio de la primera temporada, alcanza un grado superlativo en esta segunda parte.

Sin duda, uno de los mayores aciertos de los creadores, Mark Gatiss (actor visto en Match Point) y Steven Moffat (Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio) ha sido la perfecta combinación entre las adaptaciones de los escritos de Doyle y la historia propia con el villano por antonomasia de Holmes, Jim Moriarty. La integración de ambas líneas narrativas en el mundo actual, con sus diferentes recursos respecto al siglo XIX, convierten los guiones en auténticas joyas de la intriga. Y si en la primera temporada Moriarty solo aparecía al final, esta segunda centra más su atención en la labor del famoso villano como asesor criminal y su juego de ingenio con el protagonista, llegando a un clímax de lo más interesante en su último episodio.

Y aunque el antagonismo entre Holmes y un Moriarty desquiciado y peligroso al más puro estilo Joker (aunque menos psicótico) es uno de los puntos más atractivos, quizá el capítulo más interesante sea la adaptación de una de las aventuras más famosas del detective, El sabueso de los Baskerville, todo un alarde de imaginación para que los elementos más interesantes del texto se mantengan en el libreto.

La modernidad es un grado

Con todo, si algo define perfectamente a esta segunda temporada es que la época moderna en la que se sitúa a los personajes cobra mucha mayor importancia que en su primera entrega. Como decíamos más arriba, los relatos de Conan Doyle estaban escritos desde el punto de vista de Watson, algo que se incluye a modo de guiño al comienzo de esta temporada. Claro que, dado que Internet y las nuevas tecnologías copan absolutamente todo, dichos relatos de los casos resueltos por Holmes solo podían existir en formato blog.

Este cuaderno de bitácora se suma a los móviles, la prensa sensacionalista y las televisiones que empiezan a hacerse eco de la fama del detective, otra de las referencias (y, de algún modo, críticas) al actual mundo mediático y sus ansias por conseguir las exclusivas de aquello que adquiere relevancia o se convierte en moda pasajera. Empero, el componente moderno no se halla exclusivamente en el contexto, aunque es de justicia reconocer que es el elemento más llamativo e interesante de la producción.

En realidad, la serie añade una buena gama de estilos visuales que apoyan esa imagen moderna y alejada del clasicismo más conocido del personaje, un poco en la línea de lo propuesto por Ritchie en sus películas (aunque estas transcurrían en la época original). Recursos como las sobreimpresiones de toda la información que procesa el cerebro de Holmes durante una investigación, el texto de los mensajes de móviles o los datos que analiza el investigador cuando conoce a alguien (lo que genera uno de los momentos más cómicos del primer episodio) conviven con los planos de detalles en los que se fija, los movimientos de cámara rápidos o los análisis científicos más elaborados.

Todo ello, acompañado de una banda sonora magistral realizada por David Arnold (Nueva York para principiantes)y Michael Price (Island), convierte a Sherlock en una inteligente mezcla de las producciones más modernas sobre casos sin resolver y la esencia de un personaje único. Sin duda, para los amantes de series policíacas donde cada caso es más complejo que el anterior, ésta es una producción indispensable. Para los amantes del personaje de Doyle es una forma de disfrutar de sus aventuras en un contexto diferente que no hace sino potenciar su esencia.

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